CAPÍTULO XI.

Los rugidos de un futuro incierto.


Hiccup realmente creía que con la presencia de su futura esposa –la preciosa princesa Elsa de Noruega, quien era sencillamente encantadora y lo dejaba sin aliento cada vez que le sonreía– y con la nueva paz entre vikingos y dragones nada podía arruinar el bueno humor que tenía desde el día que vio, con una sonrisa boba en la cara y un gran orgullo, a su dulce princesa engañar poco a poco a los guardias que siempre la acompañaban para que estos volviesen a sus hogares, incluso si desde entonces no habían llegado a tener un momento romántico como aquel que tuvieron en esa madrugada en la cual dormitaron juntos en el bosque sin tener que preocuparse constantemente por los minutos y la llegada del soldado alemán, sobre todo porque el teniente Ross ya había empezado a sospechar de sus escapas y por lo tanto la muchacha decidió eliminarlas por completo de su rutina por unos largos y solitarios días haciendo imposible tan si quiera mirarla fijamente por mucho tiempo frente aquel alemán loco. Hiccup estaba contento, orgulloso de su suerte y enamorándose cada día más de su prometida, conociéndola pacientemente y admirando esa belleza angelical suya, que no era solo exterior, sino también interior. Hiccup seguía cuestionándose cómo era posible para dos monstruos del nivel de los reyes noruegos concebir y criar a una persona tan dulce e increíble. Era incomprensible como los padres de su prometida repudiaban tanto todo lo que su cultura y él representaban mientras que Elsa le dedicaba tanto interés a comprender la cultura que tantos tildaban de barbárica y bestial, todo el esfuerzo de la dulce Elsa lo incitaba a esmerarse en conocer la parte buena de aquellas costumbres que intentaron imponerle tantos años atrás. Así que, una vez convencieron ambos a todas las damas de compañía de la princesa, Elsa finalmente pudo añadir el pasar tiempo con su prometido a su atareado día a día. Cuando la muchachita terminaba todas sus costumbres ya establecidas, una vez volvía de los entrenamientos con Astrid, y luego de almorzar con las mujeres noruegas y el soldado alemán, vikingo y princesa se iban a las entradas del bosque para compartir conocimiento. Cada día, él iniciaba contándole a Elsa los más interesantes datos de su religión o de las diferentes razas de dragones, y una vez ella terminaba de hacer todas sus anotaciones en aquel indispensable cuaderno suyo, él se recostaba a escuchar las parábolas de la biblia de ella. Y así, ambos detenían todo lo que tenían que hacer, evidentemente vigilados por el alemán loco, para comprender la cultura del otro.

Tan bellos y preciados eran esos minutos para ellos que ambos, sin querer confesárselo al otro, ya habían empezado a soñar como serían esos momentos de su rutina una vez crecieran. Tal vez en la recamara de la acogedora cabaña en Berk que tendrían una vez casados, tal vez en los maravillosos jardines del palacio de Noruega, tal vez ese placer durase pocos minutos al día, para que nunca se les acabase el que contar, o, posiblemente, serían los días los cuales fuesen pocos por las largas horas diarias que le dedicarían a ello. Tal vez seguirían siendo observados por soldados, o tal vez serían momentos de intimidad pura. Tal vez se besarían, o quizás solo disfrutarían de la voz y la presencia del otro.

Pero los hermosos días de calma y suaves toques terminaron junto con la alegría inquebrantable de Hiccup, todo comenzó en aquella ocasión en la que Elsa, luego de su agotador día, decidió que debería dejarse de religión y empezar con algo que le parecía más importante.

–Filosofía –había dicho ella mostrándole su cuaderno elegante y ensanchado por todas las anotaciones, dibujos y papeles añadidos–, he hecho un pequeño listado de los libros que mis damas de compañía trajeron con ellas, los libros que algunos de mis nobles soldados olvidaron una vez se fueron y aquellos que sé que hay en el palacio de mis padres, os los nombraré y me diréis cual os interesa –explicó mientras buscaba entre las hojas de su cuaderno aquella en la que escribió la lista.

Hiccup, para sorpresa de Elsa, le mostró su mueca chueca tan característica. –No lo sé, princesa, la filosofía y yo no nos llevamos particularmente bien –confesó mientras empezaba a registrar con la mirada la lista que Elsa finalmente había encontrado. La princesa dejó de mirar las letras que ella misma escribió en el cuaderno y miró a su prometido confundida y preocupada. Al notar la expresión, Hiccup intentó explicarse lo mejor posible–. Tus filósofos no son más que ancianos engreídos que se creen que tienen razón porque dicen lo que los gobernantes quieren escuchar…

Fue el turno de la princesa para hacer una mueca, al notar que había sido incomprendido, Hiccup dejó escapar un suspiro pesado, se arrimó más a la princesa para poder señalarle algo en aquella lista, sin embargo, por mucho que colocase el dedo en el nombre correcto, la princesa solo se concentró en su repentina cercanía, la respiración de él que ahora chocaba con la suya y su profundo olor a cuero y hollín que para ella era tan embriagador. Sus mejillas se sonrojaron cuando, sin saber muy bien por qué, ella movió levemente su rostro hacia el rostro de su prometido tan solo para descubrir lo cerca que estaban sus labios. El corazón se le alborotó en el pecho y sus pómulos se enrojecieron aún más, sus pupilas se dilataron cuando se centró en esos profundos ojos verdes que, solo cuando ella los observaba, brillaban intensamente con la esperanza de un mañana seguro.

Al notar aquella repentina cercanía, Hiccup quedó sorprendido, apretó los labios por el nerviosismo y se quedó mirando los ojos de la princesa por un largo periodo de tiempo. Su corazón silenció por unos largos segundos al cerebro para hablarle de las ventajas de besarla en ese preciso momento en los labios… en esos rojizos labios tan tentadores. La miró a los ojos, encontrando el amor puro e inocente en ellos, contempló su rostro al completo, contó todas las pecas que pudo encontrar, apreció maravillado la delicadeza de sus pestañas y la pequeñez de su nariz, y finalizó aquel trayecto en su pequeña boquita.

Se fue inclinando levemente hacia su cuerpo, Elsa entreabrió la boca, apenas mostrando una ínfima parte de su dentadura. Sus respiraciones se entremezclaron a la vez que sus pulsaciones se unían en una melodía celestial que parecía coreografiada. Una de las manos de ella dejó de sostener su preciado cuaderno y viajó lo suficientemente arriba para reposar tranquilamente en el delgado pecho de su prometido. Hiccup, por otro lado, estaba demasiado adormecido por aquel precioso momento que ni si quiera pudo notar que aún mantenía su dedo señalando aquel terrible nombre.

La tranquilidad de ambos se alteró gravemente por todo aquello: la cercanía, sus corazones latiendo ferozmente dentro de sus pechos. Les dolía el cuerpo entero e inclusive el alma del entusiasmo. ¿Estaban preparados para lo que iba a ocurrir? ¿Estaban preparados para ese precioso encuentro tan pagano y angelical?

Ambos quería encontrar la respuesta mediante acciones.

Fue entonces que el carraspeo de Maximus los alejó de la ensoñación. Sus cerebros tomaron el control de sus acciones por lo que se alejaron por completo al notar la profunda, indignada y furiosa mirada del alemán.

–Maldito loco –masculló Hiccup mirándolo. Volvió a suspirar pesadamente para luego observar a su prometida, que ahora se negaba a mirarlo y tenía nuevamente ambas manos en el cuaderno. Notó entonces que su dedo seguía pegado a las páginas de aquel cuadernillo, ya no señalaban a aquel pseudo filósofo, sino dos títulos más abajo. Sin si quiera pensarlo, Hiccup subió lo necesario para volver a señalar al noruego, lo cual logró captar la atención de la princesa.

–Klaus Bru –leyó ella cuidadosamente, intentando recordar todo lo que pudiese saber de aquel nombre. Sabía que era apreciado por su padre, también sabía que, a pesar de ser invitado todos los años, él no asistía ni a su cumpleaños ni al de su hermana. Cualquier otro rey hubiese exigido disculpas públicas por tal comportamiento –sobre todo porque el señor Bru jamás había ofrecido alguna explicación o excusa–, pero su padre no, porque era demasiado comprensivo y amable con sus súbditos. Cada vez que las fiestas se acercaban él volvía a poner a Bru en la lista de invitados y todos los años asentía con una sonrisa melancólica a la llegada de la carta del filósofo donde anunciaba el rechazo a la invitación.

Sin embargo, la velocidad con la que su querido prometido había identificado aquel nombre en medio de esa extensa lista le dejo muy claro a la princesa que, nuevamente, el muchacho la rebasaba en cuanto conocimientos y experiencia.

–Un completo idiota –murmuró el vikingo consiguiendo que la princesa mirase confundida el nombre del autor y su obra, también la obligó a rebuscar con más vehemencia toda la información que alguna vez hubiese obtenido de aquel hombre.

–¿Por qué lo decís? –cuestionó mientras volvía a mirarlo, encontrándose con la oscurecida mirada de Hiccup. De momento a otro y sin explicación alguna, el vikingo parecía distante de todo aquello que lo envolvía y, aunque ya estaba acostumbrada a sus repentinos escapes de la realidad al enorme universo que tenía en su cabeza, Elsa no supo hacer nada más que sorprenderse por el abrupto cambio de humor. En algún momento, luego de un extenso momento de absoluto silencio y aunque recordaba perfectamente la presencia del guardia, decidió tomar una de las manos del vikingo, en un inocente intento de reconfortarlo de cuales quiera fueran los demonios que atemorizaban la cabeza de su amado. Y por muchas caricias pequeñas y dulces que ella le regaló, él solo pudo pensar en aquellos terrores y dolores del pasado.

Por otro lado, Maximus resopló indignado por el descaro de la princesa, se estiró levemente y se encaminó hacia los tortolitos para exigirles algo de decoro. Ya era suficiente, ella era una honrada princesa, debía de comportarse como tal, dejar esas tonterías de entender la cultura vikinga y empezar a imponer la suya, ese era su deber como prometida de un vikingo.

Maximus ya estaba delante de ellos, firme y regio, obligando a la pobre princesa a encogerse en su sitio. Iba a abrir la boca, pero, entonces, un grito se escuchó en la lejanía, llamando su atención, encendiendo sus instintos de supervivencia y despertando al joven vikingo de su ensoñación. Luego de aquel desgarro de garganta, el rugido de la guerra y los llantos de sus víctimas invadieron todo el ambiente.

La mano de Maximus desenvainó rápidamente su espada, les dio la espalda a los amantes y apuntó hacia donde estaba la amenaza, encontrándose entonces con un terrible fuego que surcaba tímidamente entre gente espantada pero preparada para la batalla. El soldado alemán vio a asombrado –con la boca abierta a más no poder– como aquellos pseudo humanos tomaban las armas y sus posiciones de batalla con una agilidad y destreza que jamás antes había presenciado en ningún otro cuerpo bélico y que, muy seguramente, habría sido la envidia de las propias legiones del gran Imperio romano. Fue tan grande su velocidad que incluso parecían estar esperando aquel ataque, parecían haber sido entrenados para ese ataque en específico toda su maldita vida.

Comprendió, mucho más tarde de lo que jamás hubiese admitido en voz alta, que aquella era la preparación de un pueblo acostumbrado a la guerra, de un pueblo que se había criado junto a los gritos de las batallas, el fuego de los saqueos y la destrucción de las guerras.

¿Y quienes los habían acostumbrado tan espléndidamente a la guerra? Ningunos otros que los soldados que Maximus reconocía como compatriotas o aliados.

Nuevos rugidos se escucharon en lo alto de su cabeza. Asustado se dio cuenta que ni siquiera sus grandes reflejos ni sus sentidos habían captado el momento en el que el hijo del jefe se había reunido con sus compañeros en el cielo, cabalgando aquellos monstruos escupe fuego. Cuando alzó la cabeza se encontró con los jóvenes guerreros de Berk, imponiéndose sobre los cielos con la fiereza de dioses de guerra.

Lo siguiente que Maximus Ross vio fue nada más ni nada menos que el mismo infierno en la tierra.


17 de marzo, 1843. Inicio de la Guerra Vikinga, ataque de Los Renegados a la isla de Nuevo Berk.


–Fue horrible –confesó el soldado tembloroso–, no eran ni media docena, pero lo quemaron todo, todo quedó reducido a cenizas –relataba con la mirada perdida y los ojos manchados de oscuridad y horror, el marqués Frederic se inclinó hacia el muchacho, sumamente preocupado, mientras que su rey seguía reposado tranquilamente y el príncipe intentaba disimular el miedo lo mejor posible–, absolutamente todo. Eran barcos inmensos, enormes, más grandes y robustos que los nuestros… muchísimo más… y estoy seguro de que solo hubiera sido necesario uno de ellos para destruir toda esa flota… –se le salieron unas lágrimas ardientes de los ojos y su cuello fue rodeado por un asfixiante nudo–, fue… fue horrible, una pesadilla… todo el fuego… el olor a carne chamuscándose… los gritos… esos malditos gritos…

Fue él quien entonces gritó cuando, por su estado, se derramó encima el té caliente que le habían ofrecido. Rapunzel se acercó lo más rápido posible a socorrer al pobre teniente Ross, el pobre alemán apenas podía reaccionar a lo que le estaba pasando en aquel momento, no reaccionó a ni un solo grito de sorpresa u horror. Tan solo permitió que las sirvientas se lo llevaran lejos de los aristócratas.

–Pues al final esos desgraciados se están matando entre ellos –escupió el soberano de Alemania mirando a sus acompañantes.

Uno que otro rey soltó una risilla, pero la mayoría de los monarcas se mostraron preocupados e incluso insultados por aquella broma de tan mal gusto, sobre todo porque el tema con el que estaban tratando era bastante serio.

–Entonces, ¿qué? ¿Dejamos que se maten? –preguntó tímido el príncipe Joss, buscando con la mirada el apoyo de su querida marquesa, ella le devolvió la mirada y apretó los labios al ver el terror reflejado en los ojos del próximo soberano alemán.

–Aquello que proponéis, con todos mis respetos, es una terrible decisión, su majestad –en cuanto notó la presión en la corte alemana, la princesa inglesa decidió llamar la atención y ser ella el centro–. No podemos ni debemos permitirnos el papel de simples espectadores, sobre todo si todo lo que nos ha contado el teniente Ross es verídico.

–¿Insinuáis que miente? –interrumpió el gobernador de Alemania.

–Insinúo que exagera, su excelencia –respondió Mérida inclinando la cabeza ante el soberano–. Veo lícito creer que cinco dragones han podido con una flota entera. Sin embargo, no considero lógico que se espere de mí, la futura reina de Reino Unido, el poderoso país que sometió con tanta facilidad a esos bárbaros, creer que estos vikingos en once años han hecho los avances tecnológicos que no hicieron cientos de décadas atrás.

–No habían tenido contacto con el resto del mundo hasta nuestra llegada, se mantuvieron durante generaciones en su propia burbuja de costumbres, habilidades, disputas y conocimientos–interrumpió el embajador Overland–, pero, ahora que han visto nuestros navíos han podido imitarlos e inclusive mejorarlos con esos materiales que tanto ansiamos y que no podemos obtener –masculló eso último observando fieramente al rey noruego–. Y, sobre todo –regresó su mirada a la princesa de Reino Unido–, con esas malparidas bestias.

–Controlad vuestro vocabulario, buen señor –advirtió la reina Eleonor–, tenéis delante a una doncella –concluyó apuntando a su hija. Jackson agachó la cabeza muy delicadamente, con la inmensa elegancia de un hombre que estaba acostumbrado a inclinarse frente a otros.

–Mis más honestas disculpas, su alteza.

–No se preocupe, buen hombre –volvió a intervenir la princesa, ganándose así la confundida mirada de su progenitora–, por mí como si habla como marinero, no me afecta –las miradas desaprobatorias viajaron a la princesa, ella las ignoró–. Si se me permite proseguir, también me gustaría apuntar al poco conocimiento que en verdad poseemos de los dragones. Comprendo por completo el terror de nuestro amado teniente Ross, pero permitidme dudar que un solo dragón pueda reducir una flota entera sin ser derribado antes, sobre todo si hablamos de una honorable flota de nuestros territorios.

–Con todo el respeto que os tengo, su majestad, que vos misma conocéis perfectamente de su inmensidad –intervino entonces la señora de Overland–, veo necesario señalaros que os equivocáis. Sí que poseemos conocimiento sobre esas criaturas, definitivamente no más que los bárbaros, pero conocimiento tenemos.

La princesa alzó una ceja. –Pues me temo que jamás he podido gozar de ni una sola pizca de ello.

–De eso solo podemos culpar a sus majestades –señaló el rey inglés mirando fijamente a los monarcas noruegos–. ¿O para qué estuvo vuestra primogénita tanto tiempo en esa isla? ¿Cómo sabemos que no estáis ocultándonos valiosa información? ¿En verdad esperáis que confiemos completamente en vuestra inmensa bondad?

–Comprendo al completo vuestras inseguridades y desconfianzas –empezó a hablar el rey noruego–, pero créame, su alteza, que compartimos todo el conocimiento posible, ya sea de la cultura vikinga o de sus bestias. Y como puede apreciar, susodicha información es nula, tanto para vos como para nosotros.

–Eso no responde nuestras dudas, su majestad –señaló la reina Eleonor–, ¿cuál es el motivo de la extensa ausencia de la princesa?

Agnarr e Iduna se miraron con cierto nerviosismo, ninguno de ellos podía dar una respuesta adecuada para aquello, todo lo que podían contestar solo conseguiría señalarlos como padres demasiado permisivos y carentes de poder en cuanto a los caprichos de su primogénita, pues su hija los había convencido con realmente muy pocos argumentos.

Se escucharon entonces golpes en la puerta, el chirrido del portón invadió la estancia, seguido de ello un noble soldado se presentó firme ante los monarcas. –Sus majestades –saludó inclinándose–, la princesa Elsa se encuentra aquí, me ha comunicado que desea hablar con el consejo si eso no es mucha molestia.

Una risilla se le escapó al monarca alemán. –Para nada, haz que pase, justo la necesitamos en este momento –respondió sonriente, los soberanos noruegos se retorcieron en sus asientos al ver las venenosas miradas de toda la corte alemana.

Malditos alemanes pensaron casi al unísono el matrimonio noruego mientras veían a su hija entrar lentamente a la estancia.

Recordaron el espanto que sintieron cuando la vieron volver luego del ataque a Nuevo Berk. Había llegado a Noruega con el cabello hecho un desastre. Pues la niña había peinado su preciosa melena en extrañas trenzas –que luego explicó que eran bastante comunes entre las mujeres vikingas– que por todo el caos se habían terminado deshaciendo en una impresentable mezcla de cabellos sueltos y nudos terribles. Uno de sus más costosos vestidos se encontraba manchado de barro y la hierba mala se había incrustado en la tela, también había uno que otro hilillo rebelde que había generado pequeñas roturas a lo largo de la prenda. Su cara se encontraba manchada de hollín y una pequeñísima cicatriz se había formado en su pómulo derecho en un lugar perfecto para ocultarlo con el cabello.

Felizmente, las semanas habían pasado desde aquella terrible imagen de su primogénita, ahora se encontraban en el palacio alemán y ella se veía como una digna heredera al trono y no como una vulgar vikinga. Habían lavado su cabello con gran insistencia, y desprendieron a todo su cuerpo de cualquier suciedad u olor indeseado, la cubrieron con un bellísimo vestido y colocaron cada mechón de cabello en el lugar indicado, además de prohibirle jamás volver a permitir que nadie le peinará de esa manera.

–Justo hablábamos de ti, mi dulce princesa –la saludó con una terrible sonrisa el monarca alemán, rápidamente y casi sin pensarlo, Iduna le hizo una ansiosa seña a su hija de que se acercará. Pero la princesa se sentía demasiado intimidada por esas fieras miradas posadas en ella como para reaccionar correctamente.

Elsa se dio finalmente cuenta de cuanto la había cambiado su estancia en Berk de una manera que no sabía clasificar positiva o negativa. Desde pequeña había sido acostumbrada a los rumores, cotilleos, dobles intenciones y el peligro constante de aquellas víboras sentadas en tronos, estaba perfectamente preparada para todo aquello, sabía cómo mantenerse regia ante cualquier tipo de situación… pero ¿ahora? Luego de un mes y poco más al lado de los vikingos toda esa preparación se había ido al caño, ya no podía hacer frente a toda esa presión propia de su posición social, se sentía tan angustiada a pesar de haber sido ella misma quien se había dirigido a aquella sala… ella misma se había metido en la boca del lobo sin ni una sola arma en mano.

Incluso tuvo que luchar contra su instinto para no buscar con la mirada a su futuro suegro, quien siempre la sacaba de en medio en cuanto algún miembro del concejo vikingo aplicaba un mínimo de presión en ella. Un día, en el que se sintió especialmente insultada por la poca confianza que el jefe ponía en ella, él le explicó.

Eres solo una niña, por muy preparada que estés para esto le había explicado Estoico. No hay motivo para que te expongas a un ambiente tan maduro. Disfruta de tu niñez, luego vendrás aquí y le cerrarás la boca a quien se la tengas que cerrar.

Por otro lado, sus propios padres la habían expuesto a todos esos momentos terroríficos de pura ansiedad durante toda su corta vida, preparándola para ser la reina perfecta, preparándola para peores momentos. Nuevamente se cuestionaba las decisiones de sus padres y la forma europea de ver el mundo, pero no indagó demasiado, incapaz de concebir la idea de que sus padres no la quisieran o de que su suegro la quisiera mucho más.

Así que retuvo un suspiro con candado en su interior y escuchó al monarca alemán.

–Dinos, princesa, ¿a qué se debió la prolongación de vuestra estancia en esas terribles tierras?

A Elsa las mejillas se le tornaron rojas y los labios se le apretaron, confesar que la razón por la que quiso quedarse tanto tiempo era porque quedó profundamente enamorada de su prometido y quería pasar el máximo tiempo posible a su lado era sencillamente lo más inadecuado en aquel preciso instante.

–Vi correcto conocer lo máximo posible de la cultura vikinga, teniendo en cuenta que el jefe de la tribu…

–Ese motivo ya lo conocemos, pequeña –la interrumpió el soberano–, pero ¿por qué no volver en cuanto vuestros padres así lo quisieron? Tengo entendido que fue una semana después de la Gran fiesta vikinga.

–La cultura vikinga es increíblemente inmensa, su majestad, una sola semana no hubiese bastado, incluso aún me falta por conocer –sin poder evitarlo, atisbos de emoción se le escaparon poco a poco mientras explicaba todo lo que había aprendido–, su religión, sus fiestas, también, a causa de todos los años de guerra, tienen gran información acerca de los dragones…

–¡Eso! –vitoreó el rey alemán provocándole un respingo a la princesa–. ¡Eso es justo a lo que queríamos llegar! ¡Háblanos, dulzura, háblanos de esas bestias!

Por la expresión que puso la princesa, la marquesa Corona decidió intervenir rápidamente. –Lo que os está pidiendo mi señor, su alteza, es que nos comparta todo lo que conozcáis acerca de estas criaturas. Dios nos salve si es que somos atacados por dragones cuando no poseemos información alguna de cómo defendernos, hemos de estar preparados.

–Exactamente –continuó el embajador Overland mirando a la princesa–, vos sois la fuente perfecta para que todos los presentes podamos cuidar nuestras tierras de tal amenaza-

–Pero, mis señores, como he dicho, aún me queda por aprender, además…

La princesa británica interrumpió. –Tampoco es como si no pudieses volver a Nuevo Berk en ningún momento para seguir aprendiendo, esa tonta guerrilla acabará con una rapidez envidiable, aparte, justo ahora, el más mínimo dato sería de gran utilidad.

Mientras la princesa se encontraba en una gran batalla de dudas y malos presentimientos, el príncipe Joss dejó su asiento y se encaminó hacia ella con elegancia y lentitud con una tímida sonrisa. Una vez tuvo al príncipe a tan solo unos pasos de ella, Elsa recordó perfectamente porque se había sentido tan interesada por tanto tiempo por el tercer hijo del soberano alemán.

El príncipe Joss del imperio alemán era un apuesto muchacho del que muchos tildaban como un tímido rompe corazones, pues era demasiado inocente como para conquistar a propósito a todas las mozas que tenía tras de él. Su impecable apariencia de ángel justiciero y su cálida aura había sido levemente manchada por melancolía y la tristeza que el fallecimiento de su hermano mayor le había otorgado, sin embargo, él seguía siendo el joven encantador que toda madre quería para su hija de buena cuna. Incluso la misma Elsa se había cuestionado durante años porque sus padres no la habían comprometido con tan apuesto mozo.

Él le sonrió melancólicamente, su rostro estaba adornado tan grácilmente por aquella perfecta expresión que Elsa no pudo evitar compararlo con su prometido, y se sorprendió al descubrir que aun así prefería al vikingo y su sonrisa torcida. Pero, aún con el corazón latiendo por alguien al otro lado del mundo, la princesa no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran y su corazón de alborotará cuando el príncipe se arrodilló ante ella mientras tomaba sus manos.

–Por favor, su majestad, ayúdenos, comparta sus conocimientos con estas pobres almas incultas.

Los soberanos alemanes sonrieron orgullosos de ver como todo su esfuerzo daba fruto. Monarcas alemanes y princesa noruega miraron expectantes al matrimonio de Noruega, Iduna y Agnarr se miraron a los ojos, apretaron los labios y, al igual que su hija, contuvieron suspiros pesados.

El rey miró a su hija firmemente, con un gran peso en el corazón, y asintió muy levemente. La princesa iba a imitar a su querido padre, pero un atisbo de rebeldía –definitivamente impulsada por las costumbres vikingas– la hizo hablar y actuar.

Alejó con brusquedad las manos del príncipe, dejándolo sorprendido y levemente ofendido. La princesa noruega enderezó su postura, alzó el rostro con orgullo hacia los monarcas aliados y habló con la firmeza y seguridad con la que alguien que sabe que es necesitado habla.

–Haré lo que me pedís, con una serie de condiciones.


10 de abril, 1843. Primer envío de refuerzos europeos a Nuevo Berk.


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Sé que dije que el romance se extendería más... pero, sencillamente no pude, necesitaba algo de drama político... y va a ver mucho de eso de ahora en adelante.. creo...

Juró que cuando aprenda a hacer romance lo notaréis...

Para ahorrar confusiones, la reunión del concejo que vemos en este capítulo sucede mucho antes que la fecha histórica final.

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Como ya os he dicho... aún falta mucho para que estos dos se besen.