There's no time for us

There's no place for us

What is this thing that builds our dreams, yet slips away

from us...

Who wants to live forever?

Para Jesse Tuck, el tiempo no existía. Y sin embargo de repente los casi ochenta años transcurridos fueron un golpe en su cuerpo y se sintió viejo; los doscientos años de su vida golpeando como un látigo sobre sus ojos que se negaban a llorar, porque había olvidado como hacerlo, pero tuvo que tomar aire, porque la ola de recuerdos de esos breves - ¿días? ¿semanas? ¿minutos? – momentos con ella fue tan poderosa como una marejada, mientras ese olmo parecía llorar las flores. Y una vida – ochenta años contaban como una vida- de esperanzas se desvanecían.

Nunca entendió a Miles hasta el momento de ver su tumba. La tumba de Winnie, su Winnie.

Miles siempre supo donde estaba su esposa: fue, durante meses – o quizá fueron años- al manicomio donde estaba, pero nunca la veía. No, él simplemente preguntaba por ella y se iba, listo para emborracharse todo lo que pudiera. Y él nunca entendió porqué no había ido a verla, porqué no la había acompañado. Siempre se dijo que él la hubiera visto, qué él habría hecho que entendiera que no era brujería.

Pero entendió en esos momentos.

Entendió al leer las palabras, tan frías, tan vacías y que decían tanto al mismo tiempo.

Amada madre y esposa.

Su Winnie, la niña que le había dado miedo el agua, la mujer que había bailado abrazada a él, había envejecido.

Y él seguía siendo el mismo.

Para él, Winnie siempre sería la niña-mujer de grandes ojos azules como el cielo de primavera, y la sonrisa más linda de todas. Nunca había pensado en ella de otra manera, porque él seguía siendo el mismo: mismos labios que la habían besado, mismas manos que la habían acariciado... mismo corazón que seguía firmemente atado a ella.

Sólo los ojos eran distintos: seguían siendo tormenta y agua, pero eran más viejos, más antiguos. Pero aun así, al recorrer el mundo, esperando ese momento en que pudiera volver a estar con ella, seguía viéndola a ella en el bosque, girando en un fondo de vestido claro y sucio, libre y hermosa como una ninfa. Y al estar en la torre Eiffel solía sonreír al ver el cielo azul, pensando que la siguiente vez que estuviera ahí, ella estaría a su lado: la tendría ahí, mostrándole la vista, su mano entre las suyas.

Nunca le escribió, porque no había sido lo suficientemente seguro. Y de repente todas esas cartas a medio empezar que hubiese querido enviar dolían. Esas sonrisas que debían haber compartido, ese amor que debía de haber continuado...

Se había despedido diciendo que la amaría hasta que muriera. Y lo hacía. Durante años se había alimentado ese amor-añoranza-ternura-deseo, y había crecido hasta que él respiraba porque ella lo hacía, vivía porque ella lo hacía. Aprendió a vivir luego de más de un siglo, porque ella existía.

Y al volver, para seguir con esa vida, y decirle dulces ternuras al oído, mostrarle el brillo del sol desde Egipto, o el maravilloso azul de los mares del Caribe, ella ya no existía.

Comprendió el dolor de Miles, el porqué no había podido verlos y el porqué buscaba la muerte tan desesperadamente.

De repente, le quedaba la mitad del corazón vacío; las ganas de otro tango improptu y mostrarle las estrellas en algún desierto. De repente, sobraba espacio en su vida.

Y entendió que él no vivía.

Tan sólo existía.