[Advertencia]

Historia con contenido sensible.

Descripción gráfica de: consumo de sustancias tóxicas, trastornos mentales, emociones y pensamientos negativos, alusión al suicidio.


La figura de John se mantuvo inmoble a mitad del recibidor, justo en el mismo lugar donde Mary le hubo dejado al marcharse y por mucho más tiempo del que sinceramente estaría dispuesto a admitir; pensaba, entendiendo bien que pese a las enormes ganas de ayudar a Sherlock en realidad no tenía un solo plan de acción, tampoco modo alguno a dar inicio con la tan ansiada recuperación, nada más allá de un par de ilusas promesas vacías como blando soporte moral para los dos.

Sí, Watson poseía cierto nivel de conocimiento acerca del tema, tanto por el lado médico al estudiarlo mientras cursaba la universidad como por experiencia personal, habiendo ciertas habilidades adquiridas gracias a los largos años procurando a sus alcohólicos padre y hermana mayor. Él sabía muy bien los primeros intentos serían sumamente dolorosos e insoportables, estaba presente en su mente el tan odiado síndrome de abstinencia que siempre empeoraba las cosas; se preguntó entonces la forma en que lo llevaría alguien tan impaciente e impredecible como lo era Sherlock Holmes, y viendo las cosas desde afuera creía todo sería mucho peor.

De la nada se sintió derrotado, como si tal vez él, en su nula capacidad de control emocional y resolución de problemas personales, no fuese adecuado para ayudarlo. Naturalmente y desde su punto de vista, el tratar con una adicción al alcohol resultaba un poquito más sencillo, contrastando lo complicado que era sacar a un drogadicto de los estupefacientes, podría jurar sin miramientos la gran mayoría jamás se recuperaba, terminando por sucumbir débiles al insoportable deseo de merecido descanso que su maltratado cuerpo anhelaba a desgarradores gritos; definitivamente un final que para nada quería ver en su mejor amigo. Unas bofetadas mentales le quitaron todos esos pensamientos negativos, no necesitaba eso, ni él ni mucho menos Sherlock.

No cuando las circunstancias le obligaban a permanecer impávido como la nueva y única base de esa relación.

— Si me permites ser honesta contigo, la verdad creí que no volverías— dijo Hudson desde la puerta de entrada, John, visiblemente asustado, volteó a verla colocándose una mano sobre el pecho. Ella le sonreía apacible. Sostenía a duras penas una elegante charola de plata que encima contenía una tetera, dos tazas a juego con ésta última y dos platos cubiertos cada uno con una tapa de cristal, que opacadas por el vapor de la comida no dejaban ver aquello en su interior, sin embargo incluso desde donde se encontraba John podía percatar un delicioso aroma, algo que de inmediato le hizo recordar llevaba al rededor de dieciocho horas sin probar alimento.

— ¿A qué se refiere?— preguntó tomando asiento en su viejo sofá de una pieza, presintiendo a medias el tópico al que viajaba esa plática, que juraba ser algo incómoda.

— Después de que Mycroft abandonara aquí a Sherlock completamente golpeado la noche de su regreso, conversamos mientras tratábamos de discernir cuántas costillas tenía rotas— tranquila comenzó a relatar al mismo tiempo que acomodaba el desayuno cuidadosamente sobre la mesita de centro, una vez todo en su lugar se dio el lujo de sacudir sus manos una contra la otra y colocarlas sobre su cintura, satisfecha con el resultado del desayuno ese día. Estaba segura que sabía delicioso.

John ocultó el rostro agachando la mirada, avergonzado por la última parte. La mujer prosiguió:

— Él se preguntaba la razón de tu reacción tan violenta, se encontraba realmente preocupado porque no entendía lo que estaba sucediendo— imitó la acción previa de John, sentándose en el inmueble que le pertenecía a Sherlock—. Entonces me di a la complicada tarea de explicarle porqué las personas no desaparecen de esa manera y vuelven como si nada después de haber hecho pasar un infierno a sus seres queridos

— También intenté hacerle entender eso y su enorme ego me dio la impresión de que no le importaba— dijo él en tono bajo, sin embargo el tema aquel sobre haber sido desechado siempre le terminaba molestando, razón por la cual no evitó añadirle algo de acidez a su comentario.

— Por supuesto que le importa, pero es complicado tratar con una persona que naturalmente no comprende muy bien las emociones y que además nunca se le fue mostrado el cómo entenderlas, por eso me gustaría que lo tuvieras en cuenta ahora que pareces desear permanecer a su lado— se apresuró a responder aún con el semblante tranquilo y voz suave, sus ojos irradiaban molestia y sin embargo no sonaba de esa manera—. Ambos estábamos de acuerdo en que prácticamente lo odiabas, la brutal paliza lo confirmaba. Yo solo me encargué de hacerle ver lo que no quería; al final se convenció de que tal vez el modo como llevó a cabo las cosas, queriendo hacerlo todo sin ayuda de los demás, no estuvo realmente bien pese a salvarnos de ese psicópata. Trató de ocultarme el estado en que esa conversación lo había dejado, pero evidentemente se encontraba devastado, supongo que la culpa lo llevó de regreso a ese vicio tan destructivo y horrendo, sabemos que no tiene idea de cómo lidiar con sus sentimientos

John se quedó sin palabras.

Siendo honesto consigo mismo podía entender aquello último demasiado bien, es decir ¿Cómo no hacerlo si llevaba prácticamente toda su vida mintiéndose a sí mismo? Incapaz de admitir su homosexualidad, llevando a su yo adolescente a un agujero de suma promiscuidad en la cual no sentía verdadero placer, aterrado por esos nuevos sentimientos; ignorando desde su adultez temprana esa propensa adicción al alcohol desarrollándose despacio, todas esas veces en las cuales acudía a él ahogado en problemas cada vez más insoportables, insostenibles; sin las agallas suficientes para al menos mandar al diablo la medicina y dedicarse de lleno a ese deporte que tanto le gustaba, decayendo, desperdiciando su vida. Cegando sus emociones hasta el punto de no desear ver esa obvia fascinación por el peligro y los riesgos que su persona poseía tan marcada.

Al menos existía algo que agradecer a la milicia.

Hudson decidió que era suficiente por el momento; sí, tenía muchas ganas de charlar con ambos hombres a quienes adoraba como si fuesen sus propios hijos, anhelaba ponerse al tanto, tener nuevamente esa bonita sensación de que eran una curiosa familia, mucho más después de haber creído a Sherlock muerto por tanto tiempo, sufriendo solo para verle volver con la mirada vacía, no soportaba que su mejor decisión fuera hundirse lentamente en las adicciones para olvidar sea lo que fuere pasó durante esos dos años. Ni siquiera ella deseaba saberlo.

Tranquila se levantó apoyando las manos en sus rodillas, ya estaba demasiado vieja como para hacer las cosas rápidamente.

— Él de verdad te extrañaba demasiado, por eso me alegra mucho que hayas vuelto, John— comentó en el usual modo bonachón que le caracterizaba, pellizcándole una mejilla cariñosamente, acción tras la cual encaminó hasta la puerta de entrada al pequeño departamento, donde se detuvo un momento solo para decir: — ¿Y para qué te miento? Yo también lo hice

La madera chirrió un poco cuando Hudson cerró la puerta y toda la materia al rededor se sumergió en un mutismo mortuorio, casi ensordecedor.

Mientras John pensaba en lo lamentable de la situación, pues debió pasar por algo tan traumático como fuera lo sucedido con James Moriarty para dejar de lado sus prejuicios estúpidos, esos que le persiguieron infatigables toda la vida, sonriendo maliciosos mientras su interior iba llenándose paulatinamente de un indescriptible rencor propio, asfixiándole la existencia. Ridículo que a sus casi cincuenta años mirara hacia atrás, reflexionado todo aquello que en la vida se hubo quitado, finalmente decidiendo seguir por el camino deseado, corriendo, quitando tembloroso la gruesa y pesada venda de sus ojos con el objetivo de visualizar, entender y aceptar todas esas emociones renunciadas, para llegar al veredicto que era reconocer su amor por ese hombre a quien habría tachado de mejor amigo en el pasado.

Y sea quien fuere, Dios, El Diablo o simplemente el azaroso destino cósmico requiriendo entretenimiento, le otorgó algo que generalmente se es negado al resto de personas, eso que pasa una vez cada muchos años: La muerte dando una segunda oportunidad. Le regresaron a Sherlock, escuchando las plegarias que gritaba silencioso al viento todas las noches, anhelando un milagro que casi todos permanecen esperando y lo había desperdiciado, porque era un completo imbécil de porquería.

Ahora estaba ahí, nostálgico, sentado a la mitad de ese familiar y acogedor salón atiborrado de cosas, sintiéndose culpable por herir los sentimientos puros de Mary y haber abandonado a Sherlock infinidad de ocasiones; desvelado y con el rostro hinchado al haber llorado tanto la madrugada anterior, aguardando pacientemente hasta que Shelock despierte para permitirse, por primera vez en años, desayunar con él.

De verdad quiere amarlo, necesita ser capaz de hacerle feliz, protegerlo tanto de su insegura persona como del salvaje mundo al que se ha metido sin darse cuenta; anhela mostrarle el enorme poder que posee esa emoción que tanto parece evadir, más infiere en que hay un largo, lóbrego e inestable camino a recorrer para llegar a ese tranquilo lugar soñado. John no tiene planeado rendirse, no abandonará sus sentimientos nuevamente, no cuando Sherlock se encuentra tan mal.

Opta por levantarse también, cansado de esperar, debe despertarle para obligarlo a comer al menos un poco, pues con cálculos rápidos está seguro que el detective consultor lleva al menos de diez a doce horas sin comer, tal vez más, y es urgente para su recuperación empezar a consumir alimento sólido, necesitan combatir la pérdida crónica de apetito proveniente a la gran ingesta de cocaína.

Prácticamente arrastró los pies, un poquito el alma también, hasta la habitación de Sherlock. Un peso muerto hizo acto de presencia sobre sus hombros apenas pudo observar la madera blanca de la puerta, estaba entrecerrada con solo una pequeña rendija otorgando visibilidad sobre lo que ocurría dentro del cuarto, no un milímetro más o menos a como él la habría dejado al salir.

Otorgó dos toques suaves indicando con ello que planeaba entrar.

Sherlock yacía sentado a la izquierda de la cama, casi congelado y dándole la espalda a todo lo que no fuese la no tan grande ventana del fondo; su mirada perdida sobre el patrón tejido que las cortinas beige presentaban a la orilla, cortinas que aún cerradas exhibían una fina capa de polvo, John no tenía ni la más mínima idea de cuándo fue la última vez en que esa ventana se abriera.

— ¿Te sientes mejor?— preguntó preocupado ante la falta de reacción ajena.

Apenas escuchar el sonido bajo de la voz gruesa Sherlock dio un notorio brinco en su lugar; giró la cabeza muy despacio, dando la misma impresión de una frágil y aterrada presa acorralada por su sádico verdugo, que se ahoga completamente en la paralizante sensación de entenderse perdida; viéndose totalmente extrañado colocó en sus delgadas facciones una total expresión en blanco, acompañada ésta de un parpadeo lento, aunando su respiración leve, acompasada, casi nula.

— ¿Sherlock?— inquiere John ahora cuidadosamente, con solo mirar la situación por encima está seguro que al más mínimo estímulo fuerte Sherlock entrará de lleno en un ataque de pánico. No ha consumido nada desde hace, al menos, medio día y su sistema debería estar extrañando el estimulante externo. No necesita ponerlo más nervioso de lo que evidentemente ya está. Toma aire, despacio, intentando mantenerse lo más quieto posible.

Acorde a lo que John en su mayoría (tristemente) esperaba, Sherlock retrocede en un movimiento brusco terminando por caer violentamente de costado al suelo, pero no se queja o hace amago de levantarse, más bien mantiene el cuerpo rígido justo en la misma posición que habría caído, medio cabizbajo; los ojitos de enigmático color se clavan dolorosamente en el cuerpo de John y el aura emanada por ellos es la de un completo extraño, se encuentra tan ido en sí mismo que es incapaz de reconocerlo. El doctor se preocupa, creyendo el motivo por el cual Sherlock no se mueve es que se lastimó gravemente, apelando al hecho de su extrema delgadez; ni corto ni perezoso se apresura hasta él queriendo revisarle, más apenas da un paso en dirección al hombre algo lo detiene: Una frase susurrada en forma de súplica que reconoce vagamente como alguna de las tantas lenguas eslavas.

Decide permanecer donde está, los orbes azules viajan subiendo y bajando por todo el cuerpo ajeno buscando heridas, contusiones, huesos rotos, cualesquier cosa que indique daño. Entre el escaneo rápido puede verlo claramente: Sherlock está aterrado, con creces; un sudor frío hace brillar su piel pálida bajo la luz blanquecina del foco, las pupilas dilatadas y humedecidas no dejan de mirarle, tiembla leve pero sin pausa, además de controlar su respiración al punto de parecer no hacerlo.

Watson tiene arcadas que se guarda para sí mordiéndose ambos labios, y con el paso de los segundos toda práctica adquirida tanto en la universidad como la milicia se desliza de entre sus dedos al estilo de la más fina arena, dejándole en blanco, sin poder mover un solo músculo. No necesitaba pensar demasiado para llegar a hilar las monstruosas cicatrices en la bonita piel de la espalda ajena con aquellas temerosas palabras, entonces la sangre le hierve cuando su cerebro deja flotando en el vacío eterno de su consciencia una sola palabra: Tortura.

Sin pensar se abalanza contra él, quedando de rodillas y enredando sus brazos en la espalda delgada, sintiendo la columna vertebral sobresalir. Al principio Holmes se resiste, durante largos segundos le empuja haciendo uso de sus nimias fuerzas hasta que deja de hacerlo, parece perder toda su energía y solo se recarga como una muñeca de trapo contra el cuerpo de John. El otro por su parte desea saber lo acontecido durante los dos años que estuvo en ese lejano lugar, ansía poder proveer el mismo daño al grupo de malnacidos que tuvieron el sucio atrevimiento de tocar a Sherlock, ansía destrozarlos, hacerles pagar el dolor y miseria infundidos a su amado, no obstante sabe es inútil siquiera tocar el tema, Sherlock parece no estar listo (no cree que lo esté en algún momento) y tampoco era como si él pudiese hacer algo al respecto. Se lamenta, comprendiendo que lo único en sus manos es ayudarle a sanar.

Inhala profusamente con su rostro enterrado en las sudadas hebras color azabache, haciendo uso de aquella extraña habilidad adquirida comienza a contar con el fin de apaciguar los nervios propios, del mismo modo que hacia allá en Afganistán para no caer en la demencia: el número de balas eyectadas, las casas abandonadas que adornaban tétricamente las vacías calles de arena, los convoy eliminados, las nubes o estrellas, enumerar cualquier cosa era mejor que estar pensando las consecuencias fatales de esa batalla a la que, egoísta, se hubo metido por voluntad propia.

Llegó hasta cien, obligándose a no llorar, no nuevamente, cree se desahogó lo necesario en la madrugada y por ahora debía mostrar su faceta más fuerte si deseaban salir adelante.

Sus manos rasposas recorren en leves caricias tranquilizadoras el delgado territorio en la espalda del detective, acción cual parece verdaderamente funcionar pues la tensión acumulada va desapareciendo de a poco. El tiempo da la extraña ilusión de no avanzar un segundo, sin embargo John, pese a no tener idea de cuánto tiempo han permanecido ahí en el frío suelo, sí puede dar fe al paso de los minutos con la incómoda sensación de sus piernas entumecidas, hormigueando dolorosamente, sin embargo no planea moverse hasta asegurarse de que ese creciente ataque de pánico se ha ido, o al menos disminuido.

— Vamos a la cama, Sherlock— comenta tras esperar un rato más.

El aludido apenas logra asentir, comentando en débil voz baja: — Lo siento

John frunce las cejas sin entender porqué se disculpa, decide entonces separarse un poco del tembloroso cuerpo ajeno para poder observar su rostro, tratar de dilucidarlo, Holmes se niega a levantar la cabeza, o al menos lo hace hasta que el ex-militar, haciendo uso de ambas manos, le obliga a mirarlo. A ojos de John su pequeño luce realmente agotado, con el sudor frío dándole un brillo aún más enfermizo a su piel, las bolsas bajo sus ojos están pronunciadas como nunca pudo apreciarlas y sin embargo un tanto menos que anoche—. No te disculpes— suplica afligido. Sobreentiende que Sherlock parece no sentirse capaz siquiera de moverse, así elige, entre su sarta de ideas, lo mejor será darle un baño (y darse uno también) antes de cualquier otra cosa. Lo levanta para recostarle boca arriba sobre la cama, sorprendiéndose por su poco peso tanto como en la primera ocasión que le hubo cargado tras su regreso.

— Es alto— de repente susurra el detective con su voz ronca, quebrando de tajo el silencio que devoraba sin medida la habitación. Él mira hacia arriba a las vigas blancas del techo, medio perdido, más bien hundido en una potente desrealización que no le deja pensar claramente. La idea de que todo aquello, anoche y presente, fuese nada más allá de un sueño iluso hace acto de presencia, golpeando su ya estresada psique agobiada.

John detiene su buscar de toallas en el gran armario lleno de trajes, pijamas caros y batas para dormir, volteando desorientado sin entender— ¿Qué?

— Tu pensar es alto— responde el otro sin emociones, se oye en la voz temblorosa el residuo de su ataque no concretado— ¿Qué te preocupa?

El médico rueda los ojos, obviando— Tú, evidentemente— medio bufa, regresando a lo que hacía antes.

Toma dos las afelpadas toallas de Sherlock, una bata y una extendida, pensando al tocarlas en el cómo Holmes de verdad detesta las texturas ásperas y no evita formar una cálida sonrisa. Con ambos objetos en sus manos apresura hacia el baño yendo por la puerta compartida en la habitación del detective, dejándolos sobre la tapa del váter se dirige hasta la tina con el objetivo de abrir la llave y dejarla llenarse con agua tibia. Una vez cumplido su cometido regresa, el hombre no se ha movido un ápice, ni pareciera parpadear.

— Te daré una ducha rápida ¿Está eso bien para ti?— pregunta. Holmes parece no escucharlo, o si lo hace prefiere ignorarle. John toma la falta de reacción como una especie de afirmación.

No necesita acercarse demasiado, antes de dar un paso Sherlock se ha medio incorporado, dificultoso, tratando infructuoso desabrochar los botones de la llamativa camisa azabache; mientras lo hace la vergüenza invade todo su ser al percatar la mirada tranquila de John que permanece fija en sus inquietos dedos. Al final el hormigueo en su cuerpo, los escalofríos y temblores pueden más que su orgullo, simplemente se deja caer otra vez sobre el mullido colchón, derrotado. Contrario a lo que esperaba John no se burla de él, no habla, solo limita sus acciones a desvestirlo despacio, quitando las prendas lentamente a sabiendas del inmenso dolor psicosomático que comienza a ganar terreno sobre la dermis del hombre. Una vez desnudo le enreda en la sábana, llevándolo al baño. A duras penas logra cerrar la llave de agua con Sherlock a cuestas, más se está acostumbrado a la situación, siendo varias veces ya que le carga.

— Me quema la piel— dice Sherlock en son de queja, removiéndose entre sus brazos, Watson comprende que el síndrome de abstinencia está dando santo y seña de aparecer con esos primeros síntomas. Cuando le sumerge en el agua casi fría puede apreciar la mueca de alivio que abarca todo su rostro.

Por milésima vez, desde que decidió regresar, vuelve a sentirse inútil.

— El agua te ayudará un poco, pero no demasiado en un par de horas— lamenta comunicar algo que Sherlock de antemano ya sabe, es por ello que no responde.

Ninguno dice nada más, ambos prefieren sumergirse en el enorme océano de pensamientos infinitos que se han desencadenado recientemente, todo es tan profundamente denso que les llega una sensación similar a la asfixia, sin embargo se ven envueltos en la ardiente incapacidad de parar.

El menor de los Holmes se encuentra hastiado, enfadado consigo mismo y con los demás, posee gran resquemor por haberse dejado consumir lentamente desde la más tierna infancia gracias a la podrida gente de su entorno, todo dando incio lamentablemente en su círculo familiar cercano y yendo hasta esa persona ajena sin rostro que le dedicó una dolorosa mirada de desprecio o un ácido comentario hiriente. Si le era permitido ser honesto consigo mismo, diría que nunca entendió el motivo de tanto odio desmedido, los moretones, los insultos, las veces que le golpeaban detrás del edificio de la escuela, los adultos que haciendo un mal uso de su poder le jodían hasta el hartazgo por sentirse mentalmente inferiores a él. En las noches de insomnio, mientras curaba sus heridas a la luz tenue de su lámpara de noche, Sherlock se preguntaba si era él de verdad alguien tan desagradable, ¿Tenían razón al nombrarlo fenómeno tal como no se cansaban de recalcar? Poco a poco la cabeza se le llenaba de odio, autodesprecio, ira y una enorme tristeza; así crecería, siendo objeto de burla, miserable, todo eso le llevaría al mundo de las adicciones, corriendo a contrareloj por la eterna carretera de vida que se desquebrajaba tras suyo, hasta ese frío dieciséis de noviembre en el cual decidiría subir al edificio más alto de su zona para lanzarse. Lo habría logrado de no ser por su hermano mayor, nunca supo si el cálido cuerpo aferrándose desesperado a su espalda fue un golpe de suerte o desgracia.

Sí, Sherlock Holmes presumía su intelecto, porque viendo las cosas desde la objetividad era lo único que le quedaba y ataba de cierto modo a la sociedad inmunda, pero no había un mísero día que no pensara en ello como la peor maldición, pues en su enorme devastación le dejó hundirse abandonado en la desesperanzadora soledad.

Pensó en lo mucho que hubiese podido ahorrarse de no haber sido engendrado jamás, ninguno de los tres hermanos, en realidad. Conocía demasiado bien a Mycroft y era consciente de la fuerte carga emocional que prácticamente toda su vida llevó a cuestas, el triste motivo por el cual no tenía ni un solo amigo, el porque ese regordete niño amante del azúcar tomaría la drástica decisión de someterse a una dieta rigurosa, incluso sabía esa razón tras las inexistentes novias que mamá tanto conocer; Sherlock dedujo de inmediato que tras su salida del armario Mycroft había decidido no confesarse homosexual también, porque Eurus y él lo habían hecho ya y alguien debía cumplir a sus padres el gran sueño de ser abuelos, entendió bien que por eso aquel atractivo alemán con quien hablaba hasta tarde de repente dejó de llamar. Mycroft prefirió ser miserable a pelear, porque anhelaba no destacar, ya no más.

Tragó saliva, siendo la sensación de la suave esponja contra su cuerpo única atadura al mundo terrenal.

Eurus... pensar en ella le hacía creer que tal vez era mejor ser un drogadicto al borde de la muerte que terminar en un psiquiátrico por considerársele un peligro tanto para sí mismo como para los demás. En realidad entendía a su hermana, mientras Mycroft hubo encontrado un pseudo escape entre la obtención de dinero y un puesto en el gobierno él se fue de lleno a la investigación policial, sin embargo Eurus no lograría sacar sus frustraciones con un trabajo, afición u objetivo, cayó en la locura psicótica del aburrimiento que provocaba una mente brillante sin que ninguno de ellos se diera cuenta, y eso en sí mismo le molestaba demasiado, porque siendo él tan prodigioso fue incapaz de notar el cambio ahora tan evidente en ella. Tanto él como Mycroft hicieron a Eurus lo mismo que les fue hecho a ellos, no existía día que no se arrepintiera de eso.

Solo pudo quedarse con una cosa: Ojalá no haber nacido.

John, por su parte, se quebraba el cerebro tratando de hilar algún plan para continuar que fuera exitoso, gracias a la turbia situación y la precaria salud de Holmes estaba tan asustado que la sensación le impedía pensar con claridad; le horroriza pensar en perder la batalla, porque es consciente que si Sherlock se va esta vez será para siempre, sabe un milagro de ese tamaño no volverá a repetirse y John no quiere perderlo otra vez, no puede fallarle dos veces. Anhela tenerlo, anhela quererlo, un sentimiento tan poderoso que si él muere John no pensará dos veces el usar una bala para reventarse la cabeza. Nadie jamás podría entender cuánto lo amaba, pero estaba perfecto de esa manera.

Sherlock parece un muñeco de trapo, sólo dejándose hacer, tiembla violentamente producto de la fiebre, John puede escuchar con claridad el sonido de sus dientes chocando unos contra otros, teniendo la sensación de que pronto esos temblores se convertirán en dolorosas convulsiones le enjuaga lo más rápido que puede creyendo es suficiente.

— Debemos secarte— susurra suavemente, usando sus manos para llevar un poco de agua a la nuca del hombre, aliviándole por pequeños momentos el creciente dolor de cabeza. Sherlock se queja alegando tener calor, John le rebate con el argumento del vómito y las convulsiones, entonces, entre la poca lucidez del casi insoportable ardor en su piel, el detective consultor decide que no desea hacer el ridículo sin ropa.

John le ayuda a levantarse en el mármol de la tina blanca, sus piernas flaquean cuan cervatillo recién nacido mientras, estando encorvado, sus manos se aferran torpemente al borde de esta; el médico corre al váter por la bata de baño, la coloca en la espalda del hombre y le oye sisear, sabe que los toques se sienten como alfileres incandescentes pero tristemente no puede hacer nada al respecto, pasa cada brazo por su respectivo sitio y hace un nudo al cintillo justo a último momento, pues Sherlock se desploma agotado sobre su pecho, mojando el borde de la bata en el proceso. Enredándolo en ella lo mejor que puede le carga, llevándole a la cama otra vez. Le sienta delicado al borde, corriendo por la otra toalla.

De repente tiene a Sherlock arrastrándose dificultoso justo detrás, Holmes usa todas sus fuerzas para llegar al rustico lavamanos, dejándose caer sobre él aferra sus dedos a las orillas esperando no caer mientras comienza a vomitar escandalosamente, repetidas arcadas resuenan mientras, aterrado, John Watson logra notar sangre brillando entre la bilis amarillenta. Entiende que el idiota de su mejor amigo no solo inhaló y se inyectó la cocaína, sino que la consumió vía oral en al menos un par de ocasiones. No tiene tiempo para gritarle enfurecido, ni modo de al menos entender la situación en su totalidad, pues a duras penas es capaz de atraparlo cuando producto del cansancio Sherlock se desploma desmayado al suelo.

— ¡Sherlock!— Grita asustado. Ambos caen, pero John no lo suelta, sus rodillas crujen sobre el suelo y él se queja adolorido, su peso junto al de Sherlock le hiere más de lo que debería y entiende ya no estar en edad de recibir golpes como ese. Uno de sus brazos rodea la espalda alta del menor apretando el hombro, dando soporte, su nerviosa mano libre va rápido revisando superficialmente los signos vitales; suspira aliviado cuando para la terrible situación actual todo se encuentra en relativo orden: Holmes solo está inconsciente.

Como puede se levanta, casi golpeando la cabeza de Sherlock contra el lavamanos en el proceso. Lo lleva de regreso a la cama, acomodándole sobre un costado en caso de querer vomitar nuevamente y colocando también una cubeta cerca para, entonces, evitar se levantara otra vez. El joven hombre aún está en bata, se sacude con cada escalofrío que se pasea por su columna, abrazándose el estómago. Watson sopesa por unos segundos antes de planear no ponerle ropa, como médico cree lo mejor será dejarle descansar hasta que sea capaz al menos de ponerse de pie por su cuenta, en realidad espera que duerma, que duerma mucho, lo necesita; así pues se limita a cobijarle el torso con una de las sábanas en las que reposaron anoche.

John le observa dormir, perdido en la imagen enferma del hombre; encuentra lamentable que alguien tan maravilloso como lo fuese Sherlock Holmes haya pasado toda su vida en dolor y sufrimiento constante, siento todo grande al punto que le sobrepasó por completo, la culpa por no haber estado ahí para él cae sobre sus hombros como cien toneladas. Le caricia la espalda, subiendo y bajando su mano en son tranquilizador, logrando sentir a los pocos minutos como el cuerpo bajo sí se relaja levemente. Traga en seco, cuando su mente se nubla por la tristeza acerca su rostro al de Sherlock, tiene la ferviente necesidad de otorgarle un beso en la cabeza, algo pequeño, quizá hasta inocente, más se detiene a medio camino pues el pánico lo obliga a alejarse. Suspira derrotado, solo es un cobarde más.

No hay nada más que hacer ahí por el momento, se dice intentando animar su espíritu afligido, pero no funciona como esperaba que lo hiciera. Deja la puerta de la habitación abierta, con la esperanza de escuchar si Sherlock tiene alguna necesidad y vuelve al salón principal. Toma asiento en su sofá asignado, sus ojos distraídos se clavan en la charola con el desayuno y es ahí entonces que se da cuenta de cuan agotado, física y mentalmente, se encuentra. Quita la tapa de uno de los platos, la comida le espera aún tibia aunque el té para ese punto ya está frío; se dispone a comer en silencio, revisando sus redes sociales y portales de noticias en su teléfono mientras lo hacía.

Por lo que pudo recopilar de sus anteriores visitas al departamento no era la primera vez que Sherlock se desvanecía de la nada, cosa que si bien era relativamente normal no dejaba de ser preocupante. John quería llevarlo al hospital, sabía Sherlock se negaría de todo modo existente, pero él estaba seguro que todo mejoraría si al tratarle tenía a mano el equipo necesario, tal vez solicitaría la ayuda de Mycroft aunque eso significara ganarse temporalmente el odio del detective consultor.

Su creciente ansiedad únicamente le permitió comer la mitad.

Cruzó los brazos, recargándose en el respaldo del viejo mueble. Por su cansada psique flotaban los recuerdos del tiempo que pasó junto a Sherlock, desde las situaciones más burdas y cotidianas, pasando por la resolución de casos hasta esas extrañas ocasiones donde podría haber jurado que la tensión romántica llenaba de incomodidad el oxígeno a su alrededor. Fue entonces que, embelesado por la belleza surrealista en su cabeza poco a poco se quedó dormido.

Despertó más tarde, demasiado tarde a decir verdad; por la delgada cortina en la ventana podía notar el cielo ya oscurecido, incluso el ruido en la concurrida calle Baker había disminuido. Estando a nada de revisar la hora consultando ese grande reloj de pared al fondo se vio distraído por algo en la mesita de centro: Un post-it blanco colocado estratégicamente para ser visto, a un costado de la tetera medio vacía encendió todas las alarmas existentes del cuerpo de John. Lo levantó extrañado, entrando en pánico de inmediato al terminar de leer. Buscó desesperado el teléfono móvil entre sus vaqueros y rápidamente buscó el número personal de Mycroft, mientras esperaba a que el hombre le descolgara la llamada sus ojos repasaban una y otra vez esas amargas palabras escritas en perfecta letra cursiva:

Lo lamento


[Aclaraciones del capítulo]

La presencia de sangre en el vómito de un adicto a la cocaína puede ser señal de que la droga se ha consumido vía oral, pues destroza el sistema gástrico rápidamente.

[N/A]

¡Muy buenas a todos!

Al fin y después de pasar un montón de noches llenas de incertidumbre y estrés pude terminar el capítulo justo como deseaba que fuese. Agradezco a los nuevos lectores que han llegado y les recuerdo que solo falta un capítulo y el epílogo para finalizar esta pequeña historia.

Me he visto en la obligación social de añadir un par de especificaciones/advertencias al inicio y final de mis capítulos debido a la temática fuerte del fanfic, espero ahora quede bien en claro el tipo de historia que So Happy I Could Die es, para que decidan si leerla o no.

¡Muchas gracias por leer y comentar, ustedes son la fuente de energía que me permite seguir escribiendo!

[Recordatorio]

Todo lo escrito aquí es mera ficción.

Recuerden que las adicciones NO son la solución para tratar con trastornos como el TEPT, la depresión, ansiedad, entre otros. NO está bien tampoco recurrir a la autolesión o el suicidio. Sé que a veces podemos sentirnos tan mal que los caminos parecen cerrarse y las oportunidades desaparecer, pero no debemos dejarnos hundir. Si en algún momento se sienten al límite recuerden tomarse un tiempo para relajarse y sanar con ayuda profesional. Nunca es tarde ni está de más pedir ayuda, no tengan miedo.