La sonrisa y el espejo

...por Fargok

Summary: Y a pesar del dolor de cabeza, Harry sintió una sonrisa ligera formarse en sus labios mientras, sentado en el aula de transformaciones, oyendo sin escuchar a la profesora, recordaba el incidente. HPxDM. Slash. ¡Los chicos Hogwarts tienen HOR-MO-NAS!

Disclaimer: Ya todo el mundo sabe que Harry Potter no me pertenece a mí, joder.

Notas: Ah, felicidad. Cuando empecé este fic apenas y habíamos terminado la orden del fenix. Así que hay una especie de ruptura temporal, un poquito de clichés del fandom (sobre todo en el personaje de Draco) y diversión asegurada. Y arcoíris muy gay =D.

Advertencia: El siguiente fic trata temática Slash, que quiere decir que hay relaciones entre dos muchachos, hombres, varones, masculinos. Si este tipo de situaciones te molesta, por favor no sigas.

I – El amable castigo del director

El director se paseaba de un lado a otro de su oficina, mostrando una cara severa, pero muriéndose de la risa por dentro. Había tenido una estupenda, maravillosa idea. Era lo mejor que había ideado aparte de eso de la sangre de dragón, que no era la gran cosa… Frente a él, mirándolo con una mezcla de incertidumbre y miedo estaban sus dos alumnos más impares, y también sus dos alumnos preferidos: Harry Potter y Draco Malfoy.

Harry estaba acostumbrado a la oficina, había estado allí una barbaridad de veces. Draco, en cambio, miraba los cuadros, los aparatos y los muebles con curiosidad, aunque disimuladamente; durante su recorrido visual por la habitación, cruzó miradas con el ojiverde que tenía al lado y se sintió incomodo. Fijó su mirada en el fénix de su director, era bochornoso el encontrarse mirando a su más grande rival, esa cercanía le provocaba un sentimiento de inquietud, pero no de repulsión, contrariamente a lo que cualquiera hubiera imaginado.

Albus Dumbledore empezó a hablar, tratando, con gran acierto, de sonar severo.

—Muchachos… —dijo, haciendo una pausa dramática después— ¿se dan cuenta de lo que hicieron?

—Hicimos mal y nos arrepentimos; ¿podemos irnos? —dijo con prisa Draco; se sentía incomodo en esa situación.

—Así es, hicieron mal, y definitivamente deben estar arrepentidos… pero necesitan un castigo.

¿Un castigo? Harry sudó frío, no tenía idea de que clase de castigo le podría imponer su director, pero con la clase de ideas que solía tener…

Draco pensó en lo que había hecho y no se arrepentía. Había sido bastante divertido, aunque conllevara gritos histéricos de McGonagall, insultos de un grupo de Gryffindors y casi un infarto de Longbottom. Sí, definitivamente, había sido muy divertido.

Y Harry sabía que él tenía cierta culpa, pues fue quien empezó la pelea, por así decirle, aunque más bien fue una riña común y corriente como tantas antes había tenido con Malfoy, sólo que esta había tenido resultados inesperados.

—Hay un castigo que hace mucho que no se pone en práctica, pero que creo es lo más conveniente en este caso… —Harry pensó por un momento que Dumbledore permitiría a Flitch usar sus cadenas otra vez, pero el director no era tan sádico… ¿o sí?— y posiblemente les deje una lección que no olvidarán. Veamos…

Harry se inclinó hacia delante en su asiento, preocupado, y cerró los ojos. Draco lo volteó a ver, encontrándolo de pronto muy interesante. El director se volteó y buscó en un cajón por unos momentos, finalmente, sacó un frasco con un líquido azul espeso y se los mostró, dejándolo sobre su escritorio.

—Esto es fusión de Marte y Venus.

Hubo un silencio prolongadamente incómodo que Malfoy rompió con la pregunta obvia:

—Y eso… ¿qué es?

Fusión de Marte y Venus —respondió Albus como si fuera lo más obvio—. Es una poción muy extraña, sólo conozco a una persona que sepa prepararla. Sus efectos son casi imperceptibles, pero muy espectaculares. Actúan sobre el cerebro, permitiendo que se desarrolle una capacidad que todos los magos tienen pero que es increíblemente débil y que sólo con esto se puede explotar.

—¿Qué capacidad? —preguntó el rubio con curiosidad. No había oído ni leído nada sobre esa poción.

—La capacidad de sentir lo que otra persona siente.

—¿Telepatía? —sugirió Harry.

—Casi, pero no —le corrigió Dumbledore—. No podrás saber lo que el otro piensa, más bien sabrás lo que el otro siente. Esta poción no te hará leer la mente: te hará leer el corazón. Aunque bueno, no el corazón, sino la parte del cerebro que gestiona las emociones, que está más o menos en el hipotálamo… así que sí estarías leyendo su mente pero no… ¿entiendes? —Harry asintió— Lo que van a hacer, mis queridos pupilos, es tomar una copa de esta poción y, durante el tiempo que dure el efecto, podrán darse cuenta del daño que se hacen el uno al otro y aprenderán a respetarse como es debido.

Draco miró a Harry con extrañeza. No le importaba comprender el daño que le hacía, sabía que le hacía daño y eso le gustaba, o eso creía él. Harry, en cambió, sintió un amago de remordimiento; ¿le hacía daño a Malfoy? No era que le importara realmente, pero no creía que su trato con él le hiciera verdaderamente daño. Tal vez lo hacía sentir incómodo o avergonzado, pero no como para hacerle un verdadero daño emocional…

Dumbledore contempló a sus niños con ternura y después, de una estantería tomó dos copas de vidrio y sirvió el elixir.

—Beban, sabe a limón… ¿les gusta el limón?

Ninguno respondió a la pregunta sin importancia que les había planteado el profesor; bebieron sin reprochar y, cuando terminaron, se secaron la boca con la manga exactamente al mismo tiempo. Dumbledore sonrió y les extendió unas servilletas. Ellos las tomaron pero no las utilizaron.

—Demasiado tarde, ¿eh? —dijo Dumbledore con una sonrisita. Draco soltó una risita, pero después se preguntó a si mismo por qué, si no le había parecido gracioso lo dicho por su director— Muy bien señores; fue un honor brindar con ustedes. Si me permiten, me retiraré.

Dicho esto, el director del más prestigioso colegio de magia y hechicería del mundo se levantó, se acomodó el puntiagudo sombrero que antes reposaba en un perchero y, con una reverencia, salió de su propia oficina.

Harry se quedó perplejo. Draco lo miró inquisitivamente.

—Dime, San Potter… ¿por qué tu adorado director se fue de su oficina si somos nosotros quienes debimos haberlo hecho?

—Pues… —Harry definitivamente no lo sabía— pues…

De pronto la puerta se abrió nuevamente, los muchachos se levantaron y miraron. Dumbledore entró, colgó su sombrero y se sentó en su silla, tomó un libro y lo abrió. De repente miró a sus pupilos y puso cara de extrañeza.

—¿Qué hacen ustedes en mi oficina?

Harry tuvo por un momento un extraño sentimiento de repulsión hacia su chifaldo director, sentimiento que chocó con la diversión que le causaba su chiflado, pero querido, director. Albus les sonrió una vez más, se levantó y los acompañó a la puerta. Cuando salían, Harry le dirigió una sonrisa al director, Draco miró el gesto y no pudo evitar pensar en lo bonita que era la sonrisa del niño que vivió, pero, al descubrirse con estos sentimientos, sintió pena y agachó la cabeza, ruborizado. Harry notó eso, pero no entendió porque se agachaba el rubio. No le dio ninguna importancia.

Los dos salieron de la oficina y se encontraron en el pasillo. Harry estaba preocupado por lo que sucedería en los próximos días, cayó en la cuenta de que no le había preguntado al director cuanto tiempo duraría el efecto de la poción. Draco no lo volteó a ver cuando se dio la media vuelta y se alejó por el pasillo, aún con la cabeza gacha. Harry no le dio importancia a este hecho pero se quedó parado, observando a Draco alejarse; cuando este dio un giro para dirigirse a las escaleras, dirigió una mirada hacia el moreno y aceleró el paso. Harry sintió un leve rubor acariciar sus mejillas y miró hacia otro lado.

—Un momento… —dijo en voz alta, pero para sí mismo— ¿por qué me avergoncé de verlo?

—Muchacho… —le dijo una pintura de un hombre fumando pipa, o más bien: un hombre fumando pipa dentro de una pintura— mejor no hables solo: las paredes tienen oídos.

Harry no le respondió, sonrió para saludar al cuadro y caminó en dirección contraria al Slytherin. Mientras caminaba, pasó junto a un espejo de cuerpo entero que no recordaba haber visto antes y se saludó a sí mismo con una sonrisa. De pronto, se sintió avergonzado y miró al piso, no pudiendo evitar pensar, o más bien, sentir:

Qué bonita sonrisa...