Demonios.


Las manazas del hombre sostuvieron el diminuto torso de la infanta. –¡Arriba! –vociferó contento mientras la alzaba en un rápido movimiento, sacándole hermosas risas. Una vez arriba de la cabeza del hombre, la pequeña extendió brazos y piernas, para simular que volaba, comprendiendo esto, el hombretón decidió mecerla en el aire, permitiéndose a él mismo que una que otra risa se le escapará de la garganta.

La emoción de ambos aumentó, por lo que el gigantesco hombre empezó a lanzar levemente a la niña, dándole momentos en el que solo el aire la sostenía solo para volver a los brazos seguros del hombre segundos después.

–¡Papá! –se escuchó una voz un poco a lo lejos, Estoico tomó a la pequeña Annabelle nuevamente entre sus brazos lo más rápido posible. Sin embargo, por mucho que abuelo y nieta disimulasen con sus calmadas expresiones, Hiccup había presenciado todo y ya estaba corriendo hacia ellos–. Papá sabes que Elsa odia que hagas eso –masculló nervioso mientras tomaba a su hija de los brazos de su padre con sumo cuidado. Fue la pequeña de cuatro años quien mostró su molestia con un bufido y sacudiendo las piernas en un tierno berrinche.

–Pero papi, es divertido –lloriqueó la pequeña rodeando el cuello de su padre con sus bracitos. Hiccup hizo una mueca al ver el puchero de su niña, intentando rechazar el hechizo de esos ojos tan intensos desviando la mirada, pero tan solo se encontró con la sonrisa divertida de su padre, ese tipo de sonrisa que solo surcaba su envejecido rostro cuando se trataba de su nieta y los caprichos de ella.

Hiccup resopló derrotado. Y se limitó a regresar a su dulce niña a los brazos de su abuelo, quien, se perder ni un segundo, retomó el juego tan emocionante. Y, a pesar de que le gustaba ver a su hija reír con esa alegría, el padre de Annabelle no podía evitar hacer muecas o gesticular esporádicamente cada vez que la niña se alzaba en el aire.

El abuelo se limitaba a reír ampliamente, mirando de vez en cuando a su hijo, haciendo que el pobre no supiera si las risas eran de alegría o de burla.

–Pensaba que a Elsa no le gustaba que tu padre hiciera eso –la voz de Valka, la madre de Hiccup, se escuchó firme y clara, por lo que el muchacho le hizo señas para que bajará la voz, por si acaso. Al verla tan confundida, Hiccup decidió acercarse a su madre sin quitar los ojos de su hija.

Una vez cerca de ella, Hiccup susurró. –Y lo odia, pero Annie no, así que yo tengo que elegir si complacer a la reina o a la princesa.

Su madre dejó escapar una risilla.

–No te rías mamá, ayúdame un poco –lloriqueó el padre primerizo mirando espantado como cada vez la niña se alzaba más centímetros sobre la cabeza de su abuelo. Hiccup volteó rápidamente hacia su madre–. Mamá, por favor, haz que entren en razón…

–Creo que deberías ir a aprendiendo a manejarlo tú, cielo…

–No puedo –chilló exasperado, llevándose las manos a la cabeza–, ¿le has visto los ojitos cuando hace pucheros? –el muchacho apuntó acusatoriamente a su propia hija–. ¡Es una bruja! ¡Peor que su madre! Las cosas serían sencillas si las dos quisieran las mismas cosas y fuese fácil complacerlas a las dos. ¡Pero no! –dramatizó extendiendo los brazos y a largando la última silaba–. Siempre quieren cosas diferentes, no sé que hacer mamá, esas dos me van a volver loco…

–Ya te ves un poco loco, cariño –bromeó su madre con una sonrisilla tímida, su hijo respondió un puchero.

–No me ayudas –renegó infantilmente.

Valka no iba a contener por más tiempo la carcajada que se guardaba, pero se le fueron las ganas de reírse en cuanto su nuera apareció de repente en la habitación, llamando la atención por el resonar de sus tacones, cubriendo su esbelto cuerpo con un magnifico vestido que resaltaba absolutamente todo lo que tenía que resaltar. Valka tomó la quijada de su hijo con apenas unos dedos y la levantó para cerrar su boca.

Hiccup tragó saliva pesadamente mientras el corazón le retumbaba. Thor bendito, su mujer era preciosa.

–Cariño, tienes baba en la barbilla –bromeó Elsa haciendo que su marido rápidamente se limpiara zona señalada con la manga de la chaqueta. Hiccup le dedicó una sonrisa nerviosa a su mujer, susodicha rodó los ojos para luego darle un corto beso en los labios. Una vez se alejó, decidió preguntar–. Annabelle, cielo ¿ya estás lista?

Respingos violentos atacaron los cuerpos de Hiccup y Valka, cuando se dieron cuenta –muy tarde– de que no habían advertido ni a la nieta ni al abuelo que la queridísima madre sobreprotectora estaba a punto de presenciar como rompían descaradamente una de sus más preciadas reglas.

Pero cuando los tres miraron a los miembros de la familia restante, solo encontraron una tierna escena de un abuelo enorme y barbudo sosteniendo delicadamente a su linda tierna, quien adornaba su dulce y pecoso rostro con una sonrisa angelical e irresistible.

El corazón de Elsa se derritió al ver la escena, la muchacha se acercó rápidamente a su hija para llenarle la carita de besos mientras que Valka e Hiccup se sentían inmensamente engañados y preocupados de cuántas habían sido las veces que abuelo y nieta habían ocultado alguna trastada.

–Demonios –murmuró Hiccup–, estamos rodeados de demonios mentirosos y manipuladores.

Valka solo asintió.