¡HE VUELTO Y NO ES UNA NOTA DE AUTOR!

¿Qué puedo decir? Han pasado casi dos años desde la última actualización. De hecho, cada vez que actualizo tengo que leerme de nuevo los nuevos términos y condiciones de esta web, porque tardo tanto que cada vez que entro los han cambiado XD. Pero después de tanto tiempo, no voy a abusar de vuestra paciencia con disculpas (absurdas) o promesas de cambio (inútiles). La mejor manera de volver era con 27 páginas que poner a vuestros pies. 27 páginas en las que pasan muchas cosas, entre ellas, la que tanto esperábais (¡y a saber qué imagináis, mentes calenturientas!)

Gracias por leerme, y por estar siempre ahí. No os merezco.

Y ahora, sin más preámbulos...Draco tenía un partido que jugar.


-¿Qué pasa, tío? Estás… blanco. O sea… más aún.- jadeó Dick, deteniéndose un segundo junto al Slytherin para coger aire. Tenía la cara tan congestionada que parecía a punto de explotar.-¿Estás…mareado?

Draco inspiró fuertemente.

-No me llega la sangre a la cabeza.-declaró, aprensivo. La camiseta le apretaba como un torniquete, y que le hormiguearan los brazos no podía ser nada bueno.

-¿Y para qué quieres que te llegue a la cabeza? Mientras te llegue a las piernas…-le tranquilizó Dick, visiblemente más interesado en los males de Draco que en la inminencia de su propio infarto de miocardio.-A mi hace rato que me duele el brazo derecho y ya ves, sigo aquí, como un hombre.

Antes de que Draco pudiera reevaluar su propia masculinidad a la luz de aquellos nuevos datos, el árbitro-un hombre flaco, con las ojeras más profundas que había visto en su vida.- pitó la media parte.

-¿Qué hacéis los dos ahí parados?- les llamó Darren, haciendo aspavientos para que se unieran al resto del equipo.-¡Venid ahora mismo!

-Va a haber cambio de estrategia, seguro.- musitó Dick, tirándose del elástico del pantalón para subírselo.

-¿Teníamos una?-no había rastro de ironía en la voz de Draco.

-…será cambiar de estrategia.-les llegó la voz de Darren. Éste tenía el bigote empapado de sudor, la cara roja, y los pulgares enganchados en la riñonera. Aparentemente no le había parecido necesario quitársela para jugar.- Hasta ahora, jugar a defender nos ha ido bien…

Draco miró el marcador para cerciorarse de que, efectivamente, seguían perdiendo por 3 a 0. Cada vez entendía menos a los muggles.

-…pero ahora vamos a jugar a atacar. ¡VAMOS A ENSEÑARLES DE LO QUE ES CAPAZ LA FURIA OBRERA!-rugió Darren, sacudiendo la riñonera como si fuera un talismán.- ¿QUIÉN ESTÁ CONMIGO?

El Slytherin fue el único que no participó del aullido. Darren se puso en jarras, extrañado, y se acercó hacia él.

-¿Qué te preocupa, hijo?- preguntó, plantándole una mano sudorosa en el hombro. Draco reprimió un escalofrío ancestral.

-No es por aguaros el ímpetu, pero remontar el marcador parece…ligeramente imposible.- respondió, apenas aguantándose el sarcasmo.

Al oír aquello, Darren se echó a reír como si hubiera contado un chiste, y todos le secundaron.

-No, no.-dijo, agitando las manos.- Hijo, ¿tú qué crees que hemos venido a hacer aquí?-su voz rebosaba bondad, pero no por ello Draco se sentía menos confuso.

-¿Jugar al…fútbol?- aventuró, con las cejas arqueadas.

Su respuesta desató un "Oooh" enternecido de la concurrencia que le puso el vello de punta. La sonrisa de Darren se estaba volviendo paternal por momentos.

-Eso está muy bien, y técnicamente es verdad.-asintió.

-¿Técnicamente?

-…pero en realidad, hemos venido a vengarnos.- aseveró. Varios de los hombres asintieron vehementemente con la cabeza.-Vengarnos de sus sueldos de mierda. De sus cambios de horario. De sus ampliaciones de jornada. De sus reducciones de las vacaciones. De…

-¡De las pruebas de alcoholemia!- añadió Dick, ultrajado. Algunos aplaudieron.

Draco pestañeó. No sabía de qué diablos estaba hablando, pero debía ser algo terrible.

-…por eso sabemos que lo que importa no es ganar, sino participar. Y participamos pegándoles todas las patadas que podamos.

-No nos interesa la pelota, nos interesan sus huesos rotos.-aclaró alguien con sed de sangre en la mirada.

-Exactamente.-concurrió Darren. Se atusó el bigote.- Vamos a ver. Parker, tú a la banda izquierda.

-Pero si ya estoy ahí.-replicó Parker.

-Pues quédate. Roberts. Tú de delantero, y a ver si metemos algún gol, ¿eh? Que tampoco estaría mal. De hecho, Alcott y Birch se van a hacerte compañía. Collins, como te has dejado el cacharro del asma en casa, será mejor que te quedes en el centro sin moverte mucho. Dick, tú te quedas donde estabas. No, no, esperad. El que corra más tiene que defender a Hughes.

-Dirás más bien el único que corre.-se rió Birch, dándole a Draco una de esas palmadas sudorosas que tanto le gustaban.-Te ha tocado pringar, chaval.

-Me temo que así es.-dijo Darren, en tono grave. El Slytherin observó con aprensión cómo su mano regordeta y húmeda se elevaba para posarse sobre su hombro, a pesar del suplicante nonono interno que entonó todo su cuerpo.

Qué manía tenían todos con ponerle la zarpa encima, joder.

-Hijo, sé que no nos conocemos demasiado…

He ahí una sobreestimación.

-…pero tengo un talento especial para ver cómo es la gente. Y veo que tú eres de los que no soporta una injusticia. De los que cuando ven a alguien oprimido tienen que actuar.

Draco no pestañeó.

-Ése soy yo.

-Lo sé. –continuó Darren, demostrando una inmunidad a la ironía que sólo podía ser genética.- Por eso sé que nos vengarás corriendo como hasta ahora detrás de Hughes.

-¿Y ese quién es?

-Aquel de quien no hablamos.-dijo alguien ominosamente.

Draco enarcó una ceja.

-Eso lo dudo.-murmuró.

Darren le señaló a un hombre de mediana edad que en aquellos momentos estaba haciendo calentamientos al otro lado del campo.

-Ése-dijo, en el mismo tono en que alguien descubriría un moco pegado bajo la mesa.- El responsable de personal. Sólo lleva tres años en la empresa y ya ha logrado jodernos a todos alguna vez.

Draco entrecerró los ojos. Desde lejos, el tal Hughes se parecía a Krum. Al menos tenían la misma estatura y la misma complexión de tubérculo abotargado.

-¿Y qué tengo que hacer, exactamente?-preguntó, sin dejar de mirarle.

-Defenderle.

Draco se volvió hacia él, confuso.

-¿De qué?

Darren soltó una carcajada que sonó a relincho. Perplejo, Draco también se rió, aunque sin mucha convicción.

-¡Eres un cachondo!-exclamó el hombrecillo, propinándole un puñetazo en el brazo.- Venga, vamos a decirle a ese hatajo de vagos que se acabó la media parte. Y recuerda: contamos contigo.-dijo, guiñándole el ojo antes de darse media vuelta.

Draco suspiró y se subió el pantalón por enésima vez antes de seguirle. El árbitro acababa de pitar el inicio de la segunda parte y su equipo ya estaba corriendo- o arrastrándose- hacia sus nuevas posiciones.

Al menos Granger no estaba allí para verle hacer el ridículo. A esas alturas debía estar haciendo manitas con Krum en algún sitio de mala muerte.

Draco apretó la mandíbula para tragarse la rabia y corrió directo hacia Hughes.


-Esto es tarator.- explicó Viktor mientras depositaba frente a Hermione una cazuela de barro con algo blanco dentro.- Es un plato típico de verrano, pero a mí me gusta comerrlo durante todo el año.

-Oh-Hermione sonrió cortésmente mientras se colocaba la servilleta en el regazo.-Huele muy bien.

Y vomitado tendría el mismo aspecto, lo cual nos ahorra la intriga, le susurró una voz interna de lo más mordaz. Por enésima vez desde que salió de casa, Hermione no pudo más que escandalizarse. ¿De dónde le venía tanto veneno? Bueno, no; eso ya lo sabía. La verdadera pregunta era por qué estaba permitiendo que se le pegaran los manierismos del Slytherin. Antes de vivir con él, ella nunca había tenido una gota de maldad en el cuerpo. O si la tenía, pero nunca había apuntado el filo hacia un amigo. Ahora, sin embargo, parecía ser incapaz de parar; era como si la malicia fuera adictiva. Empezó a temer que la sobreexposición a Draco Malfoy hubiera provocado daños irreversibles en su personalidad.

Y vamos a dejar de pensar en él a partir de Ya.

Para reafirmarse en su propósito, hundió la cuchara en la crema blanca y se la llevó a la boca. Viktor la miraba, sonriente y expectante.

-Mmm- sabía a AJO, con mayúsculas. Intentó que su cerebro no procesara conjuntamente la textura con el aspecto para no tener arcadas. Obedéceme, esófago. Por favor.-Muy rico. Y así, de paso, mantenéis alejados a los vampiros- bromeó.

-¿Eh?- Viktor sonrió, extrañado.

El fracaso de la Operación Chiste hizo que Hermione se sintiera muy ridícula de repente. Y muy malvada.

-Mm, ya sabes...-se puso roja y decidió concentrarse en partir un trozo de pan- Como esto lleva mucho ajo, y los vampiros supuestamente son alérgicos a él…

-Ah- Viktor se rió con la cortesía de quien no está seguro de lo que acaba de oír.- Sabía que te gustarría. Tú no erres de esas perrsonas que no prrueban nada. Tu mente está…abierrta a cosas nuevas, sin prejuicios.-y para demostrar que él tampoco los tenía, se comió dos cucharadas de tarator de golpe.

Hermione dejó escapar una risita anémica para enmascarar lo culpable que se sentía por haber hecho aquel chiste. Esperaba no haberle avergonzado. No debería hacer chistes que él no podía entender.

OH DIOS MIO.

En su interior cundió el pánico al darse cuenta de que acababa de tachar a Víktor de idiota con la misma ligereza que Draco lo habría hecho.

Su rostro debió reflejar tal conmoción que Viktor le preguntó, preocupado.

-¿Estás bien? ¿Sucede algo?

Hermione tosió, avergonzada.

-No. Digo, sí. Es que se me ha ido un trozo de pan por el otro lado.-fue su lamentable excusa.

No sabía qué diantres le pasaba. Aunque ya llevaban media hora sentados en el restaurante Pequeña Sofía -el patriotismo de la comunidad búlgara en Londres explicaba aquella falta de originalidad-, Hermione se sentía desubicada. No sabía decir si era por la calefacción del local, que estaba haciéndole sudar en pleno diciembre, o por lo abigarrado de la decoración-molduras doradas sobre paredes púrpura, y todo ello aderezado con jarrones de cobre aquí y allá cargados de flores de plástico.-pero sentía una angustia vital revolviéndole el fondo del estómago que no era normal.

No se entendía a sí misma. ¿Era culpabilidad lo que sentía? Porque eso ya sería lo último. Malfoy no era su amigo; ni siquiera era su invitado. Era una imposición que había tenido que acatar lo mejor posible. Renunciar a su intimidad, a su familia y a las Navidades con sus amigos había sido un sacrificio descomunal, y no estaba muy segura de que Dumbledore fuera capaz de imaginarse nunca lo que era vivir con Malfoy.

-…perro no estoy seguro, ¿cómo se dice la palabrra?

El silencio catapultó a Hermione de vuelta a la realidad.

-¿Eh?- se sintió tan estúpida que se puso roja.

Dios mío, dime que no lleva todo este tiempo hablando.

-Cuando una perrsona se dice mentirras a sí misma. Se… ¿automiente? ¿Se dice así?

-Autoengaña.- Hermione sintió la repentina necesidad de beberse la copa de agua de un trago.

-Autoengaño.- repitió Viktor, partiendo el bollito de pan que tenía junto al plato y metiéndose un trozo en la boca.-Pues yo crreo que me autoengañaba pensando que podrría ser feliz jugando tan lejos de mi familia. El contrrato con los Canons era muy bueno, clarro, perro no me dejaban tener vacaciones, sólo dos veces al año, y…

Seguro que está enfadado conmigo. Como tiene la madurez de un niño de cinco años, es incapaz de entender que el mundo no gira a su alrededor, y que la gente tiene otras responsabilidades y prioridades.

-…me entiendes, ¿no?

-Sí, claro. Eso estuvo muy mal.-respondió automáticamente Hermione, sin saber a qué.

-Eso mismo le dije a mi entrrenador.-asintió Viktor, procediendo a despedazar el pollo con las manos. Hermione se las quedó mirando. Nunca se había fijado en que llevaba anillos.

No le sentaban bien, decidió. No sabía por qué, pero siempre le había parecido de un mal gusto atroz que los hombres llevaran joyas, y peor aún de oro. Ver los dedos de Víktor estrangulados por los anillos y relucientes por la grasa del pollo le resultó grotesco.

Tampoco tenía el tipo de mano que puede lucir un anillo con elegancia. Hermione volvió a observárselas furtivamente mientras bebía agua. Las manos de Víktor eran muy recias, de palma ancha y dedos cortos y grandes. Perfectas para agarrarse a una escoba, pero no para llevar joyas.

Si al menos tuviera los dedos más largos, o un porte más elegante…Malfoy, por ejemplo, lucía el sello de su familia en la mano izquierda. Un sello grande, de oro y ónice negro. Una auténtica horterada. Pero en él no resultaba tan disonante; pegaba con ese aire de aristócrata decadente que tanto le gustaba. Si alguien podía llevar ese tipo de cosas y no estar absolutamente ridículo, era él.

A lo mejor debería disculparme cuando vuelva a casa. Al fin y al cabo, le he dejado solo, con gente que no conoce, para jugar a algo que no ha visto en su vida.

Le echó una mirada al reloj con disimulo.

¿Y si el partido acababa pronto y llegaba a casa antes que ella? La idea de que la viera llegar con Krum no le entusiasmaba precisamente, y menos aún después del cruce de dagas de aquella mañana.

Aquella mañana… el recuerdo provocó que la sangre se le agolpara en las mejillas.

¿Qué habría pasado si el timbre no hubiera sonado?

Se llevó la copa a los labios, sin percatarse de que estaba vacía. Sólo entonces se dio cuenta de que Viktor estaba estudiándola en silencio, con una expresión entre divertida y preocupada.

-¿Estás bien? Estás muy roja.

Hermione carraspeó, mortificada.

Ahora seguramente más, pensó.

-Estoy bien. Perfectamente. -balbució, tirándose del cuello del jersey.- Es que tengo mucho calor. ¿Tú no tienes calor? Quizá deberíamos pedirles que bajaran un poco la calefacción, ¿no crees?-se interrumpió al ver que él se reía.- ¿Qué?

-Herrmione.- dijo él, cubriéndole afectuosamente la mano con la suya.-Yo también estoy nerrvioso. Ha pasado mucho tiempo des de la última vez que nos vimos, y sé que ha tenido que ser durro, tener a ese…compañerro tuyo en casa durante estos días. Pero ahora puedes relajarte. Él no está aquí. Sólo yo. Tú y yo.

Hermione tragó saliva.


-¿Estás esperando a mi prima?- preguntó Dickie, sin levantar la vista del dibujo.

Draco se apartó de la ventana como si quemara. Hacía dos horas que Dick le dejó en casa y Hermione aún no había llegado.

-Claro que no, sólo estoy aburrido.-Aburrido de esperarla.- ¿Qué estás haciendo?

- Dibujar -respondió Dickie, como si no fuera evidente.- Mira.-levantó la hoja para que lo viera.- Éste eres tú.

Draco se acercó con la rapidez de quien tiene un enorme interés en todo lo relacionado consigo mismo y examinó aquel atropello de colores y formas. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que era un dibujo de la cena de Navidad.

-¡¿Por qué no tengo pelo!-exclamó, inspeccionando de cerca el sólo le había hecho calvo, sino que además apenas le había pintado la cara, y su traje era un borrón negro.

Parezco Voldemort.

- Sí que tienes, pero como es blanco no se te ve- se justificó Dickie.

-No es blanco, es rubio platino.- le corrigió, molesto. A ver cuándo el mundo se daba por enterado, joder.

Dickie le miró, impertérrito.

-Pues yo te lo veo blanco.

-Pues no lo es, es rubio.-replicó Draco con soniquete.- Enséñame los colores que tienes. A ver- Examinó con principesco desdén un lápiz amarillo fosforito- ¿Tienes otro tono de amarillo menos insultante que este?

Dickie revolvió obedientemente en su estuche.

-No-suspiró-. Pero tengo este color naranja, que es un poco más suave.

Draco puso cara de haberse tragado algo viscoso.

-Ni hablar- le espetó, sosteniendo el dibujo alejado de él- El naranja es de pobres. De gente que hereda la ropa de sus ancestros y duerme en literas. Literas- recalcó, como si no hubiera peor ultraje que una cama encima de otra.- Píntamelo de amarillo.

-Pero es que no lo tienes amarillo- objetó Dickie, demasiado joven todavía como para identificar el comportamiento de Draco como "inestable mentalmente".

-Bueno, ¿y qué?-se encogió de hombros.- Es un dibujo. Píntamelo de amarillo.

-Pero…es que es un recuerdo, quiero que la gente salga como es de verdad- repuso el niño, quitándole la hoja.

-Comprendo.-chasqueó la lengua, indolente- Pues es interesante, porque cuando te conocí llevabas astas de reno en la cabeza.

Dickie se puso rojo. Puede que fuera joven, pero tenía un gran sentido del ridículo.

-Yo no quería llevarlas, fue mi padre quien me obligó.-dijo, tenso.

Draco arqueó las cejas. Era ridículo el placer perverso que le provocaba sacarle de sus casillas.

-Ah, y como no querías, no te las has puesto en el dibujo, ¿no? Pues ya te las estás dibujando.-apuntó al papel con un dedo conminador- Es un recuerdo, la gente tiene que salir tal como es, y en esos momentos tú eras un reno.

-¡Pero es que no siempre las llevo, no forman parte de mí! -se defendió Dickie, con una lógica incuestionable.- En cambio, ¡tú siempre tienes el pelo blanco!

Draco se plantó a pocos centímetros de su rostro, amenazador.

-Mira, niño, como no me pintes algo en la cabeza ahora mismo, tendrás que dibujarte las astas de reno.-le espetó, haciendo un esfuerzo por no reírse de su expresión consternada. -O somos fieles a la realidad, o no lo somos.

Dickie apretó los dientes y los puños. Sus ojos castaños brillaban de cólera.

-¡Es mi dibujo!-rugió, desesperado.

Sintiéndose vagamente culpable, Draco abrió la boca para apaciguarle, pero antes de que pudiera articular un solo sonido, el aire se cargó de pronto con una tensión terriblemente familiar y la bombilla de la lámpara que estaba sobre el tocadiscos estalló en mil pedazos.

-¡¿QUÉ COJONES?…-gritó. El corazón le latía desbocado en el pecho. Un rápido vistazo a Dickie le sirvió para comprobar que estaba igual.-No te muevas- murmuró.

Se puso en pie lentamente, como si temiera que un movimiento brusco pudiera desencadenar otro estallido. Los fragmentos de cristal crujieron bajo sus zapatos cuando se acercó al tocadiscos para examinar la lámpara a la luz de la ventana. Había sido una explosión limpia: de la bombilla sólo había quedado el casquete.

En el aire aún pendía un inequívoco olor a óxido. Olor a magia.

Dejó la lámpara en su sitio y contempló a Dickie en silencio. Su cabeza centrifugaba a un ritmo vertiginoso, intentando procesar lo que acababa de ver con sus propios ojos. Nunca se lo hubiera esperado, y sin embargo…. ¿Era posible? Tenía que serlo. Al fin y al cabo, Hermione descendía de la misma familia.

Por qué no, concluyó, clavando sus ojos en los del niño.

-Yo no he sido. -se defendió Dickie, intimidado.

-No, claro, he sido yo.-terció Draco, haciendo rodar los ojos.- Sería lo último, tener brotes de magia espontánea con casi dieciocho años.

Al oír la palabra "magia" Dickie le miró con un estupor tan genuino, que el Slytherin se vio asaltado por una horrible sospecha.

-Porque esto no es la primera vez que te pasa, ¿no?- Merlín, que no sea lo que estoy pensando.

Dickie no contestó. Tragó saliva, visiblemente nervioso.

A Draco le iba a dar un infarto.

-¿Y bien?-insistió.

-¡Yo no he sido!- exclamó el niño, muy alterado-¡Si ni siquiera la he tocado!

-Ah, bueno, en ese caso supongo que no pasa nada.-replicó Draco, burlón. Pero ni siquiera él era inmune al temblor del labio inferior de Dickie. El chico parecía a punto de echarse a llorar de un momento a otro.

Merlín Todopoderoso, gimió para sus adentros.

Nunca se le habían dado bien los niños, y no digamos ya ese territorio desconocido llamado Los Niños Muggle. Su propia infancia había sido profundamente desconcertante: su padre siempre le había tratado con la severidad de un adulto incluso cuando era un niño, y su madre seguía tratándole como a un niño incluso ahora. Así que no tenía ni idea de cómo comportarse.

Pánico silencioso.

¿Qué habría hecho un profesor de Hogwarts? Siempre los había visto acuclillarse en plan "cuéntame tus aflicciones" junto a los alumnos de primero cuando éstos tenían un berrinche. Sí. Acuclillarse tenía que ser último grito pedagógico. Menos para Snape. Draco no recordaba haberle visto inclinarse más de noventa grados por nada ni por nadie.

Sin que sirviera de precedente, y denotando una abrumadora falta de práctica, Draco Malfoy ignoró el aullido horrorizado de seis generaciones de ancestros paternos- y diez maternos- y se acuclilló junto a su primer niño muggle.

-No es por llevarte la contraria, pero las cosas se pueden romper sin tocarlas.-dijo. Pretendía sonar amable y distendido, pero hasta él era consciente de lo forzado que resultaba. Carraspeó y esbozó una sonrisa socarrona que se le daba mucho mejor.- De hecho, de donde yo vengo, ésa sería una excusa de mierda.

Su tono pareció tocar la fibra adecuada, porque el niño le miró furtivamente con curiosidad por encima de los brazos cruzados. Tenía los ojos húmedos y la nariz roja. Draco sintió algo parecido a la compasión.

Carraspeó de nuevo.

-Voy a preguntarte una cosa, y procuraré no horrorizarme con tu respuesta.-dijo, con un tono casi amable.- ¿Qué sabes del…-hizo una pausa, buscando la palabra adecuada.-…colegio en el que estudia Hermione?

-Que está en Escocia.-respondió Dickie, sin saber muy bien a qué venía aquello.

-"Que está en Escocia."-repitió Draco lentamente. No sabía si echarse a reír o a llorar. ¿Pero qué clase de animales ineptos tenía Granger por familia?- Bueno, ciertamente está en Escocia, pero eso es lo de menos. Sabes lo que es la magia, supongo.

El niño le miró de reojo, incapaz de determinar si era una pregunta seria o no.

-¿Te refieres a magia de…Abracadabra Pata de Cabra?- preguntó, en tono incrédulo.

Ahora fue el turno de Draco de pestañear.

-No sé qué coño es eso. Pero supongamos que sí. ¿Qué sabes?

Dickie arqueó las cejas con cierta suficiencia.

-Pues que no existe en realidad.- explicó, en tono monótono.- Eso sólo sale en las películas y en los libros.

Draco dejó escapar un largo y exasperado suspiro.

Una manada de lobos lo habría educado mejor, decidió. Merlín. Esto no podía estar pasando. No podía creer que le hubiera tocado mantener aquella conversación, y menos con un niño muggle. Su padre debía de estar revolviéndose de risa en la tumba. Aunque probablemente no; Lucius Malfoy nunca había sido un hombre que se riera demasiado.

Cerró los ojos durante un segundo, como para mentalizarse.

-Vale. ¿Y si yo te dijera que existe?-preguntó.

-Pues no me lo creería, porque no es real.- le contestó Dickie, visiblemente ofendido.- No soy idiota.

-No he dicho que lo seas-dijo Draco, arrastrando las palabras –. Ahora, no prometo nada en un futuro próximo. Y no te cabrees, porque no voy a estar arreglando todo lo que rompas.- Sacó del bolsillo la varita, que Granger le había devuelto en Navidad a causa de la tregua, y suspiró por enésima vez.- Que yo tenga que hacer esto...-rezongó, apuntando a los trocitos de cristal.- ¡Reparo!

Ante los ojos desorbitados de Dickie, las esquirlas de vidrio volaron de la alfombra hacia la lámpara, recomponiendo la bombilla en apenas un segundo.

Dickie abrió la boca y la cerró un par de veces sin que saliera ningún sonido de ella. Tenía los ojos tan abiertos que Draco casi podía verle la cara interna del párpado. En cierto modo, era fascinante contemplar su reacción. No pudo evitar preguntarse cómo se habría sentido él mismo si no hubiera nacido en el seno de una familia de magos y viera a alguien hacer un conjuro por primera vez.

Se guardó la varita en la chaqueta, en silencio.

Dickie juntó las manos y las apoyó en la alfombra, justo delante de sus rodillas. Luego ladeó la cabeza y se quedó mirando a Draco en la penumbra.

-¿Hermione puede…?-tragó saliva.- ¿Puede hacer eso también?

-A la pobre le cuesta -suspiró-. Pero sí, supongo que puede. Y por lo que parece, tú también podrás. No serás tan poderoso como yo, claro está, pero pocos lo son. ¿Cuántos años tienes?

-Diez- contestó Dickie- ¿Por qué?

-Diez.-repitió Draco, incorporándose y sacudiéndose las pelusas del traje.- Bueno, pues te queda un año más de romper cosas. Luego tendrás que ir a Hogwarts.

-¿Y si no quiero ir?

Draco le miró como si estuviera loco.

-¿Y por qué no ibas a querer?-preguntó, desconcertado. De hecho, no sabía si era posible negarse; él había crecido dando por sentado que todo mago iba a Hogwarts.- ¿Tienes idea de las cosas que puedes hacer con magia? Bueno, evidentemente no, porque eres muggle. Básicamente, puedes hacer lo que te dé la gana.

Al oír aquello, la expresión de Dickie se demudó. Miró a Draco con fascinación.

-¿Podría hacer cualquier cosa?-susurró excitadamente, con los ojos muy abiertos- ¿Cualquier, cualquier cosa?

Draco asintió, profundamente intrigado. Dickie se pasó la lengua por los labios y miró en derredor, como buscando la proeza más increíble que pudiera ocurrírsele. Los ojos se le iluminaron.

-Podría…Podría… ¿¡convertir este sillón en una MESA?

Draco le miró de reojo.

-Veo que a Hufflepuff no le van a faltar muebles.

Dickie pestañeó.

-¿Qué es Huff-Puff-Puff?

-Un sitio para gente ambiciosa, como tú.

-¿Es como…un club? Yo estoy en el club de ajedrez.-le informó con candidez.

-Mira qué bien.-dijo Draco, lacónico.- Y no, no es un club. Hogwarts está dividido en cuatro casas. Hufflepuff es una de ellas.

-¿Tú vives allí?

Draco se rió por la nariz.

-No.

Dickie frunció el ceño mientras su cerebro ensamblaba la información en silencio.

-¿Se puede elegir dónde quieres ir? ¿Qué otras casas hay?

Draco resopló. Lo de acuclillarse en plan comprensivo había estado muy bien y había funcionado, pero ya no estaba seguro de querer seguir jugando al rol de mentor solícito y tener que responder las setecientas preguntas que sospechaba que el crío planeaba hacerle sobre Hogwarts.

Aunque, bien pensado…

- Deja que te lo explique- dijo, aguantándose a duras penas una sonrisa de perversa satisfacción.


-Esta semana apuesta por los colores fríos. Te aportarán serenidad, algo que necesitas en este momento de tu vida.-leyó Dickie en voz alta.-Pero sin renunciar a los complementos: alíate con las joyas de nácar y lapis…-frunció el ceño. -Lapislázuli, te harán sentir mejor. -levantó la cabeza de la revista.- ¿Qué es lapislázuli?

Draco bostezó. Se había espatarrado en el sofá cual largo era, con una pierna colgando por encima del respaldo en una postura de emperador decadente que nunca habría sido permitida en Malfoy Manor.

-Una piedra azul.-respondió con desgana.-Y dudo que te vaya a hacer sentir mejor. Aunque deberías considerar lo de los colores fríos. Eso que llevas duele a la vista.

-Ya.- Dickie se miró con pena la camiseta naranja que llevaba.- A mí tampoco me gusta. Pero venía en un pack de tres.

-Bueno, mientras no renuncies a los complementos…-Draco cerró los ojos. Podría quedarse dormido en cualquier momento.

-¿Quieres que te lea el tuyo?-oyó que le preguntaba el niño.

-Por qué no.-murmuró, indolente.-Géminis.

-Géminis, géminis…Ah, aquí. –Dickie dobló la revista y carraspeó.- Amor: No siempre se consigue lo que uno quiere, por más que estés acostumbrada a salirte con la tuya valiéndote de tus encantos. Te frustra que él no responda a ellos. Reflexiona: ¿le quieres porque no le tienes, o es algo más profundo?

Draco abrió los ojos de golpe y se quedó mirando al techo, súbitamente inquieto. La imagen de Krum ofreciéndole el brazo a Granger cruzó por delante de sus ojos fugazmente, pero fue suficiente para dejarle un poso amargo en la boca.

-…algo que a ti, nativa geminiana, se te da muy bien. Pero recuerda: no todo el mundo se recupera tan rápidamente como tú de un desaire amoroso. Tu famosa inconstancia puede hacer estragos en signos menos volubles. -Dickie se detuvo de repente.- ¿Estás bien?

-Sí.-contestó con más brusquedad de la necesaria.-Sigue leyendo.

-¿Seguro? Has puesto una cara…rara.-repuso el niño con evidente desconfianza.

-No me pasa nada, joder. Que sigas leyendo.-le ordenó, avergonzado de sí mismo.-Necesito saber qué tengo que ponerme.-añadió, en un tono más suave.

Dickie le miró sin decir nada durante unos segundos, pero se encogió de hombros y bajó la vista hacia el horóscopo obedientemente.

-Eso viene después de las secciones Dinero y Trabajo.

-Creo que te las puedes saltar.-dijo Draco, cínico.

-Tu problema es lo mucho que lo analizas todo, así que esta semana ríndete al rojo, el color de la pasión.-leyó Dickie, ignorando el gruñido del Slytherin.- Los tonos melocotón también te ayudarán a dejarte llevar.

-Oh, no. Tendrás que dejarme tu camiseta.

-Y cómprate esos…taconazos en cuña que viste el otro día con tus amigas.- Dickie se detuvo y soltó una risita divertida.- Eso no tienes que hacerlo, claro. Es una revista para chicas.-explicó.

-Gracias por confirmar mis sospechas.

-Hay algo más.-dijo el niño, acercándose la revista a la cara. El Slytherin no pudo evitar preguntarse si no necesitaría gafas.- Compatibilidad con otros signos.

-Soy todo oídos.

-Estos días hallarás consuelo en: Libra, Capricornio y Piscis. Acuario se hará el remolón, pero también estará ahí cuando le necesites.-hizo una pausa y sonrió orgullosamente.- Yo soy Piscis.

-Estoy de suerte entonces.-gruñó Draco, sin malicia.- ¿Y ya está?

-No: Rehúye a Escorpio, Virgo y Cáncer. Ni quieren ni pueden entenderte ahora mismo.-leyó, y volvió a soltar una risita.

-¿Mis enemigos te divierten?-preguntó Draco, fingiéndose ofendido.

Dickie negó con la cabeza, riéndose como un ratoncillo.

-Es que mi prima es Virgo.-dijo, pero se apresuró a borrar la sonrisa de su rostro en cuanto se sintió fulminado con la mirada.-De todas maneras, no tienes que preocuparte. Creo que es un número atrasado.-dijo para consolarle. Cerró la publicación y escrutó la portada.- ¿Ves? Octubre-Noviembre. Y adem…

Draco no le dejó terminar.

-Shhh.-dijo, levantando una mano para que se callara. Tenía la vista fija en la ventana.

Dickie frunció el ceño, desconcertado.

-¿Qué pa…?

-¡Shhhh!- Draco se puso en pie lentamente y se deslizó hacia el alféizar, con cuidado de no ser visto.-Ya están aquí.

-¿Mi prima?

-No, el circo.-bufó Draco, espiando por uno de los resquicios de la cortina-. Pues claro, quién si no. ¡Eh, eh, eh! ¿Dónde crees que vas?

Dickie se detuvo en seco, con una zapatilla calzada y la otra en la mano.

-Pues a decirles hola.-respondió, como si fuera lo más normal del mundo.

Draco se atragantó.

-¡Nada de hola!

-¿Por qué no?

Draco consideró la respuesta durante unos segundos.

Ser o no ser un psicópata, he ahí la cuestión.

-Mmm…porque quiero que mires por la ventana y me digas qué están haciendo.-respondió, ignorando el alarido de su dignidad al estrellarse contra el suelo.

-¿Y por qué no miras tú?- en la voz del niño no había desconfianza; sólo una lógica aplastante.

-Porque me verían, por eso.-dijo con impaciencia.

Merlín, sus voces estaban cada vez más cerca. A saber qué estaba pasando ahí fuera mientras perdía el tiempo manipulando al primito de Granger para que se convirtiera en su pequeño esbirro.

-No quiero-dijo Dickie, y ahora sí que había desconfianza en su voz. Mucha.

Draco reprimió a duras penas un bufido exasperado. Las cosas iban a tener que ponerse medievales.

-Está bien- suspiró, preparándose para rescatar la vieja tradición del pacto de vasallaje. Al oír el chirrido de la verja de la entrada al abrirse empezó a sudar. Ya estaban ahí.- ¿Qué quieres a cambio?

Dickie le escrutó con unos ojos calculadores que habrían hecho palidecer al Mercader de Venecia. Draco tuvo la certeza de que no iba a pedir el calor de un abrazo.

-Una GameBoy nueva.

-Muy bien- A saber qué coño es eso-. Ahora ven y p…

-…y una caja de colores -añadió Dickie-. Con efecto acuarela. La de cincuenta lápices. Prométemelo.

-Vale-masculló Draco, a duras penas capaz de contener su impaciencia-. Veng…

-No, ¡Prométemelo!-insistió Dickie, mortalmente serio.

Draco soltó un bufido de exasperación.

-¡Sí, joder, te lo prometo! Una Gayboy y unas acuarelas.-repitió-. Ahora mira de una puta vez y dime qué están haciendo.-dijo, empujando al niño hacia la ventana con tanta fuerza que casi le estrella contra el cristal.

Dickie apoyó ambos codos en el alféizar y escrutó el exterior parapetándose tras de una de las macetas de la señora Granger.

-Están hablando.

-Eso ya lo sé, tengo oídos.-bufó Draco, tamborileando los dedos contra la pared.- Lo que quiero saber es qué hacen mientras hablan.

-Ella está delante de él.-dijo Dickie.- No, ahora se ha movido. Hacia el lado. Está como de lado.

-¿Qué hace?

Dickie le lanzó una mirada de desconcierto por encima del hombro.

-Nada, le está escuchando.

Draco se pinzó el tabique nasal con los dedos y exhaló lentamente para intentar serenarse. Era ridículo lo nervioso que estaba. Aquello había sido una pésima idea. Toda su familia era propensa a la hipertensión, y él no hacía más que ponerse en situaciones ideales para sufrir un ataque de corazón.

Dickie dejó escapar un resuello.

-¿Qué, qué? –preguntó Draco, ansioso.

-Se está riendo.

Maldito simio.

-¿Con ganas?- la desesperación hacía a Draco inmune a su propio patetismo.- O sea, ¿tú dirías que le ha hecho mucha gracia o poca?

-No lo sé.-contestó Dickie.- Lo normal, creo. Ya no se ríe.

Draco suspiró y se pasó las manos por el pelo en un vano intento de mantenerlo a raya. Con los nervios estaba sudando tanto que la cantidad ingente de gomina con que se esmaltaba la cabeza cada mañana había perdido su poder de atracción sobre los mechones más cortos. Y no había nada que Draco odiara más que el pelo en los ojos.

Sin embargo, sus tribulaciones capilares no duraron mucho.

-¡La ha cogido de la mano!- exclamó Dickie, en el mismo tono en que alguien alertaría de fuego en un orfanato.

-¡¿QUÉ?-graznó. Tuvo que emplear todo su autocontrol para no apartar al niño de una patada y mirar él mismo.- ¿QUÉ HACE ELLA?

Dickie frunció el ceño.

-No veo, él me la tapa…-estiró el cuello.- Ahora la veo. Se ha movido. Sonríe. Le ha cogido la mano.

-¡¿Ella?

-Sí, pero se la acaba de soltar -respondió Dickie, como si fuera un médium en pleno trance.-Oh.

-Oh, ¿qué?-le pareció que el niño se había puesto rojo, y eso no hizo más que azuzar su ritmo cardíaco.-¿Qué está pasando?

Dickie le lanzó una mirada avergonzada que le puso el vello de punta. Incapaz de soportarlo por más tiempo, Draco le hizo a un lado bruscamente.

Llegó a tiempo para ver cómo Viktor inclinaba su rostro hacia el de Hermione con la inequívoca intención de besarla. Si no hubiera estado cegado por la rabia y los celos, habría percibido enseguida la reticencia en el rostro de ella, o en la manera en que sus manos se habían alzado débilmente para detenerle.

Pero Draco no era dueño de sí mismo en esos momentos. Abrió la ventana de un tirón y le tiró a Krum lo primero que encontró con toda la fuerza, curvatura y destreza de que fue capaz.

-¡MI ESTUCHE!- oyó aullar a Dickie, en algún punto remoto del universo.- ¡NOOOO!

Sin embargo, no en vano Viktor Krum era uno de los mejores jugadores de quidditch del mundo. En cuanto oyó el silbido del proyectil cortando el aire, apartó a una sorprendida Hermione de un empujón y lo esquivó grácilmente. Draco contempló, decepcionado, cómo el estuche se estrellaba contra la verja y quedaba sepultado por la nieve.

Suspiró. Definitivamente, no era su día. Se dio la vuelta lentamente para encararse con Dickie, cuya hostilidad era tan intensa que se alegró de que no hubiera objetos punzantes a la vista.

-Te compraré otro- le dijo, conciliador.

Dickie apretó puños y mandíbula simultáneamente.

-Te odio.

-Ya, bueno- murmuró Draco, observando cómo Hermione se ponía en pie y se sacudía la nieve con una expresión que presagiaba el advenimiento del Ragnarok como mínimo.- Bienvenido al club.


-¿Estás bien?-preguntó Víktor, poniéndole una mano en el brazo.

Estaré mucho mejor cuando le mate, pensó ella.

-Sí, no te preocupes. Sólo necesito saber qué ha pasado.-dijo, forzando una sonrisa.

Era un eufemismo, claro está. Era obvio que el estuche no se había propulsado solo desde la ventana.

Y pensar que llevo toda la tarde sintiéndome culpable por haberle dejado aquí, se dijo, hirviendo de rabia. Suspiró.

-Siento mucho todo esto. De verdad.

-Yo también.-dijo él, disimulando bastante mal su decepción. Le cogió la mano.- ¿Tienes que entrrar ya?

Hermione sintió una culpabilidad que no tenía nada que ver con Draco. O eso creía.

-No tengo más remedio.-musitó, compungida.- Seguro que nos están observando.

-¿Qué importa? Si nos tirran más cosas, las esquivarremos- bromeó.

Hermione se rió, incómoda. En lo más profundo de su ser, sabía que Viktor no le estaba pidiendo sólo que se quedara un rato más. Lo leía en la súplica que latía en su mirada; en la presión gentil de sus dedos en torno a su muñeca.

Sintió que las palabras se le atragantaban. Siempre había sabido que llegaría aquel momento, y se había preparado para él: lo que le diría, lo que él respondería. En su imaginación, romperle el corazón siempre era rápido e indoloro, como un apretón de manos. Al fin y al cabo, no había hecho nada de lo que tuviera que avergonzarse: no le había jurado amor eterno al borde de un acantilado con el pelo al viento, ni nada por el estilo. Al contrario: ambos siempre habían sido muy prudentes acerca de sus posibilidades como pareja. Por fuerza, el epílogo de su historia tenía que ser tan civilizado y cordial como ellos mismos.

Pero al mirarle a los ojos, se dio cuenta de que no había manera civilizada de trinchar un corazón.

No puedo, le dijo mentalmente, porque no era capaz de encontrar su voz. No como tú me quieres. No como te mereces.

Su silencio debió de ser muy elocuente, porque algo se extinguió en los ojos de Viktor antes de que los posara sobre los rosales nevados.

Hermione tragó saliva.

-Lo siento…–la voz se le quebró, y sintió un escozor muy familiar en los lagrimales.-No sé…qué decir…

-Lo sé.-murmuró él. Sus ojos estaban secos; secos y vacíos, como si al bajar la vista se le hubiera escurrido el alma por ellos. Se sacó un pañuelo del abrigo y se lo ofreció.

Hermione soltó un resuello al verlo. Sólo alguien como él llevaría algo tan…de otra era. No sabía si echarse a llorar o a reír.

-Es de tela…

-Los de papel me irritan la nariz.-dijo él, encogiéndose de hombros.

Hermione sorbió por la nariz, sin dejar de mirar el cuadrado de tela blanca que tenía en las manos.

Quería decirle muchas cosas, como que él había sido el primer chico que se había fijado en ella, cuando sus amigos aún la incluían en la misma categoría sexual que el brócoli. Que había sido su primera pareja de baile, y también el primero en besarla. Que era una de las mejores personas que había conocido, y que nunca le olvidaría.

Pero acababa de romperle el corazón y lo último que necesitaba era una palmadita en la espalda, así que se mordió el labio inferior y no dijo nada más.

Víktor suspiró.

-No es culpa tuya -dijo. Se había metido las manos en los bolsillos y evitaba mirarla, probablemente porque su compostura dependía de ello-.Sé que si pudieras quererme, lo harías.

Se cirnió sobre ellos un silencio pesado y triste. Aquello era una despedida y ambos lo sabían, pero ninguno de los dos quería precipitarla sobre sus cabezas. Los copos de nieve se espesaron y las manos se les quedaron frías dentro de los bolsillos antes de que Viktor finalmente rompiera el hechizo.

-Si alguna vez necesitas algo…

No terminó la frase, pero no hacía falta. Hermione asintió.

-Gracias. Tú…tú también.

Víktor sonrió débilmente y le ofreció una mano enguantada, pero Hermione la ignoró y le abrazó con fuerza.

-Cuídate mucho –murmuró quedamente contra las solapas peludas de su abrigo.

Por toda respuesta, el búlgaro la estrechó entre sus brazos durante unos segundos que tendrían que durar mucho, muchísimo más en su memoria, y luego, sin más preámbulos, se dio la vuelta con gran dignidad y salió de su casa, y de su vida.

Hermione cerró los ojos y se preguntó si se arrepentiría alguna vez de aquel momento.

Quería creer que había hecho lo correcto, pero, honestamente, ¿qué sabía ella de amor? ¿Y si acababa de echar a perder la única oportunidad de ser amada por alguien tan bueno? Difícilmente podría encontrar a alguien más íntegro y más noble que Víktor. El problema era que, incluso en su limitada experiencia, algo le decía que el amor no se parecía tanto a la amistad; que no era tan plácido, tan liso. No, el amor tenía que parecerse más a un enfado, a la adrenalina que precede a la batalla. Tenía que ser una fuerza que acaparara sus sentidos con tal egoísmo que el mundo alrededor se desvaneciera. Y ella nunca se había sentido así.

Hermione gimió y se cubrió el rostro con las manos.

Sí, sí se había sentido así.

Pero no con Víktor.


Cuando al fin entró en la casa, Dickie salió disparado a su encuentro.

-Hermione, ¡no he sido yo, ha sido él!

-Felicidades, Dickie.-dijo Draco en tono lacónico.- Creo que ésta ha sido la traición más rápida de toda la historia.

Hermione levantó la vista y vio al Slytherin en lo alto de la escalera, apoyado contra la pared con su habitual aire petulante. Ni siquiera tenía la decencia de fingirse avergonzado.

-No te atrevas a culpar al niño.-le advirtió, temblando de rabia.-No te atrevas.

Draco calibró su expresión. Hermione estaba pálida y tenía los labios morados, probablemente del frío, pero los ojos le brillaban como si tuviera fiebre, y a cada lado de sus caderas pendía un puño cerrado.

La sonrisa desapareció del rostro de Draco. No era así como había planeado hablar con ella. Así no iba a escucharle, y tenía que admitir que se lo había ganado a pulso.

Suspiró.

-Bueno, Dickie, parece ser que voy a morir, así que o participas o te vas.-le espetó al niño.

Dickie pestañeó y se volvió hacia su prima con expresión inquisitiva.

-Déjanos solos, por favor.- confirmó Hermione.- Tengo que hablar con él.

Dickie puso cara de pocos amigos.

-¿A dónde me voy?

-A la cocina.

-Y no salgas de allí hasta que cumplas los cuarenta.-añadió Draco.

Dickie obedeció, aunque de una mala gana ostensible. Una vez se oyó el chirrido de la puerta de la cocina al cerrarse tras él, Hermione se encaró con Draco.

-Sabes, tengo que admitir que siempre logras sorprenderme. Justo cuanto pienso que ya está, que te estás comportando de manera más o menos humana, vas y lo arruinas con alguna de tus estupideces de niñato malcriado.- Draco abrió la boca, pero Hermione no le dejó interrumpirla.-Y en ese momento pienso: "Oh, esta vez se ha superado, es imposible que caiga más bajo". Pero entonces haces algo realmente aberrante, como atacar a mi invitado, y logras dejarme atónita. Porque no es que te tenga en especial consideración, pero suponía que hay cosas que ni tú serías capaz de hacer.

-Terribles declaraciones de Hermione Granger.-se burló él sin sonreír.- Pero tiene gracia, porque yo tampoco creí que serías capaz de dejarme solo con once desconocidos para largarte con un despojo de Europa del este.

-¿Cómo te atreves a hablar de él siquiera?

-Oh, es verdad, ¿cómo me atrevo a mencionar siquiera su santo nombre? ¡Que me fulmine un rayo si esto no es blasfemia!

Hermione le miró con desprecio.

-Es tan infinitamente superior a ti en todos los aspectos, que sería una pérdida de tiempo intentar explicártelo.

- ¿Superior a mí? Para alguien que no se ha molestado jamás en averiguar nada sobre mi vida pareces estar muy segura de conocerme, Granger.

Hermione abrió los ojos desmesuradamente.

-Espera, espera: ¿me estás recriminando que no te conozca?-soltó una carcajada descreída.- Dios mío, disculpa que no respondiera a tus cientos de invitaciones para tomar el té. Será porque no recibí ninguna. Pero descuida, llevo seis años sufriéndote, directa o indirectamente, así que creo que a estas alturas me sé lo básico: que eres un niñato consentido, cobarde y manipulador, descendiente de un linaje en el que se han casado demasiados primos como para que salga alguien normal. Siempre lo has tenido todo, así que no te preocupa ser un completo inútil: ya encontrarás a alguien que haga las cosas por ti. Y ahora estás a punto de heredar la guerra de tu padre, ¡qué ganas debes tener de unirte a sus amiguitos! Pero te voy a decir una cosa: no vais a ganar. Tú y el resto de tu podrido universo estáis condenados. Y cuando empiecen a rodar cabezas, te darás cuenta de que no tienes un solo amigo que vaya a Azkaban por ti, porque saben que tú desde luego no lo harías por ellos. Estarás solo. De hecho, ya lo estás, pero parece que no te has dado cuenta.

Draco soltó un silbido de admiración.

-Esto te lo habías preparado, Granger, no digas que no.- dijo, arqueando una ceja.-Debe ser la fuerza del Bien, que te convierte automáticamente en un gran orador. Pero entonces no entiendo como Weasel se las apaña para seguir sonando como un retrasado…

-No metas a mis amigos en esto.- amenazó ella.

Draco esbozó una sonrisa desagradable.

-¿Por qué no? Tú has metido a los míos. De hecho, también has metido a toda mi familia. Para ser alguien del lado de los buenos, la verdad es que juegas bastante sucio. ¿Pero no importa, verdad? Estás en el lado correcto de la guerra, así que puedes decir y hacer lo que te venga en gana impunemente. Bueno, tú no; Harry Popóter, aunque en el fondo da lo mismo porque su santidad se extiende a todos vosotros. Llevo años viéndoos transgredir todas y cada una de las normas de Hogwarts y encima ser premiados por ello. Shh, no me interrumpas, ahora me toca a mí insultarte. -Hermione volvió a cerrar la boca.- ¿Qué se siente al vivir en un mundo sin matices? ¿Se duerme mejor? Tengo que reconocerlo, la verdad es que me intriga. Pero lo que más me intriga de todo es que tú, siendo relativamente inteligente, estés tan ciega. ¿De verdad crees que el mundo es tan simple, o prefieres creer que lo es, para no complicarte la vida? Tendrías que oírte hablar de la guerra, es casi como si tuvieras ganas de que estallara de una vez, para poderle demostrar al mundo cuánta razón tenías, ¡el sueño de toda repelente!-la miró a los ojos, y su mirada estaba cargada de rencor.- Esta guerra es culpa tuya, Granger. Tuya y de tu estúpida obsesión por dividir al mundo en buenos y malos. Tus antepasados llevan siglos quemando a los míos en hogueras por exactamente los mismos motivos ¿y esperas que encima entendamos que somos los malos?-soltó una carcajada descreída.- Ahora en serio, ¿qué intentas compensar con esta cruzada?- Hermione bajó la vista.- ¿O se trata de recompensar a todos los que te hicieron caso durante más de treinta segundos con tu lealtad incondicional? Exactamente, ¿cuánto recompensaste a Krum?

La mención del búlgaro hizo que Hermione saltara.

-¡Y dale con Krum! ¿Qué tiene que ver con todo esto? –gritó, hastiada- Sé que te es imposible entenderlo, porque eres incapaz de sentir nada por nadie que no seas tú mismo, pero resulta que Víktor no es como tú. ¡Y lo que haya entre él y yo no te importa!

-Claro, se me olvidaba: Krum es muy superior a mí.-entonó Draco mecánicamente.- El Olimpo al completo encarnado en un solo hombre.-ladeó la cabeza.-Pero si es tan maravilloso, ¿por qué le has dado calabazas?

Hermione enmudeció.

Draco sonrió triunfal.

-Ha mantenido la compostura, eso tengo que concedérselo.-dijo, en tono casual- Pero hasta desde donde estábamos ha sido perfectamente audible el sonido de su corazón al reventar contra el suelo. –su sonrisa se ensanchó al percibir la súbita palidez de la Gryffindor.- Y pensar que probablemente vino a Londres pensando que éste iba a ser el día en que haríais oficial lo vuestro…-meneó la cabeza, divertido.-Es más: me juego lo que quieras a que no ha estado con ninguna otra chica desde que te conoció, y aunque tenga esa cara de palurdo neolítico, dudo que le falten ofertas con su contrato de superestrella del quidditch. Después de tantas cartas… Dime, Granger, ¿todo eso no se merecía ni un poquito de amor?

Hermione se mordió el labio inferior para no llorar.

-Eres un hijo de puta.-se dio media vuelta para marcharse, pero Draco la asió por el brazo-¿Pero qué haces? ¡Suéltame, cabronazo!-ladró, clavándole las uñas.

Draco se limitó a inmovilizarle la otra mano.

-¿Por qué le has rechazado?

Hermione le miró con incredulidad. Tenía los ojos húmedos, y estaba roja de rabia.

-Vete a la mierda.-siseó. Sacudió el brazo en un intento desesperado de zafarse, sin éxito.- ¡Que me sueltes!

La expresión de Draco permaneció inmutable.

-Dímelo.

-¡No es asunto tuyo!-rugió ella, revolviéndose.

Draco acercó su rostro al de ella, hasta que sus ojos estuvieron al mismo nivel.

-¿No?

Algo en su mirada hizo que Hermione apartara la vista y redoblara sus esfuerzos por soltarse, pero la tenía fuertemente asida.

-¡Déjame ir!-sollozó- Por Dios…no te entiendo. No entiendo nada.-negó con la cabeza, angustiada. El corazón le latía desbocado, no sabía si de rabia, miedo o ambas cosas.- ¿Qué es lo que quieres?

Draco la miró a los ojos largamente antes de inclinar la cabeza.

-Ya que lo preguntas…-murmuró, y cubrió sus labios con los suyos.

Los ojos de Hermione se abrieron como platos, pero esa fue la única orden que su cuerpo se dignó a obedecer. Todos las demás- apartarle, apartarse, gritar, o incluso simplemente sorprenderse- fueron escandalosamente ignoradas, como si su cuerpo tuviera voluntad propia y hubiera decidido que estaba bien rendirse a su boca y entregársele poco a poco: primero las rodillas, para que no pudiera marcharse; luego las manos, para que no pudiera apartarle; y por último los párpados, para que no pudiera mentirse.

Sólo una cosa siguió siendo suya: su piel, que sentía dolorosamente tirante, como si le viniera pequeña a su cuerpo y tuviera que tensarse hasta el límite para cubrirlo. Su piel, que reverberaba con el pulso frenético de sus venas y ardía como el hierro fundido.

Sólo cuando se sorprendió abriendo los labios para recibir su lengua volvió en sí. Fue apenas un segundo; una imagen fugaz de Ron y Harry, pero fue bastante para que cundiera el pánico.

-No.-jadeó, apartándole de un empujón. El cambio de temperatura fue tan brusco que se le puso la piel de gallina.

Draco la miró de reojo, aturdido, pero no intentó acercarse de nuevo. Tenía el rostro acalorado y la respiración agitada.

Ninguno de los dos dijo nada durante lo que pareció una eternidad.

-Creía…creía que me odiabas…-musitó finalmente Hermione, con un desconcierto casi infantil.

Draco resopló, como si le hubiera hecho gracia.

-Sí, yo también.

Hermione se aclaró la garganta con dificultad. Ahora que su corazón había recuperado un ritmo más o menos estable, se sentía tan perdida que no sabía ni por dónde empezar a preguntar. De repente, todos aquellos momentos de naturaleza inclasificable que habían compartido –en el coche, frente a las escaleras, aquella misma mañana, en la cocina.- encajaban misteriosamente en el nuevo gran esquema de las cosas. Pero ese esquema acababa de poner su mundo patas arriba.

-Yo…pensaba que te daba asco.-dijo, y le pareció que Draco se encogía al oírlo.- Por ser…ya sabes, una sangresu…

-Bueno, es evidente que no.- la cortó él, visiblemente incómodo. Era la primera vez que se sentía tan vulnerable y eso le ponía de un inexplicable mal humor. Lo único que deseaba en aquel momento era echar a correr y no parar hasta estar muy lejos de allí, pero necesitaba saber si las cosas que creía haber percibido en ella eran fruto de su imaginación o no. Tenía que saberlo. La estudió en silencio durante unos segundos antes de atreverse a preguntárselo.- ¿Y yo a ti?

-¿Tú a mí, qué? Oh- Hermione enrojeció hasta la raíz del pelo y apartó la mirada. La cabeza le daba vueltas y se sentía extrañamente volátil.- Yo…eh…mmno, supongo que asco tampoco.

Al oír aquello, Draco tragó saliva. El estruendo de los latidos de su corazón era tal que le costaba oír sus propios pensamientos, pero tenía que decir algo. Era ahora o nunca.

-En ese caso.-carraspeó, y su voz adquirió un falso tono desapasionado.-En ese caso, había pensado que quizá deberíamos…-Acostarnos. Follar. Sacudió la cabeza.-…buscar una…solución agradable para ambos.-cerró la boca de golpe. Ya estaba; lo había dicho, y por la manera en que la Gryffindor abrió los ojos, supo que le había entendido perfectamente.

-Oh.-fue todo cuanto escapó de sus labios. Estaba tan roja que Draco temió que estallara en cualquier momento.

Nunca la había visto así.

-¿Y bien?- preguntó, sintiendo un pánico creciente.

Hermione se cubrió las mejillas con las manos para tranquilizarse.

-Todo esto es…demasiado repentino.-dijo finalmente, lanzándole una mirada furtiva antes de volver a fijar su atención en el espantoso bodegón que custodiaba la puerta del baño.- Yo nunca he…-las palabras se le atragantaron.-…no puedosi no siento algo. Hace poco más de una semana aún nos estábamos sacando los ojos mutuamente, y ahora, de repente…quiero decir….

-Quieres decir que no quieres nada conmigo porque no te gusto, y no te gusto porque soy Draco Malfoy.- la interrumpió rígidamente. Las comisuras de su boca se contrajeron. Estaba haciendo todo cuando podía por evitar que su expresión le traicionara, pero sus ojos eran dos heridas abiertas.

Compungida, Hermione dio un paso hacia él.

-Malfoy…

Draco se apartó. Todo su ser parecía haberse cubierto de escarcha.

-No, si encima me darías un abrazo de consuelo.-meneó la cabeza con incredulidad.-Ahórratelo. Yo de ti quiero otras cosas, y he cometido el error de creer que querías dármelas. Como evidentemente no es así y me he puesto en ridículo, te pediría que por favor no se lo dijeras a nadie.

La expresión de Hermione se descompuso.

-Por favor, yo…

-A nadie.-repitió él, ignorando su expresión suplicante.- Es lo único que pido. Como si nada de esto nunca hubiera sucedido, lo cual no debería ser difícil.-se alisó mecánicamente la camisa- A cambio, no volveré a molestarte, ni a ti ni a tus amigos.

Hermione le miró de hito en hito, dolida. ¿Cómo era capaz de hablar de esa manera, después de lo que acababa de suceder? Escrutó su rostro en busca de las emociones que había visto antes en él, pero habían quedado cubiertas bajo una pátina dura y fría como el diamante.

-Nada de eso era necesario.-protestó débilmente. La ofendía que creyera que iba a ir proclamándolo por las plazas.

-Para mí, sí.-replicó él. Su mirada era estremecedoramente dura.- Ahora, si me disculpas, me gustaría retirarme a mis aposentos. Buenas noches.- dijo, y se metió en su cuarto, dejándola con la palabra en la boca.

Hermione contempló la puerta cerrada frente a ella, incapaz de moverse. Se sentía como si alguien le hubiera permitido ver su propia vida sin dejarle participar. En menos de tres horas, había rechazado las proposiciones de dos hombres distintos, y lo peor era que sabía, con aterradora certeza, que se arrepentía de haberse acobardado ante la segunda.

Gryffindor, y una mierda, se dijo con amargura. Ni siquiera era capaz de llamar a su puerta y decírselo. ¿Pero para decirle qué? ¿Que tenía miedo? ¿Que le aterraba ser incapaz de encontrar el camino de vuelta del lugar a dónde él quería llevarla?

Le oía dar vueltas dentro de su habitación; veía la luz por debajo de la puerta fluctuar con sus idas y venidas.

Avergonzada por estar espiándole, se sentó en el borde de la escalera y se abrazó las rodillas, sin osar hacer un solo ruido.

Eres una cobarde, Hermione Granger.

Al cabo de un rato- Hermione no habría sabido decir si fueron cinco minutos o una hora; en la oscuridad no existía el tiempo- una pequeña silueta se asomó al inicio de la escalera.

-¿Puedo volver ya de la cocina?


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Os esperábais lo de Dickie Junior? No me extrañaría, la verdad. Soy tan sutil como un cañonazo, jaja. Espero que os haya gustado y que disculpéis los errores que pueda haber. Me lo he mirado y remirado tanto durante dos años que ya soy incapaz de ver los problemas de estructura y fraseo de este capítulo...

Por cierto: en Facebook hay un grupo llamado YO TAMBIÉN ESTOY ESPERANDO UN NUEVO CAPÍTULO DE MUÉRDAGO Y MORTÍFAGOS, y allí iré informando periódicamente del progreso (o falta de él) XD del próximo capítulo.

y...

Feliz Navidad :)