El sombrero estaba dentro de un baúl cubierto de polvo en el desván del número 3 de Sterling Road, Kidlington. Había permanecido allí dentro durante diecisiete años. Estaba confeccionado en paño negro y era picudo, con un escudo cosido a un lado. Algunas personas pensarían al verlo que era un sombrero como otro cualquiera. Pero eso no era del todo cierto.

La realidad no es un hecho rígido e inflexible. Depende del observador: solo hay que saber mirar. Hubo un tiempo en el que nuestro protagonista fue un sombrero normal, lana tejida en algún lugar de Gales de nombre impronunciable, mercancía vendida en una tienda de Londres. Pero un día, ocurrió lo inesperado. El sombrero fue a parar a la cabeza de alguien que sabía mirar la realidad. Y nunca más volvió a ser el mismo.

Una vez que estuvo en aquella cabeza algo, poderoso y frágil, se entremezcló con las fibras de lana que formaban la urdimbre del sombrero. Se agarró a ellas como si formase parte de las mismas. Algunos lo llamarían magia. Y también llamarían a nuestro sombrero, un sombrero de mago. Y ciertamente, así era. La magia es una sustancia poderosa que convierte todo cuanto toca en algo distinto, sin necesidad de cambiar su aspecto. El sombrero siguió siendo negro y picudo, con un escudo cosido a un lado, y tejido con lana de algún lugar de nombre impronunciable. Pero había adquirido cierta percepción propia. Como la del paso del tiempo.

Por eso el sombrero había visto como el tiempo había goteado lentamente desde el día en que, diecisiete años atrás, su propietario lo colocó cuidadosamente en el baúl y cerró la tapa. Al principio pensó que, como solía ocurrir, saldría de allí en unas horas, unos días. Pero por más que esperó nadie vino a abrir la tapa del baúl con esquinas de hierro. El polvo fue colándose por las rendijas de la madera y depositándose sobre él mismo y sobre los libros que le hacían compañía allí dentro. Lentamente. Lentamente. En ocasiones oyó ruidos cercanos y notó que su cárcel era bamboleada, pero hacía mucho tiempo que solo le llegaba el sonido de voces apagadas y muy distantes.

Hasta que un día unas voces, voces agudas y chillonas que no conocía, llegaron hasta la tapa del baúl de madera con esquinas de hierro y la abrieron. Y aquí es donde comienza nuestra historia...