Draco Malfoy dejaba la mansión de su madre a toda prisa. Sentía que su corazón iba a explotar, presa de la ansiedad y la angustia. Qué difícil había ido aparentar frente a su madre que todo estaba bien cuando había sentido aquella terrible opresión en el pecho.

Era como si le hubieran arrancado una parte de él. Por un instante, apenas una milésima de segundo, casi pudo escuchar un grito desgarrador. Durante aquel aterrador momento pudo sentir el miedo y el dolor… de otra persona.

Y después… simplemente se desvaneció. Como si nunca hubiera existido. Sin embargo el rubio pudo sentir, en su propio cuerpo, como algo le era arrebatado. Como si una parte de él se hubiera ido también… para siempre.

Supo que alguien había muerto. Y sólo había una persona en este mundo que pudiera importarle tanto como para sentir todo aquello. Ya no le importaba admitirlo.

Presa de la desesperación, el joven entró a su casa corriendo y gritando "Granger". La buscó por todas partes, en cada una de las habitaciones.

Nada. La Mansión estaba completamente vacía. No había rastro alguno de la castaña. Ni siquiera Sipsy contestó a sus ensordecedores llamados. Agotando todas las posibilidades fue hasta el túnel. Lo revisó exhaustivamente. Y nada.

La casa parecía no haber sido testigo de nada fuera de lo normal. Todo estaba tal y como siempre había estado. Pero Draco sabía que algo había ocurrido.

Finalmente, aceptando que Granger no se encontraba en los terrenos de la Mansión, el rubio decidió hacer algo que jamás imaginó.

Pedir ayuda a Harry Potter.

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- Nott y Parkinson ya se encargaron de la sangre-sucia. – Informó Narcisa a un encapuchado que se encontraba sentado frente a una chimenea.

- Me alegro. Era una espía, como sospechábamos.

- Yo también me alegro. Pero tengo mis dudas con respecto a Draco… no sabes lo repugnante que era ver como la miraba.

- No importa que se haya enamorado de la inmunda. Sabes que cuando se entere vendrá a mí exigiendo venganza. Él vendrá a mí. Y te puedo asegurar que se llevará una gran sorpresa.

Narcisa sonrió. Por fin llevarían a su hijo por el buen camino. Draco había estado perdido durante mucho tiempo y ya era hora de encarrilarlo. Su hijo tenía ante sí un gran futuro y ellos se encargarían de que lo tomara. Ninguna sangre-sucia se interpondría en sus planes para Draco. Sin embargo, que útil había sido la muy estúpida. Ahora sabían que estaban siendo espiados por Potter y sus amiguitos. Ellos serían los primeros en desaparecer una vez que Draco tomara el control de su destino.

Y lo más importante. Narcisa sabía que cuando Draco se enterara de la muerte de la inmunda su ira sería inmensa. Y la ira puede ser un gran aliado del poder. Draco sería el más poderoso y ellos le enseñarían a manejar aquel poder.

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Ginny lloraba silenciosamente en el pasillo. A su lado Harry la abrazaba, conteniendo la rabia que sentía. En una silla, una Luna inusualmente seria observaba el ir y venir de un molesto, e inusualmente callado, Ron Weasley.

La elfina Sipsy, quien había ido en busca de los aurores, estaba sentada junto a Luna, enjugándose las lágrimas con un pañuelo.

Finalmente un medimago salió al pasillo. Inmediatamente los amigos lo rodearon y comenzaron a acribillarlo a preguntas.

- Escuchen… - pidió el hombre. – La Sra. Malfoy se encuentra estable, dentro de su gravedad. No morirá. Aún no entendemos como pudo sobrevivir al Avada Kedavra.

- ¡Oh Por Merlín! ¡Un Avada! – Ginny se llevó las manos a la boca.

- Nosotros no pensamos que hubiera sido eso. – Murmuró Ron. – Hermione estaba inconsciente cuando la encontramos, pero vivía.

- Lo sé. Estamos realizando pruebas para ver que sucedió. Supongo que sería la segunda persona en sobrevivir a uno. – Comentó el hombre mirando a Harry.

- ¿Estará bien? – Preguntó Harry.

- Probablemente. Como les dije está estable.

- ¿Podemos verla? – Preguntó ansiosamente la pelirroja.

- Aún no. Esperaremos hasta que esté un poco mejor. Si me disculpan, debo volver.

Cuando el medimago se hubo ido, los jóvenes se miraron. Una mirada lúgubre que expresaba toda la rabia, impotencia y deseos de venganza que sentían. Nott y Parkinson lo pagarían caro.

- ¿Dónde está Malfoy? – Preguntó Ron con un dejo de desconfianza en la voz.

- ¿No creerás que él tuvo algo que ver con esto… o sí? – Preguntó Luna. – Él la ama.

- No sé, Luna. Me parece muy sospechoso que Malfoy no estuviera junto a Hermione cuando esto sucedió. – Comentó Harry.

- ¡No! – Gritó la elfina. – El amo Malfoy jamás le haría daño a la ama. Él tuvo que irse rápidamente porque su madre lo mandó a llamar. El amo no le haría algo así a la ama. – Y nuevamente la elfina rompió a llorar. - ¡Es culpa de Sipsy! ¡Sipsy debió quedarse junto a la ama Hermione, para defenderla!

- No, Sipsy. – Le dijo Harry amablemente, arrodillándose frente a la criatura. – Y aunque te hubieras quedado, lo más probable es que te hubieran matado. Finalmente resultó ser lo mejor. Y gracias a Merlín Hermione está viva.

- ¡Pero el amo se enojará terriblemente con Sipsy! – Continuaba sollozando la elfina. – ¡La castigara por no quedarse junto a la ama Hermione!

- No dejaremos que te castigue. – Murmuraba afablemente el ojiverde a la pequeña criatura.

- Buenas tardes. – Saludó una voz bastante lúgubre.

Todos se dieron vuelta para observar al dueño de aquella voz. Albus Dumbledore y Severus Snape se hacían presentes.

- Que bueno que están aquí. – Les dijo Ginny.

- ¿Cómo se encuentra Hermione? – Preguntó el anciano.

- Dicen que está estable. Aún no nos dejan verla. – Respondió Harry. – El médico confirmó que fue un Avada. – Remató el joven.

- Me lo temía. – Murmuró el anciano. Y a continuación dirigió su mirada hacia el adusto profesor a su lado. Fue una mirada fúnebre. – Tenemos que decirles algo.

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Malfoy caminaba desesperado por los pasillos de San Mungo. Su cabello, su ropa, incluso sus pensamientos, se hallaban en completo desorden. El mismo se sentía en completo desorden.

Después de dirigirse a las oficinas del Ministerio de Magia en busca de Harry Potter se había llevado la sorpresa de su vida. El héroe del mundo mágico no estaba por ningún lado, sin embargo se había encontrado con una noticia que hubiera preferido jamás escuchar. Una secretaria, después de haberlo visto desesperado en busca del auror, le había comunicado que tanto Potter como Ron Wesley y su esposa y Ginny Wesley, se habían ido a toda prisa. Según la mujer, una elfina histérica se había aparecido pidiendo ayuda para su ama.

- ¡¿Recuerda usted cómo era la elfina, su nombre o el de la ama por la que pedía ayuda?! - Le había preguntado el rubio prácticamente zarandeando a la pobre mujer.

- Gipsy o algo así… creo que así se llamaba la elfina. – Le respondió la mujer asustada.

- ¡¡¿Sipsy?!!

- ¡Eso!

Entonces Draco había vuelto a la Mansión, esperando que hubiera alguien ahí. Alguien, quien fuera, que le dijera qué diablos sucedía.

Sin embargo el silencio continuaba. Sabiendo que no podría postergarlo más, Draco supo que debía dirigirse a San Mungo. No quería aceptarlo, pero sabía que era el único y último lugar al que acudiría.

Y ahora, mientras se dirigía hacia el lugar al que la recepcionista lo había mandado después de preguntarle con ojos desorbitados por su esposa, sólo esperaba que no fuera nada grave.

Que estuviera viva… y que continuara así.

Porque si Granger moría él no se lo perdonaría jamás. Por no estar ahí. Por haber caído en la trampa de su madre.

Por ser un estúpido… que nunca fue capaz de asumir y decirle que la…

Al doblar una esquina supo que había llegado al lugar correcto. Al fondo del pasillo se encontraban los amiguitos de su esposa, junto a Snape y el viejo chiflado de Dumbledore.

- ¡Lo sabían y no nos dijeron nada! ¡Este es el resultado! ¡¡Hermione podría morir por culpa de ustedes!!– Gritaba fuera de si Ron. - ¡¡Acaso no pensaron en ella, en su vida!!

- Hermione sabía de los riesgos de esta misión, Ron. - Dijo firmemente el anciano.

- ¡No puedo creerlo! Esta es la mayor mierda que he escuchado en mucho tiempo. Si Hermione muere ustedes serán los únicos responsables. - Los señaló acusativamente el pelirrojo.

Y fue justo aquel nefasto momento para que Ron viera a Draco Malfoy.

- ¡TÚ!

El rubio ni siquiera tuvo tiempo de defenderse. Presa de la ira, ron se abalanzó sobre él, golpeándolo con todas sus fuerzas en la mandíbula. Ambos cayeron al suelo, envueltos en un enredo de piernas y brazos; ron golpeando sin piedad y Draco devolviendo aquellos golpes.

- Maldición, ¡ayúdenme a separarlos! – Decía Snape, quien sólo con ayuda de Harry y Dumbledore fue capaz de detener a los jóvenes.

- ¡¡Maldito!! ¡¡Todo esto es tú culpa!! – Gritaba Ron fuera de sí, mientras trataba de zafarse del agarre de Harry.

- Es suficiente , Ron. Ya te hemos dicho que el señor Malfoy no es culpable de esto. Los mortífagos lo han hecho. Lamentablemente descubrieron nuestros planes.

Sin embargo el pelirrojo no escuchaba a nadie. Para él Draco Malfoy seguía siendo un mortífago.

- ¡¡¿Acaso no fue suficiente con todo lo que la lastimabas en el colegio?!! ¡¡¿No es suficiente hasta matarla?!!

El rostro del rubio se volvió tan blanco como el papel. Inmóvil, miró con ojos desorbitados al hombre que le gritaba.

- ¿Qué? – Su voz parecía un graznido lastimoso. - ¿Qué haz dicho, Weasley?

- ¡¡He dicho que eres un maldit…

Nadie pudo preverlo. En dos zancadas el rubio se encontraba junto al pelirrojo, agarrándolo por la túnica.

- ¡¡Maldita comadreja!! ¡¡Dónde está!! ¡¡Dime si está muerta!! ¡¡Dímelo, maldición!!

Todos observaron atónitos la escena. No porque Draco Malfoy perdiera los estribos y como un loco preguntara por Hermione Granger. Sino porque el rubio no notaba que estaba llorando. Gruesas lágrimas caían sin cesar por sus mejillas, mientras zarandeaba al pelirrojo, que lo miraba boquiabierto.

- No está muerta, Malfoy. – Suavemente Harry poso su mano en el hombro del rubio. – Vamos, suéltalo. Hermione está viva.

Draco lo miró asombrado, como si estuviera saliendo de un trance. Y bruscamente soltó al pelirrojo, que casi cae de bruces.

Un silencio incómodo reinó en el lugar. Aquella muestra de desesperación por parte del rubio era demasiado esclarecedora. Daba a entender algo que asombraba a todos los presentes, a unos más que otros, pero al fin y al cabo a todos.

Y quizás aquel silencio se hubiera alargado indefinidamente. Con el rubio mirando el suelo en medio de todas aquellas personas que lo miraban como si le hubieran salido tentáculos del cuerpo. Sin embargo el medimago escogió aquel momento para aparecer nuevamente.

- ¿Señor Malfoy? – Draco miró al sanador aturdido, sin emitir palabra. – No se preocupe por su esposa. Ella se encuentra mucho mejor. Venía justamente a decirles que ahora pueden verla.

Inmediatamente todos se dirigieron a la habitación señalada por el sanador. Todos menos Draco. El rubio se quedó en el mismo sitio, mirando al vacío.

¿Cómo era posible que se sintiera así? ¿Cómo era posible que a pesar de saber que ella estaba bien siguiera sintiendo aquella horrible presión en su pecho? Quiso arrancarse el cabello, pero sus manos parecían entumecidas. Todo su cuerpo parecía entumecido, presa de un letargo y al mismo de unos temblores convulsivos. Draco Malfoy jamás se había sentido tan miserable en toda su vida. Tanto física como emocionalmente.

Además tenía miedo. Miedo de que ella lo culpara. Miedo de que lo echara de la habitación. Miedo de que lo despreciara. Ahora estaban todos sus amigos con ella, ¿para que iba a necesitarlo?

Comenzó a apretar los puños con tanta fuerza que sus nidillos se volvieron blancos.

- Malfoy. – Luna Lovegood lo llamaba suavemente. – Vamos. – Le dijo con una sonrisa genuina. - ¿Acaso no quieres ver a Hermione?

¿Qué? ¿Si acaso no quería verla? ¡Moría por verla!

- Voy. – Carraspeó el rubio. No le pasó desapercibido que su voz se escuchaba como un graznido lastimero.

Por Merlín, pensó el joven. Si hubiera sabido cuando iba en Hogwarts que terminaría así por Granger.

Ironías de la vida.

No obstante no tuvo nada de irónico cuando entró a la habitación en donde se encontraba la joven. Yacía inmóvil sobre una cama, palidísima. La pequeña Weasley le tomaba una mano inerte mientras lloraba.

Draco sintió que el mundo se derrumbaba a sus pies. Sí, estaba viva. Lo sabía. Pero parecía un cadáver inerte sobre aquellas sábanas.

Súbitamente un odio aterrador lo llenó. Odio contra su madre, contra los mortífagos. Contra todos aquellos que tuvieran siquiera una minúscula culpabilidad en lo que le había pasado a ella. Lo pagarían caro.

La observó a una distancia prudente. A pesar de todo se sentía como un extraño en aquella habitación, llena de toda esa gente con la que no se sentía para nada cómodo.

Era tan hermosa que le quitaba el habla. Tan hermosa que hacía que su corazón dejara de latir. Mirándola arrobado no se percató de que junto a él estaba Harry Potter.

- La amas. – No era una pregunta. Ambos continuaban mirando a la joven.

- De que diablos estás hablando, Potter.

- Debo confesarte que nunca creí completamente eso de su repentino amor y después casamiento. Siempre creí que era alguna locura por parte de Hermione. Después de todo ella ha sufrido mucho después de la muerte de sus padres. Y obviamente que tú tratabas de obtener alguna ventaja socioeconómica casándote con ella. Y cuando supimos que todo había sido una farsa vi que mis sospechas eran ciertas. Pero jamás hubiera imaginado que tú llegaras a amarla.

Sólo cuando el ojiverde hubo terminado Draco Malfoy giró el rostro para mirarlo a la cara. No estaba preparado para encontrarse con lo que vio. Quizás burla, desprecio, rabia u odio; pero no comprensión.

- No te metas en lo que no te importa, Potter.

- Típica respuesta tuya. – Harry sonrió. – Sólo te diré que espero que en el futuro la cuides mejor.

El rubio lo miró asombrado. ¿Aquello significaba lo que él creía? ¿Acaso Harry Potter le estaba dando su consentimiento para estar con ella?

- Por supuesto, Potter. – Respondió arrogante.

Y con un a simple y adusto asentimiento de cabeza por parte del chico de gafas, aquella discusión quedó zanjada. Entonces el ojiverde se dirigió junto a la cama, para estar más cerca de Hermione, así como lo habían hecho el resto de los presentes en aquella habitación. Sólo Draco Malfoy se mantenía aparte. Se sentía fuera de lugar en aquella escena. No por ella. Jamás a causa de ella. Sino porque todo lo que había compartido con Granger había sido en la intimidad, casi nunca frente a otros. Siempre eran ellos dos, y ahora en cambio tenía que soportar a ese grupo de fenómenos que nunca terminarían de ser de su agrado.

Draco la observó con aprehensión. Parecía apenas dormida, pero estaba tan pálida que daba miedo. Quiso ir hasta la cama y abrazarla, bessarla y asegurarse de que estaba bien. Quería tocarla desesperadamente; besar su frente y tomar sus pequeñas y finas manos entre las suyas.

¡La quería, Maldición!

¿Podía su existencia llegar a ser más patética? Finalmente se había enamorado de una hija de muggles. De unja sangresucia. Se había enamorado y estaba en el bando de todo lo que le habían enseñado a odiar desde que tenía uso de razón. Y no se arrepentía en lo más mínimo. Una mueca pasó por su rostro al imaginar como su padre se estaría retorciendo en su tumba.

Justo en ese momento el médico se acercó a él para explicarle la situación de su esposa. Su esposa.

- ¿Qué le sucedió exactamente? – Preguntó Draco fríamente.

- Señor Malfoy, ha recibido un Avada Kedavra.

Cada uno de los músculos del cuerpo de Draco se tensaron. Y un odio desgarrador azotó su mente. Sólo había un par de malditos capaces de dañar a Granger a ese extremo. Y esos malditos tenían los días contados. Pero algo no calzaba.

- Espere un momento. ¿Acaso dijo un Avada Kedavra?

- Así es.

- Pero eso es imposible. ¡Ella está viva! Y nadie sobrevive a una maldición así. ¡Nadie!

El médico se limitó a mirar a Harry alzando una ceja.

- No me venga con eso. – contestó Draco. – Potter estaba protegido por un hechizo demasiado fuerte.

- ¿Y si su esposa estuviera protegida por el mismo hechizo? – Preguntó el medimago.

Draco lo observó asombrado. ¿Cómo? ¿Cómo podría suceder algo así? ¿Quién? ¿Quién era el malnacido que se había atrevido a amar tanto a Granger como para hacer algo así?

- Yo averiguaré qué sucedió. – Se limitó a decir Draco. – Ahora me gustaría saber cuando despertará.

- No lo sabemos. – contestó el hombre ganándose un bufido por parte de Draco. – Señor Malfoy, su esposa está grave. Aún no sabemos los efectos que haya podido tener esa maldición en su cuerpo. Sólo le puedo decir que está estable y no morirá. – Terminó bastante ofuscado el medimago.

Gracias por nada, pensó Malfoy.

- Si no tiene nada más que preguntar me voy. – dijo el hombre antes de dejar la habitación.

Sólo entonces el rubio se permitió suspirar. Un Avada. ¡Un puto Avada! ¿Cómo habría sobrevivido Granger?

Pero un grito lo sacó de sus pensamientos.

- ¡Hermione! – Gritaba Ginny

- ¡¡¡Necesitamos a alguien aquí!!!

Inmediatamente Draco se acercó a la cama para observar como una enorme mancha de sangre manchaba las sábanas blancas en las que se encontraba la castaña.

Pero ni siquiera tuvo tiempo de decir o hacer algo. En un segundo la habitación estaba llena de medimagos y enfermeras que los hicieron salir. El rubio se negaba a salir, pero sabía que debía hacerlo por el bien de ella, por lo que finalmente dejó que el personal del hospital lo arrastrara fuera de la habitación.

- ¡Por Merlín! – Lloraba Ginny – ¡¡Era demasiada sangre!!

Todos estaban pálidos por la conmoción. Había sido tan rápido que ni siquiera tuvieron tiempo de asimilar qué sucedía con su querida amiga.

Draco los observó mientras se daban apoyo mutuamente, abrazándose y tratando de consolarse. Nadie podía consolarlo a él. Sólo el verla bien, riendo, gritándole, golpeándolo o diciéndole que era un maldito hurón botador lo haría sentirse bien. Sólo eso.

Y después de un par de horas que a todos les parecieron años, finalmente el medimago salió de la habitación. No tenía un buen semblante. Draco se fijó en eso y en sus manos y ropas manchadas de sangre.

¿Acaso Granger habría…? Ni siquiera era capaz de pensarlo.

Esta vez el rubio no fue capaz de dirigirse como un huracán y exigir una respuesta. Simplemente se quedó ahí parado como si estuviera viendo a la muerte venir por él.

- Señor Malfoy… - El hombre titubeó. – Lo siento mucho…

Un grito ahogado se escuchó tras Draco.

- Nunca pensamos que era eso, lo sentimos…

Una exclamación se escuchó esta vez. Quizás una palabrota o una maldición, al rubio no le podía importar menos.

- Ella… acaso ella… - Jamás en su vida Draco Malfoy había temido tanto decir una frase.

- Su hijo está muerto. La señora Malfoy ha abortado.

El rubio quedó en blanco. Aquello era lo que menos hubiera esperado escuchar.

Su hijo.

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Volví!!!

Después de tanto tiempo!!!

Muchas gracias a todos por sus reviews!!! Cada vez que leo uno me emociono. Es muy gratificante saber que les gusta mi historia, mi manera de escribir o que simplemente me mandan saludos.

Un beso a cada uno de mis lectores.

Ah! No maté a Hermione. No soy tan mala. Espero que hayan disfrutado su lectura.