Sayonara Amazonas


Este es un fic basado en los personajes y situaciones de "Ranma ½", y que por supuesto no me pertenece, y que lo hace a Rumiko Takahashi y todos aquellos a los que haya vendido los derechos. Este conjunto de letras y signos de puntuación no está ordenado con ánimo de lucro, por lo que la denuncia sería una enorme pérdida de tiempo. Y al fin y al cabo, nunca nadie lee el disclaimer, o sea que…


de alcanzar el final (II).

Ranma intentó hacer comprender a Ryôga que no quería hablar con él por enésima vez, y continuó escuchando la conversación que se desarrollaba en los asientos que tenía detrás.

—Os lo digo porque me dais pena. Al final, lo único que conseguiréis de Mousse será un vacío y un montón de odio.

Perfume había estado repitiéndoles eso mismo a Kaiko y Shampoo desde que habían hecho el cambio de tren en Ôtsuki. Cologne, sentada frente a ella y al lado de su bisnieta, no había hecho comentario alguno. Tal vez ella supiera algo que las otras ignoraban…

—Eso es una tontería —contravino Kaiko con un claro deje de exasperación en la voz —. Todos sabemos que odias a Mousse. ¡Se te notó desde el primer momento!

Él y Ryôga, sentados de espaldas a Shampoo y la vieja momia, hacían como que no escuchaban. Bueno, él era el que disimulaba, porque Ryôga no hacía más que darle la murga sobre algo que quería hablar con él. Haciéndole un gesto bastante grosero que le hiciese comprender que quería escuchar, pudo escuchar algo más.

—¡Es cierto, ¿verdad? —exclamó Shampoo con considerable enojo —He visto como miras a Mousse. Le odias.

—Nunca dije que no lo hiciese —respondió sin ni siquiera inmutarse. Esa amazona tenía que estar muy mal para decir que odiaba a alguien de manera tan natural. De alguna manera, le recordaba a alguien.

—Ranma, realmente tengo que contarte —se giró inmensamente molesto, pero vio que Ryôga tenía esa expresión de obstinada determinación, y decidió cambiar de estrategia.

—Vale —aceptó entre dientes —, pero date prisa. ¿Qué quieres?

—¡No tengo nada que contaros! —le llegó entonces la voz de Perfume denotando por fin un sentimiento, pero no precisamente el que esperaba. Sonaba algo acobardada.

—Ranma, después de lo que hemos estado hablando en el otro tren, hay algo que quiero preguntarte —Ryôga parecía muy serio y muy concentrado, algo que no ocurría muy a menudo.

—Si es cierto que Mousse nos hará daño, tienes que contarnos qué te pasó —insistió a su espalda Shampoo también con seriedad.

—Ranma —comenzaba Ryôga a su lado —, tú… lo que sientes por Akane… Vamos, que si no hubieran aparecido por la boda, ¿tú…

—¡Sí, Ryôga! —interrumpió con un silbido de enfado —¡Quiero a Akane!

—Y allí estaba, en una cama tumbado —relataba Perfume con un tono de indiferencia que debía ser fingida —. Yo continué visitándole cada día, sin falta, y sin embargo, nada de lo que hiciese parecía surtir efecto.

—Y Akane… —continuó a su lado Ryôga, y cuando iba a darle un puñetazo en la cara para que se callase, se dio cuenta de que dos riachuelos de lágrimas recorrían su rostro descompuesto —Ella… también…

—Hemos decidido… Entre nosotros, ¿sabes? —se encontró confesando sin saber muy bien por qué —Que… a partir de ahora, sin pensarlo mucho en realidad… Que vamos a ser… pareja formal.

Ryôga se mantuvo en silencio, sin moverse un milímetro.

—Y sin embargo, cuando tú le visitaste por primera vez, ¡por primera vez en dos meses, desde que estaba allí tumbado! —Perfume había perdido cada ápice de calma que había demostrado antes, y estaba gritando como Akane en alguno de sus peores días —Entonces, sin haberle mostrado nada más que desprecio, él salió de aquel estado por ti.

No estaba muy seguro de qué estaba contando exactamente Perfume, pero le daba la impresión de que era algo muy… complicado.

Se giró hacia Ryôga. Todavía seguía igual. Parecía una estatua representando el alma misma de la desgracia. Juraría incluso que había espíritus de la mala suerte revoloteando a su alrededor, dándole el pésame por su actual situación.

—Hombre, Ryôga —odiaba admitirlo, pero parecía que Ryôga necesitaba un apoyo, y sería él quién tendría que brindárselo —, tampoco te obsesiones. Fíjate, ahora mismo tienes a dos bonitas chicas detrás de ti.

—¡Si la dejo, Perfume es capaz de darle el "Beso de la Muerte" a Akari! —lloriqueó el chico sin moverse.

—¡Bueno! ¡Esas cosas al final tampoco son para tanto! —quiso quitarle hierro al asunto.

—¡Si en aquel momento hubiera podido, hubiera matado a Mousse con mis propias manos! —afirmó entonces con mucha rabia Perfume, totalmente ajena a Ryôga y él. Ryôga se echó las manos a la cabeza y dejó escapar un sonido de impotencia —¡Pero no! ¡Había huido detrás de su amor como un perro en celo! ¡Y yo me tuve que quedar allí!

—¡Cómo las deje, Akari se meterá en una pelea de la que no podrá salir! —continuó Ryôga aún más desesperado.

Y tenía que reconocer que, con Perfume, eso podría no ser una exageración. Había visto que clase de artes marciales practicaba. Al principio creyó que eran parte del entrenamiento Nujiezu, pero Shampoo le abrió los ojos: lo que Perfume practicaba era una mezcla propia del estilo Nujiezu, un par de toques de Tae-Kwon-Do y algún supuesto arte marcial tailandés. El resultado era, cuanto menos, brutal.

—Bueno, hombre —dijo sacándose de la mente las imágenes que de repente habían aparecido de Perfume atacando a Akari —, en todo caso, ella no podría hacer nada contra ti, con el entrenamiento que has recibido últimamente.

—Ya, bueno —concedió —, pero lo que me preocupa es cuando no esté yo. ¡Y Perfume sabe dónde vive Akari!

—Todo ese tiempo ahí, sola en la aldea, lo usé para hacerme más fuerte —afirmó con cierta sorna Perfume a sus espaldas. Mientras Ryôga seguía igual de desesperado, lo cual hizo que recurriese a la pregunta definitiva.

—Pero bueno, tú a la que am… quier… A ti quién te gusta es Akari, ¿no?

Entonces, silencio. Esperó a que Ryôga respondiera, pero su rival por temporadas no hacía más que morderse las uñas y mirar a todos lados. Continuamente. A toda velocidad. Y en silencio.

Así que encajó la última pieza.

—¡Tú! ¡Todavía… Todavía no lo tienes seguro! ¡Todavía no sabes a quién…!

—¡Baja la voz, idiota!

—Siempre has estado dándome la paliza porque no me decidía —continuó Ranma, resarciéndose por los últimos años —. Que si deja de flirtear con la una, que si cuidado con lo que haces con la otra, que si decídete de una vez… ¡Eres un hipócrita!

—Es confuso, ¿vale? —respondió Ryôga sin hacer mucho caso a Ranma —Es como si hubiera vuelto a empezar, como volver a tener a un lado a Akane y al otro a Akari. No puedo jugar con sus sentimientos. ¡Oh, Akane…!

Tuvo que darle una colleja para que dejara de delirar.

—Vamos hombre, concéntrate —instó con gesto de aburrimiento. Luego, bajó la voz y continuó —. Es Akari o Perfume, así de claro. Al menos, tú tienes elección. Las dos son civilizadas.

—Le odio —afirmó entonces Perfume, y Ranma y Ryôga se giraron disimuladamente para escuchar mejor —. Le odio ahora y le odiaré siempre. Pero ya he superado las ganas de matarle…

—¡Ves! —susurró Ranma.

—…mientras no se interponga entre Ryôga y yo. Y eso va para todos.

—¡Ya veo! —susurró de vuelta Ryôga echándose las manos a la cabeza.

—Chaval, más te vale que te vayas decidiendo —aconsejó Ranma —. Es lo único que te puedo decir.

—Pues muchas gracias. Has sido una gran ayuda —contestó Ryôga, casi deshaciendo todo a su alrededor con su ironía.

—No hay de qué —excepto a Ranma, al que le rebotó como una gota de lluvia contra el cristal.

—"Próxima parada, Fujiyutsuki. Próxima parada, Fujiyutsuki."

—Esta es nuestra parada —Ryôga asintió y ambos se pusieron de pie. A su lado, las tres amazonas y Kaiko hicieron lo mismo. Cuando el tren empezó a aminorar, Mousse y Lǎo-hǔ Lán aparecieron por la puerta del vagón.

Mantuvieron el silencio, justo al contrario que a su alrededor. El resto de pasajeros empezó a comentar la excitación que sentían al estar tan cerca de los Advenimientos. El bullicio fue aumentando, el tren se fue deteniendo, hasta que, de repente, se hizo el silencio completo. Y el tren se detuvo.

Pusieron por fin pie en tierra, y Ranma comprendió al instante el porqué del silencio.

El monte Fuji estaba sangrando.

Enormes nubes rojizas se arremolinaban en su cumbre, descargando rayos de colores imposibles sobre la nevada cumbre. Y esta nieve, teñida de rojo por el ya célebre fenómeno, parecía un enorme torrente de sangre que se derramaba quieta por las lomas del mítico monte. Un viento infernal lo aderezaba todo para completar la estampa de pesadilla, azotando cada árbol, cada edificio y cada persona con la violencia de un tifón extraviado.

Volvió a fijarse en el resto de pasajeros, y pudo ver el cambio. En sus rostros ya no había jovialidad. No había ganas de descubrir qué se escondía allí arriba. No había paz. Había incertidumbre, ansiedad, rabia, y miedo. Había temor, y más de un niño le lloraba a su padre o a su madre para que volvieran. Muchos volvieron a subirse de nuevo al tren. Sólo unos cuantos decidieron seguir adelante.

—Parece que la gente se está dando cuenta de lo que significan realmente esas luces —le comentó a Cologne por encima del viento huracanado.

—Hasta un muerto se daría cuenta, Ranma —respondió ella ensanchando su boca de forma casi antinatural para sonreírle.

—Deberías empezar a dejar de hacer eso si quieres que la gente deje de llamarte momia diseca…

—Y tú deberías dejar de engañar así a tu prometida —sintió, junto a las palabras de una voz que no podía estar allí, un puñetazo en el estómago que le dejó sin respiración.

—¿Qué demonios haces aquí? —se enderezó, y la contempló en toda su furia. El viento la despeinaba una y otra vez, y la forzaba a controlar continuamente su falda. Había reproche en cada gesto, y golpeaba ligeramente con el pie esperando una respuesta.

Había sido un tonto esperando que se alejase de allí.

—Deberías estar alejándote de aquí con tu familia, y la mía —hizo especial hincapié en eso último —, poniéndoos a salvo.

—Bueno, pensé que ese plan no era digno de "la otra" heredera del estilo Todo Vale.

—Maldita marimacho…

—Gallito bocazas…

Se abrazaron. Se besaron también. Y por un momento, lo único que podía registrar su mente era el calor que salía de ella y la fuerza con la que le apretaba contra su rostro.

—Te voy a acompañar —dijo ella cuando se separaron.

—Realmente no creo…

—¿Crees que después de venir aquí arrastrando a su familia se va a dejar convencer con alguna de tus flojas excusas? —de entre la multitud que se alejaba de la estación de tren, Nabiki había aparecido con un gesto de impaciencia.

Detrás de ella fueron descubriéndose, uno por uno, los miembros de la familia Tendô, además de su padre y su madre. Ésta última, en un movimiento súbito, se abalanzó sobre él para abrazarle.

—¡Estoy tan orgullosa de ti, hijo mío!

—Yo… No sé. Gracias… mamá —se sintió muy agradecido, aunque al mismo tiempo algo raro al tener a tanta gente a su alrededor mientras todo aquello ocurría.

—Así que este es el chico del que me hablaste.

Se giró, otra vez, sorprendido. Esa voz era, al mismo tiempo, tan extraña y familiar que, si no hubiera sido por el escalofrío que mandó por su espalda, no hubiera tenido ni idea de quién se trataba.

Junto a Cologne, y como si de dos gotas de agua se trataran, había otra mujer. Tan parecida, de hecho, que si no conociera a la primera muy bien, hubiera podido confundirlas.

—Es tu… —comenzó sin poder creérselo del todo.

—Sí —respondió la matriarca —. Esta es mi hermana gemela, Kan Lohn.

—¡Encantada! —saludó ella, y su voz, mucho más suave que la de su hermana, pero llena del mismo poder, la diferenció de Cologne.

—Ranma, ¿no? —continuó ella—Sí, definitivamente puedo ver porque tienes tantas esperanzas puestas en él. Hay algo dentro de él esperando el momento adecuado para salir.

Dejó de mirarle, y posó toda su atención hacia Shampoo, que se había ido acercando a ella muy lentamente.

—Tú eres… Tú eres —repetía su compañera

—Si no me equivoco —empezó Kan-Lohn tras recibir un gesto de su hermana gemela —, las palabras que buscas son "Tía bisabuela".

Con un chillido de alegría, Shampoo se la echó encima, la agarró en un fuerte abrazo, y empezó a danzar con ella en brazos al grito de "¡Tengo una tía bisabuela!".

—¡Puedes dejarlo en tía, no hace falta que me recuerdes mi edad! —aquello produjo el cese inmediato del bamboleo y una disculpa dicha por lo bajito —Y ahora, bájame.

—De acuerdo —cumplió Shampoo, pero sin separarse de su recién encontrada familia —. Tía, tú sabrás cosas muy distintas que la bisabuela, ¿verdad?

—Nuestro parecido acaba en el físico y en nuestros años como jovenzuelas Nujiezu. A partir de ahí, escogimos caminos diferentes.

—Bien, pues entonces enséñame —declaró Shampoo ilusionada.

—¿Qué? —saltaron las hermanas gemelas, y después el resto.

—¡Sí! Así me haré más fuerte todavía —explicó la Nujiezu, y por un momento Ranma creyó que se había oído a sí mismo —. Además, ahora mismo tengo un pequeño problema, y necesito métodos creativos para acabar con ell… Para solucionarlo.

—Bueno… —Kaiko se adelantó y se hizo sonar los nudillos.

—¡Haya paz! —exclamó Akane a su lado.

—Shampoo… —intervino Mousse.

—Bueno, bueno —Kan-Lohn hizo un excelente trabajo imitando a su hermana y puso una de esas sonrisas —. Ven aquí y dime exactamente qué quieres aprender mientras subimos.

—¡De acuerdo!

Y las dos empezaron a caminar.

—¡Yo me la cargo! —pero Kaiko no pudo avanzar mucho, ya que entre Akane y Nabiki la retuvieron.

—Bueno, deberíamos seguirlas —comentó Cologne —. Y por favor, dejad los juegos de niños pequeños para luego. Tenemos cosas más importantes en las que gastar energía.

Y con eso, siguió los pasos de sus dos familiares, llevándose consigo a Lǎo-hǔ Lán, que andaba un poco perdido con tanto ruido.

—¡Yo me encargaré de que Ryôga no se pierda de camino a la cima! —exclamó Perfume con gran excitación, y antes de que ninguno de los dos pudiese darse cuenta, cogió a Ryôga y empezó a arrastrarle detrás de Cologne y Lǎo-hǔ Lán, bien cerca de su cuerpo.

—Pobre Ryôga… Vamos detrás de ellos, Ranma, no vaya a ser que ésa loca le haga algo — Akane se le acercó y le agarró de un brazo. Se giró hacia su familia, y con voz preocupada, les dijo: —. Deberíais tomar el tren y alejaros de aquí. Por si acaso…

—Confiamos en vosotros —respondió Nodoka —. Os esperaremos aquí.

—Pero Nodoka, cariño —comenzó Genma sudando la gota gorda —, los chicos nos están recomendando que nos alejemos. Si nos quedamos, tan sólo conseguiremos desconcentrarlos.

—¿No confías que nuestro hijo ganará, marido? —se enfadó su madre.

—Bueno, querida…

—No pasa nada —intervino Kasumi trayendo calma a sus padres —. Si estamos todos, la vuelta a casa será más divertida.

Nadie dijo nada después de eso.

Él echó la vista hacia atrás y vio que sólo quedaban Kaiko, aún agarrada por Nabiki, y Mousse.

—¿Vamos? —les preguntó.

Ellos se miraron y asintieron.

—Encontraré la manera de tener un tren preparado para la vuelta —les prometió Nabiki —. Más os vale volver todos vivos, o me deberéis dinero hasta en la siguiente vida.

Comenzaron su camino a la cima.


La vista era de todo menos esperanzadora. Tenía que ser algún tipo de infierno. Algo así, tan amenazador y terrible, no podía traer esperanza a nadie.

Aún así, mientras caminaba junto a Kaiko por las calles de la ciudad, encontraban gente que salía de sus casas y se dirigía hacia el pie de la montaña, como ellos. No podía entenderlo, aunque pensándolo bien, él dio un giro a su vida por el atropello de un gato.

Andaba, como todos excepto Shampoo y su tía, en silencio.

"Menuda revelación: ¡Dos momias disecadas!", pensó con asombro. Eso sí que era un secreto de familia, y no la receta de un plato familiar. ¿Dónde había vivido Kan-Lohn todo este tiempo? ¿Y qué tipo de técnicas podía conocer ella que no conociese la momia? Miró a su lado, a Kaiko, y el corazón se le hizo un puño. Kaiko no era rival para Shampoo, y no quería le hiciese daño. Estaba en una mala posición porque estaba a merced de lo que Shampoo quisiese hacer. Y eso era justamente lo que Ranma le había aconsejado que nunca debiera dejar suceder.

Continuaron caminando un rato, y cada vez había más y más gente llenando las calles. Al final, la muchedumbre dio paso a la aglomeración, y ésta al mar de personas. Decidieron que había llegado el momento de tomar los tejados y, cogiendo a Kaiko entre sus brazos, subieron al tejado más cercano. Tuvieron que esperar cuando Akane se empeñó en hacerlo sin ayuda de Ranma y casi estampándose contra la pared. Aún así, nada que su prometido no pudiera arreglar descolgándose de la cornisa y cogiéndola en el último momento.

—Como sigamos así mucho tiempo, a Shampoo se la van a comer los celos —comentó Kaiko sonriéndole.

—Ella puede saltar de tejado en tejado (4) sin problemas. Tú no puedes. No hay nada de lo que estar celosa.

—¡Oh! ¡Qué serio te has puesto!

Ese comentario, irónicamente, consiguió ponerle rojo.

—No quiero que haya más peleas entre vosotras —se sinceró —. Y menos aún por mí.

—Y si no es por las personas, por qué otra cosa merece la pena luchar, ¿eh? —contraatacó Kaiko.

Mousse tan sólo asintió.

Las calles habían dejado paso a una enorme avenida en cuesta que desembocaba en uno de los ocho caminos de subida al monte Fuji. Salpicadas entre el mar de personas apelotonado allí había furgonetas de varias televisiones locales e internacionales. Pudo distinguir, gracias a sus lentes de contacto, la furgoneta de Fuji TV, aunque encima no parecía estar el reportero ese que había visto algunas veces hablando de los "Advenimientos".

Finalmente, llegaron al final de la hilera de casas por la que habían ido saltando. Justo delante, la policía había cerrado la subida a la cumbre. Sin embargo, a los lados crecía un bosque bastante frondoso donde no parecía haber guardias. Era de esperar, ya que era un terreno prácticamente impracticable.

Impracticable, claro, para gente normal. Para ellos sería como un paseo por el parque. Así que decidieron seguir por ahí para evitar enfrentamientos innecesarios.

—¡Qué preciosidad! ¡Qué preciosidad!

Se giraron. No volvieron a oír esa voz.

—¡Ah! ¡Pervertido! ¡Hay un pervertido!

—¡Qué botín! ¡Qué botín!

—No puede ser.

Fue Cologne la que se quejó. Los demás estaban intentando discernir al pequeño maestro entre la muchedumbre. De repente, una figura enana, apenas del mismo tamaño que Cologne, emergió de entre la gente con un saco lleno a la espalda. Estaba bastante lejos, y se dirigía rápidamente calle abajo.

—¡Maestro! —gritó Ranma, que se había convertido en chica y tenía los pechos al aire. Recibió una mirada de desprecio de Kaiko cuando quedó mirando los pechos de Ranma un segundo. En realidad sólo estaba pensando que no se había dado cuenta de que se hubiera transformado.

Al instante, Happôsai se dirigió hacia ellos como si hubiera sido disparado desde un cañón.

—¡Venid con papá! —exclamó con júbilo el viejo.

—Ya te tengo —respondió Ranma, usando la velocidad del pequeño abuelo para estamparlo sin piedad contra el suelo del tejado del edificio con la cabeza por delante. Seguidamente, Ranma desapareció con Happôsai aún agarrado con una mano por la cornisa del edificio. Y al cabo de unos minutos, volvió con una esfera de tierra y rocas de un medio metro de diámetro, y de nuevo en su forma de hombre.

—Rápido, unos conjuros contra los malos espíritus (5).

Akane le dio rápidamente unos papeles que Ranma clavó en la esfera, y Cologne hizo lo mismo con otros papeles que se sacó de la manga.

—Es increíble que aún siga cayendo en ese truco.

—¡Tienes toda la razón! —confirmó Happôsai sentado en el hombro de Ranma. Había aparecido de repente ahí y lo único que había podido detectar había sido un ligerísimo cambio en la energía vital del viejo.

Miró a Ranma, y con la confirmación de su mirada, sacó una aguja de acupuntura. La cargó con una versión especial de su energía vital, aproximando a ojo cuánta necesitaría. Asintió, y la lanzó con fuerza pero varios metros desviada por encima de la cabeza de Ranma.

—Ahora sé buen chico y conviértete en chica para tu maestro! —el viejo se puso frente a Ranma de un salto y sacó un caldero de agua. Nadie se movió. Incluso él se detuvo y miró a Cologne. Ella sonrió y le invitó a hacer lo que quisiera con un gesto. Happôsai brilló con irritación.

—¡Vamos, dulzura! —gritó, y lanzó el agua a toda velocidad.

Sin embargo, el líquido se convirtió de repente en una enorme nube de vapor a unos centímetros de Ranma.

—¿¡Qué ha pasado! —el vapor se despejó revelando a Shampoo.

—Mejor no mojes a Ranma —informó al viejo, y volvió a su sitio junto a su tía bisabuela. Aún le resultaba difícil creer que Shampoo pudiera controlar de esa manera su temperatura corporal.

—¡Ya veremos! —exclamó. Sacó otro cubo de agua, saltó por encima de Ranma y lo lanzó, cubo y todo, contra él.

Sin embargo, el viento cogió fuerza de repente y no sólo evitó que el cubo impactase contra un inmóvil Ranma, sino que además lo lanzó contra Happôsai, que no esperándoselo, recibió el impacto, y el agua, de lleno.

—¡Ya estoy harto! —gritó con ojos destelleantes de furia —¡Pensáis que estos trucos significan algo contra mí! ¡Voy a poneros a todos en el sitio que os corresponde: a mis pies!

Y entonces, la aguja impactó limpiamente contra la nuca del pequeño maestro, dejándole petrificado al instante. Ranma volvió a llevar a cabo el proceso de encerrar a Happôsai, aunque lo hizo en una esfera aún más pequeña

—Deberíamos continuar hacia la cima —comentó, y lanzando la esfera al aire un par de veces, continuó: —, aunque no sé qué deberíamos hacer con este viejo verde.

—Deberíamos llevarlo con nosotros —se adelantó Kan-Lohn a su hermana —. Toda la ayuda que podamos tener es poca.

Cologne terminó asintiendo.

—¡Eh! ¡Vosotros! ¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis ahí arriba? —todos se dieron la vuelta y vieron a lo que debía ser un periodista, micrófono en mano y un cámara siguiéndole, abrirse paso entre la multitud a toda prisa.

—¡Maldita sea! —se quejó Cologne —¡Ranma, cúbrenos, que no nos vea subir!

—Kaiko, agárrate —Kaiko se dejó coger entre sus brazos. Sólo tuvo que mirar un momento para ver como Ranma levantó de repente una pared en el mismo techo del edificio, cubriéndoles, mientras Akane le esperaba.

Pero, cuando saltó del edificio a los árboles, vio como el reportero, que ya había reconocido como el de los "Advenimientos", hablaba con su cámara y señalaba hacia el bosque.

"Espero que no dé problemas y no se venga detrás de nosotros", pensó para sí preocupado. No mostró nada, evidentemente, pues no quería añadir más peso al que llevaban todos en ese mismo instante. Pero si encima tenían que cubrir a una persona sin conocimientos de artes marciales… No quería ni pensar en esa posibilidad.

—Mousse —le llamó Kaiko entre sus brazos. Iba un poco echado encima de ella, pues el viento movía las ramas por las que se iban apoyando con mucha violencia, y pudo oírla bien aunque habló muy bajo —, ¿estás bien? Estás tan callado que estás empezando a preocuparme.

"Bien, y ahora voy y preocupo a Kaiko", se reprochó mentalmente.

—No es nada, Kaiko —respondió mirando al frente.

—Todavía no sabes mentir, ¿lo sabes? —rio ella sin ofenderse. Trató de justificarse, pero le cortó —No pasa nada. Tienes derecho a estar un poco ido ahora. Sólo te recomiendo que estés de vuelta para cuando hayamos llegado a la cima.

Se pegó un poco más contra él, y no dijo nada más. Se sintió agradecido. Simplemente, la horrible sensación que llevaba meses rondándole se había vuelto más intensa que nunca, y aunque había llegado a aceptarla, aún le resultaba pesada en el corazón.

Tras unos minutos de frenética escalada entre los árboles, alcanzaron por fin a salir del bosque. Apenas tenían otros diez minutos hasta la cima, con la nieve tentándoles a apenas un kilómetro. Volvió su atención hacia el pueblo que habían dejado atrás, y sintió cierto alivio al ver que la mayor parte de la gente, unos pequeños puntitos desde donde estaban, empezaba a moverse de vuelta a la estación.

—¡Vamos! —exclamó Cologne, y todos reiniciaron la escalada.

Cuánto más se acercaban a la cima, más fuerte era el viento. Empezaron a distinguir con claridad la extraña tormenta azulada que se había formado, señalando el punto exacto donde debía estar Erra. Era, tal como había pensado al bajar del tren, el paisaje del mismísimo infierno.

Poco a poco, esquivando más de una roca empujada por el viento colina abajo, llegaron al fin a la cima. Y entonces descendieron por la muerta caldera hasta la figura que se mantenía de pie en su centro.

—¡Al fin! —retumbó entonces una voz cavernosa y sesgada por toda la caldera —¡Al fin mis últimos rivales se presentan ante mí! ¡Y su poder es tan nimio…!

—Ya empezamos… —refunfuñó Ranma.

La figura se giró hacia ellos, y entonces comprendieron por qué Lǎo-hǔ Lán nunca lo llamó hombre. No tenían piel, sino piedra. Medía más de dos metros, tal vez dos metros y medio, y sus brazos le caían casi hasta los pies como si de un orangután se tratara. Además, eran casi tan grandes como sus piernas, y como su cabeza estaba casi escondida entre sus hombros, daba la impresión de ser un enorme monolito de piedra que hablaba. Pero lo peor era su rostro, desfigurado y casi irreconocible, donde los ojos, negros totalmente, estaban casi escondidos por las pétreas mejillas y las sobresalientes cejas. Frente ancha y mentón pronunciado, todo quedaba aún más desequilibrado por un nariz inexistente y una boca que partía el rostro de forma desagradable y casi vertical.

—Toda una belleza —comentó Shampoo en voz baja.

—Esto no es sino un pequeño sacrificio a cambio de la inmortalidad.

—¿Otro de esos? —se quejó Ranma otra vez —Que si soy inmortal, que si no tienes nada qué hacer, que si al final venceré de todas las maneras… ¡Son todos iguales!

—Tan sólo te has enfrentado a otro inmortal, bocazas —tras el comentario de Akane, Ranma optó por el silencio.

—Supongo que habéis venido hasta aquí para detenerme —les dijo Erra sin preguntarlo realmente —. Bueno, aquí estoy. ¿Por qué no lo intentáis?

Ranma, Shampoo, Ryôga y él miraron al mismo tiempo a Cologne, y a una señal suya, se pusieron en posición. Ellos tres tomaron su posición de triángulo, mientras Ryôga quedó entre Ranma y Shampoo.

—¡Apenas puedo esperar para que me ataquéis!

Shampoo fue la primera en acercarse. Simplemente desapareció y volvió a aparecer al lado de Erra. Pudo ver como comenzaba el arco de una patada a las costillas. Entonces escuchó como una explosión, luego otra,, y otra. Durante un rato, explosiones y golpes de aire se sucedieron, hasta que Shampoo apareció de nuevo en su posición inicial.

—¡Eres rápida, joven Nujiezu! ¡Más que yo incluso!

—Mi turno entonces —exclamó Ranma, dando un salto hasta Erra.

—Nuestro turno, mejor dicho —gritó Ryôga, corriendo, pero mucho más lento, hasta Erra también.

A pesar de un quejido inicial de Ranma, rápidamente empezaron a complementarse, consiguiendo conectar con puñetazos o patadas sin mucha dificultad.

—Al final va a resultar que no era muy difícil —comentó Ryôga al tiempo que conectaba un derechazo en el estómago de la mole.

—Ryôga, atrás, ¡aléjate! —le avisó Ranma con tono de preocupación.

—¿Qué?

—¡Vamos!

De un salto, ambos recuperaron la distancia inicial, y volvieron a la situación inicial.

—Es muy duro —informó Ranma en alto —. Los ataques normales no le hacen nada. Necesitamos algo más.

—Si tenéis algo más deberíais haberlo usado desde el principio —intervino Erra con una risa maliciosa.

—Ya veremos —dijo, y sacando unas cuantas agujas de acupuntura de sus mangas, con una mirada a Ranma, las lanzó a los puntos vitales de Erra.

Las agujas hicieron su camino por el aire a través de las corrientes que Ranma había creado entre la tempestad como misiles metálicos cargados de energía paralizadora. Por desgracia, todos esos misiles plateados rebotaron contra la piel de Erra.

—De acuerdo, necesitamos ataques más potentes…

—Simplemente no sois lo suficientemente fuertes —se jactó entonces Ryôga —¡Ved, como se hace, debiluchos!

—¡No, detente!

Pero Ryôga no hizo caso de las advertencias de Cologne, y en un instante se había puesto frente a Erra. El monstruo tan sólo sonreía, y nadie sabía qué hacer.

—Ahora vas a saber lo que es un puñetazo —le informó Ryôga, y echando la pierna izquierda hacia atrás, preparó un tremendo puñetazo que descargó contra el pecho del monstruo. A éste se lo borró la sonrisa e incluso, por un momento, pareció que tendría que retrasar una pierna para mantener el equilibrio. Todos vitorearon a Ryôga.

—¡Ahora es mi turno! —anunció Erra, y Ryôga apenas tuvo tiempo de girarse un poco antes de recibir el puñetazo de respuesta. El chico salió volando directamente hacia Ranma como un misil, que le recibió con habilidad, disminuyendo su velocidad con un par de giros, dejándole finalmente en el suelo.

—¡Mousse, ven! —no tardó en cumplir la orden de Ranma, intercambiando vértices con él.

—Pagarás por eso —prometió Ranma con un deje peligroso en la voz —¡Shampoo!

Dejó a los dos corriendo hacia Erra y centró su atención en el chico malherido. Seguía de una pieza sólo porque había entrenado específicamente para ello. Si no… Tenía el hombro derecho totalmente destrozado, y el brazo le caía lánguido y ensangrentado. Debía haberle dado un poco también en la cabeza, porque le sangraba el oído derecho también y las cervicales se le habían removido como piezas de go en una caja.

Le aplicó unos puntos de presión para relajar las cervicales y para enmudecer el dolor del hombro.

—¡Vuestros golpes son aún de risa! ¿No será vuestro temerario compañero el único que sabe golpear? —rio Erra mientras Ranma y Shampoo revoloteaba a su alrededor, esquivando con aún más cautela que antes golpes que podían ser mortales.

Se concentró una vez más y dirigió su energía vital para que ayudase y organizarse la de Ryôga en el proceso de curación de su hombro. Tras cinco minutos así, Ryôga se podía levantar y flexionaba el brazo con muecas de dolor.

—Pensé que podías curar de todo—comentó guardando una queja más directa.

—No tengo ni mucho tiempo ni puedo usar toda mi energía vital. Aún así, he convertido dos semanas y una operación en cinco minutos. Creo que no está mal, ¿no?

—Cierto, cierto —se disculpó el recién curado —. Gracias. Es que quiero partirle la boca a ese imbécil.

—Ya somos dos entonces.

Justo entonces, notó un terrible temblor. Volviéndose de nuevo hacia el combate, descubrieron a Ranma y a Shampoo que habían aumentado la intensidad de su ataque. Ranma usaba su control sobre el entorno para formar puños de roca y hielo que se lanzaban desde todas direcciones contra Erra mientras él mismo bailaba entre sus ataques y los de Erra, añadiendo más impactos.

Y además, Shampoo había cambiado tácticas, en vez de ser demasiado rápido, se había vuelto dura como el granito y caliente como la lava, y cada vez que golpeaba dejaba círculos calcinados en la piel rocosa de Erra.

—¡Vosotros dos! —gritó Cologne hacia ellos —¡Id a ayudadlos antes de que gasten todas sus energías!

Ryôga fue corriendo al centro de la pelea y él empezó a lanzar armas entre los ataques de los otros tres, intentando llenar todos los puntos posibles de algún elemento ofensivo.

—¡Estoy empezando a hartarme de vuestras cosquillas! —de repente, una enorme explosión de energía procedente de Erra barrió la cumbre, tirándoles a todos varios metros hacia atrás.

Mientras se levantaba de nuevo, observó con detenimiento a su enemigo. Este tipo de ataque no parecían estar afectándole. Pero debía tener alguna debilidad. Todos los contrincantes tenían una. Repasó mentalmente la pelea hasta entonces en su búsqueda, y cayó en la cuenta de algo: en todo el tiempo que llevaban luchando, Erra no se había movido ni un centímetro.

"¡Tengo que tocarle!", decidió en su interior. Las agujas no habían atravesado su piel, pero un contacto directo sí que debería permitirle acceder a su energía vital. Si pudiese reducir la velocidad de su metabolismo, o provocar la pérdida de esa piel que más bien parecía roca, o algo, seguro que los otros tres lo tendrían bastante más fácil para vencer.

—¡Ranma, necesito unos minutos de quietud! —gritó.

Al instante, Ranma retrocedió unos pasos al tiempo que él avanzó hacia ellos. Ranma hundió las manos en la tierra, y rápidamente el suelo se levantó alrededor de Erra, quedando atrapado por completo en unos segundos.

—¿De verdad pensáis que la misma estrategia que no funcionó con mi perro de presa funcionará conmigo? —entonó con dejadez demencial.

De repente, la celda de piedra explotó en mil pedazos. Sin embargo, eso era exactamente lo que estaba esperando, y como ya se había puesto detrás de Erra, dio un salto, se cubrió como pudo la cara con un brazo y con el otro hizo contacto con lo que pensaba era la nuca del monstruo.

Durante un instante, pudo sentir una energía vital. Era extraña, como si no estuviese perfectamente encajada en el cuerpo. Pensó que podría decirse que la energía vital de Erra estaba prácticamente… ¿en sus pies?

Y entonces, todo fue una inacabable sensación de dolor, como si se estuviese quemando vivo desde dentro. Y fue empujado con violencia contra el suelo.

—¡No intentes toquetear mi energía vital! —gritó histérico Erra. Le hubiera gustado alejarse mientras su enemigo chillaba y maldecía, pero esa especie de descarga le había dejado inmovilizado.

—¡Huye Mousse! —gritó Ranma.

—¡No puede! —respondió Erra volviendo a su locura normal —¡No dejo que nadie hurgue en mi energía vital y escape así como así! Así que, despídete. Tranquilo, sólo les llevarás unas horas de ventaja.

Y entonces, el enorme puño de Erra tapó el sol. Durante un segundo, pudo oír a través del vendaval los gritos de todos los que estaban allí con él, y lo único que deseó, cuando por fin había llegado el momento que tanto había sentido esos meses, fue haber sido de más ayuda. ¡Y qué demonios! Deseó que no acabara así. Aún tenía muchas cosas que hacer.

—¡No!

Sus extremidades empezaban a responder de nuevo; tal vez el efecto de su entrenamiento en la escuela del Volcán, tal vez efecto de estar muerto y haber alcanzado la otra vida. Lentamente, miró hacia arriba. Seguía habiendo rayos, y el sonido de los truenos le llegaban en consonancia. El viento seguía siendo casi un huracán, y el poco sol que brillaba seguía ocultado por el enorme puño de Erra. Pero había algo más.

Shampoo aguantando el golpe mortal contra su hombro.

—Ahora ser buen momento para que poner en medio una tierra.

—Creo que lo que quieres decir…

—¡Sal! —le ordenó Shampoo. Mousse asintió, se levantó, y se colocó como si se echara a Shampoo al hombro, respondiendo: —¿Preparada para salir de aquí a toda velocidad?

—Maldita mequetrefe —Erra alzó el otro puño, más enfadado que nunca.

Pero antes de que pudiera descargarlo sobre los Nujiezu, un rayo impactó justo en su cara. Luego otro en su abdomen y otro más en su espalda. Y como venido de la nada, dejando a un concentrado Ranma en la retaguardia, Ryôga le propinó la madre de todos los puñetazos en el hombro del brazo que aún sujetaba Shampoo, liberándola de su presión. Al momento, se apoyó exhausta en Mousse.

—¡Corred! —ordenó Ryôga encarando a Erra, que se giraba hacia él con la risa más macabra que había visto nunca.

Mousse ayudó a Shampoo a poner unos cuantos metros de distancia entre ellos y la pelea que se reanudaba. La dejó suavemente en el suelo y empezó a explorar la zona con la que había detenido el ataque de Erra.

—Saber que doler, ¡eh! —se quejó Shampoo.

—Tu japonés…

—No estar para pensar en esas cosas —respondió cortante. Al obligarla al estirar el brazo, dejó escapar un grito.

—Lo sé, lo sé… —se disculpó —Aguanta un poco, ¿eh? —había aprendido lo suficiente para saber que el color morado que estaba viendo no presagiaba nada bueno. Los huesos parecían estar más o menos bien, por lo que el problema debía ser otra cosa.

Empezó a explorar la herida con su energía vital, y entonces lo vio claro. El puñetazo de Erra llevaba algo más que fuerza desproporcionada: también llevaba una pequeña cantidad de su energía vital que actuaba como… un veneno. No parecía estar atacándole directamente, pero debía ser responsable del mal color.

Intentó arreglar las fisuras en los huesos, pero el veneno reaccionó en el momento en que empezó a canalizar su energía vital, colocándose entre el hueso y sus manos e impidiendo que pudiese curarla. Hizo otro par de intentos, pero el veneno siempre respondía igual. Así que decidió encargarse del veneno primero.

Lo encapsuló en su propia energía vital e intentó retenerlo donde no molestase. Pero su continuo movimiento no le dejaba concentrarse, además de que debía desviar bastante energía vital para contenerlo. Por tanto, decidió que lo arreglaría de otra forma.

—Shampoo, ahora… Esto puede que duela. Aguanta un poco más, ¿de acuerdo?

Ella asintió nada más.

Dobló la intensidad de su encapsulamiento y, tirando con todas sus fuerzas a través de su energía vital, arrancó de cuajo la energía extraña de Shampoo junto a un alarido de dolor. Tan sólo podría imaginar cómo debía haber sentido eso Shampoo, algo así como arrancarle un brazo de cuajo.

Rápidamente, curó tan bien como pudo sus heridas, que ahora sí, empezaron a cicatrizar como debían. Aún así, el hombro sufría lo que debían ser unos efectos secundarios de ese veneno, y tendría que sanar a su ritmo normal.

—Ya estás. Erra había introducido una especie de veneno de energía vital que de alguna manera evitaba hasta la recuperación más básica: ni siquiera los capilares rotos al recibir el golpe sanaban, por eso el color que estabas cogiendo.

—Eso es lo que…

—Sí, he tenido que arrancar esa energía de tu cuerpo, y no es un proceso muy agradable. Lo siento mucho.

—¡Tonterías! —contravino Shampoo, dedicándole una sonrisa en medio de todo aquel caos —Mousse curarme y ahora poder seguir luchando.

—¡Pero tu hombro aún está mal! ¡No he podido curarlo del todo!

—¡Aún tener el otro brazo!

—¡Hay más! —insistió —Pude sentir por un momento la energía de Erra. Era extraña, casi inhumana, pero la que pude notar estaba prácticamente toda concentrada en sus pies. Esa debe ser la razón por la que no se ha movido en toda la pelea.

—¿Y eso que significar? —preguntó Shampoo.

—Eso significa —retumbó entonces la voz de Erra. Un tornado, que sólo podía ser el resultado de un Puñetazo del Dragón Ascendente, se disolvió en una explosión de luz dorada, revelando a Erra sonriendo con satisfacción —que me falta poco para arrancar al fin el corazón del planeta y destruir así este mundo.

—¿Qué? —exclamó Cologne al otro lado del cráter —No puedes hacer eso. ¡Es imposible!

—Imposible para ti, arrugada Nujiezu mortal —respondió con sorna.

—¿Qué es eso del corazón del planeta? ¿Qué significa? —inquirió Ranma con preocupación.

—El corazón del planeta —respondió —es la energía vital de la que dispone el planeta. "Gaia" o "Madre Tierra" son otros nombres que se le da a ese pozo de energía del que viene toda la energía que usamos y adonde va toda la que desprendemos. Si es cierto que puede ser arrancado, significaría la muerte del planeta. Y con él, la muerte de toda la vida que sustenta.

—Pero, ¿por qué todo esto? —continuó —¿Por qué destruir el planeta? ¿Acaso por lo que pasó con Sylphé cuando viniste por primera vez el planeta entero merece ser destruido? ¿Acaso tu raza no conoce la misericordia?

—¿De qué estás hablando, muchacho? —respondió Erra, en apariencia, confuso —No conoces toda la historia, ¿verdad? Nadie debe conocerla, claro. Pues entonces, como regalo a mis últimos contrincantes, os contaré quién era yo, mucho antes de descender sobre aquel pueblo y aquella Sylphé.

—Hace unos cinco mil años, yo era un humano normal y corriente. Aún así, para ser un simple humano, era bastante más astuto que mis congéneres.—

—Por esa razón, ostentaba un rango especial: el de consejero del emperador. Y no de un emperador cualquiera, como los que tenéis aquí. No. Mi antiguo señor colmó de sangre las planicies de Mesopotamia con el arma más sofisticada jamás creada: el arco y la flecha.—

—Yo le aconsejaba sobre cuando era más favorable realizar una batalla o dejar a los hombres descansar. También realizaba conjuros para mantener su salud y la de su familia. Yo no conocía nada de magia, pero sí sabía interpretar la información que le daban sus generales. E incluso tenía algunas fuentes propias que me ayudaban en los momentos cruciales a cambio de una buena suma de dinero. O, simplemente, por mantener la vida.—

—La mayor parte del tiempo, era una vida sencilla y placentera. Aquella comodidad fue el caldo de cultivo de un nuevo sentimiento: la ambición. Sin embargo, respetaba a mi amo, y solía saciar mis impulsos pensando que, a su muerte, podría jugar con sus hijos y, cuando el verdadero heredero se alzase entre los cuerpos de sus hermanos, ser su consejero elegido.—

—Se podría decir que sin ambiciones mayores en mi vida, estaba abocado a ser un humano más que viviría y moriría siempre pegado a la tierra que lo vio nacer. Por suerte, dos hechos cambiaron el rumbo de mi historia para siempre.—

—El primero ocurrió poco después del trigésimo octavo equinoccio de primavera que había vivido…


Se levantó de la cama hecha a base de cojines y mantas de seda, pero se mantuvo sentado durante un rato. Quería disfrutar de un último momento de descanso antes de que comenzase otro día de su vida.

—Consejero Erra, el señor espera que te presentes en sus aposentos antes de que el sol se haya desplazado del este.

Observó al mensajero durante un instante, decidiendo si merecía la pena castigarlo por ser tan puntual o no. Al final decidió no hacerlo, y le ordenó que le dijese al señor que estaría allí en unos momentos.

—Después de todo, tan sólo he de prepararme —refunfuñó para sí cuando el mensajero se hubo ido.

Rápidamente, llamó a los esclavos, que comenzaron a lavarle y a vestirle sin mirarle a los ojos.

Vivía en la mejor tienda del lugar; exceptuando, claro está, la del señor. Seda de preciosos colores era la único que sus ojos podían ver; el oro y la mejor madera que se pudiese imaginar ocupaban los lugares donde no llegaba la seda. Tenía todos los esclavos que podía necesitar, e incluso algunos extra por si acaso había que prescindir de alguno. Tenía más riqueza de la que podría gastar en varias vidas.

Y aún así, algo faltaba. Un fuego que había hecho de sus noches, de forma progresiva, un largo rato de meditación y planificación. Un fuego con la voz de una serpiente que le incitaba a conseguir más, que espoleaba su ambición y le llenaba la cabeza de imágenes de poder y conquista.

Pero, ¿qué podría hacer él, un simple consejero? ¡Ah…! Si realmente conociese la magia que aparentaba poseer. Entonces no hubiera sido difícil maldecir de alguna manera a su señor, procurar su muerte. O aún mejor, controlar su mente para que, ante todos sus súbditos y su ejército, le nombrase sucesor indiscutible. Cuán fácil hubiera sido entonces.

Sin embargo, tan sólo poseía intelecto y facha. Y ya tenía todo lo que podía obtener con esas dos virtudes. ¿Por qué, entonces, jugárselo todo por una posibilidad tan remota? Iba en contra de toda su manera de proceder hasta aquel momento.

—Señor, ya está preparado —le comunicó uno de sus esclavos.

Se miró en el espejo que el esclavo sostenía ante él con cierta satisfacción. Sus ropajes estaban perfectamente colocados y apuntillados. Salió con brío de su tienda y radiante sol de mañana asaltó sus ojos.

Lo siguiente en asaltarle fue la vista de un ejército de más de dos mil hombres apostados al pie de la pequeña elevación encima de la cual se levantaba la tienda más grande y más opulenta de todo el asentamiento.

Dejando la vista de enorme ejército a su espalda, entró en la tienda del señor.

Nunca se cansaba de observar esa tienda. En su centro tan alta como un roble de cien años, estaba sujeta por un tronco tallado de ese mismo árbol. La tela exterior, tejida a base de pieles de cabra y vaca alquitranadas no es que fuera muy bonita, pero podía resistir cualquier tormenta que descendiese de los cielos.

Esta tela y la estructura que la sujetaban estaban cubiertas de sedas de todos los colores imaginables. El suelo estaba cubierto de innumerables alfombras, todas tejidas a mano en exóticos lugares de las lindes más lejanas de las tierras conquistadas, lugares que jamás había conocido. Y el mobiliario, la mesa y la silla del señor en el centro de la tienda, para que hiciese juego, era todo de roble lacrado en oro.

Formando un pasillo desde la entrada de la tienda al trono del señor, toda su guardia personal se mantenía alerta en todo momento, pues el poder del señor era codiciado y los ataques algo común. El comandante de sus tropas y sus generales más importantes estaban sentados sobre cojines de seda a su alrededor.

Caminó con paso seguro hasta su señor y prontamente llevó a cabo la primera inclinación del día.

—¡Erra! —le dio la bienvenida con una sonrisa —¡No hacía falta que te dieses tanta prisa! Esperaba que disfrutases un rato de tu nueva esclava.

Iriam, claro. Era bella, disfrutaría unos meses con ella, pero como siempre pasaba con sus regalos, terminaría relegándola a trabajo de cocina.

—¡Gracias por su regalo, oh, señor generoso! ¡Pero no hubiera podido haceros esperar más de lo que los dioses ya habían previsto!

—Eso me reconforta —respondió, y al momento su expresión cambió a una de mayor seriedad —. Ahora, sin embargo, tenemos que hablar de un tema más serio.

Momento para mostrarse sorprendido. En realidad, sabía desde hacía meses que quería conquistar las tierras del Este. Por eso el campamento se había desplazando poco a poco hacia la frontera. Lo cierto era que no podía dejar de sorprenderse con el ansia conquistadora de su señor. No eran tan raras, pues, sus propias ansias de dominación.

—¡Mi nueva esposa! —anunció, y el jolgorio inundó la tienda.

—Ah, por supuesto mi señor. Felicidades —otra más para ése siempre creciente redil de cohortes. Qué veía en toda esa parafernalia del casamiento, era algo que jamás podría adivinar.

—¡Tormus, ven aquí! —llamó sus señor, y al girarse, vio a su mujer entrar.

Al momento, entendió porque su señor le gustaba tanto conseguir nuevas mujeres cada equinoccio.

Era lo más bello que había visto nunca. Cada centímetro de su piel, cada rasgo de su rostro, cada curva de su cuerpo. Todo, absolutamente todo de ella, se combinaba de forma perfecta para dejarle sin aliento.

Sin embargo, antes ni siquiera de que pudiera dejar escapar el aire que había inspirado antes de descubrir a Tormus, su señor ya la tenía a su lado.

—¡Ésta es Tormus, y ahora es la dueña de mi corazón! ¡Observadla, pues debéis protegerla como a mí mismo, ya que será la madre de mis hijos! ¡La madre de los futuros emperadores de Mesopotamia!

La madre de sus hijos. Por lo que no hay ninguna posibilidad de poder convencerle de que la convierta en concubina de nadie más. Maldita sea…

—Ahora, mi querido comandante, el que tantas victorias me has dado —y dejó descansar una mano sobre el hombro de su comandante —¡Quiero un último favor de ti antes de que los dioses te llamen a su lado!

—Aún me quedan años de vida, señor, y victorias que ofrecerle —respondió agachando la cabeza el estratega.

—Sí, pero la tarea que te encomiendo no es sencilla. Quiero encontrar más maneras de proteger a mi nueva mujer. Quiero poder defenderla de un ejército entero si acaso hiciese falta.

—¿Cómo…? ¿Cómo puedo convertir a una sola persona, aunque sea mi gran señor, en un ejército completo?

—No te hagas el humilde, amigo mío —bromeó su señor —. Sabes mejor que ninguno de nosotros los secretos de la energía vital, de los chakras y todas esas energías místicas que operan en nuestros cuerpos. Estoy seguro que encontrarás la manera de usar todo ese conocimiento para servir a tu señor.

—Necesitaré mandar emisarios a todos los rincones del mundo, señor —informó ya abstraído en sus pensamientos, seguramente haciendo ya planes para satisfacer al señor.


—Rápidamente entendí que lo que saliese de aquel viejo sería una fuente de gran poder.

—Y por tanto, esperé —afirmó con una sonrisa macabra —. Esperé a que su comandante terminase su regalo al gran señor. Y cuando me enteré de que había terminado, ordené su muerte y el robo de su póstumo regalo.

—Ése regalo… comenzó Akane asqueada.

—Sí —confirmó el monstruo —. Ese regalo no era otra cosa que las escuelas que llamáis "legendarias". El trabajo de diez años de síntesis magistral de artes marciales hoy en día olvidadas.

—Eres malvado… —acusó Shampoo con rabia.

—Evidentemente. En todo caso, en esos diez años de espera no estuve quieto. Me acerqué cada vez más a mi señor. Mis ansias de usurpamiento habían encontrado en Tormus un objetivo y una excusa al mismo tiempo que las hacía fuertes. Por tanto, con la confianza de mi señor, a la trágica muerte de su comandante, fui elegido por él mismo como protector de Tormus. Así, durante cinco largos años, continué en esa posición mientras aprendía en secreto estas magníficas escuelas, convirtiéndome poco a poco en el hombre más poderoso del mundo. Hasta que un día, ya alcanzado el total entendimiento de estas escuelas…


Era el día. Nada podía detenerla. Tenía la inteligencia, el poder y las agallas para conseguir lo que su corazón anhelaba: poder y amor. Hoy tomaría el imperio por la fuerza, tomando la vida de su señor y tomando en matrimonio a la madre de sus hijos.

Era el momento de poner fin a su plan. Quince largos años, preparando, midiendo, esperando. Casi tenía el corazón de Tormus en sus manos. Para conseguirlo del todo tan sólo debía demostrar su valía. ¡Ja! ¡Cuando acabase con su marido demostraría su valía!

Luego estaba el tema de los hijos. Seguramente lo mejor era ahogarlos en el río como hacían con las crías del ganado que no valían. Sin embargo, puede que eso fuera demasiado. Puede que fuera a usurpar el poder, pero aún tenía corazón. Matar niños a sangre fría era una crueldad demasiado grande.

Salió a toda prisa de su nueva tienda. La misma vista que hace quince años, cuando todo empezó, le saludó. La única diferencia era que estaban a varios kilómetros (5) al Este de dónde estaban aquella vez. Mismo ejército, misma ciudad ambulante, mismo esclavos incluso.

Se dirigió con paso ligero hacia la tienda del señor. Aunque hubiera podido, no hizo ningún esfuerzo por ocultarse. No tenía sentido ocultar sus intenciones durante más tiempo.

Apartó la cortinilla que mantenía fuera de la tienda a los bichos con fuerza, arrancándola de cuajo. Eso atrajo la atención de su señor, de Tormus y del resto de la guardia.

—¿Erra? ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que pasa? —su señor, aún ignorante de lo que estaba pasando. Sí, estaba claro que llegarían mucho más lejos bajo sus órdenes.

—He venido a probar mi valía, Tormus —pudo ver la sorpresa en sus ojos, y después, la horrible comprensión de lo que se avecinaba.

—¡No! Conocía tus ansias, ¿pero actuar así? No creo que esto sea lo mejor…

—¡Te lo probaré!

Dos de los guardias estaban muertos, con el cuello aplastado, antes de que pudieran darse cuenta. Uno trató de empalarle con su lanza; se la quitó de las manos con el brazo derecho mientras con el izquierdo encerraba a otro en una celda de tierra.

Dando un giro para coger impulso, hundió la punta de la lanza en el costado de su anterior dueño. Se dio la vuelta y, con un par de puñetazos milimétricos, dejó incapacitados a los dos últimos guardianes.

Arrancó la lanza del costado del inconsciente guarda y se giró hacia su señor y Tormus. Sus rostros denotaban horror.

—Hoy comienza una nueva era para nuestros súbditos —declaró con la adrenalina quemándole en las venas —. No más de su pasmosa debilidad e incertidumbre. Con el poder que ahora mismo poseo, conquistaremos toda Mesopotamia, y el resto del mundo también.

—Tú… traidor.

—Valientes palabras del señor que se olvidó de sus súbditos…

—Escúchate, Erra —Tormus dio un paso hacia él. Levantó la lanza, y se detuvo —. Estás delirando Erra. Escúchate cómo has hecho siempre conmigo. Este no eres tú.

—¡No! Éste soy yo, y ahora que no tengo que andar pretendiendo ser quién no soy, me siento más cuerdo que nunca. Toda esta farsa se acaba hoy —y lanzó con perfecta puntería para atravesar el corazón al que durante tanto tiempo había considerado su padre.

—¡No!

Extrañamente, el sonido de la carne siendo desgarrada llegó a sus oídos un instante antes de lo que había calculado. Al mirar de nuevo hacia su objetivo, vio la sorpresa en sus ojos muy abiertos, pero no el dolor de la muerte. La muerte estaba en los ojos de Tormus, que aún se mantenía de pie entre ellos con una lanza atravesándole el pecho.

—¡No! ¡No, no, no! ¡No, ¿por qué?

Pero no importaba lo que dijese, Tormus no abría los ojos. Yacía inmóvil en los brazos de su enfurecido señor, que gritaba órdenes que no lograba comprender, pero que una parte de su cerebro le decía que no eran buenas para él. No podía estar pasando, pero entonces se dio cuenta de una cosa: el alma de Tormus debía estar subiendo ahora al reino de los dioses. Si se daba prisa, tal vez pudiera alcanzarla y traerla de vuelta.

Sí, eso era un buen plan. Salió a toda prisa de la tienda, sin pararse siquiera a pensar en el ejército que tenía delante, y se concentró. Visitaría al reino de los dioses, algo que siempre había deseado, y volvería con ella.

Así que se concentró, y comenzó la ascensión entre los rayos de una incipiente tormenta…


—Pasé tanto tiempo en los cielos que perdí la cuenta de las estaciones. Y cuando por fin pude aceptar mi pérdida y volví a los mortales, acabé en aquel asentamiento de Nujiezu, como se hacían llamar. Esa Sylphé terminó por robarme la poca esperanza que me quedaba. Y sin nada que me atara, volví a los cielos, donde pensé que residiría hasta el fin de los tiempos. Hasta que decidí que merecía una venganza por toda la injusticia. Y recordando el dolor que esa mujer me infringió, el primer lugar que destruiría sería el de sus descendientes. Ellos pagarían por el pecado de su madre.

—Así que —empezó Ranma sin mostrar asombro por las revelaciones de Erra —, no eres más que otro hombre despechado. Eres igual que Sylphé. Tal para cual.

—¡Yo no soy como esa maldita!

—Aunque ha sido muy interesante —continuó Ranma haciendo caso omiso del iracundo Erra —, creo que es la hora de pararte los pies.

Una vez más, Ranma hundió su puño en la tierra. Luego hizo lo mismo con el otro. Y se quedó en esa posición.

Shampoo y él se acercaron hasta su compañero, a unas docenas de metros de Erra, con cuidado de no ponerse a su alcance, al que le cambió el gesto y comenzó a reír sin ningún tipo de alegría.

—Lo que estás intentando es inútil.

—Ranma, ¡no lo hagas! —le avisó Cologne también —Es demasiado poderoso para que puedas ganarle de esa manera.

—¿Por qué seguís escuchándole? —les espetó Ranma —Veréis lo que trato de hacer.

Entonces, lo sintió. Un ligero temblor que iba ganando en intensidad con el paso de los segundos. Pronto, las rocas sueltas de la cumbre empezaron a moverse, a agitarse y a rodar hacia el centro de la antigua caldera. La poca nieve que había sobrevivido a la tormenta, los huracanes y el frenético movimiento de la pelea empezó a derretirse y luego, a evaporarse.

La temperatura siguió aumentando, pero nadie se movía. Y de repente, una potente explosión señaló el comienzo de la primera erupción del monte, ahora volcán, Fuji en más de trescientos años. Rocas ardientes salieron despedidas, varias fumarolas empezaron a expulsar humo a su alrededor y varios chorros de lava que abrasaba el rostro incluso a distancia envolvieron a Erra. El calor y el olor a azufre les obligó a cubrirse la cara, exceptuando a Shampoo.

—¡Eso es… —empezó Ryôga, personificando el asombro que todos debían sentir.

—¡lo que sabe hacer Ranma! —terminó Akane, que no sabía si reír o llorar.

El magma, que salió como una fuente del recién resucitado volcán Fuji, formó lentamente una especie de manantial infernal, mientras las explosiones y los temblores iban poco a poco debilitándose hasta desaparecer, e incluso los rayos parecieron detenerse.

—¿¡Ya está! —exclamó Kaiko apretando los puños.

—Me temo que no —contestó simplemente Shampoo.

Todos hicieron un esfuerzo para mirar, y al tiempo que los chorros de lava perdían intensidad, la figura de Erra se descubría ante ellos, intacta.

—¡Maldita sea! —no podía creérselo. Ranma acababa de poner en erupción el Monte Fuji. Había traído lava a dónde no la había habido en más de tres siglos. La maldita caldera que tenía a los pies le abrasaba el rostro y conseguía que creyese que el infierno se abría a sus pies.

Y aún así, Erra no hacía más que sonreír.

—Te lo dije, es inútil. Es casi tan ardiente como el frío del espacio —consideró sin mucha preocupación, y tuvo que hacer un esfuerzo para no rechinar los dientes. El malvado debía estar aplicando lo mismo que inventó para sobrevivir al vacío.

Miró a Ranma. Estaba claro que éste último truco había supuesto una gran inversión de energía vital por su parte. Shampoo aún se agarraba el hombro. Ryôga parecía estar igual de enfadado que él, pero había comprendido que atacarle solo era un error que podía salirle muy caro.

De repente, oyó algo extraño. Los rayos que caían a su alrededor, cegándole a veces y erizándole el vello siempre, ya no eran la única causa de los truenos que oía.

Se giró por completo y observó un paisaje muy diferente al que había visto al subir. Enormes brechas se abrían como heridas en la tierra en todas direcciones. A través de las calles, de ríos o de bosques, todas las fisuras parecían tener como origen el propio y ya medio desmoronado, y ahora de nuevo, volcán Fuji.

Ranma, se dio cuenta al volver a girarse, también observaba la nueva destrucción que se abría ante sus ojos, y tuvo una idea bastante clara de lo que estaría pensando, y sobre todo, en quién.

—¡Observad, mis últimos rivales! —retumbó la voz de Erra en toda la cima —¡Observad cómo vuestro mundo se resquebraja y mi plan finalmente se completa! ¡Mi venganza, al fin!

—Así que éste es tu "gran plan" —respondió Ranma como si estuviera hablando de hacer el desayuno —. No vas a ganar el premio a la originalidad. Lo sabes, ¿no?

—Ya veremos si sigues tan insolente cuando tu planeta no sea más que una cáscara vacía sin corazón —respondió Erra riéndose a carcajadas.

—Eso debería sonarte —intervino Shampoo más enojada de lo que la había visto en toda la pelea —, así es como cualquiera te describiría.

—¡Sí, verdad! —continuó riendo Erra ya con tono demencial.

—¡Niños! ¡Concentraos! ¡No bajéis la guardia! —ordenó Cologne desde el lateral junto a los demás, protegiéndolos. Los tres recuperaron las posiciones de combate al oírla —Hay algo raro en su aura. Creo que es un punto débil.

—Has perdido las facultades, mujer Nujiezu. ¿O acaso es la desesperación? —continuó su enemigo recuperando el odio perdido a la demencia, pero aún divertido —No tengo puntos débiles. Sólo tengo más y más poder.

—¡Eso es! —exclamó Lǎo-hǔ Lán —¡Sé lo que es!

—Hombre, el animal que no sabe matar, pero sí importunar a su amo.

—Lo siento en mi cabeza —continuó el chico ciego haciendo caso omiso a las palabras cargadas de odio de Erra —. Aunque no puedo ver, aún siento de alguna manera las energías vitales en mi cabeza. Y cuando me oriento hacia él, lo que siento es una fuente de energía vital. Una fuente ilimitada y confusa de energía vital.

—¿Una fuente ilimitada de energía? —repitió en alto. Eso explicaría sin complicación el aguante supuestamente inacabable y la recuperación tan rápida de las heridas que estaba demostrando. Pero entonces, ¿a qué se estaban enfrentando? ¿A un dios malvado?

—Ningún ser dispone de energía vital ilimitada —le comentó Kan-Lohn al monje tibetano —. Debes estar equivocado.

—No lo está, Nujiezu —rio Erra —. Soy más listo que cualquiera de vosotros, pequeños humanos, y por eso descubrí una manera de alimentarme del Sol. ¿Cómo creéis que sobreviví en los cielos? Es un lugar inhóspito, y no se parece en nada a lo que decían los sabios o los religiosos. Los únicos ángeles que hay son luces frías y distantes que no te escuchan, y sin embargo los demonios te susurran sin parar al oído…

Dejó de prestarle atención. Balbuceaba, se ponía a reír y a gritar con ira. Una vez más, quedaba patente que estaba trastornado. Pero también estaba destruyendo el planeta.

—¡Ranma! —gritó Shampoo por encima del ruido y las palabras inconexas de Erra —Ya lo tengo. Energía infinita, aunque sea vital, ha de conllevar calor infinito.

—¡Sí! ¡Ya sé lo que piensas! —respondió Ranma. Y él también se lo pudo imaginar. Si pudieran encerrar a Erra con toda su energía, debía llegar un momento en el que la energía lo aplastaría o lo carbonizaría. Sería como hacer diamantes del carbón, suponiendo que ese ser se parecía más al carbón y no al diamante, algo dudoso teniendo en cuenta como había ido la pelea hasta entonces.

—Tu plan es ridículo, infantil y está abocado al fracaso —se jactó Erra de Ranma, aunque pudo notar una cierta variación en su energía vital.

Ranma les hizo una señal, y recuperaron su forma de triángulo equilátero.

—¡Rugido del Tigre Gallardo modificado: Campana del Tigre! —gritó Ranma. Al instante, una enorme pompa de energía creció desde las manos de Ranma hasta encompasar a Erra.

El joven Saotome se acercó a Erra lo suficiente como para hacer que éste estuviera en el centro de la barrera de energía.

—Esto no era exactamente en lo que yo estaba pensando —comentó Shampoo tan distraída como él ante la demostración de poder de Ranma.

—¿Cómo es posible? —se preguntó también Cologne. Y a través del espectáculo de luces, pudo ver a Ranma sonriendo compungido.

—Siento haberte mentido, vieja, pero nunca abandoné el Todo Vale —se disculpo el chico —. Puede que haya mezclado algo ambos estilos.

En ese momento y sin previo aviso, dio un alarido de dolor.

—Duele, ¿verdad? —inquirió Erra con sorna —Estás intentando aprisionar una fuente ilimitada de energía. Tu escudo no dudará mucho.

—¡Resistirá! —gritó, y se dio cuenta de que Shampoo hizo lo mismo. Ambos copiaron la posición de Ranma, y colocaron sus manos sobre la incorpórea superficie del escudo. Al instante, éste se volvió más brillante y daba la sensación de ser más sólido.

—Gracias, chicos.

—Juntos… Perderá —afirmó Shampoo, y él sólo pudo asentir.

—Lo dudo mucho —comentó Erra torciendo el gesto —. Cómo ya os he dicho, no se puede encerrar un poder infinito por mucho tiempo. ¿Notáis ya la presión en vuestras manos? ¿Qué tal ahora que se va extendiendo al resto del cuerpo?

No quería ser el que se asustara, pero su rival estaba describiendo exactamente lo que estaba sintiendo y, seguramente, lo que sentían también Ranma y Shampoo dado su gesto de incredulidad. Era una sensación enervante, y se estaba poniendo nervioso. Si alguien tenía que morir para llevarse consigo a Erra, ese debía ser él.

—Moved el triángulo y dejadnos sitio, niños —los tres se giraron y vieron a Cologne, con Ryôga detrás, acercándose a ellos.

—Es demasiado peligroso —respondió Shampoo con gesto negativo.

—¡Todavía no ha llegado el día en el que una bisnieta le diga a una Nujiezu que una pelea es demasiado peligrosa! —exclamó Cologne —¡Moveos de una vez para que formemos un pentágono!

—¿Ryôga también va a ponerse? —fue el turno de Ranma de interrumpir —¡Pero si no sabrá cómo ayudar!

—Que hayas mezclado dos escuelas no quiere decir que tus ataques sean indescifrables —se adelantó Cologne a Ryôga, que parecía querer responder en términos menos amables.

Sin más que objetar, los cinco se posicionaron como vértices de un pentágono. Una vez más, al añadirse más personas, la barrera se volvió más brillante y más sólida. Y lo que era más importante, la extraña presión retrocedió de nuevo hasta la punta de sus dedos, aunque no tardó ni un momento en recuperar su ímpetu de avance.

—¡Eh! No estás solo. Lo sabes, ¿no? —sintió unos brazos rodearle, y casi perdió la concentración. Giró todo lo que pudo la cabeza, y vio aparecer el rostro de Kaiko. Tuvo la presencia de mente de mantener sus manos dónde debían estar.

—¿Qué haces? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué crees que estás haciendo?

—Pues empiezo a pensar que destrozar tus sinapsis —respondió ella muy seria —. ¿Qué crees? Ayudarte.

—Pero, pero…

—En serio, míratelo —se apretó aún más fuerte contra él, y calló al instante —. Akane, Perfume y yo, e imagínate cuántas veces va a ocurrir esto, estábamos de acuerdo en que teníamos que ayudaros de alguna manera. Nos sentíamos impotentes. Entonces a Cologne se le ocurrió la idea de pasar a un pentágono y que hubiese dos personas por vértice. También hizo hincapié en que debíamos estar en contacto. Así que… Bueno, la elección estaba clara.

Entonces se dio cuenta. La presión no había desaparecido, pero aumentaba más lentamente. Ahora la compartían entre todos. Y aumentaba tan lentamente que hubiera podido olvidarse de ella y quedarse así, en aquellos brazos, para el resto de la eternidad, descansando de lo que, en su opinión, había sido una dura vida.

—Tenemos que ganar, Mousse —escuchó en su oído volviendo a la realidad —. Tenemos que ganar.

—¡No hay manera de que ganéis! —anunció Erra a carcajadas de locura —¡Podéis encerrarme aquí todo cuanto gustéis, pero el planeta habrá muerto antes de que esta cárcel pueda dañarme!

—¡Ya veremos! —respondió Ranma, y Akane detrás de él asintió.

Las rocas que rodeaban la caldera de lava que Ranma había hecho surgir a los pies de Erra empezaron a derretirse también hasta que lo único que quedó dentro de la esfera de energía fue un infierno de lava particular, alejado en el mismo centro de la tormenta de rayos y truenos que no cesaba.

Siguieron así durante más de diez minutos, y la presión le llegó hasta la muñeca. Y consiguieron que Erra tuviera que arrodillarse y hasta tuviera que apoyarse con un brazo.

—Mis planes pueden ser ridículos e infantiles —gritó entonces Ranma a la forma postrada de Erra —, pero nunca fracasan, ¿has oído?

Pero Erra continuó sonriendo de forma macabra.

Para cuando la presión le llegaba al codo, sólo él sabía que Erra estaba tumbado, aplastado contra el suelo, respirando con dificultad, pero aún sonriente. La energía de la esfera había alcanzado tal concentración que parecía nubes rojas azules y amarillas que se arremolinaban formando una tormenta hermana a la que tenía encima.

—Otra cosa en la que no habéis pensado, mis último rivales —se oyó entonces la voz jadeante de Erra a través de su encierro —, es que si esta cárcel se rompe, mi energía encerrada barrerá todo lo que haya varios valles a la redonda, incluidos vosotros. Perdisteis esta lucha en el momento en el que me encerrasteis.

—¡No me lo creo! —le desafió Perfume, que agarraba con tanta fuerza a Ryôga que, de no ser por su entrenamiento especial, ahora no sería más que un puré de huesos y carne.

—Cree lo que quieras —respondió Erra aún con la capacidad de entonar su risa desvariada —. Eso no cambiará la realidad; como mucho la matizará.

Antes de que la presión le llegara al hombro, tuvo una idea. Estaba claro que Erra era capaz de aguantar la inimaginable presión que toda esa energía vital ejercía contra cada centímetro cuadrado de su cuerpo. Pero, ¿sería capaz de aguantar la misma presión intentando escapar de su cuerpo? Es decir, ¿y si introducían de golpe toda esa energía vital en Erra?

No quería plantearlo en alto. No había duda sobre el destino de quién entrase en la esfera. Y eso suponiendo que había alguna manera de hacerlo sin matar a todo el mundo. Incluso podría ser que quién entrase no tuviese suficiente tiempo para hacer nada.

Pero, al fin y al cabo, el único con el control necesario sobre la energía vital era él. Tal vez Ku-Lohn o su hermana también podrían. Pero sus cuerpos no resistirían tanto como el suyo. No se trataba de saber más técnicas, sino de simple y pura resistencia física. Y él era más joven y fuerte.

La presión seguía subiendo, y pronto ni siquiera se podría atravesar la energía contenida en la esfera, que ya tenía forma de un mar tumultuoso de rojo, azul y amarillo.

Tenía que actuar.

—Tengo un plan —anunció por encima de todos los ruidos. Notó que Kaiko se tensó a su espalda, pero continuó —Creo que la única manera de acabar con esto es que me meta ahí dentro e introduzca toda esa energía en Erra. Puede que la resista sobre él, pero dudo mucho que también pueda contenerla en su interior.

—¿Y si te equivocas? —le cuestionó Kan-Lohn, que apoyaba con fuerza a Shampoo.

—Bueno —comenzó, copiando por primera vez la actitud que más le había hecho enfadar de Ranma: la seguridad ciega —, no creo que me equivoque en esto.

—¿Estás seguro sobre esto? —insistió Cologne, que era apoyada por Lǎo-hǔ Lán —Tan sólo tendrás una oportunidad…

—¡No! —gritó Shampoo, y Kaiko hizo lo mismo en silencio apretándose aún más contra él.

—No puedes hacer eso. No puedes suicidarte sin sentido —le susurró Kaiko.

—No debes morir en esta pelea. Debes acompañarme en las próximas batallas que tengan que venir —argumentó Shampoo usando una antigua fórmula Nujiezu.

—Lo que verdaderamente debemos hacer a toda costa es ganar, ¿no? —contravino. Todos terminaron por asentir —Si eso significa que uno ha de sacrificarse, entonces ése es un precio pequeño en comparación con lo que se salva.

—¡Me niego en rotundo a aceptar eso! —exclamó Kaiko consiguiendo que todos la oyeran —¡No hemos llegado hasta aquí para que vengas ahora con sacrificios estúpidos! ¡Ni se te ocurra!

—Mousse —le llamó Ranma —, tal vez yo pueda… Tengo más resistencia que tú…

—¡No! —le cortó Cologne—Si tú pierdes la concentración aunque sea un solo segundo, esta barrera caerá, y con ella todos nosotros.

—Entonces tal vez yo pueda —intervino Ryôga.

—Si no sabes ni manejar tu propia depresión, Ryôga.

—Ranma, no sabes de lo que estás hablando…

—¡No! —fue su turno de cortar a Ranma —El único que puede hacerlo soy yo —dirigió su atención hacia Shampoo como buenamente pudo. Ella miraba hacia otro lado —. Sólo yo.

—Más te vale sobrevivir de alguna manera —dijo, pero siguió sin querer mirarle.

—Yo… —empezó entonces Kaiko en su oído, aumentando el volumen de su voz con cada palabra —…puede que no sea tan fuerte como vosotros. O puede que sea simplemente egoísta, pero no quiero que hagas eso. No quiero que te sacrifiques así. Creo que es una locura. Creo que tiene que haber alguna otra manera. ¡Debe haberla!

—No hay otra manera —respondió tranquilo.

—¡Entonces me meto contigo! Prefiero meterme contigo que quedarme aquí sola otra vez.

—Ahora estás diciendo tonterías.

—¡No es ninguna tontería! ¡Voy contigo o no vas a ninguno sitio!

—No puedo…

—¡No puedo permitir eso! —exclamó una voz conocida.

De repente, un borrón granate de unos treinta centímetros se encaramó a los pechos de Kaiko.

—¡Qué suavecito! —exclamó Happôsai con increíble juventud.

—¡Maldita sea! —gritó Kaiko —¡Fuera de ahí, maldito troll arrugado!

Pero aunque se movía e intentaba sacudirse al viejo con los brazos, no conseguía nada. Por un momento, Kaiko fue una chica más de ése loco grupo de Nerima al que pertenecía intentando quitarse de encima al pervertido acosador.

—Tan sólo quería un recuerdo —respondió Happôsai haciéndose el ofendido de forma muy teatral —. Esta juventud de ahora no tiene ningún respeto a sus mayores. En fin…

Y con eso, el viejo y arrugado maestro de la escuela Todo Vale saltó, sujetador en mano, por encima de ellos hasta el punto más alto de la esfera de energía. Acto seguido, y para asombro de todos, se introdujo dentro con aparente facilidad.

—¿Qué? —oyeron a Erra preguntarse —¿Qué es esto? ¿Quién eres tú?

—Por intentar destruir a todas las preciosidades de este mundo y sus correspondientes tesoros, vas a ser castigado —juzgó Happôsai con su tono más cabreado.

Al momento, la energía dentro de la esfera se puso en movimiento, girando como un torbellino, cada vez a mayor velocidad. En apenas un minuto, contra todo lo imaginable, la energía había dejado de ser opaca. Por desgracia, la fuerza de lo que estaba ocurriendo dentro había empezado a resquebrajar el escudo y a sentirse fuera.

El viento, que hasta entonces había sido horrible, se convirtió en un verdadero tornado que no le dejaba oír, y apenas ver, nada. Las nubes azules, como atraídas también por ese sumidero de energía, iban cayendo hacia la cima del volcán, y les terminaba de cegar.

Un nuevo temblor de tierra sacudió entonces el lugar en el que estaban, e incapaces de mantener sus posiciones, se tiraron cuerpo a tierra. En un último momento de lucidez antes de que una tremenda ola de energía le hiciera perder el conocimiento, cubrió a Kaiko con su cuerpo y deseó con todas sus fuerzas que eso fuera suficiente.

Y entonces, el fin del mundo.


Epílogo

—"Las familias han comenzado a volver a sus casas tan sólo dos días después del momentáneo renacimiento del monte Fuji como el volcán que fue siglos atrás. Porque sí, ya han pasado dos días desde que los Advenimientos, según es la creencia popular, murieron aquí. Aunque la comunidad científica descarta cualquier tipo de relación entre los fenómenos lumínicos y el violento resurgir de Fujisama, que resquebrajó casi todo el valle que lo rodea y mandó temblores por toda la isla, lo que se comenta en la calle es que de alguna manera estas son las consecuencias de algún tipo de cenit que adquirieron los Advenimientos al llegar aquí. Sin embargo, pudimos vislumbrar a un grupo de jóvenes acompañados de unas especies de monos que se adentraban bosque arriba poco antes de que empezaran los extraños ruidos y empeorar la tormenta en la cima. He prometido siempre buscar la verdad, y en esta noticia en particular, honraré esa promesa hasta las…"

—El Maestro está acabado. ¡El Maestro está acabado! Somos libres al fin.

—¿Podéis callaros de una vez? —se quejó Ranma desde su cama.

La suya era la cama más cercana a la ventana y desde la que se veía mejor la televisión. Tenía a su madre y a Akane sentadas en sendas sillas a su lado, y esa era la razón por la que, de hecho, seguía tumbado en la cama. En el momento en que se fueran, Ranma volvería a ponerse de pie y a quejarse al doctor Tôfû de que no le diera el alta.

—De hecho, yo no supondría tan rápido que Happy haya pasado a la otra vida tan fácil —ese comentario de Cologne redujo considerablemente la alegría de Genma y Sôun Tendô, aunque no los detuvo del todo.

—Ese troll es casi invencible —se quejó, tumbada, Shampoo al lado de su bisabuela. Tenía el brazo en cabestrillo, para ayudar al hombro a sanar, pero por lo demás estaba igual de impaciente por salir de allí como Ranma. A los pies de su cama estaba sentada su tía bisabuela, que continuaba atenta a la televisión.

—No me gusta nada ese reportero —comentó ensimismada.

—No creo que pase nada —respondió Akari, que debía haberse dejado al cerdo gigante en casa y que estaba sentada al lado de la cama donde descansaba Ryôga, la más cercana a la puerta.

O más bien, donde Ryôga intentaba descansar y fallaba miserablemente dada la tensión que debía sentir por su cara y su continua sudoración. Después de todo, Akari había desarrollado la misma mirada que Perfume llevaba dedicándole desde que llegó el día anterior a la clínica, a acompañar a Ryôga en su convalecencia.

Perfume por su parte había redoblado sus esfuerzos por matar con la mirada a Akari. Por ahora no había dado resultado. A pesar de la seriedad del asunto, ni él ni Ranma podían evitar reírse un poco de Ryôga.

—Yo que tú no me reiría mucho —le susurró Kaiko, sentada a su lado, dejando encima de su cama el libro que había estado leyendo —. En el momento en que dejen a Shampoo que se levante, sabes que va a pasar lo mismo contigo, ¿verdad?

—¿Qué? Ahora ya no te hace tanta gracia estar en mi situación, ¿eh? —le susurró Ranma inclinándose hacia él —¡Ja! Yo, por otro lado, al fin he solucionado todos esos…

De repente, con un estruendo, una figura apareció en medio de la habitación. Era Konatsu. Saludó a todo el mundo y entonces se puso muy serio y se dirigió a Ranma.

—Ukyô me ha mandado para decirte que a partir de mañana vendrá todos los días para cuidarte —entonces perdió toda la compostura y su vena más admiradora salió a relucir —. Ukyô me ha estado entrenando para que pueda llevar el restaurante sin que nos vayamos a la ruina. Ha sido muy dura conmigo, y firme…

Eso último creó ciertas imágenes mentales que trató de hacer desaparecer al momento.

—…pero cree que ya estoy preparado. Eso es todo. ¡Adiós!

Y como apareció, desapareció.

—Con que ya habías solucionado todos esos "problemas"… —picó Akane a su prometido, que no hizo más que desaparecer bajo las sábanas.


Esa misma noche, mientras los demás dormían, él hacía una ansiada pregunta a Cologne.

—Desde el momento en que empezamos a prepararnos para luchar contra Erra, aprendiendo las escuelas legendarias, sentí que yo… no sobreviviría a esa pelea final. Pero lo hice. ¿Cómo…

—¿No te imaginas por qué de repente tuviste esa sensación? A que no me equivoco si supongo que su intensidad fue aumentando y aumentando según pasaban los días —aventuró Cologne.

Tan sólo asintió.

—Tienes que entender, Mousse, que la escuela del Volcán te obligó a entender y manipular tu propia energía vital de una manera que prácticamente nadie en el mundo puede copiar.

—Pero, ¿qué tiene eso que ver con esa sensación, Cologne? Gracias a la escuela, puedo curar o enfermar a los demás. Puedo confundir o hipnotizar, pero no a mí mismo.

—Mousse, ahora conoces la energía vital de las personas como la palma de tu mano. Ese conocimiento ahora es una parte fundamental de ti mismo. Y tú eres tu energía vital —hizo una pausa, pero como no hubo un momento de gran comprensión, continuó —. Tu energía vital es como el agua de un estanque en calma: cuando se lanza una piedra, se ondula y le da una nueva forma. Normalmente, esa piedra serían tus propios sentimientos. Pero te has vuelto tan sensible que ya no hace falta que sean tus propios sentimientos los que den formas a tu energía vital. Puedes vibrar con los sentimientos de los demás.

—Estás diciendo… ¿qué me he vuelto algo así como empático? ¿Qué estaba sintiendo los sentimientos de muerte de otra gente?

—La gente estaba siendo afectada por lo que Erra le estaba haciendo al corazón del planeta. Perdían la esperanza, se volvían más celosos y territoriales. De alguna manera, tú resonaste con ese sentimiento, y tu cerebro lo interpretó como buenamente pudo. Después de todo, no está entrenado para distinguir tus propios sentimientos de los de los demás.

Entonces recordó algo que ocurrió poco después de la destrucción de la aldea.

—Tú me obligaste a aprender la escuela del Volcán cuando te pedí aprender la del Dragón. ¿Sabías que terminaría por adquirir esta… habilidad?

—Yo… creo que estás haciendo demasiadas preguntas. Y ya tienes las herramientas necesarias para obtener respuestas.

—Pero…

—Estoy cansada, y mañana tendremos que abrir el restaurante los que no estamos en cama. Deberías dormir, por eso de acelerar la recuperación.

Saltó de su cama y se fue de vuelta a la habitación vacía en la que dormían en la clínica, tratando de hacer el menor ruido posible al abrir y cerrar la puerta.

Apenas podía creerse lo que acababa de decirle, pero estaba contento. Cuando pensó que todo se había acabado se reveló ante esa sensación que tanto le había perseguido durante esos meses. Definitivamente tenía mucho por lo que vivir

Ahora tan sólo era cuestión de decidirse a conseguirlo.

FIN


(4): Lo que en inglés se conoce como "roofhopping", uno de esos verbos inventados que tanto les gusta crear, y que es algo bastante usado por los artistas marciales de Nerima, aunque sobre todo por Ranma.

(5): Una muy antigua tradición japonesa (y china creo que también), en la que los monjes religiosos tenían el poder de imbuir ciertos símbolos escritos en papel con poder para ahuyentar los demonios, proteger de ellos, etc.

N.A.: Estas notas van a ser un poco más largas de lo normal. Espero que no le moleste a nadie.

Lo primero de todo, sí, es un final abierto. ¿Significa eso que pretendo escribir una continuación? Por todo lo sagrado, ¡no! Todavía tengo cosas que hacer con lo ya escrito, como para ponerme a añadir más cosas.

Segundo, espero que haya gustado el final a los que han leído hasta aquí. Le he dado más vueltas a este último capítulo (y sobre todo la pelea y el epílogo) que a los últimos diez capítulos juntos. Ha sido maravilloso pero extremadamente cansado. Y evidentemente, pasará un tiempo hasta que quiera hacer algo más relacionado con Sayonara Amazonas.

Tercero hay cosas que han quedado evidentemente fuera. Si tuviera que ponerlas todas aquí, incumpliría la norma de que las notas de autor han de ser una cosita pequeñita en comparación con el fanfic o capítulo. Por eso, lo publicaré en el Wordpress cuanto antes. Habrá muchas escenas eliminadas, algún OMAKE y explicaciones sobre cosas que no han aparecido en este último capítulo.

Cuarto y evidente, si hay algún error, sería un gran favor que me lo dijeseis en los comentario o un MP.

Quinto, agradecerle a mi beta-a-veces, que a este paso nunca se leerá esta historia, que me diese su honesta opinión sobre Erra y sus acciones. Básicamente le dio todo un pasado con una simple queja.

Y sexto y también evidente, muchas gracias a todos los que han leído esta historia (extra a los comentaristas). Siempre me hacíais sentir los suficientemente mal como para no abandonar nunca esta historia y esta afición de escribir en general.

Gracias.