Título: Ameagari

Resumen: [Significado] «Tras la lluvia». Después de hacerlo miles de veces, sabía todos los pasos a seguir y jamás había sido descubierta. Pero ¿por qué esta vez fue diferente? Solo había respuesta a esa pregunta: él / Implacable y riguroso, quería ser el mejor, el más fuerte, el hombre que todos esperaban que fuera. ¿Habría alguien capaz de poner su mundo del revés? Solo había una respuesta: ella.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, aunque la trama sí es mía.

Nota: Es un universo alterno. La historia está conformada por varios capitulo y cada uno corresponde a una frase diferente de la actividad Parece que va a llover del foro El feliz grupo de hambrientos.

¡Espero que os guste!


Capítulo 1.

Frase 18: El frio, la oscuridad, el hambre... era insoportable...


El frío, la oscuridad, el hambre… era insoportable…

La vida de la calle, sin un techo donde refugiarse, sin un pan que llevarte a la boca, era implacable y horrible para un adulto que no podía otra cosa más que ir de un lado a lado buscando algún trabajo rápido con el que poder conseguir unas monedas para poder subsistir unos días más.

¿Pero y para un niño? ¿Qué vida era esa para una pobre criatura que todavía no había llegado al umbral de la adolescencia? ¿Cómo sobrevivía?

Yona no había conocido otro lugar que la calle. Jamás supo la identidad de sus padres y la única figura de autoridad que había conocido era la de una mujer mayor, Tame, quien oficialmente se encargaba el orfanato de Kuuto. Y debía remarcarse "oficialmente" porque, en realidad, lo hacía por el dinero que el castillo le daba mensualmente para llevar su labor. Después, apenas se le veía el pelo por el lugar y eran los mayores que residían allí los que tenían que cuidar de los más pequeños con algunas monedas que generosamente les administraba la señora.

Pero ese dinero era escaso para los niños que había en aquel lugar y aunque se hacía todo lo que podía, la única comida que podía hacerse al día no siempre llegaba para todo el mundo. Había veces, casi a finales de mes cuando el dinero ya brillaba por su ausencia, que las comidas se hacían intermitente, un día y otro no, y solo quedaba rezar porque la fruta de los árboles que habían en el bosque estuviese madura.

Yona, desde el primer momento que pudo escaparse de aquel horrible lugar sin que la pillasen las mayores, había huido hacia la ciudad, que estaba a medio día de camino, en busca de cualquier cosa con la que poder ayudar a los demás. En algunas ocasiones, una señora que llevaba un puesto de frutas en el mercado le dejaba ayudarla a cambio de sus productos que estaban más pasados y sabía que no iba a vender; otras, un señor que descargaba mercancía que venían importados de otros reinos, le dejaba trabajar cuando la carga no era muy pesada por un par de monedas… Pero las veces que dejaba que echara una mano eran demasiado dispares y estaban muy alejadas entre sí, así que apenas servía para mucho. Hubo un par de veces en las que un hombre un poco raro y extraño se había acercado a ella mientras caminaba por el mercado e iba preguntando por si alguien podía contratarla "sin importar lo que fuera". El viejo, con unos profundos e inquietantes ojos negros, le decía que él podía tener el trabajo perfecto para ella si lo seguía, pero la escalofriante y pérfida sonrisa que se mostraba en sus labios conseguía poner los vellos de punta a la niña, así que rápidamente se alejaba de él.

La mayoría de las veces se dedicaba asaltar a incautos extranjeros que venían a la capital. No a mano alzada ni nada de eso, es decir, hablábamos de una niña, ¿qué podía hacer ellos contra hombres que le sacaban más de dos o tres cabezas o tenían en el doble de su fuerza? Lo suyo era más bien… más sutil. Desprevenido.

Coger la bolsa de monera que colgaba de la cinturilla de sus pantalones, robar un par ovillos de lana del carromato para venderlos ella...

Lo necesario para poder sobrevivir, para poder ayudar a sus compañeros.

Así que allí estaba ella, un día más, como tantas otras veces, observando un carromato que iba acercándose por el camino principal directo al castillo. Era la zona más concurrida del pueblo, lleno de puestos y tiendas, y Yona esperaba poder mimetizarse bien con la gente para no destacar y que no le pillasen. Hasta el momento, podía reconocer con orgullo, nunca había ocurrido.

Su objetivo se detuvo a un lado del camino en un hueco libre y Yona vio como uno de los conductores, un hombre mayor de pelo blanco, se bajaba del carro para adentrarse en la herrería de la ciudad. Bien, sonrió para ella misma. Al señor Heiki le gustaba tanto vender como charlar, y eso le daba suficiente margen como para poder llevarse un par de prendas que había visto que llevaban en la parte de atrás.

Ahora solo tenía que pasar desapercibido para su acompañante, quien se había reclinado en el asiento y observaba las nubes deslizarse en el cielo con aire distraído.

Hoy la suerte me está sonriendo, no pudo evitar pensar Yona, mientras se escabullía entre la muchedumbre del lugar.

Tenía que acercarse lentamente, sin hacer cosas raras ni alertar a nadie por su comportamiento. Subirse entonces con suavidad en el carro y cuando tuviera su preciado botín en sus manos, bajarse con el mismo cuidado y echar a correr sin mirar atrás.

Simple y eficaz, era una rutina que había hecho más veces de las que le gustaría pensar.

Ahora, era el momento de poner en acción.

Siguió sus pasos con meticulosidad y paciencia, sabiendo que las prisas nunca llevaban a ningún lado, y cuando se encaramó en el carro, contuvo la respiración mientras observaba atenta algún cambio en la actitud del, ahora que se daba cuenta, muchacho. No, no parecía haber advertido la presencia de ella. Vía libre. Lentamente estiró el brazo y cuando sus dedos rozaron la suave y cálida textura…

—Yo que tú no haría eso.

Yona se llevó la mano que había tenido instantes antes extendida a la boca y contuvo un chillido de sorpresa que pugnó por salir de sus labios.

¡¿Pero qué?! ¡Imposible!

—No está bien robar, ¿sabes? — continuó el muchacho sin haber cambiado ni un ápice su postura mientras hablaba; ni siquiera se había girado a mirarla.

Cielos, sí, hablaba con ella… ¿Y si aprovechaba y se iba corriendo?

¿Y si cogía algo, lo que tuviera más a manos y huía…?

El cuerpo de la chica se tensó cuando, de pronto, lo vio moverse y pensó que iba a ir a por ella, pero tan solo se inclinó a un lado y de una lona de tela que había a sus pies sacó una jugosa manzana roja que se llevó a los labios. Yona, incapaz de moverse, oyó su propio estómago rugir con fuerzas y se sintió profundamente abochornada.

Llevaba más de un día sin comer, y su cuerpo se lo estaba haciendo saber de la peor forma posible.

Se me está yendo de las manos, tengo que irme, tengo que…

De pronto, se encontró con unos penetrantes ojos azules.

Alertado por el inesperado sonido, el muchacho se había girado y sus miradas se habían encontrado.

Yona sintió su respiración detenerse y su corazón bombear el doble de rápido. Los ojos del muchacho eran de un bonito y brillante azul, parecido al cielo en día despejado, y tenía el cabello oscuro despeinado, con sus puntas en todas direcciones. Una cinta adonaba su frente, ocultada parcialmente por el pelo, y de ella caían a ambos lados unas plumas blancas.

Sus pupilas -su rostro al completo, en realidad- expresaban sorpresa y desconcierto al verla.

Al descubrir que no era más que una chiquilla.

—¿Cuántos años tienes? — la pregunta había escapado de él antes de que la hubiera pensado.

Yona se irguió, sobreponiéndose a la sorpresa y conmoción inicial, y se reculó hasta ponerse en guardia, lanzándole una mirada tentativa.

—¿Para qué preguntas? — espetó tensa.

No debe tener más de 11 o 12 años…, pensó él consternado. Se había sentido bastante insultado cuando había notado al intruso queriendo robarle pensando que él, de verdad, no se había dado cuenta de su presencia. Pero ahora que la veía… ¿cómo podía…?

De pronto, y cortando el tenso mutismo que se había formado, la barriga de esa chiquilla volvió a hacer acto de presencia y las mejillas de Yona colorearon intensamente mientras apartaba la mirada y se encogía un poco sobre sí misma.

—Toma.

Los ojos violetas de ellas viajaron una vez más rápidamente hacia el muchacho con desconcierto y descubrió que él estaba tendiéndole la manzana mordida con una expresión tentativa, como si tuviera miedo de asustarla y que saliera corriendo.

Yona alternó la mirada entre su rostro y la fruta que no podía evitar codiciar, insegura sobre lo que hacer. Cuando su estómago gruñó de nuevo para su bochorno, no pudo contenerse y rápidamente estiró la mano para cogerla y darle un buen mordisco.

El jugo del fruto de deslizó por la comisura de sus labios y Yona gimió, cerrando los ojos para centrarse en el indescriptible sabor. Estaba en su momento exacto de madurez, y jamás Yona había probado nada tan exquisito como lo que tenía en sus manos.

—¿Cómo te llamas?

La voz de él consiguió sacarla de sus ensoñaciones y Yona se apresuró a abrir los ojos. ¿Qué estaba haciendo? ¡Tenía que comportarse y no parecer una loca!

Él seguía observándola con interés.

¿Qué me ha…? Ah, sí

—Porque me des comida, no pienso hablarte de mí— espetó con más dureza de la que había pretendido en un principio. Pero la mirada que él estaba dedicándole la ponía nerviosa, y no sabía el motivo de ello.

Una pequeña sonrisa divertida se asomó por los labios del chico.

—Perdón, solo quería saber tu nombre. Yo soy Hak.

Hak, repitió la chiquilla para sí. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, rápidamente apartó la mirada con las mejillas al rojo vivo y le dio un nuevo bocado a la manzana.

—Yona— dijo dos bocados después, con voz insegura.

¿Por qué se lo había dicho? Iba a robarle, había estado a punto de hacerlo y ella… ¿qué? ¿Se presentaba? Ya que estábamos podía llevarlo a la garita del ejército más cercana para entregarse.

—Aquí tengo más— lo escuchó decir, atrayendo su atención y al mirarlo una vez más, descubrió que estaba rebuscando en la bolsa de donde había sacado la fruta— También tengo un poco de carne y queso, ¿quieres?

—¿Por qué haces esto? — inquirió con brusquedad.

¿A qué venía tanta amabilidad? ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué pensaba hacerle?

Hak detuvo su búsqueda y alzó la mirada con sorpresa. Algo pareció cruzar sus pupilas cuando sus ojos se encontraron y Yona sintió una extraña sensación en la boca de su estómago. Era como si tuviera ganas de vomitas… aunque no en un mal sentido. Ella no se sentía… mal.

—Porque tienes hambre— respondió como si la pregunta hubiera sido absurda.

—Sí, pero…—se trabó al hablar y sacudió la cabeza— Gracias, pero… pero… tengo que… Tengo que irme.

Todo esto es una locura. ¿Qué estoy haciendo? ¡Iba a robarle! ¿Por qué me trata tan bien? ¿Por qué es tan amable?

—¡Espera! — exclamó alzando la voz, sobresaltándola. Yona, ya dándole la espalda, solamente giró el rostro para mirarlo por encima del hombro— Toma, para después.

El fuego centelleó en sus ojos violetas y la chica frunció el ceño.

—No quiero tu compasión.

—No es eso— insistió, llevándose su mano libre al pelo para desordenárselo—, por favor, cógelo.

Vio la duda en ella. El agradecimiento. La ira. Y la tristeza.

Todo un abanico de sentimientos pasó por la expresiva mirada de Yona y Hak sintió su corazón golpear con fuerzas en el pecho mientras aguardaba al próximo movimiento de ella.

De pronto, la chiquilla apartó la mirada de él hasta posarla en un punto más allá y sus ojos se abrieron repentinamente asustados. Hak sintió su corazón detenerse por un segundo y apenas tuvo tiempo a reaccionar que la muchacha se había dado la vuelta y había huido sin mirar atrás, dejándolo confundido y… extrañamente ansioso.

—¿Qué te pasa, muchacho? ¿La estupidez ha ganado la batalla? — la inconfundible voz del viejo Mundok lo sacó de su estupor y Hak parpadeó mientras el hombre dejaba un cofre con dagas que había ido a buscar en la parte de atrás— Oye, en serio, ¿estás bien? — insistió cuando se sentó a su lado y vio que apenas había reaccionado.

—Hm, sí— murmuró él, recolocándose hacia delante.

Mundok lo miró por un instante más antes de arrear a los caballos y emprendieron el camino.

Hak no pudo evitar observar su alrededor durante todo el camino esperando encontrar, aunque sabía que era imposible, un cabello pelirrojo entre la marabunta de personas.