Hola, mis buenos amigos y amigas, os presento, tal y como prometí, mi nuevo fic: "La madre de Vegeta". Espero que os guste. Saludos con cariño, Superbrave (Superbra1 en Fanfiction).

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Prólogo.

Vegetasei era un planeta de salvaje belleza, enclavado en un sistema solar conformado por una estrella Gigante Roja, que otorgaba a todos los astros del Sistema, un cálido brillo color rojizo. El planeta, de tamaño no excesivamente grande, sorprendía por su elevada gravedad. Sus habitantes, de cuerpo humanoide, poseían sin embargo, colas semejantes a las de los monos. Precisamente en esta rareza de su naturaleza residía gran parte del poder escondido de su especie, pues era en las noches de luna llena, que todo aquel que mirase fíjamente el astro, lograba transformarse en Ozaru, un simio de proporciones gigantescas, con diez veces más fuerza. Los Saiyajins, gozaban de cuerpos naturalmente musculosos, y como guerreros, poseían gran destreza y determinación, así como fuerza física. Su pelo solía ser encrespado y de tonos oscuros. El color de su piel variaba en tonalidades más pálidas o morenas. En cuanto al color de sus ojos, era casi siempre oscuro, aunque rara vez, se encontraban tonalidades azul o violaceas, consideradas de extrema belleza. Los machos solían ser de tamaño superior a las hembras, de gran fuerza y caracter, aun con cuerpos menos musculosos. Cabe destacar que el número de hembras nacidas era súmamente inferior al número de machos. Este hecho, que a simple vista, parece simple, era la base de una selección natural de la especie, puesto que sólo los machos más poderosos podían optar a tener una pareja, quedando relegados muchos congéneres a una vida de marginación absoluta, cuando no, de semi esclavitud. Sin embargo, los saiyajins, en cuanto a sus relaciones sentimentales, eran de afectos únicos, y una vez realizado el Ritual de Apareamiento, de connotaciones sagradas, quedaban unidos hasta la muerte, a sus respectivas parejas.

Su sociedad estaba conformada marcialmente, con una jerarquía de poder basada en estamentos clasistas. A la cabeza de la pirámide de poder, se encontraba el Rey, el guerrero más poderoso. El gobierno del pueblo Saiyan, contaba con una conformación bipartita del poder. Por un lado, el poder ejecutivo, que residía en la figura del Monarca y por otro lado, la jurisprudencia del Tribunal Sagrado, que era presidido por los más ancianos. El poder legislativo era responsabilidad conjunta de ambos estamentos: Tribunal Sagrado, y Monarquía.

No obstante, tal y como expliqué anteriormente, la sociedad Saiyan era estamentada. Y este clasismo, obedecía a la propia naturaleza marcial y guerrera de la especie, así como a un proceso de selección artificial, de depuración de la especie.

Existían por tanto, guerreros de Primera Clase, aquellos cuyo nivel de pelea era más poderoso. Estos, a su vez, se dividían en Nobles y Señores. Los primeros, formaban parte de la Corte Real, y residían en el Palacio. Mientras que los segundos, poseían tierras y vasallos, que les debían obediencia y respeto. En cualquier caso, tanto Nobles, como Señores, debían lealtad absoluta al Rey de Vegetasei, así como a su estamento supremo: El Tribunal Sagrado. La extrema fuerza de esta clase, no era tan sólo hereditaria, sino que se debía a un procedimiento que aplicaban desde siglos atrás, se trataba de un ritual sagrado, denominado 'probatum'. Si el recién nacido lograba superar las espectativas previstas en el ritual, ganaba el derecho a vivir.

Los guerreros de Segunda Clase, gozaban de ciertos privilegios dentro de la sociedad. Podía tener propiedades, y disfrutar de vidas cómodas, incluso, con esclavos a su servicio.

El grupo estamental que llevaba la peor parte, era el de poder de pelea más bajo. Los guerreros de Tercera Clase, eran vasallos obligados de los guerreros de Clase Alta. Sus derechos eran escasos, trabajaban a menudo en las labores árduas del campo, así como en los quehaceres más indeseables. En las batallas, eran carne de cañón. La educación les estaba vetada, e incluso, el mismo contacto con ellos estaba muy mal visto. Relacionarse con un guerrero de Clase Baja era degradante para las demás Clases. Es más, si una hembra osaba realizar el ritual de apareamiento con un guerrero de Clase Baja, las Leyes disponían, que el guerrero debía luchar contra cuantos aquellos le quisieran desafiar para ganar a la hembra definitivamente. Aun en el escepcional caso, de que lograse vencer a sus oponentes, la pareja, quedaba oficialmente relegada al estatus de esclavos, por más que la hembra, fuera de clase media o alta. Sin embargo, cuando un guerrero de clase superior unía con una de clase baja, y dado que existían tan escaso número de hembras, la afortunada (o no tan afortunada), ascendía de clase automáticamente, tomando la de su compañero. A pesar de la cruda existencia que esta clase llevaba, es interesante destacar que gozaban de mayor expontaneidad y familiaridad que las clases más altas.

Pero no quiero cansaros contándoos tantos detalles de aquel recóndito planeta que dejó de existir un día a manos de un maldito tirano. Os contaré la historia de como nació un Príncipe, para convertirse en leyenda...

Coronando una inmensa ciudad de calles estrechas y muros empedrados, se alzaba un castillo robusto, de gruesas murallas y ventanales estrechos. La tarde caía, y en esos momentos, el sol rojo que iluminaba todo, adquiría unas hermosas tonalidades aún más intensas. En una de las habitaciones, perfectamente, lujósamente decorada, de aspecto sóbrio y regio, la figura de un joven Rey, de treinta y cinco años, cabellos puntiagudos de color castaño oscuro, y ojos de mirada dura, divagaba sentado en pose reflexiva y pensante, dejando entrever una lucha interior de intensas proporciones.

- ¿Qué hice mal? - Su tormenta interior se debía a la frustración sufrida tras la realización del 'probatum' de su hijo recien nacido. Era la segunda vez que su esposa le daba un hijo débil, la segunda vez que debió eliminarlo ante los ojos de furia de la madre de la criatura, su compañera desde hacía 5 años atrás, la Reina. Era la guerrera de mayor destreza y fuerza en todo Vegetasei. Por eso su padre, el anterior Rey de Vegetasei, la había elegido como esposa para su hijo, el príncipe, arreglando su matrimonio desde que ellos eran apenas unos niños, tal y como la costumbre determinaba en las clases altas. Sin embargo, Onionte, no había sido capaz de darle un hijo que superase en fuerza al resto de los bebes Saiyajins. Esto era en sí un terrible drama, ya que el príncipe, debía ser el más fuerte jamás nacido, de lo contrario, su estirpe sería eliminada por otra de mayor fuerza, quedando mancillado el honor de su familia durante generaciones, siendo relegados al estatus de esclavos.

El sonido electrizante de una daga cortó el aire para clavarse en la madera gruesa del trono. Las manos autoras del intento de asesinato eran de mujer, y sus ojos lloraban de rabia y dolor. El Rey Vegeta había esquivado el inesperado golpe. Nunca pensó que la Reina, su propia compañera no comprendiera que ellos no eran como los demás saiyajins. Tenían sobre sus espaldas una responsabilidad mayor, hasta el punto de tener que tomar dolorosas decisiones, tales como la que acababan de soportar. Pero esta vez Onionte no pudo soportar la presión, no ya en sí, del cruel desenlace, con la muerte de otro hijo, ella estaba preparada mentalmente para la prueba sagrada. Lo que no pudo soportar fue la verguenza como mujer, el deshonor como guerrera y madre, de no haber podido dar a luz al hijo fuerte que todos esperaban. La Reina no se caracterizó nunca por ser una mujer de corazón noble o puro, era despiadada, impetuosa, caprichosa, celosa, sangrienta... Cualidades estas, que le valieron alardes de guerrera implacable y cruel. Pero ese día, cuando lloró por primera vez en su vida aferrada aún a la daga traicionera que falló el destino, un profundo odio se instaló en su corazón hacia el Rey y los Saiyajins mismos, odio, que llegaría a fraguar con terribles consecuencias.

Y he aquí, que los rezos de este corazon oscuro, envenenado por el odio y la desidia, fueron escuchados por las fuerzas del mal, atrayendo a Vegetasei una corbeta que se vió obligada a realizar un aterrizaje forzoso, para solucionar los problemas técnicos derivados de un motor defectuoso. Los saiyajins tenían una tecnología atrasada, jamás habían visto un artilugio como aquel, capaz de sobrevolar el cielo y aterrizar con sus tripulantes indemnes. Pero se sorprendieron aún más, cuando vieron salir de aquel inmenso aparato volador, a un cortejo de guerreros monstruosos, seguido de un poderoso y vil gobernante, con la piel blanca como el nacar, los ojos fríos como el hielo, y la maldad más absoluta en su alma. De nuevo el caprichoso destino, quiso que la Reina se acercara al lugar para exigir una explicación.

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