Kai-Kyou, poco antes del sexto año de la guerra.

Las altas columnas de humo en el horizonte anunciaban la victoria de las fuerzas de Kouka. Cuando el barco de Yona arribó a la costa de Kai-Kyou, un gigantesco caballo de madera se erguía por encima de las cenizas de la ciudad.

Las tropas reían, bebían y celebraban su victoria. Cantaban a la gloria y al ingenio de la Bestia del Trueno, Raijuu, Son Hak, señor de Fuuga… Yona sintió mil mariposas de anticipada emoción a la mención del nombre de su esposo, como si fuera una recién desposada. Ah, dioses, había estado tan concentrada en llegar aquí (y en la supervivencia propia y ajena), que ni siquiera había pensado en qué le diría cuando por fin estuviera frente a él…

En ocasiones, los dioses pueden ser generosos, y pronto hallaron a aquel que su corazón buscaba. Departía con otros soldados, gente que Yona reconoció vagamente como de Fuuga, porque sus ojos solo lo miraban a él… Hak, con las señales de cansancio en el tiznado rostro, cubierto de hollín y sangre ajena, pero igual de gallardo e imponente que el día de su partida. Y lo más importante, vivo…

—¡Padre, padre! —exclamó Ryuuji a viva voz. A Hak se le abrieron los ojos de asombro, de sorpresa, y por un momento, se olvidó hasta de respirar. Los guerreros de Kouka también oyeron al niño, y un pasillo franco se despejó como por ensalmo entre los dos grupos.

Una vez más, Ryuuji soltó la mano de su madre, aunque en esta ocasión, nadie se atrevió a impedirle al pequeño saltar a los brazos abiertos de su padre. Hak enterró el rostro en su cuello y cerró los ojos, aún sin poder creerlo de veras, que tuviera entre sus brazos a su hijo, a la criatura que dejó casi seis años atrás, convertido en un hombrecito que lo llamaba padre, a pesar de los años robados y perdidos por una causa vacía…

Sin soltar a su hijo —nunca más—, Hak recorrió los pasos que lo separaban del amor de su vida, clavando su mirada en los ojos amatista que poblaban sus sueños y sus recuerdos, mientras ella sentía que las rodillas se le debilitaban como cuando era doncella, precisamente ahora, bajo la intensidad de su mirada. Ah, dioses, tantos años de ausencia…

—Mujer, ¿qué haces aquí? —susurró él, con la voz enronquecida y oscura, a la vez que llevaba la mano libre a su mejilla, en una caricia leve, como si temiera que ella no fuera real y fuera a desaparecer. Yona cerró los ojos al largamente añorado contacto de su piel y todos los recuerdos de sus días y noches juntos se sucedieron veloces ante sus ojos cerrados. Luego, exhaló un suspiro y los volvió a abrir.

—Nunca se me ha dado muy bien el telar… —le respondió ella, con la más absoluta y descarnada honestidad. Hak asintió, como si fuera esa la respuesta que esperaba.

—Por supuesto que no —convino él—. Y esa es precisamente una de las muchas razones por las que te amo —añadió, para después inclinarse y besarla.

Por fin juntos, gracias sean dadas a los dioses.

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NOTA:

Y hasta aquí hemos llegado… Lotófagos drogados, mortales sirenas, salvajes cíclopes, una Circe muy peculiar y sus puercos, monstruosos Escila y Caribdis, pretendientes molestos, e incluso hemos tenido el caballo de madera y más de una intervención divina disfrazada… Hasta el detalle del senjuso es absolutamente canon (con otro nombre, claro está). Ha habido adaptaciones divertidas (al menos para mí) como las de Circe, Helena, Pentesilea, o los mismos nombres de Troya e Ítaca… He procurado combinar el espíritu épico de La Odisea con la esencia de Akatsuki no Yona, reescribiendo a Homero y reinventando al personaje de Penélope, a la vez que procuraba mantener la idiosincrasia de los personajes, para que siguieran siendo reconocibles por los lectores del fandom. Ha sido difícil, muuuy difícil, pero también un divertido desafío. Y esto, queridos lectores, es lo que las musas han tenido a bien inspirar…

Espero que hayan disfrutado de esta particular odisea (y sí, el juego de palabras es totalmente intencionado).

Gracias, siempre.