Capítulo 8


Una vez en la calle, Sakura se encontró con una nerviosa Iramet, que, mirándola, dijo:

—Unos... unos desagradables y sucios hombres... se han llevado los caballos y...

—¿Por dónde se han ido?

—Por allí —señaló.

Las dos jóvenes comenzaron a correr en aquella dirección, mientras la pelirosa, tremendamente enfadada porque le hubieran robado a Unne, siseaba:

—Juro que los mataré..., los mataré.

Oír eso no era algo nuevo para Iramet, que, sin dejar de correr a su lado, como pudo, exclamó:

—Pero ¿es que tú todo lo solucionas matando?

Sakura no respondió y aceleró el paso. Tenía que recuperar a su yegua.

Sasuke y Naruto, una vez fuera del local, al ver a Shizune, fueron corriendo tras ella. Una vez la alcanzaron, Sasuke preguntó mirándola:

—¿Por dónde han ido?

La mujer, azorada y ahogada, se detuvo y, tomando aire, murmuró:

—Por allí, señor..., por allí.

Sin tiempo que perder, los dos escoceses corrieron hacia el callejón que se abría a la derecha y, una vez se internaron en él, Naruto exclamó señalando hacia delante:

—¡Allí!

Al fondo del callejón estaba Iramet. Se defendía de un tipo como podía mientras éste le hablaba a escasos centímetros de su cara y lo golpeaba con un palo mientras le gritaba. El desconocido y ella cayeron al suelo, momento en que Iramet chilló. El golpe recibido en el brazo le dolió muchísimo, pero no cesó en su empeño de defenderse. Se había criado con cuatro hermanos y sabía hacerlo muy bien.

Por suerte para ella, Naruto llegó a su lado y, cogiendo al tipo, lo lanzó contra la pared en el mismo instante en que Iramet soltaba un golpe con el palo que le dio en todos los riñones al escocés, haciéndolo gritar de dolor.

Consternada y acalorada, al ver a quién había golpeado, la rubia dejó caer el palo al suelo y musitó:

—Ay, Dios..., ¡lo siento, Naruto!

El aludido, aunque contento porque recordara su nombre, se levantó con la mano en los riñones. El porrazo lo había dejado totalmente noqueado, y gruñó al ver al otro tipo inconsciente en el suelo:

—¿Acaso no miras antes de golpear?

Nerviosa y atacada de los nervios, Iramet se retiró el pelo de la cara y replicó cogiendo las riendas de su caballo:

—Pero... pero ¿tú crees... que yo tenía tiempo de mirar?

Sasuke, al comprobar que su amigo estaba bien, miró alrededor y preguntó:

—¿Dónde está la pelirosa?

Al acordarse de ella, Iramet se inquietó, y musitó:

—Corrió hacia allí dispuesta a matar.

Un ruido a sus espaldas atrajo la atención de todos y, al ver a la yegua gris salir despavorida por la enorme puerta de un granero, Sasuke pidió dirigiéndose a Naruto:

—Agarradla.

Y, dicho eso, corrió hacia el granero.

Sakura, acalorada pero sin miedo, peleaba con un desconocido. Patadas, golpes, bofetones..., todo valía en un momento así, cuando éste, de pronto, la inmovilizó contra la pared y le puso la daga al cuello.

—Te reconocí y te seguí... —le dijo.

Sin entender a qué se refería, ella siseó con todo su cuerpo en tensión:

—¿De qué hablas?

Entonces, el hombre musitó sonriendo:

—Haruka Sabaku...

Horrorizada, ella parpadeó con desconcierto. Sólo había una persona que la llamara de ese modo.

—Tu marido ofrece una buena recompensa por ti. Y yo te encontré.

Sin dar crédito, la rabia de Sakura creció y creció. Sasori, ese desgraciado sin escrúpulos, quería recuperarla para matarla, y jadeó. Su padre. Su hermana. Sus hermanos. Wulf. Su familia.

Furiosa y enloquecida por lo que todo aquello representaba para ella, sin ningún miedo, como su padre le había enseñado, le arrebató de pronto la daga de las manos al hombre y, sin pensarlo, le dio un cabezazo que la dejó tambaleante.

Un hilillo de sangre corrió rápidamente por su rostro. Pero no había dolor, sólo venganza. El tipo, desorientado por el golpazo, la soltó y ella se zafó de él y murmuró:

—Tendrás que matarme si pretendes llevarme ante él.

—Lo haré —afirmó el hombre, atacando de nuevo—. Aun muerta, tu cabeza tiene un sustancioso precio.

Al entrar en la oscuridad del granero, Sasuke sólo oyó cuchicheos, golpes y quejidos. Estaba claro que aquéllos estaban allí. Los oía luchar, respirar acelerados, y, tirando de sus sentidos, se centró. Tenía que localizarlos.

De pronto, notó cómo algo caía del techo y, al levantar la mirada, vio que era grano. Eso sólo podía significar que estaban arriba.

Buscó la manera de subir, cuando de pronto, a varios metros de él, observó cómo un tipo caía del piso superior al suelo y, segundos después, sorprendido, vio a la pelirosa saltar sin ningún miedo sobre el hombre.

Con determinación, y de una manera extraña, la joven luchó con precisión, utilizando las manos y los pies. Era rápida, mucho. Y, cuando tiró al tipo al suelo, acercó su rostro al suyo y susurró algo que Sasuke no entendió.

¿Qué le había dicho?

Se apresuró hasta ellos y, al ver que el tipo anclaba un pie en el suelo, supo lo que iba a hacer. Antes de llegar vio cómo aquél levantaba la pierna con fuerza e, instantes después, la joven salió volando por los aires. El golpe al estrellarse contra el suelo fue brutal, y, cuando Sasuke se disponía a ir a por el indeseable, éste salió corriendo al verlo.

Sasuke lo miró y después decidió ir en ayuda de la pelirosa. Debía de estar muy dolorida.

Sakura estaba tumbada en el suelo con los ojos cerrados, respirando con dificultad. En su mano portaba aún la daga, y, cuando el highlander se agachó para auxiliarla, furiosa por el combate, enredó sus piernas alrededor de él, y, haciéndole una llave que su hermano Yahico le había enseñado, lo doblegó bajo su cuerpo de tal manera que a Sasuke le resultaba muy difícil soltarse.

Pero ¿qué técnica utilizaba aquélla?

Sakura abrió los ojos y él vio guerra, dolor, miedo e incertidumbre reflejados en ellos. Conocía esa mirada, y, cuando se disponía a golpearla con fuerza para que no le clavara la daga que sujetaba contra su frente, alguien gritó:

—¡Saku! ¡No!

La muchacha paró su embestida y, al levantar la mirada, se encontró con Shizune.

La mujer, aterrorizada, corrió hacia ellos.

—Hija... Pero ¿te has vuelto loca?

La mirada verde oscuro de la joven se fue aclarando paulatinamente para sorpresa de Sasuke, momento en el que éste, quitándosela de encima de malos modos, siseó furioso:

—¿Acaso ayudarte significa morir?

Bloqueada por lo ocurrido, ella lo miró y, al ver que no era el hombre que segundos antes la había atacado, sino el que en cierto modo la había liberado y ayudado, murmuró parpadeando:

—Lo... lo siento.

—¡¿Lo sientes?! —voceó Sasuke—. ¡Maldita sea! ¡Estás loca!

Ella permaneció inmóvil. Se la veía tremendamente desconcertada.

El highlander, ya más tranquilo, al ver sangre en la frente de Sakura, se le acercó, pero ella retrocedió en el acto. Él se percató de que repetía ese gesto continuamente, pero, sin preguntarle el motivo, le limpió con el dedo la sangre y, tras ver que era una herida superficial, a pesar del chichón que comenzaba a salir, le soltó:

—¿Acaso atraes los problemas?

Ella no contestó, y él insistió:

—Me he encontrado contigo tres veces y las tres estabas metida en problemas. ¿Se puede saber qué clase de vida llevas?

La joven tampoco respondió esta vez, no podía, y él insistió:

—¿Se puede saber qué te ha ocurrido para que luches y ataques con esa fiereza de matar?

Consciente de que, llevada por la rabia y la venganza, había estado a punto de hacer algo terrible, guardándose la daga que tenía en la mano en la bota, ella musitó tras tocarse el cuello para ver si su talismán seguía allí:

—No es algo que te interese.

Su insolencia era algo desconcertante. Y, cuando Sasuke fue a protestar, entraron en el granero Naruto y Iramet, que, corriendo hacia la muchacha, preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí.

—Oh, Dios, ¡estás sangrando!

—No pasa nada —murmuró ella limpiándose la sangre de un manotazo mientras su respiración seguía agitada.

Shizune, aún con el corazón en un puño, se acercó también a la muchacha. Y, consciente de que aquella mirada suya sólo la había visto el día de la masacre de su familia, murmuró:

—Tranquila, mi niña. Tranquila.

Sakura asintió. Pero la tranquilidad iba a ser relativa. Ahora que sabía que Sasori la buscaba por Escocia y que sería informado de por dónde andaba, la cosa se complicaba. Tenía que llegar a él antes de que él llegara a ella.

Iramet, que continuaba consternada por lo ocurrido, murmuró mirando a la pelirosa:

—No sé realmente qué ha pasado ni quiénes eran esos hombres. Sólo sé que uno de ellos me empujó y que luego me quitaron los caballos y me exigieron que... que...

—¡Cállate!

—¿Por qué? —gruñó Iramet.

Sakura negó con la cabeza. Saber que Sasori la buscaba no era nada bueno, y, sin querer que nadie supiera más del tema, insistió:

—Por favor.

Sasuke suspiró con gesto ceñudo al ver el modo en que aquellas dos se miraban. Sin lugar a dudas, que las mujeres viajaran solas llevando los caballos que tenían era un problema.

Pero ¿por qué la pelirosa había hecho callar a la otra?

Eso llamó su atención, y, dirigiéndose a Naruto, preguntó:

—¿Qué te ha dicho el tipo de fuera?

Naruto negó con la cabeza e indicó:

—Está muerto.

Sakura miró a la rubia, que se apresuró a aclarar:

—¡Ah, no! No..., no..., no... Yo no he sido. Ha sido él.

En ese instante, al recordar a su yegua, la pelirosa se dispuso a salir del granero, pero Sasuke la detuvo.

—¿Se puede saber adónde vas?

Descolocada, ella se soltó. Lo último que necesitaba era tener cerca a aquel entrometido escocés, cuando Iramet indicó:

—Los caballos están a salvo. Tranquila.

Sakura cabeceó algo más serena, y a continuación Sasuke dijo:

—No sé quiénes sois ni qué hacéis, pero sí sé que...

—Señor —lo cortó ella con todo el respeto que pudo—, os agradezco vuestra ayuda y os pido disculpas por lo ocurrido. —Sasuke no respondió, y ella, al ver su gesto, prosiguió—: Pero ahora, si no os importa, nos tenemos que marchar.

Y, dicho esto, Sakura salió del granero, acompañada por una preocupada Shizune.

Naruto, al ver cómo la muchacha de pelo rubio se daba media vuelta, la cogió del brazo y le preguntó:

—¿Cuál era tu nombre?

Complacida por su pregunta, pero alterada por todo lo que le estaba ocurriendo, ella replicó mirándolo:

—Para ti, Cállate.

Eso hizo sonreír al highlander, que, moviendo la cabeza, murmuró:

—Llevad cuidado.

La joven sonrió y se despidió con un gracioso pestañeo.

—Adiós, Naruto.

Él asintió, y Sasuke, clavando su oscura mirada en su amigo, murmuró sin entender realmente lo que había pasado.

—Esas mujeres son unas mentirosas.

—No exageres, amigo —sonrió aquél.

Al oírlo, Sasuke sonrió y aseguró:

—Y me atrevería a añadir que son también una gran fuente de problemas. Recuérdalo.