Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Esta historia está escrita sin ánimo de lucro

A REFUGIO EN LA OSCURIDAD

Prólogo

"Piénsalo, Harry, piénsalo…"

Harry abrió los ojos y se sentó en la cama de un salto. Tenía la respiración agitada e irregular. Un sudor frío cubría todo su cuerpo. Se restregó los ojos y suspiró cansadamente. Cogió sus gafas y se las puso con manos temblorosas. Se puso de pie con cuidado, intentando que los muelles del colchón no sonaran para no despertar a su tío. Últimamente, Vernon tenía el oído más fino de lo normal, como Harry pudo comprobar un par de noches atrás y el moratón que se pintaba en uno de los costados lo demostraba. Después caminó a tientas en la oscuridad de su habitación, abrió la puerta con cuidado de no hacer ruido y salió en dirección al cuarto de baño. Luego, una vez dentro, metió la cabeza debajo del grifo del agua fría para intentar aliviar el dolor de cabeza y el calor que hacía ese verano.

'¿Qué puñetas era eso?' se preguntó el chico sacando la cabeza del grifo y mirándose en el espejo.

En los cinco días que habían pasado desde su regreso de Hogwarts, su aspecto había cambiado drásticamente. Unas profundas ojeras marcaban los, antaño, vivos ojos de Harry. El verde esmeralda brillante heredado de su madre había sido apartado para dar paso a un verde opaco y triste. El brillo de vida y alegría que antes habitaba sus ojos había sido apartado, dejando sólo una cáscara vacía y solitaria que esperaba con resignación y apatía su destino. Su pelo de color azabache, siempre alborotado y rebelde, había crecido considerablemente hasta llegar a sus hombros. No sabía con precisión el por qué de este inusitado crecimiento, pero tenía una ligera idea. Por otra parte, la ausencia de los rayos de sol en su cuerpo había hecho que su piel se volviera de una palidez extrema. También había adelgazado más de lo normal y su cuerpo había dado un increíble estirón.

El chico se secó un poco el pelo con la toalla y salió hacia su habitación. En cuanto abrió la puerta, el aire viciado le dio en la cara. Anduvo a oscuras hacia la ventana, tropezando con los trastos que había en el suelo y la abrió. La brisa veraniega inundó la habitación llenándola de oxígeno y algo de luz. Harry se apoyó en el marco de la ventana y sacó la cabeza para mirar la luna llena. Esa noche estaba más brillante de lo usual, como Harry pudo apreciar. Con la poca luz que entraba por la ventana, miró su habitación. Libros, plumas, botes de tinta y algo de ropa sucia se encontraban esparcidos por el suelo. Su cama, con las sábanas totalmente retorcidas, mostraba claramente que no había sido estirada en bastante días. Harry giró su cabeza hasta vislumbrar la mesa que le servía de escritorio. Allí vio el plato y el vaso que contenían la cena de aquella noche. Y como todos los días, ésta no había sido apenas tocada. Harry se acercó hasta allí y se tomó de un solo trago la leche que contenía el vaso. Luego volvió a la cama, se sentó en el borde y apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos. "Piénsalo, Harry, piénsalo". Esas palabras resonaban en su cabeza.

'¿Pensar¿Qué hay que pensar? Está clara la respuesta' se dijo a sí mismo suspirando y elevando la cabeza.

Sus ojos volvieron a pasear por la habitación y se detuvieron en un libro abierto tirado en el suelo. Harry se levantó y se dirigió hacia el libro alzándolo con una mano. Sus ojos verdes se aguaron al ver la página por la que estaba abierta. Era un álbum de fotos y allí, en medio de la hoja, había una fotografía de su padrino, la cual, estaba rodeada por otras más pequeñas, también de él. Una de él cantando, con un sombrero de Papá Noel y una botella de licor en la mano; en otra abrazado a Remus Lupin; en otra sonriendo y guiñando un ojo; a su lado, una abriendo los regalos. Y la de en medio, la más grande y la favorita de Harry: su padrino pasándole un brazo por sus hombros, abrazándole y revolviéndole el pelo mientras sonreía abierta y alegremente, feliz de tener a su ahijado allí con él. Harry había sacado esas fotos en la Navidad de su quinto año, cuando fue a pasar las vacaciones a casa de su padrino a hacerle compañía. Los ojos azules de su padrino brillaban con fuerza dejando atrás los ojos embotados que había tenido desde que se escapó de Azkaban. Las lágrimas surcaban las mejillas de Harry cayendo en la hoja mientras que una mano acariciaba con vehemencia la foto, intentado, inconscientemente, pasar a través del papel y volver a tener a su padrino a su lado.

.-Sirius… -su voz ronca resonó a través de la habitación, aún cuando había sido sólo un suspiro escapado de sus labios.

Harry recordaba bien el día que se había hecho esa foto. Había sido después de que su padrino entrara en su habitación y le dijera, completamente alegre y orgulloso, que era lo bastante mayor como para empezar a afeitarse. "Esto te lo tendría que enseñar tu padre, es su obligación" había dicho con una sonrisa melancólica justo antes de empezar la lección. Le había llenado toda la cara de espuma de afeitar, jugando y riendo. Lupin había entrado unos minutos después y le había regañado por haber gastado a lo tonto la espuma, pero se había quedado allí sonriendo divertido al ver a Sirius de "profesor" y los primeros intentos de Harry intentado no cortarse demasiado. Después de que Harry se pusiera la loción para después del afeitado, Sirius le había tirado encima de la cabeza un líquido de olor raro. Le dijo que era un invento suyo que servía para que las chicas se le echaran encima y no se separaran de él. Menudo embustero. Era una poción que había utilizado mucho en sus tiempos de Merodeador, que le pintaban a uno el pelo y la cara de un color distinto dependiendo del estado de ánimo que tuviera la persona. Harry le había perseguido por toda la casa hasta que consiguió darle alcance en medio del salón, el cual, estaba lleno de gente, sobretodo miembros de la Orden del Fénix. Sur rostro había pasado rápidamente de un rojo ira a un bonito tono azul de pena y vergüenza. Todas las personas de allí se pusieron a reír, consiguiendo que Harry se tapara la cara mascullando maldiciones en contra de su padrino, pero, al final, había acabado riéndose él mismo también. Y de forma aparentemente milagrosa, los colores llamativos habían abandonado el rostro de Harry dejándoselo del color normal, al igual que el pelo. "Jo, que chasco. A James le duró dos días hasta que se le pasó el efecto" le dijo Sirius a Harry cuando pudo dejar de reír. Justo después, Lupin había hecho la foto inmortalizando ese momento.

Harry sonrió con tristeza y melancolía al recordarlo. Cerró el álbum y se secó las lágrimas con la manga de la camiseta. ¡Cómo le echaba de menos! Si pudiera hablar con él una sola vez más… Aunque sólo fuera para pedirle perdón… Añoraba muchísimo la forma que tenía Sirius de revolverle el pelo. Sirius siempre había estado ahí para Harry, para ayudarle con cualquier cosa, para darle un consejo… pero ya no. Ya no vería esa sonrisa siempre amistosa dirigida a él, o su forma de hablar, siempre sacándole lo bueno a las cosas malas. Seguro que si estuviera ahora al lado de Harry le diría las cosas buenas que tenía que él hubiera muerto, pero, aunque Harry las buscaba, el muchacho no las encontraba. Abrió el baúl y dejó dentro el álbum, topándose con el espejo que Sirius le había dado. Más lágrimas cayeron de sus ojos mientras lo cogía con cuidado. Lo había recompuesto en Hogwarts, antes de marcharse, luego de haberse arrepentido de haberlo roto. Lo acarició con la yema de los dedos, viendo su reflejo y dejando caer más lágrimas. Volvió a dejar el espejo en el baúl y se secó con furia las lágrimas. No servía de nada llorar. Sirius no iba a volver y tenía que ir haciéndose a la idea. Pero no podía evitar que las gotas saladas irritaran sus ojos. No tenía otra forma de expresarse. No tenía a nadie allí para que le abrazara y le dijera palabras consoladoras. Su corazón estaba roto, destrozado en millones de pedacitos imposibles de volver a juntar. Él no volvería a ser el de antes, no podría, pues una parte de él se había ido para no volver jamás. Sirius, Sirius Black había sido un segundo padre para él, alguien a quien acudir cuando tenía problemas. Y él ya no volvería.

Su alma, el alma de Harry también lloraba. ¿Cómo no hacerlo? En ese momento sentía una cantidad de sentimientos imposibles de ignorar: culpa, odio, ira, venganza…

Culpa. Uno de los sentimientos que más sentía. Era su culpa que Sirius hubiera ido al Departamento de Misterios a salvarle. Si no hubiera sido tan estúpido y si no se hubiera dejado engañar de esa forma por Voldemort, Sirius nunca hubiera muerto.

Odio. Otro de los sentimientos que tenía más influencia sobre él. Odiaba a Bellatrix Lestrange, a Voldemort, a Pettigrew, a Umbridge, a Dumbledore, a toda la Orden del Fénix… pero, sobretodo, se odiaba a sí mismo. Siempre había odiado a Voldemort, siempre lo había hecho y eso nunca iba a cambiar, era su culpa de que Harry nunca hubiera tenido una familia y que nunca hubiera sido feliz. Bellatrix, la mortífaga mano derecha de Voldemort; fue ella quien empujó a Sirius dentro del velo. Le dio igual que fuera su primo, no tuvo ninguna compasión. ¿Y quién iba a olvidarse de Pettigrew? Esa pequeña rata traicionera, el traidor que entregó a sus padres a Voldemort y que, con ello, destrozó la vida de muchas personas. Esa maldita rata se las pagaría a Harry, de eso no había ninguna duda. Dumbledore, ese viejo hipócrita también iba a pagárselas e iba a pedir clemencia antes de que Harry le matara con sus propias manos. Desde un primer momento debió haberle dicho su destino, hablarle de esa profecía. Si lo hubiera hecho, si no le hubiera tratado como a un mocoso al que hay que proteger y cuidar, su padrino no se hubiera ido. También estaba toda la Orden del Fénix, empezando por Lupin hasta llegar a Snape. Todos ellos sabían de él y de la profecía, le habían tratado como un niño pequeño que necesitase protección y al que no había que explicarle nada para no romper el mundo de color de rosa en el que vivía ¡Y una mierda¡Harry nunca había conocido un mundo así, y ellos lo sabían!

Ira. Uno de los peores pero más gratificantes sentimientos. Toda esa adrenalina que le recorría el cuerpo cuando sentía ese sentimiento era una de las cosas que más le gustaba a Harry, aunque también le atemorizaba. Pero no podía evitar esa ira y esa adrenalina recorrer por sus venas cuando pensaba en Voldemort o en sus mortífagos… incluso en el mismo Dumbledore. Pero, aún así, ese sentimiento le llenaba de una vida que no había sentido nunca antes.

Venganza. Eso venía ligado a la ira, las ganas de vengar a sus padres y a su padrino era una de las pocas cosas que le hacían seguir adelante. Su cerebro, algo entumecido por la poca ventilación de la habitación, trabajaba a mil por hora buscando e imaginando brutales actos de violencia llevadas a cabo por sus propias manos para ver, con satisfacción, a sus enemigos pidiendo misericordia pocos segundos antes de su muerte.

Harry se pasó con desesperación las manos por su pelo. Ese no era él, él no mataba, ni torturaba; él no era así. Pero, ante todo, estaba cansado de luchar, de sentir… de vivir. Cualquiera diría que era un exagerado, que sólo tenía dieciséis años. Pero lo que poca gente sabía era de que los casi dieciséis años que tenía, quince los había pasado sufriendo, día a día. Nunca había sentido la alegría, la felicidad, el cariño, el amor de una familia. Algo tan indispensable como un abrazo o un beso no los había conocido hasta entrar en Hogwarts. La amistad de sus amigos, la preocupación de sus profesores, la confianza y el compañerismo de todos aquellos que conocía en aquel mundo sólo lo habían llevado a descubrir algo totalmente nuevo y aterrorizante: el miedo. El miedo a que hicieran daño a sus amigos y los utilizaran para llegar hasta él. El miedo a que sus amigos le abandonaran o le traicionaran. Y eso era lo último que necesitaba Harry. No soportaría que les hicieran daño, por eso había tomado una drástica decisión: separarse de todos. Lo tenía decidido, no se acercaría a nadie, y no dejaría que nadie se acercara a él.

Harry se dirigió hacia la ventana con pasos lentos y apoyó sus brazos en el marco de la ventana respirando hondo, expulsando sus pensamientos. Todavía quedaba mucho para la vuelta a Hogwarts, ya pensaría en eso más adelante. Volvió a mirar a la luna. Si su memoria no le fallaba, nunca había visto la luna tan brillante. Tampoco le dio demasiada importancia. Elevó su vista al cielo, buscando una estrella en particular, pero desde allí no se veía. Unos matorrales se movieron en la casa de enfrente, y se pudo ver algo rojo entre las hojas. Harry rodó los ojos y movió negativamente la cabeza.

'Mundungus… Este hombre no podría ser discreto ni aunque le pagasen'.

Harry miró el despertador. La pantalla digital, recientemente arreglada, marcaba las cuatro de la mañana. Aún quedaban un par de horas antes de que su tía le llamara a desayunar. Se tumbó en la cama, tirando al suelo las sábanas. Hacía demasiado calor como para taparse. Cerró los ojos y, después de un par de vueltas buscando más comodidad, volvió a dormirse. Si sólo hubiera esperado unos minutos más, hubiera visto el fogonazo de luz que vino, inexplicablemente, de la luna y la sombra que se escurrió y desapareció en la oscuridad en el callejón de la calle Magnolia.