Notas iniciales: He vuelto a este fandom, en verdad les agradezco infinitamente por el apoyo que tuve por mi primer fict, El amor ideal. Fue un inmenso gusto el redactarlo, y anhelo con muchísimas ganas que éste les sea igual de agradable. En esta ocasión le daré mayor participación a Arnold. Existen por ahí unos detalles fuertecitos, por ello el rating está subido.

Comentarios pueden dejarlos con todo el placer del mundo en el precioso review.

Y es justo admitirlo: Se me alborotaron las ideas para ficts de Hey, Arnold, luego del especial Agridulce que dieron en Nick (Otra maratón, please!)


El mayor milagro


Si alguien me lo hubiese dicho cuando yo tenía 8 años... simplemente lo hubiese tomado como un absurdo más.

En realidad jamás imaginé que terminaría de esta forma.

¿Así fue como ella se sintió, por tantos años? ¿Acaso esta es la fuerza del amor?

Arnold sonrió para sí mismo mientras veía a la rubia joven sentada bajo el árbol mientras recogía sus piernas y las abrazaba. Una actitud simplemente tierna.

– ¡¿Qué tanto miras?! ¡Por si no te has dado cuenta, estoy que me muero de frío! – replicó Helga.

Claro que aún hay que trabajar con sus arrebatos pocos delicados.

¡Nah! Igual es Helga. Así la conoció y así aprendió a amarla.

– Así que mi dama tiene frío – murmuró Arnold sentándose junto a ella.

Helga no pudo evitarlo. Su forma de mirar cambiaba totalmente al tenerlo cerca, es que cada segundo parecía saborear la dicha de que no existían más falsedades entre los dos. Ella simplemente lo adora.

– Mucho, mucho frío – murmuró ella abrazando más sus piernas en una actitud de niña desolada y desamparada.

– Si quieres voy a ver un grueso abrigo dentro de la tienda de campaña – comentó Arnold colocando sus manos entrelazadas detrás de su nuca.

Helga bufó resentida y aparentemente enojada. Colocó una mano en el pasto para apoyarse y levantarse, pero apenas sintió el frío pasto bajo su palma, el contraste del calor de la mano de Arnold estaba sobre ella.

Pronto Helga sintió cómo Arnold la rodeaba con el otro brazo y suavemente la obligaba a recostarse sobre su pecho, mientras seguía hablando:

– Aunque mejor está el mirar las estrellas ¿No? No creo que quieras perderte este espectáculo.

– No, para nada – respondió Helga en casi un suspiro mientras recargaba su nariz en el cuello del joven, logrando de esta manera aspirar el aroma varonil y fresco que siempre emanaba.

El corazón de ella palpitaba cada segundo con mayor rapidez, sentir los varoniles brazos envolverla en una extraña mezcla de ternura y posesión arrebatada, saber que cada pensamiento que cruce por su mente es por ella y para ella.

Helga sintió sus ojos humedecerse, aún en contra de su voluntad, porque ella detestaba verse como la indefensa doncella. Pero no podía evitarlo, no lograba retener por más tiempo sus lágrimas. Y obviamente Arnold se alarmó al verla.

– ¡Helga! ¿Qué te ocurre? ¿Fue algo que dije? – preguntó al instante – Sólo fue una pequeña broma, no quiero que te pongas así.

Helga se apartó abruptamente de Arnold mientras se pasaba con cierta rabia las manos por los ojos.

– N... no.. No eres tú... Es que... es que solamente... es... si... s... simplemente – Helga apretaba sus propias manos, como si aquello fuera vital para no tartamudear más de lo que ya estaba.

Arnold tomó el rostro aún lloroso de ella entre sus manos.

– Tranquila – le murmuró lo más sutil que pudo.

Inexplicablemente esto provocó que dos gruesas lágrimas volvieran a humedecer el rostro de la rubia.

– Es que... – Helga aspiró profundamente aire y apretó los dientes. Tentada estaba a bofetearse para armarse de valor, pero al instante recordó otra forma de relajarse para hablar más pausadamente. Con determinación ella deslizó sus manos por encima de la camisa de Arnold, como palpando su realidad – Sólo quería decirte que soy muy feliz. No creo poder comparar en mi vida algún momento tan perfecto como este instante.

Arnold simplemente la atrajo a su rostro provocando que sus labios tuvieran un breve encuentro.

– Cada segundo que pase será mejor que el anterior – replicó Arnold.

Helga cerró los ojos permitiendo que aquellas palabras danzaran en el fondo de su alma y quedaran grabadas ahí por siempre, junto a la declaración de amor que él le había profesado hace dos años atrás.

La rubia se recostó en su pecho, notablemente más calmada.

No fueron necesarias más palabras para que Helga le dijera lo que sentía en realidad. Arnold aprendió en todos esos años a leer su alma y sus sentimientos.

Helga es frágil, a pesar de lo que siempre quiere aparentar. Ella, contrario a lo que todo el mundo pensaría, se derrumba con facilidad y cae en las garras de la ira e impotencia, pero su forma de desahogarse es con gritos, reclamos sin sentidos.

Bueno, a estas alturas de la vida Helga ya no golpea a Braine porque se aparece a sus espaldas. Arnold la convenció de ello, pero el propio rubio debía admitir que su extraño compañero de vecindario sí exaspera con su actitud. (Sin embargo Helga enfrenta otros conflictos y no es bueno que se desquite con el primero que se le cruce en su camino)

Arnold sólo esperaba que esta pequeña escapada que se dio con su enamorada le sea de sumo provecho. Un día más en su casa y Helga hubiese sido capaz de armar maletas e irse a otro continente.

Los padres de Helga no podían comportarse de una forma más bestial porque simplemente parecía que no existía.

Cualquiera diría que es exageración de Helga, sin embargo las pruebas hablan por sí solas: Bob la ignora extraordinariamente. Y Miriam prácticamente considera a Olga como su hija única. Entre Helga y su madre nunca se formó una confianza debida y parece que a Miriam ni le interesa ello.

Después de 23 años sin alguna muestra afectiva cualquiera explota.

Y Helga explotó.

Aquella mañana del viernes ella mandó al demonio a toda su familia, a su despreocupado padre, a su patética madre, a la imbécil de su hermana... y eso resaltando las palabras más decentes que Helga había dicho antes de querer destrozar todo lo que se encontraba en su camino.

Por ello Arnold se la había... raptado, por decirlo de alguna forma, porque sabía que ella necesitaba alejarse de su familia, reconsiderar sus sentimientos hacia ellos. Y más que nada Arnold sabía que si ahora ella estaba llorando (aún en contra de su voluntad) era porque la conciencia estaba oprimiéndose en el fondo de su alma.

– Si tan sólo... fueran un poco más atentos, menos toscos a la hora de tratarme – dijo Helga.

– No creo que a estas alturas de la vida ellos vayan a cambiar, no al menos que tú comiences a hacerlo – Arnold sabía perfectamente a lo que ella se refería. – A pesar de todo, lo que importa, lo que nos importa, es que no te sientas mal.

Helga se abrazó más contra él asintiendo a sus palabras. Ella no podía hacer más sabiendo que, por milésima vez en su existencia, Arnold tiene la razón. Así lo conoció y así llegó a convertirlo en la persona más importante de toda su vida.

Helga frunció el entrecejo mientras pensaba qué hubiese sido de ella sin Arnold. Fueron sólo segundos en la nada, porque simple y sencillamente ella no lograba imaginarlo.

Al poco sintió cómo Arnold le levantaba el rostro para provocar un encuentro entre sus labios. Helga admitía en su interior que los besos le sabían mucho mejor cuando era él quien los iniciaba, aunque fuera divertido, en tiempos anteriores, ella arrebatárselos en momentos de debilidad.

Claro que los besos que se dieron desde los 9 años eran, en su mayoría, inocentes o accidentales (en realidad provocados por Helga) llenos de desesperación y locura, con tanta entrega y cariño. En nada parecido a los que ahora se brindaban. Obviamente la diferencia de catorce años influye bastante.

Helga no pudo reprimir unas risitas cuando sintió los labios de Arnold sobre su cuello, pero el silencio gobernó sus labios cuando él seguía descendiendo lentamente. No era la primera vez que ambos caminaban en la delgada línea que separa lo que deben hacer y lo que no deben hacer.

Y en esta ocasión estaban totalmente aislados, no en la sala de la casa de Phoebe, tampoco envueltos en la oscuridad de la sala de cine, por lo que lo único que los haría detenerse era la decisión que ambos tomaran. La actual situación era un pequeño detalle que verdaderamente Arnold no había tomado en cuenta cuando la había secuestrado, y la verdad no le importaba. Y parecía que a Helga tampoco.

Aun así... lo mejor era evitar confusiones.

– Si quieres... – Arnold le murmuró suavemente – me detengo.

Helga sintió que las mejillas le ardían fuertemente. Sus siguientes palabras no sería lo que ella diría en su estado normal, sino más bien eran el producto de su loca parte enamorada.

– Lo que no quiero es seguir aquí afuera, estando a las puertas del paraíso.

El rubio asintió levemente y, digno de un caballero, la tomó entre sus brazos y juntos se metieron en la tienda de campaña, que en esos instantes era demasiado pequeña para el amor que los inundaba.

No existió nada más perfecto aquella noche, ni para Arnold ni mucho menos para Helga. Lo acontecido ahí dentro, en esos instantes, quedó entre los dos, como una clara muestra de la consagración de un amor.

Continuará...