Gui: Bienvenidos, bienvenidos una vez más a la septuagésimo carta edición de los Juegos del Hambre. Una como nunca la habíais visto. Participa en el reto Día del Espectador del foro Hasta el Final de la Pradera.

Disclaimer: Hum, casi todo, de hecho, sí me pertenece.


Las dotes de vidente de Calpurnia Weiss

Calpurnia Weiss se despierta tooodas las mañanas a las . Se lo recuerda a sus avox con un toquecito travieso del índice en sus naricitas bonitas si se les llega a olvidar, o si por casualidad abre los ojos y ya han sonado las campanadas.

Las campanadas son del reloj del abuelo Julius. Está en el salón, donde le gustaba ver las noticias capitolinas a las ocho de la tarde.

–¡Ay! ¡El abuelo Julius! –suspira Calpurnia.

Se permite una lagrimita chiquitita en su honor. Luego mira al cielo antes de que la gota de agua salada caiga por su mejilla y arruine los iones de su maquillaje. Hace aspavientos con las manos y pestañea rápido, rápido, rápido en mitad de una inhalación.

¡Conseguido! Y exhala.

Luego se hace la manicura y pedicura. Tiene un equipo divino de la muerte que viene toooodos los días a las ocho. Cuando se van, Calpurnia Weiss baja a desayunar y allí se encuentra con su compañero del alma, Solomon Fair.

Se besan en los labios, un besito chiquitito.

A las diez está lista para acoger a las jóvenes de su club de lectura (les encantan leer los cuentos de Sofiíta, la ratoncita estilista, y también las heroicas aventuras de Pan, el héroe que fundó Panem).

A las doce, los avox sirven la comida, que suele ser un manjar.

A las dos, sale a ocuparse de sus hobbies. Los jueves viene Finnick Odair y en general discuten sin más de cositas de por aquí y por allá, aunque una vez en la que Calpurnia le reveló un detalle crucial sobre Séneca Crane, el nuevo Vigilante Jefe, se ganó un beso. Sí, ella, Calpurnia. No se lo ha contado a nadie, es su secreto particular.

Se permite otra lagrimita. ¡Ah! ¡Qué bien recuerda aquellos Juegos del Hambre! Se ponía roja como un tomate cada vez que salía el chico en pantalla. Le dio su paga anual en patrocinios. Claro que valió la pena.

Como están valiendo la pena los Septuagésimo Cuartos.

Cuando Finnick salió vencedor, Solomon Fair le pidió matrimonio a Calpurnia Weiss. ¡A los dos les había gustado tanto!

Hicieron cositas subiditas de tono – guiño, guiño – mientras le entrevistaban en directo.

Pero si hay algo que a Calpurnia Weiss le excita más que los bíceps y el torso de Finnick Odair, es el romance.

¡Ay! ¡El romance!

Las dos lágrimas que descienden por las mejillas ionizadas de Calpurnia no le duelen en el alma. El romance es más importante. Se está acordando del momento en que Peeta dijo en su entrevista "ella está aquí". ¡Oh! Calpurnia había conseguido entradas para ser público presente. Había tenido que vender el collar de perlas de la abuelita Brigita, pero había valido la pena.

El corazón se le había SALIDO DEL PECHO al entender las implicaciones de la declaración. ¡Y ahora podrían estar juntos!

Calpurnia estaba mirando los Juegos medio dormida cuando hicieron aquel anuncio, y Katniss se levantó de golpe y gritó "¡Peeta!"

–¡Lo ves! ¡Te lo dije! –le gritó a Solomon–. ¡Te dije que ella también estaba enamorada!

–Tú lo sabías, amor mío, tú sí lo sabías. ¿Cómo he podido dudar de ti? –contestó Solomon.

Ahora Solomon está trabajando, pero Calpurnia está atenta a todos los movimientos de Katniss. Se está acercando de Peeta. ¡Qué buena es! Su búsqueda de huellas es interrumpida a veces por la conversación que están teniendo Cato y Clove (que, según Calpurnia, también están enamorados, pero no son de enseñar sus sentimientos). Pero está todo muy emocionante. ¡Peeta está ahí! Se acuerda de aquel riachuelo y las piedras, donde Peeta se camufló.

Oh sí, Caesar Flickerman señala en la vista aérea dónde se esconde el príncipe encantador de esta fuerte luchadora.

Menos mal que tenemos a Caesar, él sabe cómo hacer estas cosas interesantes.

Cuando se oye a Peeta llamar a Katniss "princesa" a Calpurnia le da un ataque. Grita y pega un brinco en su sofá, se levanta, se sienta, se vuelve a levantar. ¡Ahí está! ¡Ahí está!

Solomon entra por la puerta.

–¿Qué ocurre, mi pichoncito?

–¡Solomon! ¡Lo ha encontrado! ¡Encontró a Peeta! ¡Sí! ¡Sí!

Para celebrar, Solomon deja sus cosas en el suelo y se pone a dar brincos en círculos por el salón con Calpurnia. Se empiezan a besar como si no hubiera un mañana y caen juntos en el sofá. Pero en seguida se recomponen, no vaya a ser que pase algo más. Algo… emocionante.

Katniss desviste a Peeta y le cura. Qué mona es, teniendo vergüenza de su desnudez.

–¡Claro que le importa! ¡Es su amor!

Calpurnia le dice a los avox que cancelen su masaje de las cinco, no puede despegar los ojos de la pantalla.

Y ha hecho bien. Katniss besa a Peeta. Peeta enrojece, pero no tanto como Calpurnia Weiss.

–¡Aaaaah! –grita. Se acerca de su control remoto y le compra a Katniss su estofado de cerdo preferido. Le cuesta la paga de dos meses de Solomon, pero Solomon habría pagado más.

La pareja come con ahínco, y Calpurnia echa lágrimas de alegría por los ojos, y se las seca en la camisa fosforescente de Solomon.

Entonces se le ilumina una bombilla.

–¡Oh! Solomon. Solomon, va a pasar algo terrible.

Está tranquila, enderezada, y le agarra a Solomon de la mano.

–¿El qué, mi mazapán?

–No les dejarán ganar. Tendrán que matarse el uno al otro.

El silencio reina en la casa, roto por las respiraciones desagradables de los dos avox.

–¡Tendrán que matarse el uno al otro! ¡Qué emocionante!

A Calpurnia Weiss su maquillaje ya le da igual. De todas formas es de noche y a las diez tiene que estar desmaquillada y en la cama, para dormir las nueve horas de rigor.

Van a sufrir tanto, los pobres amantes trágicos, que Calpurnia se muere de impaciencia. ¡Lo quiere ver ya!


Homenaje a la gente que no se da cuenta.

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