El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como todos los símbolos y elementos relacionados, son propiedad de Warner Bros., 2000

La canción es de Alexandre Pires.

Otra vez, tres songfics. Pareja... Draco-Ginny, Post Hogwarts... nyu.



Después de lo que tuvimos

Capítulo 1: Usted se me llevó la vida


Draco's PoV



"¿Está bien así, señor?"

"Sí, gracias..."

"¿Lo llevo?"

"No, adelántese. Iré caminando..."

"¿Seguro? Hace frío y está escarchando, todo parece indicar que va a nevar, o al menos llover"

"No importa, de verdad. Puedo llegar sólo"

"Está bien. Adiós, señor Malfoy"


Usted se me llevó la vida y el alma entera

y se ha clavado aquí en mis huesos el dolor

con esta angustia y esta pena.

Usted, no sabe que siente perder

no sabe que se siente caer y caer

en un abismo profundo y sin fe.


Humo sale de las altas chimeneas sobre los techos de las casas y edificios. Vapor escapa de las tapas de las alcantarillas. Gente camina murmurando entre sí por las calles. La blanca luna se muestra en todo su esplendor, en lo alto; siempre alto. Las estrellas siguen brillando, los autos avanzan por las calles. Los focos, los escaparates, los letreros de neón de las pequeñas tiendas que se amontonan en una avenida que no reconozco. Todo es tan normal, tan normal... Pero tan diferente a la vez.

Camino con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Hace frío, sí, pero no es que me importe. A cada paso que doy tu recuerdo se hace más nítido. Es que ahora que al fin y estoy solo para siempre me pregunto si alguna vez quisiste seguir, que si de haber podido te hubieras arriesgado conmigo. Ya no puedo saberlo. Es tarde, muy tarde...

La gente me mira, y sigue murmurando... qué mas da. ¿Cómo podrían saber lo que me acomete?. ¿Cómo podrían imaginarse lo que estoy sufriendo ahora? Y no tiene nada que ver que hace dos días enviudase, o quizás tiene que ver, porque ahora que soy libre y no me siento culpable de pensar... que amé demasiado a alguien que el mundo no había predispuesto para mí.


Usted se me llevó la vida y aquí me tiene

como una roca que el océano golpea

que ahí está, pero no siente.

Usted, no sabe lo importante que fue

no sabe que su ausencia fue un trago de hiel

que se ha quedado clavada en mi piel.


Tres años han pasado ya desde que por esas bellas casualidades del destino terminamos juntos en un café del lado mágico en Colonia. Ella, por asuntos familiares, y yo por asuntos de trabajo. Sabiendo que estaba casado, sabiendo que no me salvaría de la condena eterna y la humillación si se enteraban, pero allí, en ese pequeño y caluroso café, existía otra dimensión, una dimensión donde nada importaba, donde nada nos importó.

Porque estábamos lado a lado en la barra, porque yo intentaba hacer entender al tendero que quería un expresso y no un café con vainilla. Y ella, tan dulce, viendo mis frustración, conociéndome sin conocerme, le dijo unas palabras en alemán al hombre -que ya casi estaba al borde de la furia- y en poco tiempo tuve mi expresso ahí enfrente. Sin que le pidiera nada, así, por simple buena persona que era, me ayudó.

Comencé mi café. No pude evitar mirarla de reojo cada medio minuto, porque ella me observaba, sonriendo plácidamente, no como una burla, no por querer sentirse superior a mí al saber ese idioma tan endiablado, y poder decir que ella sabía y el gran, majestuoso, soberbio y distinguido Draco Malfoy, no. Eso fue lo segundo que me llamó la atención.

Ya llevaba casi la mitad de la primera taza, cuando al mirarla no pude evitar quedarme prendido en su belleza. Su hermoso, largo y resplandeciente cabello rojo, su tez pálida como la nieve con vestigios de las pecas que de niña tenía en abundancia, sus ojos color avellana, tan profundos y tan brillantes que sentía que me perdía en ellos. Su menudo cuerpo, cubierto por un grueso y largo abrigo café oscuro y sus pies terminando bajo las botas negras de tacón. Perfecta. Nada más. Y en ese momento, al subir yo mi mirada, creo que notó que la había estado observando, y se sonrojó violentamente, dándole un aire infantil, que debo decir amé. Pero no dejaba de sonreír.

"¿Qué, qué tengo?" preguntó con su voz suave, angelical, algo cohibida.

"Nada, disculpa" respondí yo, girándome hacia mi tazón de café y volviendo a tomar un sorbo, pensando en las circunstancias de la vida que me habían llevado a ese lugar.

"Yo sé quién eres" dijo después de un silencio eterno, cuando ya se le hubo bajado el tono de las mejillas. "¿Sabes quién soy yo?"

"Cómo no" le dije yo en voz baja, sin mirarla, y seguí tomando café.

Cómo no iba a saberlo, si en quinto año me lanzó un hechizo mocomurciélago que en ese momento recordé, y fruncí el entrecejo. Yo supe quién era ella desde el primer momento que la vi entrar al café. Apenas vi ese pelo rojo y pensé '¿Una Weasley?'. No era que estuviese obsesionado con llamar 'Weasley' a toda la gente de cabello rojo que veía por la calle, menos en un lugar que no fuera Londres. Pero 'ese' cabello rojo, sí que sabía reconocerlo.


Usted no sabe lo que es el amor

y el miedo que causa la desolación.

Usted no sabe que daño causó

cómo ha destrozado a este corazón

que tan sólo palpitaba con el sonido de su voz

con el sonido de su voz.


"¿Y qué haces aquí?"

Me demoré en contestar. No es que no me diera confianza pero... apenas y la conocía.

"Tratado de comercio internacional del Ministerio de Inglaterra con el de Alemania" respondí, secamente.

"Ah" Creo que le parecí demasiado frío. Y es que así siempre he sido, no podía evitarlo.

"¿Y tú?" le pregunté, tratando de no parecer demasiado interesado. Tampoco era un baboso.

"Un tía, prima segunda de mi madre... Quería que viniera a hablar de algo con ella"

"¿Y todavía no la ves?

"No, voy a estar una semana aquí. Apenas llegué hoy por la tarde"

"Una semana..."

"¿Tú, cuánto?"

"También"

Silencio otra vez. Terminé mi café y pedí otro, con un trozo de tartaleta. Otra vez, ella tuvo que ayudarme a darle a entender al hombre lo que quería. Ella misma pidió también un trozo de torta. Sentí los ojos de Ginny sobre mí, y le devolví la mirada, pero ella observaba mi mano.

"¿Estás casado?" preguntó.

"Sí, con Pansy. Pansy Parkinson"

"¿Y tienen hijos?"

"No"

"¿Por qué?"

"Creo que eso no te incumbe"

"Lo siento" cortó inmediatamente. Luego agregó: "Yo sí... Dos. El mayor se llama Alex. Tiene 6 años" Sonrió, seguramente recordando a sus pequeños. "La menor, Beth, de 2 años" Asentí, y me giré hacia ella, una pregunta había surgido en mi cabeza.

"¿Tan pequeña? Digo... ¿Y con quién la dejaste?"

"Con mi ex-marido" susurró, apretando los labios y mirando su trozo de torta.


Usted no sabe lo que es el amor

y el miedo que causa la desolación.

Usted no sabe que daño causó

cómo ha destrozado a este corazón

que tan sólo palpitaba con el sonido de su voz

con el sonido de su voz.


"¿Separada?" pregunté, aunque creo que la respuesta era más que obvia.

"Sí, hace cinco meses" Creí, no sé, ver que sus ojos se humedecían.

"Ese es uno de los motivos por los que no sería padre" dije yo, para mi propia sorpresa. "A la hora de separarse... los niños son los que más sufren"

"Pero uno no se casa, no tiene hijos pensando que algún día va a pasar eso y vas a terminar separado de la persona que creíste amar... y tanto"

"¿No lo amabas?"

"No, y él no me amaba a mí... Era sólo cariño, un cariño de amigos confundido con otro más grande. Ahora somos tan amigos como antes de que eso sucediera, pero... duele"

"Al menos algo había. Cariño" reflexioné, pensando y mirando hacia fuera del vidrio, pensando por algún motivo que alguien me estaba espiando. Suelo sentirme acosado cuando hablo de mí, como que alguien fuera a escuchar y decirlo al mundo, para que se burlasen de mí.

"¿Tu esposa está de acuerdo con no tener hijos?"

"Como si fuera a ofrecerse voluntariamente a engordar como una vaca y estar propensa a todas esas cosas que les pasan a las embarazadas en la piel. Menos a pasar más de la mitad del día acostada. No lo aceptaría"

"No es tan así. Cuando llevas un hijo dentro... es una sensación incomparable, que a pesar de las desventajas no hubiera cambiado por nada"

"Esa eres tú" apunté, y terminé el segundo expresso. Ella ya miraba su cuenta.

Le quité descaradamente el papelillo de la mano, lo miré y pedí el mío. Ella observó sin chistar. Saqué la billetera y busqué los Euros necesarios para pagar. Se los entregué al hombre, el que por primera vez en toda la noche me sonrió. Pero pagué más que sólo para mí.

"Oh, no te preocupes!" dijo ella, comprendiendo. "Yo me pago sola"

"No, ya no" dije, mirando la salida del lugar, poniéndome de pie.

Miré mi reloj de titanio. Las 10:30. Temprano aún.


Usted no sabe de verdad cómo se ama.

Usted no sabe cómo he sufrido yo.

Usted es fría y su maldad me hiela el alma.

Usted llenó mi vida toda de dolor.


"¿Qué harás ahora?" pregunté descaradamente, sin siquiera pararme a pensar que ella podría enojarse por la pregunta. Lo que, por suerte, no pasó.

"Ojalá lo supiera..." respondió, y también se puso de pie. Ni siquiera había tenido que preguntar.

Y esa respuesta, precisamente, era la que necesitaba...

Me paro, y por primera vez desde que comencé a caminar, levanto la cabeza y miro hacia arriba, hacia los lados. Hay algo aquí para mí que me había estado llamando y que me trajo a este lugar, sin explicación alguna.

Miro hacia la izquierda, vuelvo a levantar la cabeza para ver el cielo y luego la bajo a ver el horizonte. Mis pies, el destino, o lo que sea que maneja nuestras vidas a su antojo, me tienen en la mitad de la calle principal de un barrio residencial de clase media. Hay muchas casas de mediano tamaño con un auto estacionado afuera, y la mayoría con las luces de la ventana -que da hacia la calle- encendidas. Miro hacia mi derecha y me enderezo. Justamente, estoy frente a una de esas casas con ventana iluminada, con la oscura cortina entreabierta, invitándote insolentemente a mirar por el pequeño resquicio que se abría ante mis ojos.


Porque no sabe lo que es el amor

ni el miedo que causa la desolación

Usted no sabe que daño causó,

cómo ha destrozado a este corazón.


Y en un impulso me acerco, siempre mirando hacia los lados, fijándome que nadie note mi atrevimiento. Cuando mi cara está a veinte centímetros del vidrio dirijo mi vista hacia dentro de la casa. Y lo primero que veo es el paraíso, la salita más acogedora del mundo. La chimenea crepitante que emitía ese bonito resplandor dorado, algunas lámparas de pie de color blanco a juego con los sillones, blancos también, la mesa de centro de madera de nogal, los cuadros de buen gusto colgando de las paredes, pero al centro de todo, sobre la alfombra café oscuro, una niña pintando con sus manos sobre una hoja de block de dibujo con pintura muggle de frasquitos, manchando toda la alfombra de pasada. La niña, de cabello rojizo y crespo recogido en dos coletas altas pintando entusiasmadamente, y feliz, por sobre todas las cosas.

Un escalofrío recorre mi espalda, indicándome que la temperatura ha descendido, o que esa niña tiene un aire angelical que me parece haber conocido antes, alguna vez en mi vida. Y claro, como no iba a ser, si desde hace tres años que cualquier pelirroja que veo -sea niña, joven, adulta o anciana- me recuerda locamente a Ginny Weasley, y la mejor semana de toda mi vida.

La niña se para y camina con las manitos goteando pintura amarilla hacia otro sector de la casa que desde aquí no se ve, pero por el resplandor blanco que llega desde el pasillo debe ser la cocina o un baño. Y aquí quedo, mirando la puerta, esperando que la niñita salga.

Me imagino que se debe ver rarísimo. No, que me debo ver rarísimo pegado a una ventana mirando hacia dentro como un mendigo muerto de hambre mira como almuerza una familia. Salvo que en este momento, trajeado y con un largo abrigo negro -nuevo-, he de parecer cualquier cosa menos un indigente.

La niña sale corriendo de aquella sala, riéndose a llorar y se vuelve a tirar sobre la alfombra para seguir pintando. Segundos después, entra en escena una mujer saliendo también de esa 'cocina' y corriendo hacia la salita. Se agacha, separa a la niña -seguramente su hija- de la pintura y la carga. Pero hay un problema. Al ponerse de pie, después de mirar a todos lados, mira hacia la ventana.

Y me ve a mí.


Usted no sabe lo que es el amor

y el miedo que causa la desolación.

Usted no sabe que daño causó

cómo ha destrozado a este corazón.

Usted no sabe...


Y lo peor... yo sé quién es. Creo que la reconocería en cualquier parte del mundo a donde fuera, que si la viera a ella, allí, la reconocería entre un millón de personas.

Es Ginny.

Continuará...



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