- Prólogo capítulo 1 -

Siddharta, conocido históricamente por Buda, el Iluminado, nació en la India hacia en el 563 a.C. Cuenta la leyenda que su madre durante la gestación soñó que daba a luz a un elefante blanco, lo que fue interpretado como signo de buen augurio.

La reina tuvo a su hijo en un bosque acompañado de sus cortesanas. Dicen que nada más nacer, Siddharta se puso en pie y les habló. Tras morir su madre seis días después del parto, al difunto Rey le fue dicho que su hijo sería un profeta, a lo que respondió criándole dentro de los lujos de palacio, aislándole de la crudeza del exterior para evitarle sufrimiento y perderle.

Creció dichoso, se casó y tuvo un hijo, pero fueron tres las visiones que le cambiaron para siempre: vio un anciano, un enfermo y un cadáver, cuestionándose sus valores, lo que era la muerte y el padecimiento.

- Capítulo 1 -

Cuenta la leyenda que cuando la reina Mahamaya supo que daría a su reino un heredero las visiones no dejaron de invadirle; sueños en los que un elefante blanco se fundía con ella en un solo ser. Muchos la tildaron de loca. Algunos, sin embargo, albergaron la esperanza. Nuevos cambios se avecinaban.

Y llegó el día en que la llevaron a los bosques lejos de palacio para que diera a luz como la tradición mandaba. Diez cortesanas la rodearon en una jaula de la más fina seda, construyendo una prisión de vivos colores y suaves texturas en la que se sometió a un trance dulce y doloroso, recitando palabras a las presentes desconocidas, a lo que las doncellas respondieron con silencio y discreción.

Dicen que la hermosa Mahamaya supo que traería al mundo a un príncipe, el cuál llevaría felicidad al reino, pero a la vez desgracia. Y que por semejante desagravio a los dioses, ella tendría que morir y pagar con su vida el pecado de concebir a aquel que obtendría las respuestas.

Aquel niño nació en el sagrado suelo de la India. Siddharta fue su nombre, y sabio se mostró nada más respirar el aire húmedo y tibio de su mágica tierra, cuando habló de pie a los que atónitos presenciaron el acontecimiento.

Kabitah no tuvo esa suerte. No había para ella mujeres que la acompañaran mientras afrontaba sola el momento del parto, ni cortinajes de seda ni bosques encantados. Sólo el mismo aire tibio cargado de miseria que seguía encerrado en los valles surcados por el Ganges, divino río encuentro de karma y ciclos que la mano humana no podía romper.

Milenios y estatus separaban a las dos mujeres, pero un mismo destino las unía. A Kabitah la aislaron por demencia, pues una voz resonaba en su mente sin descanso desde hacía meses. No sabía si quería ese hijo, tan sólo guardaba una esperanza. Quizás pronto llegaría su descanso si esa voz la dejaba en paz.

Albergas en tu seno el fruto de la discordia de los Dioses. Darás a luz un varón, pero no será hijo para ti. No serás madre para él. Dándole cabida en tu vientre has cumplido con tu deber. El elegido él es.

Se aferró a los muros llenos de podredumbre de aquel callejón en mitad de la nada, presa del pánico y de las insoportables contracciones fruto del agudo sufrimiento que padecía, sintiendo cómo se rompía por dentro.

Entre gritos y lágrimas, soledad y pauperia, nació el varón. Un niño que se limitó a permanecer de pie en una horripilante estampa.

Su piel armiña resultaba extraña entre las teces oscuras de los miles de congéneres con los que convivía. Pero al igual que extraña era la del niño, lo era la suya, blanquecina, incorporando cabellos claros, se podría afirmar que rubios, y ojos verdosos. ¿Cómo iba a saber la pobre mujer, condenada al analfabetismo de las masas, que descendía de la casta guerrera de los arios, llegados de las llanuras de la actual Rusia hacía ya más de 2500 años?

Dos milenios y medio. Justo el tiempo que separaba ambos alumbramientos.

Al ser su piel clara, no fue eso sólo que más le horrorizó del niño brotado de su carne, sino el que permaneciera inmóvil como una pequeña estatua creada para ser venerada, con sus ojos cerrados y su boca impasible, sin lloros, sin quejidos por el cambio de medio que estaba inevitablemente ligado al nacimiento.

No serás madre para él. Le entregarás a los monjes, que siguiendo el Dharma (1) sabrán reconocerle.

Y así, sintiendo que su dolor mortal como madre no podía hacer frente a lo que la grave voz masculina le decía, corrió con él en brazos hasta las puertas mismas del Templo que reinaba en las cercanías. No era un palacio, pero las paredes eran igual de altas e inaccesibles.

Allí le dejó, como Mahamaya hizo al morir seis días después de traerle al mundo. En cuanto salió despavorida del lugar, sintió como se le esfumaba la vida entre los dedos.

Pero la voz ya no le turbaba, porque ahora aguardaría, y hablaría a quién correspondía una vez ya en mundo firme.

Cuando llegara el momento la voz llegaría a aquél a quienes los monjes acogieron con discreción, conscientes de que la nueva encarnación había llegado. Uno de ellos, el más anciano, sostuvo al pequeño entre los brazos, manchándose por los restos de sangre que aún le recubrían; con gesto calmado y paciente como sólo un sabio podía tener, buscó en su piel una señal divina que hiciera realidad la profecía estudiada en los antiguos textos a lo largo de todos sus años entregados al monasterio.

Respiró con cierto alivio al distinguir en la espalda del recién nacido una marca que resaltaba entre lo blanco de su cuerpo.

- Es la flor del loto.

Todos los presentes entraron en silencio nuevamente en el monasterio, y se apresuraron a entonar los cánticos pertinentes. El día prometido había llegado, el Iluminado había escogido a aquél que más cercano le sería, y éste crecería bajo la protección del secreto en aquel lugar perdido en el norte de la India.

Le acicalaron y le prepararon, dejándole en el suelo al pie del altar donde una gigantesca estatua caoba de Buda vigilaba con mirada recia y vacía. El sándalo inundaba el pesado ambiente, los colores vivos y la luz tenue creaban un ambiente de ensueño, de cuento, de leyenda; tal y como la ceremonia requería.

No importaba quién había concebido al niño, qué vida le esperaba en un principio, o cuál era su familia. Al llegar a manos de los monjes había vuelto a nacer, con un sólo propósito, un sólo destino.

Sería el único capacitado para hablarle. Y al igual que el mismo Siddharta recibió el nombre de Gautama tras alcanzar la verdad del Nirvana, él seguiría el mismo camino. Quedaría inmortalizado por un nombre que inspiraría temor y respeto por partes iguales.

Tú serás el más cercano a los dioses...

Shaka


La vida en Palacio era apacible, y transcurría entre el suave cántico de las cascadas de los jardines ylas hermosas flores traídas de todos los confines de Asia, cultivadas especialmente para deleite de sus ojos.

Bendecido por la belleza, la felicidad colmaba cada ápice de sus días junto a su esposa, Yasodhara, y el hijo varón que ambos acababan de tener. Nada podía romper la armonía que había respirado a lo largo de sus 21 años de vida entre los muros de Palacio... Salvo esos mismos muros que conformaban una barrera que le aislaba del exterior.

Se preguntaba una y otra vez cómo sería aquel pueblo que algún día quedaría bajo su reinado. ¿Sería tan hermoso el mundo como aquel jardín de ensueño en el que solía meditar y pasear?

La morada de Siddharta era privilegiada como ese monasterio que seguía inalterable, año tras año. Uno de los más jóvenes monjes, alarmado, se presentó con todos los respetos ante el anciano que velaba espiritualmente por todos los integrantes de la comunidad.

- Maestro, ya han pasado dos horas...

El venerable hombre le miró, gravemente.

- No debes sentir pesar por ello. Es la carga que el elegido debe soportar en su camino a la Iluminación.

No debía desconfiar de las palabras del sabio, mas se quedó con cierta preocupación. Oía al pequeño llorar sin consuelo en aquella dependencia infinita y oscura sobre el frío e inhóspito suelo. Pero la orden del anciano no podía desestimarse.

El niño, de largos y dorados cabellos, estaba postrado en la piedra; lágrimas cubrían su rostro, con su pálida figura envuelta en una túnica y un voto de silencio sólo roto por el llanto. No había tocado el sencillo cuenco de arcilla donde los demás monjes recibían el poco alimento diario.

Un niño que en su corta vida no había contemplado el mundo ni una sola vez. Quizás por ello reflejaba en forma de lágrimas el pavor que le producían las imágenes que le invadían desde hacía horas, y de las que no era capaz de desprenderse.

Temblaba, sentía frío, y dolor. El dolor de aquellas personas a las que no podía tocar, las cuáles no parecían percatarse de su presencia. Quería alzar las manos, gritar, aliviarles la pena, pero no podía. Se sentía insignificante.

Fue cuando una voz grave y gutural le llamó. Sólo a él. Una voz seria, intimidante, mas era justo el alivio que en ese momento necesitaba.

Shaka¿por qué motivo un niño de seis años se pasa el día sobre el frío suelo de este Templo, abandonado a un llanto sin consuelo?

No se inmutó. No sabía de dónde provenía el llamamiento. Pero al igual que en su mente lo sentía, con ella misma le respondió.

Veo dolor. Sufrimiento. Muerte. ¿Por qué esta gente sufre¿Por qué hay tanta miseria?

Su universo era oscuro, pero por alguna razón arrastraba consigo aquella visión desde hacía días. Niños como él, mujeres y hombres adultos, algunos ya ancianos, otros en plena juventud, se arremolinaban en torno a las calles, cubiertos de una luz ambarina que distorsionaba la escabrosa realidad que contemplaba. Veía en ellos hambre, desasosiego. Veía los cuerpos huesudos introducirse en las sagradas aguas del Ganges en busca de una última purificación.

La muerte es parte de la vida. Es un estado necesario para mantener el orden del universo. No debes temerla. El dolor forma parte de la naturaleza humana. Por ello tienes que comprenderlo, y secar esas lágrimas que te atormentan. No debes ceder a la tristeza, sino sentirte afortunado, porque has sido tú al que he escogido.

No se movió un ápice, pero aquel mensaje logró sacarle del trance en el que estaba inmerso para adentrarse en otro que le cambiaría radicalmente la vida.

¿Elegirme... a mí¿Para qué¿Quién eres?

Demasiadas preguntas que se atropellaban. Afortunadamente, todas obtendrían pronto respuesta.

Por muchos nombres me conocen... Gaütama, Bhagavä, Annutara... Pero de entre todos ellos, por uno soy reconocido entre gran parte de las almas que pueblan el mundo terrenal que tú ahora pisas. Ellos me llaman el Iluminado. Me llaman Buda.

Se quedó estupefacto, algo en su pequeño ser le decía que estaba rozando el límite de la cordura, donde ésta pasa a ser demencia.

¿Buda? Es imposible. Y si lo eres¿por qué hablas conmigo?

Era de todas sus preguntas la más lógica y necesaria.

Porque llevo mucho esperando tu llegada. Tú eres especial, porque has nacido con un don que te hace distinto del resto de tus contemporáneos. Eres el vínculo que me une al mundo que una vez conocí, y a la vez, tienes la cualidad en tu interior para poder entrar en el mío. ¿Lo entiendes, Shaka?

El niño atendía, confuso, aturdido.

Es normal la turbación que ahora sientes. Has sido tocado por la luz, y de ti depende que sigas avanzando en el camino hacia tu Iluminación. Yo te velaré, acudiré a tu llamada cuando me necesites. Sólo tú podrás comunicarte conmigo a través del hilo que nos une entre la tierra y el cielo. Porque yo soy tus ojos, y tú serás los míos. Verás en tu mente todo lo que necesites conocer del mundo que ahí fuera espera, y al que algún día acudirás, puesto que aunque siglos separan mi andadura de la tuya, el dolor y sufrimiento humanos, la esencia de su existencia, sigue siendo la misma. Por ello, no debes ver lo que te rodea por ti mismo, puesto que es en tus ojos donde reside la puerta al plano espiritual donde yo me hallo. Cada vez que así lo hagas, no serás solamente tú quien verá, también así yo haré, y los efectos de nuestra fusión serán inimaginables en poder. No lo olvides, destrucción y vida van íntimamente ligados. Esa será... tu máxima responsabilidad.

Tal y como había surgido, la voz se esfumó. Le llamó, presa de un terrible y repentino sentimiento de soledad.

¡No me dejes¡No me dejes!

Con las manos extendidas hacia la oscuridad, intentaba alcanzar algo etéreo, sin proveniencia definida. Volvía a estar en medio del inalterable silencio, sólo roto por los ecos de su agitada respiración.

Nuevas imágenes se sucedieron ante sus ojos aparentemente ciegos.

Primero vio un anciano. Analizó su débil cuerpo, las manos huesudas, la mirada oscura y penetrante, indescriptiblemente triste. Su larga barba grisácea, las piernas demasiado enclenques como para sostener la totalidad del peso, aunque éste de seguro era liviano.

Y el llanto de Shaka cesó, puesto que toda atención, toda energía que daba vida a su diminuto cuerpo, quedó concentrada en una tarea: captar y asimilar cada parte de lo que la voz nuevamente transmitía.

Todos los seres ven como sus vidas llegan poco a poco al ocaso, por igual experimentan el proceso. El cuerpo marchita, es un hecho irreversible.

Tras ello, Shaka vio a un moribundo, otro hombre débil, con signos en su rostro fatigado que denotaban el estar padeciendo diversas dolencias y sufrimientos.

La enfermedad nos toca a todos, nos recuerda lo frágil que la vida resulta, cómo ésta puede ser minada por miles de circunstancias, diciéndonos que no somos nada frente a las corrientes del universo.

Y finalmente vio un cuerpo ya sin vida. Inerte, inmóvil. Y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas

Por cada vida hay una muerte, Shaka. Desde el momento en que nacemos, comenzamos a morir. Avanzamos en nuestro camino por la luz, pero en verdad, lo único que hacemos es acercarnos a la oscuridad, hasta que ésta nos envuelve. Y su significado... Eso habrás de descubrirlo tú solo... Algún día lo comprenderás.

No esperó más respuestas. A su vez, no hizo más preguntas.

Él no podía saberlo, pero pasarían años hasta que volviera a encontrarse con aquél que le había abierto las puertas hacia un mundo intangible al que el propio Shaka pertenecía en una comunión perfecta.

Volverían a encontrarse cuando él madurada las capacidades innatas con las que había llegado al mundo terrenal. Hasta entonces, Él esperaría. Unos años mortales no significaban nada en la plenitud del espacio tiempo, los cuáles dedicaría a observar con detenimiento su evolución.

Fue cuando el pequeño semidiós se incorporó, una energía le atravesaba, recorriendo cada centímetro de su piel, electrizando cada uno de sus poros. Concentrado se sentó con la espalda erguida, la vista ciega al frente, las piernas enlazadas, las manos descansando sobre su regazo.

Y meditó.

Soy un ser vivo. He nacido, crezco, seguiré creciendo, hasta alcanzar la madurez. Pero lo que mis semejantes denominan desarrollo, no son más que etapas en el camino que nos conduce al final. A cada minuto, a cada segundo nos acercamos al mismo. Estoy vivo, y por tanto, moriré. Pero... ¿Qué es la muerte?

Esa sería una pregunta... A la que tardaría más dos décadas en poner solución.


Los cinco sentidos envolvían la percepción del hombre en el mundo terrenal, incluso en aquel monasterio budista perdido en el norte de la península de Bengala.

La vista quedaba deleitada con las ricas representaciones de las divinidades, todas ellas en vivos colores a veces extenuantes e irreales, sumergiendo al espectador en un paraje de ensueño y fantasía.

Un fuerte olor a sándalo quemado permanentemente calaba hasta lo más profundo de las maderas y los telajes, impregnando cada partícula del lugar con su esencia.

El oído se regocijaba con las voces que recitaban textos en sánscrito, implorando por aquellos que debían ser guiados en pro de la búsqueda del verdadero camino.

Olfato. Oído. Gusto. Tacto. Los cuatro medios con los que el joven al que todos temían se comunicaba.

Permanecía largas horas en la misma posición, meditando, sin que nada ni nadie pudieran sacarle del continuo trance en el que levitaba. Pero esa mañana había que buscar un modo de hacerlo.

Un monje ataviado con las vivas túnicas rojizas apretó el paso, procurando que el eco no creciera hasta hacer su presencia aún más notoria. Sintió un escalofrío. Recordaba perfectamente el día en que el niño había llegado, cómo todos los sabios habían visto cumplidas las profecías, y en silencio le había visto crecer.

Le observó. Ya debía tener catorce o quince años. No recordaba haber escuchado en todo aquel tiempo su voz, o siquiera su presencia entre los demás integrante de aquella aislada comunidad.

Era como la estatua viviente de una divinidad a la que debían respetar, venerar y cuidar. Sin revelar su paradero.

- Hermano, el anciano se encuentra en su lecho de muerte, y ha pedido verte. Todos rogamos que cumplas su deseo.

Aguardó a una distancia prudencial sin apartar los ojos del suelo, intimidado por el aura que manaba del joven de cabellos rubios como la mañana. Tragó saliva cuando le tuvo a su lado y por vez primera le escucho.

- Condúceme ante él.

Asintió en precipitado gesto, incorporándose para emprender camino con prisas más que justificadas. Atravesaban el Templo decorado con mil y una escenas y divinidades, las cuáles observaban recelosas al elegido.

Brama, Shiva, y Visnú no se dejaron intimidar desde su sagrado panteón. Sus ojos aparentemente vacíos parecían seguir su paso colmado de porte y elegancia.

En una amplia sala descansaba el cuerpo moribundo del viejo, rodeado de todos los hermanos de la pequeña comunidad budista. Los sutras (2) no cesaban, preparando su alma para al fin poder dar el siguiente paso en el karma y acercarse cada vez más a la culminación.

Los cánticos cesaron al llegar él, y todos sintieron la tremenda energía que emanaba de aquel cuerpo de tan finas y delicadas proporciones.

- Dejadnos a solas... - balbuceó el anciano, más aferrado ya a la muerte que a la vida.

Cumplieron su voluntad, y el escogido por Buda se sentó a su lado con los párpados caídos, el rostro sereno y perfecto, dejando la atención completamente centrada en aquel que le recogió cuando apenas unos minutos habían pasado desde que saliera del vientre en el que se conformó.

- La vela de esta vida se agota, pronto la llama será propagada a una nueva y arderá hasta que el ciclo decida. Pero antes de que llegue el momento, quiero entregarte algo.

Las manos ásperas y huesudas tantearon hasta dar con las suaves y jóvenes, dibujando el contacto un rictus de asombro en los labios del elegido. El calor humano era del todo desconocido para él.

- Ha pasado de mano en mano durante diez generaciones en este Templo. Así ha sido con un único propósito: que llegara hasta ti.

Depositó en las tiernas palmas un rosario de ciento ocho cuentas, todas ellas labradas y pulidas, perfectas, sintiendo el destinatario un escalofrío.

- Sólo a ti pertenece, sólo tú encontrarás el uso adecuado que darle. Ahora que ya lo has recibido, puedo dejar esta vida con la conciencia tranquila...

Y las manos del viejo, aún sobre las suyas, quedaron inertes. Sintió la muerte de cerca, se empapó de ella, maravillándose por la serenidad que la había envuelto en esta ocasión.

Quedó inmóvil arrodillado ante el cadáver, y los monjes acudieron a envolverlo en telas del blanco más puro, color de luto, signo de dolor momentáneo por la pérdida, pero también de alegría por el que había ascendido un nuevo peldaño en la escalera de la reencarnación.

Mientras oía los rezos funerarios repasó la textura de las cuentas, las contó como en un ábaco, y una intensa sensación de poder y responsabilidad le embargó.

¿Qué significaba aquel presente?

Ya lo tienes en tus manos.

Shaka se sobresaltó. Había pasado casi ocho años.

- Hermano, por favor, retiraos hasta que hayamos ultimado los preparativos de la incineración.

Asintió, y tras volver sobre sus pasos cerró tras de si las pesadas hojas de la puerta que delimitaba aquella sala, en donde pasaba la mayor parte de las horas del día. Sólo él, sólo el silencio.

Solos los dos.

Necesitaba volver a oírle.

¿Qué has querido decir¿Qué es esto que porto, tanta importancia resuma que acudes a mí cuando ya casi te había olvidado?

Mentía. Era imposible condenar al olvido aquella serenidad que había experimentado. El consuelo, la luz que por unos momentos le envolvió, y en la que pensaba con ansia jornada tras jornada.

La impaciencia sólo resultará un obstáculo en tu progreso. Debes ser sereno, como las rocas contra las que el mar se estrella, como la hierba que se deja mecer por el viento. Dime, Shaka¿ya has comprendido lo que entraña la muerte?

Pensó en las visiones que había seguido teniendo. Pensó en el anciano, en sus manos frías, y en la paz tangible que envolvía su aura.

La muerte es un estado más que nos supone abandonar lo conocido. Algunos la afrontan con miedo, otros con esperanza, y en esas expectativas se puede medir el dolor con el que hacia ella se parte.

¿Cómo afrontarás tú la muerte?

Aún soy joven, no he de preocuparme por ello.

La muerte no distingue entre niños y viejos, ricos y pobres, santos y diablos. Tú por tanto no quedas exento. Piensa en ello, porque eres mortal, y algún día la vida como tal se apagará. Como prueba de ello... Voy a mostrarte algo.

Aquella sensación volvió a envolverle. Se sintió deshacer en la materia, romperse en miles de partículas y formar parte de una realidad que surgía frente a sus ojos, vírgenes de mundo.

Lo vio, nítido. Pudo aspirar el aroma dulce, sentir la brisa que acariciaba su rostro. La inmensa paz de un prado interminable coronado por una loma, y una luz cegadora que le embriagó, atravesándole el alma, grabándose con fuego la magistral silueta que ante él se mostraba. Dos figuras perfectas, idénticas, impermutables.

Se vio a si mismo con los labios entreabiertos y una presencia a su lado, la cuál, pese a no ser visible, pudo identificar.

¿Los ves, Shaka? No los olvides, porque será ahí donde conocerás tu muerte. Donde yo la encontré...

- Donde yo... - repitió, en una mezcla de fascinación y pavor.

En aquella magistral ilusión un feroz viento agitó sus cabellos, impidiéndole la visión. En la realidad seguía en aquella sala insondable, absorto en lo que la otra dimensión a la que se había entregado le revelaba.

No olvides lo que te he dicho y mostrado... Sólo cuando comprendas el sentido de tu muerte serás digno del nombre que llevarás.

Y de nuevo, la nada. Había desaparecido, dejándole solo e inquieto. Sin poder apartar de sus pensamientos aquella declaración que le convertía en una criatura más, frágil y efímera.

Supo pues que tenía un objetivo al que encauzar su vida: encontrar la ubicación de su tumba y los misterios que la rodeaban.


(1) Dharma: conjunto de enseñanzas que Buda legó al mundo.

(2)Sutras: cánticos mortuorios budistas.