Notas: Si, seguro que creían que me había olvidado de esto. Pues no, la historia continúa. Si la lentitud de las actualizaciones no ha espantado a todos, me considero afortunada. Gracias a aquellos que me continúan apoyando con esto. Estoy aún trabajando en la próxima entrega y ya regreso a clases esta semana, así que como siempre, mejor no hago promesas. Besos a todos.

xXx

El sonido de la puerta principal cerrándose tras su sobrino pareció retumbar en la casa como un eco que a Daisuke Rukawa le sonó como un golpe. Como el golpe que él mismo se merecía. Había seguido con la vista el camino inestable de Kaede desde el comedor hasta la puerta principal sin decir nada. Sólo se había quedado viendo como el alto chico con que había estado viviendo, el hijo de su hermanito, caminaba con cuidado para no caerse, mareado por un golpe que su propio tío le había propinado.

¿Y por qué¿Por qué el chico se había tropezado con el gato y había roto un par de platos¿Por algo que había sido culpa del mismo Daisuke?

"¿Qué mierda me sucede?" Susurró para sí el hombre, sintiéndose enfermo mientras la escena de antes se repetía en su cabeza. La incredulidad en los ojos de su sobrino, el breve destello de miedo que vio en un chico acostumbrado a cuidarse solo y seguro de si mismo. La rabia en esa voz cuando comenzó a recriminarle y luego…

Lo golpeó. Daisuke había golpeado a su sobrino otra vez y el hecho seguía siendo tan imperdonable como nueve años atrás. Pero ahora Yuko no estaba ahí para proteger a su hijo. Y alguien obviamente debía protegerle porque Daisuke era un verdadero idiota que no sabía cuidarse ni a sí mismo. ¿Estaba loco acaso? Primero tratarlo tan rudamente y luego golpearlo. Solo esta mañana se había dicho a sí mismo que haría una esfuerzo y ahora...

Ahora Kaede había salido de la casa sin siquiera una chaqueta, mareado, pálido y confundido por su culpa.

Sin darse tiempo de recriminarse más, Daisuke se apresuró afuera, siguiendo a Kaede mientras éste caminaba lentamente hacia otro barrio. Daisuke no sabía adónde iba el muchacho, pero parecía que Kaede podía desplomarse en cualquier momento y su tío no podía dejarle ir así por las calles de noche. El callado muchacho era retraído por naturaleza y Daisuke ni siquiera sabía si lo de ir a dormir donde un amigo era cierto. Ni siquiera había preguntado quién, dónde, un número de teléfono. ¿Qué clase de tío era¿Cómo se suponía que iba a cuidar de Kaede si lo único que hacía era lastimarle?

Tres veces Kaede se detuvo, apoyándose contra los muros, obviamente mareado. Daisuke sintió náuseas cada vez que lo veía hacerlo y casi corrió hasta el muchacho para llevarle a casa y ayudarle a recostarse en su cama. Pero no, ya había hecho suficiente. Kaede tenía derecho a no querer verle más y si de verdad iba a algún lado, Daisuke no lo detendría. Pero si se desplomaba, estaría ahí y si no tenía donde ir, lo llevaría a casa como fuera.

Le debía al menos eso.

Al final, no fue necesario. Finalmente Kaede se detuvo frente a una casa modesta y golpeó la puerta, apoyándose contra el marco de esta como para mantenerse en pie. Daisuke se quedó de pie a una distancia, esperando. Kaede golpeó otra vez luego de un momento y justo cuando su tío estaba listo para ir a llevarle de vuelta a casa, la puerta se abrió y Daisuke vio la figura de un chico de la edad de Kaede salir a recibirle. Era tan alto como su sobrino- más, incluso, y Daisuke pensó reconocerle luego de un momento. Era el pelirrojo que iba con Kaede cuando Daisuke fue a buscarle por primera vez al instituto.

El extraño chico de inmediato llevó a Kaede adentro, obviamente alarmado por el estado del moreno. Y Daisuke se quedó parado en la acera por algunos minutos después que la puerta principal se cerrara con su sobrino del otro lado.

Se sentía helado y poco tenía que ver con la brisa nocturna.

Como en trance, el hombre caminó de regreso a la casa que detestaba y cerró la puerta tras de sí, apoyándose en ella. Adentro, todo seguía iluminado. La sala de estar, con sus muebles occidentales y de colores cálidos se veía tan acogedora como siempre. Daisuke miró todo sin expresión en el rostro. De pronto, sus ojos recayeron sobre el retrato sobre la chimenea en la sala de estar, y aunque ya lo había visto varias veces, ahora la imagen parecía recriminarle.

Eiji sonreía en la foto, sosteniendo a un pequeño Kaede de unos tres años en sus hombros. Yoko estaba junto a ellos, serena como siempre, con esos ojos almendrados de un azul profundo que eran idénticos a los de su hijo. Eran una familia preciosa. Daisuke caminó hacia la foto, tomando el marco con manos que se sentían húmedas y se sentó con ella en el sillón. Eiji debió tener unos veintiséis en la foto. Yoko no más de veintitrés.

Quizás lo más doloroso de la imagen era contrastar el rostro infantil de Kaede, sonriendo emocionado mientras abrazaba el cuello de su padre, con el rostro siempre serio de su sobrino ahora. Escondiéndose tras ese flequillo largo y siempre con un dejo triste en los ojos, Kaede era completamente diferente del niñito de la fotografía. Un niño que según las cartas de Eiji siempre se reía y que adoraba ir a nadar a la playa con ellos. Un niño que ya no existía.

Yo nunca vi esto Daisuke se dijo a sí mismo, sintiendo otra vez como todo en su interior se anudaba. Su pecho le dolía como cada vez que pensaba en sus propios errores. Nunca les vi felices.

A Eiji y a Yoko sí, claro. En su boda. Eiji había estado rebosante de orgullo con su esposa en el brazo y Yoko había sido toda una belleza en su traje blanco. Se habían visto tan felices, tan jóvenes. Daisuke había estado orgulloso de su hermano entonces, feliz por él. Pero cuando Eiji le dijo que se mudaría a Tokio, la felicidad se le había cortado. ¿Cómo iban a dirigir una empresa desde 2 extremos del país? Pero Eiji estaba decidido y le había asegurado que funcionaría. Que se visitarían y se verían cada vez que pudieran, que ni se extrañarían.

Eiji había mentido. Oh, la empresa funcionó de maravilla. Se escribían a menudo y Eiji lo bombardeaba con fotografías de su familia. Cuando Kaede nació y los años siguientes, Daisuke pudo llenar montañas de álbumes con todas las fotografías que Eiji le enviaba. No lo había hecho. Las fotografías las tenía aún, en una caja, almacenadas en desorden en Sapporo. Daisuke echaba de menos a su hermano y estaba resentido con que se hubiera ido sin siquiera consultarle. No lo fue a visitar nunca a Tokio, aunque Eiji si había viajado a verle un par de veces.

Luego, su hermano estaba muerto y él de pronto se encontró a sí mismo en Tokio entre un mar de gente. Yoko había estado destrozada pero digna, como siempre había sido ésa mujer. Con una entereza envidiable, su rostro pálido estaba triste pero en calma, siempre atenta para consolar a su pequeño, que se aferraba a ella mientras los preparativos del funeral se concretaban. Daisuke se había sentido inútil, parado en una hermosa casa de la que él tenía mil fotos y ningún recuerdo. El niño que no soltaba a su madre y que miraba a todos los extraños con ojos perdidos, era el mismo de las cartas de su hermano y al mismo tiempo no lo era. Era un chiquillo de seis años, de preciosos ojos azules y el mismo cabello y facciones de Eiji. Pero no sonreía y solo hablaba en murmullos con Yoko, completamente diferente del chico que supuestamente no dejaba a Eiji en paz con sus preguntas.

Daisuke apenas y recordaba el funeral. Recordaba haber hablado con Yoko, haberle ofrecido quedarse sin saber bien por qué querría torturarse de esa forma. La viuda de su hermano, siempre cordial, le dijo que podía quedarse cuanto quisiera, que la ayuda no le estaba de sobra mientras las cosas volvían a la calma. Recordaba claramente el rostro de Kaede, un niñito que nunca había conocido pero que de inmediato aceptó que él era su tío, preguntándole por qué no iba a volver su padre.

El desconcierto que sintió ante tal pregunta lo recordaba aún hoy. Su total incapacidad de contestar a esa pregunta- la única que su único sobrino le había hecho en su vida- le había dejado helado. Y ahí estaba ese niño, mirándole como si Daisuke fuera a arreglar todo el asunto. Ese niño con el rostro de su hermano muerto, a quien Eiji iba camino a recoger cuando el coche quedó hecho trizas con él adentro.

La rabia que le provocó encontrar un culpable para la muerte de su hermano fue cegadora. Un culpable que no fuera el otro conductor, también muerto en el accidente. Un culpable ahí, indefenso, frente a él.

Hasta el día de hoy, Daisuke jamás se había perdonado semejante decisión. Culpar a un chiquillo inocente, a su propio sobrino de la muerte de su hermano. No había excusa para haberle tratado como le trató, ni perdón por desquitarse con él por el odio que Daisuke sentía hacia sí mismo. Y cuando por fin cayó en cuenta de lo que estaba haciendo, cuando por fin se horrorizó con sus propias acciones, ya había sido tan violento con ese pequeño, que lo dejó en el hospital con una contusión. Y Yoko fue categórica entonces, rígida como el hielo cuando le apuntó a sus maletas y le dijo que jamás volviera a acercarse a su hijo. Aquella tarde en que Kaede perdió el conocimiento por un golpe y Yoko entró justo a tiempo para presenciarlo, fue la única vez que Daisuke la oyó alzar la voz.

"Ahora para arreglarlo, cuando al fin tengo la oportunidad, voy y lo trato peor." Daisuke se maldijo por lo bajo, frotando su rostro violentamente. "No tiene remedio. Soy un bastardo."

Decidido a hacer algo para distraerse, Daisuke se puso de pie y fue hasta el comedor, limpiando los restos de la más fallida cena de su vida con meticulosidad, incluso rastreando al gato de Kaede para asegurarse que no estuviera manchado de comida. El gato no le dejó acercarse demasiado, pero su pelaje ya estaba limpio. Daisuke luego se dirigió al segundo piso, sentándose en la cama que fuera de los padres de Kaede y que ahora le servía de lecho.

"Es la casa," Trató de convencerse, mirando a su alrededor y encontrando restos de su hermano y su esposa en cada rincón. Las fotografías, los cuadros, los libros. Las paredes que presenciaron lo que Daisuke no. "Solo tengo que sobrevivir aquí hasta el fin del curso de Kaede. Luego, volvemos a casa, a Sapporo. Empezamos de cero, los dos."

El silencio a su alrededor hizo poco para calmar su creciente inseguridad respecto a la decisión.

Daisuke suspiró, pasando una mano por sus cabellos. Desde que supo de la muerte de Yoko, no pensó dos veces en venir a buscar a Kaede. Pero mientras más tiempo pasaba, más se daba cuenta que la situación era mucho más compleja que una promesa hecha cuando su hermano estaba vivo y el niño no tenía más de un año. Tenía en sus manos no un niñito controlable, pero un adolescente formado, independiente y orgulloso. Un chico inteligente que no confiaba en él, frío y distante pero siempre respetuoso. Un chico del que Daisuke Rukawa no sabía nada.

"Soy yo quien debe criarle ahora," Murmuró, cerrando los ojos. La discusión de antes volvió a atormentarle; el rostro de su sobrino, el golpe... "Y quiero hacerlo. Quiero recuperar mi familia."

¿Entonces por qué sigo tratándole así¿Por qué no le dejo acercarse?

No tenía una respuesta para sí mismo. Quizás era miedo, estrés, su completa certeza que Daisuke- soltero, frío y huraño como era -no estaba listo para hacerse cargo de Kaede. Pero ninguna excusa le permitía perdonarse. Desde que vio a ese muchacho, crecido y tan parecido a Eiji que tan solo mirarle dolía, Daisuke no había hecho más que maltratarle, tal como se había prometido a sí mismo que no haría. Ver los ojos de Yoko, desconfiados, serenos, en el rostro de Eiji...

Las palabras de Kaede no dejaban de atormentarle. Tampoco me conoce ahora. Ni yo a usted. Esas palabras murmuradas tan seriamente, con tanta seguridad y calma. Palabras maduras y frías, que no pertenecían en la boca de un chiquillo de quince años quien debería estar preocupado de las chicas, de sus deberes, y no de enterrar a su madre o de ir a vivir con un desconocido.

"Y yo complico todo," Daisuke admitió para sí, poniéndose de pie para mirarse en el espejo de la habitación. Ahí no estaba el hermano mayor de Eiji. Sólo un hombre amargado y cansado con una semejanza terrible al padre de ambos. "Soy lo único que ése chico tiene. No puedo desquitarme con él, no puedo seguir culpándole de todo. Tengo que ser su tío, no su enemigo. Su tío."

Los ojos del hombre en el espejo ganaron un tenue brillo con esa resolución y Daisuke enderezó su postura, decidido a cumplir sus deberes como siempre lo había hecho. Se había hecho cargo de Eiji cuando eran niños, se había hecho cargo de la empresa tras la muerte de su padre y ahora se haría cargo de su sobrino. Y lo haría bien. Lo haría como siempre debió haberlo hecho. Finalmente decidido, Daisuke empujó a fondo de su mente sus inseguridades, caminando fuera de la habitación hacia la puerta del dormitorio vacío de su sobrino.

Lo primero era entender al chico, acercarse a él. Lo demás ya lo resolverían juntos. Era hora que Daisuke hiciera lo correcto con Kaede- era hora de recuperar a su familia.

xXx

Pasadas las diez de la noche, Hiroki fue sorprendida mientras se preparaba para irse a dormir por un suave golpeteo en la puerta principal. Ojeando el reloj en su muñeca, la mujer frunció el ceño, segura que no era nadie que ella podría esperar.

¿Quién visitaría a esas horas?

Algo preocupada, se asomó con cuidado a la ventana, pero la oscuridad no la dejaba distinguir quien estaba afuera. Los golpes suaves volvieron a escucharse y esta vez la mujer se decidió, caminando hacia la puerta y elevando su voz a través de ella.

"¿Quién está ahí?" Preguntó firmemente en un tono severo, como si con él pudiera espantar a cualquier malhechor que quisiera entrar a su casa. La respuesta demoró. Pensó oír algo, pero no estaba segura y estaba dispuesta a preguntar de nuevo cuando su hijo bajó las escaleras tras ella, de seguro en camino a robar algún resto de la cena como era su costumbre.

"¿Mamá¿Qué haces levantada?" Hanamichi preguntó con extrañeza, sonriéndole inocentemente. Definitivamente iba a la cocina, pensó la mujer con un dejo de resignación ante el apetito de su hijo. Un nuevo golpe en la puerta interrumpió su respuesta. "¿Eh¿Visitas ahora?"

Sin más ceremonia, Hanamichi fue hasta la puerta y la abrió de par en par, parándose en el umbral con su intimidante metro noventa y expresión amenazante. Hiroki dio un paso hacia él, asomándose con sigilo para ver quien era, pero la voz sorprendida de su hijo la tranquilizó, alivio reemplazando su nerviosismo.

"¡Kitsune!" Exclamó Hanamichi, y Hiroki sonrió para si, acercándose con más prisa. Llevaba un par de días sin ver al chico al que le había tomado tanto cariño. La hora era algo inusual, pero sin duda Kaede era bienvenido en su casa…

Lo que Hiroki vio al pararse junto a su hijo le congeló la sonrisa en el rostro. Kaede estaba apoyado en el umbral de la puerta, pálido como un fantasma, mirándolos a ambos con los ojos desenfocados, como si no estuviera seguro qué hacía. No llevaba chaqueta y vestía aún la ropa del instituto, pero no traía nada más consigo.

Aún en la mala iluminación de la entrada, Hiroki distinguió las marcas oscuras de un golpe o varios en su rostro.

"Kami Sama, Kaede ¡entra aquí!" Hanamichi exclamó de repente, aparentemente despertando de su propio estupor. Con cuidado tomó el brazo de Kaede y lo guió adentro, dejando que el chico se apoyara en él mientras caminaban hacia la sala de estar. Hiroki cerró la puerta tras ellos, apresurándose a ayudar a Kaede a sentarse en el sillón. "¿Qué te pasó¿Kaede¿Estás bien?"

La preocupación en la voz de su hijo no escapó la atención de Hiroki, pero ella tampoco estaba mejor. Gentilmente tomó las heladas manos de Kaede en las suyas, notando que estaban temblando levemente. Rukawa no dijo nada a ninguno de ellos, sentándose donde le dejaron y mirando hacia abajo con un rostro inescrutable.

"¿Kaede?" Murmuró ella suavemente, apartando con cariño un mechón oscuro del rostro del chico en un gesto que siempre había calmado a Hanamichi cuando niño. "Querido, mírame un segundo ¿sí? Levanta el rostro, eso es. Dime¿sabes donde estás?"

Hanamichi estaba hecho un nudo de nervios a su lado mientras esperaban la lenta respuesta. Kaede parecía no haberla oído. Hiroki intentó llamar su atención apretando las manos del chico entre las suyas, un poco sorprendida cuando Hanamichi se inclinó para levantar con su mano el rostro del moreno. La mujer suspiró para sí, sonriendo a Kaede cuando éste finalmente la miró a los ojos, reconociéndola de golpe. Era casi como si hubiera despertado. Pestañeando, el moreno les miró a ambos, asintiendo levemente cuando Hiroki repitió su pregunta.

"Hanamichi, ve a traer una manta," Dirigió ella y su hijo salió corriendo a buscarla mientras Kaede le miraba irse con el ceño fruncido. "Kaede, mírame cariño." El chico lo hizo, bajando la mirada luego de un momento. Parecía avergonzado, pero la mujer no iba a permitir eso. "Vamos, cabeza en alto. Mírame."

"Siento aparecer así," Murmuró el moreno luego de un momento, mirándole de reojo hasta que ella le levantó el rostro. Su voz era tenue y Hiroki se sintió más preocupada. Apoyó su mano en la frente del muchacho, pero él estaba frío como hielo y no tenía indicios de fiebre.

"Nada de eso," Le dijo ella suavemente, acariciándole el rostro en el lado que tenía intacto. "Eres bienvenido cuando quieras."

Hanamichi regresó entonces con dos gruesas mantas que seguro había sacado de su habitación, y con prisa las apoyó en los hombros de Rukawa, quien le miró con un suave agradecimiento. Su hijo sonrió, pero Hiroki no tuvo problemas en leer la preocupación escondida en el gesto. Con cuidado, Hanamichi se sentó junto al moreno en el sillón, ayudándole a arroparse con las mantas y pasándole un brazo por los hombros como para afirmarle.

"¿Estás mejor?" Hanamichi le preguntó suavemente y Rukawa asintió otra vez, cerrando los ojos luego del movimiento.

"¿Es tu cabeza?" Hiroki preguntó de inmediato, recordando de pronto las pastillas de Kaede que había encontrado en la que sirvió como su habitación. ¡Ella no se las había dado a Hanamichi! Sintiéndose horrible por olvidarlas, la mujer miró a los ojos del moreno con ansiedad, levantándose a medias para correr a buscarlas. "Cariño ¿tienes una jaqueca¿Traigo tus pastillas?"

"No…" Kaede susurró, apoyando el rostro en el hombro de Hanamichi y volviendo a cerrar los ojos. "N-no debería tomarlas ahora-"

"Kitsune terco¿por qué no iba-?" Pero Hanamichi detuvo la pregunta a medio camino. Levantando una mano para tantear la cabeza de Kaede con cuidado, su hijo debió retirarla cuando el moreno se quejó levemente. Un golpe. Claro. Hiroki suspiró, yendo rápidamente a la cocina para volver con un té caliente que entregó en manos de Hanamichi. Las manos de Kaede aún temblaban y estaban medio enredadas en las mantas.

"Cielos," Murmuró Hanamichi, medio abrazando al moreno para sí bajo la mirada cálida de su madre. Con cuidado, el pelirrojo ayudó a Kaede a tomar un sorbo del té, su expresión inquieta. "¿Qué pasó kitsune¿Quién te golpeó?"

Silencio. Hiroki volvió a arrodillarse junto al sillón y tomó la mano de Kaede, sonriéndole dulcemente cuando el chico la miró.

"Eso no importa ahora," Hiroki murmuró suavemente, apoyando su mano en la rodilla de Kaede y dándole una mirada a su hijo que detuvo las preguntas del pelirrojo. Preocupada por la salud del moreno, la mujer se sentó al lado de ambos chicos, su atenta mirada aún en los ojos azules del chico. "Kaede, dime cómo te sientes. ¿Qué te duele?"

Kaede se demoró algunos segundos en contestar, tomando otro sorbo del té que arrebató de manos de Hanamichi. Hiroki sintió que un poco de su preocupación disminuía mientras más miraba los ojos alerta de Kaede. El chico parecía agotado y claramente los golpes lo habían aturdido, pero nada indicaba que la mujer debiera llevarlo al hospital de momento.

"Tenía una migraña antes de..." Kaede murmuró, haciendo un gesto vago con una mano como para indicar su estado actual. "Que empeoró. E-estoy algo mareado. Pero solo tengo algunos moretones, nada grave."

Hanamichi frunció el ceño y su brazo pareció tensarse como si quisiera estrujar a Rukawa contra él. El gesto no escapó a los ojos de Hiroki, pero la mujer no dio señas de ello. Su hijo parecía lo suficientemente distraído como para no darse cuenta que estaba medio abrazado al chico que había admitido querer frente a su propia madre.

"¿Dónde está tu chaqueta?" El pelirrojo preguntó, observando de cerca mientras Kaede se terminaba su té de un largo sorbo y con cuidado dejaba la taza vacía sobre la mesa de centro. "¿Y tus cosas del instituto? No te las robaron ¿verdad?"

"No. Están en casa." Fue la escueta respuesta del moreno y aunque a Hiroki la respuesta le pareció normal, algo en el rostro de Hanamichi logró alarmarla. Kaede otra vez miraba el suelo como si nada podría interesarle más.

"¿Kaede?" Hiroki se interpuso en el tenso silencio que comenzaba a formarse, inclinando la cabeza hacia las escaleras cuando el chico la mirase. "Creo que deberías descansar. Es muy tarde para que te deje salir, así que ni pienses que dormirás en otra parte que no sea aquí ¿está claro jovencito? Te ayudaremos a tu habitación."

Kaede asintió una vez, aún cuando el gesto parecía dolerle. Aceptó la inmediata ayuda de Hanamichi para ponerse de pie y Hiroki lo vió tambalearse brevemente, pero pronto el chico se enderezó por su cuenta y negó la ayuda del pelirrojo para caminar. Hiroki siguió a su hijo y al moreno mientras se dirigían al segundo piso, atenta a la menor señal de debilidad de Kaede. Y efectivamente, el alto muchacho parecía débil. Su rostro pálido como el papel y la tensión en los músculos de su rostro le indicaban a Hiroki que el dolor en su cabeza- y quizás si en algún otro sitio que no hubiera mencionado- era bastante peor de lo que Kaede admitía.

"Puedo caminar solo," Murmuró Kaede y Hiroki tuvo que ahogar una sonrisa ante la mirada mosqueada que le dirigió al preocupado Hanamichi que prácticamente quería sostenerlo a cada paso. "No estoy tan mal...llegué hasta acá sin problemas..."

"Ni te molestes, Kitsune, solo sube," Hanamichi respondió entre dientes con una mueca de pocos amigos. Kaede se tambaleó brevemente justo entonces, como confirmando los temores del pelirrojo que de inmediato le sujetó. "Si te vieras a ti mismo, me entenderías."

Subir las escaleras fue un proceso tortuoso pero finalmente los tres entraron en la habitación de invitados que prácticamente se había transformado en la habitación de Kaede durante el último tiempo. Hiroki entró primero y abrió las sábanas de la cama para que Hanamichi ayudara a Kaede a recostarse. Una vez allí, el cansancio pareció abatir al moreno, que pestañeó lentamente, como si los párpados se le cerraran solos. Hanamichi le sacó las zapatillas a Kaede y Hiroki lo cubrió con cuidado.

"Gracias." Kaede murmuró y la madre de Hanamichi no pudo más que sonreírle, apartando el flequillo de sus ojos en un gesto cariñoso. Sin pensarlo dos veces se inclinó y besó la frente del chico, notando con alivio que la piel de éste ya no estaba tan fría como antes. Kaede la miró con sorpresa y algo como tristeza en los ojos; Hiroki se sorprendió a si misma con la ternura que esa mirada inspiró en ella.

"Descansa," Susurró, viendo como poco a poco los ojos de Kaede se hacían más pesados. Miró a su hijo y lo vio sonriendo tenuemente, de pie tras de ella como velando sobre ambos. Hiroki nunca pensó que llegaría a ver a su hijo- inmaduro y alocado como tantas veces era- parecer tan seriamente enfocado en otra persona. "Estás a salvo con nosotros. Buenas noches cariño."

Kaede le sonrió a medias y cerró los ojos, susurrando un 'Buenas noches' casi inaudible. Fue entonces que Hanamichi se acercó a ellos de nuevo y Hiroki le cedió su lugar, observando como su hijo se sentaba a un lado de la cama y le tomaba la mano a Rukawa- su kitsune hechicero pensó ella con una sonrisa- con sumo cuidado. Había una inquietud en su rostro que no se disipaba y Hiroki sospechaba que su hijo sabía qué pudo haberle ocurrido a Kaede. No quiso preguntar aún. Hanamichi estaba acariciando el cabello del moreno con la misma gentileza con que ella lo hacía, sin apartar nunca la vista de su rostro. Kaede ya parecía estar dormido.

Hanamichi estaba enamorado, Hiroki pensó con un dejo de orgullo, inclinándose para besar la mejilla del pelirrojo.

"Quédate con él un rato," le susurró, sabiendo que era lo que iba a hacer de todas maneras. "Anda luego a mi habitación ¿si? Para que hablemos."

"Claro mamá," Hanamichi le contestó distraídamente, mirándole de reojo. "Iré en un minuto."

Hiroki asintió, lentamente retirándose de la habitación. Una vez en su cuarto, se sentó pesadamente en su cama de estilo occidental, cerrando los ojos por un momento. Kaede parecía estar bien. Había llegado congelado y desorientado, pero pronto había recuperado su serenidad, si bien el dolor en su cabeza era bastante evidente. Parecía débil, como si hubiera comido poco y probablemente como consecuencia del golpe, pero eso ella podría solucionarlo con un buen desayuno al día siguiente. Nada parecía grave, a pesar del susto inicial de ver a Kaede llegar con esas marcas de golpes. Ya debería estar acostumbrada a tales escenas luego de recibir a Hanamichi- y a sus amigos del Gundam- tantas veces tras sus peleas.

Se estaba poniendo vieja para estos ajetreos…

Con un suspiro se alistó para la cama, sentándose luego en ella con la luz prendida. Sabía que probablemente Hanamichi no vendría, quedándose dormido junto a Kaede. Aún así se decidió a esperarlo por unas horas antes de ir a arropar a ambos, mirando el reloj con cansancio.

11:26 PM.

Iba a ser una noche larga.