Esto es algo como un Fantasy AU inspirado en sus diseños de Halloween muy lejanamente pero también por sus diseños del ending de fantasía. Bueno, lo admito, yo sólo quería escribir un enemies to lovers (kind of) con espías, back stabbing, vampiros y hombres lobo y Todoroki y Bakugo eran perfectos para el cometido. (Además que de entre las ships que quiero escribir me faltaba tener TodoBaku). So, Vampire!Todoroki, Werewolf!Bakugo.


I. Katsuki

Une dernière danse
Pour oublier ma peine immense
Je veux m'enfuir, que tout recommence
Oh, ma douce souffrance


—¿Qué quieres?

La voz salió seca. Katsuki se atrevió a alzar un poco la vista para ver a su interlocutor, parado enfrente de él. Acababa de salvarle la vida y ahora tenía una rodilla clavada en el suelo y sentía la mano de uno de los guardias que estaba presionándole la nuca, obligándolo a inclinarse ante el maldito príncipe vampírico. Quería gritar. Sacárselo de encima. Pero en vez de eso, respiró hondo un par de veces.

—Un lugar en la corte —espetó Katsuki—. No quiero ser comida. —La mano del guardia todavía estaba en su nuca y sintió cómo presionaba un poco más su cuello—. Su alteza —se obligó a añadir y sintió como la presión disminuía.

Aquello era ridículo. Acababa de salvarle la vida.

Y Katsuki sabía hacer una reverencia él sólo. No necesitaba que lo obligaran. Lo habían enviado allí con una misión y no planeaba que su orgullo la arruinara.

«Mata al rey vampiro». Él era el único que podía hacerlo. Era el más fuerte de la manada. Sólo esperaba que un ciclo lunar fuera suficiente para acercarse lo suficiente al padre de aquel imbécil que lo estaba viendo hacia abajo, evaluándolo, tomándose su tiempo. Nunca había visto al príncipe heredero, aunque había oído hablar de él. Hijo biológico del Enji Todoroki, su Majestad. Alzó la vista lo más que pudo, para intentar leerle las facciones. Una máscara cubría su ojo izquierdo, pero el resto era visible. Cabello de dos colores, mitad pelirrojo, mitad blanco —todo un milagro de la genética—, el ojo visible era café y en su expresión no se adivinaba humanidad en lo más absoluto.

Katsuki odiaba a los vampiros.

Pero allí estaba, con una rodilla en la tierra, pidiendo unirse a su corte.

—Sea —respondió el príncipe de los vampiros.

—Gracias, su Alteza —murmuró Katsuki.

De repente, ya no había una mano en su nuca y pudo levantarse. Se limpió la tierra de los pantalones viejos que llevaba puestos.

—Que se una a mi guardia —oyó decir al príncipe, con la misma voz seca e inexpresiva con la que le había preguntado qué quería—. Denle ropa limpia.

Unos «Sí, su Alteza» después, Katsuki se vio arrastrado hasta un cuartel, dónde lo dejaron tomarse un baño, le dieron un uniforme y le preguntaron su nombre. El plan marchaba a la perfección. Tenía hasta la siguiente luna llena —poco menos de un mes— para asesinar al rey vampiro. Habían planeado un ataque —falso— contra el príncipe para darle una oportunidad de infiltrarse en la corte. Era lo más que la manada podía hacer por él. A partir de allí, estaba sólo.

Recordaba todas las cosas que le había dicho Izuku. Todas y cada una de sus palabras. Aquel idiota humano —que seguía a los lobos a todas partes— era un genio de la estrategia. Katsuki sólo había soportado oírlo porque le daba más oportunidades de salir vivo de aquella corte. También recordaba las palabras de su madre. Un golpe en la cabeza y un «no dejes que te gané tu orgullo, Katsuki». Y la mirada de su padre: tranquila, como resignada, de que no había otra alternativa, de que él único que llevar a cabo esa misión casi suicida.

Katsuki se permitió respirar hondo tan pronto cómo estuvo metido en el agua. Se quitó toda la mugre de la piel y luego, cuando estuvo afuera de la tina, suspiró, poniéndose el estúpido uniforme de la guardia vampírica. Demasiado rojo, como la sangre, como los ojos de Katsuki.

Ahora sólo quedaba pensar cómo se iba a acercar lo suficiente al Rey Vampiro. Enji Todoroki.


Los vampiros necesitaban a los humanos. Por eso existía la guardia, por eso tenían sirvientes. Por eso tenían comida, a la que mantenían y cuidaban. No podían permitirse exterminarlos. Necesitaban su sangre. Habían sido criaturas de las sombras —como los hombres lobo— durante mucho tiempo. El mundo le había pertenecido a los vivos, a los que no estaban malditos, hasta que no. Hasta que Enji Todoroki había creado la corte vampírica y se había rebelado contra todo. Katsuki no lo recordaba. Había sido antes de que naciera.

Sólo Toshinori se había atrevido a oponerse a él. Un viejo lobo. Había estado a punto de derrotar a Enji Todoroki mientras los humanos sufrían viendo guerras que no les correspondían. Toshinori había sido el que había unido a la manada más grande de licántropos que existían, los únicos que, de hecho, tenían una oportunidad de plantarle cara a la corte vampírica. Cuando Katsuki había nacido, hombre lobo por herencia —hijo de dos lobos—, la guerra ya había causado estragos y la manada estaba escondida en lo más profundo del bosque Yuei. Eran sólo licántropos y uno que otro humano.

Así que sólo había conocido el mundo lleno de vampiros y de los vivos que huían de ellos.

Al principio la manada se había dedicado a defenderse únicamente, pero eso no podía seguir por mucho tiempo más. Los vampiros —o más bien, la corte de Enji Todoroki— estaban dispuestos a acabar con todas las criaturas que no necesitaran. Habían atacado a los dragones cambiaformas, los habían diezmado y los rumores contaban que se estaban preparando para acabar con las brujas. Los licántropos nunca habían estado en armonía con los otros, pero habían acabado aliándose para acabar con Enji Todoroki.

Katsuki sólo necesitaba una oportunidad. Era bueno acabando con vampiros. Una estaca, fuego, no eran demasiado difíciles de matar con práctica.

Los primeros días no la consiguió. Pasó tres días entre el resto de la guardia de Shouto Todoroki —como averiguó que se llamaba el príncipe del cabello de dos colores—, probando qué tan buen guerrero era —carajo, Aizawa lo había entrenado y contaban que antes de que los vampiros tomaran el control, había sido uno de los mejores caballeros errantes—. Hasta que, al tercer día, por la tarde, Shouto Todoroki declaró que quería verlo.

El corazón de la corte vampírica estaba ubicado en un castillo enorme. Por lo que Katsuki había podido averiguar en esos días, el ala oeste le pertenecía a los príncipes Todoroki —los tres que quedaban vivos—. El ala este, por el contrario, era del Rey Vampiro y estaba demasiado vigilada como para intentar adentrarse en ella sin ser visto. Katsuki iba a tener que ganarse la confianza del príncipe, costara lo que costara.

Lo dejaron sólo, en una sala con los muebles más caros que Katsuki había visto nunca —él estaba acostumbrado al campamento de la manada—. Se dedicó a mirar alrededor hasta que oyó la puerta del fondo abrirse.

El príncipe entró por ella. Tenía dos guardias detrás de él.

Katsuki lo evaluó con la mirada un momento antes de recordar lo que se suponía que tenía que hacer, el estúpido protocolo. Se inclinó en una reverencia con una mano a la espalda —que estaba cerrada en un puño—. Odiaba aquello. Sus instintos de lobo se sentían humillados.

—Su alteza —murmuró apenas audible.

—Levántate —oyó. Y lo hizo. Shouto Todoroki le hizo un gesto a los dos guardias que habían llegado con él—. Largo —indicó, volteando un poco la cabeza. Cuando se hubieron marchado, volvió a mirar a Katsuki. Señaló la mesa—. Siéntate.

Era una orden. Katsuki odiaba que le dieran órdenes.

Mitsuki se lo había dicho, muchas veces. «Respetas la autoridad pero quieres ser el líder», había dicho. «Y lo serás, Katsuki. Eres el lobo más fuerte. Pero tienes que controlar tu temperamento. Todos te seguirán porque te tienen respeto, no porque infundas miedo». Y él había gruñido y había asentido. Se lo había vuelto a decir cuando le habían encomendado esa misión. «Deja a un lado tu orgullo. Vas a jugar como doble agente y ese es un juego peligroso. Has todo lo que creas necesario y nunca dejes que te gane el orgullo. Créeme, para los vampiros sólo serás un humano más».

En la corte, sus instintos de lobo no servían. Y tenía que ocultar su olor. Lo que implicaba usar una pócima de una bruja ridícula que Izuku había llevado al campamento porque habían asesinado a sus padres. Katsuki no se había molestado en aprenderse el nombre de la joven, sólo recordaba que era más cachetes que persona. En la corte vampírica, Katsuki no podía permitirse un solo paso en falso, no podía permitir que su orgullo ganara, que su odio por los vampiros le impidiera hacer su trabajo.

Si pudiera, los mataría a todos.

Pero para llegar hasta el Rey Vampiro, tenía que dejarlos vivos.

No dijo nada y se sentó en la mesa que le señaló el príncipe. Después, el príncipe se sentó enfrente de él. Katsuki pudo verlo entonces. Llevaba la misma máscara de antes cubriéndole el lado izquierdo; a los vampiros les gustaba ser teatrales.

—Traerán té, si quieres —le dijo—. Te llamas Katsuki, ¿no? Katsuki Bakugo.

Katsuki asintió, sin decir nada.

—Creí que debía darte las gracias por salvarme la vida —dijo Shouto. Su rostro no transmitía nada y eso era frustrante. A Katsuki le hubiera gustado leerlo, descifrar algo sobre él—. No te gustan mucho los vampiros.

—Su alteza… —empezó Katsuki, intentando buscar una respuesta inteligente, pero no había.

—No lo ocultes —dijo el príncipe—. Tu mirada te delata. ¿Sólo querías un lugar en la corte dónde pudieras evitar volverte comida? —preguntó. Katsuki no tuvo tiempo de responder. Maldita realeza, se dijo, amaban el sonido de su propia voz—. De todos modos, me salvaste, a pesar de que nos odias. La mayoría de los humanos lo hacen —aclaró, con voz desapasionada—. El comandante de la guardia dice que eres un buen guerrero.

—Gracias, su Alteza.

No pretendía añadir nada más. O el tono de su voz lo traicionaría o acabaría gritando. «Contrólate, Katsuki».

—En mi guardia evitarás ser comida —le dijo Shouto Todoroki—. Ningún vampiro va a morderte.

Katsuki no respondió. Un «gracias» había sido suficiente. Arriesgaba quedar cómo un desagradecido, pero no iba a lamerle las botas más de lo necesario. ¿Se suponía que en aquella sociedad de mierda uno tenía que agradecer no acabar siendo alimento? Katsuki había oído las historias de vampiros poderosos que tenían esclavos humanos sólo para poder alimentarse.

Los odiaba a todos.

Quería exterminarlos a todo.

Pero tenía que empezar en alguna parte. Por Enji Todoroki, por ejemplo.

—¿Fuiste entrenado como guerrero? —preguntó Todoroki.

—Sí, su Alteza —respondió Katsuki.

—En establecimientos humanos, supongo —conjeturó el príncipe—. No tendrías tanto rechazo por nosotros si…

—Los vampiros acabaron con el pueblo donde vivía —inventó Katsuki. Casi, pero no. Era una mentira blanca, la historia era la de la bruja que era más mejillas que cara. Podía tomársela prestada—. Es lógico no querer ser comida, su Alteza.

Shouto Todoroki asintió. No dijo nada por un momento y Katsuki se frustró, intentando leer una expresión que no le decía nada en lo más absoluto. Llamaron a la puerta.

—Ah, el té —musitó el príncipe—. Quédate a cenar, Katsuki. Me interesa saber a quién dejo entrar en mi guardia. —Luego su voz se dirigió a la puerta—: Adelante.

Aquello no sonó como una orden, pero Katsuki no se sentía en posición de decir que no. Si quería ganarse la confianza del príncipe vampiro, tenía que conocerlo. Una joven puso el té en la mesa.

—La cena estará bien —dijo Katsuki.

—Perfecto.


Katsuki aprendió a moverse con la corte. Usar el uniforme rojo de la guardia le garantizaba cierta invisibilidad para moverse por todas partes y para enterarse de cosas. Como que Enji Todoroki estaba sofocando una rebelión en el norte y volvería —esperaban todos— al final de la semana. Como que los otros dos príncipes casi no participaban en los eventos oficiales —Katsuki los había visto varias veces, Natsuo y Fuyumi, pero nunca había interactuado con ellos—. Como que había lugares restringidos para todos aquellos que estuvieran vivos —y quisieran seguir estándolo—: una parte de los sótanos —donde Katsuki sospechaba muy bien qué ocurría— y parte del ala que ocupaba el Rey Vampiro.

Se acostumbró a la guardia, a la manera en la que Shouto se relacionaba con ella. Lo odiaba por ser una criatura chupasangre, pero respetaba la manera en la que se ganaba la autoridad de su propia guardia. Conocía el nombre de todo el mundo, solía bajar al cuartel y acompañarlos en la cena —aunque Katsuki nunca lo vio comer nada—, aparecer abruptamente en las sesiones de entrenamiento.

Al final de la semana, Katsuki se había acostumbrado a fingir.

La mañana del regreso del Rey Vampiro, Shouto Todoroki se marchó temprano con una escolta pequeña y el resto de la guardia se quedó sin nada que hacer. Acabaron apostando en un torneo improvisado. El ganador se llevaba toda la bolsa de dinero. Al principio, Katsuki opinó que aquello era una pérdida de tiempo inútil —él no estaba allí para hacer amigos ni para ganar torneos ni apuestas, estaba allí para matar a un rey—, pero cuando el estúpido de Kaminari insinúo que sería una gallina si no participara, se enfureció, sacó las monedas que tenía, las echó en la bolsa y declaró que los iba a aplastar a todos.

Y lo hizo.

Él único que quedó en pie fue el hermano del comandante, Tenya Iida. Katsuki había estado observando su técnica porque sabía que era uno de los contrincantes más fuertes. Su estrategia era defenderse hasta que estaba seguro que podía atacar y ganar. Sus oponentes solían cansarse antes de tener una oportunidad de sacarle sangre. Sus duelos eran largos y él era demasiado cuidados. Katsuki no dudaba de que, si a su hermano le ocurría algo, él se volvería el comandante de la guardia.

A Katsuki, más que nada, lo desesperaba. Demasiado recto, demasiado mecánico, demasiado metódico. Lo que significaba que había una manera de derrotarlo.

Se enfrentó a él al final. Todos miraban. El ganador se quedaba con todo el dinero. A Katsuki el dinero le importaba una mierda y media. Estaría fuera de ese castillo cuando hubiera matado Enji Todoroki y en el campamento no servían las monedas de oro de los vampiros —ni tampoco en ningún establecimiento humano de los que todavía quedaban en pie—. ¿Pero ganar? Eso era otra cosa.

Necesitaba hacer que Iida lo atacara, que dejara su faceta defensiva y lo atacara. Lo que significaba que tenía que tener paciencia, jugar en el lado defensivo y cansarlo.

Empezó a desesperarse pronto, pero no quería arriesgarse a cometer un error y que la espada de Iida lo rozara en alguna parte. No quería perder. Odiaba perder. Así que esperó. Estocada tras estocada, esperó. Iida no era imbécil, pero no adivinó exactamente su estrategia. Lo vio analizarlo, una y otra vez, pero Katsuki intentaba no seguir nunca el mismo patrón de movimientos para no darle oportunidad, hasta que descubrió una manera de ganarle. Al defenderse cuando la estocada se dirigía hacia su costado derecho, Tenya Iida levantaba el brazo izquierdo más de lo necesario, dándole una oportunidad a Katsuki de fintarlo y atacar allí.

Eso hizo. Le sacó sangre del pecho, un corte leve, apenas superficial.

Apretó los dientes y sonrió, victorioso.

—Gané.

Los vítores se vieron interrumpidos por unos pasos detrás de él. Y por la voz del príncipe.

—¿Un torneo improvisado? —preguntó. Pero no dio tiempo de que nadie le respondiera: era obvio—. ¿Puedo intentarlo? Contra el ganador.

Katsuki se dio la vuelta.

Por supuesto que no estaba en posición de negarse. Era el príncipe y, allí, su palabra era ley. Estaba sucio, manchado de tierra, respiraba entrecortadamente, cansado. El príncipe lo miraba fijamente y, como era su costumbre, su rostro no revelaba sentimiento alguno.

—Como usted desee, Alteza —dijo Katsuki.

—Sea. No te contengas, Katsuki.

Lo vio quitarse el chaleco azul que siempre llevaba, quedarse sólo con la camisa blanca. Se quitó los guantes también y desenvainó su propia espada. Katsuki nunca lo había visto pelear. Aquello, sin duda, sería interesante. Se puso en guardia. El príncipe también. Luego, empezó el duelo.


Katsuki estaba en clara desventaja. Nunca había visto que tan versado el Príncipe Vampiro con la espada. Así que no esperó a que lo atacara. Si quería ganar, tenía que hacerlo rápido y no tenía que darle tiempo de que lo atacara y lo encontrara en un paso en falso. Después de los primeros dos o tres embistes se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil como el resto de la guardia. Shouto Todoroki los superaba a todos. Incluso a Iida, el hermano del comandante. Apretó los dientes, pero no se rindió. Ya que tenía la oportunidad, no quería dejar que uno de los Todoroki le ganara en un duelo. Y el mismo Shouto le hacía dicho: «No te contengas Katsuki». Iba a obtener justamente lo que quería.

El príncipe, sin embargo, no dejó que sólo lo atacara. Después de unos cuantos embistes, lo obligó a retroceder y empezó a atacarlo sin piedad alguna. Katsuki se atrevería a decir que, de toda su guardia, el mejor espadachín era Todoroki. Quizá con la excepción de él, claro.

No a cualquiera lo había entrenado Shota Aizawa.

Estaba seguro de que podía ganarle. Sólo necesitaba una oportunidad. Era un duelo a primera sangre.

Sólo necesitaba una oportunidad. Un momento. Un descuido. Pero Shouto Todoroki no parecía tener ninguno de esos. Además era un vampiro. Podría no estarse aprovechando de la velocidad que le profería su condición, pero sus sentidos eran otra cosa. Katsuki estaba seguro de que lo oiría a kilómetros si intentaba embestirlo por detrás y Todoroki era silencioso, como si sus pies apenas tocaran el suelo.

Lo que el Príncipe Vampiro no sabía era que Katsuki también podía aprovechar sus instintos. El olfato.

Todos los vampiros apestaban a sangre podrida para los licántropos. Unos menos que otros, pero todos lo hacían. Había leyendas que contaban como, para el olfato humano común, los vampiros tenían un olor intoxicante, adictivo, lo que los hacía acercarse a ellos con más facilidad. Pero a los lobos la naturaleza había elegido advertirles que los vampiros eran un peligro y solían a sangre podrida.

Era una lástima que a los vampiros la naturaleza también hubiera elegido advertirles de la presencia de los licántropos. Por lo que Katsuki sabía, para un vampiro, el olía a bosque, como a tierra mojada mezclada con perro apestoso. Por eso tenía que enmascarar su olor con la pócima que le había preparado la bruja —algún día iba a recordar su nombre—. Así que, si se concentraba en el olor y perdía de vista al príncipe por un momento, podía adivinar exactamente de qué lado iba a atacar.

Hasta que no lo hizo. Le había parecido que Todoroki iba e embestir del lado izquierdo, pero en realidad lo hizo del lado derecho y Katsuki apenas si fue capaz de interponer su propia espada entre la del príncipe y la piel de su brazo. Lo fuerte del golpe, sin embargo, lo hizo tambalearse un poco mientras se daba un poco la vuelta para encarar al vampiro y el siguiente golpe lo tiró al suelo.

El príncipe no se detuvo.

«Así que es así, ¿eh?»

No todo el mundo le daba tiempo de levantarse a un oponente caído. Pero Katsuki sonrió de lado: le había venido una idea a la cabeza. Vio la espada del príncipe bajar, buscando su hombro. En vez de rechazar el golpe de lleno, se impulsó hacia adelante con las piernas y la espalda baja y dirigió su espada hasta la parte del pecho que Todoroki había dejado descubierta para asestar su golpe. Le hizo una cortada superficial justo antes de que la espada del príncipe tocara su hombro.

Shouto Todoroki se detuvo en el momento en el que sintió la espada en su pecho. Reflejos vampíricos. Katsuki le devolvió una sonrisa satisfecha, de lado, desde el piso. Tuvo la audacia de levantar su espada y colocar la punta, sin herirlo, bajo la barbilla de Shouto Todoroki, el heredero de la corte vampírica.

—Gané, su Alteza.

La herida ya se le estaba cerrando. Y la sangre que había salido, sospechó Katsuki, ni siquiera era su sangre. Era la sangre que le había robado a alguien más.

El príncipe no retrocedió ante la espada en su barbilla, no por un momento. Dejó caer la suya a un lado, aceptando la derrota. Katsuki esperaba que lo viera con el orgullo herido, porque acababa de humillarlo frente a toda su guardia. Pero en vez de eso, desde que lo conocía, sonrió. Fue una sonrisa tenue, apenas notoria, pero curiosa.

—Felicidades, Katsuki.

Katsuki bajó por fin la espada, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo. Shouto Todoroki le tomó la mano y él la tomó.

—Gracias, su Alteza.

Se puso en pie.

—Límpiate. Necesito una escolta —le dijo y luego se volvió hasta el comandante, que lo había estado viendo todo desde el fondo—. Manda a Katsuki con alguien más. El rey requiere mi presencia.

Aquello puso todavía de mejor humor a Katsuki. Por fin iba a verle la cara a Enji Todoroki.


Enji Todoroki, el Rey Vampiro. Era imponente. Katsuki sólo adivinó que estaba emparentado con Shouto por que el color de su cabello, pelirrojo, era del mismo color que el del lado izquierdo de Shouto, ese que siempre llevaba una máscara, escondido parte de su cara. Por lo demás, no eran demasiado parecidos. Shouto era mucho más delgado y su padre mucho más fornido. Su mirada, de ojos azules, era mucho profunda y lo aterrorizaba. Así que ese era al hombre que tenía que matar.

Respiró hondo. Le quedaba un mes menos cinco días.

Lo vio de lejos, se quedó junto a la puerta, cuando Shouto avanzó hacia su padre.

—Oí que aplastaste la rebelión del norte —le dijo—. Felicidades.

La voz seca, sin ninguna inflexión, cómo solía ponerla siempre. Si no lo hubiera visto sonreír unas horas atrás, hubiera dudado de que fuera capaz de sentir algo.

—Era de esperarse —respondió Enji Todoroki. Tenía la voz dura y profunda. Diferente a la de Shouto, que, si bien era inexpresiva, era mucho más calmada y tranquila. Más clara, diría Katsuki—. Los humanos ya no tienen fuerza suficiente para rebelarse.

Lo describió cómo si hubiera sido aplastar simples cucarachas. Katsuki tuvo que recordarse que tenía que respirar con normalidad, parecer un miembro de la guardia del príncipe. Pero a veces, en momentos como ese, era difícil olvidar su misión y era demasiado difícil olvidar a todos los muertos que cargaba la manada. Demasiado difícil olvidar las poblaciones masacradas por los vampiros. Demasiado difícil olvidar que Enji Todoroki tenía que morir.

—Me alegra oírlo —musitó Shouto. Sin emociones, de nuevo.

—¿Las cosas han estado bien en la corte?

—Como siempre.

—He oído rumores de que eres más permisivo de lo que deberías ser, Shouto —dijo Enji Todoroki—. Los humanos deben saber su lugar en este mundo.

—Su apoyo será mucho más duradero si nos tienen respeto y no miedo, Su Majestad —espetó Shouto y, por primera vez, a Katsuki le pareció distinguir un poco de rabia fría en su voz.

—No se te olvide que ellos son la comida y nosotros el depredador. —Enji Todoroki se puso en pie. Era más algo y mucho más imponente que su heredero. Y, según la opinión de Katsuki, Shouto Todoroki era bastante imponente. Se acercó en unos cuantos pasos hasta su hijo y lo agarró por la barbilla, obligándolo a ver arriba. Katsuki se obligó a no desviar la vista—. ¿Cuántas veces te lo he dicho?

—Las suficientes —respondió Shouto. Esa vez, no hubo duda de la rabia que estaba en su voz.

—No me decepciones. —Era obvio que era una amenaza.

—No puedo —respondió Shouto. Su voz parecía un siseo—. No tienes más hijos a los que destrozar después de mí. No puedes hacer más, ¿recuerdas?

Fue apenas un segundo, pero el sonido fue atronador. Enji Todoroki le soltó la barbilla y, en un solo movimiento, lo golpeó con el dorso de la mano. Del lazo izquierdo. La máscara cayó al piso. Shouto estaba de espaldas a él, así que Katsuki no pudo ver su rostro completo, ni lo que escondía la máscara. Vio la mano de Shouto dirigirse a su mejilla, donde lo había golpeado Endeavor.

—No seas insolente.

Shouto no respondió. Se agachó a recoger la máscara y Katsuki vio como volvía a ponérsela.

—Ni soñarlo —respondió. La rabia, de nuevo, estaba allí—. ¿Puedo irme?

Enji Todoroki sólo le dirigió un gesto despectivo con la mano. Un «vete y no me molestes más». A Katsuki se le había olvidado respirar. De repente, por alguna razón, odiaba mucho más al Rey Vampiro de lo que lo había odiado antes.

Cuando Shouto llegó a la puerta los miró a sus dos guardias.

—Piérdanse —les dijo.

Katsuki nunca lo había visto tan enojado. Era demasiado diferente al que le había sonreído antes, cuando le había ganado.


Katsuki no entendía del todo qué había visto en el intercambio entre el Rey Vampiro y su hijo. Sin embargo, en menos de veinticuatro horas entendió que era algo que casi todo el mundo en la guardia había visto y de lo que nadie, nunca, hablaba. Esa era la clase de respeto que les causaba Shouto Todoroki: tenían la decencia de nunca comentar sobre las discusiones —¿a lo que Katsuki había visto se le podía llamar una discusión?— entre el príncipe y su padre.

En ese momento tenía todavía más ganas de matar al Rey Vampiro, pero no tenía idea de cómo. Necesitaba un plan.

Shouto Todoroki desapareció todo el día después, ni siquiera se oyó que hubiera salido de sus aposentos. Katsuki supuso que era un protocolo normal después de lo que había pasado y evitó preguntar. Si los demás no hablaban del asunto, él no iba a ir a remover agua podrida.

Hasta que no quedó más remedio que remover agua podrida.

Y la culpa la tenía un motín. Un estúpido motín en el mercado donde los vivos iban a abastecerse de comida. La corte vampírica, después de todo, estaba llena de humanos que intentaban sobrevivir a la sombra de criaturas chupasangre porque no les quedaba otro remedio, esperando ser lo suficientemente útiles como para no convertirse en comida, esperando no ser lo suficientemente notables como para que algún vampiro le pusiera los ojos encima.

—¡Bakugo! —oyó el grito del comandante—. ¡Ve a buscar a su alteza!

—¿Esto no lo debería solucionar el rey? —Era la voz del hermano del comandante, Tenya.

—No —espetó el comandante—. ¡A su alteza! ¡Evita que la gente del rey se entere, si puedes! Si no será un charco de sangre y nadie podrá resolverlo. ¡Bakugo! —apremió—. ¡Ve por él!

—Sí, comandante.

Seguir órdenes se le daba de muy mal a mal, pero estaba acostumbrándose. Se había convencido de que podía hacer cualquier cosa por una acto, si era necesario. Podía poner en orden sus prioridades y decidir que valía la pena matar todo su orgullo si estaba metido en aquella corte por un bien mayor. Así que salió corriendo hasta los aposentos de Shouto Todoroki, dispuesto a interrumpirlo, sin pensar en el humor que le había visto el día anterior.

—¡Su alteza!

Llamó a la puerta con tres sonoros golpes.

No hubo respuesta.

—¡Me envía el comandante! ¡Es urgente!

De nuevo, no hubo ninguna respuesta.

Así que Katsuki respiró hondo, exasperando, y abrió la puerta. No debió de haberlo hecho. Encontró a Shouto Todoroki con la cara sorprendida, buscando algo en uno de los muebles, desesperadamente. Cuando el príncipe oyó la puerta abrirse, levantó la vista.

Era la primera vez que Katsuki lo veía sin la máscara que le cubría el ojo derecho.

No pudo explicar lo que vio. El día anterior su padre se la había tirado con el golpe, sí, pero Katsuki no había alcanzado a ver nada más. En cambio, en ese momento, estaba allí, frente a él, el rostro partido en dos del príncipe vampiro.

Tenía una quemadura que le recorría toda la parte izquierda superior del rostro. No le había quedado marca del golpe del día anterior porque los vampiros no tenían cicatrices. Los vampiros nunca tenían cicatrices. La quemadura era una anomalía. No era normal. Se le quedó viendo, con los ojos muy abiertos, sabiendo que había interrumpido cuando no debía.

Shouto Todoroki no dijo nada tampoco por un momento.

Aquella quemadura era la muestra de que debían haber intentado asesinarlo en algún momento, se dijo, y de que no lo habían logrado. ¿Por qué la tenía todavía? Se suponía que los vampiros no tenían ninguna cicatriz, que su poder de curación era superior al de cualquier otro ser. Había leyendas sobre como el fuego de los dragones podía ser implacable, pero sabía que al príncipe nunca lo había atacado ningún dragón. Se sabía su historia: todo el mundo la había oído. Los príncipes de la corte vampírica habían nacido ya con los poderes del mundo de las tinieblas, eran un milagro creado por Enji Todoroki.

—Deja de mirar —pidió, finalmente, Shouto Todoroki, cortando el hilo de sus pensamientos de golpe—. Por favor.

Katsuki desvió la mirada inmediatamente. Ya se estaba acostumbrando a hacerlo, especialmente en una corte donde podían descubrirlo como traidor en cualquier momento.

Su mente siguió buscando explicaciones ante aquella cicatriz que tenía en el rostro, sin encontrar ninguna. Odiaba sentir que lo odiaba menos, después de lo que había visto en aquellos días, después de lo que había visto con su padre. Lo oyó seguir buscando algo en el mueble.

—Es una emergencia —dijo, con la voz calmada—. Me manda el comandante Iida. Hay un motín en el mercado —explicó—. No… no quieren que su padre se entere si no es necesario.

Shouto había sacado la máscara que usaba siempre de uno de los cajones, vio Katsuki con el rabillo del ojo. Se la puso sin decir ni un comentario y Katsuki lo miró por fin.

—Por supuesto que no quieren que se entere —espetó. Su voz sonó calmada y sin atisbo de sentimientos, como siempre, pero Katsuki estaba aprendiendo, por fin, a distinguir los leves cambios en su tono, apenas perceptibles—. Vamos —le indicó a Katsuki—. Supongo que entiendes por qué dejar que mi padre se entere sería un error.

—Sí, su Alteza.

Lo siguió. No podía sacarse de su cabeza el tono de voz con el que le había pedido que no lo mirara.


Al final todo quedó resuelto con menos sangre de la que Katsuki esperaba. Con los vampiros, siempre espera ver correr ríos: lleva toda su vida viéndolo y toda la vida oyendo las historias que le contaba Mitsuki, su madre, de todo lo que había pasado antes. De cuando habían sido sólo criaturas de las tinieblas —licántropos y vampiros— que no estaban peleando por el control, ni buscando subyugar a los humanos. También le contaba las historias de cómo los licántropos eran cazados por los humanos, antes de volverse aliados contra los vampiros. «La guerra crea extrañas alianzas», solía decir Mitsuki. Por eso había humanos que se habían unido a los vampiros, todos lo sabían: gente cansada de la desgracia y de los ríos de sangre, que no tenía ningún lugar a donde huir, que no tenía ni una oportunidad a donde huir.

Todo acabó con un par de muertos, gente arrestada y un motín controlado. El grano escaseaba. La comida iba a escasear. A Katsuki le pareció ver al príncipe vampiro fruncir el ceño, ante la noticia, pero no dijo nada.

Antes de irse, tras controlar el motín, oyó a alguien que le decía a Todoroki que debería haber considerado ejecutar al resto de los participantes del motín. El príncipe había respondido con la misma voz inexpresiva de siempre: «No matas a la gente cuando sólo es culpable de tener hambre». Shouto Todoroki se hacía difícil de odiar. Pero seguía siendo parte de la corte vampírica, se esforzó por recordar Katsuki, seguía siendo parte de todo el problema, de la misma corte que masacraba aldeas enteras si alguien se atrevía a oponerse a su palabra.

No era libre de sangre.

Aun así, era difícil odiarlo, especialmente cuando existía Enji Todoroki, su padre, el hombre al que tenía que asesinar.

Había llegado allí con la tarea de dejar a la corte sin cabeza, debilitada, para que por fin La Manada —y todo el resto de los que se oponían a ella—, pudieran atacar, pudieran defenderse por primera vez en años.

Cuando volvieron de nuevo al castillo, Katsuki se preparó para volver al cuartel de la guardia cuando la voz de Shouto Todoroki lo interrumpió.

—Katsuki, acompáñame.

Como siempre, no tuvo más remedio que hacerle caso.

Lo siguió hasta sus aposentos, aquel lugar donde el príncipe podía desaparecer sin que nadie lo molestara, el único lugar, sospechaba Katsuki, que no estaba estrechamente vigilado por el Rey Vampiro. Qué difícil era no saber qué pensar.

Cuando entraron, Katsuki se quedó en la puerta, sin saber qué hacer. Odiaba aquel nerviosismo que nunca había sentido, el de tener miedo de dar un solo paso en falso y acabar con todo lo que había ido dejando atrás para cumplir su misión.

Pero Shouto Todoroki no le dijo nada. En vez de eso, lo encaró y se llevó la mano a la máscara. Se la quitó y lo miró a los ojos. Si hacía apenas unas horas le había pedido que no lo mirara, ¿por qué estaba en ese momento ofreciéndole aquella visión?

—Katsuki —empezó—. Nadie puede saber de esto.

—Es sólo una quemadura, su Alteza.

—Los vampiros no tienen cicatrices —le recordó—. Sólo les quedan aquellas de cuando eran humanos y… —No terminó. Pero Katsuki sabía qué seguía. Shouto Todoroki había nacido siendo vampiro—. Nadie debe saber esto.

Katsuki se quedó sin palabras. No entendía que estaba pasando —y Katsuki odiaba no entender—. No entendía por qué, en ese momento, tenía enfrente al príncipe vampiro. No entendía por qué lo odiaba menos que una semana antes, cuando lo había conocido. No entendía por qué algo dentro de él era capaz de odiarlo menos.

Al final, juntó la fuerza suficiente para hablar, cuando sus palabras parecían piedras enterradas en su garganta.

—¿Alguien más los sabe?

—Sólo el comandante —dijo Shouto. Hubo una pausa—. Mi padre, claro.

—Claro.

Katsuki no pudo esconder su desagrado al referirse al Rey Vampiro. Debería ser más cuidadoso. Que su hijo tuviera una mala relación con él, no significaba que iba a tolerar desplantes de otra gente. Y sin embargo.

—Que mi padre nunca se dé cuenta de tu desagrado, Katsuki.

Katsuki no dejó de mirarlo a los ojos cuando preguntó lo siguiente.

—¿Y usted, puede darse cuenta de ella? —Tragó saliva y luego se acordó de añadir otras dos palabras—: Su alteza.

Shouto Todoroki, para su sonrisa, sonrió. De lado. Con el lado más curveado hacia arriba del lado del cabello blanco, del lado que no tenía quemado. Una media sonrisa que gritaba que le importaba un carajo todo aquello.

—¿Parece que me importa, Katsuki?

—No, su alteza.

El príncipe dio un paso en dirección a él. Seguían prácticamente junto a la puerta cerrada. Katsuki no se había atrevido a moverse. No se había atrevido a nada. Dar un paso en falso le daba pánico, era lo que lo obligaba a mantener callada toda su furia interior, todas sus ganas de gritar y de explotarlo todo.

Sin embargo, casi por inercia, se atrevió a levantar la mano, aunque la detuvo a medio camino entre su cuerpo y el rostro del príncipe vampiro.

—Puedes. Si quieres.

Shouto Todoroki le adivinó, las intenciones.

Katsuki tocó los bordes de la cicatriz, en su mejilla. La piel quemada, medio deformada.

—Lo siento. —No supo que lo llevó a decir eso.

—Ni siquiera sabes la historia —respondió Shouto Todoroki, atrapando su muñeca, alejando la mano de Katsuki un poco, sólo un poco, de su rostro—. Y odias a los vampiros.

«No a todos por igual, al parecer». Aquel pensamiento todavía le molestaba. No debería ser. Los vampiros eran criaturas sanguinarias. Especialmente los miembros de la corte. Y sin embargo.

—Puedo odiar más a unos que a otros. —Al parecer su boca había decidido tomar el control de todo su cuerpo y decir todo lo que se le ocurriera. Sin filtro. Sin recordar que enfrente de él tenía a un príncipe de la corte vampírica—. ¿No?

—Supongo que es válido.

Su muñeca seguía atrapada entre los dedos de Shouto Todoroki.

El siguiente momento fue eterno, porque el rostro del príncipe vampiro se acercó hasta él y se detuvo casi a milímetros. Katsuki sintió todos los cabellos de su nuca erizarse. No se suponía que eso fuera a pasar. Pero había algo en el príncipe vampiro. Algo. Algo que le daba curiosidad y algo que le comandaba respeto. Algo que lo fascinaba y que lo hacía observarlo con atención. Justo lo que lo hacía notar las inflexiones de su voz, darse cuenta de que algún sentimiento debía haber debajo de la máscara de indiferencia que siempre tenía puesta.

—Katsuki, ¿puedo? —La pregunta lo confundió, un momento. Pero sus labios estaban a milímetros—. ¿Puedo?

El hecho de que un príncipe vampiro le estuviera pidiendo permiso para besarlo, lo hizo temblar. El hecho de que una criatura que podía destrozarlo, si quería, estuviera a milímetros de su rostro, esperando una respuesta, lo puso nervioso. El hecho de que alguien que podía dictar el orden de su vida estuviera esperando que el dijera que sí lo hizo sentir que todavía tenía tener un poco de control sobre su vida, no sólo sobre su misión.

Su propia respuesta lo sorprendió.

—Sí.

—No tienes que decir eso sólo porque… sea yo —musitó Shouto. Katsuki sentía su aliento en su cara. El olor a vampiro lo estaba ahogado, pero aun así no pensó en moverse—. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí.

Contuvo la respiración.

—Entonces, Katsuki…

—Sí —interrumpió—. Sí.

Shouto Todoroki lo besó. La muñeca de Katsuki que tenía atrapada entre sus dedos acabó sobre su cabeza, contra la pared. La otra mano, la que tenía libre, acabó dirigiéndose a la cintura del príncipe y lo acercó un poco más a su cuerpo. Como para reafirmar el sí, para reafirmar esa locura. Aquello no tenía que ver con ninguna misión. Aquel «sí» le había salido de bien hondo, aunque no lo entendiera.

Los labios de Shouto Todoroki sabían excepcionalmente bien, para ser los de un vampiro.


Notas de este capítulo:

1) Esta historia empezó siendo un oneshot que no iba a pasar, según yo, de las 10K. Me equivoqué. Nació porque quería escribir un enemies to lovers y hacer una fusión entre las versiones de Halloween y de Fantasía se oía como una idea magnífica para eso. Por el camino salieron más tramas y más cosas y acabó un poco largo.

2) Oigan la canción Dernière Danse de Indila, cada capítulo trae un pedazo al principio. Es muy el mood del fic. Al menos, el mood de que yo quería a vampiros y licántropos comiéndose la cara. Todo el resto de la trama es accidental. El fic está prácticamente terminado, son cinco capítulos. Actualizaciónes lunes y jueves.

Andrea Poulain