Por algunos segundos, Harry se sintió desamparado.

Parado en medio de la oscuridad de la alacena, contemplaba la puerta por la que acababa de salir Sirius. A pesar de haberle contado al hombre con lujo de detalles el sueño-visión del ataque al señor Weasley, de haberse quejado de la nula atención de Dumbledore, de su intención repentina de lanzarse sobre el cuello del viejo mago, consiguió que Sirius se limitara a darle palmaditas en la espalda y aconsejarle que, como el resto de los Weasleys, se fuera a dormir. Como si él, tan fácil, pudiera pegar ojo después de convertirse en sueños en una serpiente asesina.

Sin embargo, no tenía fuerzas para replicarle a Sirius. O este podría solicitar ayuda a la señora Weasley que, con fortaleza de hierro, intentaba que todos comieran y estuvieran tranquilos hasta que pudieran ir a San Mungo.

Bajó taciturno a la cocina. Sirius le sirvió bacon y huevos con actitud jovial, feliz de no estar con la única compañía de Kreacher, quien apenas se había asomado unos segundos por el marco de la puerta antes de retirarse mientras se quejaba de la mugre pelirroja que invadía la Noble y Ancestral casa de los Black. A Harry le resultó imposible comer. Así que abandonó el plato en cuanto tuvo oportunidad y se escabulló hasta la habitación que compartiera con Ron las últimas semanas del verano.

Su amigo cayó redondo en la cama, pero Harry se quedó vestido, recostado contra la cabecera de barras de metal. Le aterraba dormirse. Soñar de nuevo con su yo-serpiente. O peor: convertirse en serpiente y estrangular a todos mientras dormían. Estaba en tal estado de alerta que saltó en cuanto escuchó el crujido fuera de la habitación.

Se deslizó fuera de la cama y se asomó al pasillo. Frunció el ceño al distinguir a Sirius que, como noctámbulo (o diurnámbulo, de existir la palabra) avanzaba a toda prisa, sin mirar a los lados. Harry se deslizó detrás de él en silencio. Al inicio, pensó que Sirius se dirigía al cuarto del hipogrifo Buckbeack. Pero el hombre no cargaba con ningún saco de ratas muertas. Lo único que era capaz de vislumbrar en su puño, era un brillo dorado.

Sirius, como un bólido, se adentró en una habitación. Harry se apostó tras la rendija de la puerta, lo justo para ver a su padrino blandir una varita inusual, de color dorado. Le dio tres toques a un armario desvencijado, tras lo cual lo abrió de par en par. De un salto, entró en él, cerró la puerta. Y no volvió a salir.

—¿Qué rayos…? —susurró el muchacho—. ¿Sirius… qué…?

Harry entró a la habitación y fue directo hacia el armario. Le pegó una patada y la estructura traqueteó de forma peligrosa mientras las puertas se abrían. Sin saber si era lo correcto o no, imitó los movimientos de Sirius (excepto el usar una varita dorada) y se encerró en el mueble.

Todo sucedió en un parpadeo. Sintió el aire libre, el olor de flores silvestres, escuchó algarabía de adolescentes. Atontado, Harry se percató de que estaba junto a unos setos recortados en formas caprichosas. Recordó los deseos de Sirius de hacer algo por la Orden, de no estar encerrado en la casa que odiaba con el horrible Kreacher. Porque Sirius era un hombre que amaba la aventura y el peligro. Pero Harry nunca pensó que pudiera desobedecer a Dumbledore de esa manera: crear un pasadizo mágico que lo condujese al exterior cada vez que deseara.

Comprendía de forma perfecta la angustia de su padrino, porque no pocas veces él se había sentido igual. Solo para entender que, al final, no era más que una medida de protección necesaria.

Sin mirar atrás, sin comprobar si existía alguna forma mágica de regresar a Grimmauld Place, Harry echó a correr para buscar algún indicio de Sirius, preferiblemente, un perro negro enorme. Porque no creía a su padrino tan imprudente de salir bajo su forma humana.

—¡Sirius! —gritó, pero se cubrió la boca con las manos mientras recapacitaba—. Quiero decir… ¡Hocicos! ¡Hocicooos!

Al abandonar el conglomerado de setos tuvo un vuelco en el estómago, como si no bastara todo lo sucedido durante ese día. Por primera vez, identificó el castillo de fondo, los terrenos, los uniformes. Estaba en Hogwarts. Harry dejó de correr y observó con la boca abierta el camino hacia el lago y los estudiantes que se desparramaban aquí y allá, disfrutando de un breve alto en las clases.

—¿Qué has hecho, Hocicos? —susurró Harry—. Aquí… aquí no hay pistas sobre lo que me sucede… ¿o sí?

Detectó tarde las risas, la algarabía. Sintió un empujón en un hombro y se tambaleó a un lado. El muchacho de rebelde cabello negro y gafas, apenas volteó atrás y agitó una mano:

—¡Disculpa! —exclamó.

A Harry se le cortó el aliento. Era él. Pero después, se percató de que era imposible. Por su tamaño parecía menor, además, sus amigos eran Ron y Hermione, no tres adolescentes desconocidos. Lo siguió con disimulo y escuchó las bromas, los comentarios sobre las clases, sus nombres: James, Sirius, Remus, Peter…

Harry comenzó a sentirse mareado y necesitó parar hasta apoyarse en un haya, o pensó que iba a desmayarse. No podía estar en el pasado. Era imposible. Debía tratarse de un recuerdo de Sirius. El armario, la varita dorada, funcionaban como un pensadero improvisado donde tanto el Sirius adulto como él se habían sumergido para revivir momentos felices. Pero en los pensaderos nadie te gritaba, nadie chocaba contigo y te pedía disculpas. Los árboles no eran palpables, los demás estudiantes no miraban con desconfianza a otro adolescente desgarbado que vestía ropas muggles.

Harry iba a estallar (al siguiente minuto, de alguna forma) y lo hizo. Algo lo golpeó con fuerza demoledora en la nuca. La visión se le oscureció, todo su ser quedó perdido dentro de sí mismo hasta que la luz tocó sus párpados y el llamado sutil lo arrancó de la inconciencia.

Abrió los ojos. Le costó algunos minutos idealizar que estaba acostado, como si hubiese dormido por horas. Un sueño reparador y tranquilo. El sol entraba a raudales por la ventana. Alzó las manos y las contempló, a pesar de que se veían borrosas. No vio indicios de haberse convertido en serpiente y suspiró de alivio. Quizás el armario-pensadero, su-yo reptil, el abatimiento de los Weasley, las ansias de su padrino de escapar del encierro… quizás todo fue un sueño.

—Harry, cielo, levántate, ¡vamos a llegar tarde a la estación! —insistió una voz de mujer en algún punto de la habitación—. Tu padre despertó hace horas…

—¿Padre? —repitió el muchacho—. ¿Estación…?

Se sentó tan aprisa que consiguió que todo le diera vueltas. Le dolía detrás de la cabeza y se llevó una mano para notar el pequeño bulto del golpe. Alguien le caló las gafas en la nariz. Parpadeó una, dos, tres veces. Una mujer pelirroja de ojos verdes (¡sus ojos!) lo observaba con una sonrisa.

—Buenos días, dormilón —susurró con dulzura—. Vamos, desayuna y después te vistes…

Lily Potter besó su frente y abandonó la habitación. Harry se quedó sentado, más confundido que nunca. Mantenía presionada la bola dolorosa con los dedos para asegurarse que no era un sueño, ni un hechizo de ilusión, ni un pensadero, ni una broma de mal gusto. ¿Cómo era posible que estuviese en el final de las vacaciones de verano, cuando ya era Navidad? Se bajó de la cama y corrió a la ventana que Lily acababa de despejar. Ni rastro de nieve. En cambio, sí sol y calor.

Le llevó algunos minutos despegarse del cristal y voltearse. Contempló la habitación que le era ajena, pero, a la vez, en una forma extraña, no lo era. Tenía un poster de Quiddicth de Viktor Krum sentado en su escoba, con el brazo en alto y las alas doradas de una snitch sobresaliéndole de los dedos. Una silla en un rincón tenía un montón de ropa de verano, como si le hubiese dado pereza recogerla en algún momento. Una jaula vacía llena de plumas grises. Un escritorio bien cuidado y provisto de pergaminos, tinta, pluma y un montón de libros de magia. Un armario nuevo con espejos en las puertas.

Se vio a sí mismo apoyado contra el marco de la ventana, pálido bajo la mata de pelo oscuro, con expresión de colapsar en cualquier momento. En su mente se arremolinaba la vida que él conocía y otra más, que se presentaba cada vez que miraba a alguna esquina. Una vida en paralelo que vibraba a cada instante, mezclándose con su memoria original. Quiso renunciar a la habitación donde estaba, negarla, destrozarla con todo su ser, pero la sentía tan suya como el rincón bajo las escaleras de los Dursleys, o el espacio que compartía con Ron en Grimmauld Place.

La sensación de la veracidad de Lily, de que su madre estaba viva, también lo sacudió.

No tenía idea de cómo Sirius se agenció algún objeto mágico capaz de abrir portales al pasado, qué querría cambiar justamente en su época como estudiante de Hogwarts, aunque era capaz de hacerse una idea: ¿advertir a sus padres para que no fueran asesinados por Voldemort…?; Tampoco tenía ninguna pista sobre quién lo había golpeado, ¿quizás Sirius mismo, para que no arruinase sin querer sus planes? Porque era probable que él fuese una variable no contemplada en la incursión de su padrino. Pero en ese instante, él, Harry, sentía que el pecho se le hinchaba de tantas emociones que era incapaz de separarlas.

Lily había hablado de su padre, de James. Entre emocionado, asustado y conmocionado, salió de la estancia y se precipitó escaleras abajo. Al igual que le sucediera con la habitación, conocía la casa. Su casa. Recuerdos vagos flotaban hacia él cada vez que miraba a una pared, a la alfombra, a la salita acogedora. Irrumpió en la cocina con agitación. La nuca le palpitaba. Lily terminaba de preparar el desayuno, mientras un hombre sentado a la mesa cubría su rostro con el Profeta.

—¿Mamá… papá? —llamó en un hilo de voz.

Lily se volteó hacia él, otra vez con una sonrisa maravillosa. El hombre bajó el diario y a Harry el alma le huyó del cuerpo.

No era James Potter quien ocupara la cabecera de la mesa, sino Severus Snape.