Capítulo 30: Bajo la piel de un asesino I

Snape despidió a Pansy y a Harry sin hablar mucho más sobre el mensaje de James. Por la última mirada del muchacho antes de salir al pasillo, supo que él intuía lo que iba a suceder a continuación. Pero por desgracia, nada de lo que hiciera o dijera lo iba a hacer cambiar de opinión.

Se acercó a su escritorio para recoger el librito que consultara antes de la irrupción de los adolescentes. Pasó una mano por su cabello oscuro hasta que algunas fibras se le quedaran enredadas entre los dedos. Abrió el libro en una página al azar. Estaba en blanco. Dejó los pelos allí y alcanzó una pluma. Con la punta, pinchó una hebra y escribió con ella un mensaje:

"Me vendría bien comprar un perchero nuevo. ¿Tienes los precios?"

Las letras trazadas con su propio cabello brillaron un instante y fueron engullidas por la página hasta desaparecer. Esperó un par de minutos, inmóvil frente a la chimenea. La respuesta fueron una serie de números. Se mantuvieron visibles por un lapso de dos minutos, suficiente para que Snape los memorizara, y desaparecieron.

Esa noche, cerca de las once, Snape y Sirius entraban en un bar muggle y no era el comienzo de un chiste.

—¿No podemos conseguir otro método de comunicación más sencillo? —preguntó Sirius con un gruñido—. Que me arranque pelos para escribir en un libro llama más la atención que tu nariz, que ya es mucho decir.

Tenía la capucha de la sudadera negra sobre la cabeza. Sus ojos grises eran lo único que aportaba vida a su rostro demacrado. Nadie hubiera pensado que era un mago, menos, un mortífago. Estaba más cercano al aspecto de un pandillero o convicto fugado, dispuesto a ensartar con su navaja a todo lo que sangrara. Snape, en cambio, proyectaba la imagen de un respetado profesor universitario: se había atado el cabello en una coleta y vestía una chaqueta de tweed marrón con pantalón oscuro.

—Cambiaremos —accedió Snape mientras ocupaban una mesa esquinada. Una camarera se acercó de mala gana a tomarles el pedido, pero él la despachó con un ademán—. Estoy trabajando en eso. Quiero evitar copiar los galeones encantados o las insignias parlantes…

—¿Insignias…? —Sirius reclinó la silla a dos patas y guardó las manos en los bolsillos—, bien, supongo que, en unos minutos, me dirás más sobre eso…

—Tu mejor amigo hizo su movimiento —dijo Snape—. Tal y como hablamos hace más de una semana.

Sirius regresó la silla a su posición correcta con un golpe que sobresaltó a los clientes cercanos.

—¿Abandonó el Bosque? —preguntó—. ¿Se atrevió a entrar?

—No, pero se apresuró en conseguirse simpatizantes entre los jóvenes, convertirlos en sus ojos dentro de la escuela. Los tiene tras el rastro de mi hijo y del chico Malfoy. Y estoy seguro de que lo próximo será que maten por él… o que lleven a los borreguitos hasta la trampa —Snape se inclinó al frente, severo—. Se supone que ibas a evitar ese tipo de descontroles.

—¿Detenerlo sin levantar sospechas? Quisiera verte intentarlo —Sirius escupió a su derecha. Una camarera que pasaba cerca realizó un gesto de desagrado, como si esperase otro movimiento para sacar al hombre del bar—. James se ha caracterizado por hacer y deshacer dentro de los mortífagos, para beneplácito de quién-tú-sabes. Le gusta sus excentricidades, su descontrol. Él mata antes de preguntar. Y es perfecto para tratar con traidores.

—No me interesa lo que el Señor Oscuro quiera con James. Creo que dejé en claro que no iba a permitir que se acercara a mi hijo —dijo Snape y golpeó la mesa con un puño—. No voy a esperar otra señal. Voy a ocuparme de esto de inmediato, y no cederé ante sentimentalismos baratos.

Snape se levantó de la silla con brusquedad y se arregló la chaqueta de tweed. Sin embargo, Sirius lo sostuvo por un brazo antes que se marchara.

—No… tengo que hacerlo yo —susurró con los dientes apretados. En cada una de sus facciones ocultas a la sombra de la capucha, resaltaba el sufrimiento que conllevaba tomar la decisión más difícil de su vida—. Le prometí a los Potter, mucho tiempo atrás que, si James llegaba a un callejón sin salida, si él caía tan profundo, yo… yo me ocuparía de él.

Snape zafó el brazo del agarre de Sirius y lo observó unos segundos. Estuvo a punto de hacer un comentario sarcástico, pero se lo guardó. No era el momento.

—Ten a mano el libro —indicó—. Después, cambiamos el método.

Abandonó el bar muggle para pedir un taxi en la calle. Sirius permaneció quince minutos más sentado en la silla, con la vista clavada en la superficie de la mesa, sumido en una introspección tan profunda, que no escuchó cuando la camarera le recordaba que, para estar en el bar, era necesario consumir algo. Fue sacado por el dueño del bar y un tipo inmenso de seguridad, pero al brujo no pareció importarle en lo más mínimo que lo empujaran a la calle. Se ajustó la capucha sobre la cabeza, agarró la varita dentro de un bolsillo y se sumergió en la noche Londinense.

Para el trabajo que tenían por delante, decidieron actuar rápido. No deseaban que sus intenciones se filtraran, o se intuyeran. Eligieron usar otras apariencias, escogidas al azar entre los muggles. Según Snape, eso cubría algunas eventualidades. También, no hablar en voz alta sobre sus identidades, ni regar sus pensamientos como pétalos de margaritas cada dos pasos. El objetivo era uno sin posibilidad de discusión: eliminar la amenaza. Ya habría tiempo para sentir culpa, lamentarse, llorar y gritar, porque la muerte siempre resultaba desgarradora y provocaba sentimientos intensos, más si se blandía la varita homicida.

Prescindieron de gustos personales al elegir las prendas a usar. Necesitaban estar libres de cualquier objeto por el cual pudieran identificarlos, porque no sabían cuántos mortífagos pululaban en el mismo terreno. No cambiaron de varitas, porque necesitaban que sus instrumentos cumplieran su papel con eficacia.

Así que, a la noche siguiente, después de comprobar que no era luna llena, Sirius y Snape bajo otros rostros, otra complexión física, otras ropas, entraban al Bosque Prohibido con paso firme, listos para la cacería.

Habían acordado revisar la linde, con la certeza de encontrar un rastro. Y fueron recompensados cerca del campo de Quidditch. Ayudó que lloviera en la tarde, de esa forma el terreno se mostraba propicio a conservar las huellas de todos los que transitaban por él.

Sirius y Snape, con las varitas encendidas, se agacharon a examinar un reguero de suelas de zapatos entre las raíces de un árbol enorme.

—Es él. Y está solo —determinó Sirius y señaló el rastro de mayor tamaño que se perdía en el bosque—. Lo he buscado mil veces en sus desvaríos, reconozco sus pisadas.

—Pudo venir a reunirse con sus adoradores y regresar con sus compañeros —apuntó Snape, con su nuevo rostro redondo tenso y los ojos castaños brillantes como los de un cuervo.

—No, él no procede de esa forma —dijo Sirius y se puso de pie—. No le gusta que los demás estorben en sus planes. Cuando de verdad quiere "divertirse", no invita a nadie. Ni siquiera a mí. Actúa en solitario, lo mantiene en secreto hasta que consigue lo que quiere, después, luce su trofeo.

Snape también se levantó y miró cómo Sirius sacaba la varita de un bolsillo del abrigo holgado.

—Si te tiembla la mano… —comenzó.

—No. El acto es condenable, porque nadie tiene derecho a quitarle la vida a otra persona, pero al final, tenías razón: esto debió hacerse hace mucho tiempo. Se habrían evitado tantas desgracias… De verdad esperaba no tener que cumplir esa promesa.

Avanzó entre la maleza, conteniéndose de convertirse en perro para seguir el rastro. Snape lo siguió en silencio, porque el tiempo de hablar había terminado. Era el momento de usar la capucha invisible de un verdugo. El bosque se cerraba sobre ellos como la boca de algún animal enorme. Pronto dejó de filtrarse cualquier luz, y solo contaban con el resplandor de sus varitas. Daba la impresión de que el bosque también podría tragárselos, enviarlos a una dimensión del olvido.

Cuando transitaban por una zona que era más semejante a una caverna enramada, Sirius hizo un gesto repentino y Snape alzó la varita con precaución.

—¿No lo sientes? —preguntó Sirius, el otro negó con la cabeza—. Comprensible, ya no tienes tu nar…

—Al grano —atajó Snape.

—Humedad, hongos, sí, pero también, huele a quemado. Hojas secas, troncos… hay una fogata cerca y no es por fuego mágico.

—Se protege de rastreadores de hechizos. ¿Hacia dónde?

—Si pudiera usar mi forma para confirmar…

—No. Descartado totalmente. Lo hablamos ya.

Sirius alzó la cabeza y olfateó el aire enrarecido. Aunque hubiera cambiado su físico, todavía conservaba algunas de sus habilidades. Las que solo se adquirían cuando se era un animago no registrado durante demasiado tiempo. Hizo un gesto con la cabeza y Snape lo siguió. Pronto vieron una luz cálida que se derramaba entre los árboles apretados y los arbustos. Se acercaron lo suficiente hasta escuchar una masticación ruidosa proveniente de la claridad y se agazaparon un instante, para comprobar que contaban con el factor sorpresa.

Snape le echó un vistazo a Sirius, inclinado adelante, con brillo en los ojos y la frente perlada de sudor. Le dio un toquecito en un brazo. "Es tuyo". Sirius avanzó en silencio, con la vista fija en el punto más brillante entre los árboles. Snape lo siguió, siempre a su sombra, presto a cubrirle la espalda. De repente, todo el cuerpo de Sirius se tensó y los ojos que antes traslucían dolor, ahora mostraban la fiereza de un depredador. Su lenguaje corporal cambió por completo, metido bajo la otra piel que odiaba. En ese momento, no era más que un asesino. Dio un salto tremendo, alcanzó el claro y mientras movía su varita con rapidez, gritó:

—¡Avada Kedavra!

El rayo verde zumbó su canto de muerte a través de los arbustos y golpeó cerca de la fogata con un sonido seco, como un rayo. Las brasas encendidas saltaron en todas direcciones igual a un pequeño espectáculo de fuegos artificiales. La figura humana que antes había masticado la carne había rodado por el suelo a tiempo. Rauda, sacó una varita por entre las ropas harapientas, pero Snape ya lanzaba un "¡Stupefy!" que logró evitar que el agredido formulara algún hechizo y en su lugar se pusiera de pie de un salto.

La capucha del extraño junto a la fogata se rodó para dejar ver un cabello antes negro y desordenado, pero ahora salpicado de canas prematuras. La luz de las ascuas moribundas dispersas por el claro, le regaló sombras danzantes al rostro demacrado de James Potter. El mortífago levantó la varita y pasó la mirada por los que él consideraba dos extraños hostiles.

—Qué atrevidos, ¡qué atrevidos, Aurores, tontos Aurores! —graznó James y movió la varita con vaguedad para apuntar indistintamente a Snape y Sirius. Los dedos de la mano libre los frotaba entre sí, como si se le hubieran congelado o manoseara algo—. ¡Me aseguraron que no, que no iban a venir, nunca, nunca! Ah, ¿acaso son esos tontos rebeldes? ¿Los que creen que pueden hacer algo contra mi Señor? Será divertido, sí, ¡y así comienza el baile!

James inclinó la cabeza con burla, sin perder de vista a sus adversarios ni por un segundo. Era molesta la forma en que no parpadeaba. Snape vio la varita de Sirius extendida con firmeza y, por ese único motivo, respetó el deseo del hombre de ser quien acabara con James.

No sabía cuánto iba a lamentar no haber tomado la iniciativa.