Capítulo 1

Reino de Sogn, Noruega

Voces nórdicas de mujeres cantando en lenguaje rúnico animaban la fiesta de enlace entre el joven Neji Hyūga, del pueblo de Borgund, y la encantadora Tenten Haruno, de Ski.

Sonaban los tambores hechos de piel de reno, las tagelharpas, fabricadas con crin de caballo y cuernos de cabra, mientras unas cien personas bailaban alrededor de las enormes hogueras y lo pasaban bien.

Desde donde se encontraba, Sakura observaba a su padre, Kizashi, comer salmón mientras bebía un gran vaso de bjorr, un licor extremadamente fuerte hecho con zumo de fruta fermentada.

Kizashi Haruno, antiguo y valeroso guerrero, era un granjero que se dedicaba a la cría de ovejas, vacas y cabras, de las que luego sacaba su leche para hacer queso y mantequilla. La especialidad de Kizashi y su familia era el skyr, una leche espesa salada y fermentada que guardaban en grandes vasijas y que luego vendían en el mercado, siendo éste un producto que duraba todo un invierno.

Complacida, Sakura sonrió tocándose su larga cabellera rosa. Ver a su padre bromear con la mujer que últimamente lo hacía sonreír la llenaba de alegría. En su pueblo estaba permitida la poligamia, y si a su padre eso lo hacía feliz, ¿quién era ella para cuestionarlo?

Había sido un año duro, tremendamente complicado por todo lo ocurrido en la familia, pero la boda de su hermana era el comienzo de algo bonito y tenían que verlo de ese modo.

Estaba pensando en ello cuando su progenitor se acercó a ella y, tocándole con mimo el kransen, la corona de flores que ella llevaba sobre su cabello suelto, le preguntó:

—¿Se divierte mi pelirosa salvaje?

Sakura sonrió, quienes la querían la llamaban así.

—Mucho, papá —contestó.

Pero Kizashi sabía que mentía; en los últimos tiempos, la vida no había tratado bien a Sakura. El hombre se sentó junto a ella y murmuró mirando al cielo:

—¿Ves la oscuridad de la noche?

La joven levantó la mirada. El cielo estaba precioso.

—Hagas lo que hagas —continuó su padre en un murmullo—, nada impedirá que se ilumine cuando amanezca. Del mismo modo que, hagas lo que hagas, nunca podrás impedir que el color de tus ojos hable por ti.

Entendiendo sus palabras, Sakura resopló. De todos era sabido que sus ojos verdes cambiaban de tono según su estado de ánimo, algo que siempre la había delatado, y poco podía hacer para evitarlo.

Sonriendo por ello estaba cuando se acercó Grunde, un vecino. Su padre y él hablaron sobre un problema que aquél tenía con el pago de unos impuestos, e Kizashi se ofreció sin ningún reparo a ayudarlo.

Una vez el hombre se marchó, Sakura murmuró:

—Es bonito lo que vas a hacer por él.

Kizashi sonrió. Grunde era una buena persona.

—Siempre hay alguien que necesita ayuda y que probablemente esté peor que uno mismo —afirmó—. Por tanto, nunca olvides, hija, que la ayuda se ha de ofrecer de corazón.

La joven asintió, y él continuó:

—Eres mi hija. Mi guerrera. La mujer con más coraje y más intuitiva que he conocido nunca y he tenido el placer de criar, pero necesito que entiendas que el pasado no tiene nada nuevo que decirte.

—Papá...

—Sakura, escucha. Sé que me has perdonado por mi desacertada decisión con respecto al innombrable... Tranquila, no voy a hablar de ello. Y sé que me has perdonado porque me lo dicen tus ojos cuando me miran, tu cariño cuando me hablas y tu manera de quererme cuando me abrazas.

Sakura sonrió y él, asiendo con afecto la mano de su hija, se la llevó a su propio corazón y, mirándola a los ojos, dijo:

—Él está aquí. Contigo. Conmigo. Con todos los que lo queremos y lo recordamos, pero hay que seguir, hija. Hay que continuar caminando porque, si te paras, el dolor, la rabia y la frustración pueden paralizarte, y eso Kimimaro no te lo perdonará.

La joven asintió, su padre tenía razón, por lo que, conteniendo la emoción que le provocaba pensar en Kimimaro, aseguró observando que el broche que él llevaba, y que solamente se ponía en ocasiones especiales, estaba abierto:

—Lo sé, papá. Lo sé...

La joven se apresuró a coger el labrado broche con la piedra negra e indicó:

—Has de arreglar el enganche o perderás el broche del abuelo.

El hombre asintió, la pieza estaba torcida, y, al ver cómo ella le daba la vuelta, musitó:

—Siempre te ha gustado ese proverbio nórdico, ¿verdad?

Demelza asintió y leyó la inscripción:

—«Antes de entrar en un lugar, fíjate por dónde se puede salir.»

Acto seguido, padre e hija sonrieron, y el primero cuchicheó:

—Tu abuelo siempre decía que, entraras donde entrases o hicieras lo que hicieses, siempre había que ser consciente de las salidas que había para buscar una solución. Te habría gustado tu abuelo.

—Seguro que sí —afirmó ella.

—Mañana se lo llevaré a Herson y me lo arreglará —dijo Kizashi mientras ella se lo prendía de nuevo en la solapa.

Pero Sakura sonrió y cuchicheó guiñándole un ojo:

—Mañana lo olvidarás y te lo volveré a recordar la siguiente vez que te lo pongas.

El hombre soltó una carcajada, su hija tenía razón, y con cariño musitó:

—Seguramente lo arreglarás tú antes que yo.

—Seguramente —asintió ella, y suspiró.

Kizashi meneó la cabeza. Había librado muchas batallas. Demasiadas. Aun así, la más difícil la tenía ante sí. Necesitaba ver a su hija feliz, ella se lo merecía. Le acarició el óvalo de la cara con cariño y dijo:

—Ambos sabemos que quien la hace la paga, ¿verdad? —La joven afirmó con la cabeza, y él añadió tocando con mimo el broche—: Pero mientras llega ese momento, no cometas el error de arruinar tu presente recordando un mal pasado que ya no tiene futuro ni solución. ¿Comprendes, Sakura?

La joven sonrió. Le gustaban las conversaciones que siempre mantenía con su padre, eran especiales, diferentes, maravillosas. Y, dispuesta a hacerle ver que seguiría su consejo, se levantó y con un gracioso gesto preguntó:

—¿Qué tal si bailas?

—¿Contigo?

Sakura rio y, mirando a Gazeru, la mujer con la que Kizashi se divertía últimamente, replicó:

—¿No lo pasarías mejor bailando con ella?

Él sonrió y afirmó con gesto seguro al tiempo que le tendía la mano:

—Lo pasaré mejor bailando contigo. Con mi guerrera.

Sin dudarlo, Sakura aceptó su mano y, encantados, ambos danzaron felices.

ADVERTENCIA: Esta historia contiene lenguage gráfico sexual. Solamente lectores maduros.

Los personajes no son mios son de Masashi Kishimoto y la historia es de Megan Maxwell.