Capítulo 32

"¡Se Reúnen los Caballeros Astrales!"

El Fuego de la Casa de Capricornio se está extinguiendo Quedan 2:30 horas para la muerte de Atenea

Cumbre del Santuario, 15 de Marzo del 44 a.C

El panorama era desolador para la Diosa y el Santo de Altar. Las entrañas de Nyx, dirigidas por el Berserker de Behemoth, reclamaban el Cuerpo y el Alma del Caballero de Pegaso con inusitada fuerza. Helena, sabedora de los horrores del inmundo lugar al que aquella habilidad llevaría a Kryon, elevó su dorado cosmos que estaba rodeado de chispas eléctricas. Los caballeros ahí presentes observaron el fenómeno atónitos, el Cosmos de Atenea se equiparaba al Big Bang... ¡Ese era el poder de un Dios!

Caronte supo enseguida lo que Atenea pretendía, de modo que se interpuso con osadía entre ella y Kryon. Su sonrisa era descarada y retadora, sin una pizca de temor a pesar de estar frente a una Diosa del Olimpo. Una energía oscura lo recubrió en espiral junto a un Cosmos flameante.

No hubo duda alguna en Atenea. En un instante en su mano derecha, que en futuras generaciones sostendría Niké, apareció un relámpago blanco. Después de todo ella era la reencarnación de Atenea, la Diosa Virgen, que tenía potestad para usar las armas de su todopoderoso padre, Zeus. De manera aparentemente inmisericorde Helena lanzó el rayo contra el demonio de llamas y sombras deshaciendo sus oscuras defensas y cuartando su armadura.

Altar echó un vistazo primero a Atenea, cuya mirada nunca había sido tan inescrutable, y luego a Caronte. El caballero astral había permanecido de pie pese al impacto que superó incluso la potencia de la Hecatombe de Pegaso. La joven avatar preparó otro relámpago, pero entonces Kryon elevó su cosmos hasta límites cuasi--divinos liberándose de la técnica de Caronte por segundos.

Helena: ¡Kryon! - exclamó la deidad. La voluntad del Santo de Pegaso la sorprendía una vez más. Caronte quedó perplejo también... ¿El Cosmos de un humano venciendo al Caos? Antes de terminar de formular esa pregunta el caballero de armadura divina se había puesto entre él y la reencarnación de Atenea. - No es necesario que sigas combatiendo. - aseguró al joven guerrero. Sus grisáceos ojos se posaron inquisidoramente sobre el Berserker. . No confío en tus intenciones, Caronte, y no consentiré más tus agravios en este Santuario. Si insistes en esta farsa yo misma te enviaré con tus amos.- sentenció con dureza.

Caronte: ¿De vacaciones al Hades? - preguntó el oscuro.

- ¡Siempre fuiste un insolente Caronte de Behemoth! - exclamó una voz autoritaria. Los Santos de Plata y Bronce allí presentes se arrodillaron de inmediato ante un hombre de sagrados ropajes y dorada máscara. - Tú eres uno de los Siete Oscuros, los generales del Ejército de Ares que han dedicado sus miserables vidas a la mera destrucción y a la continuidad de una absurda guerra que pretendéis hacer eterna.¿Cómo es posible que seas tú, Carnicero de Grecia, el tercer Berserker escogido para reformar la legendaria Orden del Sol?

El misterioso personaje iluminó los rostros de Helena y Kryon y preocupó ligeramente a Caronte. Sus pasos se sintieron como los de una poderosa divinidad caída del cielo que reordenaba el Caos y extinguía la Oscuridad. Tal era su podre, el poder del...

- ¡Gran Patriarca Pólux! - exclamó Altar anonado. Desde el principio de la Gran Guerra entre Atenea y Ares una inmortal figura había destacado: Pólux de Géminis. El único caballero dorado capaz de enfrentar a los Siete Señores de la Guerra, el líder por excelencia del Santuario por más de mil años gracias a la legendaria técnica Misophetamenos. Pese a su infinito poder, aparentemente había caído en una fatal batalla contra Deimos y Fobos, razón por la cual él ahora dirigía el Santuario temporalmente. - ¡Creía que había...!

Pólux: No hay tiempo para eso, mi joven e impetuoso discípulo. - dijo con una media sonrisa que recordó a Altar su juventud. Su mirada se desvió hacia Kryon y Helena con pesar. - Atenea, lamento deciros que las palabras de Caronte son ciertas. Yo, Pólux* , Caballero Astral de Saturno, doy fe de la legitimidad de este duelo.

Ante la atónita mirada de Kryon, el Pontífice incendió su túnica patriarcal con su cosmos, quedando una vistosa armadura que lo cubría completamente. La coraza estaba decorada por una diversa mezcolanza de colores que evocaban las maravillas del infinito Universo, y diversas espirales en las extremidades y el torso representaban al omnipresente elemento conocido como Tiempo, potestad de Cronos. El color predominante era el escarlata, precisamente en aquella vistosa línea espiral. El cabello de Pólux era largo y de un azul oscuro intenso, su mirada, dura pero justa, contenía la experiencia de un hombre que había vivido más que nadie en la Tierra.

Kryon: ¡No puedo creerlo...! ¡... Patriarca! - tartamudeaba Kryon. El resto de Santos era incapaz de decir una sola palabra. Altar sólo pudo mirar a su Señora de reojo, notando que la joven muchacha que albergaba el alma inmortal de Atenea sabía más que todos ellos.

Caronte: ¿No era yo el joven impulsivo, Venerable Pólux? – preguntó el Berserker con jovial irreverencia. – Ahora mismo vuestros pupilos han de estar pensando... ¿El Patriarca nos traicionó? ¿Será Pólux El Dioscuro un traidor a Atenea? – decía con un dejo de ironía. El Pontífice respondió a la actitud del Carnicero de Grecia con la severidad del maestro que un día fue para aquel Berserker pelirrojo.

Pólux: Atente a la gravedad de tus palabras y a las consecuencias de tus actos, Caronte. Aún los Hados no han querido desvelar la identidad del próximo Caballero Astral, pues Kryon aún vive. – apuntó con seguridad y firmeza en cada palabra. El oscuro sonrío con soltura y luego calló, denotando un cierto respeto hacia al líder de los 88 caballeros de Atenea.

Kryon: ¡Gran Patriarca! ¡Exijo una explicación! – exclamó el en futuras generaciones legendario guerrero. Pólux agachó la cabeza y cerró los ojos por un momento; El joven Santo de Bronce había pensado justo lo que Caronte había dicho... ¿Cómo culparlo? Con decisión, el Patriarca se dispuso a esclarecer la situación pero sorprendentemente Atenea tomó la palabra.

Helena: Cada 200 años, la Diosa Atenea reencarna en un cuerpo mortal para enfrentar a las Fuerzas del Mal. Es por este motivo que existen el Santuario y los 88 Santos, que han de ser dirigidos por un hombre bueno, noble y justo, el Sumo Pontífice.- La diosa encarnada miró primero a Pólux y luego a Kryon, que estaba desconcertado de los nuevos acontecimientos que él había percibido como una última batalla antes de la eterna calma. La joven sólo pudo proseguir.. - Sin embargo existen batallas mucho más crueles y despiadadas que aquellas que enfrentan a dos Dioses del Olimpo. Son guerras demasiado crueles como para narrarlas, guerras que sólo pueden ser olvidadas y que sólo pueden ser enfrentadas con la ayuda de todos los Dioses Mayores del Olimpo...

Pólux: ... Un campeón de cada Dios es elegido por el mismísimo Zeus hasta formar la llamada desde tiempos ancestrales Orden del Sol o de los Caballeros Astrales. Nueve guerreros, los más poderosos de su generación. Kryon, tú has herido a Hades, y Caronte ha herido a Atenea. Sólo uno pagará por los pecados de ambos, y sólo el vencedor será revestido en una de las nueve albas que corresponden a los planetas que giran alrededor del Sol.

Helena palideció. Con su mirada pidió a Altar que se marchara con el resto de caballeros, sobrevivientes de una guerra que, lamentablemente, sólo había servido para abrir las puertas a una nueva batalla aún más sangrienta. El líder en funciones del Santuario miró a su superior, esperanzado en que, como en anteriores ocasiones, lo solucionara todo con pocas palabras, pero Pólux sólo negó con la cabeza. Tras unos minutos los Santos se habían ido.

Kryon: ¿Es un pecado haber luchado en el nombre de Atenea contra Hades, cuyas malignas ambiciones ponían en peligro a toda la Tierra? ¿Es un pecado desear la paz que tanto ha costado lograr a este Santuario? ¿Es que acaso no respetan vuestros dioses el sacrificio de tantos Santos?

Caronte: ¿Pretendes oponerte a la voluntad de los dioses, Kryon? – preguntó el oscuro con suspicacia. – Ni siquiera yo soy tan arrogante... ¿Por qué perder la vida estúpidamente blasfemando contra el Olimpo? ¡Vamos! Tienes las mismas oportunidades de redención que yo... ¡Sólo eleva tu Cosmos y enfréntame sin piedad!

El Berserker incendió su Cosmos y sonrió mostrando sus colmillos. Su mirada ámbar, muestra de su estado Bersek, se volvió más intensa que nunca y sus garras carmesí cortaron el aire hasta alcanzar a Kryon. El Santo de Bronce paró en seco la trayectoria de su rival con sus meteoros y elevó al infinito todos sus sentidos. No le importaban la Orden del Sol o los demás dioses, pero no estaba dispuesto a perder aquella batalla.

Kryon: Caronte... ¡Juro que esta será nuestra última batalla! ¡Sólo uno quedará vivo hoy! – aseguró el ateniense con determinación, al tiempo que, a una velocidad que excedía la de la luz, atacaba nuevamente al Berserker

Helena: ¿Es esto necesario? – preguntó la joven. Los rivales ya se habían elevado a los cielos, combatiendo en el aire con todos sus recursos, sin dejar ninguno tregua al otro. – Por tus venas corre la sangre de mi verdadero padre, Patriarca. Eres mi medio hermano, dime la verdad.

Pólux: Atenea... La decisión fue tomada por Zeus, Rey de los Dioses, y aprobada por el Consejo por unanimidad. Sólo podemos esperar que sea Kryon quien gane la batalla Vos debéis regresar al Olimpo conmigo, tu tiempo como mortal ha acabado. – sentenció el Patriarca acercándose a la dubitativa deidad. – No debéis interferir más en esta batalla o ambos podrían ser juzgados y condenados.

Lejos de los más poderosos seres de la Tierra, dos guerreros tan poderosos y opuestos como la Luz y la Oscuridad trascendían la primera capa de la atmósfera en su equilibrada lucha. Al separarse se mantuvieron en el aire, retándose con la mirada y preparando nuevamente sus más poderosos kens.

Kryon: No perderé esta batalla. ¡Por ti Helena! ¡Meteoros de...!

Antiguo Sendero de las Doce Casas, Santuario del Sol y la Luna

- ¡... Pegaso! ¡... Helena! ¡No perderé!

Cuando Seiya estuvo consciente de las palabras que habían escapado de su boca, una sensación extraña recorrió su cuerpo. Imágenes difusas de un pasado lejano y una dura batalla llegaban a su mente pero no podía descifrarlas. Todo recuerdo desapareció cuando un rápido golpe lo lanzó contra el suelo, bajando varios metros hacia abajo dejando un surco. Cuando Pegaso pudo levantarse sólo vio el severo rostro de Kanon de Géminis.

Seiya: ¿Qué... te pasa, Kanon? ¿Por qué me atacas? – preguntó el joven nipón mientras pasaba su mano por la nariz. ¿Sangre? El Santo de Géminis había puesto en su puño bastante fuerza.

Kanon: Te lo dije en el Hades, Pegaso. Yo no soy tu aliado, soy un caballero de Atenea como tú pero no soy tu aliado. – endureciendo la mirada y concentrando su cosmos, Kanon lanzó sendos puñetazos a la velocidad de la luz que más bien parecían rayos láser vapuleando a Seiya que por alguna razón, no podía siquiera defenderse.

Kiki: ¡Basta, Kanon! – gritó el muviano. Una fuerza invisible paralizó al Caballero de Oro y deshizo los golpes para sorpresa de Kanon, que veía como

los poderes mentales de Kiki se elevaban a cada segundo. El niño que tras haber estado durante un tiempo en Nyx se había vuelto físicamente adulto, sólo había deseado que pasara y pasó, cosa que lo sumía en una sensación entre miedo y poderío.

Kanon: Lo sucedido en los Riscos de la Locura me demuestran la ineptitud de este Santo que se ha mostrado indigno de la bendición que Atenea le otorgó con su propia sangre. Sus errores nos han costado la muerte de Shiryu y el no saber si Atenea y Orestes están vivos o...

Kiki: ¡Están vivos! – aseguró con determinación frunciendo el ceño. Cuando Kanon volteó con rapidez y lo miró directamente casi trastabilla, pero pese a todo se mantuvo firme. – Lo sé... Tengo un presentimiento.

Kanon: Ese hombre, Caronte, no parecía tener la más mínima duda en matar a Atenea. Orestes estaba inconsciente y nosotros... – paró por un momento. Recordó que él también había cometido un error al lanzar tan apresuradamente la Otra Dimensión... ¿Pero cómo imaginar que aquel ser se había convertido verdaderamente en un Dios? – Perdidos entre las dimensiones.

Kiki Todos tuvimos algo de culpa. Mis poderes fueron insuficientes para detener a ese monstruo. – apuntó con pesar el lemuriano.

Seiya: ¡No es así Kiki! Si al menos hubiese sido más prudente ahora Shiryu no estaría muerto y... ¡ESE MISERABLE DE CARONTE ESTARÍA...! – exclamaba Pegaso más furioso que nunca. En toda su vida había sentido tanto odio hacia una persona. Para calmar esa rabia Seiya lanzó su puño contra el suelo con tal fuerza que incluso le sangró la mano.

Kanon dio a la espalda a Kiki y Seiya. Reconocía que cada uno de ellos había fallado miserablemente pero de algún modo presentía que el error más fatal fue el uso de la espada que llevaba Pegaso, sí, aquel arma era la razón de la supuesta divinidad de Caronte.

Seiya: Caronte... ¡Me las pagará! – exclamó con rabia inusitada. Sin pensarlo corrió por el sendero hasta perderse en el horizonte, Kiki quiso detenerlo pero Kanon lo impidió. Finalmente, los dos siguieron a Seiya tras percatarse de un cambio inusual en el ambiente: Contrario a la eterna luz del Santuario desde que llegaron, ahora sólo había oscuridad y una lluvia ligera pero constante.

Palacio del Soberano Celeste, Esfera de Urano

Titania de Urano, Titán de Saturno, Galatea de Mercurio, y Narciso de Venus. Cuatro Caballeros Astrales que más parecían jinetes de un venidero Apocalipsis en su caminar por un largo e iluminado pasillo. Las vidrieras que traían luz al lugar dibujaban figuras angelicales y escenas referidas ante la primera gran batalla entre el Bien, representado por Urano y su séquito celestial, y el Mal, que era dirigido por el Rey Oscuro Erebo y sus huestes demoníacas. El suelo era de un azul prácticamente cristalino y el techo era de puro e inmaculado mármol.

Titania: Una vez asintió, mi hermano entró en este templo seguido de Enio y las tres Erinias. – comentó la amazona. Sus palabras sólo eran escuchadas por Titán y Narciso, pues Galatea sólo saltaba de un lado a otro tarareando una canción. – Su presencia y su armadura no son las de ningún mortal, ni siquiera nosotros que hemos probado la ambrosía, podemos decir lo mismo, y fue en los Riscos de la Locura cuando anunció haberse convertido en...

Narciso: Un Dios. – cortó el de castaños cabellos, terminando la frase de manera que captó toda la atención. – Todo lo que ha ocurrido desde nuestra liberación hasta ahora ha sido planeado meticulosamente para que llegara este momento. Aunque he de reconocer que esperé que Eolo y sus discípulos nos hubieran librado de la penosa necesidad de enfrentar a los Santos de Atenea, pero realmente el que ellos llegaran aquí nos permitió movernos con total libertad.

Titania: De modo que conspirasteis contra Apolo y pusisteis en práctica vuestro plan a espaldas de mi padre y de la comandante Dafne con la excusa de perseguir a aquellos que se oponían al Santuario. – dijo la astral. Narciso asintió con cruel sinceridad, en ningún momento había dudado en traicionar a Apolo. – Entonces mi hermano secuestró a esa muchacha para atraer a los Santos hasta aquí, y encerró a Atenea en Nyx para que la batalla se prolongara durante un tiempo indefinido. ¿Me equivoco?

Narciso: En absoluto, todo lo que has dicho es correcto. Era necesario mantener a Atenea débil o la batalla final habría sido demasiado inmediata para nuestros planes. – respondió el, cruel, ángel. Sus palabras estaban llenas de soberbia y orgullo a tal nivel que molestaba a Titania. – Aunque sí hay algo en que te equivocas... – la astral puso más atención que nunca – Caronte no secuestró a la hermana de Pegaso por mera casualidad, oh, bueno, tal vez él lo crea así...

Titán: ¿Qué dices Narciso? ¿¡Acaso usaste la Mano de Dios con Caronte!? – exclamó furioso el gigantesco astral. Titania volteó a ver a su compañero de armas, entendiendo que había cosas que ni él sabía respecto a la conspiración. Al regresar la mirada al regente de Venus, se topó con esa sonrisa autosuficiente que solía mostrar cuando tenía pleno control sobre la situación.

Narciso: Mi hermano estuvo de acuerdo en que la usara, al fin y al cabo, estamos conspirando contra la voluntad divina, y el Destino no es, precisamente, nuestro aliado.

Titania: ¿Alguien tan soberbio y confiado en sus planes temiendo que el azar no le sea favorable? – preguntó la amazona, extrañada. - ¿Tanto esfuerzo por un señuelo?

Narciso: Creo que ya lo mencioné, no fue casualidad que la hermana de Pegaso esté ahora en el Santuario. En realidad la información nos la otorgó Nereo... – Titania carraspeó, demostrando no saber de quien hablaba. – Ese viejito tan simpático que insiste en títulos de nobleza sin la mayor importancia. Desde el momento en que mi hermano fue liberado, nos ha hablado de las profecías de Urano y... de Mitsumasa Kido.

Titania: ¿Mitsumasa Kido?

Narciso: Sí, un altruista con mucho dinero y un infarto. ¡El ideal de cualquier dama! – exclamó en tono bromista. Un gesto de Titania bastó para que el astral de Venus recordara que su compañera no era devota de los chistes, y mucho menos si se decían en medio de una conversación importante. – Lo importante es que ese hombre ha sido una pieza tan importante como misteriosa en la Guerra Santa anterior, pues es gracias a él y el Santo de Sagitario que ahora Atenea vive... para molestarnos.

Titania: No es la primera vez que la intervención de un ser humano ayuda de algún modo a Atenea o sus Santos. – comentó la amazona.

Narciso: ¿Y no es la primera vez que un ser humano tiene cien hijos con casi cien mujeres distintas? – preguntó con suspicacia. Aquella información hizo que Titania pronunciara el único nombre que venía a su mente.

Titania: ¿¡Zeus!? – exclamó. El de cabello castaño sonrió a medias pero enseguida negó divertido.

Narciso: No, Mitsumasa era un humano relativamente normal y no la reencarnación de ningún Dios, sin embargo... Cien hijos, la purificación del Santuario, la caída de Hades y sus 108 Espectros, el resurgir de Poseidón... Son detalles que me han hecho pensar que tal vez las profecías de Urano culminen en esta era.

Titania: ¿Hablas de los Tres Juicios?

Narciso: Así es. "Siete serán las Guerras Santas precedentes a la corrupción de la luz. Cuando el blanco torne a oscuro, el Cielo enviará a Cien Ángeles de carne mortal que deberán guiar a la Diosa hacia la purgación del mal. Muchos serán los sacrificios y milagros que se sucederán pues trágico habrá de ser el preludio al Ocaso. Cuando caiga el Emperador Gris el Rey Negro se alzara con su manto de oscuridad para cubrir el mundo, y sólo los Hijos del Cielo podrán vencer al mal encarnado, sólo ellos abrirán las puertas del final de los tiempos" – recitó el de luminoso cosmos – Así empieza la profecía pero hay más... "Será cuando desaparezca el mal en la Tierra cuando el Cielo baje nuevamente a la inmaculada Gea para juzgar a los hombres por sus acciones, los ángeles envidiarán a los Hijos del Cielo y la Dama de Plata envidará a la Diosa."

Titania: No es necesario que digas más. – cortó la amazona. – Realmente todo ha ocurrido como estaba predicho en esa profecía y si ahora la recitas con tanta confianza quiere decir que sigue ocurriendo, que realmente este es el primero de los Tres Juicios, el principio del Ocaso de los Dioses.

Narciso: Cierto es. – dijo. – Pero como sabes las profecías de Urano no dicen nombres sino situaciones y títulos. Esta ambigüedad hace que quien desee beneficiarse del resultado final, deba jugar bien sus cartas, y eso es lo que yo he hecho trayendo a Seika Kido, que sin duda es una Hija del Cielo.

Titania: Sólo tengo una pregunta más. ¿Qué es... La Revolución de los Astros?

Extrañamente, Narciso no respondió a esa pregunta ni dijo nada, Galatea paró su canción y sus saltos quedando sobre la espalda de Titán, que sólo suspiró resignado. La que fuera llamada en la Era del Mito Reina de las Amazonas observó que ya habían cruzado el pasillo y las puertas se habrían de par en par. Ante ella había una gran mesa con once sillas de diversos colores simbolizando a los planetas del Sistema Solar en tonalidades que emulaban a las joyas. Frente a los cuatro astrales estaba precisamente Caronte y a los lados de este se encontraban las Erinias mientras que Enio estaba sentada sobre un sillón color ámbar a la izquierda del asiento negro azabache de Plutón.

Caronte: Desde el principio de los tiempos las estrellas, los planetas y todos los seres vivos han bailado el son que los Dioses les impusieron... – empezó a decir el oscuro de ojos dorados. – Eso habrá de cambiar, en este día y a esta hora, el Universo se rebelará a sus amos. ¡En la Revolución de los Astros!

Titán: R... Realmente... ¡Te has convertido en un Dios! – exclamó un sorprendido Titán. El Cosmos de su compañero de armas y amigo se había vuelto tan inmenso que podría rellenar el Universo.

Caronte: ¿Hmm? ¿Dios? ¿Caballero Astral? ¿Berserker? ¿Qué importancia tiene qué sea ahora? Todo cambio es efímero y superficial, al final, uno nunca deja de ser quien es, y yo, mi viejo amigo, no he dejado de ser Caronte... Asesino de Dioses.

Aldea de Pafos, Cinturón de Hipólita

La lluvia azotaba despiadadamente aquel pequeño poblado tal como lo hacía en todo el Santuario profanado desde que el Cosmos del Dios Apolo desapareciera misteriosamente. Una mar de nubes negras empezaba a cubrir el cielo como negando que cualquier rayo de luz tocara aquella sagrada tierra, en una suerte de réquiem por el Señor del Santuario.

Mientras tanto, la superioridad numérica que el variado grupo de guerreros había tenido anteriormente, se había convertido más en una desventaja que otra cosa. Pues Grethel, la siniestra Cazadora, usaba sus ilimitados poderes mentales para controlar las mentes más débiles de entre las aspirantes con el fin de causar caos y revuelo entre sus enemigos.

Sorrento, que adivinó enseguida la estrategia de su rival, usó su flauta para tocar una corta pero dolorosa melodía que sufrieron especialmente las aspirantes, mientras que Shaina, Isaac y Tetis tan sólo sintieron un cosquilleo. Rápidamente el General Marino ordenó mediante gestos a Haruko y Akiko que se aseguraran de alejar a sus compañeras y llevarse a los heridos. Aunque estaba en un estado algo mejor que los inconscientes Geki y Spartan, la sirena aceptó a regañadientes alejarse.

Grethel: De cinco a tres, realmente no siento la diferencia – aseguró con soberbia antes de lanzar tres saetas de luz lunar.

Valiéndose de sus cosmos, los tres guerreros bloquearon los ataques de su enemiga y se separaron por un momento rodeando a la confiada Grethel. Al mismo tiempo lanzaron cada uno su ataque más poderoso, pero los kens tan sólo fueron bloqueados por un invisible escudo mental que luego se expandió arrasando con todo y golpeando fuertemente a sus enemigos, quienes inmediatamente se recompusieron.

Grethel: ¿Cómo he de demostraros que no hay posibilidad de que ganéis este combate? – preguntó con cierto hastío.

Mediante la teletransportación, Grethel sorprendió a Sorrento golpeándolo duramente en el estómago y, en un corto contacto visual, pretendió paralizarlo mediante hipnosis. Antes de que el General contraatacara, la Cazadora posó sus labios durante un segundo en la flauta, haciendo que Isaac, que se encontraba más cerca, sintiera un fuerte dolor de cabeza. Una chispa eléctrica alertó a la psíquica del ataque de su otrora compañera de armas pero en realidad fue una trampa, pues mientras pretendía golpear a Shaina, el General Isaac de Kraken usó sus poderes congelantes en su cabeza.

Grethel: ¿Esa es vuestra estrategia? ¿Congelarme… ? ¡Ilusos! – vociferó la orgullosa psíquica antes de lanzarse a por sus enemigos, empezando por Shaina. – Te demostraré cuán equivocada estabas al rechazar mi poder, Ofiuco, cuando acabe contigo deberás reconocerlo… ¡Lo harás!

El fervor de la amazona hizo que por un momento Isaac sintiera cierto temor, pero al ver el rostro tranquilizador del General Sorrento y la firmeza de la amazona de plata, recuperó la compostura, recordando la falsedad de su determinación al convertirse en General de Kraken… ¿Realmente fue leal a Poseidón en aquel entonces? ¿Buscaba verdaderamente justicia? Pensó entonces que aquella muchacha estaba tan engañada como él lo estuvo, creyendo que lo que hace es correcto cuando siquiera se habría puesto a pensarlo detenidamente.

Isaac: ¡La única ilusa eres tú que pretendes ser la fiel sierva de un ideal en el que no crees! – gritó el marino, provocando que Grethel girará hacia él. El rostro de la amazona era de burla.

Grethel: ¿Ideales? Yo obedezco las órdenes de aquel que me mostró un camino cuando el mundo oscureció el que yo había escogido. No soy ninguna ingenua engañada por impulsos de mi juventud, General. Y eso te lo demostraré de la única forma que se pueden demostrar las cosas… ¡CON PODER!

Con una elevación de Cosmos y poder mental dignos de un experimentado Santo de Oro, Grethel lanzó una infinidad de saetas en derredor. Sorrento sacó inmediatamente su flauta y tocó una corta pero serena música que detuvo la mayor parte de las flechas, siendo que el resto fue detenido por las purpúreas y electrizantes garras de Ofiuco. Sin embargo Isaac no se esforzó en detener las pocas que iban hacia él, pues sólo eran ilusiones que pretendían camuflar la embestida de la Cazadora.

Grethel: Yo misma soy la más poderosa de mis flechas General… ¡Y ahora lo des…!

Isaac: ¡Aurora Boreal!. – exclamó Kraken mientras lanzaba su técnica al tiempo que Grethel atravesó su escama partiéndola en infinitos pedazos. Un líquido escarlata bajó abundantemente por el abdomen del marino. Sorrento hizo ademán de querer ayudarlo pero al notar que Grethel lo atacaba psíquicamente se vio obligado a retroceder, bloqueando los ataques con su flauta.

Más rápida que ningún caballero de plata, Shaina se abalanzó sobre la aturdida psíquica, cuya armadura estaba cubierta por escarcha procedente del ataque de Isaac; la parálisis que sufría por esto era una ventaja para la amazona italiana, que golpeó con sus garras la armadura plateada que cubría a su enemiga. Por su parte, la cazadora no podía concentrarse al sentir demasiado frío en su cabeza, ahora entendía por qué Kraken la había atacado precisamente en ese lugar, y eso la enfurecía.

Grethel: N… No… ¡No ganaréis! – gritó entre tartamudeos, la temperatura a la que estaba soportando era demasiado cercana al cero absoluto, insoportable.

Sorrento: No debemos permitir que se recupere… - murmuró el General Marino, Isaac y Shaina asintieron, elevando sus cosmos y preparando sus técnicas.

Grethel: ¿Con esos débiles poderes creéis significar algo en esta guerra? ¡Sólo sois escoria! – gritó. Ante la venida de la trinidad de poderes, la mujer se fundió con su cosmos, que emulaba a la luna misma, y lo expandió en forma de miles de flechas de luz plateada que destruyeron todo en derredor. Cuando la luz se hubo apagado, la guerrera empezó a respirar y espirar una y otra vez, agotada por el esfuerzo.

Isaac: ¿Por qué te empeñas en enfrentarnos con todo tu poder, Grethel? ¿Cómo puede ser tan grande la determinación de una guerrera que lucha en el nombre de un ideal muerto? ¡Responde! – exclamó el marino, incapaz de entender a su rival. Sorrento y Shaina permanecían expectantes.

Grethel: Da la vuelta a esa pregunta, General. ¿Por qué os empeñáis vosotros, humanos, en luchar por seres divinos que os traicionan una y otra vez? ¿No ennegrecen vuestra virtuosa cruzada las almas condenadas en el Hades, olvidadas por los Dioses por los que lucharon en vida?

Shaina: Atenea es la protectora de la Tierra, que la defiende de seres malignos como los demás Dioses o los Caballeros Astrales en los que tanto crees. No espera nada a cambio, y nunca ha querido someternos, y al igual que ella nosotros no esperamos privilegios ante la vida o la muerte por nuestra lucha.

Sorrento: Los Generales Marinos somos humanos en cuerpo, pero atlantes en espíritu. Desde hace miles de años, hemos jurado lealtad al Emperador Poseidón, y nada ha cambiado con el tiempo. Nuestro Señor anheló la extinción de la corrompida raza humana, a la que juzgó con su divino poder. Sin embargo, en la guerra que nos enfrentó a la Diosa Atenea, fuimos derrotados por su misericordia y solidaridad, y es por eso que nosotros, los Generales Marinos, tal y como desea nuestro Señor, luchamos hoy aliados de los Santos de Atenea, dispuestos a defender una nueva oportunidad para los humanos, así tengamos que oponernos al Olimpo entero.

Grethel: ¡Cuán bello discurso! ¿Por qué no lo adorna el otro general? – preguntó con suspicacia la cazadora.

Isaac: Yo… - Kraken sintió un nudo en la garganta, ingenuamente había pretendido "salvar" a aquella mujer que parecía estar en la misma situación que él estuvo cuando decidió servir a Poseidón, pero él no había escapado de aquel dilema. ¿Por qué estaba luchando? ¿Por qué vestía la escama de Kraken?

Las dudas de Isaac satisficieron a la maliciosa guerrera de Artemisa, pero no por mucho tiempo. Veloz como la luz, una majestuosa ave de fuego volvió cenizas la armadura de Grethel, al tiempo que una filosa daga cuyo ardor emulaba al Sol presionaba su cuello. Los generales y Shaina no pudieron responder a tiempo cuando Atalanta, comandante de las guerreras de Artemisa, apareció apuntándoles con un inmenso arco pétreo.

Atalanta: Es mejor que no opongáis resistencia. – amenazó - Sabemos de la traición de mis subordinadas y estamos dispuestos a proponer una alianza temporal, pero eso no cambia el hecho de que seáis nuestros enemigos y un no equivaldría a la muerte. ¿Y bien? ¿Qué decís?

Casas de Curación, Santuario del Sol y la Luna

Risas femeninas de burla y orgullo enfurecieron al cegado Santo de Pegaso, que acababa de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Con torpes pasos retrocedió, estaba en el templo donde los Santos se recuperaban de las heridas que sufrían durante las guerras santas, y enfrente estaba una sirena, una de los guerreros marinos que invadieron la mansión Kido en el nombre del supuesto verdadero Rey de los Océanos.

Ángela: Vaya, vaya. ¡Cómo han cambiado los Santos de Atenea! Tan caballerosos, e insufriblemente nobles, ahora actúan como berserkers, y luego como cobardes.

Le dolía la cabeza, al intentar sentir el Cosmos de Atenea, su mente se había distorsionado, sintió ira, rabia, furia, un odio incomparable que lo había traído hasta ahí pero… ¿Por qué precisamente hasta ese lugar? De algún modo sentía una presencia, su hermana… ¡Seika!

Ángela: Deberías agradecer a mi Señor, el gran Nereo. Apolo no hubiera dudado en hacer de esa muchacha una más de sus tragedias.

Seiya: ¿Dónde está? – preguntó el caballero, pero la sirena permaneció callada. De nuevo aquella ira, nacida desde el fondo de su alma. - ¿¡Dónde está!?

Ángela: ¿Qué ocurrirá si no te lo digo? ¿Moriré? Tantos años luchando contra los Dioses y sus fieles guerreros, deberían haberte hecho entender que la vida de alguien que ha jurado servir a un Dios, no vale tanto ni para sí mismo.

Seiya: "Hay cosas peores que la muerte… ¡No! ¿Qué estoy pensando? ¿Qué me ocurre? Estoy así desde que supe que Saori… ¡Ella está viva! ¡No puede haber muerto! ¡No así! Pero su Cosmos, no lo siento. Si tuviera Excalibur, podría quebrar las barreras del tiempo y el espacio y encontrarla… "

Aprovechando el estado confuso del Santo, la sirena quiso golpear al caballero con un ken que destruiría su armadura, pero una mano masculina detuvo con fuerza y suavidad a la vez su brazo, al voltear algo ofuscada, Ángela no pudo decir palabra alguna, pues rsabía quien era. Seiya también reconocía a aquel hombre, el mismo que había conocido en el orfanato antes de ir a Grecia.

"Por muchos sucesos que formen nuestra vida, por muy incoherentes que parezcan, por mucha extrañeza que tengan, todo es, al fin y al cabo, designio del destino. Sigue tu destino Seiya, déjate llevar, deja que se confíe, y cuando lo puedas mirar, cuando lo puedas sentir, véncelo y vive tu vida, a tu manera."

Aquellas palabras de un joven de no más que veinte años, piel bronceada y cabello platinado resonaban en la mente de Pegaso, era él, el mismo huérfano con el que se había encontrado antes de marchar a Grecia. ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Quién era él?

- Volvemos a vernos, Seiya. – dijo el muchacho, que en realidad era Zeus, Rey de los Dioses.

Palacio del Soberano Celeste, Esfera de Urano

La oscuridad que parecía reinar en aquella sala cuando los caballeros astrales la veían desde el pasillo, parecía resquebrajarse según entraban. ¿Alguna reminiscencia del mito de la lucha de Urano? El dios que luchó entre ilimitadas sombras y que otorgó luz al Universo venciendo a su caótico y cruel antecesor, Erebo. Titania no tenía tiempo de pensar en aquello, pues en su cabeza habían demasiadas dudas sin resolver, Narciso apenas gustaba de contar medias verdades, no podía confiar que hubiera dicho todo lo que sabía.

El lugar estaba bellamente decorado; el techo era una inmensa bóveda hecha con materiales sagrados, según supusieron los guerreros, y con una serie de relieves que parecían evocar a los tres Dioses Ancestrales: Urano, Gea y Pontos. La mesa era redonda y cristalina, y en ella se podían observar el Sol y los nueve planetas que lo rodeaban, siendo Plutón sustituido por Avalon.

Para cada astral, la presencia de Caronte como Dios no era algo que pudiera ignorarse, incluso cuando habían visto como se formaba su armadura a partir de la Esfera Plutón. Su Cosmos había dejado de sentirse, y los motivos plateados de su coraza formaban una especie de simulación de las arterias y venas del cuerpo humano. Su sonrisa era lo que les permitía asegurar que seguía siendo él, irónico, irreverente, aunque de un modo más extremo, como si su status divino le hiciera sentir que ya no había nada a lo que tuviera que rendir pleitesía, como si realmente convertirse en deidad le hubiera dado la libertad absoluta. Observando que sus compañeros permanecían de pie, el astral hecho Dios se levantó invitándoles a sentarse, pero Titania, la más sorprendida, no pudo reprimir el impulso de abrazar a su hermano.

Titania: Ha sido completamente irracional enfrentarse al Rey de los Dioses, aun no comprendo como es que estás vivo. – dijo sin separarse de Caronte, quien parecía más alto y magnífico con su imponente armadura. Sin embargo, lejos de mostrarse frío y arrogante como era de esperarse de alguien que acababa de obtener el poder absoluto, sonrió, respondiendo a la amazona con igual fraternidad. Pronto Urano se separó recuperando la firmeza que solía mostrar, sin demora se dirigió a su asiento, esperando averiguar qué había ocurrido en los Riscos de la Locura.

Galatea: ¡Sí! Te tardaste mucho hermanito, nos tuvimos que ir de las isla grande y blanca y yo me estaba empezando a divertir. – reprendió la pequeña Mercurio con infantil enojo.

Narciso: La aparición de Zeus no estaba prevista, aunque por lo que veo supiste adaptarte al nuevo libreto perfectamente. – comentó Venus, quien siempre había visto el mundo como una gran obra de teatro, siendo Dioses y hombres meros actores en esta.

Titán: ¡Concuerdo con Narciso por una vez! – exclamó el gigante, entusiasta – Dices seguir siendo el mismo, pero algo ha cambiado Caronte...

Caronte: Bueno, he pasado por una pequeña apoteosis, sí. – afirmó el oscuro mientras volvía a sentarse. Mediante un ademán indicó a sus demás compañeros que lo imitaran. – Gran parte de lo que ocurrió en los Riscos de la Locura se lo debo a la misión que Apolo nos encomendó a Galatea y a mí, gracias a los conocimientos que obtuve en ese viaje he podido conducir mi mortal existencia hacia el último paso en la evolución, la propia divinización de un ser humano.

Alecto: Como podéis suponer ahora mismo, estáis ante una blasfemia viviente. – comentó la Erinia, no con resentimiento ni alegría, sino inescrutable. La infernal divinidad que juzga los delitos morales no atiende a la ambigüedad sino que la juzga sin titubeos, aunque para el hombre sus juicios sean subjetivos.

Narciso: ¡Qué excitante es cuando las damas son tan directas! – exclamó con picardía el astral. – Curiosas aliadas has traído a nuestra reunión, hermano.

Caronte: Es necesario tener cerca a aliados imparciales, que sepan remarcar tus propios errores sin temor, eso nos permite evitar males originados de la excesiva confianza, que con el tiempo puede tornarse en soberbia y arrogancia. Yo también consideré esto una blasfemia cuando observé el contenido de aquellos libros pero... ¿Qué importancia tiene ahora? Desde el momento en que decidí rebelarme, supe que no habría marcha atrás, el arrepentimiento no forma parte de mis expectativas.

Titán: Seguir el camino de los Dioses sin creer en ellos hubiese sido una blasfemia más abominable. ¿Eso quieres decir, Caronte?

Caronte: Así es, cuando la ciega fidelidad ha abierto los ojos lo mejor es dejarla morir, pues en caso contrario sólo estaríamos traicionándonos a nosotros mismos, convirtiéndonos en meros cobardes que luchan por migajas de poder, y no hay forma de existencia más mediocre que esa. – sentenció el Dios con desprecio.

Titania: Creo que cuando el siervo anuncia a sus amos que va rebelarse, el expresar sus razones ya carece de importancia, pues son las consecuencias y no las causas las que rigen el destino del mundo.

Alecto: Sin embargo tú deseas saber la causa de la divinidad de tu hermano. ¿Cierto? – preguntó la Erinia, Titania sólo asintió.

Caronte: El proceso es demasiado complejo e irrelevante hermana, lo importante son las consecuencias, lo que importa es que ahora tengo el poder para hacer realidad nuestros sueños. – aseguró el dios con calma.

El silencio reinó por unos instantes, había una pregunta más que Titania ya había pronunciado antes de que comenzara la reunión, cuando ella y el resto de caballeros astrales conversaban en el pasillo que precedía a la sala. Caronte sabía que debía responder con claridad y detalle, para disipar cualquier duda que sus hermanos pudieran tener sobre sus planes.

Caronte: La conquista de todo, la destrucción de todo. – comentó el oscuro dios repentinamente provocando que Titania carraspeara mientras que Galatea, que estaba distraída observando los dorados ojos del que se suponía, era su hermano mayor, dio un gran salto hasta casi golpearse contra la bóveda. – La Orden de los Caballeros Astrales liderará la Humanidad contra los Dioses, reunirá un ejército en la Tierra y hará cenizas el Cielo. De eso se trata, hermana, la Revolución de los Astros.

Titania: Lo dices como si nuestro enemigo fuera una tribu de simios con armas de piedra. – dijo escéptica la guerrera, con un cierto dejo de sarcasmo.

Narciso: Vaya, vaya, Titania. ¡No sabía de ese humor tuyo! ¿Será que eres realmente humana? ó al aire y con ironía el angelical caballero astral, sin ser tomado en cuenta por la fría amazona.

Titania: Humana y prudente, virtudes de las que careces. – respondió con orgullo. El guerrero de Venus sonrió divertido.

Tisífone: Tu prudencia es tan comprensible como la arrogancia del caballero de Venus, Titania de Urano. Sin embargo has de saber que los Dioses del Olimpo deben y pueden ser juzgados por su negligencia y despotismo, pues fue nuestro padre, Urano, el último Dios legítimo, la última divinidad omnisciente, omnipresente y omnipotente.

Megara: Desde el momento en que los Dioses empezaron a surgir de la unión carnal, su destino como seres imperfectos quedó escrito, nuestro padre lo supo, y predijo con firmeza y claridad su negro futuro.

Alecto: Sus cuerpos físicos los alejan de su verdadera esencia, con el tiempo olvidan lo que son, degradan la divinidad que representan con actos banales, y escapan de nuestra justicia mediante el uso indebido de su poder.

Caronte: Como puedes comprobar, Titania, la Justicia está de mi lado. – apuntó el oscuro. Su tranquilidad no era soberbia ni orgullosa, sino humilde a sus semejantes, a quienes miraba directamente a los ojos, y no por encima.

Titania: ¿Qué es la Justicia, hermano? – preguntó la amazona. – Antes esa respuesta era clara para nuestros corazones, servir a los Dioses, vencer a sus enemigos, esa era nuestra justicia, perfecta, irrefutable.

Caronte: Esa justicia no era más que servidumbre. Nosotros sacrificamos todo en su nombre y sólo recibimos penurias en retribución. ¿De qué sirvió nuestra fe? ¿Acaso merecíamos ser juzgados por los mismos Dioses que condujeron nuestros actos? – increpó Caronte, sin que su hermana pudiera contestarle, pues se encontraba sumida en un mar negro de confusión. – Aunque he perdido mi fe en los Dioses no lo he perdido todo, pues aún lo que más me ha importado a lo largo de mi existencia lo mantengo, vosotros, mi familia, sois lo único que me importa, y he de decir, que no necesito nada más.

Titán: ¡Exageras, Caronte! ¡Eres un Dios! ¡¡Un Dios!! Puedes tener lo que desees, cualquier cosa. Sólo necesitas pensarlo y se hará realidad... ¿No es así?

Caronte: Si así es, pensaré que nos encontramos todos los que estamos hoy aquí, no, incluso los que hoy no están con nosotros, sentados en el Fanes, celebrando la caída del Olimpo y el inicio de una nueva era. – respondió sin titubeos, con gran optimismo, sin más deseo que contagiar a sus compañeros de su confianza.

Enio: Enternecedor, pero sabes que si las cosas fueran tan fáciles esta historia acabaría demasiado pronto y yo como hija de Ares no me uniría a una obra tan corta, así sea la más sangrienta que jamás se halla escrito. Las guerras deben durar hasta que los bandos olviden sus motivos y desaparezcan los límites de la moralidad y la cordura, y es ese el sanguinario momento en que el desenlace final ha de darse. – decía la maliciosa deidad. Un duradero silencio empezó a llenar el ambiente, pero pronto fue cortado por la oportuna intervención del astral de la luz.

Narciso: Por cierto, aún no nos has preguntado sobre nuestra pequeña invasión, hermano.

Caronte: Cierto, había olvidado nuestro más próximo objetivo. ¿Cómo procede la conquista de Asgard?

Galatea: ¡Fue muy divertido! ¡Había mucha gente y todos querían jugar! Aunque se quedaban dormidos muy pronto… ¡Pero fue emocionante porque habían lucecitas rojas y verdes! – decía con emoción y felicidad la alocada infante. La sola mención de aquel lejano país prácticamente había activado su adormilado cerebro que permanecía ausente ante lo que para ella era una aburrida conversación.

Tal y como hacían antaño, los caballeros astrales se habían sentado en sus respectivos tronos, decorados con el color del planeta al que representaban. Sin embargo, para Titania era desolador el que sólo estuvieran cinco, contándose a ella misma. Su padre, su madre y Tritos de Neptuno ya no se encontraban entre ellos, e igualmente tampoco estaban Deimos y Fobos, aunque su ausencia no era algo nuevo, pocas veces aparecían en reuniones a menos que fuera estrictamente necesario.

Narciso: Había un anciano muy simpático. – apuntó Venus, cortando a la pequeña Mercurio. – Era más rápido que los Santos de Oro y sus poderes emulaban a los nuestros, aunque desde luego no superaban lo que soy realmente.

Caronte: Eso es inesperado, no debería haber nadie en Asgard con el poder de enfrentarnos, a excepción de Abel. Si lo que me dices es cierto entonces…

Narciso: Así es, todo ha acontecido tal y como lo teníamos previsto, ellos están interviniendo más activamente aprovechando nuestra pequeña rebelión. – completó el astral – Quieren Asgard, como nosotros.

Titania: ¿Nosotros? ¿Qué buscáis de Asgard? - preguntó la guerrera, demostrando a Caronte que sus hermanos no le habían contado sus planes. Con la impasibilidad de sus ojos dorados miró primero a Narciso, que sólo sonrió con cómico nerviosismo, y luego a Galatea, que miró el suelo como infante ante la reprimenda de un padre. Titán tomó la palabra.

Titán: El origen de ese país está cubierto por el misterio de mitos y leyendas tan antiguas como el hombre. Es uno de los más antiguos que existen y de su existencia depende la supervivencia de toda la raza humana. Una vez tomemos el control concentraremos ahí nuestro ejército y diezmaremos este Santuario hasta volver cenizas a todos los que luchan absurdamente en el nombre de los Dioses. Teniendo a la Vestal de nuestro lado podremos defender la Tierra del Juicio Divino.

Titania: De modo que se trata de eso, una vestal. – comentó la amazona. Narciso asintió ante su mirada y aquello extrañó a los allí presentes. – Seika Kido, la muchacha que secuestraste en Oriente, pretendes convertirla en la Vestal de la Tierra para así impedir que los Dioses puedan destruirla. ¿No es así? –preguntó la astral, siendo respondida esta vez por el mismo Caronte.

Caronte: Sí, la fortaleza espiritual de la hermana de Pegaso me sorprendió en el momento en que la traje aquí, y Dagón corroboró mis sospechas, así que ordené que su alma fuera purgada de toda oscuridad, y que los guerreros profundos se convirtieran en sus guardianes pero, supongo que debí prever que su orgullo se impondría y enfrentarían a los generales marinos de Poseidón, siendo inevitable su muerte. Tenía planeado aparentar haber sido derrotado en la Esfera Plutón, pero con la derrota de los guerreros profundos supe que tenía que librarme de los guerreros de Poseidón cuanto antes, o resultarían una molestia.

Titania: Entiendo que pretendías que una elite de guerreros protegiera a la vestal una vez iniciara la guerra pero… ¿Con qué propósito buscas al hacer de Seika el pilar de este mundo?

Enio: Esa pregunta tiene fácil respuesta. – dijo la hija de Ares con maligna sonrisa. – Hace mil años, en las islas británicas en el norte de Europa, nació una doncella, la vestal sobre cuyos hombres pesa el equilibrio de este mundo, esa mujer era además la reencarnación de Atenea en esa era. Desde ese día, la Diosa de la Guerra, Atenea, funge también como Vestal de la Tierra.

Con esa información, poco más tenía que preguntar Titania al respecto. La cabeza de Atenea debía rodar a toda costa, pero eso podría poner en riesgo el mundo en aquel momento en que el Reino de los Muertos había sido destruido. Para matar a Atenea sin causar la irremediable destrucción de la humanidad, debían primero dar ese papel a otra doncella, una cuya alma, así su carne fuera mortal, estuviera tocada por la divinidad. ¿Qué mejor que una Hija del Cielo?

Enio: Muy pronto mis Berserkers se unirán a la Legión de Santos tal y como planeamos; además, gracias a la oportuna intromisión de Fénix en el Monte Etna, sabemos que Hefesto ha abandonado su forja. ¿Qué mejor oportunidad para liberar a los gigantes de su encierro? – preguntó la sanguinaria destructora de ciudades. El anhelo que sentía por la guerra no era sólo leyenda después de todo.

Titania: ¿Entonces es eso? ¿Reunir un ejército de bestias y bárbaros y exterminar a los Dioses como una legión de demonios hambrientos de guerra y caos?

Enio: ¿No te divierte la idea? ¡Eres guerrera! La idea de enfrentar a los Dioses, de lograr algo excepcional por lo que ser recordada por los siglos venideros, algo importante que quede escrito eternamente en la Historia, debería llenarte, debería ser razón suficiente para luchar en una guerra.

Titania: Tenemos distintos conceptos de lo que significa ser guerrera. Mis padres lucharon durante la totalidad de sus vidas en el nombre de los Dioses, con honor y valentía. ¿Cómo devolverles la mirada a tan dignos héroes habiéndome convertido yo en una asesina?

Alecto: Eso es absurdo, Titania. – sentenció la erinia, helando la atmósfera que minutos atrás ardía por la influencia de la sanguinaria Enio. – Si es la moral lo que te retiene, deberías saber que ya eres una asesina; no, más bien todos y cada uno de los que luchan en este Santuario y en Asgard, lo son, pues han arrebatado vidas. El que lo hayan hecho en el nombre de los Dioses no los exime de culpa.

Titania: ¿Pretendes igualar a mi padre con un vulgar asesino? – preguntó la amazona con severidad mientras rozaba el mango de sus espadas gemelas.

Alecto: Si matas, eres malvado, intentar decir lo contrario es engañarse a uno mismo. Son los actos los que definen a los humanos, no sus intenciones, así es la justicia. En ésta sala todos sois asesinos, ninguno merece el cielo.

Caronte: Alecto, Erinias. ¿No deseáis encontraros con vuestra recompensa? – preguntó el hombre divinizado con suspicacia y quizá algo de picardía que sólo Enio llegó a notar. Las tres juezas del Hades desaparecieron poco después del lugar, fluctuando entre las dimensiones hasta llegar a otro lugar de aquel inmenso palacio. – Y tú, Narciso. ¿No deberías estar en la Esfera de Venus? Imagino que los héroes de esta historia aún pretenden salvar a Atenea con tu preciada Mano de Dios.

Narciso: ¿Así que los intachables Santos de Atenea resultaron ser ladrones? ¿Dónde quedó el derecho a la propiedad privada? Ah, pero no creo que nadie pueda vencer a la Comandante….

Caronte: Dafne está muerta. – cortó el dios. El rostro del despiadado Narciso, que había permanecido tranquilo durante toda la reunión, mostró cierto lamento por la muerte de la ninfa.

Titán: Es desolador, poco a poco nuestros compañeros son derrotados. Ya sólo quedamos siete. – comentó el gigante, cuyo rostro estaba compungido.

Enio: Ocho, en realidad. – apuntó la astral de Avalon.

Caronte: Imagino que ya os habréis enterado de la incorporación de Enio a nuestra pequeña familia. – comentó el dios, acompañado de pícaras risas por parte de Narciso, Titán y Galatea. – Por otro lado, antes de iniciar esta rebelión, yo sabía que Tritos quería dedicar todas sus fuerzas a una batalla imposible contra el Emperador Poseidón, no intenté detenerlo pues era su deseo y por tanto su derecho. Y nuestro padre nunca supo de nuestros planes, aunque los intuía.

Galatea: No entiendo nada. ¿Hermanito Tritos y papá Ío se durmieron? – pregunto la pequeña con tristeza, moviendo sus pequeñas manos y entrelazando sus dedos. – También mamá Dafne, no gusta, no me gusta… ¡Juego aburrido! ¡Quiero que se despierten!

De forma imprevista, Galatea golpeó la circular mesa, en la que el Sistema Solar era representado en relieve con los mismos colores que tenían los planetas. El golpe hizo retumbar todo el lugar y agrietó el bello mueble. Los puños de la pequeña siguieron alzándose y cayendo una y otra vez, hasta que de pronto se tranquilizó aparentemente de forma instintiva, aunque Titania pudo notar como los ojos de su hermano brillaron con notable intensidad antes de que ocurriera.

Caronte: Despertarán Galatea, eso puedo asegurarlo. – afirmó el dios con solemnidad. En sus palabras, carentes de titubeos, se podía escuchar la verdad de una divinidad con el poder de hacer realidad cualquier milagro. Galatea, algo mareada se compuso enseguida y sonrió feliz por las palabras de su hermano. - El Dýnamis es un poder asombroso, infinitamente superior al Cosmos, una vez lo comprendes. Te permite crear y destruir cualquier cosa, no hay límites ante ese poder, ninguno.

Titania: El poder absoluto corrompe absolutamente. ¿Qué buscas realmente, hermano? ¿Qué fin pretendes alcanzar con la aniquilación de los Dioses?

Caronte: Te diré que quiero, las cabezas de los Dioses del Olimpo en doce bandejas de plata…

Titania: Eso es imposible.

Narciso: ¡Pues que sean de bronce! - exclamó de pronto Narciso, sacando unas risas a Galatea y Titán, aunque este último trató de disimularlo.

Caronte: Puedo verlo, un inmenso y glorioso ejército liderado por nosotros, los caballeros astrales, los Dioses han caído y el Olimpo se deshace en el vacío. La destrucción del viejo orden y el nacimiento de un nuevo mundo, el honor que perdimos hace 2000 años lo recuperaré al precio que sea.

Titania: El honor no pertenece a los bárbaros, bestias o demonios, sino a los héroes. ¿Cómo recuperar la gloria de antaño convirtiéndonos en meros mensajeros de destrucción? – preguntó la amazona. Enio sonrió divertida, deseosa de saber como reaccionaría Caronte, y no tuvo que esperar demasiado.

Caronte: El honor es venganza, la venganza es justicia, y la justicia es… Poder. El inmenso poder de los Dioses sólo podrá ser destruido con un poder mayor, y ese poder es lo que he obtenido. Gracias a los Santos de Oro resucitados en esta era, que pretendían juzgar a sus sucesores, pude atraer a Seiya hasta los Riscos de la Locura, pues sabía que sólo la reencarnación de Kryon podría atravesar el Muro de los Benditos y recuperar la espada sagrada Excalibur.

Titania: ¿Acaso tenías previsto que la usara contra ti? ¿Acaso predijiste la llegada de Zeus? ¿La destrucción de los riscos?

Caronte: Sólo lo primero, y tal vez lo tercero, sí. Esperaba poder matar a esa muchacha en que se reencarnó Atenea y destruir ese lugar, para luego ocuparme de Apolo y Artemisa utilizando Excalibur. La intervención de Zeus fue impredecible, pero lo importante es que sigo aquí, vivo, y con la misma determinación de liderar esta Guerra Santa. – las palabras del oscuro eran firmes y solemnes, pero sentía que no llegaban al corazón de su hermana, sabía que Titania albergaba dudas acerca de seguirle. – No quería que tomarais parte de esta batalla pero…

Titania: Sí, mi padre murió, derrotado por un Santo, un General Marino o un Caballero de la Corona. Mi padre y mi madre han muerto luchando en el nombre los Dioses, aun después de su traición, mi padre nunca renegó del Olimpo…

Narciso: Y cómo acabó…

Titania: Murió con honor, algo que ninguno de nosotros podemos esperar. Nuestra fe ha muerto, y ahora pretendemos simplemente traer dolor y miseria en venganza por nuestro milenario encierro. Sí, puede que como Titania de Urano desee tanto como vosotros la caída del Olimpo…

Caronte: ¿Pero? – preguntó, casi como autómata, debía haber un pero, algo que impedía a la amazona entregarse por completo al ideal que le había mostrado, un mundo sin Dioses.

Titania: Como hija de Ío de Júpiter y Selene de Gaia, no puedo. No puedo unirme a esta rebelión, no puedo escupir su sacrificio.

Caronte: No es necesario que aceptes ahora, reflexiónalo y luego responde, da igual cual sea tu respuesta, no dejarás de ser nuestra hermana de armas así decidas permanecer del lado de los Dioses.

Titania: ¿Acaso ya me has dado un papel en esta revolución? – preguntó la guerrera.

Caronte: Efectivamente, una vez las Cazadoras de Selene obtengan el cinturón mágico que perteneció a la Reina Hipólita en tiempos mitológicos, tendrás el poder para controlar el Oro Impío y, además, legitimidad como Reina de las Amazonas.

Titania: Tan sólo puedo prometer reflexión ante este dilema, nada más. – Caronte asintió con un ademán, y la bella guerrera de cabellos celestes se retiró del lugar sin despedirse, como indicando que aquella no sería la última vez que se verían. En la sombra, Narciso movía misteriosamente la Mano de Dios, sin que ninguno de los allí presentes se percatara.

Galatea: ¿Titania mala no quiere jugar con nosotros? Tonta, aburrida… ¡Pondrá triste a mi hermanito!

Caronte: No estoy triste, Galatea. Al contrario, no puedo sentir más que admiración por la nobleza de Titania, sin embargo sé que finalmente entenderá nuestro ideal y nos aceptará, y que juntos volveremos a combatir, unidos.

Enio: Eres muy optimista, las guerras siempre traen tragedias inesperadas, eso es lo hermoso de ellas, lo impredecibles que son.

Caronte: ¿Por qué no habría de serlo? ¿No he dado el primer paso hacia una nueva era convirtiéndome yo mismo, un ser humano, en un Dios? No hay imposibles para nosotros Enio, y eso lo descubrirás muy pronto. La Orden del Sol renacerá de sus cenizas cual ave fénix, conquistaremos el Olimpo y daremos paso al reinado del Cuarto Rey de la Creación: El Hombre.

Palacio del Sol y la Luna

Era difícil de creer que, tras tantas batallas sin descanso, por fin se encontraran ante el templo del Dios Sol. Aunque Kiki había insistido en buscar la Esfera de Venus y reclamar a su portador la Mano de Dios, Kanon sabía que aquello sería inútil; si los caballeros astrales pretendían asesinar a los Dioses, el que Atenea recuperara sus fuerzas era seguramente lo último que desearían.

Mientras frías gotas de lluvia se deslizaban por su dorada armadura, Kanon de Géminis observaba con prudencia la enorme puerta que les conduciría ante el mismísimo Dios del Sol, la idea de enfrentar directamente a un Dios del Olimpo parecía una locura, pero no él no se amedrentaría. ¿Cómo hacerlo, cuando era conocido como el único hombre que ha engañado a los Dioses?

Las puertas se abrieron de par en par, un escalofrío recorrió la espalda de Kiki, que aun esperaba que Seiya apareciera. Desde que se separaran poco tiempo atrás, no había vuelto a sentir su cosmos, y eso le preocupaba. Con paso lento pero sin retroceder, el muviano siguió al valeroso Santo de Oro, observando siempre hacia arriba, pues imaginaba que la altura de Apolo debía ser tan inmensa como su gran poder.

Kiki: Parece que no hay… - iba a decir el lemuriano, pero Kanon le cortó, sin poder impedir que la última palabra escapara en forma de susurro – nadie.

- ¡Hola duendecillo! ¡Hola señor serio! Yo soy Galatea de Mercurio, mucho gusto. – saludó la pequeña guerrera astral, que se encontraba sentada en el trono que debería ocupar Apolo. El impacto hizo trastabillar a los guerreros de Atenea, que no esperaban tal sorpresa. – Ahora vamos a jugar a un juego muy, muy divertido… ¿Queréis jugar conmigo?

Notas del Autor:

* Pólux, hijo de Zeus y Leda, hermano de Cástor (siendo Cástor y Pólux los llamados Dioscuros), así como de Helena de Troya y Clitemnestra. La historia del nacimiento de estos dos hermanos es confusa pero generalmente se acepta a Pólux como hijo de Zeus, siendo Cástor el hijo mortal de Leda con su marido. Cástor y Pólux representan a la constelación de Géminis.

Bueno, bueno, bueno… Saludos cordiales, y una disculpa por la tardanza. La historia de Kryon, Atenea y Caronte se sigue desvelando con la aparición de un nuevo personaje, y es clara la diferencia pues en esta batalla es Caronte quien defiende sin dadas a los Dioses del Olimpo. Como pueden comprobar este capítulo estuvo dedicado mayoritariamente a los caballeros astrales, y a desvelar un poco los misterios de esta tediosa conspiración que se ha ido desentrañando desde el lejano capítulo catorce. ¿Titania se unirá también a este complot? ¿Podrán los Caballeros de Atenea detener esta creciente amenaza? De momento Kanon y Kiki están frente al peor enemigo con el que se pudieron encontrar, y Seiya… ( ¡Pst! ¡Seiya! ¡Saca rápido el arco de Sagitario! ¡Tienes a Zeus delante!) Esperando que este capítulo haya sido de su agrado, me despido, esperen pronto el 33 donde sabremos que ocurrió con Poseidón tras la derrota de Nereo. Como siempre (aunque el correo es distinto), cualquier duda, comentario o crítica pueden enviarla a: