PROLOGO

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Un hombre grande caminaba por una calle luego de usar al parecer un encendedor para apagar las luces de esta, el hombre se dirigía a un muro en el cual se encontraba un gato.

— Buenas noches Profesora McGonagall. —

Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, Había una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada. La mujer llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.

— ¿Cómo sabido quien era? —preguntó.

—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.

—Y Usted no lo estaría si llevara todo el día sentado sobre una pared—respondió ella.

— ¿Todo el día¿No ha estado en las fiestas? Debo de haber pasado por más de una docena en mi camino hasta aquí.

La profesora McGonagall se enfado.

—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-tu-sabe parece haber

Desapareció al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros Gracias a tontos sin poder controlarse. Porque realmente se ha ido¿no, Dumbledore?

—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le

gustaría tomar un caramelo de limón?

—¿Un qué?

—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta

mucho.

—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall —. Como le decía, aunque Quien-tu-sabe se haya ido...

—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede

llamarlo por su nombre¿verdad? Toda esa tontería de Quien-tu-sabe... Durante once

años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre,

Voldemort. —

La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-Tu-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.

—Sé que para usted no hay problema —observó la profesora McGonagall, entre la

exasperación y la admiración—. Pero es diferente. Todos saben que usted es que quien-tu... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.

—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes

que yo nunca tuve.

—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.

—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora

Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.

La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.

— Y los rumores que corren por ahí. Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?

Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa

estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría

pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal

intensidad como lo hacía en aquel momento.

Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.

—Dicen que la noche pasada Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están muertos.

Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.

—Lily y James... no puedo creerlo... Oh, Albus...

Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.

—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.

—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no

pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no

pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha

ido.

Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.

—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo

que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre

todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del

cielo?

—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo

sepamos.

— Estas seguro de dejarlo aquí Albus, Estos Muggles son lo mas diferentes a nosotros que pueda haber, vi al niño darle patadas a su madre por un dulce y que ni hablar del padre el…—

— Ya Minerva— Dumbledore le dijo — son su única familia, además Arabella lo cuidara bien—

La profesora McGonagall estaba lista para protestar nuevamente pero se detuvo por un sonido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se hacia más fuerte

mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta

ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó

del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.

La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía

parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco

veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y

además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi

toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y

sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos

musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.

—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin.

—lamento la tardanza profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con

cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me presto la moto. Lo he traído, señor.

—¿No ha habido problemas por allí?

—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles

comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.

Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas

se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro

azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un

relámpago.

—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.

—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.

—¿No puede hacer nada, Dumbledore?

—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la

rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres. Bueno, déjalo aquí,

Hagrid, es mejor que terminemos con esto.

Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley

Minerva acaricio la mejilla del bebe, y este abrió los ojos, tomando con sus pequeñas manos una ramita de pasto que tenia en la túnica.

Lo que paso después Tanto Albus Dumbledore como Minerva McGonagall y Rubeus Hagrid no lo olvidarían en su vida, mientras el bebe jugueteaba con la ramita moviéndola de arriba abajo esta brillo.

Cuando sus tres acompañantes veían la ramita transformarse en una rosa roja hermosa quedaron choqueados.

— Albus como… —

— No se, nunca escuche de magia cruda siendo tan niño—

— No puede quedarse aquí profesor, seria peligroso tanto para el como para los Muggles— Dijo Hagrid

— Es verdad Albus—

El anciano director asintió. Para luego sonreír.

— Llevèmoslo al colegio por ahora, hablare mañana con el ministro, Minerva dile a la orden, tu Hagrid dile a los elfos que agranden mi habitación y que hagan una cuna—

Minerva y Hagrid Salieron de ahí mientras que Albus se quedo viendo al niño que vivió, sus ojos verdes le llamaban la atención, eran de un Verde tan intenso como los de su madre.

— Viste todo Serverus— dijo el anciano mientras de las sombras una figura emergía de ellas.

— Si director— Dijo Serverus Snape mirando al niño con la roza — Como—

— No lo se, nunca oí hablar de nada parecido—

— Donde se quedara—

— Hogwarts Por ahora, luego veremos—

Snape asintió y se desapareció

— Esto solo significa que grandes cosas te esperan Harry Potter—Albus Dumbledore dijo mientras recordaba una parte de una profecía dicha a el hace ya mucho tiempo.

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— No se que están jugando los dioses ahora— dijo la figura de una mujer mirando al anciano Dumbledore y al joven Harry Potter en un espejo

— Tu lo misma lo has mixto Ret, el niño tiene el regalo de Innin— dijo otra figura

— Y eso será bueno o malo Ratar—

— Los dioses no dan regalos por que si— dijo este tranquilo

— A ese niño le espera un gran terrible y hermoso futuro—

— Eso ni nosotros lo sabemos Ret—

— No podemos intervenir—

— No solo lo empeoraríamos—

— No es justo es un niño—

— Y ese niño es la ultima esperanza, confiemos en el y en su juicio—

Ret asintió

— Buena suerte Harry Potter—

— Si buena suerte la necesitaras—

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FIN DEL CAPITULO