—¡Rápido! ¡Rápido! ¡Llegamos tarde!

Anna corría hacia el puerto con su bebé de nueve meses en brazos seguida por Kristoff, quien llevaba a uno de sus mellizos de cuatro años en cada uno de sus brazos, y por un séquito de sirvientes que cargaban cajas llenas de las cosas más variadas.

—En serio, ¿crees que era necesario traernos todas esas sartenes? —preguntó Kristoff atónito ante la cantidad ingente de trastos que Anna pensaba embarcar.
—Uy, sí. Deberías tener una charla con mi prima sobre su sistema de seguridad.
—¿Por qué?
—¡Es perfecto!
—¿Qué? —preguntó él entendiendo menos cada vez.
—Da igual. ¡Allí están!

Anna vio a Elsa y a Hallan esperándoles en la cubierta del barco y corrió hacia ellas. Una vez allí, Liv y Keldan saltaron de los brazos de su padre y corrieron a abrazar a sus tías.

—¡Ey, peques! ¿Cómo estáis? —saludó Hallan devolviéndoles el abrazo.
—¡Bien! ¡Vamos a jugar! —dijo Keldan excitado.
—¡Sí! ¡Vamos a jugar! ¡Haz la magia, tía Elsa! —dijo Liv más excitada aún.
—Claro que vamos a jugar —respondió Elsa con una sonrisa—. Pero dejad que salude primero a vuestros padres.
—Bueeeeno… —dijeron los dos haciendo pucheritos.
—Hola, Eir.

Elsa acarició cuidadosamente los mofletes del bebé en brazos de Anna.

—Hola tía Elsa. ¿Cómo estás? —dijo Anna haciendo una fina vocecita mientras movía el brazo de su hija.
—Llegáis tarde.

Elsa miró airada a Anna y a Kristoff.

—¡Por supuesto que llegamos tarde! ¡Una reina tiene montones de obligaciones! —replicó Anna.
—Te has quedado dormida, ¿verdad?
—Profundamente —admitió Anna con una sonrisa provocando la risa de Elsa.
—¡Te he echado de menos, Anna! ¡Eres la caña! —dijo Hallan riendo a todo volumen mientras abrazaba a la pareja.
—Nosotros también os hemos echado de menos —le aseguró Anna al espíritu del Ahtohallan.
—¡Uala, Anna! —exclamó Olaf apareciendo por detrás de Elsa—. ¡Qué ojeras tienes! ¡Pareces un oso panda!
—Gracias, Olaf —dijo ella frunciendo el ceño.
—De nada —contestó Olaf con total sinceridad.

Anna no pudo sino sonreír ante su característica inocencia.

—¿Cuánto hace que habéis llegado, Olaf?
—Hace dos horas que estamos en el barco. Sven y yo somos madrugadores.
—Mami… —dijo Liv con sus marrones ojitos de cachorrito—. ¿Para quién son todos esos regalos que acaba de subir Gerda?

Anna sonrió y se agachó para ponerse a su altura.

—Son para Zephyr y para el bebé que está a punto de nacer. ¿Os acordáis de Zephyr? También fuimos a conocerla cuando nació hace dos años. Aunque, claro, para entonces vosotros teníais dos añitos sólo. Crecéis tan rápido… pero también la visteis cuando vinieron a conocer a Eir el año pasado.

Como de costumbre, Anna continuó hablando sin dar lugar a que nadie contestase a sus preguntas.

—También llevamos chocolate para Astrid. Está a punto de hacer un duro trabajo.
—Pobre Hipo —interrumpió Kristoff negando con la cabeza—. Qué marginación tan cruel.
—Oh, venga ya. ¡Su parte es pan comido! —objetó ella.

Kristoff miró fijamente su propia mano perdiéndose en sus recuerdos.

—¿Lo es?

...

Aproximadamente a unos 1500 kilómetros de allí…

—¡Ahhhhhh! ¡Ahhhhhhh! ¡Ahhhhhhh!
—¡No seas llorón! —le gritó Astrid a su marido—. ¡Soy yo la que está pariendo!
—¡Lo sé, lo sé! ¡Pero si sigues apretándome así voy a necesitar otra prótesis para la mano! ¡¿De dónde sacas tanta fuerza?!
—¡Cállate y aguanta!
—Astrid, no empujes ahora. Respira y espera a la siguiente contracción —ordenó instructivamente Valka que se encontraba asistiendo el parto. —¡Ni hablar! ¡Ya he tenido suficiente de todo esto! ¡Este bebé va a nacer ahora mismo!
—Ay, cariño. Que te pongas cabezona no va a hacer que el bebé nazca antes —comentó Valka algo divertida ante la actitud de su nuera.
—No, mamá… No la provoques… —dijo Hipo sabiendo que retar a su esposa nunca era una buena idea.

La advertencia de Hipo llegó tarde, pues Astrid ya se había llevado la opinión de Valka a lo personal.

—Eso lo veremos.

La vikinga tomó aire y con una sonrisa de seguridad total comenzó a pujar con todas sus fuerzas. En unos minutos, frente a la atónita mirada de Valka, el pequeño vikingo salió de su escondite.

—¡Lo has logrado! —exclamó Valka sin salir de su asombro mientras examinaba el estado del bebé.
—Oh, Thor… —fue todo lo que Hipo logró decir mientras Astrid recuperaba el aliento.
—Es un saludable niño —dijo Valka al colocar a su nieto en brazos de su hijo.
—¡Por Freyja! ¡Es maravilloso! —dijo contemplando a su propio hijo—. Y tú has sido muy valiente.

Hipo le acercó el bebé a Astrid para que ésta lo tomase en brazos.

—Siempre lo soy —dijo sonriéndole y cogiendo al bebé con todo el cuidado que éste requería.
—Gracias —le susurró él al oído.
—Gracias a ti también —contestó ella justo antes de besar suavemente sus labios—. Te quiero.
—Yo también te quiero.

Ambos observaron embelesados a su hijo durante unos minutos. Se notaba que se sentía en paz al calor y al olor de su madre. Podrían haber pasado la vida entera observando cómo movía cada pequeña parte de su cuerpecito.

—¿Y bien? Supongo que este hombrecito necesitará un nombre —comentó Hipo rompiendo el mágico silencio.
—Mirad cómo come. Está claro que es un guerrero fuerte y valiente —observó Valka con orgullo.
—No, no lo es —contestó Hipo devolviendo la mirada a su hijo.
—¿Disculpa? —replicó Astrid ofendida por aquella apreciación.
—No es nada más que lo que él quiera ser. Dejémosle a él que elija.
—Mmmm… —Astrid recuperó la sonrisa—. Entonces, ¿qué te parece Nuffink?
—Me… ¡me encanta!

Hipo besó la frente de Astrid y reposó su cabeza sobre la de ella. Valka, sintiendo que debía dejarles un rato a solas, se levantó y caminó hacia la puerta.

—Voy a buscar a Zephyr para que conozca a Nuffink. ¿Sabéis dónde está?
—Está paseando por los acantilados con Bocón —informó Hipo.
—Está bien. Nos vemos luego.

Los dos asintieron agradecidos y Valka salió de la habitación e hizo camino hacia los acantilados mientras Astrid e Hipo arrullaban cálidamente a su hijo.

...

Mientras tanto, en los acantilados...

—¿Puedes olerlo? ¡Una nueva oportunidad para mí está llegando a este mundo! —dijo el espíritu de la debilidad con entusiasmo—. Empezaré a corromperlo ahora y, así, algún día, ¡éste sí que será mío!
—Quizás deberías simplemente rendirte ya, sombra gruñona —le aconsejó Bocón—. Ya lo has intentando con todos nosotros, ¡incluso con los niños! Y no has conseguido nada más que burlas.
—Algún día lo conseguiré —dijo el espíritu agitando el área de su ser que debería coincidir con el puño si tuviese cuerpo.
—Eres muy testarudo —rio Bocón—. Yo creo que ya eres uno de los nuestros.
—¡Zephyr! —La voz de Valka resonó por los acantilados mientras corría hacia ellos. —¡Ya ha nacido tu hermano!
—¿Ya? ¡Amoh, amoh! ¡Quero verle! —contestó Zephyr tratando sin éxito de poner todas las letras en su lugar.
—¿Vienes, vikingo? —invitó Bocón al espíritu con una sonrisa vacilona.
—No, gracias. Voy a quedarme aquí urdiendo mi plan.
—Como quieras. Pero recuerda que esta noche tenemos concurso de historias de miedo —dijo Bocón marchándose de allí.
—¡Esta vez no perderé, cojo-cabezón!
—Puedes intentarlo.

Bocón continuó marchando entre risas y él, Valka y Zephyr desaparecieron hacia la aldea.
El mar se mecía sereno lleno de destellos de la luz del Sol. La brisa era cálida y agradable y, de algún modo, la vida allí estaba siendo más divertida de lo que él esperaba.

—Bueno, no está tan mal lo de ser un vikingo. Me quedaré con ellos, reuniré a todas las tropas vikingas que haya y juntos ¡conquistaremos el mundo!

...

Unos días después, Elsa y Hallan se encontraban mirando más allá de los límites del barco apoyadas en la barandilla, disfrutando del final de su camino hacia Nueva Mema.

—Oye, Hallan —dijo Elsa rompiendo el confortable silencio que acostumbraba a crearse entre ellas.
—¿Sí?
—Hay algo que llevo preguntándome desde que conocimos a Astrid y a Hipo. ¿No sé supone que hace como 800 años que desaparecieron los vikingos?
—Claro que sí —contestó Hallan con absoluta displicencia.
—Y...
—Vaaale, te lo contaré —dijo Hallan deseando complacer a su amada—. De hecho, de camino a la batalla de Stamford Bridge, naufragó uno de los barcos y algunos de los tripulantes tuvieron la suerte de llegar con vida a una isla desierta. Vivieron allí hasta agotar todos sus recursos y después se hicieron al mar hasta que dieron con la isla a la que bautizaron como Isla Mema hace ya ocho generaciones. Allí fundaron la Mema en la que Astrid e Hipo nacieron. Aunque, bueno, ya sabes que hace algo más de 10 años que se trasladaron a Nueva Mema.
—O sea que, ¿son los únicos vikingos que quedan?
—Sep.
—Y, ¿ellos lo saben?
—Nop —contestó Hallan evidentemente disfrutando de la situación—. Y tampoco es necesario que nadie se lo diga.

Elsa miró desconcertada a Hallan. La vida con ella nunca era aburrida. Hallan le guiñó un ojo sonriendo y se giró de nuevo hacia el mar. Entonces, con la ilusión de quien estrena nueva vida corriendo aún por sus venas, tomó una gran bocanada de aire y gritó a los cuatro vientos:

—¡Tierra a la vista!