CRISIS DESPUES DE UNA BATALLA: Amor, solo amor

La herida en su pierna era grande y profunda. Inuyasha la miró asustado. Habían estado tanto tiempo juntos peleando y rara vez Aome salía lastimada. Ella cayó al suelo pesadamente, mientras el escorpión gigante intentaba incrustarle su puntiaguda cola sobre su frágil cuerpo. Ella no miró. Hasta que se sintió en los fuertes brazos del demonio - perro.

Aome, ¿estas bien?

Lo escuchó decir, con un tono de voz demasiado angustiado y preocupado que ella misma se asustó. Abrió los ojos y lo vio demasiado cerca en su cara. No pudo evitar sonrojarse.

Sí, sí... estoy bien.

Pero Inuyasha no se convenció. Corrió por entre los arboles hasta dejarla en un claro, a salvo, se dijo, mientras le decía: Vuelvo enseguida, quédate y descansa, Aome. Nosotros nos encargaremos.

Ella lo vio correr velozmente por entre los árboles. De pronto, su vista se nubló, y unos instantes después, se desmayó.

La furia incontrolable lo hizo despedazar de un asestazo al temible escorpión. Sango y Miroku lo miraron asombrados. Ellos, cansados, se sentían totalmente débiles en comparación a este fuerte Inuyasha. Pero sabían que siempre que Aome estaba en peligro, el chico bestia mostraba todo su potencial a sus enemigos.

¿Y la Srta. Aome? – Preguntó el monje.

La dejé en el bosque. Vamos con ella.- y corrió nuevamente a toda velocidad.

La encontraron sin sentido tirada en el suelo, con el pelo alborotado y más blanca que nunca. Pero lo que a Inuyasha le paralizó el corazón, fue el gran charco de sangre que se desparramaba y salía a borbotones de su pierna herida.

No la cargó en su espalda, como siempre lo hacía. Estaba demasiado choqueado como para dejarla atrás. La cargó entre sus brazos y corrió hacia la aldea. En su mente no había cabida para otro pensamiento: Que no se muera!

La anciana Kaede lo recibió en su cabaña. Inuyasha la recostó con delicadeza, mientras le explicaba atropelladamente cómo la chica había sido herida.

¿Un escorpión gigante?- La anciana se acercó a Aome y miró su pierna. Lo primero que hizo fue limpiar y aplicarle un torniquete. Luego sacó unas hierbas y comenzó a machacarlas. Le agregó algo como un aceite, y luego se la aplicó directamente a la herida, para finalmente vendarla por completo. La venda le tapaba desde el muslo a la rodilla.

Inuyasha miraba todo esto muy ansioso. Miraba la expresión que le pareció preocupada de la anciana. Pero ella no decía nada. Exasperado pero hablando en susurro, le habló directamente.

Argggg! Anciana Kaede, dígame cómo esta ella.

Kaede lo miró y a Inuyasha los segundos le parecieron eternos.

Inuyasha, Aoeme tuvo un desangramiento. La herida es grande y profunda, por eso se desmayó.

Pero... ¿va a estar bien?

Inuyasha...

Qué sucede anciana, ¿esta muy grave?

Si tan solo fuera eso...

Inuyasha abrió los ojos y sintió como su corazón latía fuertemente.

Que? ¡Qué sucede con ella? Anda, dímelo de una vez!

Esta envenenada.

¿Envenenada?- dijo apenas, pero luego la miró con esperanza- pero tú debes tener medicinas contra eso, tú lo sabes todo, debe haber una cura...

Sus palabras eran atropelladas e inseguras. Era obvio que estaba desesperado. La anciana movió la cabeza negativamente.

No Inuyasha, no contra eso...

El chico bestia la miró aterrado, sin comprender bien lo que la anciana con voz demasiado segura, le acababa de decir. ¿Había escuchado mal? Podría ser, las orejas de perros podrían estarle fallando después de tantas batallas. Se acercó rápido hacia la anciana, pero ella movió nuevamente la cabeza.

Lo siento, lo único que podemos hacer es esperar. Si Aome es fuerte, el veneno pasará.

Inuyasha la miró y quiso decir algo, pero no le salió la voz. Vio como la anciana empapaba un pedazo de tela en agua y se acercaba a la frente de la chica, pasándoselo delicadamente.

Aome es fuerte, sé que va a lograr sobrevivir...

¡No, no, no, anciana Kaede! No puedo quedarme de brazos cruzados esperando un milagro!

La anciana se apartó de la chica y miró a Inuyasha seriamente.

Escucha, he recordado algo, en la aldea vecina hay alguien que pueda ayudarme.

¿De verdad?- estaba demasiado alegre, sabía que las cosas no podían estar mal con Aome.

Debo ir a verlo, debo preguntarle...

De eso me encargo yo...- Inuyasha corrió velozmente con rumbo a la aldea vecina. En su corazón había espacio para la esperanza. Aome iba a estar bien. Seguro que iba a estar bien.

El pobre anciano estaba demasiado aterrado como para darse cuenta que debía bajarse de la espalda del chico bestia. Cuando Kaede salió a recibirlo, el pobre hombre soltó sus brazos del cuerpo de su conductor y cayó pesadamente al suelo.

Sakato... gracias por venir...

El hombre miraba a Inuyasha aún aterrado, las palabras no salían de su boca.

¿Que le has hecho, Inuyasha?- preguntó la anciana.

¿Ka- Kaede?- tembló Sakato.

Ahora, ayuda a la anciana Kaede, por favor...- le dijo Inuyasha al anciano.

Vamos Sakato...

Per... pero... él es Inuyasha... Kaede... es Inuyasha...

Vamos Sakato, no hay tiempo para explicaciones. Él ha cambiado ahora. Por favor, no hay tiempo que perder.

La anciana Kaede ayudó a levantar al pobre anciano y lo dirigió a su cabaña. Instantes más tarde, los dos salieron. El hombre ya no estaba tan asustado, aunque miraba con recelo y desconfianza al pobre Inuyasha.

Sakato y yo iremos a la montaña... iremos a buscar la medicina...

Eso déjamelo a mí- Dijo Inuyasha precipitadamente.

Alto!- grito la anciana... Tú no sabes que planta medicinal necesitamos. Por eso debemos ir nosotros.

Argggg! Pero tardaran mucho! Déjame ir con el anciano.

No!- grito el pobre Sakato, al tiempo que los pocos pelos que le quedaban en la cabeza se erizaban del puro susto.

Mira Inuyasha, iremos nosotros, lo mejor será que te quedes con Aome. Cuídala.

Pero...

Sé que estará bien si estas a su lado. Volveremos lo antes posible. Yo ya no puedo hacer nada con ella, salvo encontrar la medicina.

Inuyasha vio a la anciana Kaede y Sakato en la espalda de la veloz Kirara. Junto a ellos iba Miroku y Sango. Los bosques de las montañas eran demasiado peligrosos para dos viejos ancianos. Necesitaban protección.

El atardecer cayó lentamente sobre la aldea. Inuyasha no tenía los ojos fijos en el atardecer. Sólo podía contemplar a Aome. La chica respiraba agitadamente, mientras pequeñas gotitas de sudar se formaban en su frente. Esta con fiebre. Del tiesto con agua que Kaede había puesto a su lado, sacó el paño humedecido para deslizarlo suavemente por su frente. Aome se convulsionó entera, unos segundos más tarde se calmó. Inuyasha jamás había visto algo semejante. Menos en alguien tan cercano. Sentado a su lado sentía una angustia tan grande que le recordaron los sentimientos que le embargaban cuando se convertía en un humano 100. Sentía demasiado miedo, preocupación, dolor, angustia... Las horas le parecía eternas y el anochecer llegó. Aome respiraba aún agitadamente y él en un impulso descontrolado acarició su rostro lentamente.

Inu... yasha...- Aome abrió lentamente los ojos, se demoró un poco en enfocar su vista con la suya. Cuando lo hizo, le sonrió débilmente. Inuyasha desesperado la abrazó fuertemente enterrando la cara en su cuello y lloró. Lloró como un niño, como hacía años no lo hacía. Sintió la fría mano de ella sobre su cabeza, entonces él se apartó. La miró y no le importó que su cara estuviera bañada de lágrimas y que sus mejillas estuvieran rojas. No le importaba nada si era por Aome...

Inu... yasha... mi querido... Inuyasha...

El chico bestia le sonrió agradecido y le apartó unos húmedos mechones de pelo de la frente.

No te esfuerces Aome... estarás bien... lo juro.-

Inuyasha... puedo... descansar... en tus brazos?

Inuyasha le sonrió levemente. La tomó y la puso entre sus brazos, como arrullando a un bebé.

Un recuerdo se posó en su memoria. Una noche de luna nueva, cuando apenas se conocían y él había terminado mal herido por una araña gigante, le pidió algo parecido a ella. Recostarse en sus piernas. Allí, en un incontrolable impulso le había dicho que su aroma era agradable y que lo que antes le había dicho sobre lo detestable que olía era mentira.

Inuyasha...

No te esfuerces Aome...

¿Te acuerdas?... esa vez...

¿Te refieres... a que yo te pedí lo mismo aquella vez?

Ella le sonrió. – Si... si te acuerdas...

Claro... y lo que dije... también...

¿Y por qué... por qué nunca me dijiste... nada? creí... que lo... habías... olvidado...

Inuyasha la miró pero no dijo nada.

Si muero...

Inuyasha la miró asustado.

No digas eso! Aome, no te pasará nada!

Ella le sonrió y estiro su mano. Acarició su mejilla.

Si muero... quiero... que sepas... Inuyasha... que nunca...

Aome, no vuelvas a repetir eso, por favor Aome, no lo hagas.- Suplicó sollozando nuevamente.

Que nunca... dejé de... amarte...

Inuyasha sintió su corazón paralizado.

Te seguí amando... aún sabiendo que tú... le perteneces... a Kikyo..., a pesar... de que sé...que siempre la amarás...

Aome, por favor... no digas eso...

Mi querido... Inuyasha... - Aome comenzó a cerrar los ojos lentamente. El pobre chico bestia sintió como el corazón se paralizaba por completo. Se aterró y no reaccionó por unos segundos. Luego la movió, entonces ella se quejó. La fiebre comenzaba nuevamente a apoderarse de ella. Aliviado, en parte, sintió un deseo incontrolable de besarla. Besarla por estar aún viva, besarla por que ella lo amaba a pesar de sus sentimientos... pero... ¿Cuáles eran sus verdaderos sentimientos?... Si aún no lo sabía, no era honesto besarla.

Vio como la anciana le daba de beber una medicina hecha de unas raras hierbas encontradas en la montaña. Lo sabía, pero no quería asumirlo. Aome estaba de mal en peor, y si el brebaje no funcionaba... Inuyasha movió la cabeza a ambos lados, como tratando de sacudir los malos pensamientos que se le venían a la cabeza.

Ahora sólo debemos esperar... - dijo la anciana resignada.

Pero... ¿cuanto?- preguntó Inuyasha ansioso.

No lo sé... probablemente toda la noche... vete Inuyasha a dormir, nosotros cuidaremos esta noche de Aome.

No... no puedo...

Inuyasha... - le dijo Miroku conciliadoramente – esta atardeciendo, vete a dar un paseo, ve a descansar un poco...

¿Que no entiendes! Miroku!... si pasara algo yo...

No sucederá nada malo Inuyasha- dijo Sango- la cuidaremos, pero tú necesitas despejarte, necesitas dar un paseo... vuelve cuando lo hayas hecho, y luego cuidarás de Aome...

Sango...

Todos lo miraron de una forma extraña. Lo miraban con preocupación. ¿Acaso sabían lo mucho que estaba sufriendo por lo de Aome?

En su mente no había más otro pensamiento: Aome. Levantó la vista y vio los campos de arroz cubiertos por los destellos anaranjados de atardecer. ¿Cuándo se había puesto a contemplar un atardecer? El atardecer era un día agonizante, agonizante, como Aome, la dulce Aome. Sentía como se le escapaba de las manos y lo peor, se sentía impotente al no poder hacer nada. Llegó a una colina y desde allí pudo ver unas luces que le parecieron conocidas... ¿Kikyo! ¿Era Kikyo?

Corrió y la encontró sentada en el tronco de un árbol. Allí estaba a ella, tan altiva como nunca. Mirándolo con odio.

Kikyo...- el ver a la sacerdotisa siempre le provocaba una mezcla de sentimientos.

Inuyasha...- dijo ella susurrando.

Qué haces aquí?

Supe lo de esa mujer...- para ella, decir el nombre de Aome le provocaba más que ira.

¿Lo sabes?- preguntó Inuyasha asustado- ¿cómo?

La sacerdotisa dio un brinco y bajó del árbol. Caminó lentamente hacia él, con una sonrisa en el rostro.

¿No lo sabes? ¿mi querido Inuyasha?- dijo esta al tiempo que se colgaba de su cuello.

Qu...qué?

Eres bastante ingenuo- le dijo mientras pasaba un dedo por los labios de él, jugando de una manera que a Inuyasha jamás se le había ocurrido que ella hiciera. Ella se acercó a él y le susurró: -Todo esta planeado, Inuyasha, ella morirá, lo quieras o no...

El chico bestia sintió como se le helaba la sangre. Un pensamiento negro se le pasó por la mente. La miró horrorizado, mientras ella le brindaba una burlesca sonrisa. Asqueado le tomó los brazos que estaban en su cuello y la lanzo hacia atrás. Ella permaneció con la misma cara y sonrisa burlesca. Inuyasha no daba crédito a lo que su mente le decía: ¿Una trampa?

¿Fuiste tu? Fuiste tú!

Y de qué te extrañas...

No lo puedo creer...

Inuyasha, te dije que tú me pertenecías.

Inuyasha la miraba sorprendido. Pero una ola de venganza, odio y repulsión sintió contra aquella mujer que antes tanto había amado lo descolocaba. Apretó sus puños, soportando la ira que lo embargaba. Ella comenzó a reír, reír triunfalmente como siempre lo hacía.

Aome estará bien!

Kikyo dejó de reír, lo miró desafiante.

Pues tal vez hayan encontrado una cura,... pero su destino ya esta trazado, Si ella no se va de esta época, ella morirá, Inuyasha, ya lo sabes, y ni tú, ni nadie la salvará.- En ese instante ella desapareció. Inuyasha no podía creer lo que ella le acababa de decir. Aome, su querida Aome...