Es como si estuviera paranoico, viendo por sobre mi espalda
es como un remolino dentro de mi cabeza
es como si no pudiera dejar de escuchar las voces dentro
es como si un rostro dentro mío estuviera justo bajo mi piel.

Papercut, Linkin Park.

Regreso.

Draco sonríe cuando ella lo ve con odio, lágrimas furiosas corriendo por sus mejillas. En esos momentos cuando sólo es ella, cuando sus ojos pierden el tono insano de la muerte - esa posesión infernal desvanecida- y vuelven a ser suavemente marrón, no puede más que darle esa sonrisa tan malditamente Malfoy, observando su vergüenza y odio propio mientras él alaba sus habilidades, vistiéndose con lenta calma para avergonzarla aún más.

Su mirada es fuego entonces: fuego entre las lágrimas, entre las nuevas marcas que ella curará de la manera más dolorosa posible, quizá pensando que cuando las termine de limpiar el poder del Dark Lord en ella disminuirá, dando de sacrificio su sufrimiento.

La llamaría ingenua, pero Ginevra Weasley dejó de serlo a sus once años, comprendiendo que el rojo de Gryffindor no venía de la fuerza sino de la sangre que invariablemente terminaría derramada, del fuego que los quema al igual que ese en sus ojos marrones.

Y sin embargo, cada día se rinde un poco más. Al principio el control de Aquel Que No Debe Nombrarse en la pequeña comadreja sólo duraba minutos, y ella peleaba furiosamente siempre por volver a controlar su cuerpo, peleaba tratando de huir, de regresar con los suyos y acabar con él y con Voldemort.

Ya no dice que regresará con ellos. La vergüenza, quizá, de tener los recuerdos de lo que pasa cuando esa pequeña parte del Dark Lord que se quedó en ella la domina. Al principio decía que era posesión, pero ahora Draco está seguro que sabe la verdad. El Oscuro Señor no la domina: simplemente libera la verdad de lo que es. Se divierte susurrándole esto cuando decide quedarse con ella en la habitación, admirando las hojas verdes, rojas y violetas que florecieron en su piel gracias a él. Puede adivinar el miedo que sus palabras le causan a la joven, a pesar de que ya no dice nada.

Poco a poco, cada día más, su resolución se va destrozando.

Se despide con sarcástica educación, prometiendo una nueva visita pronto, abriendo la puerta con su varita. Al cerrarla, escucha un jarrón destrozarse. Unos segundos después, surgen los sollozos.

La sonrisa de Draco aumenta hasta casi convertirse en risa. Con pasos confiados, se retira a informarle los progresos a su Lord.