Disclaimer: ninguno de los personajes de Harry Potter me pertenece, así que si alguien quiere hacer una película con mi fic, que le pague los derechos a Warner Bros., Scholastic, Bloombsbury y Rowling.

DE LA SARTÉN... ¿AL FUEGO?

1. Prólogo: De perdidos, al río.

Hermione Granger se deslizó sin hacer ruido por uno de los pasillos de Hogwarts, con la espalda pegada a las piedras pulidas de la pared y la varita en alto. Llevaba el pelo sujeto en una cola de caballo medio deshecha y la túnica sucia y hecha jirones por todas partes. Cuando llegó a una imperceptible juntura de la pared, murmuró la contraseña.

"Pudding de Navidad"

Al momento, de entre las losas se asomó una gárgola de piedra que dejó paso a una escalera de caracol. Hermione saltó ágilmente al primer escalón y el eje de la escalera se puso en marcha, subiéndola al despacho del director de Hogwarts y cerrando la pared de piedra sobre sí misma hasta que no quedó ninguna señal que pudiese sugerir que allí se abría una puerta secreta.

Hermione se sentó en uno de los escalones y se abrazó las rodillas, apoyando la frente en ellas. Cuando la escalera terminó el ascenso, hubiese seguido allí para siempre, si unos brazos no la hubiesen puesto en pie y la hubiesen apretado contra otro cuerpo, visiblemente aliviado de verla viva.

"¡Hermione! Gracias a Dios..."

La chica no respondió al abrazo en un principio. Se separó un poco de la otra persona y lo miró a los ojos. Esos ojos la miraban interrogándola, pero ella no quería responder a la pregunta silenciosa que le hacían. Eran unos ojos indudablemente tristes, ojos que habían visto morir a muchos amigos, tanto en la primera guerra como en la segunda. Unos ojos cansados de muerte y de soledad, pero que todavía eran capaces de mirar a cualquier mortífago con desafío.

"¿La has encontrado?" -Remus sabía de antemano la respuesta que Hermione iba a darle. La chica asintió con la cabeza y se echó a llorar, abrazándose al licántropo con la desesperación de quien ya no tiene nada por lo que luchar.

------------------

Un buen rato más tarde, Hermione y Lupin descansaban acostados en la alfombra del despacho del director, que era una de las pocas del colegio que no se había quemado en el incendio que habían provocado los mortífagos. Parte del colegio había sido pasto de las llamas, y otras zonas habían sucumbido a las explosiones y los hechizos de la batalla. Pero el despacho que en su día había pertenecido a Dumbledore permanecía allí, inviolado, como si el alma del antiguo director velase por sus pertenencias.

Los dos aurores estaban boca arriba, muy juntos, pero no abrazados. Lupin tenía los ojos cerrados, mientras Hermione miraba al techo sin pestañear, como si estuviese reviviendo en su cabeza las escenas que acababa de ver.

"No te tortures más, Hermione... déjalo ya" -suplicó Remus.

Ella se colocó de costado y se incorporó ligeramente, apoyándose sobre un codo para mirarlo de frente. Él siguió en la misma postura, con los ojos todavía cerrados.

"Tonks era la última, Remus... sólo quedamos nosotros dos de todos los miembros de la Orden... hemos de escoger ya lo que vamos a hacer" -le dijo con una clara determinación en la voz.

Lupin se incorporó y adoptó la misma posición que ella. La mujer que estaba frente a él tenía poco que ver con la jovencita brillante a la que había dado clase en tercero; aquella era una niña todavía, con los incisivos más grandes de lo normal y un pelo imposible, los rasgos redondeados y un cuerpo infantil. Pero la Hermione que lo miraba fijamente tenía 25 años, una dentadura perfecta, y unas ojeras pronunciadas que servían de incomparable marco para unos ojos castaños que destilaban dolor. Ella había visto morir a Harry hacía ya dos años, en la batalla final contra Voldemort. Ella había peleado con él, y había gritado como una leona cuando Bill y Ron la habían sujetado por los brazos y la habían arrastrado con ellos hacia el traslador que los llevó de vuelta a Grimmauld Place, mientras el cuerpo inerte de Harry yacía a los pies del Lord Oscuro. Hermione nunca había perdonado a los hermanos Weasley que no le hubiesen dejado morir allí, con él, lanzándole hechizos a Voldemort hasta que un avada kedabra le acertase a ella en el corazón. Desde entonces, mientras los que se resistían al avance de los mortífagos iban cayendo uno tras otros, los ojos de Hermione se volvían cada vez más fríos e inexpresivos, más insensibles al dolor.

Vio caer en la misma emboscada a Ron, a Neville y a Luna. La señora Weasley había muerto en un ataque sorpresa a la madriguera, defendiendo a Ginny y a Fred, que estaban recuperándose de las heridas de un ataque, y que fueron asesinados después de ella. El señor Weasley había resistido casi hasta el final, pero el último ataque a Hogwarts había acabado con él y con lo que quedaba del profesorado: Flitwick y McGonagall. Dumbledore había muerto mucho antes que Harry, y Hagrid, incapaz de superar el dolor de su ausencia, prácticamente se había suicidado lanzándose en un ataque solitario.

"Tenemos el transportador temporal, Remus. Todo está perdido. Es ahora o nunca, porque, más tarde o más temprano, nos encontrarán."

El licántropo se sentó en el suelo, las palmas de las manos apoyadas en las rodillas semi-flexionadas. Suspiró profundamente y se preparó para intentar convencer a Hermione de que no lo hiciese.

Hacía un par de años que se había creado un nuevo modelo de giratiempo, y Hermione había sido una parte integrante del equipo que lo había diseñado. Era mucho más potente que el tradicional, porque permitía retroceder hasta varios años atrás y en el lugar que uno quisiese, y se volvía espontáneamente al presente. La energía mágica que consumía era tan grande que sólo se podía estar un tiempo muy limitado en el pasado, alrededor de una hora, antes de que el transportador remitiese al usuario automáticamente al día y la hora que suponían el punto de partida. Hermione lo había usado una vez, sólo una vez, para probarlo. Había retrocedido a su infancia, y se había visto a sí misma jugando en un parque, con su madre, cuando tenía 6 años y todavía no sabía que era una bruja. El impacto emocional había sido enorme, y cuando regresó, se encontró en una cama de San Mungo. Había estado dos días inconsciente.

El plan de Hermione era volver al pasado y evitar alguno de los hechos que podían haber precipitado la pérdida de la guerra, la muerte de Harry. Pero Lupin, que arrastraba consigo una carga más pesada que la de ella, tenía pánico a que cambiar el pasado pudiese modificar el futuro a peor: como él decía, pasar de la sartén al fuego. La crueldad de los mortífagos no tenía límites, y, como Lupin decía, evitar la muerte de Lily y James, por ejemplo, podía haber puesto al mundo mágico en las manos de Neville como el-niño-que-vivió, y, aunque el licántropo había sentido un afecto sincero por el muchacho, no confiaba en su poder como mago. Campos de concentración, torturas... todo podía cambiar para peor. Pero Hermione no pensaba que la realidad fuese susceptible de empeorar.

"Hermione... si retrocedes demasiado en el tiempo, Harry podría morir cuando tenía un año... ¿es eso lo que quieres?"

La bruja se estremeció. Se arrodilló junto a su ex-profesor y le puso una mano en el hombro.

"Remus... vamos a morir..."

El licántropo la miró fijamente.

"Pero podríamos ver sufrir más a los que queremos... a los que quisimos..."

Ella le sonrió con dulzura.

"Entonces, dime tú qué tendría que hacer. Busquemos un momento en la historia que podamos modificar, un momento que no sea tan lejano como para que las cosas cambien excesivamente. Tenemos poco tiempo, unas horas hasta que nos encuentren quizás. Y cuando lo hagan, no nos mantendrán con vida mucho tiempo."

Remus se frotó los ojos. Ella tenía razón, en parte, porque realmente tenían poco que perder. Pero... ¿qué momento del pasado escoger? ¿Qué podrían hacer para evitar alguno de los hechos que pudieron desencadenar la derrota? Podía encontrarse con Harry antes de la batalla final con Voldemort, pero nada cambiaría con poder hablar con él, porque el último Horcrux nunca se había encontrado. Evitar la muerte de Ron, los Weasley, Arthur, Dumbledore... Se pasó los dedos por el pelo, todavía castaño pero cada vez más gris, y le transmitió sus dudas a ella.

Hermione parecía pensativa y frustrada, porque tampoco a ella se le ocurría la forma de evitar ninguno de aquellos momentos, hasta que enarcó las cejas, se llevó la mano a la boca y sonrió.

"Ya lo tengo..." -murmuró.

Lupin la miró dubitativo.

"Escucha, Remus, ya está... no perdemos nada... cómo no se me ocurró antes..." -se puso de pie de un salto y empezó a caminar enfebrecida por la habitación, dando muestras de tal entusiasmo que su compañero pensó que después de todo no había sido capaz de evitar la locura. Parecía pensar con rapidez, como si estuviese atando todos los cabos que pudiesen quedar sueltos, y volvió a arrodillarse junto a Lupin y tomó una de sus manos con las suyas. Lo miró a los ojos, con la expresión enfebrecida de un demente.

"Remus, voy a ir a Grimmauld Place para avisar a Sirius de que no crea a Kreacher. Es simple: sólo tengo que evitar que vaya con vosotros al Ministerio de Magia, que se quede escondido en la casa hasta que la Orden venga a salvarnos. Remus, se trata de evitar la muerte de Sirius..."

-----------

Agachada junto a la chimenea de Grimmauld Place, Hermione se encogió sobre sí misma para recuperarse del viaje en el tiempo. Respiraba con dificultad, agotada, y le llevó un par de minutos volver al ritmo respiratorio habitual. No tenía tiempo, se repetía una y otra vez, no tenía tiempo que malgastar.

Cuando logró incorporarse, notó algo que le apretaba la nuca. Algo romo, duro y pequeño. La punta de una varita.

"No sé quién es usted ni cómo ha llegado hasta aquí, pero le sugiero que se dé la vuelta despacio y no haga tonterías, o saldrá volando hacia la pared de enfrente"

Hermione se dio la vuelta, muy lentamente, y miró al mago que tenía frente a ella, y que la observaba con obvia desconfianza mientras le apuntaba al cuello con la varita. El corazón le dio un vuelco: allí estaba otra vez, vivo, sano y bien alimentado. Se sintió tan abrumada por los recuerdos, que no pudo evitar que los ojos se le anegasen en lágrimas.

"Sirius, ya sé que no vas a creerte esto, pero vengo del futuro para advertirte de algo. Por favor, antes de que hagas nada, escúchame"

Sirius se apartó un mechón de la cara y se acercó algo más a ella. Los ojos casi se le salen de las órbitas.

"No puede ser..." -murmuró. "Hermione..."

------------

Sentado en la mesa de la cocina, Sirius terminó de escuchar todo el relato de Hermione, que ella sintetizó de forma admirable para contarle todo lo importante en el menor tiempo posible. No tenía ningún motivo para no creerla: sabía cosas que sólo podía saber la auténtica Hermione, y además era ella: era su cara, sus ojos, su boca... sólo que con diez años más. También la historia era creíble: bastaba con mirarla a los ojos para comprender las barbaridades que había visto y el sufrimiento que había padecido.

"No vayas, Sirius... no vayas hoy al Ministerio... Bellatrix va a matarte, y Harry va a quedarse destrozado. Ni Remus ni yo sabemos cómo esto puede afectar al futuro, pero Harry no se merece quedarse sólo otra vez".

Él la miró a los ojos, sonriendo ligeramente.

"Así que el viejo Moony es el único que sobrevive, ¿eh? Viejo lobo pulgoso... y encima él y Nymphadora... debería darle vergüenza, por asaltacunas..."

Hermione no pudo evitar sonreír. Ya no recordaba el entrañable humor de Sirius, y oírlo otra vez parecía un sueño. Le dolió darle la noticia.

"Tonks ha muerto, también, probablemente ayer"

Sirius suspiró. Por algún extraño motivo, todo le parecía de una lógica aplastante. Quizás fuese por aquella extraña Hermione que tenía frente a él. Hermione siempre le había impresionado un poco, una niña tan responsable y tan madura, que lo miraba a veces con expresión de reproche cuando intentaba embaucar a Harry para hacer algo demasiado arriesgado. Se lo dijo. Ella se rió a carcajadas. Hacía años que no se reía así.

"No puedo creerme que el gran Sirius Black le tenga miedo a una escolar de quince años..." -bromeó limpiándose las lágrimas.

"De miedo, nada" -puntualizó él muy digno. "Pero es que de adolescente pareces una versión en pequeñito de McGonagall..."

Ella pensó que la situación parecía surrealista: los dos allí, tomando cerveza de mantequilla mientras en algún lugar del futuro sus amigos morían, uno tras otro. Se sintió tan bien allí, hablando con él, que pensó que en breves minutos volvería al futuro y todo podría ser igual, y podría encontrarse en las habitaciones de Dumbledore, con Remus a su lado, y el cadáver de Tonks frío en el Gran Comedor, y se echó a llorar. Sirius comprendió perfectamente lo que ella sentía, y, acercándose a ella, la hizo levantarse y la abrazó con calidez.

"Tranquila, Hermione, no te preocupes por nada" -le susurró al oído. "No tengo ninguna intención de que hoy Voldemort cene Sirius Black a la parrilla" -le acariciaba el pelo con cariño, unido extrañamente a ella por un pasado doloroso que compartían. "Cuando esto pase, le explicaré a Remus y a Dumbledore lo que me has contado, y ya decidiremos lo que vamos a hacer con toda esta información".

Ella se separó unos centímetros y lo miró a los ojos, sonriendo con alivio. Mientras acercaba sus labios a la mejilla del ex-convicto, su cuerpo empezó a desvanecerse, hasta que el cuerpo que Sirius abrazaba desapareció por completo de la cocina, dejando tan sólo la calidez de su presencia.

Sirius recogió del suelo un lazo de lana rojo que había sujetado el pelo de Hermione antes del abrazo, y sonrió. Se lo guardó en un bolsillo, porque, al fin y al cabo, nadie sabe nunca lo útil que puede ser un prendedor del pelo que nos ha llegado del futuro.

----------

Bueno, de verdad que pronto actualizo "Nada como un buen ataque de amnesia", pero es que se me ocurrió la idea de este fic y no pude evitarlo! En realidad la idea se me ocurrió leyendo otro fic, pero que no tenía nada que ver con éste, y... bueno, ya os iré explicando cosas a medida que pasen los capítulos.

Aunque os parezca un dramón, en realidad la idea es que sea una comedia bastante... alocada. De verdad, no os fiéis del tono de este prólogo, porque no se corresponde con el resto del fic para nada.

Prometo actualizar "Nada como un buen..." en uno o dos días, ¿vale? Uf, no me lo tengáis en cuenta!

Muchísimos besitos,

Lara