Disclaimer: Saint Seiya y sus personajes no me pertenecen.

Hades se encontraba sentado en su trono cuando una brisa demasiado conocida pero poco frecuente llegó hasta él. Suspiró, se preguntó sí, después de siglos, finalmente recibiría una buena noticia. Lo dudaba. Se irguió en su trono.

—¿Qué deseas Hermes?—el aludido finalmente se presentó ante él.

—Creí que ya no me reconocerías—dijo el dios con una sonrisa.

—Puedes pasar milenios sin venir hasta a mí, pero siempre notaré tu presencia, ¿qué quieres?

—Que carácter. Zeus te envía un mensaje.

Materializó una hoja de pergamino que extendió hasta el Dios de los muertos, quien la recibió con desagrado, pocas veces tenía contacto con Zeus y no le agradaba en lo más mínimo, precisamente por ello se había desentendido de ser uno de los 12 olímpicos, pese a ser uno de los tres más importantes y poderosos de los dioses, prefería mantenerse al margen y olvidarse del olimpo, él estaba bien en su reino. Lástima que su hermano no compartiera su opinión.

Tomó el pergamino y lo desenrrolló, sin dirigirle una palabra más al dios mensajero, quien consciente de que ya no lo necesitaba por el momento, desapareció.

Hades leyó:

Hermano, hace unos 18 años Perséfone fue encarnada, ya es tiempo de que la busques, sabes que es necesario.

P. S. NO PUEDES LLEVÁRTELA COMO LA ÚLTIMA VEZ.

Saludos.

El dios, leyó y releyó aquellas escuetas líneas, seguro Zeus se estaba riendo de él y que significaba, «no puedes llevártela como la última vez.» Tenía que preguntar y sabía que la respuesta no le iba agradar. Tomó aire.

—¡Hermes!—gritó el Dios.

Y el mensajero llegó apenas la última sílaba de su nombre fue pronunciada, con su característica brisa, que sabía ponía de peor humor a su tío y claro, él se esforzaba por molestarlo más.

—A tus órdenes.

—¿Qué es esto?

—El mensaje de Zeus para ti—sonrió con complacencia.

—No te quieras pasar de listo, niño—Hermes se puso serio.

—Zeus dice que no puedes raptar a Persefone... de nuevo...—dudó en continuar, sabía que lo siguiente no le iba a gustar al dios de los muertos.

—¿Y?—Hades alzó una ceja en gesto amenazador.

—Tienes que casarte para poder despertar su alma y la boda debe ser voluntaria, o sea, aceptada de buena fe.

—Maldito Zeus, ¿es que no tienes a quién más molestar? Debería encerrarte en el Tártaro con toda tu decencia, que es amplia, por cierto.

—Oye, que nosotros no tenemos la culpa—y ofendido, se fue.

Hades se dejó caer en su trono, escuincle impertinente. ¿Qué debería hacer? Zeus tenía razón la llegada de la Señora del Inframundo era necesaria, con Perséfone, la paz se garantizaba y, Zeus la demandaba. El dios volvió a tomar aire.

—¡Hermes!—el dios volvió aparecer diligentemente.

—¿Sí?

—Dile Athenea que venga. Que le doy mi palabra, de que es una reunión de paz—y sacó su sello y se lo entregó a Hermes, que en el acto desapareció.

Hades se encontró de nuevo solo en su trono y llamó a uno de sus espectros, que servicialmente se acercó a él y lo mandó a buscar a Pandora y a los tres jueces, requiriendo su presencia de manera urgente.

La noticia que iba a darles sabía que no les iba a gustar, pero tendrían que obedecer, así fuera por la fuerza y que daba, a él tampoco le hacía ninguna gracia aquello, pero ni modo. Los nombrados llegaron tan rápido como pudieron y se inclinaron ante su señor.

—He invitado a Athenea a venir, así que quiero que la reciban como su condición de Diosa lo amerita.

Los cuatro se mordieron la lengua para no cuestionar a su señor, sabían que no bromeaba y odiaba que le pidieran explicaciones, así que solo agacharon más la cabeza en señal de asentimiento. Solo una pregunta del montón que tenía se atrevió a expresar en voz alta Pandora.

—¿Cuándo llegará?—Hades lo meditó un momento y en ese insinstante Hermes volvió hacer acto de presencia.

—Athenea vendrá mañana a la hora del té, por si no saben, a las 5p.m.—el mensajero dijo sin dilación—si no necesitas más, me retiro—y volvió a desaparecer.

—Ya pueden retirarse—los jueces se retiraron y Pandora se volvió hacía él—¿qué pasa Pandora?

—Mi señor, ¿dónde recibirá a Athenea?

—Aquí, que sea como es debido, ve a la superficie y trae lo que sea que necesites.

—Sí, mi señor.

Al día siguiente puntualmente a las 5p.m. hacia su entrada la diosa y sus doce caballeros al castillo de Hades, quien fue recibida con cordialidad e invitada hasta la sala del trono de Hades, donde se le ofreció un asiento y sus doce caballeros quedaron tras ella. Los tres jueces quedaron hasta el final.

El silencio reinó en aquella sala, el dios estaba nervioso y no sabía cómo abordar aquel tema, sin mencionar que, lo que tenía que tratar con su sobrina quería que fuera privado. Era consciente que los Santos no se iban a retirar y sus jueces tampoco; la situación lo molestaba pero la entendía. Vaya dilema.

—¿Y bien?—preguntó Athenea ante el silencio de su tío.

—Sí, verás, quisiera hablar contigo un momento a solas.

Santos y jueces se quedaron sorprendidos ante aquella petición, no era algo que se hubieran esperado, todo aquello era demasiado raro y ninguno estuvo dispuesto a moverse de su lugar.

Athenea se recuperó de la sorpresa que le causaron esas palabras, Hermes le había dicho que su tío quería hablar con ella y le había entregado su sello, definitivamente no había peligro en quedarse a solas con él, pero el que ella lo supiera no significaba que sus santos lo aceptaran tan fácilmente.

—Está bien—se dirigió a sus santos—retirense, por favor y no quiero ninguna clase de problema.

—Pero Athenea—quisieron protestar.

—Ustedes también, fuera—le habló Hades a sus subordinados—y no quiero conflictos, entendido.

—Mi señor... —Pandora también quiso negarse.

—Todo va estar—Athenea aseguró—, además ¡Hermes!—que como siempre llegó en el acto—Hermes, nos acompañará, y evitará que haya conflictos ¿cierto?

—Está bien, los acompañaré. Pueden retirarse tranquilos.

A regañadientes los santos se fueron retirando, al igual que los jueces. Pandora antes de retirarse, colocó en la mesa la bandeja del té y todo tipo de bocadillos y dejó a los tres dioses solos, pero quedándose cerca de la puerta y mirándose con desconfianza. Claro que tenían prohibido enfrentarse, por lo que decidieron simplemente ignorarse.

Pandora dio órdenes para que en el lugar colocaran algunos muebles para servir bebidas y comida a sus no tan deseados invitados, pero su señor había ordenado que alistara todo para una visita y se encargara de ofrecer una estancia agradable.

—Por favor, siéntense, ¿gustan que les sirva algo?—hablo lo más serena posible—descuiden, no hay trampa y todo es traído del exterior.

Los Santos vieron a Pandora y decidieron que podían confiar en ella, sabían que le temían a su Dios, así que no irían en contra de sus deseos y Athenea les había explicado que al mandar con Hermes su sello, era garantía de buena voluntad.

Así que aceptaron y Pandora comenzó a servirles ante la mirada de reprobación de los jueces, que no pensaban ayudarla y esto la ponía más nerviosa; no podía fallarle a su señor, así que comenzó a servir y estaba tan concentrada en sus pensamientos que tropezó derramando el jugo que estaba sirviendo para el caballero de Aries.

—Yo...yo...lo-lo siento —habló atropelladamente intentando limpiar el desastre que había causado—lo siento...

Pero las manos del caballero detuvieron sus movimientos y le dedicó una sonrisa cálida que puso más nerviosa a Pandora y que no gustó nada a Radamanthys que se disponía a ir, pero fue detenido por Aiacos.

—Tranquila, no es nada, así déjalo ¿quieres que te ayude en algo?—preguntó amable.

—¡NO!—grito y luego reflexionó—perdón, no es necesario y además ustedes son invitados.

—Entonces deberías poner a esos tres a que te ayuden—intervino Milo.

—Es verdad, no es justo que estés haciendo todo sola—Saga la miró—discúlpanos por dejar que te hicieras cargo sola.

—No es nada, de verdad. Ustedes no se preocupen.

Pero Mü ya se había levantado y limpió el desastre y ayudó a Pandora a seguir sirviendo ante la mirada de odio de los tres jueces y la ruborizada de Pandora, no imaginó que los Santos de Athenea fueran a tener esas consideraciones con ella.

—Siéntate junto a nosotros.

Vio un espacio entre el santo de Escorpión y el de Géminis y se sentó, mientras Mü le servía té. Eso estaba mal, ellos no deberían servirle a ella, pero estaba nerviosa. Los santos no eran espectros a los que podía tratar mal, así que simplemente aceptó de buen grado el ofrecimiento de Aries.

—¿Y saben para qué citó mi señor a Athenea?—preguntó Pandora dándole un sorbo a su taza.

—Esperábamos que ustedes supieran—respondió Saga.

—Supongo que tiene que ver con la paz forzada que quiere Zeus.

—Paz forzada...—dijo Mü pensativo—. Supongo que no la podemos conseguir de otro modo, ¿no?—la heraldo lo vio y este le sonrió, volvió a ruborizarse.

—Eh... Sí... Eso creo—con nervios, le volvió a dar otro trago a su taza.

—No tienes porque estar nerviosa, ¿sabes? —la voz de Saga, pese a sus palabras, no la tranquilizó en nada.

—Sí, no somos tan malos...ni somos tan brutos como...

—¡Milo!—lo calló Shaka—Señorita, no se preocupe tanto, está haciendo un excelente trabajo y nosotros no causaremos ningún problema—dijo con su voz calma.

Los jueces siguieron ignorandolos aunque Radamanthys tenía ganas de golpearlos, no sabía a ciencia cierta por qué, pero Minos no le quitaba el ojo y optaron por no mezclarse en la conversación que tenía su superior con los dorados por evitar que un conflicto de palabras pudiera terminar en algo mayor.

Hasta que finalmente salieron los dioses, ambos parecían serenos, seguían hablando en voz tan baja que ninguno de ellos podía escuchar lo que hablaban y no fue hasta que estuvieron cerca de ellos, que pudieron escuchar la última frase de Athenea.

—Haré todo lo que esté en mi mano, no te preocupes. Esto es algo que nos concierne a ambos, así que no veo problema. Nos vemos.

Otro fic, espero les guste :)