En una fiesta aburrida, cierta vez en invierno...


Se presionaba nervioso las mancuernas, le lastimaba la izquierda la muñeca y debía moverla cada tanto; disimuladamente volvió los ojos un instante a la zona lastimada y distinguió la marca rojiza de la presión, la piel había empezado a descamarse amenazando con volverse ampolla. Mucha fricción a la larga hace daño. Había largos murmullos en el salón, exclamaciones casuales y esporádicas carcajadas que se mezclaban con la música de esta fiesta navideña sin sabor; alzó la cara y sintió de nuevo en la nuca la presión del listón que sostenía la melena platinada, pulcra, perfumada. Tanta almidonada perfección irrita.

Alguien sonrió al pasar a su lado, más allá una mirada se aguzó al verlo, el traje oscuro que llevaba abotonado hasta el cuello le sentaba tan bien que no era extraño llamar la atención, pero no quería destacar; en realidad no quería siquiera estar ahí, mas tenía padres insistentes, cansinos, obstinados. De algún sitio lo había heredado. Pronto distinguió un grupo de compañeros que se aproximaban hacia él para conversar… nada más falso; como no queriendo fue dando pasos lentos y disimulados, tomando la copa de una charola cercana para llevarla a los labios y excusarse de volver la espalda rumbo a las escaleras que llevaban a su biblioteca, en el fondo de la mansión.

Por el pasillo iba dejando atrás a la gente, Lucius avanzó con distraída galanura, dejando a su madre que lo vigilaba con el ceño fruncido y una sensación conocida de descontento; siempre tan alejado de las exigencias sociales y tan cercano al aislamiento presuntuoso de su familia. Paso a paso fue perdiéndose de las personas, la música seguía presente en sus oídos cuando unos conocidos lo hicieron dejar de lado la biblioteca y dirigirse a una terraza; deslumbrado por la iluminación que su padre había mandado poner en los jardines, encontró un grupo que reía y bebía entre sillas y macetones llenos de rosas pequeñas y dobles, como nudos de listón.

De entre un grupo de personas un rostro peculiar, conocido de tiempo pero nuevo y prodigioso aquella noche; un instante de ensoñación en una fiesta aburrida y Narcisa Black con dulces mechones rubios, bebiendo una elegante copa con amigos. Recargarse de brazos cruzados en un rincón a observarla, porque a veces valen más los instantes que la suerte sin querer nos da.