Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.

Quiero agradecer a HanaG, Velia y Devi, por sus comentarios.

Y a todas las personas que leen esta historia, muchas gracias.

XXX

Haz que mi cielo vuelva a ser azul.

Sirius caminaba por las calles de Londres rumbo al consultorio de su terapeuta, esquivando el bullicio de la ciudad propio de ésas horas tan tempranas. Percibió el aroma a café recién hecho de un restaurante cercano, y recordó que no había tomado nada antes de salir. Miró su reloj, aún tenía tiempo antes de su cita con el doctor Sayers. Apresuró el paso buscado el origen de ése agradable perfume y tras encontrarlo, ocupó un lugar cercano a la ventana.

Desde su llegada al Londres Muggle siempre desayunaba lo mismo. Y al final como único compañero de mesa, un café negro cargado y sin azúcar. Como si con el amargor de ésa oscura bebida el hombre intentase opacar la amargura que llevaba dentro. El áspero sabor atravesó su garganta al primer sorbo, mientras sus ojos se posaban sobre una pareja que en la mesa contigua se besaba, ignorante de su presencia.

La soledad comenzaba a punzarle, como una espina que dolía cada vez más dentro de su corazón, cuando al amanecer las sábanas eran frías y su cama demasiado grande; su mano amiga, tediosa. Y su propia imagen en el espejo, deprimente. Sintiendo que comenzaba a enfermarse con ésos pensamientos, Sirius dio otro sorbo a su café y se dispuso a pensar en su cita con el terapeuta.

Progresaba en sus terapias. Ahora reconocía su posición y la importancia que tenía en la vida de Harry. El doctor Sayers nunca le prometió que olvidaría la dolorosa experiencia vivida en el pasado, pero sí que aprendería a superarla. Tampoco hubo expectativas utópicas sobre un cambio radical hacia Snape. Era realista y sabía que las heridas muy profundas habían dejado en su paciente cicatrices imposibles de borrar.

Pero Sirius comenzaba a sentirse bien con la condición homosexual de su ahijado y de su mejor amigo, y con las parejas que ellos habían elegido. Y aunque persistía en su corazón la amargura de no llegar a conocer jamás el rostro oculto tras la máscara blanca, había terminado por aceptar que al igual que él, Severus Snape era sólo la víctima desafortunada de ése fantasma que durante tantos años lo atormentara.

El trato entre ambos hombres si bien no era el más cordial, al menos ya estaba ausente de ataques. Pero sabía que ésa tregua culminaría el día que Harry dejara de ser una conexión entre ellos. Previniendo ésa situación, el doctor Sayers le aconsejó como tarea tratar de prolongarla. Y el animago le había prometido hacerlo uno de ésos días, cuando encontrara el momento adecuado para hablar con Snape sobre ello.

La mesera llegó con la cuenta, haciendo que el mago volviera al presente. Mientras pagaba, se percató que en la mesa contigua la pareja ya se había marchado y una dama ocupaba su lugar. La observó durante un largo momento con mirada abstraída. Era guapa, de porte elegante y el animago calculó que tendría algunos años menos que él. Entretenida en revisar unos papeles que tenía sobre la mesa, ella no puso atención a su mirada escrutadora.

-Ésa dama de la mesa de al lado... ¿la conoce? –la mesera se agachó a su altura para escucharlo mejor, y asintió mientras guardaba su propina en el delantal-. ¿Quién es?

-Viene a éste lugar de vez en cuando, y siempre está sola –Sirius asintió, sin dejar de observar a la atractiva mujer. Un extraño sonido agudo se escuchó cerca de ellos y en tanto el animago buscaba su origen la dama se levantó de su lugar, tirando uno de sus papeles sin darse cuenta. Sirius la observó cuando ella caminó hacia la salida del restaurante, la taza de café en una mano y los papeles en la otra-. Como puede ver, es bastante distraída.

-Yo pagaré su consumo –Sirius sonrió con ligereza al tiempo que sacaba un billete de su cartera, sin tomarse la molestia de mirar la denominación-. Y también pagaré la taza que se está llevando –la mesera aceptó el pago y después de observar el billete se retiró para buscar el cambio. Sirius se dio prisa en levantar el papel y alcanzarla cerca de la salida.

-Espere, señorita. Se le cayó esto... ¡por todos los rayos! –al oír que alguien la llamaba la dama dio vuelta con rapidez, vertiendo sin querer el contenido caliente de la taza, sobre el traje azul marino del hombre que la llamaba.

-¡Oh! ¡Lo siento mucho! –mientras ella se disculpaba, Sirius se apresuró a limpiar la fina tela, en vano. La mancha de café se extendió sobre la superficie sin que él pudiera evitarlo-. ¿Lo he quemado? Lo lamento tanto...

-Está bien, no se preocupe. No alcanzó a quemarme –Sirius apartó la mirada de su traje para dirigirla a la mujer frente a él. Y en ése breve instante se olvidó de la mancha. Se olvidó de su cita con el terapeuta... se olvidó de su propio nombre. Los ojos color miel que aún lo miraban apenados parecieron sonreírle. Eran cálidos, serenos, claros. Como una mañana de domingo con desayuno sobre la cama, café con leche y pan recién horneado.

Cuando él aceptó su disculpa, los labios como uvas se curvaron en una sonrisa. Dos pequeños huecos en sus mejillas de ligero rubor acentuaron un rostro armonioso y firme. Tan firme como el cuerpo que Sirius adivinó por debajo del traje color vino. Era una mujer que ya había dejado atrás la primavera, pero que el otoño aún no se atrevía a posarse sobre ella. Belleza distraída y discreta. Y elegante, como una cena a la luz de las velas con una botella de champaña y música suave...

El sonido agudo volvió a escucharse, más cerca de él ahora. Comprendió que se trataba de un aparato Muggle que la dama portaba en algún recóndito lugar de su cartera.

-¡Cielos! ¡Qué tarde es! –la mujer dio media vuelta y caminó deprisa hacia la salida del restaurante.

-¡Espere! ¿Cómo se llama? –ella se detuvo por un momento, y su corto cabello castaño danzó frente a sus ojos cuando le respondió con voz risueña.

-Me llamo Catherine.

-Su cambio, señor –Sirius se disponía a alcanzarla, pero la voz de la mesera detrás de él lo distrajo por un instante.

-Quédeselo –y salió hacia la calle. Buscó con la mirada tratando de encontrar entre la gente la figura elegante de la atractiva dama, pero ésta ya no estaba.

Desalentado, Sirius permaneció sobre la acera, arrugando sin querer el papel que aún conservaba en su mano. Recordando que ella lo había olvidado lo observó, y una sonrisa de aliento se dibujó en sus labios. "Ministerio de Magia" decía en el encabezado. Por ésa razón siempre venía sola. Pertenecía al Mundo Mágico y tal vez sus visitas al mundo Muggle sólo eran de trabajo.

-Catherine... –suspirando, dobló el papel con cuidado y lo guardó en su cartera antes de apresurar sus pasos hacia el consultorio, donde el doctor Sayers ya lo estaba esperando desde hacía mucho rato.

oooooooOooooooo

Draco siempre tuvo presente que algún día, Oliver tendría que saber de su relación con Blaise. Pero nunca deseó que las cosas se dieran de ésa manera. En el interior del carruaje que lo llevaba a Hogsmeade, observaba la esclava de oro que él mismo le comprara al castaño, como obsequio de un aniversario que nunca llegaron a celebrar. Oliver se la había hecho llegar por medio de una lechuza, junto con una nota citándolo en el estanque de los cisnes.

Sus dos nombres grabados uno muy junto al otro hacían obvia una relación más allá de la amistad, y Oliver no era ningún tonto. Draco casi podía adivinar que el moreno estaba molesto. Lo sabía muy bien porque ésa misma molestia ya la había sentido él, la mañana que descubriera el engaño de quien fuera su pareja. Sabía que Oliver iba a hacerle muchas preguntas, y él estaba dispuesto a responder a todas ellas sin omitirle nada. Si había llegado el momento de hablar, lo haría con la verdad.

Dejó aparcado el carruaje para recorrer los metros que lo separaban de su pareja. Lo vio de pie frente al estanque, lanzando semillas a los cisnes. Con el corazón oprimido, redujo la velocidad de su andar cuando llegó junto a él. Oliver siguió con lo suyo sin levantar la mirada, pero Draco pudo advertir que su gesto se endurecía, señal de que había notado su presencia. Reprimiendo un suspiro, se sentó en la orilla del estanque y se dedicó a contemplar su propio reflejo en el agua.

-¿Desde cuándo? –fue la pregunta obligada que surgió de los labios de Oliver, en un susurro que Draco apenas alcanzó a escuchar.

-De haber seguido juntos, éste mismo mes hubiéramos cumplido dos años –la bolsa que contenía las semillas fue apretada con fuerza dentro del puño que la sujetaba. Oliver estaba haciendo cuentas-. Déjame ayudarte. Cuando él y tú comenzaron, él y yo llevábamos tres meses de relación.

-¿Cómo pudo? –Oliver apretó los dientes con la misma fuerza con la que apretujaba entre sus manos la bolsa de papel, casi destrozada-. ¿Por qué?

-Ésas mismas preguntas le hice cuando descubrí lo que había entre ustedes –Oliver apartó la mirada del estanque para posarla sobre su pareja. Draco jugueteó con el agua fresca, haciendo que su propia imagen se desvaneciera en ondas al contacto con su mano-. No hubo entonces respuesta que pudiera convencerme. No espero ahora que alguna te convenza.

-No sé cómo pude estar tan ciego, para no ver todas las cosas que ahora puedo comprender –suspirando, el moreno se deshizo de las semillas que le quedaban y se sentó a su lado-. Siempre que él volvía a casa, me preguntaba por ti. Cuando a pesar de estar conmigo lo notaba ausente... era porque pensaba en ti. Ahora sé que murió por ti porque te amaba... ¿Qué signifiqué entonces para él? ¿Nada?

Draco levantó la vista para encontrarse con los ojos de Oliver, y su corazón se apretó dentro de su pecho cuando dentro de ésa mirada café que ahora amaba, pudo vislumbrar el reflejo de una lágrima.

-Quisiera que él viviera para que pudiera responder a mi pregunta porque ahora... ahora sólo puedo pensar que nunca me amó. Que sólo permaneció a mi lado por el bebé que esperaba. Ahora sólo puedo pensar que cuando me hacía el amor... era en ti en quien pensaba mientras me tocaba –temblando de rabia, Oliver apretó los puños sobre sus rodillas, mientras su voz se quebraba-. Quisiera... pararme frente a su tumba y patearla. Quisiera insultarlo... gritarle que lo odio y que... ¡Maldición! Quisiera que viviera para poder matarlo con mis propias manos...

-Lo sé. Yo también quise hacerlo –la frialdad con la que Draco hablaba le hizo saber a Oliver, que ya había tenido suficiente tiempo para asimilarlo-. Sé que ahora no lo creerás, pero de cualquier manera te diré que él nos amaba a los dos. Ésa fue la explicación que me dio –una risa amarga fue la respuesta de Oliver, que Draco pudo entender porque él también había reaccionado de la misma manera ante ésa confesión.

-Estoy tan molesto. Tan... decepcionado... –no hubo más palabras después de eso. Draco respetó su silencio mientras seguía jugando con su reflejo en el agua. Sentado junto a él, Oliver sólo lo observaba, su mente formulando muchas preguntas que necesitaban ser respondidas-. Si él te engañó conmigo y tú lo sabías, ¿por qué no me dijiste nada?

-Esperaba el momento apropiado para hacerlo, y evitar que te doliera demasiado –su mano húmeda se posó sobre la mejilla de Oliver, que cerró sus ojos cafés cuando el agua fría hizo contacto con su piel-. No me gustó que te enteraras de ésta manera.

-¿Por qué no me odias? –Draco sólo se encogió de hombros, sin saber qué responder-. Es decir... si yo fui el culpable de su separación, ¿no deberías guardarme rencor?

-No dudes que te odié. Cuando lo supe todo, quise que tú lo supieras también –sin saber porqué, Oliver sintió que su corazón se encogía de dolor al escuchar la respuesta de su pareja-. Pero después comprendí que tú no tenías la culpa. Nos engañó a los dos. Ésa es la verdad.

-Sin embargo, tú estuviste conmigo todo este tiempo y me ayudaste a superar ésta etapa tan dolorosa de mi vida... ¿qué fue lo que hizo que te quedaras a mi lado?

-La noche que Blaise murió, él me expresó su temor de que te quedaras solo. Me pidió que no dejara que tu padrastro se acercara a ti.

-¿Quieres decir que todo este tiempo tú has estado conmigo porque él te lo pidió? –Draco pudo percibir la decepción en la voz de Oliver. Negó con la cabeza.

-Eso fue al principio. Después comenzaste a gustarme –el rubio se puso de pie y ajustó la fina capa sobre su cuerpo. Oliver permaneció sentado en su sitio, sin saber qué pensar-. Estoy contigo porque me gustas. Eso es todo.

-No esperes que pretenda que no ha cambiado nada entre nosotros, después de todo lo que acabo de saber –Draco asintió, consciente de ello-. Ahora mismo tengo en mi mente una imagen de Blaise y de ti, juntos. Y no puedo evitar sentirme molesto.

-Es justo que estés molesto con Blaise –razonó el rubio, para después afirmar-: Pero no me parece justo que te molestes conmigo.

-Es que ahora mismo no sé lo que me molesta en realidad –Draco lo miró sin entender-. No sé si me molesta imaginarlo contigo o... imaginarte con él.

-Sé que nada borrará lo que hubo entre él, y nosotros. Pero tampoco lo que hay entre los dos ahora –Draco depositó la esclava de Blaise sobre la mano de Oliver, y dio media vuelta para retornar por el camino hacia donde su carruaje lo esperaba-. Te daré el tiempo que necesites para pensarlo. Ya sabes dónde vivo.

Oliver lo observó mientras se alejaba, hasta que su vista ya no pudo alcanzarlo. Permaneció un momento más en ése lugar donde un año atrás, le diera a Blaise la feliz noticia de que sería papá. Cuando Blaise era su pareja, el compañero con el que deseaba pasar el resto de su vida... la persona en la que más confiaba.

-Pensaba que no había mentiras entre nosotros –murmuró con amargura mientras sostenía la esclava, que lanzó destellos dorados al contacto con los rayos del sol. Guardó la alhaja en el bolsillo de su túnica y se dirigió a su carruaje. Se hacía tarde y antes de comenzar su turno quería pasar unas horas con su hija... lo único verdadero que ahora le quedaba de Blaise.

oooooooOooooooo

La doctora Sayers tomaba algunas notas, sentada en la misma banquita blanca que meses atrás Hermione usara con frecuencia. Esperaba su visita mientras observaba los efectos de la nueva poción antidepresiva en sus demás pacientes, también víctimas del beso del Dementor. Algunos como en el caso de Hermione ya comenzaban a dar signos de recuperación, lo que la hacía sentirse muy satisfecha. No obstante, la esperanza para quienes perdieran sus almas parecía estar muy lejos aún.

La similitud entre Hermione y sus demás pacientes en recuperación radicaba primero, en la comprensión de las cosas que ocurrían a su alrededor. Luego la conciencia de sus sentimientos, sensaciones, temores y anhelos. Y por último, frustración al no poder recordar las experiencias positivas de su pasado y por ende, los sentimientos inherentes a las cosas y personas que antes del beso significaron algo en su vida. Eso la hacía sentirse impotente y tan frustrada como ellos.

Durante muchos meses consultó por todos los medios a su alcance, la respuesta a la posibilidad de que la víctima recuperara sus recuerdos robados. Pero ningún erudito en el tema le dio expectativas a ése respecto. Las actitudes positivas que acompañaban a los recuerdos buenos de sus víctimas eran el alimento de los Dementores, y éstos seres no parecían estar dispuestos a devolver a sus víctimas lo robado. Hermione Granger era la prueba viviente de ello.

La doctora dejó sus pensamientos a un lado cuando los alborotados cabellos de Hermione reflejaron su sombra sobre ella. La joven sostenía contra su pecho el último de sus diarios, mientras mantenía su mirada café contra la de su terapeuta. La doctora Sayers suspiró, adivinando la pregunta de su paciente rehabilitada. Aunque le hubiese gustado mucho darle una respuesta positiva, decidió que la sinceridad le serviría mucho más que una falsa esperanza.

-Hasta ahora no he podido encontrar el modo de recuperar tus recuerdos –la muchacha asintió en silencio y suspiró, comprendiendo sus palabras. Se sentó a su lado en la banquita sin dejar de apretar el diario contra su pecho-. Lo siento mucho. Me hubiera gustado poder ayudarte.

-Usted hizo lo que estuvo a su alcance, y le estoy muy agradecida por ello –Hermione apretó las manos en un puño, su rostro endurecido-. Aquí el único culpable es ése monstruo que se llevó todo lo que era mío. Lo que yo guardaba en mi corazón.

-Puedo entender cómo te sientes –su paciente negó con la cabeza, la tristeza en su joven rostro y una necesidad muy grande de desahogar el nudo que se formaba en su garganta-. Y también entiendo tu frustración, pero...

-¡No! ¡No lo entiende! ¡No sabe lo que estoy sintiendo porque no lo ha vivido! –la doctora guardó un respetuoso mutismo ante el estallido de su paciente. La dejó seguir, consciente que necesitaba echar fuera todo el dolor y la frustración que tenía guardados dentro de ella-. ¡Usted no ha perdido a su pareja! ¡No ha perdido a sus amigos! ¡No ha perdido todos sus sueños!

Hermione lloró durante varios minutos, las palabras atoradas en su garganta por la fuerza con que deseaban escapar. Sus sollozos cortaron el aire sereno de ésa mañana de verano, mientras en su corazón parecía que el invierno se negaba a marcharse. La doctora sólo permanecía a su lado, en un silencio que sabía que su paciente necesitaba más que cualquier palabra de aliento que pudiese salir de sus labios. Era cierto que ella nunca había vivido algo semejante, pero eso no significaba que no la comprendiera.

Los sollozos de Hermione se fueron acallando poco a poco. Levantó su mirada apenada hacia la doctora, pidiéndole perdón en silencio por su conducta explosiva. La mujer le sonrió en disculpa y le ofreció un pañuelo, al tiempo que recogía algunos de sus rizos castaños para devolverlos a su sitio. Eso pareció relajar a su paciente, que respiró con fuerza tratando de ordenar sus pensamientos.

-¿Cómo no sentirme frustrada, si no puedo reconocer el amor de un hombre maravilloso? ¿Cómo no sentirme como una malagradecida, si no puedo devolver el cariño de quienes alguna vez consideré mi familia? –Hermione abrió su diario y repasó al azar sus páginas. Hojas repletas de palabras huecas que ahora ya no significaban nada para ella-. ¿Cómo no sentirme impotente... si no sé cómo consolar a mi mejor amigo mientras llora de dolor entre mis brazos?

-Aunque no lo creas, comprendo cómo te sientes –la doctora Sayers no pudo dejar de observar la fuerza con la que su paciente sostenía su diario. Era como si tuviese miedo de perderlo y con él su propia vida. La realidad la sacudió hasta casi dolerle cuando en ése instante las palabras de su esposo regresaron nítidas a su mente:

"No deberías permitir que los diarios condicionen la conducta de tu paciente. Ella no debe basar su expectativa de vida en ellos, sino en su propia capacidad natural de recuperación".

Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios al comprender el verdadero sentido de sus palabras. Lo bendijo en silencio y se acercó a su paciente para quitarle el diario de las manos. Lo examinó por algunos momentos haciendo que Hermione la mirara con una mezcla de curiosidad y angustia. Al encontrar lo que buscaba, la doctora le dirigió una mirada firme. Hermione no comprendió cuando su terapeuta volvió a colocar su diario abierto sobre sus manos, pero aún así la escuchó mientras le hablaba.

-Observa con atención tu diario, y dime qué es lo que ves.

-Veo... lo que alguna vez fui, y que no podré volver a ser –con un asentimiento, la doctora la alentó a continuar-. Veo lo que alguna vez sentí... y que no podré volver a sentir jamás. Lo que alguna vez tuve, y que nunca podré recuperar.

-¿Estás segura de eso, Hermione? –su paciente la miró sin comprender. Sintió la necesidad de volver a abrazar su diario, pero la doctora se lo impidió mientras continuaba-. Has estado buscando todo el tiempo en el lugar equivocado. Y yo tengo gran culpa en eso.

-No entiendo lo que trata de decirme –la doctora Sayers depositó en su mano la rosa que Ron le obsequiara. Seguía tan roja y olorosa como el primer día, y la terapeuta consideró que era el momento apropiado para terminar de abrir los ojos de su paciente y quizás también, su corazón.

-No busques las respuestas a tus preguntas en las cosas que perdiste. Búscalas en las cosas que te quedan. Búscalas en las cosas que aún puedes ver, sentir... y tocar –la terapeuta siguió hablándole y Hermione la escuchó con atención, meditando cada una de sus palabras. Al final, la doctora Sayers supo que su paciente había logrado comprenderla, cuando vio que se ponía de pie con una mirada llena de determinación.

La joven le entregó su diario, que la doctora aceptó sin dudar. Depositó en su mejilla un beso y con paso firme, salió de la terraza del Área de Psiquiatría Mágica. Emma Sayers observó el diario y después de un instante sonrió. Hermione se había llevado con ella la rosa de Ron.

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Una de las cosas que Severus más detestaba –después de las victorias de Gryffindor sobre Slytherin-, era reconocer cuando Albus tenía la razón. Nada le mortificaba más, que ver el brillo en los ojos azules del anciano cuando se reconocía vencedor frente a su protegido. Pero ésa tarde de sábado todo era muy diferente, y mientras esperaban el diagnóstico del medimago Severus bendijo al viejo director. De no haber descansado lo suficiente, jamás hubiera encontrado el error en la poción.

Hacía tres horas que Harry la había bebido. En la habitación contigua, Poppy y el medimago vigilaban su evolución. En medio del silencio que los rodeaba, sólo podían escucharse los nerviosos pasos de Sirius y el ruido de las envolturas de los caramelos de limón del director. Parado junto a la chimenea apagada, Severus permanecía con los ojos cerrados. Su mente siempre activa repasaba cada poción conocida que pudiese servirle de antídoto en caso de algún problema, que esperaba no ocurriera.

No había querido avisarle a nadie más. No le agradaba la idea de tener a todos los Weasley revoloteando cerca y alterando más sus nervios, que después de tres horas de larga espera ya amenazaban con estallar. Se reservaría el derecho de informar sobre el estado de Harry hasta saberlo fuera de peligro. Mientras tanto, ya tenía suficiente con el preocupado ir y venir del animago y los caramelos de Albus. Impaciente, dejó su lugar junto a la chimenea para hacer guardia frente a la puerta.

La ansiedad fue palpable en el rostro de los tres hombres, cuando Poppy salió de la habitación seguida por el medimago.

-No parece haber problema hasta ahora. La sangre de Harry está reaccionando bien a la poción –comenzó el doctor, acaparando la atención de los presentes-. Los coágulos no tardarán en comenzar a disolverse, aunque todo indica que será un proceso lento pero seguro.

-¿Cuánto tiempo habrá que esperar hasta asegurarse que ya no corre peligro?

-Las primeras veinticuatro horas serán cruciales –respondió a la pregunta de Severus-. Si después de ése tiempo la poción no le ha hecho daño, tengan por seguro que ya no lo hará.

-¿Recuperará la vista? –fue la pregunta ansiosa de Sirius.

-Lo hará de forma paulatina, conforme los coágulos se disuelvan y la sangre comience a correr con libertad por las venas retinianas. El dolor de cabeza disminuirá al mismo ritmo –las palabras del medimago provocaron un gran sentimiento de alivio-. Ahora está dormido y dudo que despierte hasta dentro de varias horas. Vendré a verlo mañana para examinarlo.

Después de que el medimago se marchó, el ambiente en ésa habitación pareció aligerarse como por arte de magia. Albus se permitió una breve conversación con Poppy, mientras Sirius se sentaba por primera vez desde su llegada. Junto a la ventana, Severus contempló la caída de la tarde, teñida en vivos colores bermellón. Suspiró. Si todo salía bien, Harry tendría muy pronto la oportunidad de volver a contemplar un atardecer como el que ahora él presenciaba.

Poppy decidió volver junto a Harry, y Albus aprovechó para pasar a verlo dejando a su pupilo y al animago solos en la misma habitación. Severus permaneció junto a la ventana, en espera de que los demás se marcharan para hacerle compañía a su pareja. A unos metros de él, Sirius observó en silencio al profesor, que mantenía en su rostro serio una mezcla de preocupación y alivio. El mismo gesto que tenía un año atrás, la noche en que a Harry lo golpeara el rayo.

En ése entonces, él no tenía idea de la relación que existía entre su ahijado y Snape, y no fue capaz de creer en su genuino interés por el bienestar de Harry. Pero después de varios meses de ser su testigo y cómplice de noches de desvelo buscando la poción para curarlo, negarse a la realidad de que ése hombre amaba a su ahijado habría sido una testarudez.

Se puso de pie y se acercó al ventanal para admirar el atardecer, cuyo matiz escarlata se desvanecía poco a poco al esconderse el sol detrás del horizonte. Severus no hizo intento de moverse de su lugar. Sólo se limitó a contemplar cómo la noche esparcía su manto azul sobre el cielo, hasta que la voz de Sirius se dejó escuchar en medio del silencio que los envolvía.

-No puedo menos que reconocer lo que hiciste por Harry –Severus pareció no escucharlo, porque su mirada oscura siguió posada en algún punto más allá de la ventana-. Debo admitir que de no haber sido por ti, mi ahijado hubiera tenido que recurrir a la cirugía, sin ninguna oportunidad de recuperar la vista.

-No hay que cantar victoria aún, Black –Sirius hizo caso omiso al modo en que Snape pronunció su apellido. A lo largo de todos ésos meses se había dado cuenta, que ése tono que ambos usaban para dirigirse la palabra se les daba de forma innata-. No me sentiré tranquilo hasta estar seguro que ya no corre peligro.

-Tengo fe en la fortaleza de mi ahijado. Sé que se recuperará –el animago se cruzó de brazos, y un mechón de su negro cabello ocultó parte de su rostro cuando descansó su frente contra el cristal-. Escucha, Snape... creo que sería conveniente que a partir de ahora intentáramos llevarnos un poco mejor.

-No existe posibilidad alguna de que eso llegue a ocurrir –Sirius reprimió un gruñido ante el tono incrédulo en la voz de profesor, que apartó sus negros ojos de la ventana para posarlos sobre el animago-. Nos hemos hecho mucho daño, Black. No pretendas que hagamos como que nada ocurrió. Tú y yo no tenemos nada en común.

-Te equivocas, Snape. Sí tenemos algo en común, y es la persona por la que hemos mantenido ésta tregua hasta ahora –Severus no pudo objetar nada ante la razón en sus palabras-. No estoy proponiendo una amistad, porque sé tan bien como tú que eso no es posible. Pero creo que sería bueno que tratáramos de mantener ésa tregua, por el bien de Harry.

Severus no respondió. Dejó su lugar junto a la ventana y se sentó en la silla que Sirius ocupara minutos antes. Tenía que admitir que Black estaba siendo razonable y él estaba cansado de pelear sin razón. No era fácil conservar los estribos teniéndolo tan cerca. Black tenía el extraño don de hacerle perder el control de la manera más natural. Pero era el padrino de Harry. Una de las personas que él más amaba.

-Sé que Harry no desea vernos pelear. Y estoy dispuesto a mantener la tregua con tal de hacerlo feliz, porque él es lo más importante para mí –la voz de Sirius fue firme cuando le habló, lo que hizo que Severus le sostuviera la mirada.

-Ésta noche yo me quedaré con Harry para vigilar que la poción no le haga daño –el animago frunció el ceño, extrañado ante el cambio de tema tan repentino-. Pero mañana podrás ocupar mi lugar mientras descanso algunas horas. Sería conveniente que los dos estuviéramos a su lado cuando despierte –Sirius asintió en silencio, comprendiendo. A su propio modo, Snape estaba aceptando prolongar la tregua.

Albus salió de la habitación y Sirius aprovechó para pasar a ver a su ahijado, que aún dormía. Severus se perdió en sus pensamientos durante varios minutos mientras escuchaba la voz del anciano, bastante lejana. Jamás se imaginó que después de toda una vida de relación bélica, pudiera ser capaz de compartir un interés en común con Sirius Black. Y ése algo en común era Harry.

Su pareja era lo más importante para él y al igual que el animago, también estaba dispuesto a todo por su felicidad.

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Draco depositó un ramo de blancos jazmines sobre la tumba de su madre, y acarició con suavidad el contorno de su rostro tallado en jaspe. El tiempo no parecía transcurrir en el lugar donde el cuerpo de Narcisa moraba en su eterno descanso. El mausoleo que un año atrás Lucius le mandara construir se conservaba tan bien cuidado, como la bella estatua de su dueña que se erigía sobre él. Impecable, como la sonrisa etérea que se perpetuaba sobre la cristalina superficie de su fuente.

No guardaba recuerdo alguno de ella sentada a su lado en la cama, contándole un cuento para que se durmiera. Apenas algún abrazo breve de bienvenida cuando en las vacaciones una enorme mansión lo esperaba, fría y vacía como la relación que mantuviera con sus padres la mayor parte de su vida. Pero aún así la había amado. Y la seguiría amando porque al final ella había correspondido a su amor haciendo lo más sublime que una madre puede hacer por un hijo: dar la vida por él.

El muchacho permaneció mucho tiempo parado frente a su imagen, hasta que el atardecer cayó sobre el sepulcro entintando el fino jaspe con destellos de oro. Acarició su rostro alabastrino y dio media vuelta para marcharse. Su sorpresa fue mayúscula al ver a Oliver a varios metros de él, en sus manos un ramo de jazmines amarillos. Su corazón latió con fuerza inusitada. A casi tres semanas desde su último encuentro en Hogsmeade no podía negar cuánto lo extrañaba.

Oliver pasó a su lado y Draco aspiró el aroma que dejó en el aire, cuando el moreno se acercó a la fuente para depositar sobre ella las flores que tenía en la mano. Lo observó por un largo momento en el que su visita se mantuvo de pie, agradeciendo en silencio a la señora Malfoy por la magia que su hija y él ahora poseían. Oliver se acercó para envolverlo en un fuerte abrazo y Draco cerró los ojos, suspirando mientras correspondía a él con la misma fuerza.

-Recordé que hoy es el aniversario luctuoso de tu madre, y quise venir a dejarle flores –Draco se sintió decepcionado al saber el motivo real de su visita. Se separó de él y emprendió camino de regreso a la mansión. Oliver se dio cuenta de su molestia y apresuró el paso para alcanzarlo-. Y vine a ésta hora porque tu padre me dijo que te encontraría aquí.

Draco aminoró el paso pero no se detuvo, y Oliver caminó en silencio junto a él. Recortada contra el cielo vespertino la mansión se alzaba imponente, con sus enormes ventanales y sus gruesas columnas labradas en exquisito relieve. Tan elegante como los dueños que alguna vez la habitaran. Él ya había estado ahí un año atrás, pero entonces no puso demasiada atención a los detalles. Se distrajo por un instante admirando la bella estructura, hasta que la presencia de Draco lo devolvió a la realidad.

Se detuvo en mitad del camino, haciendo que Draco se detuviera con él. Suspirando, envolvió su rostro entre sus manos morenas y los ojos grises se entrecerraron a la espera de los reproches, que nunca llegaron. En vez de eso, la suave voz de Oliver vibró contra sus labios cuando le habló.

-He perdonado a Blaise. No tiene sentido guardarle rencor por lo que hizo –la mirada de Draco fue una mezcla de alivio y coraje. Y tan fría, que Oliver sintió que lo traspasaba con ella.

-¿Tan pronto has olvidado lo que te hizo? –Oliver guardó silencio, tratando de entender el motivo de su molestia-. Yo necesité mucho tiempo para hacerlo ¿Y tú sólo vienes y me dices "ya lo he perdonado"? ¿A qué estás jugando?

-¡No estoy jugando a nada! –Oliver soltó el pálido rostro y buscó asiento en la pequeña banqueta que rodeaba el jardín. Draco sólo se cruzó de brazos, sintiéndose ofendido. Él había necesitado muchos meses para dejar salir todos los sentimientos negativos que ésa decepción amorosa le había dejado. Y la idea de que Oliver lo estuviese tomando todo tan a la ligera le molestaba.

-Pensé que lo amabas de verdad, y que tus sentimientos eran lo bastante profundos como para que su engaño te doliera... al menos durante algún tiempo más.

-Me duele... como no tienes idea –Oliver levantó hacia él sus ojos cafés, y Draco pudo vislumbrar la tristeza en ellos-. Pero he tenido tres largas semanas para darme cuenta que no puedo culparlo por amar a alguien... tan maravilloso como tú.

-¿Cómo dices?

-Durante todos estos meses, te dedicaste a llenar su vacío con tu presencia. Y lo hiciste poco a poco, entrando en mi corazón hasta donde ya no pensaba que sería posible –Oliver dejó su asiento en la acera para enfrentarse a una sorprendida mirada gris-. No me importa lo que sucedió entre Blaise y tú, porque ahora sé que lo que siento por ti es mucho más fuerte que cualquier rencor que pueda guardarle. Yo... te amo. Y creo que no necesito entrar en detalles del porqué te has convertido en la luz de mi vida.

La confesión de Oliver fue lo último de todas las cosas que Draco esperaba. No supo qué decir ante la sinceridad de sus palabras, y sólo reaccionó cuando al no obtener respuesta de su parte, el moreno reinició su camino para buscar la salida de la mansión. No lo dejó partir. Tomó el cuello de su túnica y unió su boca húmeda a la de él, ansiosa y exigente. Se dejó llevar mientras Oliver enredaba sus dedos entre los cabellos suaves, platinados cuando los primeros rayos lunares reflejaron sobre ellos su luz.

-¿Tú sientes lo mismo que yo? –Draco respondió a su anhelante pregunta asintiendo en silencio y estrechándole con más fuerza, su cuerpo pegado al otro cuerpo. Ambos gimieron al sentir el calor que comenzaba a crecer dentro de ellos-. Entonces demuéstramelo... con algo más que tu presencia.

-Mi habitación está muy lejos... –Draco lo empujó sin dejar de besar sus labios, sonriendo en travesura cuando el verdor de la hierba los recibió enredados uno con el otro-. Ni sueñes que caminaremos hasta allá...

Muy a gusto con la idea, Oliver no puso ninguna objeción. Ésa noche, ambos decidieron que era hora de disfrutar sin reservas de quien ahora era su compañero. Y lo harían sin secretos ni remordimientos. Sin reproches... sin necesidad de perdonar. Sólo ellos dos; un enorme jardín, y sus cuerpos ansiosos explorándose en la oscuridad.

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Severus cerró el libro que leía y observó en silencio a quien dormía a su lado. Él y Poppy habían pensado que sería fácil mantener quieto a Harry en su convalecencia. Pero se dieron cuenta de su error cuando al segundo día de su despertar, el joven escapó de la enfermería hacia los aposentos que compartía con el profesor de pociones. Viendo que no había modo de retenerlo contra su voluntad, al final decidieron dejarlo bajo su vigilancia.

A tres semanas desde que le diera a beber la poción, su pareja se recuperaba a pasos agigantados. Durante los primeros días no pareció haber mucho avance. El dolor y la ceguera persistieron hasta que a partir de la segunda semana el muchacho comenzó a distinguir sombras, y el dolor disminuyó. Ahora diferenciaba sin problemas el contorno de los objetos y sólo necesitaba beber el Cefalserum una vez al día. Los coágulos se estaban disolviendo hasta casi desaparecer.

El medimago le tenía prohibido salir a la luz directa del sol, para no lastimar sus ojos acostumbrados a tantos meses en completa oscuridad. Confiaban en que lo hiciera muy pronto, cuando las retinas volvieran a su labor natural de procesar la luz. Mientras tanto, se conformaban con dar largos paseos por los terrenos cuando el sol se ponía. Durante el día desaparecía con Sirius por horas, en lo que Severus suponía eran exploraciones a zonas de Castillo que sólo el animago conocía.

Dejó el libro sobre la cama al escuchar que alguien llamaba a su puerta. Se colocó una bata sin dejar de preguntarse quién podría ser a ésas horas. La figura elegante de Lucius se perfiló debajo del dintel, la cabeza de serpiente de su bastón en amago de seguir golpeando la gruesa puerta de madera. Severus lo invitó a pasar con un gesto poco amistoso, arrancando una sonrisa cínica del aristócrata. Sin esperar invitación, el rubio se sirvió una copa de su mejor licor y se sentó en su sillón favorito.

Severus se sentó en una silla alta junto al bar, y se cruzó de brazos en espera de que el rubio terminara de ponerse cómodo.

-¿Cómo está Potter? –Lucius no habló hasta que terminó de catar la bebida en su mano, no muy convencido de su calidad.

-Él está bien, recuperándose poco a poco –intuyendo que la pregunta del rubio era mera cortesía, decidió no ahondar en detalles-. ¿A qué debo el honor de tu visita?

-Tengo entendido que durante todos estos meses buscando el remedio para tu pareja, te has vuelto un experto en todo lo relacionado con los venenos –Severus sólo se encogió de hombros ante su afirmación-. Draco me comentó que el libro que Flamel te dio, contiene información muy valiosa que podría ayudar a curar infinidad de padecimientos.

-Es verdad. El veneno de las serpientes contiene muchas propiedades que en el Mundo Mágico no se han aprovechado como es debido –respondió el profesor de pociones, intrigado en averiguar a dónde quería llegar el rubio. Decidido a ir al grano, Lucius se puso de pie y enfocó su mirada azul en los negros ojos de su amigo.

-¿Qué posibilidades hay de que encuentres en el veneno una cura para Remus? –la pregunta de Lucius descolocó a Severus. El profesor dejó su lugar junto al bar y dio algunos pasos en mitad de la sala, decidido a responderle con total honestidad.

-Jamás existirá una cura para él. Ser un Hombre Lobo es una condición natural, no una enfermedad –el profesor pudo ver el gesto de frustración en el rostro de Lucius. Al final el rubio asintió, comprendiendo. Se puso de pie apretando su bastón con fuerza para dirigirse a la salida-. Sin embargo... puedo buscar alguna solución para atenuar el dolor durante sus transformaciones.

Lucius detuvo sus pasos para volverse hacia él, y Severus pudo distinguir en sus ojos azules un brillo de esperanza. En ése momento comprendió que no era la condición de Remus como Hombre Lobo lo que le molestaba al rubio. Era el intenso dolor que sufría cada vez que la Luna Llena laceraba la piel y los huesos de su pareja, dejándolo lesionado durante varios días.

-¿En cuánto tiempo lograrías elaborarla?

-Ahora con un nuevo profesor de pociones no tengo intención de volver a dar clases en Hogwarts. Tal vez pueda dedicarme por completo a ello, al menos durante algún tiempo –se rascó la barbilla, pensativo-. Por otro lado, estoy muy cansado por las presiones de éstos últimos meses, y me hace falta un buen descanso.

-Tengo una casa de verano en el Caribe, en una playa privada. Pueden usarla durante el tiempo que necesiten –Severus entrecerró los ojos, indeciso. La idea de asolearse como lagartija no le agradaba en absoluto, pero sabía que a Harry iba a gustarle mucho. Por otro lado, saboreaba el pensamiento de pasar algunas noches en la orilla del mar haciendo cosas más interesantes que nadar-. Además de eso, financiaré todo lo relacionado con tu investigación. Y también tus proyectos futuros si me entregas resultados óptimos.

-Trato hecho –aceptó Severus, convencido al escuchar su última oferta. Una hora más tarde, Lucius se marchaba después de afinar todos los detalles del acuerdo que acababa de hacer con el profesor.

Severus no necesitaba pensarlo demasiado. El estudio profundo que durante todos ésos meses hiciera sobre los venenos había terminado por gustarle. Era un campo muy grande de posibilidades que estaba pensando en explotar al máximo. Sobre todo en lo que se refería a tratamientos alternativos para el dolor. Volviendo de sus vacaciones, se dedicaría por completo a su nuevo trabajo. Y Remus Lupin sería su primer proyecto.

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Desde el primer día de su ingreso a la cuarta planta del Ministerio de Magia, Ron supo que se había encontrado con su verdadera vocación. Aunque no cumplía con su sueño de encontrarse cara a cara con alguna criatura mítica, el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas le daba la oportunidad de estar cerca de criaturas excepcionales. Como auxiliar que era, por el momento sólo tenía permitido el acceso hasta el tercer nivel en la clasificación.

El jefe de la división apreciaba su gran energía y lo consideraba un mago valiente, digno de alcanzar los más grandes niveles si adquiría la experiencia y preparación adecuadas. Ron lo estaba tomando en serio, y ya tenía una matrícula para la universidad mágica de Italia, donde en los próximos cuatro años dedicaría todas sus energías en adquirir conocimientos de nivel superior sobre Criaturas mágicas. Y su familia se había mostrado más que orgullosa de su decisión.

Al conocer la noticia, Harry y el profesor Dumbledore se alegraron mucho por él. Hagrid le obsequió un vademécum que a Ron le pareció extraordinario, con todo lo conocido y por conocer sobre criaturas mágicas. Y como regalo extra, el guarda bosque le entregó un enorme mapa de los lugares en el mundo donde habitaban la mayoría de las criaturas de gran peligrosidad. Sospechando que en el futuro le sería de gran ayuda, Ron se lo agradeció con el alma.

Ésa noche calurosa de mediados de julio, caminaba en compañía de su mejor amigo después de su provechosa visita a la cabaña de Hagrid. Afianzado a su brazo a falta de bastón, Harry no dejaba de sentirse entusiasmado por la gran aventura que le esperaba al pelirrojo. Pero también le preocupaban los riesgos inherentes a la profesión que había elegido. El trabajo de Charlie con los dragones sería un juego de niños en comparación con lo que a su amigo le esperaba en el Ministerio.

-Después de todo lo que me has contado, puedo imaginar que los próximos años de tu vida no serán nada aburridos –el pelirrojo asintió en silencio a la afirmación de Harry, sintiendo que una extraña pero excitante sensación lo recorría de pies a cabeza ante la sola idea.

-Sé que elegí una profesión peligrosa, pero decir que no me entusiasma sería engañarme a mí mismo –suspirando, pasó un brazo por la espalda del moreno para guiarlo en su regreso hacia el castillo-. Durante todos los meses que trabajé como mesero en el restaurante extrañé las descargas de adrenalina de nuestra época de estudiantes, en especial las incursiones al Bosque Prohibido.

-¿Extrañaste a las Acromántulas?

-Extrañé todo, menos eso –admitió el pelirrojo, un largo escalofrío subiendo por toda su espalda hasta terminar en su erizada nuca-. Cada vez que me den alguna misión que tenga que ver con ellas, pediré que me la cambien.

Harry rió con ganas ante su comentario, haciendo que Ron se detuviera a mitad del pasillo. Hacía tanto tiempo que Harry no reía de ésa manera, que ése breve instante escuchando su risa le pareció extraordinario. El moreno calló al sentir que los fuertes brazos de Ron lo envolvían, con tanto cariño que sintió que su corazón se derretía de alegría al saberse tan querido por aquel a quien amaba como a un hermano. Sin soltarlo, Ron le habló con voz quebrada por el sentimiento.

-¿Recuerdas cuando éramos el trío de oro y hablábamos de todo lo que haríamos al salir de Hogwarts? –el moreno asintió, en su corazón un cúmulo de emociones encontradas, al inundar su memoria evocaciones de noches de insomnio y largas conversaciones-. Nunca volveremos a ser los mismos de entonces.

-Volveremos a ser los mismos, no lo dudes –el moreno se separó de su amigo para envolver con sus manos la silueta oscura de su rostro-. Tú, yo... y Hermione. Volveremos a ser el Trío de oro, ya lo verás.

-La extraño mucho, Harry... –el moreno lo escuchó en silencio, mientras secaba con sus dedos la húmeda lágrima que escurrió por la mejilla de su amigo-. Renunciaría a mi propia valentía Gryffindor para dársela... si así pudiera reunir el valor que le hace falta para seguir adelante.

-Ella está pasando por un momento muy delicado, puedo percibir muchos sentimientos que la confunden. Necesita reconocer y aceptar todo lo que siente –la sonrisa optimista de su amigo hizo que su corazón se sintiera más tranquilo-. Ten por seguro que cuando lo haga, volverá a ser la misma Hermione brillante y obstinada de siempre, y tú serás el primero en saberlo. –Ron le agradeció en silencio por sus palabras de aliento, y tomó su brazo para guiarlo el resto del camino hacia sus habitaciones.

Después de conversar un momento más se despidió de Harry para volver a la Madriguera. No tenía un horario fijo en el Departamento de Criaturas y debía estar al pendiente por si lo llamaban. El aroma del pastel de manzana de su mamá llenaba toda la cocina, y Ron respiró profundo para absorber el perfume a miel y canela. Sin preguntarse por qué su madre cocinaba su postre favorito sin una razón especial, subió a su habitación para descansar antes de volver al Ministerio.

Una rosa roja sobre su cama llamó su atención. Intrigado, la tomó entre sus dedos y la olió, absorbiendo su agradable aroma. En el dintel de su puerta, Molly le habló mientras se acercaba a él con una sonrisa como hacía mucho tiempo no le veía.

-Hermione está aquí, ha venido a verte –el corazón de su hijo palpitó con tanta fuerza, que temió se le detuviese de golpe en cualquier instante-. Está afuera, en el jardín.

Ron corrió escaleras abajo y al llegar se detuvo para recuperar un poco de su autocontrol. Afuera, la silueta esbelta y despeinada de Hermione se recortaba contra la luz de la luna menguante. La joven alisó sus cabellos al verlo, y sonrió cuando Ron se acercó a paso lento con la rosa ahora estrujada en su nerviosa mano. Dentro de la cocina, la luz se atenuó. La voz de Hermione flotó en el aire y para Ron fue tan dulce como la canela y la miel del pastel de manzana de su madre.

-Molly me habló sobre tu nuevo trabajo en el Ministerio. Dice que te enfrentas a criaturas muy peligrosas –Ron reprimió un suspiro de vergüenza. A veces prefería a su mamá con la boca cerrada-. ¿Has vuelto a luchar contra Dementores?

-Aún no he llegado a ése nivel. Y no lo haré hasta tener la preparación que se requiere –a la luz de la luna, le pareció ver que el rostro de Hermione se relajaba. La invitó a tomar asiento en la banca del jardín colmado de brezos-. ¿Cómo has estado? No he sabido nada de ti desde la última vez...

-Estoy retomando algunas lecciones en Hogwarts, y la profesora McGonagall me autorizó el uso de la biblioteca durante las vacaciones –aunque Ron ya sabía algo al respecto por boca de Harry, le alegró escucharlo de sus propios labios-. Ésta tarde fui a ver al profesor Lupin para decirle que quiero recuperar la materia de Defensa. Y aunque al principio tenía algo de miedo, al final me inspiró mucha confianza. Debo admitir que es un hombre muy dulce.

-¿Eso significa que ya no le temes?

-Significa mucho más que eso, en realidad –Hermione arrancó una pequeña hoja verde que sobresalía por un resquicio de la banca donde se hallaban sentados, y jugueteó con ella mientras continuaba-. Hace varios días, Sirius me hizo una pregunta que no pude responder. Y la doctora Sayers me abrió los ojos y me hizo ver muchas cosas que hasta hace poco no había logrado comprender.

Hermione dejó la hoja a un lado para enfrentar la mirada gris de Ron, y un calor agradable se extendió por su cuerpo cuando tomó la mano varonil, enredándola entre sus delgados dedos.

-Decidí deshacerme de todos mis diarios, porque ahora que sé que no recuperaré mis recuerdos, ya no tienen para mí ningún significado.

-Siento mucho escuchar eso –Hermione apretó su mano, pidiéndole con ése gesto que la dejara hablar.

-Sirius me preguntó qué había tan importante en mi pasado, que sin ello no pudiera seguir adelante. Y ahora puedo responder con toda seguridad, que nada –una sonrisa sincera emergió de los labios de Ron al escucharla-. No hay nada en mi pasado que valga tanto como mi presente. Y en mi presente estás tú, y Harry... y todas las cosas hermosas que aún conservo y que puedo ver, sentir y tocar.

-Dime... que todo lo que me estás diciendo es verdad –Ron acarició el rostro de la mujer que amaba, y los ojos castaños se cerraron al contacto con su mano-. Me alegra mucho saber que tienes tantos deseos de recuperarte.

-Sé que hay muchas cosas que no podré recuperar jamás, y estoy dispuesta a aprender a vivir sin ellas –Hermione lo miró a los ojos con intensa seriedad-. Debes comprender que ahora no siento lo que alguna vez sentí por ti, pero...

-Lo comprendo, Hermione –Ron se puso de pie y tomó su mano para atraerla hacia él-. Sólo quiero que me digas qué sientes ahora.

-Sé que me gustas, y me gusta estar contigo... pero eso es todo lo que sé.

-Es suficiente para mí –ella lo miró sin entender, hasta que la distancia entre los dos se acortó. Un ligero rubor inundó sus mejillas cuando Ron acercó sus labios en lo que prometía ser un beso.

-¡Eso es todo hermanito! –Ron nunca había deseado tanto desaparecer a sus hermanos como en ése momento. Escuchó lejana la voz de Molly llamándoles la atención mientras George escondía su cámara detrás de unos arbustos.

-Mamá dice que la cena ya está lista –Fred le dio un codazo doloroso en las costillas, al tiempo que Ginny tomaba la mano de Hermione para conducirla hacia la cocina. Frustrado, Ron devolvió el codazo con un empujón que lanzó muy lejos a su hermano. Arthur mandó dentro a los gemelos para quedarse a solas con el menor de sus varones. Antes de desaparecer le hicieron una señal con el pulgar hacia arriba, que su hermano respondió de igual manera, con otro dedo.

-¿Sabes cuántas veces le pedí matrimonio a tu madre antes de que aceptara casarse conmigo? –el muchacho asintió, recordando que cada aniversario su padre les contaba lo mismo-. Cinco veces. No te des por vencido, hijo. –Arthur siguió a los gemelos hacia el interior de la casa, dejando a Ron solo con sus pensamientos.

Recordó que ésas mismas palabras le había dicho Harry meses atrás, cuando lloró sobre su hombro al saber que la había perdido. Aspiró el delicado perfume de la rosa, cuya esencia no se había desvanecido. La esencia de Hermione tampoco. A pesar de todo lo ocurrido desde el beso, seguía conservando su gran inteligencia y tesón. De pie junto a la puerta de la cocina observó a Hermione, que sentada en la mesa conversaba entre sonrisas con Ginny.

No se daría por vencido. Lograría que Hermione volviera a amarlo así tuvieran que pasar otros siete años. Borraría el beso que el Dementor le diera, con sus propios besos. Y la haría su esposa, aunque tuviera que pedirle matrimonio cien veces.

-Bueno, ya que Ron no parece tener hambre...

-Nos repartiremos su trozo de pastel –Ron alcanzó a rescatar su porción antes de que los gemelos se la comieran. Hermione sólo sonrió divertida, sintiendo dentro de su corazón que había encontrado su lugar. Su verdadero hogar.

"Tú misma eres un diario en blanco, Hermione. Tienes toda una vida por delante para escribir en él. Llénalo de todas las cosas bellas que ahora tienes, y que creas que vale la pena conservar".

Le había tomado tiempo entender las palabras de la doctora Sayers, pero ahora que lo tenía todo tan claro estaba decidida a hacerlo.

Llenaría su vida de todo lo hermoso que tenía. La llenaría de amistad, de cariño... la llenaría de amor. La llenaría de Harry, de Sirius, de Remus... de Hogwarts. La llenaría de la Madriguera; de Molly, de Arthur, de Fred y de George...

Pero sobre todas las cosas, la llenaría de Ron.

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A Harry le hubiera gustado celebrar su cumpleaños en la intimidad de sus aposentos, acompañado sólo por quienes consideraba sus amigos más cercanos. Pero ése día, Albus tenía otros planes muy diferentes para su niño de oro. "Sólo serán unos cuantos invitados", le había dicho mientras guiñaba un ojo a un desconfiado Severus y Minerva sonreía, cómplice. Y ésos cuantos eran casi todos sus compañeros de generación de las cuatro Casas; dos reporteros del Profeta y no pocos invitados más.

No podía reprocharle nada, pues sabía que el anciano tenía buenas intenciones y lo hacía con el afán de que la pasara lo mejor posible. Así que se relajó y se permitió repartir sonrisas a todos los que se acercaron a él para felicitarlo. En el patio central, Minerva había dispuesto de cinco largas mesas para dar cupo a los invitados y al fondo, otra mesa igual de larga para los regalos. Harry había recibido tal cantidad, que sobrepasaba por mucho a la de su primo Dudley en toda su vida.

Los Weasley habían sido los primeros en felicitarlo. Molly le insistió que debía tomar vacaciones lo más pronto posible, pues su tez ya casi competía contra la de Severus en palidez. Como era de esperarse, al profesor de Pociones no le cayó en gracia el comentario, y decidió que se irían el fin de semana. Por medio de sus diarios, Hermione supo que Harry era corto de vista, y unos lentes de armadura redonda fueron el mejor regalo que pudo darle a su amigo.

Albus sospechaba que ésa misma noche, los dos reporteros del Profeta harían detenerse las prensas para dar una gran cantidad de noticias sobre el "Héroe del mundo mágico"; con todo sobre su estado actual de salud, sus amistades más cercanas y lo que más vendería: su relación con su ex profesor de Pociones, Severus Snape. Y en el fondo, Harry y Severus se lo agradecieron, pues ambos estaban más que de deseosos de dar a conocer de forma oficial su relación.

Al atardecer, los invitados comenzaron a retirarse. Después de despedirse de algunos ex compañeros se dedicó a buscar a su padrino, que en ése momento conversaba con Remus cerca de la entrada al Castillo. Sirius sonrió al verlo venir, y lo abrazó con fuerza mientras terminaba de revolver sus negros cabellos.

-Pensé que te habías olvidado de mi existencia –Harry se sintió avergonzado ante el reproche del animago. Había estado tan ocupado conversando con sus amigos, que lo perdió de vista durante un largo rato-. ¿La pasaste bien? ¿Cómo te sientes? ¿Ya no te duelen los ojos? ¿Por qué no traes puestas las gafas de sol?

-Sí, la pasé bien. Me siento bien, no me duelen los ojos y no traigo las gafas porque ya está anocheciendo –Remus reprimió una risa ante el tenue rubor que cubrió las mejillas del animago. Harry sólo sonrió mientras apretaba su hombro para confortarlo-. El medimago dijo que ya puedo prescindir de ellas, así que a partir de mañana sólo me las pondré en las horas de más sol.

-Severus me comentó que se irán de vacaciones al Caribe –el joven asintió-. ¿Cuándo partirán?

-Nos iremos el viernes, muy temprano –Harry respondió a la pregunta de Remus sin dejar de observar el rostro del animago.

Sirius miraba hacia la lejanía, y el muchacho supo que su lucha interna no había terminado aún. A pesar de la tregua entre su padrino y su pareja, la antipatía aún latía dentro de él. Lo mismo le pasaba a Severus. Suspiró. Él estaba consciente que jamás serían amigos, y les agradecía el enorme esfuerzo por mantener la tregua, sobre todo en su presencia. Dejó sus pensamientos a un lado cuando Sirius extrajo un objeto de uno de los bolsillos de su túnica y se lo entregó.

-¿Qué es esto? ¿Otro regalo? –Harry miró el objeto con curiosidad. Era pequeño y estaba dentro de una cajita larga, del tamaño de una varita-. ¿Puedo abrirlo? –Sirius asintió y Harry abrió el pequeño paquete.

Los ojos verdes se nublaron y el muchacho tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no llorar, cuando Remus liberó al objeto del hechizo. Reluciente, su Saeta de Fuego se amoldó a sus manos y trató de elevarse, como si hubiera esperado el momento de encontrarse en posesión de su dueño y volver a cruzar con él todo el ancho de cielo. Harry miró a su padrino con los ojos anegados, recordando aquella mañana en que la dejara en su habitación, olvidada después de las crueles palabras que le dijera.

-Prométeme que no la usarás hasta que estés recuperado por completo –sin palabras, Harry sólo atinó a asentir con la cabeza. Remus palmeó su hombro, intuyendo lo que el muchacho estaba sintiendo, pues él también acababa de recordar-. No quiero que Snape tenga motivos para odiarme más.

-Gracias, Sirius –Harry lo abrazó con todas sus fuerzas, demostrándole con ése gesto que él era tan importante en su vida como lo era Severus.

-No me llames Sirius, no olvides que soy tu padrino –Harry se separó de él, el rostro serio cuando enfrentó su mirada a la del animago.

-No, Sirius. Tú ya no eres mi padrino –Sirius sintió que sus ojos se nublaban ante las palabras de su niño. Remus se puso serio y en guardia, dispuesto ésta vez a evitar que Harry lastimara a su mejor amigo. Pero Harry acarició el rostro preocupado, una ligera sonrisa dibujándose en sus labios cuando concluyó-: Ahora tú eres mi padre.

No le dio tiempo de responder. Se alejó a paso lento hacia la entrada del Castillo, sosteniendo con fuerza la Saeta que Sirius le regalara un año antes.

-¿Escuchaste eso? Ahora tengo un hijo... –Remus asintió en silencio, un nudo formado en su garganta al escuchar la voz emocionada de su amigo-. ¡Y sin la diversión de haberlo procreado! ¿Has conocido caso más patético que el mío?

Remus rió con ligereza al tiempo que se encaminaba hacia el Castillo, con Sirius detrás de él murmurando algo sobre cosas divertidas con Lily que no pudo, ni quiso comprender. En la entrada se detuvo para despedirse de su amigo, pues debía empacar su baúl. Pasaría el resto del verano con Lucius, en su cabaña en los bosques de Alberta.

-¿Eso quiere decir que las cosas entre ustedes van en serio? –el castaño respondió a su pregunta con una mirada llena de ilusión, que hizo que el corazón del animago se alegrara-. Me da gusto saber que encontraste al fin a la persona adecuada. Espero que sepa merecer tu amor.

-Te aseguro que es merecedor de más que mi amor –Remus se recargó contra el marco de la enorme puerta y se cruzó de brazos, observando con fijeza a su amigo. Sirius carraspeó y se talló la nariz, señal de incomodidad que Remus conocía muy bien-. ¿Hay algo más que quieras preguntarme?

-Es sobre... quiero decir... –Sirius volvió a carraspear para aclararse, antes de continuar-. Lo que tú sientes... sentías por mí... ¿Ahora amas a Malfoy?

-Si lo que te preocupa es que siga enamorado de ti entonces puedes estar tranquilo, porque no es así –Sirius asintió con un suspiro aliviado, para después levantar su mirada hacia él-. Amo a Lucius. Él ha sido un gran compañero durante todos estos meses, y ha sabido ganarse a pulso lo que ahora tiene. ¿Por qué la pregunta? ¿Te molesta que alguien te haya desplazado? ¿O que haya sido Lucius en particular?

-El hecho de que se trate de Malfoy, uno de los hombres más ricos y apuestos del mundo mágico y además un héroe de guerra, hace que mi ego se mantenga en pie... de alguna manera –Remus asintió, comprendiendo la posición del animago. Él tampoco se creía capaz de hallar a alguien mejor que Lucius. Tal vez lo hubiese, pero sería muy difícil de encontrar-. Por favor, perdóname. Me siento apenado por no haber sido capaz de corresponder a tu amor.

-Está bien. Comprendo que soy demasiado feo para ti –el animago lo miró con seriedad.

-De ninguna manera, desde mi punto de vista varonil eres un hombre atractivo. De haber sido tú una chica, me habría vuelto loco de amor por ti –su amigo sonrió, haciéndole ver lo agradable de su comentario.

-¿Qué hay de ti? ¿No crees que ya es hora de que encuentres también a la mujer adecuada?

-Quizás... hay alguien. Pero sólo la he visto una vez –Sirius se recargó en el marco frente a Remus, y jugueteó con la solapa de su túnica ante la mirada atenta de su amigo-. Arthur dice que la conoce... tal vez un día de estos vaya a visitarla al Ministerio con cualquier pretexto.

-Harry me dijo alguna vez que cuando el amor llega, no hay que dejarlo ir –el animago levantó su mirada, intrigado ante las palabras de Remus. Éste solo levantó su mano en señal de despedida mientras se dirigía al interior de castillo-. A mí me sirvió. Creo que tú deberías hacer lo mismo. –Sirius lo observó marcharse, hasta que su sombra iluminada por las antorchas se desvaneció en la soledad de los pasillos.

Él dio media vuelta y caminó hacia las barreras de protección, sin olvidar las palabras de Remus. Buscó en su cartera hasta encontrar el papel que Catherine dejara olvidado aquélla mañana. Arthur ya le había hablado un poco de ésa hermosa mujer a la que conociera en el restaurante. Sabía de ella porque trabajaba en la Oficina contra el uso indebido de objetos muggles, donde Arthur había trabajado años antes.

Al día siguiente iría a verla al Ministerio. Le devolvería el papel que había perdido y quizás la dama aceptara su invitación para conocer algún lugar interesante en Londres. Tal vez terminarían tomando un café en el mismo restaurante, sólo debía ser precavido cuando ella sostuviera la taza caliente cerca de él. Sí... seguro terminaba gustándole. Ninguna mujer se resistía jamás a un hombre tan apuesto y simpático como el magnífico Sirius Black.

Detuvo su andar al llegar a las barreras, sin ánimos de volver a la soledad de su departamento en Londres. Extrañaba las amplias habitaciones de su mansión desde cuyas ventanas podía contemplar los ocasos, posándose sobre amplios jardines tapizados de flores sonrojadas al sol del atardecer. Tan sonrojadas como las mejillas de Catherine. Tal vez a ella también le gustaban los espacios abiertos con grandes jardines, como a él.

La oscuridad se abrió paso en medio del cielo tapizado de estrellas, y Sirius abrió sus brazos para respirar con fruición el aire fresco de la noche. Algo dentro de su pecho se aligeró y por primera vez en muchos años se permitió sonreír de verdad. Su corazón había encontrado el perdón y al fin se sintió libre. Libre para hacer con su vida lo que quisiera. Libre para buscar su propia felicidad.

Los fantasmas se habían ido. Era hora de volver a Grimmauld Place.

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Debido a la exigencia de su puesto como directora del colegio, eran muy pocas las veces que Minerva disponía de tiempo para charlar con Albus. Sabiéndola siempre ocupada con sus obligaciones, el antiguo director prefería pasar las tardes haciendo cualquier cosa antes que molestarla. Y ésa tarde, después de que los invitados al cumpleaños de Harry se marcharon, se sintió contento cuando Minerva se aferró a su brazo en invitación a un largo y ameno paseo por los terrenos del castillo.

Escoltados por las sombras de los altos robles que bordeaban el camino, se tomaron su tiempo para hablar de lo que no habían podido durante todo ése tiempo, y Minerva se alegró de ver que Albus volvía a ser el mismo: jovial, ingenioso y entrometido en los asuntos de las personas que eran dueñas de su total aprecio. Lo quería. Era su mentor, su amigo, casi como un padre. Él conocía toda su vida, todos sus secretos y era dueño de su total confianza.

Albus era una caja llena de sorpresas y virtudes, y de vicios inofensivos como sus amados caramelos de limón. Era firme en sus decisiones y estricto cuando la situación lo requería. Pero si alguien acudía a él buscando ayuda, tendía su mano amiga y el afortunado que se ganara su estima y confianza jamás conocería de su parte la traición ni la injuria. Así era Albus. Minerva lo sabía, y eso hacía que lo quisiera mucho más si eso era posible.

-El Consejo ha decidido reintegrarte a las actividades del Colegio –la profesora sabía cuánto extrañaba Albus su antiguo puesto. Y aunque ella también se había encariñado con la dirección, siempre estuvo consciente de su regreso-. Te han ofrecido un puesto como miembro honorario. Y también la dirección, cuando así lo dispongas.

-Aceptaré ser miembro honorario, pero no volveré a ser director.

-¿Estás seguro, Albus? Sé mejor que nadie cuánto amas tu trabajo –su amiga lo miró sorprendida, y Albus sólo se rascó la barba y dejó que la profesora siguiera preguntando-. ¿Puedo saber por qué has tomado ésta decisión?

-Siempre pensé en tomarme algún tiempo para descansar cuando ya no existiera la amenaza de Voldemort –Minerva lo escuchó con atención, apresando con cariño la mano que sostenía su brazo en su caminar de regreso hacia el colegio-. Y quiero retomar algunos proyectos que dejé de lado durante muchos años por culpa de la guerra y de mis obligaciones en la dirección.

-¿Seguirás viviendo en Hogwarts?

-Me temo que no, mi querida Minerva. Tengo pensado abrir una escuela de prácticas para Aurores, en mi castillo en el Este de Escocia.

Ella frunció el ceño, tratando de hacer memoria. Recordó que años atrás, Albus le había comentado que era propietario de un castillo en lo alto de un acantilado, pero no recordaba el nombre del lugar.

-Hay algunos hechizos y encantamientos que inventé hace mucho tiempo y que quiero perfeccionar. Los presentaré ante el Ministerio para su aprobación y uso en la formación de Aurores. La Orden de Fénix dejará Grimmauld Place y se establecerá en mi castillo. Así podré controlar todo desde el mismo lugar sin tener que moverme para todas partes.

-Parece que tienes todo muy bien planeado. Y no me sorprende de alguien tan brillante como tú –el resto del camino lo recorrieron en silencio. Antes de llegar a su oficina Minerva lo abrazó con fuerza, sin poder evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla-. Te extrañaré, Albus. El colegio no será lo mismo sin ti... yo no seré la misma sin ti.

-Podrás visitarme cada vez que quieras, siempre serás bienvenida –fue la respuesta optimista del anciano mago-. ¿Sabes? Creo que deberíamos casarnos. Así podríamos solucionar el asunto de la distancia.

Minerva se separó de su amigo, riendo con ímpetu. Albus siempre encontraba la manera de hacerle olvidar sus penas.

-Vamos, Albus... con todos los años que tengo de conocerte, es como si ya estuviera casada contigo –el anciano fue quien rió ésta vez, aunque en el fondo no pudo evitar darle la razón-. Lo único que no sabe el uno del otro, ha quedado en la línea que separa nuestra amistad, de la intimidad.

-Eso también se puede arreglar –a ésas alturas, Minerva ya no tenía aliento para seguir riendo.

-Ah... ya deja de decir tonterías. Ya no tenemos edad para ésas cosas.

-Pues yo me siento joven y vigoroso.

-Te voy a ser honesta, mi querido Albus –Minerva se detuvo frente a la gárgola que custodiaba su oficina-. Eres muy guapo, pero te amo demasiado como amigo para arruinar nuestra amistad casándome contigo.

-Yo también te amo, Minerva –la profesora pronunció la contraseña. La gárgola les cedió el paso hacia las escaleras de caracol-. ¿Y si yo tuviera ochenta años menos?

-Entonces lo pensaría... –y la gárgola se cerró detrás de ellos.

Afuera, el eco de sus risas resonó por todo el lugar hasta evaporarse en la inmensidad del antiguo recinto.

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Draco dejó lo que estaba haciendo para prestar atención a las risas que alcanzaba a escuchar a través de su puerta entreabierta. Oliver jugaba sobre la alfombra de la sala con Leslie, haciéndole cosquillas. Por un momento, se sintió tentado a abandonar su quehacer para hacerles compañía en el juego. Pero su deseo de terminar cuanto antes pudo más, y se apresuró a llenar su baúl con sus cosas. Al día siguiente dejaría sus aposentos en Hogwarts para empezar una vida en común con su pareja.

Oliver se lo había pedido unos días atrás, pero la idea ya venía cuajando en la mente de Draco desde antes. Deseaba ser parte de ésa pequeña familia que Oliver y Leslie formaban. Ser compañero de vida y padre de una criatura lo asustaba, pero al mismo tiempo lo llenaba de emoción. Oliver y él tenían muchos planes en mente. El moreno rentaría la casa que perteneciera a su madre y se irían a vivir a la Mansión Malfoy, que su padre acababa de dejar tras habérsela heredado en vida.

Ya no tenían nada qué hacer en Hogwarts. Oliver había dejado la enfermería al término del curso escolar; ése mismo año comenzaría su carrera de Medimagia y aunque Poppy admitió que lo extrañaría no dejó de desearle suerte. Draco ya no sería auxiliar del profesor de Pociones, pues él también comenzaría sus estudios de Pociones Superiores. Aún deseaba ser profesor, pero no descartaba la posibilidad de equipar un gran laboratorio en sociedad con su padrino.

Estiró la mano para abrir el cajón de su mesita, de donde extrajo todas las cartas que Blaise le escribiera. No había querido deshacerse de ellas porque sabía que cada una era un trozo de su corazón, al menos la parte que a él le correspondía. Lleno de melancolía, se tomó su tiempo para leerlas, como un pequeño homenaje para quien había llegado a amar con toda su alma. Cuando terminó de leer la última carta, decidió que no podía seguir conservándolas.

Esperaba que desde donde Blaise estuviera, comprendiera que ahora tenía a su lado a la persona con la que deseaba compartir su vida. Al no escuchar más risas en la sala se asomó para averiguar qué ocurría, y pudo ver que Oliver y su hija se habían quedado dormidos sobre la alfombra, frente a la chimenea encendida y en medio del aroma a bosque que el fogón siempre esparcía por el lugar. Con las cartas en la mano, se acercó a ellos en silencio para observarlos mejor.

El cuerpo de Leslie descansaba a todo lo largo sobre el pecho de su padre, y subía y bajaba al ritmo de su respiración pausada. Su vestido blanco contrastaba con el suéter negro y la mano del moreno cubría toda su espalda para evitar que cayera de su pecho. Ambos tenían el mismo perfil. Eran muy parecidos a excepción de los rizos castaños y sus ojos, que ya habían tomado un color aceitunado. Draco sonrió con ligereza ante ésa bella imagen, de la que ya deseaba formar parte.

Sin pensarlo más, dio media vuelta y se inclinó a la altura de la chimenea.

-No quiero que pienses que te hemos olvidado –murmuró al tiempo que acercaba los pequeños pergaminos al fuego-. Sólo... estamos aprendiendo a vivir sin ti.

Una por una, las cartas de Blaise cayeron sobre la hoguera, convirtiéndose en cenizas con la misma lentitud con las que Draco las arrojaba. Muchos sentimientos lo inundaron mientras el fuego consumía todo rastro de su amor primero. Lo había amado de verdad, con todo su corazón. Ya lo había perdonado y en cambio, sentía por él una inmensa gratitud. Él se había marchado, pero con su partida había dejado en sus manos la felicidad encarnada en Oliver y su hija.

-Le hablaremos a Leslie de ti, y llegará a amarte tanto como nosotros –susurró cuando la última carta terminaba de consumirse.

Se recostó sobre la alfombra a un lado de su pareja, y acarició los cabellos castaños de Leslie. Los amaba. Ellos eran lo más importante para él. Cerró los ojos recordando la promesa que le hiciera a Blaise la última noche a su lado en la sala de los menesteres, mientras lo veía dormir.

"Te amo tanto, que si alguna vez me faltaras tomaría todo aquello que alguna vez fue tuyo y lo haría mío para cuidarlo, amarlo y guardarlo en lo más profundo de mi corazón".

Era una promesa de amor que estaba dispuesto a cumplir.

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En medio de un sorprendente paisaje en el corazón de las Montañas Rocosas, la cabaña de Lucius se hallaba rodeada de picos cortados y glaciares asombrosos. Enamorado a primera vista de la belleza natural de ésas majestuosas cumbres, Remus contemplaba con embeleso el más bello de los lagos que en su vida había visto. Azul profundo sobre cuya superficie los abedules se reflejaban temblorosos, como temiendo profanar con su imagen la belleza azulina de sus aguas.

-Es un lugar muy hermoso –Lucius lo escuchaba mientras llenaba sus copas de vino. En el comedor un elfo recogía la vajilla, para después retirarse con discreción-. Podría quedarme aquí toda la vida.

-Vengo una vez al año, y nunca me canso de admirar tanta belleza –el rubio se acercó a la ventana, donde un fino telescopio descansaba sobre su pedestal. Remus se imaginó que debía ser el sitio ideal para contemplar el firmamento por las noches.

-Supongo... que debió ser uno de los lugares preferidos de tu esposa –Lucius desvió su atención del paisaje para posarla sobre su pareja.

-Ella nunca supo de la existencia de éste lugar –respondió ante el gesto desconcertado de Remus-. Ya lo tenía desde antes de casarme con ella. Mandé construir ésta cabaña pensando en ti. Para ti.

-¿Para mí? –Remus dejó su copa a un lado, sorprendido ante su confesión-. Pero... si tú y yo nunca volvimos a vernos.

Lucius sólo se encogió de hombros y dejó su lugar junto al ventanal para recostarse frente a la chimenea encendida. El cobertor beige de pluma de ganso era confortable y el rubio cerró los ojos, relajándose antes de responder a las preguntas de su pareja.

-Mi padre planeaba abrir un complejo turístico en ésta zona –Remus se sentó a su lado en la cálida colcha, para escucharlo con atención-. Pero era territorio Muggle y debía llenar muchos papeles y dar muchas explicaciones, así que se cansó y me lo dio para que hiciera con él lo que quisiera. Decidí cerrar el lugar al turismo y lo hechicé para que se volviera una región inaccesible.

-Ahora me explico porqué no fue necesario ocultar el carruaje a la vista de los Muggles –el rubio asintió-. ¿Por qué construiste la cabaña para mí?

-Porque quería compartir todo esto, contigo –Remus sonrió con ligereza al escucharlo-. Pero a veces las cosas no salen como uno las planea.

-Ahora las cosas son diferentes –Remus enredó sus dedos entre los cabellos rubios, y Lucius respiró con fuerza ante el suave contacto de su mano-. ¿Te he dicho que podría quedarme aquí toda la vida?

-El bosque está limpio de animales peligrosos. Y no hay hombres lobo contra los que debas competir –Remus se acostó a su lado y acarició su pecho por encima de su fino suéter de lana café, imaginando lo que el otro pensaba-. Dejé la Mansión a Draco, y por el momento no tengo otro lugar mejor a dónde ir.

-Vamos, Lucius. Tienes propiedades en casi todas partes –Lucius sonrió ante el comentario del castaño-. Lo de no tener dónde vivir déjamelo a mí –su rostro se tornó serio y sus ojos ambarinos se posaron sobre los azules antes de continuar-. Quiero que vivamos juntos, sin importar dónde sea. Sólo necesito saber... si tú también lo deseas.

-Más de lo que te imaginas –Remus suspiró ante la caricia que recorrió todo su cuello, hasta posarse sobre su estómago estremecido-. Y te puedo asegurar que deseo mucho más que eso...

El castaño gimió cuando los labios de Lucius cubrieron los suyos en un beso exigente, apasionado. Remus se apartó del calor de su boca por un momento para observarlo. Con los ojos entrecerrados, el rubio respiró agitado mientras sus dedos largos buscaban una porción de su piel por debajo de las prendas. Una cicatriz bajo su pecho fue delineada a ciegas, y cuando Remus volvió a gemir, Lucius perdió la razón.

-¿Lo deseas tanto como yo? –por toda respuesta, el rubio deslizó sus manos por todo el largo de su cuerpo bajo la tela que lo cubría, hasta donde el electrizante toque de sus finos dedos logró llegar. Con un suspiro excitado, Remus mordisqueó el lóbulo de su oreja y Lucius se apresuró en su tarea de reencontrarse con la textura de su piel-. No tienes idea de cuánto te deseo...

-¿Te acuerdas cómo te encendía... que lo hiciéramos a escondidas... en los pasillos? –Remus asintió con un gemido al oír su susurro excitado. Las ansiosas manos recorrieron todo su cuerpo buscando cicatrices antiguas para reconocerlas como suyas-. Recuerdo muy bien dónde te gustaba que te tocara...

-Ahí... me tocabas ahí... –gimió, y Lucius reprimió un suspiro cuando el calor de su vientre abrazó su mano por encima del pantalón. Con un suave movimiento, se deslizó hasta su muslo interno, muy cerca de su pelvis, y apretó con ligereza. Remus volvió a gemir y Lucius sonrió al recordar que era una de sus zonas más sensibles-. Eso es... ahí...

Lo desnudó deprisa, deseoso de saborear cada centímetro de su piel. A partir de ése momento, Remus no tuvo reparo en dejarse explorar por su pareja. Lucius descubrió una nueva cicatriz sobre su cadera y la lamió por primera vez, provocando en el castaño un largo escalofrío de placer. Complacido por su reacción, el rubio siguió lamiendo y descubriendo nuevas cicatrices, haciéndolo estremecer.

Él recordaba un cuerpo delgado, de músculos firmes bajo suave piel. Remus seguía siendo delgado y aunque su cuerpo ya no era tan firme, su piel aún seguía siendo suave al tacto de sus dedos. El cuerpo descubierto ahora bajo sus manos era más experimentado y no pudo evitar sentirse celoso, al imaginar que después de él alguien más se hubiese deleitado con su sabor y textura. Dejó sus dudas a un lado al sentir las manos de Remus despojándole de sus ropas.

Ya no le importó nada más, ni siquiera los años vividos lejos de él si ahora podía sentir sus manos acariciando cada rincón de su cuerpo. ¡Cuánto deseaba volver a sentir ésa piel mojada empapando en sudor la suya! Desesperado, lo apresó contra la suave colcha y Remus se quedó sin respiración cuando los cabellos rubios hicieron cosquillas entre sus piernas abiertas. Y mientras Lucius lo albergaba en la calidez de su boca, sólo tuvo fuerzas para gemir y apretar con fuerza su cabeza.

-¿Te gusta lo que te hago? –incapaz de responder, Remus atrapó sus labios para robarle su propio sabor dentro de un beso lleno de urgencia. Lucius osciló sobre él, rozándose contra su cuerpo, enloqueciéndolo-. Tócame donde más me gusta...

El castaño se separó de su cuerpo y Lucius suspiró de placer al sentir bajo su pecho la suavidad del cobertor. Su espalda era muy sensible y Remus pareció recordarlo muy bien cuando la punta de su lengua recorrió todo lo largo de su columna. Su espalda se arqueó ante la húmeda caricia, mientras Remus hacía a un lado sus rubios cabellos para dedicarse a su cuello. Lucius gimió cuando la mano morena viajó por toda la blancura de su piel hasta donde su espalda terminaba.

-¿Pensaste que lo había olvidado? –Lucius gimió en respuesta cuando su entrada fue profanada por un dedo largo y juguetón, al mismo tiempo que su oreja era invadida por la humedad de su lengua-. ¿Quieres que te lo haga?

-Hazlo... ya... –la colcha fue presa de los puños del rubio cuando Remus comenzó a mover su lengua, de la misma manera que lo hacía con el dedo. Su cuerpo se sacudió y Remus se sacudió con él al sentirlo estremecerse.

-Ven aquí... ahora... –Remus lo necesitaba y ya no quiso seguir jugando más. El rubio se giró para quedar boca arriba incitándole a montarse sobre él, y su pareja se estremeció de placer y dolor cuando Lucius lo poseyó con urgencia, apretando su cintura. Exigente, ondeó su cadera buscando fundirse con la otra-. Ah... sí... me gusta...

Remus cerró los ojos, concentrado en el placer que su pareja le concedía. Sabía que Lucius también lo deseaba y buscó complacerlo, llevarlo al límite. Arqueó su cuerpo y el gemido que brotó de sus labios excitó al rubio hasta enloquecerlo. Apresó sus manos contra las suyas por encima de su cabeza, sus labios cerca de su oído para murmurarle cosas sucias que hicieron a Lucius casi acabar con sólo escucharlo.

El rubio gimió contra su cuello, y el castaño hizo un esfuerzo en recordar el pasado; sus encuentros nocturnos en los rincones del Castillo, cuando Lucius se estremecía de placer junto a él. Sus ojos se humedecieron al recordar la noche de su despedida, y deseó haber conocido antes ése hermoso sentimiento que ahora anidaba en su corazón.

-Nunca... debí dejarte... ir –fue el susurro de Remus muy cerca de su oído. Lucius buscó su mirada y como años atrás, los ojos ambarinos se ahogaron en lagunas azules, y el hielo se derritió en oro fundido.

El amanecer sorprendió a Remus sentado en el pórtico, con el suéter café de Lucius encima y una taza de chocolate caliente entre sus manos. Sobre el cobertor de plumas el rubio despertaba de un merecido descanso tras el ejercicio de la noche anterior. El profesor aspiró el aroma de su pareja a través de la fina prenda mientras frente a él, el sol asomaba por detrás de las montañas pintando de áureo sus heladas cumbres.

Escuchó los pasos de Lucius, y luego su abrazo buscando el calor de su cuerpo. El rubio le quitó la taza de chocolate y bebió de ella, mientras se sentaba junto a él para observar a un alce calmando su sed a la orilla del lago.

-Todo lo que ves, es tuyo -los ojos ambarinos se entrecerraron al escuchar la voz adormilada muy cerca de su cuello-. Podrás venir aquí todas las veces que quieras.

-Quiero dejar la Casa de los Gritos, y venir durante las noches de luna llena –Lucius asintió, de acuerdo con su idea-. Nada me gustaría más que vivir aquí, pero estaría demasiado lejos del Colegio. Y la diferencia de horario tampoco ayuda.

-Hay una propiedad cerca de Gales, que un socio ha puesto en venta. Ya la vi y me gustó –Remus contuvo la respiración, deseando escuchar su propuesta-. Quisiera que la conocieras y si a ti también te gusta...

Lucius le estaba demostrando con ése gesto que lo amaba, y que ya no había recuerdos que se interpusieran entre ellos. Remus apartó la vista del hermoso paisaje y al reflejarse en la suya se sintió como un abedul, tembloroso frente al profundo azul de su mirada. Aceptó su propuesta con una sonrisa en sus labios y la ilusión reflejada en el ámbar de sus ojos. Había encontrado al fin a un compañero. Alguien con quien compartir su vida...

Y con él, la certeza de que ya nunca más estaría solo.

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Les gustó desde el primer momento que la vieron. La hermosa propiedad que Severus y Harry acababan de adquirir en las Tierras Altas, se hallaba aislada de las casitas solariegas de los muggles por elevadas colinas boscosas y acantilados escarpados. Había sido construida dos siglos atrás sobre la cima de una montaña, y estaba rodeada de extensos jardines en declive hasta donde la vista alcanzaba. Un matrimonio de ancianos magos sin descendencia había decidido ponerla en venta.

Severus no lo pensó mucho antes de vender la casa paterna, y Harry retiró una cantidad semejante de su cuenta en Gringotts para terminar de cubrir su valor. Fue un trato justo. Los ancianos se mostraron felices de irse a vivir a un lugar más cálido, pues los inviernos en ésa parte de Escocia eran cada vez más crudos para ellos; y los nuevos dueños encontraron lo que tanto necesitaban: un lugar rodeado de bellos paisajes y con la suficiente intimidad para vivir una vida normal, como los magos que eran.

A Harry le gustaba ver todo desde arriba; cuando montado sobre su Saeta de Fuego se lanzaba esquivando las grietas de los precipicios ocupados por nidos de águilas, para rozar con la punta de sus pies las frías aguas de los lagos cercanos. Después ascendía a gran velocidad en línea recta hasta perderse entre las nubes; para descender despacio reconociendo entre todas, la colina que albergaba su casa blanca acabada en sesgadas azoteas de teja roja, y altos ventanales enmarcados en madera de roble.

Severus se dedicaba a su nuevo laboratorio, acondicionándolo a su gusto. Aunque de vez en cuando extrañaba sus mazmorras en Hogwarts, se veía recompensado por la amplitud de su enorme y frío sótano, dividido en varias secciones por largos pasillos; el lugar ideal para trabajar a sus anchas y mantener sus ingredientes a salvo de la luz del sol. Dividía su tiempo entre encontrar la cura al dolor de Remus, y su trabajo como profesor de Defensa en la escuela de prácticas para Aurores, en el castillo de Albus.

Ésa mañana de principios de diciembre, ambos desayunaban sentados en el mirador de su jardín. Amparados en la soledad y el silencio que rebotaba en las montañas, disfrutaban la vista de la campiña al sur y más allá la costa con sus pequeñas bahías; sus pacíficos pueblos pesqueros y la magia natural de sus islas al fondo, muy lejos de las cañadas. Harry leía una carta mientras Severus hacía algunas anotaciones sobre el libro de Flamel, objeto al que Harry ya veía como un habitante más de la casa.

-Sirius y Catherine nos visitarán el próximo fin de semana –entretenido en su lectura, Harry no vio el gesto de fastidio en el rostro maduro-. Quieren invitarnos a la cena de Navidad que están organizando.

-¿Y no pueden enviarnos la invitación por medio de una lechuza? –Harry negó en silencio, sonriendo con ligereza ante el tono irritado en la voz de su pareja-. Apenas acaban de irse.

-Eso fue hace tres meses, y sólo vino para presentarme a su novia y conocer la casa –Severus no despegó la vista de su libro, pero Harry pudo advertir que rumiaba algo sobre visitas cada tres años. No hizo caso. En vez de eso, garabateó algunas palabras en un pergamino y se dedicó a abrir el resto de la correspondencia-. Draco quiere ponerse de acuerdo contigo para que lo asesores con algunas lecciones.

-Hablaré con él cuando nos veamos en Navidad –con ésa respuesta, Harry supo que su pareja acababa de aceptar la invitación de Sirius, pues Remus y los Malfoy también figuraban en la lista de invitados además de Minerva y Albus-. ¿Hay algo más para mí?

-Otra carta del señor Malfoy –Severus hizo un gesto para pedirle que la leyera en voz alta, aunque ya sabía de sobra su contenido-. Pregunta otra vez que cómo vas con la poción para Remus.

-Dile que quizás para la siguiente Luna Llena, pero que si sigue molestando todos los días con lo mismo tardaré seis meses más –Harry escribió una respuesta más diplomática, buscando dejar satisfecho al aristócrata para que dejara de presionar a Severus. Después de eso, se dedicó a leer las cartas de Ron y Hermione-. ¿Cómo están tus amigos?

-Ron está muy entusiasmado con su carrera y su trabajo en el Ministerio, y Hermione aún se siente muy atraída por la Magia Antigua. Dice que si se apura, el próximo año estará ingresando a la universidad –aunque sabía que lo hacía sólo por él, el muchacho agradeció el interés del profesor hacia sus mejores amigos.

Dejó las cartas a un lado para saborear su chocolate caliente con pequeños malvaviscos blancos, mientras centraba su empatía en ellos. El corazón de Ron estaba lleno de confianza en sí mismo; ya era un adulto que había encontrado por fin una identidad propia, lejos de la sombra de sus hermanos mayores. En el corazón de Hermione no dejaban de latir experiencias nuevas y emocionantes; y aunque ella no quisiera aceptarlo aún, Ron ya ocupaba una gran parte de él.

Draco y Oliver compartían un gran amor nacido de la pérdida y el consuelo mutuo; y guardaban juntos el dulce recuerdo de quien los uniera más allá de su misma muerte. Lucius y Remus estaban bien, y estarían mucho mejor cuando su amigo bebiera la poción para eliminar el dolor de sus transformaciones. Albus era feliz con su nueva escuela de prácticas, de la que él pensaba formar parte como profesor de Estrategia cuando concluyera sus estudios para Auror.

Minerva seguía siendo directora de Hogwarts y era tan respetada y querida como lo fuera Albus en sus tiempos. Y Sirius... Sirius seguía siendo Sirius, pero con el alma en paz y el corazón más tranquilo. Su padrino estaba enamorado, y Harry estaba feliz por él. Catherine había llegado a su vida en el momento preciso y con su cálida compañía le había devuelto la fe en el amor; y con su forma de ser tan distraída y alegre, el deseo de vivir.

-No me molesta que Black te visite cada vez que quiera. Al contrario, me da gusto que sigas en contacto con él –Harry dejó sus pensamientos a un lado al escuchar la grave voz de su pareja-. Aunque la idea de su presencia constante en mi casa no me hace saltar de alegría.

Harry no pudo hacer más que sonreír ante la sinceridad del profesor. Hacía tiempo que se había resignado a la mutua antipatía entre ellos, y para no molestarse prefería tomarlo por el lado divertido. Todo estaría bien mientras no intentaran hacerse daño, y al parecer ninguno de los dos albergaba ése desagradable sentimiento. Harry dejó su taza de chocolate para tomar la mano de su pareja por encima de la mesa, mientras lo miraba con seriedad.

-Hubo un tiempo después de la batalla, en el que deseé no poseer el don de la empatía –la voz solemne del muchacho hizo que Severus dejara el libro a un lado para dedicarle un poco de atención-. En ése entonces, el dolor y la angustia de las personas que más quería llegaron a ser demasiado intensos, al grado de no poder distinguir mi propio dolor del de ellos. Y en algún momento todo eso se juntó, y me superó.

-Nunca imaginé que estuvieras pasando por algo así, ¿por qué no me contaste nada? –Harry se encogió de hombros, sin saber qué responder-. Habría buscado el modo de ayudarte a sobrellevarlo.

-Lo hiciste, Severus. Tal vez sin darte cuenta –en medio del silencio que los envolvía, la voz de Harry sonó firme y clara, y a Severus le gustó la seguridad con la que habló-. Te mantuviste fuerte mientras todos los demás nos derrumbábamos; fuiste el único que permaneció en pie en medio de tanto daño, y yo lo sentí. Y fue en ésa fortaleza tuya en la que me apoyé para salir del pozo donde me encontraba hundido.

-Tú fuiste el único motivo verdadero, Harry –el muchacho sonrió, sus verdes ojos mirándolo con amor detrás de las gafas redondas-. Si me mantuve firme fue gracias a ti.

Ya no hablaron más. Mantuvieron unidas sus manos mientras observaban a un águila en pleno vuelo, hasta que la vieron perderse entre los filosos vértices de un acantilado.

Harry aún podía percibir las secuelas del daño que dejara la última batalla contra Voldemort, y pasaría mucho tiempo antes que el olvido borrase cuanto recuerdo doloroso. Pero todos estaban saliendo adelante, y apreciaban la oportunidad de comenzar de nuevo. Gracias a Severus, ahora él podía contemplar los más hermosos atardeceres a su lado y volar sobre su Saeta bajo el azul del cielo. Cosas maravillosas de las que no hubiera podido disfrutar de no recuperar jamás la vista y que por ésa razón, para él no tenían precio.

Ahora podía decir que habían vencido a Voldemort, en todos los sentidos.

-¿Crees que algún día volverá a surgir otro mago oscuro igual o más poderoso que Voldemort? –Severus dirigió su mirada hacia su pareja, y por su gesto supo que su pregunta era seria.

-Hubo uno antes que él –respondió el profesor, tras meditarlo por un momento-. Habrá otro después, no lo dudes.

-Ahora no quiero preocuparme por eso –Harry depositó un largo y profundo beso en los labios de su pareja, antes de convocar su Saeta de Fuego-. Sólo quiero ser feliz y disfrutar cada minuto de mi vida, contigo.

El muchacho gritó, eufórico al sentir el vértigo de su caída al abismo. La Saeta remontó tan rápido como cayera y segundos después, su figura semejaba a un águila surcando el cielo. Severus permaneció en el jardín, observando todos sus movimientos y saboreando el gusto a chocolate con malvaviscos que Harry le dejara con su beso. Voldemort ya no existía. Y no sabía cuánto tiempo pasaría antes de que surgiera un nuevo señor tenebroso que quisiera ocupar su lugar, si es que alguna vez sucedía. De algo sí estaba seguro...

Sin importar lo que pasara, él también disfrutaría con Harry cada momento de su vida.

Fin.

Notas finales.

Mi más profundo agradecimiento a todos ustedes, que se tomaron la molestia de leer desde el primero, hasta el último capítulo de ésta historia. Y por su paciencia al esperar cada actualización mes con mes.

Nunca terminaría de nombrar a quienes me alentaron con sus comentarios, señalándome mis aciertos y errores. Gracias por ser parte activa en éste proceso. Y a todas las personas que lo siguieron en silencio pero siempre fieles, muchas gracias también.

Hasta la próxima.

K Kinomoto.