Sayonara Amazonas


Disclaimer usual: Ranma Nibunnoichi no me pertenece, ni tampoco ninguno de los derechos asociados. Esta es una obra que no busca lucro basada en Ranma Nibunnoichi. La única intención aquí es entretener.


Un aviso llega del cielo…

Cerca de la cordillera de Bayan Har, en la provincia de Quinghai, enclavada en el centro de la enorme China, se encontraba la aldea de la tribu de las Nujiezu, también conocidas como las Amazonas Chinas. Eran una tribu guerrera, con más de tres mil años de historia, toda ella documentada en pergaminos amarillentos que se deshacían con el sólo roce de una mano inexperta, guardados con celo por sus escribas. Toda esa historia estaba entremezclada con el misterioso campo de entrenamiento maldito llamado Zhou Quan Xiang, a medio día a pie de la aldea; era una parte tan importante de su cultura que muchas de las más sabias Nujiezu tenía la convicción de que sus antepasadas se asentaron allí para poder hacer uso de sus mágicas propiedades.

Durante esos tres milenios de vida, las Nujiezu fueron acumulando una gran cantidad de objetos mágicos, ya fuera por la paz, o como en la mayoría de las ocasiones, por la guerra. Lucharon contra otros pueblos, contra demonios e incluso contra otros seres de pesadilla que no volvían a ser nombrados nunca más después de haberles dado muerte.

Todo lo que aprendieron y todo lo que consiguieron durante tantas guerras y escaramuzas lo guardaron en el enorme edificio que presidía su aldea, toda ella rodeada por empalizadas de bambú. Ese enorme edificio circular era el centro del pueblo, que se organizaba radialmente a partir de tan importante edificio y de la plaza que lo acompañaba: un enorme espacio abierto de tierra dura y sencillos bancos hechos de bambú que salpicaban aquel lugar, y que se podían retirar cuando hiciese falta.

Como por ejemplo, en aquel momento. No había bancos, sino un enorme tronco suspendido en el aire mediante unas poleas. Sobre ese tronco, marcado por las innumerables peleas que se habían llevado a cabo en su resbaladiza superficie, caminaba con paso seguro una mujer.

—Ti-Er, nuestra matriarca extranjera… ¿A qué se debe el honor de verla fuera del ayuntamiento? —dijo una segunda mujer con un mal escondido tono de desprecio.

Ti-Er saltó hacia la otra mujer, ejecutando un mortal en el aire, y aterrizó frente a ella. Ti-Er era unos centímetros más alta que la otra mujer, y su pelo negro contrastaba con el traje ajustado y colorista, estampado con varios dragones de colores, que la cubría del cuello a las rodillas y que no tenía mangas.

—A ver, Ji-El… ¿qué te pasa hoy? —inquirió sin mucho interés Ti-Er. Su voz, sorprendentemente joven, parecía traicionar las leves arrugas que se marcaban con la expresión de cansancio que acompañaba su tono de voz.

—No, no… A mí no me pasa nada —contestó Ji-El con un marcado toque de sorna. Ella era mucho más joven, con apenas veinte inviernos a sus espaldas, y en mejor forma física que la otra mujer. Si Ti-Er podía presumir de una figura y una fuerza y velocidades excepcionales para su edad, Ji-El podía hacer lo mismo, y aún más. Además de su pelo marrón con ciertos destellos anaranjados y el traje totalmente verde del mismo corte que el de su interlocutora, había algo más que la diferenciaba de Ti-Er: ella había nacido en el pueblo; Ti-Er, no.

—Yo estaba dando un paseo por aquí y… ¡menuda sorpresa encontrarte aquí! —continuó, aumentando a cada palabra la ironía y el desprecio —Sin embargo, creo que debo aconsejarte en contra de caminar por ahí.

Señaló al tronco suspendido y, dándole la espalda a la otra mujer, comenzó a caminar a su alrededor.

—Que yo sepa, caminar sobre el tronco ceremonial no está prohibido…, ni siquiera para los extranjeros —le recordó Ti-Er amablemente.

—Puede que no esté prohibido —concedió con cierta condescendencia —, pero lo que está claro es que no puede hacerlo cualquiera.

—Bueno, creo que mi posición de matriarca me permite hacerlo —contraatacó en el mismo tono de voz pero con una sonrisa.

—Ya, aunque últimamente parece que la posición de matriarca es tan... volátil —Ji-El hizo un gesto con su mano libre como de fuegos artificiales —. Yo no daría por sentado seguir en ella por mucho tiempo.

—Si no recuerdo mal, la única manera de perder este puesto es, además de la muerte y la designación consensuada, perder en un desafío —enumeró rápidamente —. ¿Debería cambiarme a un atuendo más acorde a uno?

—No por mi parte, pero...

—Entonces alégrate Ji-El —la interrumpió antes de que pudiera meter a alguien en problemas —, ya que este año las cosechas de arroz y verduras han sido mejor de lo habitual.

—Sí, y el contrato, y esos dos nuevos machos que conocen las artes medicinales, y tantas otras cosas —Ji-El contó cada nuevo motivo de alegría con los dedos de la mano y mucha incredulidad.

—"Hay gente que no está contenta con nada" —pensó Ti-Er para sí. Aún así, era su deber hacer todo eso y más, aunque el resto de sus hermanas no se lo agradeciesen. Al final, de eso se trataba el tan codiciado puesto de matriarca. De ingratitud y papeleo.

Y hablando de papeleo, aún tenía medio monte Fénix de papeles que revisar.

—Bueno Ji-El, el deber me llama —dijo mientras retrocedía hacia el edificio central.

—¡Aún no hemos terminado! —avisó la guarda blandiendo su lanza.

—Sí, sí —se despidió, y aceleró el paso.

A pesar de todo, estaba bastante acostumbrada. Ella era una extranjera, al fin y al cabo. Que hubieran pasado 3 ó 30 años no significaba nada para las Nujiezu. Podías integrarte y hasta formar relaciones con algunas, pero siempre serás la extranjera, aunque hayas alcanzado el cargo de matriarca.

—Me encanta ese vestido —por supuesto, siempre había gente que sabía como portarse —. Sobre todo los estampados de las pozas, los pergaminos y los chuis.

Se detuvo un momento delante de Le-Lan. La guardia del ayuntamiento era bastante más corpulenta, alta y, en general, rectangular. Y sin embargo, a pesar de su aspecto amenazante, confundible en varios aspectos con los de una losa de granito muy enfadada, Le-Lan siempre fue amable y compasiva con ella.

—¿Por qué no le dices a tu marido que te confeccione uno cómo éste? Al fin y al cabo, tienes al mejor modisto de la aldea todos los días en casa —respondió con un guiño de picardía.

—¡Ah! ¡Para lo que me sirve! Ya ves cómo me trata a mí, a su propia mujer —se quejó la guerrera, en su opinión, sin razón ninguna. Aunque su traje no llevaba estampados, ya que estaba prohibido por ley, era el vestido más bonito que había visto nunca. La combinación de colores fuertes y formas geométricas curvas resaltaban su fuerza y, de alguna manera, conseguía contrarrestar la angulosidad de su rostro. Ningún otro hubiera conseguido ese efecto.

—Bueno, creo que te trata muy bien —expresó mirándola otra vez de arriba a abajo —. Pasa buena tarde, La-Len.

—Lo intentaré, matriarca.

Atravesó el portalón principal del ayuntamiento, admirando como siempre aquella construcción de proporciones gargantuescas, creada para seres antiguos y poderosos que ya no paseaban por la Tierra.

El ayuntamiento estaba construido según una planta circular de varias docenas de metros de radio. Ocho grandes columnas de algo parecido al mármol sostenían la estructura, y hacían al mismo tiempo de soportes para los ventanales que conformaban el perímetro de la estructura. A un radio algo mayor, dieciséis columnas soportaban el pórtico que rodeaba la estructura. El segundo piso, también un círculo, pero de radio la mitad, albergaba la sala de la matriarca. Coronando la estructura, una escultura de Sylphé, la diosa mortal amazona, blandiendo un chui en la mano derecha y una espada en la izquierda en posición de ataque, vigilaba la gran plaza de la aldea.

Sin embargo, lo más impresionante no era el exterior, sino el interior. La sala del primer piso hubiera pasado como una simple demostración de armas antiguas (amontonadas en el trozo de pared que coronaba los ventanales y etiquetadas todas con unos cartelitos que indicaban su procedencia y la dueña que la hizo famosa) de no ser por los murales de techo y suelo. El del techo mostraba lo que para las Nujiezu sería su bandera: un chui cruzado con una espada, descansando sobre un libro abierto impregnado de runas arcanas, todo ello sobre impreso a una representación indudable del Zhou Quan Xiang.

Y si el techo representaba la esencia, el suelo hablaba de los métodos. De lado a lado, con detalle sobrecogedor, cientos de batallas contra los más variados enemigos, se desarrollaban inmóviles sobre el ancho continente de China. Por todos los rincones, sobradas de coraje y determinación, las Nujiezu se hundían en el mar de la batalla. Montes de emboscadas, bosques de flanqueos y planicies de guerras totales. Tres mil años de luchas seguían siendo los cimientos de la sociedad Nujiezu.

Algunos días se detenía unos minutos y se bañaba en la magnificencia de aquella obra maravillosa de arte. Otros días, como aquel, sin embargo, el tiempo apremiaba y su descanso se acababa antes de haber empezado. Se dirigió con paso ligero hacia el lado oeste de la construcción, donde, entre dos columnas una habitación que llegaba hasta el techo se descubría rompiendo la simetría del lugar. Abrió la puerta que daba paso a la estancia y ascendió dando vueltas y más vueltas por la escalera de caracol que era la única razón de ser de aquella habitación. Al llegar arriba, otra puerta le dio acceso al segundo piso del ayuntamiento.

El segundo piso era en realidad la zona de gobierno de aquel lugar. Dividido en varias estancias algo irregulares y provisto de luz gracias a los enormes ventanales que formaban la pared exterior de aquel lugar, tenía un aire más formal y más moderno que la estancia inferior. La mayor parte del suelo estaba cubierto por distintas alfombras de colores cálidos que combinaban a la perfección con el papel que recubría las paredes. Los muebles, de maderas nobles, daban la sensación de robustos y bien cuidados. Y sobre la mesa del despacho principal, una gran superficie pulida con sumo cuidado, el objeto de sus pesadillas y deseos descansaba en miles esperando mudamente su llegada.

—¿¡Quién ha dejado la ventana abierta!?

Su grito, por supuesto, no obtuvo respuesta. Tampoco lo esperaba. Pero había algo relajante en gritarle al aire como si se le fuera a asesinar de la manera más horrible posible.

Efectivamente, por alguna razón, cientos, sino miles, de papeles de colores yacían desperdigados por la superficie de la mesa como si una fuerte corriente los hubiera paseado con muy poco acierto. Tal vez para una persona normal o para una infante aquello no hubiera sido más que un percance menor, pero para ella aquello bien podían suponer un par de horas extra de recogida y clasificación de papeles. Porque otra cosa no, pero papeles, eso sí que era algo que ella tenía que hacer.

Recogió rápidamente los papeles que consideró más importantes y se cercioró de que todas las ventanas estuvieran bien cerradas. Entonces, todavía echando alguna mirada furtiva a su espalda, se acercó a la pared este del despacho y presionó un punto muy concreto. De repente, con un fuerte sonido de resortes y madera chirriando, una entrada secreta se abrió. Dentro de la pequeña estancia que se abrió había dos cosas de interés. Otra mesa más pequeña con un lámpara de aceite y un estante.

Ese estante no era un estante cualquiera. Subía y subía por la pared que parecía que no pararía. La madera que lo formaba era mucho menos vistosa, pero mucho más resistente. Y sus estantes estaban llenos y llenos a reventar de cajas cuyo único identificador era un número escrito en la parte frontal.

Por suerte para ella, las cajas a las que normalmente tenía que acceder estaban a la altura de su abdomen. No sin cierto gesto de resignación, cogió la caja marcada como 1990 y se la llevó a la mesa del despacho, cerrando el pequeño almacén tras de sí.

Ahora tan sólo le quedaba todo un día de trabajo por delante.


Muchas horas después, cuando el Sol prácticamente ya había sido engullido por las montañas y el bosque, dio su día de trabajo por finalizado.

En realidad eso no quería decir que hubiera terminado. La cantidad de papeleo que una aldea como la suya podía llegar a producir era algo sorprendente y desquiciante, pero así era. Por alguna razón, desde antiguo, todas estas cosas se había hecho por triplicado en la aldea, y aunque hoy en día ella no compartía la opinión de que algo así fuera necesario, no le quedaba otro remedio que seguir las tradiciones.

En todo caso, el día de trabajo para ella se había terminado porque ya no tenía luz natural con la que trabajar. Ella no era la única que sabía que trabajar a la luz de las velas era una idea pésima si se quería conservar la vista. Y para una guerrera (y mucho más para un matriarca), disponer de los cinco sentidos era algo fundamental.

Mientras la oscuridad se iba haciendo más y más densa, se apresuró a dejar todas sus cosas preparadas para el día siguiente y a cerrar todo lo que debía quedar cerrado y asegurado. La-Len y las demás guardias de día serían relevadas en breve por el turno de noche, de manera que el ayuntamiento siempre estaba protegido. Pero a pesar de ello, todas las matriarcas siempre habían convenido en que era una buena práctica la de cerrar con llave el ayuntamiento. Y las casas. Y la aldea entera.

Cosas de guerreras, suponía.

Rápidamente, salió del edificio, deseando buenas noches a las guardias, y se dirigió con paso ligero hacia su casa.

Una de las ventajas que eran muy vistosas de ser Matriarca y que solían atraer la atención eran las casas de la Matriarca. Mientras que las casas normales, chozas circulares de bambú, resina y barro, apenas tendrían unas docenas de pies de radio, permitiendo una o dos habitaciones además del baño, las dos casas de la Matriarca podían considerarse residencias de lujo.

Primeramente, estas dos construcciones, una para la Matriarca, marido y progenie y la otra para el resto de familiares, habían sido construidas con el objetivo de demostrar el rango. Estaban levantadas del suelo mediante una base de troncos enormes que bien podían tener hasta cuatro pies de diámetro. Además, el exterior estaba pintado de blanco con la cal extraída de las montañas, y el tejado tenía una zona casi plana, como si escondiera una buhardilla, que permitía a la Matriarca acceder a un sitio elevado en caso de necesitar hablar a la aldea u observar la muralla de bambú.

Además, el interior estaba preparado con las mejores comodidades que el comercio podía permitirle a la aldea. Si algún nuevo aparato tenía visos de introducirse en la aldea, primero pasaría por la casa de la Matriarca.

Y finalmente, algo no menos importante: las entradas de ambas construcciones daban a la plaza principal, casi delante de donde se instalaba el tronco ceremonial. Así, ir del ayuntamiento a casa era cuestión de un momento (menos si se era suficientemente rápida).

Antes de que hubiera terminado de considerar todo esto, Ti-Er se encontró girando con cuidado el pomo de la puerta de su casa. Entró de puntillas, tratando de no hacer ningún ruido. Su marido era uno de los profesores de la aldea, así que su horario tendía a ser más matutino que el suyo, que se solía extender más por las noches.

Lo primero que hizo fue dirigirse en silencio a la cocina. Tal como se imaginó, un plato de comida y una nota le esperaban allí. Su marido ya se había acostumbrado a dejarle la comida preparada.

Era un buen hombre, su marido. Un profesor amable y apasionado enseñando. Un hombre respetable y siempre comedido ante las personas de autoridad y las mujeres en general. Y un marido fiel, servicial y cariñoso.

Era un buen hombre, su marido. Y a pesar de todo, nunca habían llegado a conectar de una forma real. Tal vez fuera por su empatía. Al cabo de los años había aprendido, a veces de forma dolorosa, que no todo el mundo conseguía estar tranquilo cuando se veía obligado a convivir con alguien que tuviera el mismo don que ella.

En todo caso, tenía algo que hacer antes de compartir lecho con la forma dormida de su marido. Y ese algo tenía que ver, efectivamente, con su empatía.

Tomó la cena fría y se dirigió a la habitación que tenía preparada como un despacho. Más librerías, más sillas y más papeles le dieron la bienvenida cuando entró en la habitación lateral y cerró la puerta tras de sí. No sin cierto suspiro de resignación, buscó a la tenue luz de la luna el regulador de la lámpara de aceite que le servía de iluminación en aquel despacho. Manipuló el aparato hasta que estuvo satisfecha y, finalmente, encendió la luz.

Sobre la mesa descansaban docenas de folios, todos ellos portando unos dibujos confusos y garabateados que resultaban tan difíciles de descifrar que hasta costaba saber cuando estaban al derecho y cuando boca abajo. Se sentó delante de estos y cogió un folio al azar, alzándolo ante sus ojos para poder ver bien el confuso dibujo.

—"¡Válgame Sylphé! Menudo desastre..." —pensó mientras daba una carcajada silenciosa.

Aquellos dibujos no eran sino el producto de la última sorpresa que su poder de empatía la deparaba en medio de su madurez. Hacía ya un tiempo que, de vez en cuando, podía no sólo sentir las emociones que sentían los que le rodeaban, sino que, de vez en cuando, era capaz también de percibir imágenes de lo que la gente pensaba. Normalmente debían estar unidas a emociones muy fuertes para que fuera capaz de verlas, pero poco a poco, con el entrenamiento que estaba llevando a cabo, las imágenes iban volviéndose más independientes de los sentimientos.

Esa nueva habilidad, como su vieja conocida la empatía, parecía funcionar como un músculo. Cuántas más imágenes trataba de recibir, mejor se volvía en dicho proceso. Por esa razón, por las noches, dedicaba un poco de tiempo a concentrarse, buscar a alguien despierto por los alrededores y tratar de conseguir alguna imagen. Por desgracia, a las horas a las que solía hacerlo, las únicas que estaban despiertas eran las guardias del ayuntamiento y las de la empalizada, y ninguna de las dos había tenido nunca los pensamientos más complicados que hubiera percibido nunca.

Sus imágenes, aunque imperfectas, siempre solían reflejar las mismas cosas: armas, peleas, peleas con armas, armas para peleas... El repertorio era repetitivo, pero al menos eso le ayudaba a ir mejorando la calidad de lo que recibía.

Aquella noche tan sólo se dedicó a su entrenamiento de forma parcial. Sabía que el resumen mensual que le mandaba mentalmente a la Matriarca se acercaba. Otra ventaja de su habilidad. Era mucho más seguro que un carta certificada.

Estaba un poco preocupada. No lo podía negar. Luchar contra las tropas del comunismo aplastante de Mao-Tse Tung era una cosa. Enfrentarse a la dinastía Almizcle por un conflicto territorial era rutinario. Incluso las batallas a muerte sobre el tronco ceremonial; una cosa de niñas. Pero, ¡ay de quién diese malas noticias a Ku-Lohn! ¡Y más ahora, después de tanto tiempo y tanto sufrimiento invertido en la misión de su bisnieta! La Matriarca podía ser una mujer terrible cuando se le presentaban las cosas de manera incorrecta.

Aunque no podía extrañarle lo más mínimo. Más de dos años en tierras extranjeras, sin avanzar apenas en la misión que le llevó allí y con un control decreciente sobre las fichas del tablero. Conociéndola, tendría que ser a medias una pesadilla y una fiesta. Al fin y al cabo, nadie en el pueblo ignoraba lo aficionada que Ku-Lohn era al caos. Por momentos, incluso demasiado.

Pero todo eso eran temas para habladurías y cuchicheos, no para ella. Mañana tendría que levantarse relativamente temprano para revisar lo que tenía pendiente y esbozar en su mente un buen resumen de la situación de la aldea que mandar a la Matriarca. Y si seguía perdiendo el tiempo así no llegaría a acostarse nunca.

Así que, dejando el entrenamiento por imposible, apagó la luz y, ya en oscuridad total, se dirigió a su habitación.

Mañana tenía visos de ser un día tan largo como cualquiera de los demás.


Hacía años que no se había levantado con frio.

Su madre, como era habitual, ya se había levantado cuando ella se despertó. Su padre había preparado un copioso desayuno, ya que ambas tenían mucho que hacer. Su madre, su habitual guardia en la zona norte de la empalizada. Ella, entrenar para el torneo.

Su rutina se había mantenido intacta. Levantarse, mirarse en el espejo, retirarse su pelo verde como la hierba para poder verse de verdad. La llamada de su padre, vestirse, desayunar, beso a su madre, saludo a su padre, salir hacia la casa de su maestra. Lo típico.

De camino a su entrenamiento, levantó la vista hacia los ventanales del segundo piso del ayuntamiento. Tan sólo pudo ver las cortinas sepia que cubrían la estancia de la Matriarca. Pero sabía que Ti-Er tenía que estar ahí. La Matriarca tenía su trabajo y debía cumplirlo con eficiencia y dedicación. Pudiera ser que a su madre no le gustase oírla hablar del tema, pero ella estaba convencida de que algún día llegaría a ocupar esa habitación de cortinas sepias. No importaba cuán lejos le quedara en aquel momento o cuántos años tuviera que ganar. Sabía que podía conseguirlo.

—Perfume, ¿ya estás fantaseando con llegar a ser la Matriarca? —fue la manera de saludarla de su maestra.

—No, maestra —respondió Perfume. La molestó un tanto que su maestra usara un tono condescendiente, pero las normas de respeto eran las normas.

—No mientas a tu maestra —se quejó.

—No, maestra.

—En fin...

A partir de ahí, su entrenamiento se desarrolló, una vez más, según la rutina de su vida.

Su maestra creía que la luchadora superior a todas las demás era aquella que no se dejaba golpear, que podía evitar los ataques de sus oponentes bajo cualquier circunstancia. En práctica esa idea significaba que se tiraba horas y horas esquivando todo tipos de proyectiles que su maestra se dedicaba a lanzarla. Desde dardos minúsculos hasta piedras del tamaño de un armario ropero. Y no sólo tenía que esquivar todo tipo de objetos, sino que también tenía que hacerlo con todo tipo de impedimentos. A veces lo tenía que hacer con los ojos cerrados. Otras le ataba un brazo a la espalda, o le obligaba a hacerlo a la pata coja. O todo al mismo tiempo.

Sabía que todo eso no era el tipo de entrenamiento más duro que podría estar recibiendo. Entre las de su nivel se rumoreaban las técnicas de entrenamiento que usaban las campeonas de los torneos como Xian-Pu o Lin-Ran. La mayoría de las veces terminaba por excusarse de esas conversaciones para que nadie viese los escalofríos que le recorrían todo el cuerpo.

Pero había una parte de su entrenamiento que jamás había oído a nadie superar. Y esa parte eran las carreras.

—"Perfume, estoy a punto de terminar. Ya sabes lo que tienes que hacer."

Su maestra le hacía correr de una punta a otra de la aldea, una y otra vez. Incluso le obligó a desarrollar la fuerza suficiente para saltar la empalizada para que pudiera empezar a hacer carreras de más distancia.

Correr por la selva no es fácil. Mucha gente pensaba que lo único que hacía falta era un poco de agilidad extra para colarse por entre los árboles y seguir su camino. Pero la realidad era bien distinta. O bien se era algo parecido a un elefante enfurecido y se atravesaba la selva destrozando ramas y árboles (y no conocía a nadie tan fuerte como para ser capaz de hacer algo así), o se hacía necesario desarrollar una afinidad especial entre la naturaleza y el acto de correr para poder fluir y anticiparse entre los árboles y la maleza. Saltar, esquivar, apoyarse, rebotar, empujarse, continuar... Más que un ejercicio, un baile. Un baile que sólo se podía llevar a cabo correctamente con experiencia y preparación.

Seguramente eso es lo que Ti-Er había visto.

—"Suerte, Perfume. Las Nujiezu contamos contigo."

Hacía unos minutos, estaba corriendo, bailando entre los árboles. Apenas se había alejado unos cientos de metros de la empalizada. Su maestra le había mandado alejarse tres kilómetros de la aldea y volver. Tenía ocho minutos para ello. Tener casi medio minuto de extra se explicaba sólo porque era el principio de su día de entrenamiento, y aunque su maestra era estricta, no era una tirana.

Y de repente, en su cabeza, tal y cómo hacía mucho tiempo la Matriarca Ku-Lohn les había avisado, oyeron una voz en su mente.

—"La aldea está a punto de ser destruida. Por orden de la Matriarca, dejadlo todo y huid."

Y antes incluso de que pudiera dar un nuevo paso, unas imágenes inundaron su mente.

Cortinas de color sepia revoloteaban a su alrededor y se apoyó en los ventanales abiertos del segundo piso del ayuntamiento. El cielo estaba despejado y podía ver toda la zona este del pueblo. La gente iba y venía tranquilamente por las calles de grava y barro, y de la ciudad se elevaba un agradable murmullo de ligera bulliciosidad. Entonces, algo aburrida del trabajo que llevaba horas desempeñando, alzó la vista hacia el cielo y abrió su mente. Empezó a escuchar, filtrar y elevarse. Iba a hacer un descanso de unos minutos, así que seguramente le daría tiempo de conectar con Ku-Lohn, saber que era lo último que había pasado por la isla de Japón. En Nerima.

Entonces, un grito, una imagen borrosa, miedo, pánico... El estómago le dio un vuelco, pero se concentró en la imagen. Algo blanco, en forma de avión. Era una lanzadera de esas que los americanos usaban. Un astronauta que observaba la lanzadera. Grietas. Producidas por un meteoro. Enorme. Al menos tres metros de largo. Cayendo. Rompiendo su unión con la nave. Pánico. Pánico...

Otra vez, sepia danzando ante sus ojos. Pero la realización. De nuevo, alzó la vista hacia el cielo. Y casi como guiada por un imán, lo vio. Apenas era un punto. Pero sabía cuál era su dirección. Contando las posibilidades. ¿Quién podría salvarse? Ol-Hun. Esa anciana llevaba toda la vida obsesionada por evitar los ataques, por ser más rápida que las demás. Era rápida, pero los años le habían pasado factura. Ya no corría con su discípula. Su discípula. Perfume. Prometedora. Ágil. Obediente. Sí, ella podría escapar. Tendría que ser la mensajera.

Lo primero era avisar a todos. Tenía ese mensaje guardado como una baliza guardada en una caja. En cuánto abrió la caja, la baliza se puso sonar. Deseaba estar equivocada, pero no pensaba que fuera suficiente tiempo. Calculaba apenas unos minutos antes del impacto. Pero había que intentarlo igualmente.

Siguiente, trasvasar la información.

Y ahí estaba. De pie, apenas pudiendo moverse. Su mente, agarrotada ante el enorme esfuerzo al que se la estaba sometiendo.

—"Tengo que guardar en tu mente una información crítica. Has de encontrar a la Matriarca y ella se encargará de ti. Hay un embarcadero a unos sesenta kilómetros en dirección oeste. Allí deberías encontrar una manera de viajar a Japón. El proceso de trasvaso seguramente te impida moverte el próximo minuto o así. En cuanto termine, tienes que correr lo más rápido que hayas corrido nunca hasta el embarcadero."

Era como si muchas personas se hubieran agarrado a sus extremidades y estuvieran haciendo todo lo posible por mantenerla quieta. Pero siguió forzando todo lo posible, y ganó algo de velocidad. Entre los sonidos de su mente pudo distinguir uno que venía del exterior. Una especie de silbido, como el de una fuerte corriente de aire pasando por un sitio estrecho. Horrible y salvaje, acercándose. Haciéndose cada vez más intenso.

—"Hasta que completes tu misión, cualquier otra ley o directiva Nujiezu quedará supeditada a la consecución de esta misión, ¿entiendes? No habrá nada que supere en importancia y prioridad a esta misión."

Aceleró un poco más. Su sentido interno del tiempo le dijo que ya había pasado un minuto. De una manera que no comprendía, sintió que lo que fuera que Ti-Er estuviera haciendo en su mente iba perdiendo intensidad. Sus miembros empezaban a sentirse más libres, más ligeros.

—"Perfume, estoy a punto de terminar. Ya sabes lo que tienes que hacer."

Empezaba a acercarse a su velocidad máxima. Calculaba que habría avanzado apenas medio kilómetro. Sentía su mente liberarse, pero su visión parecía dividirse en dos. Podía ver el bosque, los árboles, las ramas, las raíces salidas y todo lo demás. Pero también podía ver las cortinas sepias y el cielo despejado. Y el punto luminoso que ya casi tenía la mitad del radio del Sol. Continuó corriendo.

—"Suerte Perfume, las Nujiezu contamos contigo."

Lo último que vio antes de desconectarse de Ti-Er fue el meteorito, ya del tamaño del Sol, y la cola de humo que empezaba a distinguirse detrás. Y la aldea, desierta.

Continuó corriendo. Sin mirar atrás, ya que no podía permitirse frenarse ni una décima.


Se desplomó, cayendo de espaldas sobre la cama.

Sus sentidos estaban aturdidos. El único que aún funcionaba era su oído, y estaba sobrecargado de un sólo sonido. Un silbido, salvaje e inhumano, que le quitaba el aliento. No le quedaba nada más.

—"Matriarca Ku-Lohn, este será mi último informe desde la aldea."

Jamás pensó que nunca llegaría a escuchar esas palabras, y menos viniendo de Ti-Er. Cuando las recibió, aún estaba a mitad de su meditación mañanera. Ahora temía que aquella era una costumbre que no iba a poder continuar durante mucho tiempo.

—"Este segundo año ha sido también provechoso. Excelentes cosechas, tanto de alimentos como de nuevos adquisiciones para la aldea. Principio de acuerdo de inmunidad con el gobierno central. Refuerzo de la paz con los Almizcle."

Desde hacía cinco minutos, eso ya le daba igual. Y todo por las siguientes palabras del mensaje de Ti-Er.

—"Sin embargo, la aldea será destruida en breves momentos."

Ti-Er se lo comunicó con calma y temple. No pudo notar ni una sílaba disonante en sus palabras. El tono era impertérrito. Tenía la finalidad de aquel que sabe que tiene razón. Jamás, incluso con los años que tenía, había logrado esa aceptación del destino que Ti-Er había demostrado desde el primer día que llegó a la aldea, entre luchas y amenazas de muerte. En aquel momento, todo estaba en su contra, pero no dudó ni un instante de sus acciones, y de que le llevarían a sobrevivir. De la misma manera, nada le hizo dudar entonces de que iba a morir.

—"Un meteorito se dirige justo hacia el ayuntamiento. Los conocimientos secretos han sido trasvasados a Perfume, la discípula de Ol-Hun. Si no me equivoco, ella tiene la capacidad de escapar. Debería llegar en unas semanas, ya que le indiqué su posición, Matriarca."

¿Perfume? Apenas la conocía. Aunque, por lo que recordaba, era de las mejores de su nivel, nunca había logrado mejorar hasta el de Xian-Pu. Sí conocía a su maestra, Ol-Hun, y su obsesión insana en evitar los ataques. Las carreras que obligaba a llevar a cabo a sus discípulas eran legendarias. Su desagrado hacia el Matriarcado actual, también. Al parecer, se le acercaba un problema más que una ayuda; aunque claro, no sabía que podía haber pasado entre Ol-Hun y Perfume en sus dos años de ausencia.

—"Antes de terminar esta comunicación, me gustaría decirle, a título personal, que ha sido un placer y un honor ser su discípula. Siempre la he considerado la madre que gané tras perder a la mía."

—"Calculo que apenas queda un minuto antes de que impacte el meteorito. Voy a cortar esta con..."

Hubo un silencio, y entonces, un jadeo, como si de repente Ti-Er se hubiera dado cuenta de algo. Y entonces, lo impensable.

—"Lo siento."

Fueron las únicas palabras antes de que su mente fuera atacada. En sus oídos, el silbido salvaje que le paralizó. En sus ojos, una imagen horrible: una especie de boca que se distinguía en el meteorito que apenas estaba a unos metros de distancia. Desfigurada, apenas con algún diente de piedra y una lengua desbocada de roca. Y unos ojos, abiertos, llenos a rebosar de locura y odio, que brillaban a través del fuego y la piedra. Y en su corazón, pánico.

Mientras se desplomaba y la imagen retrocedía, un eco, el fantasma de una voz lejana que se originaba en su mente, repetía una sola palabra.

—"Erra."

Se quedó tumbada un buen rato. Primero, se calmó, dejando que lo que acababa de sufrir fluyera y le dejara tan sólo lo que ella quería conservar. Después, maquinó.

Tres mil años de historia. Historias que habían alcanzado el rango de leyendas. Verdades que aún no conocía pero que desde que era Matriarca había sospechado. De repente, para bien o para mal, tenía entre manos un asunto que llevaba abierto más de tres mil años. Y las Nujiezu, ahora casi extintas, eran las únicas que podían detener la tragedia que, si lo que Ti-Er había sentido era cierto, estaba segura de llegar.

Y lo que Ti-Er había sentido tenía que ser real. No podía haberle mandando ese último mensaje si no fuera así. Algo así no se podía hacer a la ligera. De repente, había tantísimas cosas en juego. Todo acababa de cambiar, y no sólo para ella.

Había preparaciones que hacer. Cambios que instaurar. Niños a los que entrenar. Niños... Shampoo... ¿Iba a hacer lo correcto? ¿Acaso estaba condenando a su única familia? En menos de una hora, el pánico volvió a apretar su corazón como no lo había hecho en cientos de años. ¡Qué caprichosos los sentimientos! ¡Qué imbatibles cuando se lo proponían!

Aún así, no había elección. Era una de las más capacitadas y preparadas. El otro debía ser Ranma, sin lugar a dudas. No sólo estaba preparado, sino que sabía que tenía la capacidad de enfrentarse al destino que le aguardaba sin achantarse, igual que su bisnieta.

Pero, ¿y el tercero? ¿Quién podía recibir semejante poder? ¿Quién sería capaz de aprender? ¿Quién más estaría dispuesto a hacer frente a un destino así? Al chico Hibiki no se le podía permitir aprender más técnicas peligrosas; no dudaba de su valor, pero a saber de qué manera se haría daño con ellas. Tampoco podía esperar a que llegase Perfume o que alguien del nivel de su bisnieta o Ranma se presentasen de forma repentina. Sus planes debían ponerse en marcha aquella misma mañana.

Tan sólo quedaba una opción. Había esperado dos años, observando. Esperando descubrir algún detalle que le indicase que algo de su maestro y de su padre habían sobrevivido en él. Hasta entonces todo había sido en vano. Pero tal vez... Tal vez era el momento de hacer un salto de fe.

Tal vez... Y tampoco es que tuviera muchas más opciones.

Toda esa discusión interna le llevó un buen rato, y para cuando había decidido su plan de acción podía sentir cierto alboroto en el edificio. Entonces, un violento pero cortísimo movimiento de tierra la sacudió. No tuvo más consecuencia que el repentino y molesto despertar de las alarmas de varios coches aparcados cerca del Cat Café, aunque algo le decía que no en todas partes sería así.

Otra consecuencia, esta esperada, fue la rápida subida de Xian-Pu hacia su habitación. Se preparó mentalmente, pues lo que estaba a punto de poner en marcha iba a cambiar absolutamente todo lo que su bisnieta había conocido en la isla de Japón. Por lo que sentía sería la última vez, respiró hondo y liberó su mente de tensiones y preocupaciones, regenerando su vitalidad y su cuerpo a través de la concentración y la meditación.

—Bisabuela, ¿has notado eso? ¡Eso no me pareció un temblor normal! ¿Qué crees que ha sido?

Sin embargo, antes de permitirla decir nada más, hizo un gesto para acallarla, y su bisnieta detuvo su torrente de preguntas en chino al instante.

—Xian-Pu, ve a buscar a Mu-Tzu primero, y traelo aquí. Después, trae a Ranma. Akane Tendô querrá venir. Dejala. Cualquier pregunta puede esperar a después. ¡Ah!, y no intentes convencer a Ranma de que se case contigo. No más intentos por ahora.

Trató de usar el tono más suave y más conciliador que pudo, pero el efecto de sus palabras sobre su bisnieta fue evidente.

—¿Es esto algún tipo de nueva estratagema que no me has contado, bisabuela? —le preguntó Xian-Pu visiblemente extrañada.

—Me temo que no.

—¿Entonces...?

—Por favor, haz lo que te he dicho —insistió, modificando el tono lo suficiente como para que su bisnieta comprendiese la importancia de su encargo.

El cambio surtió efecto e, incluso a través de su confusión, Xian-Pu se marchó a cumplir sus órdenes.

Ahora, tan sólo le quedaba la que seguramente sería la conversación más difícil de su larga vida.


De manera apresurada, aquel se estaba convirtiendo en uno de sus peores días desde hacía semanas.

Al parecer no había sido suficiente con la mala noche que había pasado. Pesadillas de bosques y cráteres y sonidos que la perseguían le habían mantenido en vilo, haciéndola sentir acorralada y atacada. Y un sonido horrible que se le había quedado grabado aún volvía de vez en cuando a su mente.

Tampoco parecía que el susto que se había llevado unos minutos antes hubiera llenado el cupo de incidentes de su día. Un temblor había hecho que toda la casa crujiera quejándose, y todos los habitantes habían tenido que sufrir el repentino y violento movimiento. Durante unos instantes había pensado en lo peor. Pero, por suerte, el terremoto fue brevísimo, y tan sólo se saldó con una caída que hirió más su orgullo que su trasero.

Sin embargo, todo eso hubiera desaparecido de su mente si no fuera por la persona que tenía delante. Era una persona a la que no veía desde hacía semanas. Muy responsable de ese peor día al que al que referenciaba todo.

—Entonces, ¿poder ver a Ranma?

Shampoo. La amazona de cabello violeta esperaba ante ella a la entrada de su casa. Y mira que fue a responder a la puerta porque intentaba recuperar el buen humor...

Sin embargo, había algo extraño en ella. Bueno, varias cosas de hecho. De primeras, había llamado a la puerta. Normalmente, habría saltado la pared y habría encontrado a Ranma ella solita. Además, parecía más... inmóvil. No saltaba, ni botaba ni se intentaba escabullir a través de ella. La miraba a ella, fijamente, esperando su respuesta.

A pesar de los recuerdos del intento de boda, respondió afirmativamente, y le hizo un gesto para que la siguiese.

Mientras avanzaban por la casa, continuó observando a la Nujiezu por el rabillo del ojo. La sensación de que algo no iba bien no hizo sino aumentar según andaban.

—¿Estar Ranma bien? —preguntó, usando su insufrible japonés roto.

—¿Por qué no iba a estarlo? —respondió algo molesta. Como si ella no supiese perfectamente si Ranma estaba bien o no.

—Esta mañana, el temblar...

—¡Ah! Esto... No he tenido tiempo de preguntárselo todavía. Justo cuando iba a preguntarle has aparecido tú.

—¡Oh!

No, si al final iba a conseguir que pareciese que no se preocupaba por su prometido. ¡Pero bueno! ¡Qué valor!

Al fin llegaron al dojo, donde Kasumi le había dicho que Ranma estaba entrenando con su padre antes de que fuera a abrir a Shampoo. Ahí, danzando entre los ataques del tío Genma, su prometido se entretenía leyendo un cómic. Se adelantó a Shampoo, indicándola con un gesto que se mantuviera detrás. Había perdido todo el buen humor que había podido juntar, y se lo iba a dejar claro a su prometido.

—Ranma... —llamó tatareando las sílabas. En el momento en el que la vio, empezó a dar pasos hacia atrás.

—Yo no he sido. Sea lo que sea, yo no he sido... —se disculpó por reflejo.

—¿A que no adivinas quién acaba de llamar a la puerta y ha empezado a preguntar por ti? —preguntó frunciendo el ceño.

Lo siguiente que pasó la impidió continuar enfadada. Ranma se tomó un momento y, entonces, se dio la vuelta, tiró el manga y comenzó a patear a su padre al ritmo de lo siguiente:

—¿A cuánta gente me has vendido, viejo inútil? ¡Ya! ¡Estoy! ¡Harto!

Sorprendida a más no poder, trató de llamar la atención de su prometido.

—Esto... No, Ranma, no era un extraño diciendo que era tu padre.

Su prometido detuvo el ataque y se quedó pensando.

—Bueno, es cierto que eso hace bastante que no pasa...

—En realidad era...

Entonces Ranma pareció caer en la cuenta de algo y continuó su ataque a la forma ya postrada de su padre.

—¿A cuánta gente me has prometido, maldito idiota?

¡Qué manía con no dejarla terminar! Un poco impacientada, se hizo oír por encima del sonido de los golpes.

—Tampoco era una prometida nueva —aclaró. Lo único que obtuvo por respuesta de su prometido fue un sonido ininteligible, así que lanzó los brazos al aire pidiendo paciencia y terminó de explicárselo —. Shampoo, ¡idiota! Es Shampoo quién está esperando, comportándose como una persona normal.

Y haciendo su presencia notada, la susodicha Nujiezu se adelantó unos pasos y se colocó en el umbral de la puerta. Desde esa posición, se dirigió a Ranma tan falta de energía como se había dirigido a ella.

—Bisabuela quiere Ranma venir al Cat Café. Ya —y según terminó de hablar, se dio la vuelta preparada para partir.

Por supuesto, si Ranma ya parecía estar espeso, la extraña actitud de Shampoo parecía haber terminado de desconectarle el cerebro. Se quedó un buen rato mirando la espalda de la Nujiezu, parpadeando de esa manera tan tonta que tiene cuando no entiende una situación.

—Ehm... Vale Shampoo, te acompaño.

Por su puesto, su prometido respondiendo sin pensar. Parecía que no se acordase de lo que sucedió apenas unos meses atrás. Y en apenas unos minutos podría meterse en un problema de esos que luego no hay manera de creérselo. Ni arreglarlo.

No quedaba otra que ir también.

—Oye tú, lo quieras o no, yo voy también.

—De acuerdo.

Bueno, eso sí que no se lo esperaba. A pesar del desequilibrio en el que la dejó, consiguió responder algo.

—Pues eso.

Durante el camino no pudo evitar pensar en la dichosa boda fallida. Al fin y al cabo, apenas había pasado un mes desde todo el desastre. Y lo cierto era que Ranma y ella habían recibido un respiro no sólo por parte de sus padres, sino también de Shampoo, Ukyô y todos los demás. Estaba claro que había una parte de ella que se había convencido de que ese respiro sería indefinido.

Pero no, la realidad se había propuesto llamar otra vez a su puerta y enseñarle una vez más su enorme, fea y lavanda cabeza. Y encima cuando las cosas empezaban a tomar tan buen cariz. Ranma y ella prácticamente ya no discutían. Le resultaba hasta raro pensar en esa frase, pero así era. Sin la presión de tener que tirar de Ranma para que no se le llevasen los unos o los otros, se sentía más relajada, y su relación con él también se hacía más relajada. Realmente sentía que al ritmo que tenían entonces, las cosas podían evolucionar muy favorablemente para ellos dos.

Porque, para engañarse. Hacía un año que la situaciones peliagudas se habían ido sucediendo entre ellos. Con la llegada de Nodoka, Ranma empezó a confiar en ella mucho más. Ella le empujó muchas veces, pero es que desde el principio estuvo segura de que la tía Nodoka sería lo suficientemente comprensiva.

Y bueno, con episodios como el de Ryû y el puño cara y el puño cruz, Ryûgwenza, los Almizcle o la gente del monte Fénix... Ya no podía engañarse más sobre sus sentimientos hacia él. ¡Si hasta estuvo dispuesta a casarse con él!

En parte... aún lo estaba.

Y si quería que fuese lo que fuese lo que Cologne les contara, Ranma y ella siguieran acercándose y mejorando su relación, algo tenía que hacer. Algún plan tenía que poner en marcha.

Cuando aún trataba de maquinar algún plan que estuviera dentro de sus posibilidades, el trío llegó a las puertas del Cat Café. Desde donde estaban se podía oír un sonido que era incapaz de reconocer.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó en voz alta, pero la única respuesta por parte de Ranma fue un encogimiento de hombros.

—Mousse llorando —respondió Shampoo sin que le cambiara la voz.

Sorprendida, Ranma y ella siguieron a Shampoo, que se adentró en el edificio.


El Cat Café no había cambiado nada desde la última vez que se pasó por allí. Las docenas de mesas estaban en su sitio, limpias y preparadas para los clientes. La cocina, incluso tan pronto por la mañana, estaba encendida, despidiendo olores agridulces y salados. Eso le trajo recuerdos de trabajos forzados a Ranma, pero continuó inspeccionando un poco el lugar. La iluminación se limitaba a uno de los fluorescentes centrales, que quedaba justo encima de la única mesa ocupada.

Ahí, Mousse apoyaba su cabeza en sus manos, apoyando los codos sobre la mesa y habiendo dejado las gafas a un lado. Incluso sin acercarse demasiado pudo distinguir por donde habían caído sus lágrimas a lo largo de sus brazos. Por supuesto, los ligeros hipidos y su voz cogida eran delatores de sobra.

—Debes ser fuerte muchacho, como miembro de la tribu Nujiezu que eres —dijo Cologne dirigiéndose a él. Su tono era fuerte, pero sintió una cierta calidez en sus ademanes que sin lugar a dudas venían de la compasión. A pesar de todo, no obtuvo respuesta por parte de Mousse.

—Vamos chico —insistió —, sé que esto debe ser muy difícil para ti...

—No tienes ni idea de nada, momia disecada —respondió rabioso e iracundo Mousse. Akane se sorprendió un tanto, ya que seguramente nunca le había visto así, sobre todo con sus ojos rojos y húmedos de llorar —. Mis padres han muerto. ¡Todos han muerto!

Aquella frase cayó como una losa sobre todos. Pudo notar perfectamente como se le encogió el corazón en cuanto escuchó a Mousse. ¿De qué iba todo esto? ¿Por qué decía algo así Mousse? De repente, tenía mucho más interés en escuchar lo que la abuela tuviera que decir.

—Aiya... —a su lado, la expresión multiusos de Shampoo, apenas audible, sonaba triste y confusa a la vez.

—¿Qué... Qué ha ocurrido Anciana? ¿Por qué dice Mousse que todos...? —su prometida no terminó la pregunta. No parecía capaz de hacerlo. No le extrañaba nada: durante su tiempo en Nerima habían pasado cosas peligrosas, peliagudas, irritantes... Pero nunca nada tan grave.

—En realidad, lo que pasa tiene una envergadura aún mayor que la triste muerte de los padres de Mousse —comenzó a responder la vieja —. Por eso mismo os he llamado para que vinieseis.

Hasta entonces encaramada en su bastón, la Matriarca Nujiezu saltó encima de la mesa y, con un gesto de cansancio que no había visto en ella nunca antes, se sentó pesadamente.

—La aldea Nujiezu, nuestro hogar —se detuvo un momento con un suspiro —, ha sido destruida por un meteorito que ha impactado hace apenas unas horas.

El silencio que siguió aquella declaración fue sepulcral. Si no hubiera sido por el tono tan vacío y serio que usó la vieja, Ranma hubiera declarado que aquello era parte de algún tipo de plan macabro y se habría marchado. Pero no, no había nada que le hiciese creer que aquello era mentira. No había nada, aunque en aquel momento lo deseara fervientemente.

Mientras él había estado pensando, la Matriarca se había dedicado a encender la televisión del restaurante y había pasando por unos canales que él nunca había visto, hasta que finalmente se detuvo en uno donde la imagen retransmitida mostraba un enorme cráter en medio de una zona que, por desgracia, empezaba a reconocer por los enormes montes del fondo.

—La... ¡La aldea! —oyó que exclamaba Shampoo a su lado.

—"El canal internacional de noticias de la CNT me ha enviado a cubrir este extraño y trágico evento natural que se acaba de producir hace apenas unas horas en una de las regiones más recónditas e impenetrables de nuestro país. Esto es la provincia de Quinghai, cerca de la cordillera de Bayan Har, y aquí, un meteorito de gran tamaño ha impactado contra la Tierra hará apenas unas horas, volatilizando todo en un radio de varios kilómetros. Al parecer, una tribu ancestral de mujeres guerreras estaban asentadas en este lugar, según hemos podido averiguar del testimonio de personas que viven en lugares cercanos, a pesar de que no se haya encontrado ninguna prueba física de dicho asentamiento. Las primeras teorías apuntan a que la energía del impacto habría sido equivalente a la liberada por más de cien bombas como la de Hiroshima y..."

El reportero continuó dando datos sobre el meteorito, como su velocidad o tamaño supuestos, pero nadie escuchaba. Eran las imágenes las que realmente les estaban haciendo comprender, tanto a él como a Akane y Shampoo, lo que realmente significaban las palabras de la vieja. La imagen del cráter, los árboles tumbados y quemados. Incluso daba la sensación de que uno de los montes cercanos había sido horadado.

Sin embargo, estaba claro que su estupefacción no podía compararse para nada con la de Shampoo. Había empezado a temblar de pies a cabeza y recordó la pelea en la que le perdonó la vida en contra de sus leyes: estaba a punto de llorar.

Efectivamente, apenas un instante después, una sola lágrima escapó de sus ojos antes de que se echara las manos a la cara y desapareciese corriendo escaleras arriba.

Echando una mirada al otro lado, vio que Akane estaba parecida, aunque no parecía estar a punto de llorar. Eso era bueno. No podía soportar ver a las chicas llorar.

Pero a quién no se atrevía a mirar era la vieja. Cologne ahora era la jefa de una tribu básicamente inexistente. Vale que podían ser un incordio, sobre todo cuando interrumpían en su vida de repente con problemas que eran suyos pero que siempre acababan siendo de él. Pero de la misma manera, tanto Cologne como Shampoo, e incluso Mousse, le habían ayudado en momentos difíciles. El punto de la maxibustion, los Almizcle, Saffrón... No sabía muy bien qué, pero sentía la necesidad de hacer algo por ellos. Así que dijo una frase que su madre le había estado enseñando justo para este tipo de situaciones.

—¿Qué puedo hacer por ayudar, vie... digo, Cologne? —a mitad de frase se dio cuenta de que tal vez también sería bueno cambiar lo de "vieja" por su nombre. Algo de su madre también, casi seguro.

Cologne entonces sonrió, y en parte por costumbre y en parte por falta de aguante, todo el mundo miró hacia otro lado. De reojo vio que Mousse se puso las gafas sólo para poder mirarle sorprendido, lo cuál le resultaba un poco molesto, pero lo dejo pasar.

—Hay bastantes cosas que puedes hacer... Ranma —entonces fue él el que se sorprendió. ¿Ranma? ¿No "futuro yerno"? ¿Qué había pasado con la vieja de siempre? —Sí, hay cosas en las que podrás ayudar no sólo a las Nujiezu, sino, me temo, a mucha más gente de la que te puedas imaginar, Ranma Saotome.


Nabiki no había tenido uno de sus mejores días. El temblor de la mañana le había pillado desprevenida, como a todo el mundo. ¡Qué valentía! ¡Sorprenderla a ella! Ni siquiera se había caído, pues cuando había ocurrido estaba en su cama, haciendo unos ejercicios de una revista de belleza para conseguir que sus piernas resultaran más esbeltas. Pero aún así, aquello le había molestado.

Después había aparecido Shampoo y se había llevado a su futuro cuñado y a su hermana, y ella no se había enterado de qué iba el asunto. Tan sólo había podido oír que la Anciana Cologne les había mandado llamar. Como si la formalidad y el buen hacer fueran los puntos fuertes de las Nujiezu.

Aún más molesta, se había sentado en el salón para ver la tele un rato. Como era costumbre, a su alrededor habían empezado a revolotear el resto de la familia. Su padre y el tío Genma, a jugar al go en el porche. Kasumi, limpiando algo de la casa y Nodoka ayudando o inmersa en alguna de sus ensoñaciones de nietos y masculinidad.

Al encender la tele, se sintonizó el canal económico (ya se había encargado ella de que ese fuera el primer canal del aparato). Su interés era más bien teórico que práctico, ya que en la casa no había fondos como para aventurarse a la gran economía, y sus ahorros aún distaban de estar a esa altura. Pero estaba segura de que observando los precios, los valores y todos esos números que solían aparecer podrían, algún día, hacerse predicciones de cómo cambiaría la economía global, de la misma manera que se hacía un parte meteorológico.

Al cabo de casi veinte minutos, cuando estuvo satisfecha, comenzó su ronda por los canales internacionales de noticias. Al fin y al cabo, le gustaba estar enterada no sólo de lo que pasaba a su alrededor, sino de lo que pasaba en todo el mundo.

Entonces fue cuando se topó con la noticia.

—"... Al parecer, una tribu ancestral de mujeres guerreras estaban asentadas en este lugar, según hemos podido averiguar del testimonio de personas que viven en lugares cercanos, a pesar de que no se haya encontrado ninguna prueba física de dicho asentamiento. Las primeras teorías apuntan a que la energía del impacto habría sido equivalente a la liberada por más de cien bombas como la de Hiroshima y..."

—Ese lugar me suena de algo.

La voz de su hermana mayor a su lado la sacó de la televisión. Su expresión de horror estaba mezclada con una de concentración.

Se volvió a la tele y escaneó la imagen. La zona era boscosa, casi salvaje, aunque pudo distinguir algunos caminos que iban y venían en varias direcciones del cráter. Como decía el reportero, no quedaba nada en el centro. Tan sólo si acaso... Tal vez fuera del aparato, aunque era prácticamente nuevo. Pero podía jurar que había un tono azulado en la tierra descubierta por el impacto.

A pesar de todo, no lograba conectarlo con ningún sitio.

—¿No se parece eso al sitio de donde proviene la amiga de pelo lavanda de Akane?

Fue Nodoka la que habló, y a Nabiki se le iluminó la proverbial bombilla. Exactamente, eso era. Aquel era... Espera, eso significaba...

—No, no —contravino Kasumi —, a mi no me suena de eso. Me suena del sueño que esta mañana me ha contado Akane que ha tenido.

Ambas la miraron sorprendidas, y Nabiki le hizo un gesto para que continuara.

—Sí, esta misma mañana, antes del temblor —enmarcó su hermana mayor —. Akane me contó mientras desayunaba en la cocina, que a pesar de estar recién levantada, estaba cansada. Y según ella era porque había estado toda la noche corriendo a través de un bosque a una velocidad endiablada. Que en ciertos momentos casi le parecía volar entre los árboles. Y que de repente, mientras aún seguía corriendo, a su espalda había habido una gran explosión, acompañada de una luz que lo iluminó todo. Al momento, una onda de presión la lanzó y rebotó en varios árboles. Cuando volvió a abrir los ojos, tan sólo se veían árboles caídos y un enorme cráter, "como el que provocaría un Shi Shi Hokodan, pero a una escala muchísimo más enorme" tal y como dijo ella.

—"Eso es... raro" —pensó Nabiki. ¿Cuáles son las posibilidades de que un sueño coincida con algo que suceda al día siguiente? Recordaba haber leído en alguna parte un estudio que lanzaba la hipótesis de que ese tipo de coincidencias ocurrían cuando a una persona le obsesionaban un problema que tenía o una situación a la que debía hacer frente. Que la vivían en sueños y al día siguiente esta situación parecía repetirse.

Pero su hermana pequeña no había podido haber previsto algo como la caída de un meteorito. No podía obsesionarla algo que ni siquiera sabía que iba a ocurrir.

Y lo que era más raro: ¿por qué soñó que corría del lugar del impacto? No era como si lo viese desde un punto en el cielo, o el tipo de vista irreal que tan sólo los sueños permiten. No, corría muy naturalmente para salvarse de lo que se avecinaba...

O tal vez sólo le estaba dando vueltas a algo que no tenía ninguna importancia. Toda su familia soñaba. Era algo común. Incluso tenía el vago recuerdo de que su madre les contaba sus sueños cuando eran pequeñas. En su familia siempre había sido así. Tal vez sólo fuera una coincidencia.

Eso sí, lo que ahora resultaba evidente era la razón por la que Cologne había hecho llamar a Ranma. Bueno, al menos le acompañaba Akane, así que si empezaba a meterse en algún problema, su hermana pequeña se encargaría de evitarle males mayores con un buen golpe.

Realmente era entrañable como se querían.

—Nabiki, ¿crees que es de dónde provienen Shampoo, Mousse y la Anciana? —Kasumi le preguntó aún con su expresión de horror.

—Me temo que sí —respondió, y no pudo evitar que se le encogiese el corazón. Aquello había tenido que ser un duro golpe para las Nujiezu.

Era horroroso pensar que algo tan aleatorio podía borrarle a uno del mapa. Te hacía plantearte cosas. Te hacía pensar en la vida. En la propia. Y en la de los demás...

Empezaba a ser hora de tener ciertas conversaciones.


N.A.: Pues... Aquí está. La revisión de la que hablé hace ya tantos años, por fin, en vivo. Iré reemplazando los primeros capítulos (hasta el 10, más o menos) con estas nuevas versiones extendidas y mejoradas durante los próximos meses. Lo tengo casi todo terminado, pero aún faltan cosas, y como me estaba costando continuar, he decidido ponerme el desafío de publicar ya para reanimar mis ganas.

Por cierto, me falta un capítulo de una Vida... Me salté el día, pero publicaré en breve uno extra para compensar. En fin, espero que les guste y que me acompañen en esta revisión. Un saludo.