Uno: HHP y Rose W. Lovegood.

Las calles de Londres, Inglaterra, son frías y sombrías en una noche oscura como aquella, a pesar de que era verano y el cielo era iluminado por una luna llena que luchaba por salir de entre gruesas nubes grises que la ocultaban. Era una noche de agosto en la que parecía que no sucedería algo fuera de lo normal, pero los vecinos de aquel solitario y modesto barrio, cerca del Observatorio de Greenwich, no sabían que debían pensar lo contrario. En ese lugar tendría lugar un evento que aunque no fuera muy notorio para las personas comunes y corrientes, para cierta comunidad sí lo sería. Una comunidad que siempre estaba allí, pero que a la vez no estaba.

–No puedo creer que estemos haciendo esto –dijo una mujer envuelta en una capa oscura, cuya cara estaba cubierta por una capucha –La estamos condenando.

Miró a su acompañante, un hombre más alto que ella y que sostenía un bulto en brazos, envuelto en una manta de suave tela roja. También él traía capa y la cara cubierta.

–Entiéndelo. Yo tampoco quiero dejarla, pero si sigue con nosotros la condenamos aún más.

–Lo que no entiendo es porqué hay que dejarla precisamente en ese lugar¿porqué no puede quedarse con Lupin¿O con Luna¿O con...?

–Serían a los primeros a los que empezarían a buscar para saber de ella, piénsalo. No creas que no los consideré antes, cariño. Pero considerando que están igual o peor que nosotros... Ya viste lo que pasó con Ron y lo que va a hacer Luna...

La mujer movió la cabeza afirmativamente, aunque por la lentitud de su movimiento parecía que no quería hacerlo. Siguieron caminando con cautela por las calles, pues a esas horas podían escucharse hasta los pasos más ligeros. Alrededor de diez minutos después, llegaron ante una enorme puerta de madera de un edificio que contrastaba un poco con los del resto de la calle por ser grande y relativamente nuevo. Un letrero, encima de la puerta, anunciaba lo que era ese lugar: un sitio al que sólo llegaban niños sin familia. Era el Orfanato Greenwich.

El hombre se inclinó sobre el bulto y con una ternura infinita, destapó parte del mismo. Quedó al descubierto una pequeña cabeza coronada por una mata de suave cabello negro todo alborotado, unas mejillas rosadas y unos ojos de grandes pestañas que en aquel momento estaban cerrados. En el lóbulo de la oreja derecha, a la escasa luz de los faros, le brillaba un curioso arete, el cual era de oro y tenía una forma muy singular: la forma de un rayo. El hombre le pasó la mano por el cabello a la criatura, demostrando con ese gesto que esa bebita era lo que más amaba. La mujer repitió el gesto del hombre, y bajo la capucha pudieron distinguirse unas cuantas lágrimas en sus mejillas. Se inclinó a besarle la frente y su capucha cayó, dejando al descubierto un rostro moreno, de finas y delicadas facciones hechas un tanto duras a través de los años y las penalidades. Una poblada melena de cabello castaño le caía sobre los hombros, más lisa y suave que cuando era niña, y al abrir sus ojos, unos hermosos iris castaños rodeados de rojo miraron la capucha que ocultaba el rostro del hombre.

–Hagámoslo de una buena vez –le dijo al sujeto –Antes de que me arrepienta.

El hombre asintió, se bajó la capucha con una mano y se inclinó a besar a la pequeña en la frente. El hombre era de piel un poco más clara que su acompañante, tenía el corto cabello negro muy revuelto y una mirada verdosa y triste se asomaba tras sus anteojos redondos. En la frente, bajo el flequillo, se asomaba una cicatriz extraña, con la misma forma que el arete de la bebita, la de un rayo. Con la mano con la que se había bajado la capucha, empezó a revolver en uno de los bolsillos de su pantalón oscuro y sacó dos sobres blancos que le pasó a la mujer. Ésta los acomodó entre las manitas de la criatura, cubriéndolas por la manta, y acto seguido extendió los brazos.

–Quiero cargarla por última vez –explicó.

El hombre asintió en silencio de nueva cuenta y le entregó la criatura a la mujer. Ésta la meció un momento, entonando unos versos en ligeros susurros.

Duerme, pequeña, duerme mi rayo. Nos iluminas y sin hacernos daño. Duerme, querida, duerme, brujita. Papá y mamá se van, pero con mucho amor volverán...

El hombre no pudo contener una lágrima, pero la escondió al pararse de frente a la puerta del orfanato y llamar a la puerta lo más quedo que podía, dando unos cinco golpes con cierto ritmo. En menos de dos minutos, los que aprovechó aquella pareja para ponerse de nueva cuenta sus capuchas, la puerta se abrió y apareció una figura altísima en el umbral, al otro lado.

–Pensé que se habían arrepentido –dijo la figura, con voz de mujer –Pero sabía que si se retrasaban, sería por algo importante.

Extendió los brazos y la mujer encapuchada tuvo que entregarle a la niña. A continuación, sin más diálogo, la puerta se cerró y las dos personas en la calle comenzaron a desandar su camino. Lo que habían tardado en llegar allí les había dado la oportunidad de retractarse de su decisión, pero no lo habían hecho. Sabían que aunque les doliera tanto, era lo mejor.

Llegaron al Puente de Londres después de madia hora de caminar en silencio absoluto y se encontraron con que ya había alguien allí. Como el lugar estaba desierto, el hombre alzó una mano y mostró un pulgar hacia arriba. La persona que esperaba de pie a la mitad del puente repitió el gesto y los dos encapuchados se acercaron sin temor.

La persona que estaba en el puente era más baja que ellos dos y también llevaba capa y la cara oculta, pero parte de un largo cabello rubio se asomaba visiblemente.

–Tenemos qué irnos –dijo la figura del puente, quien por su voz, podía deducirse que era una mujer –Ya perdimos demasiado tiempo.

Acto seguido y sin previo aviso, los tres desaparecieron.


¿Cuánto tiempo puede pasar para que un bebé empiece a tener parecido con alguno de su familia¿Cuánto tiempo puede pasar para que un bebé sepa lo que es la familia? Para alguien que nunca ha vivido en una familia de verdad, puede pasar una eternidad. E incluso, puede morir sin saber lo que esos detalles significan en realidad.

Han pasado casi once largos años agosto en el Orfanato Greenwich. Esa bebita ha crecido, aunque es la más pequeña de los de su edad que habitan el orfanato. Es de figura un tanto delgaducha, pero de movimientos veloces y certeros. Su cabello negro ahora le llegaba por debajo de los hombros, y como era muy rebelde, casi siempre procuraba llevarlo recogido. Unos vivos ojos castaños de brillo curioso miraban al mundo a través de un par de anteojos redondos, ligeramente ovalados y con el puente arreglado con cinta adhesiva por lo viejos que estaban. Esa niña no jugaba muy a menudo con sus compañeros, pues prefería la lectura. Leía sobre casi todo y tenía una buena memoria, lo que la llevaba a ser increíblemente inteligente. Aunque en esa ocasión, la lectura sólo era una excusa para no hablar de lo que realmente pensaba.

Esa niña, a pesar de su aspecto frágil e inocente, no era muy bien vista por sus compañeros. En primer lugar, por ser inteligente. Siempre era la primera de la clase, pero lo raro era que lo fuera cuando ella ni siquiera lo buscaba. La niña se limitaba a contestar preguntas y a resolver ejercicios matemáticos en el pizarrón sólo cuando los maestros se lo pedían y asombraba a todos con su exactitud y velocidad. Sus compañeros la tachaban de sabelotodo y la niña, mirándolos indiferentemente, nunca se quejaba. Parecía que no tenía ni idea de lo lista que era.

En segunda, cerca de ella siempre pasaban cosas extrañas. En una ocasión, la niña tenía cinco años y llovió a cántaros. Los niños del orfanato entraron de inmediato a sus habitaciones para secarse e inventar a qué jugarían, esa niña entró corriendo y se fue a esconder a un rincón. Cuando un par de chiquillas la siguió y le preguntaron qué tenía, les contestó que nada. Pero las chiquillas vieron de inmediato que su ropa estaba seca por completo, aún cuando sabían que había estado en el centro del patio, sentada en una banca y viendo un libro de animales. Nadie se explicaba cómo es que no estaba mojada, pero los niños no son muy dados a buscar explicaciones y se olvidaron del asunto pronto. Aunque lo que no olvidaron fue lo que pasó cuando la mencionada niña tenía nueve años y estaba sentada en el pasto de un rinconcito del patio. Estaba acostada, contemplando el cielo, y sin que ella se diera cuenta, en el pasto empezaron a brotar un montón de florecillas a su alrededor. Entonces sí que hubo un escándalo, porque los niños iban de un lado para otro, gritando una y otra vez: ¡HHP hace salir flores!

Porque ésa era otra de las cosas que les causaba cierta repulsión a los niños: que aquella muchachita no tuviera nombre. Bueno, ellos imaginaban que las letras por las que se le conocían, HHP, eran de su nombre, pero no tenían ni idea de qué querrían decir. A veces se divertían inventándole nombre, y el más popular era el que le había inventado una niña que era de su misma edad y una verdadera molestia: Horrible y Horrenda Pequeña. A la pobre niña no le gustaba, pero trataba de no hacerle caso. Después de todo, estaba segura de que ese no era su nombre. Le gustaba imaginarse que su nombre era algo bonito que le diría, algún día, algo sobre su verdadera familia, y se aferraba a esa creencia para no pasarla tan mal.

Y la última de las rarezas de HHP (como si la de su nombre no fuera suficiente) era el arete que lucía en la oreja derecha. Los niños querían saber si podían tener cosas tan interesantes y valiosas para ellos, pero eso no era posible. Por alguna razón, el arete de oro en forma de rayo de HHP no había podido quitársele y no porque los directivos del orfanato no lo hubieran intentado. Se habían dado cuenta que era de una muy buena calidad, pero simplemente parecía que la alhaja estaban pegadas a la oreja de la niña. No había forma de desprenderlo, así que le permitieron conservarlo. Cosa extraña en un orfanato que se sostiene con donativos de la gente y que por aquellas fechas, iban de mal en peor.

La única que trataba frecuentemente a la niñita aquella era una mujer joven y extremamente alta, de aspecto raro pero gentil. Era una mujer morena, de cabello oscuro siempre recogido en un chongo sencillo y con los ojos negros más amables del mundo. Vestía elegantemente en toda ocasión y nadie se explicaba cómo alguien de la posición de Valery Hagrid podía estar laborando en un lugar como el orfanato Greenwich.

–Alégrate, pequeña –le dijo Valery a HHP, al reunirse con ella a la hora de dormir –¿Te acuerdas de qué día es mañana, verdad¡Es tu cumpleaños! Y te voy a preparar un enorme pastel de chocolate, ya verás.

–Pero si apenas sabes cocinar –le hizo notar HHP con una sonrisa. Sabía bien que Val (como llamaba de cariño a Valery Hagrid) no era buena cocinando –No te molestes. No quiero nada.

–Yo sé lo que sí quieres –aseguró la mujer –Quieres saber qué te voy a dar de regalo este año¿verdad?

La niña asintió vigorosamente, sonriendo más ampliamente que antes. Valery siempre le hacía excelentes regalos, prometiéndole que cuando cumpliera once años le daría uno de verdad especial. Y precisamente el cumpleaños del que hablaban era el número once de HHP.

–¿Lo que me dijiste el año pasado era en serio? –preguntó la niña, metiéndose a la cama –Dijiste que este año me ibas a dar un regalo muy especial.

–Me acuerdo –dijo Valery pensativamente, mirando el cielo por una ventana cercana. El cielo estaba estrellado y una luna creciente se alcanzaba a notar –Pero ya no estoy tan segura de dártelo. Es que no sólo es algo especial, sino algo de mucha responsabilidad...

La curiosidad innata de HHP surgió de inmediato y Valery la percibió en los castaños ojos de la niña. Pero sabía que no debía caer víctima de ella. Ellos dependían de su buen trabajo.

–Mira, no me mires así. Lo sabrás todo mañana –le aseguró a la niña, cubriéndola con una sábana gris –Pero te prometo que te lo voy a dar. ¿Quién soy yo para negártelo? Si al menos fuera... Pero no, mejor no pensar en esas cosas.

HHP miraba a Valery con el entrecejo fruncido, pues no le hallaba sentido a las palabras de su alta amiga. Al final terminó por darle mucho sueño y se quedó dormida.

Tuvo un sueño raro. Estaba en una calle fría y solitaria y veía a un par de encapuchados caminando por allí. En un momento dado, los dos estaban frente a una enorme puerta de madera y la figura más alta le pasaba un bulto a la otra y ésta, con la capucha abajo pero sin que se le viera el rostro, murmuraba algo. Eran versos.

Duerme, pequeña, duerme mi rayo. Nos iluminas y sin hacernos daño. Duerme, querida, duerme, brujita. Papá y mamá se van, pero con mucho amor volverán...

–¡Levántate de una buena vez! –le espetó una voz que la volvió a la realidad –¡Es domingo veintiséis de junio! Es hora de irse.

HHP abrió los ojos lentamente, buscó sus anteojos y los encontró en la mesita de noche junto a su cama. Se los puso para distinguir con claridad a quien le hablaba y se encontró con una conocida de Val, Rosaline W. Lovegood, que al paso del tiempo se había hecho amiga suya por todas las veces que Valery la había llevado de visita.

–Hola, Rose –saludó HHP, mientras se quitaba la pijama y se cambiaba de ropa. Volteó a su alrededor y notó que las demás camas del lugar estaban vacías –¿A dónde fueron todas?

Rose se encogió de hombros. Era una chiquilla fuera de lo común, ya que tenía el cabello largo hasta los codos y de un tono rubio rojizo poco común, que se veía más rojo que rubio, muchas pecas en el rostro de piel clara y para rematar, unos ojos claros de mirada un tanto extraña, como si fuera de humo. También era más alta de lo que suele ser una niña de once años, lo que la hacía todavía más interesante. Lo que le encantaba a HHP de Rose es que le hablara y la tratara como a cualquier persona, pues ella también sabía lo que era sentirse rara. Había pasado de casa en casa desde que era casi una recién nacida, ya fuera con sus tíos paternos (tenía bastantes, una tía y los demás, tíos) o con sus abuelos. Actualmente estaba viviendo con su tía paterna, el esposo de ésta y sus primos Dean y Nerie, que le caían muy bien. De hecho, ahora Rose no podía con su impaciencia y hasta intentó ayudar a HHP a ponerse rápidamente la blusa blanca que sostenía.

–¿Porqué no te das prisa? –quiso saber Rose –Ya casi es hora de irnos.

–Ya tenía ganas de que este día llegara –comentó la niña de anteojos, abotonándose la blusa velozmente –Porque sabes lo que significa¿no? Primero, mi cumpleaños en junio, luego vienen julio y agosto y para rematar...

–¡Primero de septiembre! –exclamó Rose, completando la frase de su amiga al tiempo que le pasaba un estropeado sombrero de ala ancha azul –Si tenemos suerte, nos iremos juntas. Nerie entra hasta el siguiente año, pero Dean ya está allí, así que nos divertiremos mucho. Y mis primos Frida, Ángel, Gina y John prometieron enseñarme algunos trucos, ya los conoces...

–Y por fin podré conocer ese lugar –añadió HHP, con mirada soñadora –Hace tanto que quiero verlo¿tú no?

–¡Claro! Si no he pensado en otra cosa desde hace años. Te lo aseguro, nos llegarán las cartas y nos iremos juntas. Ya verás.

En ese momento, Valery Hagrid entró a la enorme habitación que servía de dormitorio para las niñas de once años del orfanato con gesto de impaciencia.

–¿Qué se supone que hacen? –les preguntó, tomándolas de un brazo –Ya es tarde, nos deben estar esperando.

HHP y Rose se miraron y sonrieron discretamente con complicidad.

–Val¿tú has estado alguna vez en Hogwarts, verdad? –le preguntó HHP al ir hacia la puerta del orfanato que daba a la calle.

–¿Para qué quieren saber? –inquirió Val.

–Porque queremos que nos digas si es tan genial como dicen mis tíos y mis primos –le soltó Rose sin más –Y aparte, queremos saber si podremos ir allí.

–Es un lugar estupendo –contestó Val con una vaga sonrisa, como si recordara las mejores épocas de su vida –Y claro que irán. Eso se los aseguro.

Las dos niñas se miraron y sonrieron con más ganas todavía. Al unísono, exclamaron antes de salir a la calle.

–¡Hogwarts, allá vamos!

Y de la mano de Val, se alejaron por la calle.