Capítulo 08: Encuentros


Era una agradable tarde en aquel miércoles 15 de septiembre del 2100. Los rayos del sol, controlados tecnológicamente para que no traten a la humanidad como carne asada, golpeaban débilmente sobre la ciudad, acompañando a la helada fría que abrazaba cada una de las avenidas.

James quedó algunos instantes parado en el borde de la puerta principal del edificio, mirando hacia el cielo, viendo cuán pesado estaba el tráfico a esas horas. Los autovoladores se deslizaban, como si fuesen miles de aves migratorias surcando en cielo, desesperadas buscando en dónde pasar el invierno.

Lo afortunado era que el tráfico, por más pesado que fuera, sólo traía como consecuencia pérdida de tiempo. Todo gracias a los chips incrustados en los vehículos, ingeniosos aparatos que prevenían cualquier accidente (a esa velocidad es casi imposible de que dos autos no hubiesen chocado) porque el ser humano es un genio para la tecnología pero un total desastre para controlar sus propios defectos. Y estar siempre apurado era uno de los defectos favoritos.

Repentinamente un autovolador hizo un giro brusco y bajó a gran velocidad, yéndose directamente en contra del joven diseñador, quien de inmediato posó su mirada sobre un pequeño poste junto a él, y esto hizo que él respirara aliviado.

Una luz rojiza se encendió en el poste y otra simultánea en el autovolador. Entonces el vehículo se detuvo abruptamente a cinco centímetros del cuerpo del joven Potter, alborotando más aún su melena azabache. Un plof se escuchó dentro del interior del vehículo y una especie de inmensa almohada se infló en el lado del conductor.

- Lo siento - gimió una voz que provenía desde el interior del auto, casi al instante la almohada se desinflaba y dejaba entrever a una joven, quien asomó su cabeza llena de mechones dorados y desordenados por la ventanilla abierta del piloto - Es que aún no aprendo a usar bien estos aparatos del quinto infierno -

James se pasó una mano por el cabello, ignorando esa sensación que siempre le acompañaba cuando lo hacía, y aunque su melena no quedó presentable, al menos increíblemente no era el desastre con el cual había estado instantes anteriores.

- A este paso le quitarán la licencia - comentó James colocando sus manos en los bolsillos de su chaqueta.

- ¿Licencia? - exclamó la mujer un tanto despistada, quedó unos segundos en silencio, como si analizara la palabra de miles maneras posibles y luego finalmente reaccionó - ¡Ah! ¡Sí! Esas cositas brillantes con foto tiesa. Me pregunto si necesitaré ungüento para calmar el dolor de la espalda -

James no tenía la más remota idea de qué tenía que ver dolores físicos con una foto.

- Bueno, no hubo heridos - James dijo señalando al poste que seguía emitiendo la luz rojiza manteniendo así al auto sin hacerle ningún daño - Nuevamente gracias a estos aparatos del sexto infierno -

-...lín! - murmuró casi inaudible la rubia - Y yo que pensaba que eran sólo cinco -

James la miró unos instantes fijamente. Sus mechones dorados casi sometidos por un palillo chino negro, algunos mechones rubios se escapaban de la prisión, formándose bucles que al joven de pronto se le antojaron tentadores; y sino fuera por esa semisonrisa de chiquilla descubierta en plena travesura entonces James la tacharía de loca. Incluso le recomendaría a su psicóloga.

Una extraña sensación se posó en la boca del estómago del joven diseñador. Ahora su vida estaba limitándola a el mundo está lleno de cuerdos y locos. Él negó con la cabeza y se despidió con un ademán de la rubia alocada quien le despedía entre gritos de admiración, como si él fuese una estrella de cine digital.

«Quizá el mundo está lleno de locos y por eso la psicología es la carrera del siglo» pensó James encogiéndose de hombros. Inconscientemente había decidido conducir en su vehículo por el otro lado del edificio, para esquivar el tráfico aéreo pesado de la avenida principal (de paso evitaba a otra loquita en el camino) y también él pensaba en llamar a su departamento para averiguar si su hermana-pelirroja-fastidiosa-favorita le ha dado por cocinar, y si así era entonces pasaría comprando algo que sea comestible.

James creía firmemente que Ginn debería dejar de incendiar su cocina cada vez que se mete ahí. Parecería que ella no está nada acostumbrada a los aparatos electrónicos de su departamento. Si todo es cuestión de presionar botones o incluso en el peor de los casos, activar las órdenes por medio de la voz. Tanto ella como Nie están registrados en la base de datos de su departamento.

Él se sobó la parte de atrás del cuello, descubriendo que nuevamente esa presión en el mismo había casi desaparecido, como afortunadamente siempre le pasa luego de cada una de sus sesiones psicológicas. (Quizá si le comentaba este detalle a su psicóloga, ella reconsideraría las citas diarias)

James buscó entre sus ropas unas gafas obscuras y puso las manos en los bolsillos de la chaqueta de tela jeans que portaba. Dio unos pasos para ir en busca de su vehículo cuando de pronto, como aparecido de la nada, chocó contra una persona.

«Cuándo demonios le insertarán chips a las personas para que no se choquen» pensó fastidiado el diseñador desde el piso del edificio.

- ¿Por qué demonios no se fija por dónde va? - cuestionó la masculina voz en un claro tono de irritación. James hubiese deseado fulminarlo con tan sólo una mirada.

- Me parece que es otro el despistado - replicó con dureza el diseñador mientras se levantaba antes que el otro.

Lo primero que James reparó al verlo fue en una agresiva cara, nada agradable y que le provocó una extraña sacudida en la boca del estómago. De inmediato reparó en el piso donde estaban regados un montón de libros referentes a análisis mentales que el tipo portaba (Con razón, tremendo suelazo que se dio) lo cual delataba su profesión al instante.

«Genial, mi vida rodeándose de loqueros» James apretó los dientes, sus ojos claros brillaron en una extraña señal de guardia, aunque el otro no pudiera verlos.

- Yo le he visto antes - declaró el hombre, recogiendo con brusquedad sus libros, sin despegar sus ojos de la frente del diseñador - Tiene cara de farsante -

Generalmente James no es un buscapleitos (claro está, obviando sus años de estudios de diseño y su época de vivir con los Dursley, aunque más parecía que James era un imán para los problemas) pero un tipo loquero salido de la nada le dice farsante (¡Cómo detesta ese apelativo! Entre otros)

- Y usted tiene cara de haber extraviado su cerebro - James replicó mordaz pasando junto a él, haciendo lo posible e imposible por tratar de ignorarlo.

- ¡Ya lo recuerdo! ¡La doctora Granger! ¿No? ¡Departamento Hache! -

«La doctora Granger» Para James, el tiempo desde que se detuvo hasta que se volvió hacia el hombre fueron horas, aunque no le habrá tomado ni dos milésima de segundos girar sobre sus talones. «¡Granger!» La palabra resonó en su mente, abriéndole un montón de sensaciones que lo paralizaron totalmente. El palpitar insistente en su pecho se volvió doloroso, un nudo extraño le permitía respirar con facilidad. De pronto él en su mente le quitó a la psicóloga sus lentes redondos y le soltó el cabello, llenándolo de rizos, rodeada de decenas de libros, quizá colocándolos como una muralla alrededor de su vida, para que nadie entrara en ella. Físicamente era ella. Tenía que ser ella.

- ¡Smith! - se escuchó una voz fémina en claro tono de reproche - Estás violando el código de ética, artículo 60 inciso eme, sobre desvincular relaciones personales del tratamiento profesional -

El rubio miró duramente a la joven, quien abría el bolso que ella portaba y de inmediato sacaba del mismo un grueso libro titulado «Medicinas tomadas antes del medio día en caso de esquizofrénicos» y se lo extendía, para claramente devolvérselo-

- Tienes que leerlo - replicó Smith irritado, apretando los dientes e ignorando la mención del artículo anteriormente enunciado por la joven.

James se sintió un tanto mareado, revuelto en un montón de sensaciones. Por un lado tenía unas enormes ganas de destrozarle la cara al rubiecito de pacotilla, por otro lado no se atrevía a mirar a la doctora Granger. Y una sensación de miles de dagas en su nuca comenzaron a atacarle.

- No estoy bajo tu jurisdicción - replicó la mujer firmemente - Soy independiente. En t.o.d.o. -

- Sólo trato de defenderte. Nuevamente estás… - La joven ignoró totalmente al rubio y se volvió a su paciente.

- Señor Potter, debería estar descansando -

James sintió la familiar sensación de dos brazos envolviéndose alrededor de su cuerpo, una cabeza descansando en su espalda. Por primera vez en esos extraños instantes de emociones se volvió hacia su psicóloga, clavando sus claros ojos en los castaños orbes de ella a través de las gafas obscuras. La expresión de la psicóloga era la misma que si le hubiesen preguntado si el día de ayer llovió en la ciudad.

Físicamente se parecía a ella. Pero ¿qué había más allá de la apariencia?

Nada.

Absolutamente nada.

James no sentía nada en su mirada. No había una preocupación personal. Sino ella más bien tenía el mismo semblante con el que le hablaba a todo el mundo. James encontró muchas carencias en las facciones del rostro de la psicóloga. Y lo siguiente que se cruzó en la mente de James fue una idea tan desolada que le costó bastante expresarla en voz alta

- Tú no eres Hermione -

A James le ardía la cabeza, sentía que todos sus sesos querían escaparse abruptamente. El dolor del pecho no desaparecía y le estaba costando un poco caminar, tanto así que sintió como metal al rojo vivo penetrando en su piel cuando un hombre (salido quien sabe de dónde) le agarró del hombro.

- ¿Se encuentra bien? -

James no dio respuesta. Sintió que la cabeza iba a explotarle. La visión se le volvió borrosa y no lograba distinguir el rostro del hombre que lo sostenía con firmeza. Tuvo que forcejear un poco para liberarse del hombre, quien parecía no querer dejarlo ir.

- No puede andar bien - insistió el hombre volviendo a agarrar a James del hombro, quien reaccionó irritado y lo empujó con fuerza. No la suficiente para hacerlo caer, pero sí demasiada para darle a entender que no quería que le pusiera ni un dedo encima.

- ¿Ahora entiende? Doctora Granger - James escuchó a lo lejos hablar al rubio de pacotilla - su paciente necesita terapia intensiva, por mi lado le diagnostico medicamentos cinco veces al día, electroshock...

- ¡Cierre la boca, Smith! - recriminó la mujer.

- Yo puedo ayudarle, hay que llevarlo de inmediato a una clínica - observó alarmado el otro hombre queriendo agarrar a James, quien parecía desfallecer, pero aún así se negaba claramente a que siquiera le rozara. El diseñador no creía poder soportarlo. El estómago se le revolvió y sintió unas horribles náuseas. También se sintió terriblemente irritado.

- ¡Déjenme en paz! - masculló James fastidiado escuchando a lo lejos las advertencias del rubio sobre su estado peligroso - No soy el roedor de experimentos. ¡Me largo de aquí! -

- Señor Potter, hágame el favor de dejarse de estupideces - le recriminó la psicóloga frunciendo el entrecejo

James sintió una extraña sensación invadirle el cuerpo cuando el otro hombre tomó del brazo a la doctora y le habló con una formalidad impresionante.

- La he estado buscando - dijo el hombre - Ya nos conocíamos antes ¿No? -

- No, lo siento, no creo recordarlo - dijo la mujer intentando suavemente soltarse.

James se sintió más extraño aún y llegó a la conclusión que no tenía nada que ver en ese asunto. Potter reanudó su camino hacia su autovolador aunque a duras penas lograba distinguir siquiera el pasillo de la pared. Las imágenes se volvían borrosas y la cabeza le ardía.

- Fue hace algunas semanas atrás, quiero hablar con usted - insistía el hombre - Mi nombre es Verl... -

- Lo siento, pero no, gracias - la joven se le soltó un tanto brusca - En otra ocasión será, ahora no -

- Pero necesito hablarle - James comenzó a caminar lo más rápido que podía, intentando alejarse aunque los pies se le volvieran de cemento - Usted es una especialista, debería atenderme -

- Primero debe concretar una cita - ella recalcó dura y firmemente - Ahora, si me disculpa, tengo otros asuntos que atender -

James sintió que ella iba detrás de sus pasos, aparentemente ella no estaba escuchando los gritos del rubio llamándola. La mente del joven estaba revuelta aunque conforme se acercaba más a su autovolador, más se aceleraban los latidos de su corazón.

Casi tropezando James se saltó el camino eléctrico y se dirigió al lado derecho de su vehículo azul marino. Apenas podía respirar cuando puso la mano derecha en el autovolador y la luz infrarroja pasó alrededor de su mano.

- Señor Potter - escuchó James a sus espaldas y apenas giró la cabeza para ver de quién se trataba, descubriendo así a una joven con el cabello completamente recogido que usaba lentes redondos y portaba un bolso. Ella le tomó del hombro y comenzó a analizarlo silenciosamente.

"Alerta: Se ha detectado temperatura corporal no acorde al medio ambiente, sudoración fría" se leía en la puerta del vehículo.

De inmediato un par de cuerdas salieron del vehículo apenas abrió la puerta y se enroscó alrededor del joven diseñador... y de la joven doctora.

Continuará...


Notas finales: A los siglos que vengo a actualizar esta historia. Gracias a Hibari por nunca, nunca perder la fe en que terminaré todas mis historias. Ahora me verán más a menudo. Y lamento lo corto del capítulo, estoy retomando la historia y tengo que colocar con cuidado los detalles. Comienza a tomar forma el por qué y hacia dónde va.

Harry Potter y Hermione Granger pertenecen a la escritora Jo Rowling, la causante de que pase parte de mi existencia escribiendo ficts (principalmente sobre estos dos), todo lo escrito y utilizado es hecho sin fines de lucro, sólo con el mero objetivo de entretener (y de unir más partidarios al ya saben qué n_n)

Harry cruzó el sombrío piso, se encaminó hacia el tirador de la puerta, que tenía forma de cabeza de serpiente, y abrió la puerta.

Echó un breve vistazo al tenebroso techo de una habitación con dos camas; entonces, se oyó un fuerte ruido, seguido por un chirrido aún más potente, y su visión quedó totalmente oscurecida por el espesor de una gran cantidad de pelo. Hermione se lanzó hacia él en un abrazo que casi le desinfla, mientras la minúscula lechuza de Ron, Pidwidgeon, pasaba zumbando excitada, una y otra vez, alrededor de sus cabezas.

Harry Potter y La Orden del Fénix, Capítulo 04 Número 12, Grimmauld Place, Págs. 334 - 335