Esta serie de one-shots participa en el Reto Reggaetón Mágico Vol. 2 organizado por TanitBenNajash. ¿Categoría? Nivva, por supuesto.

[Cada capítulo se sostiene como una historia en sí misma. Sin embargo, algunos tendrán relación con otros capítulos para este mismo reto, o con one-shots que escribí para la primera edición del reto, y lo indicaré según el caso.]

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One-shot inspirado de una u otra manera en:

Pobre diabla – Don Omar

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Capítulo 1: Hielo

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Es difícil ver dónde pisa en la oscuridad de la tormenta. Trastabilla en tacones y los bordes de su elegante túnica se ensucian con los charcos que no llega a esquivar. Le cuesta alzar la cabeza con el agua que le corre por el rostro, tanta que se lleva consigo rastros de su maquillaje, y centra su mirada en el suelo, en dónde pone los pies en el camino empedrado, en sus manos tambaleantes a sus lados, en sus largas uñas pintadas. Siente sus extremidades entumecidas. Su cabello gotea sobre su espalda y el frío se escurre por su columna. El aire que ingresa a sus pulmones la hiela por dentro. El ruido de la lluvia se siente ensordecedor.

No sabe a dónde va y tampoco le interesa. Si de todas maneras todos los caminos la conducen a él.

La noche la protege de la vista de los curiosos del pueblo, que a esas alturas de la madrugada deben estar dormidos, ajenos a los truenos. Seguramente así lo encuentre cuando regrese, sumido en un profundo sopor, terminada ya la fiesta. Ni siquiera se inmutó cuando ella se excusó con cierta torpeza. Él prefería no darle importancia a lo que denominaba "sus escenas", o en otras palabras, cualquier momento en que ella entrara en un estado emocional que no le resultara favorable. Así, al desestimarla, perdía poder.

Qué había hecho de ella.

La calle se termina en una intersección y ella se refugia bajo un balcón. Su rostro distorsionado le devuelve la mirada en el reflejo de una ventana. Frunce la nariz en una mueca y luce demacrada. Líneas oscuras surcan sus pómulos desde sus ojos hasta su cuello. Por sus venas corre sangre orgullosa, ¿quién carajos es ésa frente a ella?

Si le hubieran dicho que el amor la volvería una sombra de quien alguna vez fue, no les hubiera creído. Los hubiera mandado al demonio, y de paso les habría echado una maldición, como souvenir. Joya de la Casa Black devenida en esposa trofeo. Opacada, utilizada, traicionada por aquellos a quienes ama, objeto de burla hasta de su propia hermana. Atrás habían quedado los días de sentirse compañeras en la vida, seguras de sí mismas, de dónde venían y hacia dónde tenían que dirigirse. Hasta eso parece una estupidez en retrospectiva. Bella siempre había tomado lo que quería sin pedir permiso antes. Ojalá, al menos, fuera mejor para disimular. No pedía más que un cierto decoro para proteger su corazón, o al menos, su reputación. Ruega haber sido la única que cayó en la cuenta durante la fiesta, la única que cruzó el pasillo equivocado en el momento equivocado, la única cuyos oídos captaron la risita de su hermana, los suspiros de su marido. Con suerte, en ese momento todos estarían igual de preocupados en su apariencia y en cómo los percibe el resto como para fijarse en los demás.

Qué dura es la caída a tierra desde una luna de miel.

Como sospechaba en un principio, tras caminar un poco más se encuentra de nuevo en la entrada de la mansión. Unas rejas altas se yerguen frente a ella como barrotes. Se sienten heladas al tacto.

Cuando se da cuenta, ya está de pie junto al imponente lecho matrimonial. Él luce tan apacible cuando duerme que casi se siente culpable de apuntarle con su varita. Lo observa y se pierde en sus detalles, dibuja en el aire el contorno de su mandíbula a unos centímetros de distancia, para no despertarlo, y estudia su respiración acompasada. Comparten la misma expresión aparentemente vacía, pero ella sabe que no puede ocultar el hielo de sus ojos, que en su mente ya le atravesó el cuello en forma de filosas estalactitas.

¿Habría algo de ella que realmente le gustara a él? Además de, claro está, su sangre pura, el poder y la riqueza de su linaje antiguo, su –ahora decreciente– belleza física y el hijo que le había dado. No, dado no. Su bebé era suyo y siempre lo sería.

Así, inconsciente, indefenso, parece tan fácil librarse de él. Tan sencillo, efectivo, definitivo. Podría perderlo todo, pero ¿qué tanto tenía por perder todavía?

Un suave quejido en la distancia la saca de su trance.

Su Draco.

Una lágrima escapa por su mejilla. Está tan cerca.

No. No dejaría que nadie la separara de su bebé. Ni siquiera ella misma.

Así le tomara disimular todo lo bien que los demás no habían sabido disimular con ella, sostendría la farsa si con ello iba a poder proteger a su hijo.

Baja la varita y se odia profundamente.

No puede borrarse de la narrativa ahora. Sólo le queda confiar en que llegará el día en que logre cambiarla.