Banana Fish pertenece a Akimi Yoshida-sensei, MAPPA y todos aquellos que adquirieron sus derechos.

Por otra parte, la preciosa tabla fue creada por la siempre genial TanitBenNajash para el #drabblectober 2019, y yo sólo soy su fiel servidora, porque siempre le basta un empujoncito para hacerme caer. Así que, ya sabes, bla, blah, blah, yo solo escribo por simple y puro pasatiempo.

Sobre el fic: Serie de drabbles sin ninguna relación cronológica o argumentativa entre sí.

Pareja: Shorter Wong/Yut-Lung


Veneno

Por:

PukitChan

I

Sonrisa

Lo único cierto de esa caótica realidad era que, definitivamente, Shorter no sabía por qué observaba a Yut-Lung con tanto detenimiento. No se trataba de su mirada, ni de sus ademanes educados. Mucho menos le impresionaba la frialdad de sus actos o la manipuladora mente que elaboraba planes macabros detrás su andrógina apariencia. Sus vastos conocimientos lo traían sin cuidado y su origen no podía sorprenderlo, sobre todo si consideraba en qué clase mundo vivían.

No, no lo observaba por esos motivos.

Definitivamente, no por ninguno de ellos.

Pero, quizá (sólo quizá), lo observaba por sus máscaras, sus frases elaboradas y la diminuta sonrisa de satisfacción que dibujaban sus labios cuando todo había resultado como lo había planeado. Tal vez observaba a Yut-Lung por la manera en la que desviaba la mirada cuando algo le resultaba molesto, por la forma en la que cada mañana gruñía cuando el sol se colaba por la ventana y lo despertaba, o quizá por el simple hecho de que al levantarse de la cama, una oscura cascada de cabellos negros se deslizaban por su pálida y desnuda espalda, ocultando el tatuaje que lo identificaba y las diminutas cicatrices que él mismo se había provocado hacia tantos años.

No, realmente, no tenía motivos para observarlo. A él, a toda su frágil apariencia, a su juventud robada hacia mucho, a su rostro etéreo, a sus labios pálidos y a su mirada triste. Sin embargo, ocurría que una vez cada cierto tiempo, mientras ataba su largo cabello, Yut-Lung lo miraba a través del espejo y sonreía. Y de pronto, allí se encontraba. Una sonrisa que no era ensayada, que no ocultaba nada y que tampoco pretendía algo. Una sonrisa que cambiaba radicalmente su apariencia y que lo hacía parecer como el adolescente que en realidad era.

Y entonces, cuando eso pasaba, Shorter volvía a cerrar los ojos y hundía su rostro en la almohada mientras algo parecido a la culpa y a la fascinación retumbaba en su cabeza. No, no era su sonrisa la que lo hacía mirarlo.

…aunque la curiosidad de saber si era su presencia la que ocasionaba tal extraño gesto, tal vez era lo que en realidad estaba matándolo de miedo.