Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Jaime Sabines, 'No es que muera de amor.'

Despedida truncada.

Tú no debías de haberme importado, Haku. No debías de haber significado nada para mí. Yo no debí de haber sido nada más para ti que tu dueño, tu amo.

Se suponía que fueras sólo un arma. Alguien con tu sangre sería valioso para mí, para mis propósitos. Nunca te oculté que lo que me importaba de ti era tu sangre.

Y aún así sonreíste y estuviste a mi lado. Nunca trataste de escapar.

A pesar de tu sangre, te veías demasiado frágil y dulce para la vida de shinobi. Durante los primeros meses estuve seguro que morirías en cualquier momento y, sin embargo, cada día te superabas a ti mismo.

Llegó un momento en que dejé de pensar que morirías y, en cambio, llegué a pensar que me matarías. Si siendo tan pequeño tenías tal poder, estaba seguro que sería cuestión de tiempo para que te enfrentaras a mí.

Tampoco lo hiciste. Nunca te negaste a nada que te ordenara; siempre estuviste dispuesto a todo, incluso arriesgando tu vida cuando te pedía más de lo que estabas preparado. Una vez te pregunté porqué lo hacías, y me dijiste que para cumplir tu sueño. No pregunté más que eso, pero dejé de preocupar que trataras de matarme. Empecé a confiar en ti.

Nunca quise a nadie en mi vida. El demonio de la Aldea de la Niebla. Estaba acostumbrado a que me tuvieran miedo. Me gustaba provocarlo, sentir como los demás, al enterarse que se enfrentaban a aquel que había matado a casi una centena de posibles genin siendo sólo un niño, palidecían. Me volví adicto a esa mirada que provocaba en los demás.

A ti nunca te di miedo. No importaba lo fuerte que entrenáramos, lo lastimado que terminaras, o como me viera luego de una batalla, seguías sonriéndome. Siempre atendías mis heridas primero, y nunca te quejaste. Desde que te ordené estar a mi lado, no recuerdo una sola vez en que te vieras triste.

Aún así, debía de dolerte tener que pelear. Eras demasiado gentil para ser un shinobi… demasiado dulce. Quizá si en tu padre no hubiese dejado que el prejuicio lo llevara a odiarte y temerte, habrías tenido una vida normal y feliz sin nunca tener que llenar tus manos de sangre.

¿Por qué nunca dijiste nada, Haku? ¿Es verdad lo que dice este niño? ¿Significaba tanto para ti? ¿Fue por eso que te pusiste enfrente mío?

¿De verdad significaba tanto para ti?

Alguna vez escuché que uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. Imagino que es verdad. Desde que dejé de preocuparme de que fueras un peligro, te di por sentado. Siempre estabas ahí. Inteligente, fuerte, ágil...

Los shinobi no sentimos. Los shinobi somos armas listas para usar. Los shinobi no tenemos sueños. Por eso me volví un nin errante.

Pero si las palabras del niño son ciertas, tú sacrificaste tu sueño por mí, para que yo pudiera tener mi sueño. Tú también debías de haber tenido tu propio sueño, Haku. No sólo preocuparte por el mío.

Fuiste el único que nunca me tuvo miedo. Al único al que le importé algo. El único que a mi me importaba. Me hubiera gustado podértelo decir.

Esta es nuestra despedida. No iremos al mismo lugar. Tú eres demasiado puro para ir a donde yo iré.

Me gustaría que me dieran sólo un momento para poder despedirme de ti, y decirte todo lo que siempre calle, decirte lo importante que fuiste para mí. Aunque quizá será mejor si eso no pasa, porque te conozco, Haku. Si voy a despedirme de ti, tu querrás venir conmigo, y ya es hora de que descanses finalmente, lejos de mi.

Así que… adiós.