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Amor Prefecto

Por:

Megawacky Max

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Nota del Autor:

Primero, no necesitan lanzarme fruta podrida por el malísimo juego de palabras que encierra el título. Me gustan los juegos de palabras, punto.
Segundo, en mi repertorio ya hay comedia y drama. Se me ocurrió darme una oportunidad con el romance. No sé si sirvo para escribir romance, así que ustedes van a tener que criticar por mí. Esta narración no será larga; entre dos y tres capítulos.
Los dejo con la historia, entonces. Que la disfruten.

--- EDITADO EL 3/7/04 ---
Corregí algunas líneas en el texto, entre ellas errores ortográficos. Eso me pasa por subir historias a las apuradas. :-P
Gracias por su paciencia.

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Capítulo 1
Caminando por el corredor de los recuerdos

Hogwarts dormía.

Al menos, la mayor parte de él.

La noche cubría todo el horizonte. La luna sonreía su cuarto menguante mientras las estrellas titilaban en lo alto. Una estrella roja, probablemente Marte, brillaba más que las demás.

Todo era silencio en las Casas del colegio. Especialmente en la Casa Gryffindor. El silencio era tal que los delicados pasos de los elfos domésticos, criaturas cuyo único objetivo en la vida era servir a los demás, resonaban con atronadora inquietud.

Conozcan a Nugg.

Nugg trabajó en Hogwarts desde que tiene memoria. Sus padres trabajaron en él y también los padres de estos. Nugg era de la clase de elfo doméstico que aprende sus quehaceres a medida que crece, y el trabajo en Hogwarts era abundante. Eso siempre agradaba a un buen elfo doméstico.

Ahora Nugg tenía la torre de Gryffindor para él sólo. Los demás elfos habían decidido evitar trabajar en ella durante las clases, porque el año anterior habían encontrado centenares de gorritos y guantes de lana escondidos en todos lados. Darle ropa a un elfo doméstico significaba liberarlo de su esclavitud como sirviente, y eso era algo que dichos elfos domésticos detestaban y repudiaban.

Y por eso ya no iban a la torre de Gryffindor durante el período de clases. Sólo ese elfo loco, Dobby, tomaba las prendas. Qué desagradable, pensaban los demás.

Nugg levantó cuidadosamente los restos de pergamino que estaban a un lado de la chimenea. Los estudiantes solían dejar el sobrante y los borradores en cualquier parte luego de acabar la tarea. Nugg hubiera levantado todo de una sola vez, pero ya se había prometido no volver a caer en la misma treta dos veces.

Movió un trozo de pergamino. Un calcetín de lana con simpáticos elfos domésticos sonrientes bordados a un lado se asomó por debajo.

Nugg suspiró. Deseaba que, quienquiera que se estuviera molestando en bordar esos presentes, dejara de hacerlo. Ahora debía usar el mango del plumero para tomar el calcetín sin tocarlo con las manos y...

Cric...

Las largas orejas de Nugg se erizaron. Giró la cabeza y observó sobre su hombro con sus enormes ojos.

Nadie a la vista. Nugg lanzó una risita de paranoia y tomó su plumero.

-Vamos... -susurró una voz que Nugg no llegó a escuchar.

-No seas terca -replicó otro susurro.

-Tal vez lo tome... Hice muchos ayer, y...

-Y tal vez yo me ponga a escupir Galleons -respondió la segunda voz, susurrando exasperadamente.

-Ya, bueno... Vamos...

Hubo el más leve de los murmullos. Nugg detuvo el mango del plumero un milímetro antes de tocar el calcetín. Volvió su atención al agujero del retrato de la Dama Gorda.

El retrato se abrió.

El retrato se cerró.

El silenció llenó la habitación como anchoas en una lata: a los apretones.

Nugg parpadeó, rió tontamente y se apresuró a quitar el calcetín con su plumero.


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Era el secreto mejor guardado. Siempre se contaban todo, pero aquello no podía decirse. Era tonto ocultarlo, pues a él no le afectaba en lo más mínimo... y, sin embargo...

-¡Ay! -gritó alguien, en voz baja, en algún lugar del pasillo del séptimo piso.

-¿Qué? -susurró la segunda voz.

-¡Me pisaste el pie!

-Lo siento.

-Mira por dónde vas...

-Está todo oscuro. ¿Qué querías, que gritase Lumos y que Filch nos pesque en menos de tres segundos?

-¡Ssshh! -chistó la primer voz con notable susto-. Está bien, está bien... Pero no menciones esas cosas... Quiero decir... uhm... Todavía no sé si deberíamos... eh...

-¿Romper las reglas? -dijo la segunda voz, y se notaba por el tono que estaba sonriendo-. Hermione Granger está a punto de romper las...

-¡Ron! -gritó ella, y se detuvieron.

El grito rebotó en las paredes. Varias pinturas despertaron, miraron con curiosidad en todas direcciones y volvieron a sus sueños. Pasados unos cuantos segundos, Ron volvió a hablar.

-No vuelvas a hacer eso.

-No me obligues, pues -se enfadó ella-. No puedo creer que me convencieras. No lo puedo creer, de verdad.

-Podemos regresar, si eso te hace feliz.

Hermione pensó en la opción ofrecida. Regresar a su habitación, deshacer el hechizo de mimetismo que había efectuado en su cama para que aparentase estar ocupada, meterse a dormir y olvidarse de lo que podría haber pasado aquella noche.

Algo desconocido y extraño atravesó su mente como una flecha. La rebeldía de los dulces dieciséis le obligó a replantearse la situación.

-Sigamos -dijo, aunque se notaba preocupada-. Pero si nos atrapan, te juro que lo vas a lamentar.

-Bien. Vamos. Con cuidado.

Los Prefectos de Gryffindor se movían al unísono bajo la capa de volverse invisible de Harry Potter. Ron consiguió que su buen amigo Harry se la prestase por una noche. Todo lo que tuvo que hacer fue esperar a que Harry cerrase los ojos y comenzase a roncar para arrastrarse hasta su baúl, abrir la tapa, descubrir que Harry había utilizado hechizos de seguridad aprendidos de parte de Moody (Ron había jurado vengarse de Ojoloco de alguna forma), esperar a que los efectos de los dedos de gelatina -literalmente de gelatina- acabase, utilizar un contrahechizo para el baúl, abrir la tapa con éxito y extraer la capa de volverse invisible de su interior.

-¿Por qué agitas así los dedos? -preguntó Hermione mientras avanzaban por el corredor.

-Te reirás cuando te lo cuente... Pero no será ahora. Bien, vamos por aquí.

-Bien.

Mientras Ron guiaba a Hermione, a las escaleras y en dirección al sexto piso, no podía dejar de pensar en los años pasados. No podía creer que se hubiera mantenido en secreto por tanto tiempo. Desde cuarto. Tercero, si se contaban los fugaces momentos juntos.

Había habido algo allí, entre ellos, y no había sido sino hasta aquella vez que Hermione visitó La Madriguera por primera vez que un leve intercambio de miradas dijo más que mi palabras.

Claro, ella todavía le reprochaba haber sido vista en ropa interior pero, ¿qué culpa tenía Ron? Creyó que no había nadie en la habitación de Ginny y entró para recuperar su nueva varita.

Por suerte no había nadie más en la casa, excepto Ginny y los gemelos. El grito de sorpresa y vergüenza de Hermione apenas si pudo sobrepasar el grito de sorpresa y vergüenza de Ron, y para cuando los tres Weasleys restantes arribaron a la habitación los jóvenes amigos ya estaban apropiadamente vestidos, sonrojados e inventando todo tipo de excusas.

Ni Ron ni Hermione estaban demasiado seguros de que les habían creído, pero el tema fue olvidado muy pronto.

No por Hermione, desde luego. Ron, caminando con cuidado bajo la capa invisible, frunció el seño al recordar las acaloradas mejillas de su amiga cuando le reprochó lo poco ético, abusador, mal amigo y hasta levemente pervertido que había sido, arrinconando a Ron contra una esquina de su propia casa cuando todos estaban ocupados en otros asuntos.

Y entonces Ron le había replicado que él había golpeado antes, que ella no le había oído, que no recordaba que ella estuviese a quinientos kilómetros a la redonda y otras tantas excusas tontas.

Ella respondió a las excusas con acertados comentarios sobre la poca ética de Ron, que aunque ya se había tocado el tema antes ella consiguió aportar nuevo material a la causa.

Y fue ahí que Ron habló antes de pensar.

-Lo dices como si fueras fea -le había dicho en un intento de contradecirla durante la discusión. No logró contradecirla, pero sí llamó su atención.

Hermione nunca se había preguntado sobre su propia belleza, si es que la tenía o qué opinaban los demás de ella. Por un momento se dio cuenta de que sus estudios habían abarcado todo su horizonte. ¿Y si pensara un poco más en su forma de verse?

Los rostros de Parvati Patil y Lavender Brown pasaron frente a sus ojos. Ella se enfadó y volvió a criticar a Ron.

Pero había cambiado. A partir de entonces algo había cambiado. Ron podía sentir que ella le hablaba de un modo más delicado cuando estaban a solas, aunque no había demasiados momentos como esos.

Ron tropezó con una estatua.

-¡Cuidado! -susurró Hermione.

-Perdón... Vamos.

Reanudaron la marcha. Ron recordó qué fue lo que lo hizo distraerse. Había recordado a Viktor Krum.

Ah, lo que un buen ataque de celos puede hacer. ¿Por qué no había invitado a Hermione al baile de Navidad? Durante la época escolar no pensaba en ella como mujer, sino como una especie de máquina muggle respondedora de preguntas. No en vano se le cayó la quijada al verla aparecer del brazo de Viktor, elegante y bella.

Fue ese ataque de celos lo que encendió la chispa.

Fue esa la razón de aquella discusión al final del baile, aquella de la que Harry aún no había comprendido nada. Fue aquella noche, cuando hubieron regresado a la torre, que Ron le confesó a Hermione que era más bonita de lo que aparentaba y que querría haberla invitado al baile.

Y nunca entendió qué en aquella frase la hizo enojar tanto.

Pero ahora ella también lo sabía. Lo sabía, sí, y cuando ella llegó al número doce de Grimmauld Place, cuando empezó a comprender la gravedad del asunto con relación a Voldemort, ella, Hermione Granger, se asustó de verdad.

La escuchó llorar una noche. Ella debió pasar por la puerta de su habitación cuando Ron alcanzó a escuchar el llanto. Claro que Ron estaba probando las orejas extensibles de los gemelos, de otra forma nunca lo hubiera escuchado; pero el caso es que lo escuchó.

Bajó con cuidado las escaleras y pasó en puntas de pie por el corredor de la madre de Sirius. Lo último que quería era despertar a esa vieja bruja (literalmente vieja y literalmente bruja). Eran las tres de la mañana cuando entró a la cocina. Eran las tres y dos cuando se acercó junto a Hermione y se sentó a su lado. Eran las tres y diez cuando ella se dignó a confesarle sus miedos, y eran las tres y once cuando ella lo abrazó involuntariamente.

Tres y doce, él la abrazó.

Tres y quince, por algún motivo, ellos se besaban.


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-¡Ron, mira por dónde vas!

Ron recibió el duro golpe con la realidad. Real, porque era el presente; duro, porque era contra una puerta cerrada junto a las escaleras.

-¿Estás bien? Deberíamos regresar a la torre y...

-No, no... Estoy bien... -dijo él, frotándose la nariz-. Sólo estoy un poco distraído, nada más. Nervioso, quizá.

-Sí... Yo... yo también.

Hubo un momento de incómodo silencio, luego Ron dijo:

-¿Seguimos? Es por aquí. Bajaremos al quinto piso.

-De acuerdo. Pero mira por dónde andas.


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Nadie sabía nada al respecto. Ni siquiera los gemelos y su curiosidad interminable, o Moody y su ojo intruso, habían podido adivinar aquello: Hermione y Ron, enamorados.

Harry iba a ser el primero en saberlo, él era su mejor amigo y merecía la primicia. Esperarían a que llegase a la casa de Sirius y lo confesarían, y él se sentiría bien por ellos.

¿Cómo no iban a sonrojarse? Harry había llegado con un humor de perros, y los jóvenes amantes se llevaron una desagradable sorpresa cuando Harry adivinó, sin pensarlo, lo que estaba pasando; "mientras ustedes estaban aquí, juntitos y pasándola bien", les había dicho. No podían decírselo, no en ese estado. Harry estallaría y no sería su culpa. Esperarían hasta el momento apropiado, y en ese momento él lo sabría primero... y luego los demás.

Pero no existió tal momento. Aquel año había sido un verdadero ataque de nervios para el Niño que Vivió. Sin contar con las Matrículas de Honor de Brujería, lo que tuvo a Hermione con su propio ataque de nervios. Y Ron con su debut en Quidditch.

Un verdadero año de alta tensión.

Así y todo, había oportunidades. Ron y Hermione eran Prefectos, y como Prefectos debían patrullar los corredores. Eran sus momentos a solas, a pesar de ser pocos y breves.

Pero ya estaban hartos de esa falta de privacía. Ron y Hermione, tras un largo debate, habían decidido tener un largo rato para ellos solos. Por eso estaban recorriendo el castillo a mitad de la noche bajo la capa de invisibilidad de Harry; porque detrás de una puerta del quinto piso se escondía un relajante momento íntimo.

-Llegamos -dijo Ron, su voz temblando-. Aquí es.

Hermione apenas atinó a asentir. Ron acercó la cara a la puerta y susurró una contraseña: "Sabor a Menta"

Hubo un chasquido. La puerta se abrió. Los adolescentes pasaron el umbral y cerraron la puerta tras ellos. Se quitaron la capa y observaron los alrededores.

-Vaya... es tan bonito como el nuestro -asintió Hermione.

-Sí, Harry ya lo había visitado cuando estaba en lo del Torneo de los Tres Magos -sonrió Ron. Dirigió una mirada nerviosa a Hermione-. Él no tuvo problemas cuando estuvo aquí. Nosotros tampoco los tendremos.

Sonrieron con nerviosismo y observaron una vez más los alrededores. El baño de los Prefectos era sublime, impecable, muy espacioso y, por sobre todas las cosas, privado.


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(Continuará...)