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Proyecto Phi–B

(novelización del famoso Fic)

Una historia de

Megawacky Max

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Palabras del Autor:

¿Qué puedo decir de una historia como Proyecto Phi–B? Creo que ya todo se ha dicho (o me han dicho) al respecto. Lo único que sé es que, años atrás, comencé a escribir un crossover que pretendía tener un máximo de seis capítulos, pero la fuerza del argumento y una extraña motivación me hicieron escribir mucho, mucho, mucho más.

Ha pasado tiempo. Hoy me encuentro aquí, frente a mi PC, preparando mis dedos y mi mente para novelizar una historia que, en un principio, fue un Script Fic. Aquellos que no han leído el fic original tal vez se sorprendan ante lo atrapante de esta historia; y aquellos que ya conocen el argumento se llevarán una agradable sorpresa al descubrir que, para este trabajo de novelización, me he tomado la libertad de añadir escenas, quitar otras, modificar cosas, arreglar muchas.

Señores, señoras (y señoritas), ésta es esa misma historia que leyeron, hace ya muchos años atrás...

... pero mejorada. Muy mejorada.

Es una promesa.

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Prólogo

El Tiempo es un invento del Hombre. No existe. Nos basamos en la idea de que la luz es día y la oscuridad, noche. Pensamos que las horas que marca el reloj son justificación del movimiento de los Astros, y aquel pensamiento es digno de una mentalidad absurda.

Qué mejor mentalidad para eso que la del Hombre.

La Naturaleza no conoce las manecillas de los antiguos relojes; tampoco el significado de la arena que cae de un bulbo a otro; no entiende de horas, minutos o segundos. La Naturaleza, la sabia Naturaleza, conoce su propio Tiempo, y dotó a cada criatura del Universo con su propio e hipotético reloj interno.

Todos tenemos un reloj que no podemos ver, pero que podemos sentir. Es aquel que nos hace saber que es hora de cenar, porque tenemos hambre. Es aquel que nos indica que hay que dormir, porque estamos cansados. Es esa cosita tan curiosa que, ante un hermoso día de Primavera, nos hará saber que caímos enamorados.

Los relojes de la vida marcan a cada individuo con diferentes tiempos de sus existencias. Y el problema reside en que algunos relojes específicos, relojes fuera de este mundo, están esperando a que suenen alarmas ocultas.

Tic... Tac... Tic... Tac… Un hipotético reloj continuaba su marcha tras casi nueve años de continuo funcionamiento. La alarma estaba preparada para activarse muy, muy pronto.

Sería un despertar digno de ver... desde una distancia de cien metros. Quizá más.

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Capítulo 1

Reacciones inesperadas

Nada inusual ocurría en la escuela pública 118. Las clases se dictaban con absoluta normalidad, muy a los pesares de cientos de estudiantes cada vez más aburridos. Muchos miraban constantemente hacia el exterior a través de las ventanas. Era un hermoso día, casi sin nubes y con una temperatura ambiente que invitaba a estar en cualquier lugar excepto aquel edificio.

Desde luego, decir que todos opinaban lo mismo era faltar a la verdad. Algunos de ellos, una minoría muy selecta, disfrutaban de la educación recibida.

Enfoquémonos en uno de estos individuos.

–Muy bien, alumnos. ¿Alguien sabe la respuesta a este problema? –sonrió el señor Simmons mientras indicaba la operación matemática que acababa de escribir en la pizarra.

Simmons esperaba un coro de estudiantes diciendo "Sí". Aún así, no se sorprendió demasiado con el pesado silencio que siguió a su pregunta. Los alumnos de cuarto grado luchaban ferozmente para no hacer ningún movimiento y mantenerse silentes en su sitio.

Sólo uno entre ellos levantó la mano.

–¿Phoebe, sabes la respuesta? –preguntó el maestro.

–Sí, señor Simmons. La respuesta es cuarenta y dos.

–¡Bien contestado! –sonrió Simmons.

Helga Pataki no estaba feliz. Su aburrimiento era tal, que debía medirse usando kilómetros, toneladas o incluso años–luz. La respuesta de su mejor amiga no colaboraba a su apatía.

–Phoebe contesta de nuevo –murmuró en voz baja–. Vaya sorpresa...

Simmons terminó de escribir la respuesta en la pizarra.

–Me sorprende tu velocidad, Phoebe –confesó–. Creí que resolver esto les llevaría algunos minutos más.

–Hago lo que puedo, señor Simmons –sonrió Phoebe.

–Oh, no... si esto continúa me voy a enfermar –murmuró Helga.

–Bien –Simmons se volvió a sus alumnos–, ahora vamos a...

El Tiempo es un invento del hombre, y fue el hombre quien dictó que, al dar las doce del mediodía, era su momento de alimentarse. Por ese motivo la campana del almuerzo sonó en aquel momento, interrumpiendo al maestro y provocando en los alumnos un inusitado brote de energía.

–Oh, ¿ya es hora de almorzar? Bien, continuaremos después de comer.

o–o–o–

La cafetería escolar podía definirse como un gran comedor de presidiarios, con la diferencia que los comedores de presidiarios son comparativamente más seguros que las cafeterías escolares. Los alumnos tomaban sus bandejas y recorrían el espectáculo de fenómenos que, según se decía, alguna vez habían sido comida.

Hay todo un debate con respecto a la comida que se sirve en las cafeterías escolares, comenzando por la propia cuestión si aquella cosa que parece puré de papas es, de hecho, puré de papas. Hay veces que sólo puede comprobarse al probar la comida, y para entonces será demasiado tarde para echarse atrás o sacar conclusiones (a excepción de Oh, no debí haber hecho eso). Entre las leyendas urbanas más populares figura la Leyenda del Misterioso Puré que Ellos Dicen es de Papas. Es una historia trágica y aterradora que se reserva para noches de tormenta en el bosque.

Helga y Phoebe tomaron sus respectivas bandejas y se formaron en la fila. Helga se mostraba aburrida a más no poder, mientras que Phoebe era una pequeña estrellita sonriente. Era increíble cómo ella emanaba una especie de sensación de seguridad que llegaba hasta los sentidos de Helga y, de alguna forma, le hacían entender que Phoebe Heyerdahl estaba de lo más contenta de estar formada en una fila que pronto la proveería de comida que tal vez no fuese comida.

Ya no lo soportó.

–Oye... Phoebe...

–¿Sí?

–¿Quieres dejar de ser tan lista? Estás opacando a los demás.

Phoebe dejó de sonreír. No esperaba una declaración tan abrupta de parte de su amiga. No que Helga no fuese de ese tipo de ataque.

–¿Qué? –preguntó.

Chlop. Una gran cucharada de Maravilloso Puré Vitamínico cayó pesadamente en su bandeja.

–Sabes a lo que me refiero –dijo Helga–. Eres la primera en responder en clase, nunca fallas y tienes esa velocidad para las matemáticas que hasta me da vértigo. ¡Tómate un descanso, chica lista!

Plic, plic, plic. Un manojo de Deliciosas Arvejas Verdes se apilaron en la bandeja de Phoebe. Ella no pareció notarlo.

–Sólo trato de ser una buena alumna –ella se defendió.

–Sí, bien, pero no hace falta que atropelles con todo en tu camino. Ese es mi trabajo.

Splact. El famosísimo Bistec A La Hillwood (famoso por motivos tétricos) hizo su aparición en la bandeja de Phoebe.

–¿De verdad crees que exagero? –preguntó Phoebe, insegura.

–Creo que tienes una obsesión por responder.

–No... No lo creo.

–No, ¿eh?

Phoebe salió de la fila y caminó hasta una mesa vacía. Helga se sentó frente a ella con su propia bandeja de terror culinario. Corría el rumor de que Edgar Alan Poe una vez intentó crear algo más tenebroso. Y falló.

–¿Así que no crees que tienes una obsesión, eh? –preguntó Helga. El tono se voz hizo que Phoebe abandonase su atención en su comida digna del forense y levantase sus ojos hacia su amiga.

Helga sonreía. No era buena señal.

–Creo que tengo un pequeño desafío para ti, –dijo ella.

–¿Un desafío?

–Sí. Apuesto a que no eres capaz de llegar al final del día sin contestar a ninguna otra de las preguntas del señor Simmons.

Phoebe intentó hacer encajar esa idea en su mente. No pudo.

–¿Qué? No seas ridícula, Helga. ¿Qué clase de–...?

–¿Tienes miedo?

–No tengo miedo –dijo Phoebe, llevándose a la boca las Deliciosas Arvejas y procurando parecer indiferente.

–Entonces no crees poder lograrlo –insitió Helga.

Phoebe no dijo nada. Helga era conocida por sacar de quicio a todo el mundo si así ella se lo proponía, así que sólo debía ignorarla un poco para que la dejara en paz.

Phoebe se llevó una mano al estómago.

–¿Qué pasó? –preguntó Helga.

–Nada. Creí que había sentido algo.

Helga miró por sobre la mesa.

–Debe ser todo eso que estás comiendo. He oído cosas.

De hecho, Phoebe sí había sentido algo en su interior, pero no era ningún tipo de dolor. No es posible describir con acierto aquello que sintió, pues ningún ser humano lo ha sentido jamás.

Sea lo que hubiera sido, dejó de molestarle. Phoebe atribuyó el hecho a las Deliciosas Arvejas. Sabían a pollo. A pollo sin cocinar.

–Y entonces... ¿hacemos la apuesta? –Helga retomó la iniciativa.

–No quiero apostar –dijo Phoebe.

Justo por encima del mínimo aceptable para la audición humana, Phoebe alcanzó a escuchar la voz de su mejor amiga murmurando "Cobaaaaarde...".

Phoebe levantó la mirada. Tenía el ceño fruncido. Helga puso su mejor cara de inocente.

–¿Qué? –dijo.

Phoebe Heyerdahl es una chica callada, lista y tranquila.

Esto es falso.

No se niega que Phoebe sea todo eso; simplemente hay que añadir que no lo es todo el tiempo. Dentro de ella se esconde otra Phoebe; más decidida, menos callada y hasta incluso un poquito agresiva. Pocas veces esa personalidad ha conseguido subir a la superficie, y todos agradecían ese detalle. Sin embargo, cuando alguien lo provocaba a salir, en general terminaba mal para todos.

Helga estaba obligando a ese lado oculto de Phoebe a ver la luz.

–Helga, no soy cobarde, ¿bien? Por favor, deja de insistir –advirtió Phoebe y regresó a su comida.

Cobaaaaaaaarde...

Volvió a levantar la mirada. Helga hacía como que miraba para otro lado. Helga no sabía lo que hacía. Era el equivalente a hacer malabares con bolas rellenas de nitroglicerina.

Phoebe volvió a llevarse una mano al estómago. Había algo extrañamente diferente a aquello que estaba sintiendo.

Cobaaa

–¡Ya está! –clamó Phoebe, levantando la mirada con tal fuerza que sus ojos parecieron dar un latigazo–. Si crees que me voy a acobardar estás muy equivocada. Bien. Bien. Acepto la apuesta, pero ya deja de hacer eso.

Helga sonrió, expectante. –Esto va a ser digno de ver –dijo.

o–o–o–

Minutos más tarde, caminando de regreso a clase, Phoebe no estaba tan aguerrida como antes. Su mano seguía en su estómago.

–Creo que el Bistec me cayó mal... –anunció.

–No busques una evasiva –criticó Helga.

No era una evasiva. Phoebe podría haber evitado una escena impresionante en clase, pero su orgullo y honor habían sido heridos y no abandonaría sin luchar. Resistió.

Entraron al aula y tomaron sus lugares. Simmons ingresó inmediatamente después de Harold, el último en pasar.

–¡Bien! Ahora continuaremos con nuestra práctica de matemática –anunció, feliz. Un coro de quejas en voz baja resultó como música para sus oídos.

Simmons escribió otro problema en la pizarra. Se volvió a sus alumnos.

–Entonces... ¿quién puede darme la respuesta a este problema?

Phoebe observó la fórmula matemática y demoró tres punto ocho segundos en calcular la respuesta. Tres punto nueve segundos y su brazo comenzó a levantarse. Exactamente a los cuatro segundos Helga le chistó disimuladamente por detrás.

Phoebe detuvo el movimiento de su brazo y lo regresó al pupitre, un tanto molesta.

–¿Nadie? –preguntó Simmons.

Gerald levantó la mano.

–La respuesta es veintitrés –dijo.

–Me temo que no, Gerald –confesó Simmons–. ¿Sí, Harold?

–Ehhh... ¿sesenta y ocho?

Phoebe se llevó una mano a la cara.

–¿Sesenta y ocho? –susurró, irritada–. ¿Qué clase de respuesta es... ah...!

Catapultó una mano a su estómago. Algo no estaba bien.

–Me temo que tampoco es veintiséis –dijo Simmons a Rhonda, quien también se había equivocado–. La verdad, no creí que les trajera problemas resolverlo...

Tic... Tac... Tic... Tac… algo dentro de Phoebe estaba comenzando a funcionar.

–... y debo decir que esperaba alguna respuesta correcta. Qué extraño que Phoebe no contestase.

Tic... ... Tac... ... Tic... … Tac… …

–Apuesto a que ya no aguantas, ¿eh, Phoebe? –susurró Helga a su amiga, inclinándose hacia delante para que sólo ella pudiese escuchar.

Tic... ... ... Tac... ... ... Tic... … … Tac… … …

–¿Phoebe?

Helga observó que su amiga estaba levemente acurrucada en su asiento. Una mano se posaba en su estómago.

Ah... –dijo Phoebe. Helga vio la segunda mano dirigirse a ayudar a la primera.

Tic... ... ... ... Tac... ... ... ...

–¿Phoebe, estás bien? –preguntó Helga, ahora en voz alta y con sincera preocupación. Los más cercanos a la dupla voltearon su atención a la escena.

Tic... ... ... ... ... Tac... ... ... ...

Simmons también reparó en el estado de Phoebe. Se dispuso a hablar en el instante en que Helga ponía una mano sobre el hombro de su mejor amiga.

–¿Phoe–...?

Tic... ... ... ... ... ... Tac... ... ... ... ... ... Clic.

Phoebe escuchó el Clic. Lo escuchó dentro de su ser, tan claro como el agua, tan sólido como el acero... tan pesado como el plomo. Algo en su interior acababa de encenderse y ya podía sentir una energía nueva quemándole las entrañas.

Abrió la boca. Intentó hablar. No pudo.

Volvió a abrirla. Volvió a intentar hablar. Volvió a fallar.

Y el sudor... ahora se estaba formando en todo su cuerpo. Un sudor frío y de mal agüero. Un sudor helado, contrastando con el calor creciente en su interior.

Abrió la boca y procuró concentrarse. Tenía que decir algo. Tenía que mostrarse en uso de sus facultades. Enfocó su mente en las palabras y las envió a su temblorosa boca.

–Yo... yo... ah... yo...

Entonces... ocurrió. Fue como un latigazo de frío y calor simultaneo. Phoebe sufrió un repentino sacudón involuntario. Su campo de visión se había vuelto más brillante y levemente azul. Podía ver a sus compañeros dando un salto hacia atrás, alejándose de ella.

–Hel... ga... Se... ñor... Sim... m... mons...

Los alumnos se habían agazapado contra las paredes. Simmons se acercó a Phoebe y trató de controlarla.

–Phoebe... Phoebe... ¿qué te ocurre? ¿qué tienes? –preguntó.

Simmons sabía lo que Phoebe tenía. Tenía un par de ojos brillantes. En todo el sentido de la palabra; se habían vuelto dos fuentes de luz azulinas muy aterradores. Lo que Simmons no sabía era qué rayos, truenos y relámpagos le estaba pasando a una de sus mejores alumnas.

Phoebe tampoco lo sabía, pero lo sentía. Sentía toda la energía de su cuerpo desaparecer, poco a poco, de manera inevitable. Su visión dejó e ser azul para tornarse negra. Todo se oscurecía. Todo se volvía confuso.

–No me... siento... muy...

Cayó sobre el regazo del maestro, inconsciente. Simmons demoró unos segundos en salir del shock, pero se recuperó bien. Los demás alumnos se mantenían contra las paredes, observando aterrados. Algunos, como Curly, se acercaron un poco.

Simmons procuró olvidar el destello azul. Probablemente fue un reflejo en los lentes de Phoebe. Tenía que creer en eso, porque era la única explicación racional que se le ocurría. Levantó a su alumna en brazos y se dirigió a los alumnos.

–Llevaré a Phoebe a la enfermería. Que nadie salga de aquí. ¿Arnold?

–¿Señor Simmons?

–Quedas a cargo. Confío en ti.

Arnold asintió. Simmons abandonó el aula con Phoebe en brazos y cerró al puerta tras de sí. Nadie se movió durante los siguientes dos minutos y medio.

–Eh... ¿Ustedes vieron un brillo azul en sus ojos? –preguntó Sid, siendo el primero en admitirlo.

Si alguien hubiese dejado de pensar en lo que acababa de ocurrir, y si ese mismo alguien se hubiese preocupado más por Brainy, habría notado que él ya no estaba en el aula.

o–o–o–

–¡Déjame salir, cabeza de balón!

–¡Helga! ¡El señor Simmons me dejó a cargo para que nadie saliese!

–¡Quiero ir a ver a Phoebe!

–¡Ya lo sé, pero...!

–¡Quítate!

–¡No!

–¡Sí!

–¡No!

–¡Sí!

El resto de la clase seguían la discusión con sumo interés, moviendo la cabeza de aquí para allá como en un partido de tenis. Arnold se había recostado contra la puerta y se negaba a salir de allí, mientras que Helga intentaba quitar a Arnold del camino.

El señor Simmons eligió ese momento para regresar al aula.

–¡Señor Simmons, el grandísimo cabeza de balón no me dejó ir a ver a Phoebe!

–¿Sí? Bien hecho, Arnold. Sabía que podía confiar en ti.

–Ehhh, gracias –dijo Arnold, aunque no estaba seguro.

–¿Qué pasó con Phoebe? –atacó Helga.

Simmons se abrió paso hasta su escritorio.

–Phoebe está bien, al menos eso dice la enfermera. Está en la enfermería. Ya notifiqué a sus padres. Estarán en camino, supongo.

–¿Y no podemos ir a visitarla? –preguntó Helga.

–Helga, Helga, sé que te preocupas, pero lo mejor será dejarla descansar. Sea lo que sea que tiene –agregó.

Simmons tomó asiento y acomodó sus papeles, que no necesitaban ser acomodados porque él nunca los sacaba de un orden previsto. Había algo navegando por su mente, preocupándole. No quería admitirlo, pero la curiosidad terminó ganando.

–¿De casualidad ustedes vieron un... brillo... en sus ojos? –preguntó.

Hubo un intercambio de miradas muy significativo. No se había hablado de otra cosa durante los veinte minutos de ausencia del maestro.

–Eh... ejem... –Gerald se aclaró la garganta–. Ahora que lo dice, pues... hubo algo así. Creo.

Creemos –Rhonda rectificó.

–Creemos, sí, –asintió Gerald–. Algunos vieron el brillo. Era... intenso... salía de sus ojos... era muy...

–¿Azul? –preguntó una voz desconocida.

Los allí presentes observaron hacia la puerta. Había dos hombres que acababan de entrar al aula. El de apariencia más madura se acercó a Simmons.

–¿Un brillo intenso y azul? –preguntó.

Simmons observó al hombre durante un momento. Todo estaba pasando tan rápido... Un vistazo a su compañero reveló a una persona bastante más joven que el primero, de piel morena. Observaba a los alumnos con una sonrisa de tranquilidad.

–¿Quiénes son...?

–Oh, disculpe –el hombre maduro interrumpió a Simmons y mostró una identificación–. Agentes Lawrel y Hardy del Departamento de Educación, división seis.

–¿División se...?

–¿Tiene usted entre sus alumnos a una tal Phoebe Heyerdahl?

–Eh, sí... Está... en... la enfermería.

–En la enfermería.

–Sí... Ella... sufrió un ataque y se desmayó. Usted no me creería, pero... había un brillo...

–¿Azul?

Simmons miró directo a los ojos de aquel hombre. Sintió la horrible necesidad de parpadear y mirar a cualquier otro lado.

–Simmons, ¿verdad? Bien. ¿Sería usted capaz de reconocer ese brillo si lo viese otra vez?

–Yo, eh... sí, claro. Creo.

–Bien.

El hombre extrajo un par de lentes negros del bolsillo interno de su traje. Su compañero hizo lo mismo. Luego sacó un extraño bolígrafo que mostró a todos.

–Ahora... vea detenidamente la punta luminosa y dígame si es el mismo brillo –observó a los alumnos y les sonrió–. Ustedes también observen. Puede resultar educativo.

–Yo no veo na...

Un destello rojo interrumpió las palabras de Simmons. Los hombres guardaron sus lentes oscuros y dijeron:

–Y con esto termina la demostración de nuestra nueva gama de bolígrafos.

Simmons parpadeó.

–¿Eh? –dijo.

–¿Estaban prestando atención? –dijo el hombre maduro–. Ya van nueve clases en las que se nos duerme el auditorio.

Te dije que los bolígrafos eran aburridos –comentó su compañero.

–Lo siento... yo... no sé...

–No se preocupe, de verdad. Así es la vida. ¡Bien, niños! Gracias por su atención, y espero que adquieran nuestros maravillosos bolígrafos Mennin Black.

–Próximamente Mennin Blue, Mennin Red y Mennin Green –apoyó su compañero.

–Nos retiramos. Ha sido un placer, señor Simmons. Por cierto, su alumna Phoebe debió ir a la enfermería. Creo que le cayó mal algo del almuerzo.

Oh, cielos... ¿cuándo ocurrió eso? No lo recuerdo –confesó Simmons. Muchos alumnos también se mostraron sorprendidos.

–Ah –sonrió el hombre mayor–, no tiene usted idea de todo lo que la gente se olvida tras nuestra exhibición de bolígrafos.

–Sí, son muy aburridas –dijo su compañero–. Pero que muy aburridas, ¿eh?

Los vendedores de bolígrafos se marcharon. Simmons regresó a su asiento y acomodó sus papeles.

Se detuvo. Tenía la sensación de que ya había hecho eso.

–¿Sí, Helga?

–Dígame –preguntó ella, bajando la mano– ¿quiénes rayos eran esos?

Simmons abrió la boca para hablar, pensó un momento en la respuesta y luego la cerró con lentitud. Se rascó la frente distraídamente.

–Ahora que lo dices, Helga... no tengo idea.

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