I

Sombras en una noche lluviosa

Hacía mucho frío...

La niebla flotaba a ras de suelo, como un denso humo pesado y sofocante. Cuando uno la miraba se sentía perdido, desamparado, como si penetrar en ella supusiera perderlo todo, lo visible y lo invisible.

Una escarcha brillante cubría la superficie del agua casi por entero; en algunas zonas, el hielo ya se derretía, y dejaba entrever un agua helada, una trampa mortal para los pobres incautos que se aventurasen por aquel embarcadero semiabandonado a esas horas de la noche.

El frío era cada vez más intenso, más insoportable...

Un joven alto y delgado, que llevaba una larga levita y un gabán parduzco, estaba en pie en el embarcadero; la pasarela de madera crujía debajo de sus pies, calzados con unos negros y finos botines de charol. En el rostro brillaban unos ojos tristes y perdidos, pero penetrantes, que parecían capaces de ver a través de la espesa niebla. En medio de ellos resaltaba una nariz tosca y aguileña, que dotaba al rostro de una expresión tan elegante como imponente. Un pelo castaño claro, rizado y espeso, cubierto de finos copos de escarcha, se revolvía con el viento. Estaba inmóvil como una estatua altiva y distante; la escarcha y el frío ya eran tan intensos que todo su cuerpo tiritaba, y sin embargo, no podía moverse de allí... Su mano izquierda se cerraba fuertemente en torno a una espada de esgrima. Seguía inmóvil, solo sus labios temblaban; nubes de vapor salían regularmente de ellos y se condensaban en el aire, mezclándose con la niebla.

Él había muerto, se había hundido. ¿Entonces por qué seguía allí inmóvil, contemplando el hielo y el agua, con una extraña sensación de inquietud latiendo en su corazón? Tenía que volver, adonde sus amigos le aguardaban y donde esperaban verle salir victorioso del enfrentamiento. Ella iba a morir... Podía notarlo, estremecido por el temor; ella iba a irse para siempre...

Y entonces, una mano, en cuyo dedo medio portaba un enorme anillo, surgió del hielo y le agarró por el tobillo.

− ¡¡¡NO!

El grito fue acallado por un feroz chapoteo cuando el joven se zambulló en el agua helada. El súbito contacto con una temperatura tan extrema le nubló la mente durante unos instantes que parecieron eternos. Algo estaba tirándole de la pierna con enorme fuerza, como si intentara hundirle. Desesperado por mantenerse a flote, se agarró al bloque de hielo y tomó una gran bocanada de aire. Ya no aguantaría mucho más. El frío tacto del hielo le ardía en las manos; el dolor era insoportable. Y quedándose muy quieto, escuchó... ¿De quién era esa risa fría, llena de maldad, que le helaba el corazón más aún que el agua y el hielo? Y cogido por sorpresa, como si ese fuera el momento que quien quiera que intentara matarle estaba esperando, fue arrastrado al interior del agua con un tirón brusco y rápido; gritaba pidiendo ayuda, hasta quedarse sin aliento, se hundía, y nada podía hacer para remediarlo... Entonces, entre brumas de agua helada, alcanzó a ver algo en la superficie. Una figura altiva y familiar, con una levita negra y un gabán idénticos a los que él llevaba puestos; era la misma que le estaba empujando, que tiraba de él hacia el fondo y hacia la muerte, ¿cómo era posible? Muy a lo lejos, oyó una voz muy lejana, una mujer joven que le llamaba. "¡Holmes!... ¡Holmes!"… y entonces la voz se esfumó de repente, como segada por el más profundo de los silencios. Era ella, ella iba a morir... y él no podía evitarlo. Se hundía sin remedio. El individuo le sonrió con malicia.

― Se acabó el juego, Holmes...

Y el hielo se cerraba a su alrededor mientras la malévola risotada resonaba en el vacío...

― ¡¡NOO! ¡¡CÁLLATE!

Fue como si le arrancaran brusca y dolorosamente de su propio cuerpo. Desorientado, miró a su alrededor con ojos asustados. No estaba en un embarcadero, rodeado de agua helada y de maderas que se resquebrajaban. Estaba en una pequeña alcoba, sentado en una cama revuelta, y aquel último grito había salido realmente de su boca. Había sido un sueño muy vivido. Quizá mucho más que las otras veces. Todavía tiritaba y se sentía tan frío y empapado como si estuviera aún luchando por salir a la superficie.

La habitación estaba en penumbra, pero un leve resplandor venía de un lado de la cama. La vela aún estaba encendida y la cera derretida ya había manchado la mesilla. Supuso entonces que debió de caer dormido enseguida, y que por eso se olvidó de apagarla. Eso también explicaría por qué llevaba aún la corbata puesta. Con la respiración todavía muy agitada, se dejó caer en la cama.

Esa era la quinta noche que Sherlock Holmes se alojaba allí, en una pequeña posada cercano al centro de Londres, y la primera de las cinco que tenía esa pesadilla. Durante meses la había estado soportando casi cada noche, despertando en medio del más aterrador de los silencios en los dormitorios de su nuevo colegio. Últimamente ya solo la tenía de forma esporádica; había llegado a la conclusión de que la mejor manera de evitar soñar era estar extenuado, y por eso se dedicaba a una frenética actividad. Pero esa noche era diferente, y el sabía por qué. Esa noche, muchos recuerdos habían vuelto. Se incorporó y alargó la mano hacia la mesilla, y cogió la carta que Watson le había mandado. John Watson, su amigo. Una sonrisa triste pasó brevemente por sus labios. Recordó muchas cosas. Y durante largo rato miró la carta, pensativo. Él le había mandado una hacía unos meses, apenas llegó a su nuevo colegio. Pero hasta ese momento, no le había contestado. Encendió levemente la luz de la lámpara y la leyó por segunda vez en ese día:

Querido Holmes:

¿Cómo te va todo? Espero que muy bien.

Recibí tu carta hace mucho, pero me temo que hasta ahora no he podido contestar.

Me alegro mucho de que te guste tu nuevo colegio. Tengo entendido que no tiene nada que envidiar a Brompton, o al menos eso me han dicho… Si te sirve de consuelo, mis padres casi me mandan allí. Seguro que al menos no habrá gente como Dudley… Está tan repugnante como siempre. Se cree el rey de todo ahora que tú no estás... No para de hablar de ti, aunque para nada bueno. Tampoco me preocupa mucho, prefiero dejar que se enorgullezca él solo. Sé que tú estás por encima de esas cosas.

Por aquí todo siguió igual tras tu marcha. Los primeros días hubo un enorme revuelo, claro está, con lo que pasó con Rathe. Casi nadie en la escuela se lo creía. En especial los profesores… cómo se ponen con este tipo de escándalos… Así que supongo que se puede decir que todo volvió a la normalidad… Las clases de química siguen tan aburridas como siempre. Al profesor cada vez se le entiende menos. Un día de estos se va a quedar dormido encima del compuesto de potasio…

¡Ah! Casi lo olvido… Las vacaciones de Navidad. Me alegra ver que pasaste una Navidad tranquila… aunque hubiera muchas cosas que te oprimieran el corazón. Lo siento mucho, querido amigo. La verdad es que para mí el colegio también es un hervidero de recuerdos. A veces sueño con ello. Pero ya hace muchas semanas que no me pasa.

Por mi casa todo fue bien. Al principio mi padre puso el grito en el cielo, pero enseguida se le pasó. Después de todo no me expulsaron… Ya que tampoco fue culpa mía. Eso sí, quedó impresionado cuando le hablé de ti. Le encantaría conocerte algún día.

Tengo muchas ganas de verte. Según me dijiste quizá te alojarás en la posada que hay a las afueras de Bloomsbury, al terminar el verano, ¿no es cierto? ¿Luego qué harás? ¿Eso que me dijiste de pasar el verano en el centro, para seguir estudiando? Yo aún no sé qué haré. Supongo que lo pasaré en casa, aunque algo me dice que este año podré viajar solo por la ciudad. Quizá me aloje en algún sitio…

Ahora tengo que dejarte, el cochero espera. Mandaré la carta desde que pase delante de la oficina de correos que hay aquí cerca del colegio. Confío en que puedas ir a recogerla a la oficina postal de Bloomsbury en la fecha indicada. ¡Espero que no se demore demasiado!

Atentamente,

tu amigo Watson.

El joven suspiró. Los hechos se agolpaban en su confuso cerebro. En realidad habían pasado varios meses, y sin embargo parecían años, años que hubieran pasado con una rapidez más propia de los días, o incluso de las horas.

Hasta el comienzo de las vacaciones hacía apenas una semana, había vivido y estudiado en un colegio interno muy popular en Oxford, al que volvería sin duda en el mes de septiembre. Sin embargo y por mucho que le pesara, no podía compararse a su antiguo colegio, Brompton. En ese colegio tenía prestigio y todo tipo de posibilidades.

Allí fue donde conoció a John Watson, un muchacho en principio tímido, pero dispuesto, más preocupado por su futuro como médico y por su permanencia en el colegio que por otra cosa. Brompton se había convertido en un hogar para Holmes, hasta que un día ocurrió algo que hizo que le expulsaran, una simple demostración de envidia y odio juvenil. Antes de todo esto, sus compañeros de Brompton disfrutaban viéndole resolver problemas, y muchas veces, preparaban un caso para él, que siempre lograba resolver con maestría. Hasta al personal docente le encantaba verle. Especialmente al señor Rathe, un admirado profesor que impartía, entre otras cosas, clases de esgrima con gran maestría. Durante los largos meses que Holmes estuvo allí, se habían profesado una gran admiración mutua. No hacía falta ser un gran detective para darse cuenta de que sin duda, Holmes era el alumno favorito del señor Rathe. Cómo le costaba aún creerlo. Pues él era la persona que esa y tantas otras noches en sus sueños, y meses atrás en la realidad, había intentado matarle. Watson y él habían desenmascarado una extraña ola de crímenes perpetuados por una peligrosa secta egipcia, comandado por el señor Rathe, cuyo nombre en realidad, era Ehtar. Sin duda una historia increíble, propia de una novela de detectives, pero que había sido real.

Volvió a su mente el sueño, con más fuerza que antes. En ese mismo embarcadero, hacía ya seis meses, habían luchado y le había derrotado; se había hundido en el hielo, había desaparecido, muerto. Pero para ello, se sacrificó la vida de una de las pocas personas que había amado.

Elizabeth.

Creyó que marchándose, todo quedaría atrás. El recuerdo, el dolor; no aún la satisfacción del trabajo bien hecho. Sin embargo, ese sueño se le repetía, constantemente, casi cada noche, desde que se había marchado. Pero esta vez él también había caído al agua helada, quedando atrapado bajo el hielo, arrastrado por la mano del enemigo.

Soltó un bufido de disgusto y se levantó de la cama; las tablas de madera crujieron. Con parsimonia se acercó hacia la ventana. Fuera, llovía con tanta fuerza que el agua formaba cascadas en los cristales. En la penumbra y a la tenue luz de las farolas, solo se escuchaban los cascos de los caballos golpeando el suelo de piedra encharcado, y las ordenes de los cocheros a voz en grito, que eran acompañadas por los suaves relinchos de protesta de los animales. Sus ojos entrecerrados se esforzaban por intentar vislumbrar algo allá afuera, en medio de la cortina de agua que empañaba los cristales y dibujaba formas confusas.

Un relámpago centelleó, y entonces, lo vio. Creyó que había sido una alucinación, una sombra del sueño aún presente. Él, estaba allí, en pie sobre la acera, una figura arrogante apoyada en su bastón.

Rathe.

El corazón le dio tal vuelco que casi se le subió a la garganta. Lleno de sobresalto, se apartó de la ventana y precipitado y sin tiempo de ponerse el abrigo para protegerse de la lluvia, corrió escaleras abajo y salió de la posada ante la desconcertada mirada de la dueña, quien pegó un grito al verle salir de repente. Estalló otro relámpago en el mismo momento en que salía a la calle, sintiendo el cortante frío y el agua que caía con tanta fuerza que estuvo empapado antes incluso de poner un pie en la carretera. Sus ojos se posaron en el hombre, que seguía inmóvil en el mismo sitio; un coche pasó justo delante durante un momento.

― ¡¡Eh! ¡¡Espere! ―gritó Holmes esquivando el coche.

El hombre alto de la levita negra y el gabán parduzco a cuadros le miró un instante, como extrañado, y entonces se dio la vuelta, como si, o eso le pareció al excitado joven, intentase huir.

― ¡¡Alto! ¡¡Ehtar!

Holmes echó a correr. Todo ocurrió muy deprisa: un carruaje dobló la esquina en el mismo momento en que el joven cruzaba la calle. El cochero, espantado, intentó frenar a los animales, que ante la brusca reacción de su guía se encabritaron y resoplaron enfurecidos.

― ¡¡CUIDADO!

Holmes oyó la voz de advertencia en medio del estruendo demasiado tarde. Solo pudo ver

como los caballos se le echaban encima justo antes de sentir un golpe violento y que todo quedara a oscuras...

Entonces sintió que estaba boca abajo en el suelo, con las manos protegiéndose la cabeza, y que tenía los ojos fuertemente cerrados. Se había apartado y tirado al suelo justo a tiempo, aunque el golpe contra el adoquinado de piedra le había lastimado una rodilla. Toda su ropa estaba empapada. Oyó gritar al cochero con gran enfado.

― ¡Oiga joven! ¿Se ha vuelto loco? ―el cochero bajó resoplando del carro y se acercaba a él, mientras los caballos aún relinchaban con nerviosismo.

Temblando de pies a cabeza, pero sin un rastro de pánico en su expresión, Holmes se levantó, intentando ignorar los fuertes golpes que el corazón le daba contra el pecho. Notaba un dolor sordo y pulsante en la rodilla, pero no miró.

― Yo... lo siento ―balbuceó, aun sin saber muy a bien a quien se dirigía, pues su pensamiento estaba fijo todavía en el hombre del gabán a cuadros, y sus ojos, nerviosos, no se apartaban de la acera de enfrente.

― ¿Se encuentra bien?

Pero Holmes no le escuchaba. Pudo ver parte de un largo faldón que ya desaparecía por una esquina, y salió corriendo dejando al cochero con un palmo de narices.

― ¡Oiga, joven! ¡Vuelva aquí!

Holmes perseguía por las calles oscuras y desiertas al hombre del largo abrigo, que bajo la lluvia y en la cada vez más creciente oscuridad, era como una sombra alargada. Corría sin detenerse, y sus fuertes pisadas hacían salpicar el agua encharcada de la calzada.

― ¡¡Deténgase! ¡¡Alto!

El hombre dobló una esquina y se le perdió de vista. Holmes se detuvo un instante, condensándose su aliento en el aire como nubes unos momentos, y luego emprendió la carrera con más énfasis si cabe; cruzó la esquina, y entonces, por fin, le dio alcance. De un brusco tirón, con el rostro tenso por la excitación y la respiración contenida, le giró hacia sí. Y ante él no vio el rostro soberbio y enjuto de su enemigo, sino uno completamente desconocido que le miraba con gran desconcierto.

― ¿Qué demonios ocurre, joven? ―dijo el hombre con irritación.

Holmes soltó el aire que había contenido con un suspiro trémulo. Apartó poco a poco las manos, que temblaban con vehemencia, de los hombros de aquel desconocido. Negaba con la cabeza, desconcertado, como si se lamentara a la vez que intentara disculparse.

― No... Disculpe, señor. Me he confundido… ―mientras hablaba entre jadeos, retrocedía lentamente― Lo siento muchísimo.

― No se preocupe, joven... ―respondió el hombre con voz amable, pero aún desconcertado, y tras colocarse mejor el sombrero y dedicarle una sonrisa, siguió su camino− ¡Llego tarde!

Todavía con la respiración alterada por la carrera, el muchacho perdió la mirada en el suelo mojado. El pulso le latía en los oídos como fuertes martillazos, y se sentía mareado. Su cara dibujaba la más profunda decepción, pero a la vez, la resignación. ¿Cómo podría haber creído que Rathe estaba vivo? Él mismo le vio morir bajo el hielo, hundido en las heladas aguas que ahora solo veía en sueños. Pero aún así se sentía inquieto en cuanto a todo ese asunto. Era como un extraño instinto, primitivo y salvaje, que le decía que su enemigo estaba vivo en alguna parte.

Bajo una lluvia que no parecía tener intención de amainar, cojeando y calado hasta los huesos, Holmes se dispuso a regresar. Como si las magulladuras hubieran estado esperando el momento oportuno, ahora todo el cuerpo le dolía a causa de la caída.

― ¡Eh, joven!

Levantó la vista. Caminando mientras se perdía en sus pensamientos, había llegado ya a la calle donde empezó todo. El cochero que casi lo había atropellado aún estaba allí, y le miró entornando los ojos y colocándose el sombrero, como viendo a través de la cortina de agua y la oscuridad.

― ¡Ah, sabía que se había hecho daño... ―negó con impaciencia― ¿por qué ha salido corriendo?

Entonces la puerta del vehículo se abrió. Una mujer de sencillos y elegantes ropajes bajó con cuidado, protegiéndose con un paraguas. Entre la lluvia y a la tímida luz de las farolas, Holmes apenas pudo distinguir un pelo rojizo claro bajo un sombrero grande y ancho.

− ¿Se encuentra bien, joven? − preguntó.

Holmes soltó un resoplido, como quitándole importancia.

− Claro, no se preocupen, es solo un rasguño...

Intentó dar unos pasos, pero pronto se agarró la rodilla con un gesto de dolor. Sintió un tacto cálido en su mano, y dejó escapar un bufido de fastidio cuando al mirarla la vio manchada de sangre. El pantalón estaba roto y dejaba entrever una herida muy aparatosa, aunque no parecía grave. La señora joven hizo un gesto de desaprobación.

− No diga eso. Está sangrando... Si apenas puede andar... Cochero, por favor, traiga mi equipaje y discúlpeme... Acompañaré a este joven a la posada. Espérenos aquí, si así lo desea, o entre con nosotros si puede poner a buen recaudo su vehículo.

− Muchas gracias, señora, sin duda prefiero lo segundo.

Mientras el cochero se subía al carromato para apartarlo de la circulación, Holmes y la señora entraron a la posada, limpiándose como pudieron los pies en la entrada. Al verlos, la posadera puso la misma cara de espanto que cuando su ahora empapado huésped había salido corriendo.

− ¡Señor! ¿Se encuentra bien? Está empapado... −reparó en su pierna y contuvo una exclamación− Y está herido... ¿qué ha pasado ahí afuera?

La mujer joven fue quien habló, mientras el cochero entraba con el equipaje y cerraba la puerta. Era alta y delgada, de rostro pensativo y solemne, dotado de una gran belleza. Llevaba un vestido azul claro, sencillo pero muy elegante. Se había quitado el sombrero y su pelo, de un castaño rojizo, estaba recogido en un elegante moño. Parecía muy autoritaria y resuelta, pero su suave voz rebosaba amabilidad.

− Tranquila, señora. Me temo que hemos tenido un pequeño accidente. No es grave, pero preferimos asegurarnos de que está bien... Por favor, tráiganos lo necesario para limpiar y curar la herida. Estaremos en la salita. Y ya es muy tarde... −hizo una mueca, y luego sonrió− Si no es molestia, desearía alojamiento también, por favor, por esta noche.

− Por supuesto, señora ―dijo la posadera−. La habitación de arriba está libre y la acabo de acomodar, le mostraré dónde está.

− Y yo le llevaré las maletas, señora −dijo el cochero mientras las levantaba del suelo.

Los tres desaparecieron escaleras arriba. Pronto, la posadera llegó sola con un grueso bulto de ropa entre los brazos y se dirigió al joven Holmes, sentado en el sofá de la sala, empapado y calado hasta los huesos. Se sentía mareado, y notaba el cuerpo estremecido por un desagradable frío. Pero no era eso lo que más le preocupaba, sino esa frenética persecución. ¿Cómo iba Rathe a estar vivo? ¿Cómo podría hacer creído eso? Estaba tan ensimismado en estos pensamientos que no se percató de la presencia de la bondadosa posadera hasta que la tuvo delante.

− El agua se está calentando −anunció−. Pero antes debe quitarse toda esa ropa, señor, o va a coger una pulmonía. Tenga esto −le acercó una bata y una gruesa manta de lana−. Quítese esa ropa empapada, vamos...

La posadera le ayudó a desvestirse y llevó la ropa empapada a la lavandería. Luego apareció con un desinfectante, un pequeño barreño de agua caliente y unos paños limpios. Holmes ya se había puesto la ropa seca y estaba sentado en el sillón, cabizbajo y aún con aire pensativo, al lado del reconfortante fuego de la chimenea. El desagradable frío ya se le había pasado, y poco a poco su cuerpo entraba en calor. La pierna le dolía, pero no le prestaba atención. En ese instante, la mujer joven y el cochero bajaron.

− ¿Mucho mejor ahora? ―dijo la mujer con una sonrisa, dirigiéndose hacia el muchacho. Luego hizo un gesto grave y se agachó junto a él− Déjeme que vea esa herida...

− Oh, en serio, no se moleste, yo mismo... −empezó a decir el joven.

− Vamos −le interrumpió ella−, sólo será un momento.

La mujer empapó uno de los paños en el agua y limpió la herida con suavidad; no era profunda, pero sangraba profusamente. Luego empapó una gasa en el desinfectante y lo pasó por encima con el mismo cuidado. El joven sintió un dolor ardiente y acerado que pareció recorrerle toda la pierna. Conteniendo un gemido de dolor, se echó hacia atrás en el sofá, mareado, con los labios fuertemente apretados. Un sudor frío le empapaba la frente.

− Ya... sé que duele... −dijo ella con voz suave− Tranquilo, ya casi está... Señora −dijo luego dirigiéndose a la posadera−―, ¿tiene algo para vendarla?

La posadera asintió y fue a buscar unas vendas a un cuarto cercano. La mujer vendó la herida, con mucha delicadeza, pero con la premura y destreza de una profesional.

− Listo. No creo que tenga más problemas con esa herida −dijo al terminar.

Holmes respiró profundamente y abrió los ojos, pasado ya el desagradable vértigo.

− Muchas gracias ―dijo con una sonrisa agradecida; la rodilla le latía sordamente, pero era soportable−. Ya ni siquiera duele. Sería usted una enfermera excelente.

− Oh, de nada, joven ―dijo ella humildemente−. Estoy acostumbrada a esto. Mi marido... era muy propenso a este tipo de heridas.

La mujer calló de repente y se apartó. En su bello rostro se había dibujado una expresión muy triste. Bajó la mirada, hacia el pequeño bolsito que aún llevaba colgado de la muñeca, y por un leve instante lo sostuvo, como si se aferrara a algún recuerdo doloroso.

− Lo siento −dijo el joven Holmes.

− ¿Por qué? ¿El qué siente? −dijo ella, mirándole extrañada.

− Lo de su marido.

La mujer se quedó boquiabierta.

− ¿Cómo sabe...?

− Lo que lleva en el índice es sin duda un anillo de compromiso. Su cochero, además, la trata como señora, y usted es aún bastante joven. No es difícil intuir por tanto que está usted casada, o que al menos, lo ha estado. Además, usted misma me lo ha confirmado, hablándome luego de él. Y ese bolso de mano... Se ha aferrado a él apenas nombró a su marido, por lo que pienso que es también un regalo suyo. Del señor Cluteworth.

La mujer contuvo un grito y se llevó las manos al pecho. Al cochero casi se le cae de la boca la pipa que estaba encendiendo. Incluso la posadera le miraba estupefacta.

− Pero... ¿cómo sabe... que ese es el nombre de mi marido? ―balbuceó la mujer.

− Por su maleta, pude leerlo fugazmente antes de que las subieran −prosiguió Holmes−. Pone A. Cluteworth. Imagino que será el nombre de su marido, porque el suyo empieza por D, tal como pone ese bolsito de mano: D. Cluteworth. Precioso bordado, por cierto. ¿Lo ha hecho usted?

− añadió con una sonrisa, señalando unas letras doradas que tenía el bolso en su parte superior y que rezaban "D. C.".

La mujer intentó decir algo, pero la evidente sorpresa que sentía le impidió articular palabra, y simplemente asintió con la cabeza y se sentó en el sofá.

− Además... Sus ojos... −continuó el joven− Parecieron nublarse cuando le nombró antes. Como si le hubiese perdido y le echase mucho de menos. Si estuvieran separados probablemente no llevaría ese anillo. Así que imaginé que es usted viuda. Y bastante reciente −concluyó−. Lo siento.

− Oh... no −dijo ella, nerviosa, bajando la cabeza−. No ha muerto... Al menos eso creo... Solo está... Bueno. No me gusta hablar de eso −guardó silencio un momento, y luego levantó la mirada, admirada, hacia el muchacho−. Es impresionante, ¿cómo ha podido saber todo eso con tan pocos detalles?

El joven Holmes la miró extrañado, como si lo que acabara de hacer fuera lo más normal del mundo.

− Bueno, no lo sé. Sólo ato cabos −dijo con una sonrisa.

− ¿Cuál es su nombre, joven? −preguntó ella, divertida.

− Oh, disculpe mi descortesía... −se excusó el muchacho; le extendió la mano, y ella la estrechó− Holmes. Sherlock Holmes. Un placer, señora Cluteworth... ¿La D, es por Delora?