Renuncia: No soy Stephen King. No me pertenece nada que tenga que ver con los Losers ni los macabros universos que el señor King ha creado.

Tampoco sé cómo funciona sistema universitario americano, no he sido alumna de sus universidades (y gracias). Así que para hablar sobre la vida universitaria de los Losers me basaré en los conocimientos sobre el tema que me ha dado la industria del entretenimiento.

Los capítulos llevan como título los nombres de las canciones (que no me pertenecen) que los abren, ya que estarán relacionados con algún Loser o alguna escena del capítulo en cuestión ¿Con quién o con cuál? Eso ya lo dejo a vuestra interpretación ;)

¿Qué es esto?: Pues esto es un AU, no hay payasos del espacio exterior devoradores de niños y niñas. Los Losers solo tendrán que enfrentarse a la universidad y sus responsabilidades. Que a veces dan mucho más miedo que Pennywise.

Datos para tener en cuenta antes: La historia está ambientada en el presente. El canon me la trae el pairo la mitad de las veces. Habrá relaciones entre personas del mismo sexo, si estás en contra huye ya y ahórranos el bochorno.


1. Feeling good

It's a new dawn
It's a new day
It's a new life for me
And I'm feeling good.

Feeling good – Nina Simone.


Josephine Marsh se suena la nariz por cuarta vez sobre el hombro de su sobrina. A la chica se le está clavando el freno de mano en el muslo.

Abrazarse dentro de un coche tan pequeño como el de su tía no es tan cómodo como puede parecer.

—Llámame todas las semanas ¿De acuerdo? —Pide la mujer, dejándola ir—, aunque si quieres llamarme todos los días tampoco pasa nada—Beverly sonríe, cuando lo hace se le forma un hoyuelo en la comisura derecha del labio, a su padre también solía pasarle. Al menos en las contadas ocasiones en las que conseguía esbozar un misero esbozo de sonrisa, entre borrachera y borrachera.

Beverly desecha rápidamente ese recuerdo, no le gusta pensar en su padre.

—Venga tía Jo, no seas dramática—Bromea—, solo me voy a la universidad. Antes de que te des cuenta será Acción de Gracias y estaré en casa de nuevo.

—No puedo evitarlo—Lamenta la mujer con dramatismo—Mi Bevvy se hace mayor—Acuna la cara de Beverly entre sus dos manos y estruja sus mejillas, haciéndola rabiar—¿Qué va a ser de mí sin mi pequeño torbellino pelirrojo trasteando entre los retales de la tienda?

Beverly se zafa de su agarre con fingido fastidio.

—No te preocupes, seguro que Marley no te da tregua—Dice, haciendo referencia a su prima pequeña.

Josephine le acaricia el pelo, Beverly se deja hacer.

—¿Vamos a echarte mucho de menos, lo sabes, no? —Recuerda—, más te vale llamar a tu prima en cuanto pongas un pie en tu cuarto. Tu tío me ha mandado ya una retahíla de mensajes quejándose de los pucheros que está formando—Suspira—, le da mucha rabia no haber podido venir a ayudarte a instalarte, ya sabes que no podíamos dejar la tienda sin atender y la guardería de Marley acaba de empezar…

—Tía Jo—La corta Beverly—, lo sé. No te preocupes—Es su turno para abrazar a la mujer—, llamaré al tío y a Marley en cuanto esté instalada—Asegura.

Josephine aprieta su agarre, pero enseguida la suelta.

—Bueno, basta de lloriqueos—Ordena, aunque sus ojos vuelven a estar vidriosos—. Tienes que instalarte ¿no?

Beverly asiente y, no sin antes dedicarle una última sonrisa a su tía, se baja del coche. Con decisión abre la puerta del maletero, saca su mochila y una pequeña caja de cartón.

El resto de sus pertenencias la están esperando en su cuarto, su tío se encargó de enviarlas por mensajería a la universidad semanas atrás.

—Disfruta la experiencia y aprende mucho—Le dice Josephine desde la ventanilla bajada del copiloto—, te quiero Bevvy, estamos muy orgullosos de ti—Un nudo se forma en la garganta de la pelirroja. Da igual que ya hayan pasado más de diez años desde que los servicios sociales dejaron a Beverly bajo los cuidados de su tía, todavía se sorprende cada vez que ésta le recuerda lo que significa para ellos.

—Yo también te quiero, tía Jo.

La mujer le lanza un beso desde el interior del auto, antes de arrancar y perderse de nuevo en la carretera. Le espera un largo camino hasta Portland.

Ya a solas, Beverly se permite tomar aire y contemplar el inmenso Campus que se encuentra frente a ella.

Nota una sensación de emoción recorrerle de la punta de los pies hasta el cabello.

Lo ha logrado, ha llegado hasta ahí. Es una estudiante de primer año de diseño textil y moda.

Por fin va a poder cumplir su sueño.

(Por fin va a poder comenzar de cero).

Pone la caja de cartón sobre el suelo y rebusca entre el bolsillo trasero de su pantalón la nota donde apuntó la ubicación de su dormitorio.

"Edificio Norte, planta uno, habitación 103"

Arruga la nariz, no tiene muy claro dónde está el edificio norte.

Mira a su alrededor, grupos de estudiantes se agolpan sobre el césped del campus. Riendo entre ellos y hablando a voz en grito, felices de reencontrarse tras un verano separados. Felices de poder comenzar una nueva etapa en sus vidas.

Cerca de ella hay un grupo de chicas sentadas sobre una toalla, llevan enormes gafas de sol y parece que se han reunido para aprovechar los últimos rayos de sol del verano, antes de que comiencen las clases. Una de ellas saca su teléfono móvil y se graba mientras infla un pequeño globo con su chicle de color rosado.

—¡Greta! —La llama una de ellas—¿Por qué no nos hacemos una foto todas juntas?

La tal Greta acepta y, instando al resto de chicas a que junten las cabezas, saca una foto de todo el sonriente grupo.

—¡Pásamela! —Pide otra chica—Quiero imprimirla y colgarla en la pared de mi dormitorio.

Beverly no puede evitar sentir una pequeña punzada de envidia al ver la interacción entre las chicas. En su instituto no era una persona muy popular, había pasado unos años un tanto solitarios durante la secundaria, quizás sus años universitarios le brindarían la oportunidad de poder hacer amigos. De encontrar gente que la entendiese, que no la juzgase y que estuviera a su lado.

Quizás podría acercarse a Greta y preguntarle si sabe dónde está el edificio norte, quizás aquel pequeño paso podría ser el comienzo de su primera amistad universitaria. Quizás Greta y sus amigas podrían ayudarla a adaptarse a su nueva amiga. Quizás Beverly podría salir en su próxima foto de grupo y colgarla en la pared de su nueva habitación…

—Yo que tú no lo haría, Molly Ringwald—Resuena una voz a sus espaldas—Greta Keene puede parecer simpática en el exterior, pero créeme ¿en el interior? Una verdadera perra. Te masticará y te escupirá como a uno de sus chicles antes incluso de que puedas decirle tu nombre.

Beverly se gira, frente a ella está un chico alto de pelo negro revuelto, gafas gruesas, aspecto desenfadado y sonrisa perezosa.

—No recuerdo haber pedido tu opinión—Contesta Beverly.

El chico se ríe, lleva una camiseta un tanto arrugada con el logo de alguna banda de rock que la chica no reconoce estampado en el medio y medio.

—Cierto, cierto. Pero no podía dejar que una compañera novata cayese en las fauces de Greta nada más poner un pie en el Campus ¿no? Considéralo mi buena acción del día.

Beverly alza una ceja.

—Vaya que afortunada soy, gracias por haber empleado tu buena acción del día en mí…—Se calla, esperando a que el chico se presente.

—Richie, Richie Tozier, para servirla—Hace una ridícula reverencia—pero puedes llamarme Trashmouth si quieres, o puedes llamar esta noche directamente—Añade, con un guiño.

—Trashmouth…interesante apodo, no puedo imaginarme de que te viene…—Responde con sarcasmo—, dime Richie ¿sabes dónde queda el edificio norte?

—Pues está de suerte, señorita Ringwald, justamente me dirigía hacia allí.

—Fantástico—Beverly coge su caja de cartón y la estalla contra el pecho del chico, obligándole a cargarla en su regazo—¿qué te parece si me ayudas a llevar esto hasta mi habitación?

—Pardiez señorita, acabamos de conocernos y ya está proponiéndome ir hasta sus aposentos. Que escándalo.

Beverly rueda los ojos.

Beep beep, Trashmouth.

Richie estalla en carcajadas al oírla. Doblándose por la mitad, la caja bien retenida contra su pecho.

—¿Beep, beep? —Repite, con una mueca hilarante—. Ay Molly, creo que acabas de convertirte en mi nueva mejor amiga.

A su pesar Beverly esboza una sonrisa.

—Marca el camino Richie, que no tenemos toda la mañana. Y mi nombre es Beverly, Beverly Marsh. Pero puedes llamarme Bev.


Cualquier persona que no conozca a Eddie Kaspbrak, podría pensar que el chico se ha bebido más cafés de lo que su cuerpo puede soportar o que va puesto hasta arriba de medicación para el TDAH.

Eddie habla a una velocidad pasmosa, siempre moviéndose, gesticulando en exceso y desprendiendo demasiada energía.

Muy pocas personas son capaces de seguirle el ritmo.

Stan por suerte o por desgracia, siempre dependerá del día en que se lo pregunten, es una de ellas.

Él y Eddie llevaban siendo amigos desde que apenas tenían siete años y ahora, once años más tarde, aun continuaban siéndolo. Habían vivido juntos más de lo que Stan podía ya siquiera recordar, apoyándose el uno en el otro y defendiéndose contra viento y marea. A pesar de sacarse de quicio en más de una ocasión.

Pero pese a todo, siempre juntos, contra todo lo que se les pusiera por delante.

Stan no confiaba en nadie como confiaba en Eddie y Eddie, no confiaba en nadie como lo hacía en él.

Aunque no siempre había sido así.

Eddie y Stan no había estado solos todo el camino. Parte de él lo habían recorrido junto a otros dos de sus mejores amigos: Bill Denbrough y Richie Tozier.

Los cuatro se habían conocido al mismo tiempo, volviéndose inseparables. Eran muy diferentes, pero se complementaban como nadie.

Bill era el líder que el grupo necesitaba, firme, aventurero, decidido. Tenía una imaginación prodigiosa y era capaz de guiarles en las más apasionantes y memorables aventuras. Stan habría estado dispuesto a seguirle hasta el fin del mundo.

Mientras que Richie, por su parte, era un verdadero desastre. Siempre estaba metiéndose en líos y su especialidad era hacer rabiar a Eddie. Nadie estaba a salvo de sus bromas, cada vez que abría la boca se desataba un vendaval. Su carácter burlesco le había metido en más de una situación peliaguda cuando eran unos críos, pero Richie conseguía ingeniárselas para salir lo más ileso posible.

Pese a sus malos chistes y su poca seriedad, Richie había sido un amigo leal, dispuesto a romperse la cara una y otra vez por sus amigos, interponiendo los deseos de los demás a los suyos sin pensarlo dos veces. Stan lo había comprobado en sus carnes en más de una ocasión.

Los cuatro chicos había jurado ser amigos para siempre, prometiéndose los unos a los otros que jamás dejarían que nada se interpusiese entre ellos.

Lo había prometido bajo el sol de agosto, durante su último verano antes de comenzar secundaria. Creando cuatro cortes iguales en las palmas de sus manos, con la vieja navaja del padre de Bill.

Sin embargo, aquel juramento infantil no duró demasiado.

Bill consiguió entrar en el equipo de lacrosse del instituto y, al ganar popularidad entre el resto de estudiantes, comenzó a alejarse poco a poco de sus viejos amigos. Hasta que acabaron volviéndose meros desconocidos.

Richie, quién en un principio se mostró más que despechado por el desplante de Bill, no tardo en seguir su estela.

Cuando apenas les quedaban dos años de instituto para graduarse, y abandonar de una vez por todas el infierno que era el Instituto de Secundaria de Derry para largarse a la universidad, Richie comenzó a cambiar. Apenas quedaba con ellos, mentía todo el tiempo, se metía en más problemas de la cuenta, faltaba a clase y coleccionaba castigo tras castigo.

Cuando Eddie y Stan quisieron hablar con él para saber que estaba sucediendo, Richie se deshizo de ellos con malas palabras y, de la noche a la mañana, desapareció de sus vidas. Aislándose de todo y de todos.

Eddie había intentado hablar con él de nuevo, pero Richie no estaba dispuesto a ceder. Acabaron discutiendo como nunca y dedicándose más de una palabra hiriente. Aquella noche, Eddie llamó a Stan en mitad de la madrugada al borde de un ataque de ansiedad.

Stan todavía no tiene muy claro que es lo que sucedió entre los dos chicos pero, tras esa pelea, Richie no había vuelto a dirigirles la palabra.

—¿Eres consciente de que nada de lo que has dicho tiene sentido verdad? —Habla Stan, finalmente, cortando a Eddie sin pudor alguno—. Eddie ¿qué más da como se pida el café la gente? Tu trabajo es servírselo, no juzgar sus preferencias—Eddie llevaba trabajando en una de las cafeterías del campus desde hacía apenas dos semanas. Stan ya está más que aburrido de oírle quejarse sobre los clientes.

Eddie hace una mueca de desagrado.

—¿Sabes la cantidad de azúcar que llevaba esa bebida, Stan? Acaban antes pidiéndome beber a morro de la botella de sirope.

—Gracias, Eddie, ahora no podré acercarme a una botella de sirope sin pensar que cualquiera de tus irritantes clientes la ha chupado antes—Se calla, el sonido de una llave contra la cerradura de la puerta le sobresalta.

El compañero de habitación de Eddie acaba de llegar.

Eddie y Stan son naturales de Derry, por lo que no es estrictamente necesario que vivan en el campus universitario. Stan, por ejemplo, va a continuar viviendo en casa de sus padres. Para desgracia de Eddie, que contaba con él como compañero de dormitorio.

Pero Eddie, no podía esperar a irse de la casa de su madre. Sonia Kaspbrak no era precisamente la madre del año, es más, Eddie no se habla con ella desde que se había instalado en los dormitorios.

La situación en su casa era insostenible, tenía que salir de ahí cuanto antes. Vivir en el campus, a pesar de era un verdadero reto para alguien tan maniático como su amigo, se había convertido en un verdadero balón de oxígeno para Eddie.

—Como sea un maldito psicópata no pienso perdonártelo, Stan Uris—Murmulla Eddie entre dientes antes de que la puerta del dormitorio se abra del todo—¡Hola! —Saluda, con falso entusiasmo, intentando enmascarar su inquietud—¿Tú debes de ser Ben, no? ¡Yo soy Eddie, Eddie Kaspbrak, tú compañero de cuarto!

—Madre mía, Eddie. Deja respirar al chico—habla Stan, levantándose de la silla en la que está sentado para poder ayudar al recién llegado con sus maletas—Hola—Saluda, estrechándole la mano—, soy Stan. Stan Uris.

—Hola, Eddie. Hola Stan—Responde el muchacho. Es un poco más alto que Stan y sonríe nervioso. El pelo le cae por delante de los ojos y sus mejillas están un poco sonrosadas, probablemente por el esfuerzo de cargar con las maletas—Si, soy Ben, encantado de conoceros.

—Deja que te ayude—Contesta Eddie, tomando el lugar de Stan, ayudando a Ben a dejar sus cosas en el lado de la habitación que le corresponde—Bienvenido a la universidad de Derr… Espera un momento… ¿Eso es una sudadera de New Kids on the Block?

Stan nunca ha visto a nadie ponerse tan rojo en su vida.


Mike Hanlon es un estudiante de Historia a punto de comenzar su segundo año en la Universidad de Derry. Trabaja por las mañanas en la granja de sus abuelos, va a clase por las tardes y trabaja en la librería de la universidad los fines de semana.

Cualquier persona que haya tenido la oportunidad de cruzar más de dos palabras con él, describirían al chico como una de las personas más amables de todo el Estado de Maine, con un corazón mucho más grande que su propio cuerpo. Siempre dispuesto a echar una mano allí donde hiciera falta, con una paciencia infinita y con una sonrisa perpetuamente dibujada en el rostro.

Pero como suelen decir, las personas amables son las que menos amabilidad han experimentado en su vida.

Mike no tuvo una infancia fácil.

Cuando Mike era un bebé, sus padres murieron en un incendio que se desató sin control en su casa. Atrapados dentro de la vivienda, incapaces de poder salir, el padre de Mike solo tuvo tiempo de abrir la ventana para poder sacar a su hijo de la casa y así poder salvarle de las llamas.

Mike fue a vivirse con sus abuelos en una granja afuera de la ciudad de Derry, donde aprendió a cuidar a los animales y a labrar la tierra. Debido a las exigencias de la granja, y el poco interés del colegio de Derry por fletar un autobús hasta las afueras de la ciudad para recoger a un único niño y llevarlo todos los días a la escuela, Mike se convirtió en un alumno de escolarización en casa.

A Mike le gustaba aprender, esperaba cada día con impaciencia recibir su lección diaria, en la mesa de la cocina bajo la atenta mirada de su abuela.

Mike devoraba libros a una velocidad pasmosa, y no tardo en destacar en materias como Literatura, Historia o Geografía.

Sus abuelos estaban muy orgullosos de su pequeño nieto quién, a pesar de no poder optar a los mismos recursos que el resto de niños de su edad, demostraba día tras día lo brillante que podía llegar a ser.

Mike adoraba a sus abuelos, y no cambiaría su vida en la granja por nada del mundo pero, a veces, se sentía solo.

Su única compañía era su perro Mr. Chips y los animales de la granja. Al no ir a la escuela con el resto de los niños de Derry, Mike no tenía ni un solo amigo.

Y eso que lo había intentado.

Cada vez que acompañaba a su abuelo a hacer negocios en la ciudad, Mike intentaba entablar conversación con todo aquel joven de Derry con el que se cruzaba.

Pero nadie estaba dispuesto a hablar con el nieto de los Hanlon. El chico rarito que vivía a las afueras de la ciudad, rodeado de ovejas, y que no iba a la escuela.

Mike, tristemente, había asumido a una edad demasiado temprana que, quizás, nunca lograría tener ni un solo amigo.

Pero una nublada tarde de otoño, un solitario y cabizbajo Bill Denbrough, se cruzó en su camino.

Bill apoyó la frente sobre el borde de la mesa y dejo escapar un suspiro lastimero.

Mike dejo los libros que estaba etiquetando para su venta sobre el mostrador y centró toda su atención en su amigo.

—¿Hay algo que quieras compartir con toda la clase, Billy?

Bill murmuró de manera ininteligible.

—¿Cómo?

Levantó la cabeza.

—Que quiero que empiecen las clases ya, me aburro—Admitió—. No te ofendas Mikey, eres mi mejor amigo y me encanta pasar el tiempo contigo mientras ordenas centenares y centenares de libros—Dijo, no sin cierta sorna—, pero ¿puede empezar ya el semestre?

Mike rio entre dientes.

—Créeme, cuando lleguen los parciales no pensarás lo mismo.

Bill quería ser escritor, y se había inscrito en todas las clases relacionadas con el mundo literario que había encontrado.

Desde pequeño su imaginación era desbordante, cuando era un crío se inventaba todas las noches un cuento con el que deleitar a su hermano Georgie antes de acostarse. Y, cuando Mike le había conocido, estaba inmerso en la creación de su propia historieta de superhéroes.

Bill tenía miles de aventuras danzando por su mente, esperando cobrar vida.

La campana de la puerta de la tienda resonó en toda la instancia, alertado de la llegada de un cliente.

Una chica de cabello castaño y grandes ojos marrones estaba parada en el umbral de la puerta, mirando a su alrededor con cierta timidez.

—Hola—Saludó Mike con su mejor sonrisa—¿Puedo ayudarte en algo? ¿Buscas algún libro para tus clases?

—Hola, sí. Bueno, no—Respondió la chica, tenía un fuerte acento del sur de california. Mike no pudo evitar sorprenderse. Qué persona en su sano juicio abandonaría un lugar como California para estudiar en la Universidad de Derry, Maine. El Estado más aburrido del lado del país —Quiero decir, no, no busco ningún libro para mis clases, pero sí puedes ayudarme en algo—Señaló a sus espaldas un amarillento cartel que Mike había colgado en el escaparate de la tienda semanas atrás—¿Seguís buscando personal?

—Pues la verdad es que sí—Respondió el chico—¿Estarías interesada en el puesto?

La chica asintió.

—Genial—Mike se hecho a un lado, señalando el despacho tras el mostrador—¿Qué te parece si lo hablamos un momento en el despacho de Eliza? Eliza es la jefa—Aclaró—, pero no suele estar por aquí los fines de semana. Aunque por suerte para ti lo estoy yo, su ayudante, Mike Hanlon—Se presentó—Y el chico que está dándose de cabezazos contra la mesa es Bill. Ignórale, las ansias por comenzar la vida universitaria le están consumiendo.

—Muy gracioso Mike.

La chica sonrió con cierta cautela, sin tener muy claro que decir ante el intercambio de los dos chicos.

—Encantada Mike, yo soy Patricia. Patricia Blum.


Nota: Pues ya tenemos a todos los Loser introducidos. A ver que les depara el semestre.

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