«Realmente no tiene idea de cómo sentirse»

[John Watson • Mary Morstan / Sherlock Holmes]


John jaló las hebras rubias en su cabeza con sus manos, estresado, el escandaloso llanto de Rossie en la habitación contigua estaba sacándolo lentamente de quicio. Mary habría muerto hacía menos de una semana, sacrificándose por Sherlock en un acto que, sinceramente, jamás imaginó siquiera viniendo de ella; su cuestionable acción le dejó solo, con el corazón roto y a cargo de una niña que, por su parentesco con Morstan, no podía ni deseaba ver en esos momentos, sumido hasta el cuello en una espesa negrura depresiva, ahogándose en el fango de su propio rencor por los demás, incluidos su fallecida esposa, su hija y aquel a quien llamó, en algún momento, mejor amigo.

Tomó el celular entre sus manos convulsas, la seña de batería baja parpadeaba en la pantalla con poco brillo. Velozmente buscó entre sus pocos contactos el número de Molly, la única mujer con quien podía contar en ese momento. «Por favor, ven por ella» escribió y envió, quiso añadir un hiriente no la soporto más, pero decidió que ya se sentía demasiado miserable por ese día.

No recibió respuesta.

Quince tortuosos minutos después John estaba casi al borde de la desesperación, entonces la puerta de entrada se abrió y cerró despacio, el sonido inconfundible de las nerviosas pisadas de Molly abriéndose paso por toda la casa se oían cada vez más cerca, hasta que los fuertes gritos de Rossie disminuyeron en intensidad, pasando a ser solo hipidos desconsolados.

Cuando creyó ella se acercaba John se acurrucó entre las sábanas, cubriéndose hasta la cabeza, no tenía ganas de hablar con ella, con nadie realmente.

— John, nos iremos ahora. No te preocupes por nada, puedo quedarme con ella el tiempo que sea necesario— le comentó, su usual voz temblorosa había desaparecido, en su lugar ahora existía un tono maduro, protector. No esperó respuesta, sabía no la obtendría, simplemente dio media vuelta y se marchó.

Escuchar la puerta cerrarse pareció ser un botón que desvaneció su barrera de cristal, permitiéndole desahogarse en lágrimas como no lo hacía desde el día en que Mary murió.

Lloraba por ella, porque se sentía terriblemente solo sin su compañía, Mary habría curado el corazón que Sherlock rompió, sin juzgarle, incluso sabiendo de los sentimientos que John tenía hacia él y por ende jamás serían cien por ciento de ella, le amó con sus emociones más blancas, creyendo hasta el final la vida junto a él fue lo mejor que pudo jamás haberle pasado.

Incluso con toda la devoción casi divina que Mary le había demostrado al final, John estaba molesto con ella. No solo le mintió desde un inicio, ocultándole su verdadera identidad, fingiendo ser una inocente mujer maltratada por la vida cuando en realidad se trataba de una asesina sumamente inteligente, calculadora y eficaz, sino que al ser alcanzada por su pasado había decidido ir en una misión de la cual podría salir gravemente herida, sin importarle dejarlos solos a él y a su hija. Mary demostraba cierto desapego emocional con todos y todo, se veía cansada, harta; John ni siquiera podía asegurar lo del disparo fuese un pseudo-sacrificio, más bien lo veía como la oportunidad de suicidio que Mary tomó a falta de valor para hacerlo ella misma.

También lloraba por Rossie; estaba al tanto de lo pésimo que se comportaba con ella desde el funeral, no queriéndola tocar siquiera pues era idéntica a Mary, él se sentía traicionado por Morstan y tener a la niña ahí solo le traía dolor, pero Rossie no tenía la culpa de nada, la pequeña solo estaba ahí, sin entender por qué sus padres no aparecían para cuidarle.

Era mejor para ambos permanecer alejados, por ahora.

Parte de sus lágrimas iban dirigidas hacia Sherlock Holmes; su depresiva, monótona vida cambió por completo de rumbo, como nunca pensó que lo haría aquel extraño día en que eligió, a orden de su enorme soledad, mudarse al 221-B en Baker Street. Sherlock, con su deslumbrante fulgor natural, fue todo aquello que John necesitó, necesitaba y necesitará jamás. Diestro cual ningún otro curó su cojera psicosomática en una noche, dio al flemático hombre una segunda oportunidad, el motivo para seguir adelante sin lamentarse por perdido, por lo pasado.

Estaba molesto con Sherlock por haberle abandonado, haciéndole sufrir durante dos años, creyéndole muerto, en una desesperación tal que casi se mata, solo para regresar victorioso pensando tontamente todo sería como antes. Le detesta porque desde un inicio sabía existía algo extraño en Mary, Sherlock podía ver a un mentiroso en ella y prefirió callar, verle ignorante; pero por aquello que le guarda más rencor es, en efecto, no haber siquiera intentado evitar la prematura muerte de su esposa.

Se encontraba tan enfadado que deseaba molerlo a golpes, pero también, en el fondo, ansiaba poder reconfortarse en su siempre confiable ser, pues era lo único que le hacía bien.

Hay tantas cosas atormentando su cabeza... ninguna tiene inicio o final y todas ellas se contradicen mutuamente, haciéndole ver otra vez como un miserable adolescente deprimido sin lugar en la vida.

Volvió a acurrucarse en su lugar, pensativo; se supone esa noche estaba de luto, pero la realidad es que no sabe cómo sentirse.