Desde que tengo aproximadamente diez años me he dado cuenta que mis gustos en cuanto a chicos eran un tanto particulares. Bien, en ése entonces no, pero unos años adelante sí que me puse a pensar sobre ello.

Pero, ¿a qué me refiero con gusto particular?

Todo comenzó con el primer chico que me gustó de verdad. Estúpidamente fue un enamoramiento que comenzó luego de haber faltado un día a clases por mis mismas ganas de faltar. Entonces, al día siguiente, en el receso, cuando estaba parada en una rueda gigante junto a algunas chicas que podría considerar mis "amigas", él se acercó.

―¿Por qué faltaste el día anterior?

Por supuesto, yo tenía como diez años. Y también vergüenza por lo que podría pensar de mí si le dijera la verdad (y estaba el hecho que le había dicho a la maestra que había faltado porque me sentía mal; frente a toda la clase: y éste chico estaba en mi clase, así que, ya sabrán ustedes a lo que voy yendo). Por eso, mentí.

―Me dolía el estómago.

En ese entonces era algo gordita, y muy común que me enfermara por comer mucha fruta en exceso (lo cual es un tanto irónico). Esta clase de mentiras podrían pasar por verdad fácilmente.

―Ah ―fue lo único que él soltó, antes de alejarse y juntarse con sus amigos. Lo observé un tanto desconcertada. Aunque desde el principio lo había estado, eso no quitaba el hecho de que me desconcertara más aún su actitud. Y al ser uno de los primeros chicos que me preguntaba estas cosas raras y de alguna manera se interesaba en mí ―o eso supuse―, no pude evitar observarlo y preguntarme sus razones para acercarse a mí en mi mente durante el resto del día y días posteriores.

No obstante, todavía te debes seguir preguntando lo de los gustos particulares, ¿verdad? Allí voy en este momento.

A partir del momento que lo empecé a observar detenidamente, me di cuenta de que yo tenía una altura mayor a él por quince centímetros. Su cara era muy aniñada, y tenía un comportamiento y sonrisa amable que cautivaban. Por ese año, había visto el parecido a su padre cuando éste lo había venido a recoger y de repente me había puesto a pensar en cómo se vería y seria él en el futuro, y si yo seria parte de éste. Un tanto tonto, ni siquiera supe que me gustaba hasta más allá de mediados del año escolar.

(Pero les debo contar algo antes de eso. Yo siempre terminaba siendo la primera chica que gustaba de ellos. Esto es una pista de lo que pasaría tiempo después con aquel chico.)

De alguna manera, días, semanas o meses después, el chico se volvió popular con las chicas. Un tanto trágico para mí. De repente me daba cuenta que no era la única chica observándolo, ni que no era aquellas que podían hablarle y acercarse a él con tanta facilidad. Tímida, sensible, tonta. Amable. Así era yo (y sigo siendo) en aquel entonces.

...Y consiguió una novia. Una de las duraderas, porque él, incluso con su inexperiencia, tenía algún tipo de cosa que hacía que todo lo que obtuviera fuera de alguna manera estable. Y yo sólo observé. No me puse celosa, nunca lo haría (¡tenía diez años, por dios! Y tampoco era parte de mí ser así). Pero sí triste. No tanto para ponerme a revolcarme por el suelo y llorar y llorar, pero sí el tipo de tristeza que te deja un tanto sensible y con los ojos un poco acuosos pero sin llegar a las lágrimas.

Al año siguiente, en el primer día de mi último año de escuela primaria, él no vino. Me había enterado luego que había rotocon su novia y que se había mudado a la ciudad al lado de Shimon.

El siguiente chico que me gustó ―aunque mucho menos, ya que todo era menos profundo y un poco más superficial― era aún más bajo que el anterior. Y tenía ojos claros y cabellos castaños revoltosos y una sonrisa aniñada y tierna ―el chico anterior, poseía unos amables ojos oscuros, una piel un tanto bronceada y un cabello oscuro que rimaba con sus ojos―. Bien, a éste las chicas también le empezaron a llegar un mes después de que me empezara a gustar a mí. Lo dejé de mirar cuando esto ocurrió y un pensamiento pasó por mi mente en esos momentos. "Yo les doy suerte. Yo tengo algún tipo de magia que hace que cada chico que me guste, se vuelva popular con las chicas tiempo después".

Lo gracioso era que mi gusto por chicos era en los casi imperceptibles, un tanto afeminados y pequeños con lindas sonrisas.

Yo no era el tipo de chica que luchaba por un chico. Yo era el tipo de chica que tenía pensamientos como "hasta los veinte no pienso entablar relación sentimental con nadie". Y me gustaba ser así. Me gusta serlo.

Por supuesto, hay mucho drama que se podría tocar de mi vida escolar. Creo que viví muchas experiencias en esos momentos. Pero no lo haré. No los tocaré. Porque esta historia no va de mis lágrimas derramadas, ni de mis estúpidas palabras y pensamientos lanzados al aire de ese momento.

Esta historia va sobre mis gustos particulares. O eso creo. (Bien, no va de mis gusto particulares, todo está relacionado a ello, pero no, no va. No se hagan ilusiones).

Curiosamente, a veces me ponía a pensar cosas tontas sobre que los primeros dos chicos que me gustaron tuvieron la letra F y M respectivamente como iniciales de sus únicos nombres, con una diferencia de lugar de séis letras entre ellos. Lo extraño es que, el tercer chico que me gustó, también poseía una diferencia de seis letras con la letra M. Sí, llamemos al tercer chico "T". La inicial de su nombre. Casualmente, también se podría referir al número "tres" de "tercer chico que me gusta", o "trece", la edad que él tenía cuando lo conocí.

Fue en mi primer año de secundaria que lo vi por primera vez. Sentado, encorvado y con su vista al suelo falto de confianza. No pude apartar mis ojos de él por un minuto entero. No obstante, nada dura para siempre y tuve que prestar atención a las palabras de las profesoras hablando al frente de la clase. Claro que en ese momento, al no seguir del todo bien la linea del discurso que las mujeres estaban dando al frente de nosotros, me perdí completamente con el deseo de que dijeran algo de mi compresión de una vez por todas.

―Entonces ―en éstas palabras presté por primera verdadera atención a las profesoras―, pueden ir parándose mesa por mesa y presentarse a la clase. Recuerden decir el nombre, edad y de la escuela que vinieron. También podrían agregar alguna meta de vida, si ya la tienen.

Fue así como todos los chicos de la fila al lado de la puerta de entrada y salida se empezaron a parar uno por uno, presentándose, y finalizando con el clásico "cuiden de mí". Me asaltaron los nervios por un momento. Un temblor rodeó por completo mi cuerpo y yo simplemente inhalé y exhalé tratando de calmarme. Debía "madurar" esta parte y crecer de una vez. Sólo diría tres cosas y me volvería a sentar. Eso era todo. Y lo sabía. Bien, estaba nerviosa.

Fue entonces cuando el chico, tembloroso, se paró desde el tercer asiento del frente de la tercera fila ―luego que una linda chica de apellido Sasagawa se sentara, me sonaba familiar―, y sentí mis ánimos quedarse quietos y sin expresión.

―M-mi n-nombre e-ss S-sa-wada Ts-unayoshi. T-tengo t-rece a-ños. V-engo de la escu-ela pr-imaria de N-namimori ―y "T" tragó saliva y luego de un tembloroso y tímido agradecimiento y de decir "Por favor, cuiden de mí", se volvió a sentar, mirando frente a él a Sasagawa, vi sus mejillas ponerse un poco rojas. Ladeé mi cabeza. Fue entonces que escuché risitas y bromas por lo bajo dirigidas a él y me enojé de forma tranquila. Es decir, mantuve mis labios presionados en una fina linea algo temblorosa. Quizás contuve un poco mis manos hechas puños, pero todo esto se fue a penas llegar mi turno de presentarme.

Me paré un poco desconfiada de mí misma y de todo el mundo, miré al frente porque realmente no quería ponerme nerviosa (aunque ya lo estaba), y dije, con la voz un poco alta:

―Mi nombre es Takuya Etsu. Tengo doce años. Vengo de la escuela primaria de Shimon. Cuando culmine mis estudios, quisiera ser una contadora porque de pequeña me han gustado mucho los números, las matemáticas y contar el dinero de mis padres. Gracias por escuchar.

Nada más, me volví a sentar. No dije "cuiden de mí", e hice como que me había olvidado de decirlo. Porque estaba enojada con esos niños que se reían de T. Y claro, mi atleta interior ―y digo interior porque realmente no soy una atleta en la vida real― dio un salto mortal triple a penas notar las caras boquiabiertas de todos dirigidas en mi dirección, incluyendo la mirada sorprendida de T.

¿Qué? ¿Estaban sorprendidos porque quizás creían que no tenía una meta de vida? ¿o porque dije todo con mucha más confianza de la que tenía?

Bueno, sólo les debo decir que, cuando creo que lograré algo, lo hago hasta el final.


Ir a una secundaria directo en Namimori era bastante extraño para una chica que había asistido a una primaria en la otra ciudad ―Shimon―. No se asusten, vivo en Namimori, no me he mudado aquí ahora ni nada por el estilo. Todo tiene que ver con que el trabajo de mis padres queda, irónicamente, en la ciudad de Shimon. ¿Entonces qué hacíamos en Namimori? Pues, las casas salen caras. Y los impuestos son más baratos aquí, así que hagan los cálculos y creo que encontraran un buen resultado. Mis padres me llevaban hasta la escuela en Shimon desde una hora temprana, y me recogían al salir de sus trabajos en la tarde. Era un camino estresante, pero te terminabas acostumbrando. O eso creo.

Ahora podía caminar hasta Nami-chuu de forma tranquila, y tenía más horas de complaciente sueño. Por eso, cuando vi cómo un bebé le disparaba a T justo en la frente, supe que estaba demasiado despierta y despabilada como para estar imaginándomelo todo media dormida. Debido a esto, mi boca se medio abrió en una mueca sorprendida, y mis pies pararon de moverse (caminar). Aunque, lo más sorprendente de todo, era que, de alguna manera y con un grito que parecía de guerra, T se volvió a levantar (pero medio desnudo) y salió corriendo gritando algo que no llegó a mi total comprensión.

Sí, no me lo estaba imaginando, ¿verdad? Bien.

...De locos. Ya no entendía la lógica del mundo en el que vivía.

Al llegar a mi salón, y sentarme, por fin contemplé el alboroto que se había formado en torno a T. Claro que no entendía nada de lo que sucedía, había demasiado grito y palabrerio. Pude llegar a oír algo sobre que alguien retaba a T, a competir en una "lucha" de kendo en el gimnasio de la secundaria por Sasagawa-chan.

Ugh. No me había imaginado que T hiciera un movimiento con aquella linda chica que desbordaba flores imaginarias por todas partes. Realmente lo veía demasiado tímido e inseguro como para que se fuera a declarar o a intentar cualquier cosa en torno a ella. Sentía que era más como yo: sólo contemplar y sin ganas de acercamientos mayores.

Supongo que estaba equivocada. (...O un poco en shock por todos los acontecimientos ocurridos desde que fui camino aquí. Ya saben, hay cosas que tienes que estar un rato pensándolas para poder procesarlas bien. Yo ni siquiera tuve tiempo para eso, lo cual apestaba.)

Verdaderamente nunca supe lo que ocurrió al finalizar las clases en el gimnasio, me fui a casa sin más dilemas. Por supuesto, al día siguiente me enteré que el chico que retó a T había perdido y quedado calvo. Yo entendía todo aún menos. ¿Dónde había quedado el sofisticado Kendo en todo este asunto?

Ocurrieron muchas cosas más en torno a T desde ese día que aquel bebé le disparó. Algunas las pude observar en vivo, otras fueron comentadas cerca de mí. Resumiendo, se fue acercando más a Sasagawa-chan y su hermano. Se hizo amigo de Yamamoto y del chico nuevo (Gokudera "algo"). De repente fue un poco menos torpe, pero su esencia se seguía conservando. Lo cual yo sentía bien. ¡Incluso había mejorado un poco en clase! Sólo un poco, pero era algo bueno.

En resumen (de nuevo): todo esto es mi culpa.

Porque T me gusta. Tsuna me gusta igual o más que mi primer amor (ugh, cursi-asco). (Aunque no sé de qué manera). Porque mi mentalidad cambió conforme crecí y viví experiencias, y T es algo que atraje verdaderamente consciente de mí misma y de que pasaría. No como los dos anteriores, que se crearon porque fui tonta y me fui por las ramas de la inocencia y niñez. Y por eso sabía que, "mi poder", el cual hacía que cada chico que me gustara se volviera más popular con las chicas (¿y chicos?), estaba haciendo efecto en él desde el primer momento. (Yo supongo).

Y así fue como, de alguna manera, terminé estrellando mi cabeza en medio de la clase contra mi pupitre por este razonamiento. Dios, soy tan sensible a mi propio drama.

Terminé en la enfermería con dolor en la frente y acostada mirando a través de la ventana.

Qué cielo más inmenso.


Continuará...