Disclaimer. Dado que esto no es una mansión, no tengo chofer, el banco me quiere poner comisión por tener menos de mil euros en mi cuenta y una editorial no tarda nueve meses en traducir mis historias... Creo que va a ser que no soy Rowling, aún así, espero que disfrutéis, leyendo este fict.

¡Feliz 2006! .¿Cómo os fue en Nochevieja? .¿Ya superasteis la resaca? Pues para que estéis entretenidas/os hasta que el día cinco vengan los Reyes Magos y os podáis poner negros con el carbón, os traigo esta historia.

Es de los merodeadores, bastante más cortita de lo que os tengo acostumbrados: 5 capítulos, que ya están escritos.

Repito: que ya están escritos.

Eso implica que mi velocidad de subirlos será directamente proporcional a vuestro interés en leerla. Y vuestro interés en leerla, os recuerdo que se mide por RR. Pero de eso ya hablaremos al final del capítulo...

De momento, esta historia va dedicada para: Alon, Anvy, Istel, Mey, MoonyGabriela y Ginny84 (mi sufrida beta), que habéis leído esta historia antes que nadie, o al menos en parte. Espero que os siga gustando.

Y a mis niñas/os de HA, que me habéis votado la mejor escritora mayor de veinte años, de verdad que aún estoy que no me lo creo. Cuando se me pase el pavo un poco, ya os lo agradezco mejor...

Bueno, ya sin más os dejo con la historia.

Manual de la buena domadora de fieras.

1.- Establecer las relaciones de dominancia

¿De verdad tengo que contar yo la historia? .¿No podría hacerlo otra? Alguien que sepa redactar, escribir y que no se distraiga con tonterías. Tuve una amiga que quiere ser periodista y se le dan muy bien estas cosas... Interpretaré esa mirada de cobra a punto de vomitar veneno como un "empieza ya, joder".

Vale. ¿Pero por dónde empiezo? Supongo que por el principio. Está bien. Me llamo Margot Queens y nací un 19 de marzo de 1959 particularmente lluvioso, por tanto soy piscis... Ah, que no hace falta que vaya tan al principio.

Está bien, empiezo de nuevo. Sonrisa nerviosa Soy Margot Queens y lo más destacable de mí es que soy bruja. En la época de este inspirador y aleccionador relato cursaba séptimo en la escuela Hogwarts de Magia y hechicería, perteneciendo a la casa Hufflepuff y...

¡Eh! .¿Adónde vais? (Manos en las caderas y expresión ofendida) ¡Estabais a punto de clicar el atrás! Ya sé lo que pasa, creéis que por ser Hufflepuff la protagonista, este será una especie de manual para lograr que vuestro gato haga sus necesidades en su banco de arena. ¡Pues estáis equivocados!

¡Otra vez con el mito de que los Hufflepuff somos majos y bondadosos y una historia protagonizada por nosotros es un tratado sobre el aburrimiento!

¿Es por la mascota, verdad? Pues para que lo sepáis, los tejones son unos peligrosos depredadores con el olfato y el oído agudos y una insuperable visión nocturna. Os aseguro que si estuvierais al alcance de sus garras conoceríais el terror. ¡Muajjjjjassss!

Lo siento. (Carraspeo nervioso) Pero antes de dejar el tema, os daré unas cuantas cuestiones para meditar. Si los leones son tan valientes: cómo es que se alimentan de animales enfermos o carroña? Si las águilas son tan inteligentes: cómo es que están en peligro de extinción? Y si las serpientes son tan altivas: cómo es que se arrastran por el suelo? Meditad sobre el tema, meditad.

Entre tanto, os aseguro que las que sigan atentamente este manual podrán domar y tener a sus pies a los tíos más atractivos de la escuela. ¡Oh, sí, mis pequeñas saltamontes! Lograréis que los inconstantes Gryffindor no quieran salir de vuestra cama; arrancar a los intelectuales Ravenclaw de sus aburridos libros y descubriréis que, debajo de esa cubierta dura y fría de los Slytherin, en realidad sólo hay unos niños pequeños reclamando el afecto que sus padres les negaron de pequeños. (Los Hufflepuff son más sencillos de llevar, así que no necesitaréis ningún consejo en especial).

En cuanto a los chicos, si el viernes que viene estáis aburridos y no tenéis pareja, venid a Hufflepuff. Encontraréis unas chicas guapas, divertidas, ingeniosas, que no tienen ni puñetera idea de lo que es un neutrón y que no conocen la palabra "no", lo que convierte nuestras orgías en las mejores de la escuela. (Y esta es la clase de anuncios que debería hacer el sombrero seleccionador para atraer gente a nuestra casa).

Dado que ya tengo toda vuestra atención, creo que es el momento de empezar con la historia en sí.

Era un viernes por la noche de finales de curso y todos los chicos y chicas de séptimo se preparaban para salir de marcha o, en su defecto, para una noche de vino, cena y sexo. Todos menos yo. Defraudada por mis recientes fracasos amorosos, había decidido renegar de los hombres y consagrarme a los placeres provocados por un baño de espuma, chocolate con fresas y la lectura de una de mis muchas revistas.

No era el caso de mis compañeras de habitación. Una de ellas ya había salido con un chico de Ravenclaw y la otra, mi amiga Anabell, se preparaba para salir con su flamante novio.

Anabell Bedford es la clase de chica que ha dado a las mujeres de Hufflepuff la fama que tenemos. Es pelirroja, de piel blanca y vivaces ojos castaños. Si la carne fuera piedra, la de ella sería de arroz con leche sin canela. Quiero decir que es dulce, encantadora, frágil, incapaz de albergar el menor mal pensamiento... Con deciros que esta convencida de que "Anaconda" es un entrañable drama familiar protagonizada por una serpiente en perpetua búsqueda de afecto. (NB: jajajajaja esa Raquel Revueltaa)

Salía con un chico de la casa Slytherin, un disminuido emocional que la tenía con la autoestima machacada, debido a lo cual Anabell era, y sigue siendo, una adicta a los libros de autoayuda. Su coletilla favorita, con la que logra desquiciar a todo el mundo, es "Ya lo dice Paul Wilson".

- ¿Qué te parezco con este? –Anabell me mostró su último modelito. Era una auténtica falsificación idéntica del modelito que llevó la novia del primo del cuñado del amigo de Ludo Bagman cuando inauguraron el bar de copas en Dover. ¿Que no sabéis cómo es¿No leéis la prensa del corazón¿Qué sois¿Ravenclaws?

Pues en vista de vuestra desinformación, os diré que Anabell llevaba una bonita túnica magenta de manga larga escotada de hombros y adornada con motivos orientales.

- Bien –aprobé yo. La verdad es que estaba fabulosa.

- ¿No crees que me hace gorda?

- No.

- Mi cuchicu cree que estoy gorda –¿Veis lo que digo? Sólo Anabell podría llamar a un Slytherin "su cuchicu". Y en cuanto a lo de que estaba gorda: os juro que Anabell estaba esquelética, con deciros que por mucho que apretara los muslos siempre quedaba hueco entre ellos.

- Pues es idiota. Estás esquelética.

- Lo dices para consolarme –¿por qué será que cuando un tío nos dice algo horrible nos lo creemos, pero cuando una amiga nos hace una crítica sincera pensamos que miente? A mí, personalmente, me parece muy trágico que nos pasemos el día dudando de la sinceridad de los hombres y luego nos creamos todo lo que dicen.

Anabell estaba a punto de salir cuando mi otra compañera de cuarto y mejor amiga regresó de su cita.

- ¿Ya vuelves?.¿Qué tal te ha ido? –se interesó Anabell. Nuestra compañera le dedicó una mirada asesina antes de responder.

Está bien, mis queridos lectores, es hora de presentaros a mi mejor amiga, rubia, ojos azul claro... Rita Skeeter, que esta noche nos deleitará con su clásico discurso de composición propia: "los hombres son basura".

Es que Rita tiene muy mala suerte con los hombres, peor que yo, y ya es decir. Se debe a que tiene un carácter muy difícil. Es la directora, escritora y fotógrafa de la "Gaceta de Hogwarts", el periódico de la escuela que sólo leen cuatro personas: el director y nosotras tres.

- Ese Raven idiota y engreído se ha atrevido a mirar a otra durante la cena. Y no a cualquier otra, sino a esa puta diábolica de Bellatrix Black. ¡Hombres!.¿Cómo les puede poner ese tipo de mujeres!.¡BASURA!.¡Son todos basura! Cualquier mujer que se plantee siquiera salir con uno de ellos está loca de remate. Por cierto, Anabell, estás muy guapa. ¿Adónde vas?

- A la lavandería –intervine yo antes de que Anabell dijera la verdad y empezara el derramamiento de sangre.

- Con mi cuchicu –de verdad, quiero a Anabell, pero a veces me dan ganas de arrancarle las cuerdas vocales.

- ¿Tu cuchicu?.¿Te refieres a ese cabrón que te maltrata psicológicamente y que sólo sale contigo porque te pareces a ya sabes quien? –al oírlo, Anabell sollozó, pese a que nuestra rubia amiga no dijo nada que no fuera cierto. Es que Rita es sincera hasta la brutalidad.

- Eso era al principio –Anabell se revolvió dispuesta a defender apasionadamente a su amor de semejante calumnia–. Ahora me ama por mí misma y vamos a ser muy felices juntos. Ya lo dice Paul Wilson: una siempre debe estar dispuesta a trabaja por amor –y así, Anabell alzó la barbilla en un gesto altanero, abrió la puerta y salió por ella dando un portazo.

Rita y yo nos miramos y suspiramos. Un minuto después, supongo que el tiempo que la llevó desatrancar la puerta del armario, Anabell salió y se fue dando un portazo, esta vez por la puerta correcta.

- ¿Y tú qué?.¿Hoy no sales? –yo negué con suavidad, haciendo que Rita entornara los ojos con suspicacia–. ¿Por qué?.¿No estarás pensando en él, verdad?

- No, claro que no –negué con una risilla nerviosa–. Lo que ocurre es que mis últimas citas han sido un desastre...

- Porque estabas pensando en él –apuntó Rita con su certera y brutal sinceridad de costumbre.

- He decidido pasar un poco de tíos –concluí ignorando lo último que me dijo.

- Olvídate de él, Margot. No tienes la más mínima posibilidad.

- ¿Por qué no? –vale, esa pregunta delató mis verdaderos sentimientos, pero una tiene derecho a saber en qué se basa tu mejor amiga para decir que no tienes posibilidades con el chico que te gusta.

- Porque él limita su territorio de caza a Ravenclaw y dentro de las Ravenclaw, a aquellas que sacan mejores notas y leen mucho, son rubias, de pelo rizado, delgadas, sin pecho ni caderas y con ojos azules. Y tu eres Hufflepuff, tus notas son mediocres, lo más parecido a un libro que has leído es la tira cómica de Mafalda, eres morena, de pelo liso, pecho abundante, bastante curvosilla... Y –Rita ladeó la cabeza y me observó pensativa– mira, los ojos sí los tienes del color correcto.

- ¡Qué bien! –repliqué con ironía. Y, por escapar del escrutinio de los perspicaces ojos de Rita, tomé mi revista y me encerré en la bañera, no sin antes señalar–. También leo Astérix.

&·&·&

Al día siguiente, durante el desayuno, tuvimos que oír las quejas y lloriqueos de costumbre con las que Anabell nos obsequiaba después de una cita con su "cuchicu". Al menos ya se le había pasado el cabreo con Rita, o eso o se estaba vengando de una manera retorcida y cruel. ¡No! Era Anabell, ella no se vengaba.

El caso es que su amorcito se había quejado de que a Anabell la estaba saliendo canas, lo que es mentira, el problema es que el otro día se lavo con el champú de camomila de Rita y le han salido reflejos rubios. Pero por eso una no debe salir con Slytherins a no ser que se haya sacado el carné de "Soy Sicótica, retorcida y las críticas me resbalan": se fijan hasta en los más mínimos detalles y te machacan con ellos.

Nuestra mañana de sábado se planteaba bastante tranquila: sentarnos junto al lago y criticar los modelitos veraniegos de nuestras compañeras de escuela mientras tomábamos el sol… hasta que resonó un grito producido por una voz familiar, seguido de un coro de carcajadas maquiavélicas.

- ¡Mi cuchicu! –exclamó Anabell antes de salir corriendo hacia los gritos.

- ¿Ya son las 11 y media? –Rita examinó su reloj–. Vaya, lo llevaba dos minutos atrasado.

- Venga, vamos a apoyar a Anabell –yo me reí y tendí mi mano a Rita para ayudarla a que se levantara. Ella me miró la mano como si fuera algún extraño artefacto de origen Muggle–. ¡Rita! Tenemos que ir. ¿Qué clase de periodista vas a ser cuando no eres capaz de ir en pos de la noticia?

- Los merodeadores no son noticia –gruñó Rita, apartando su mirada de mí y fijándola en el lago. De pronto, una sonrisa astuta apareció en su rostro–. Y lo que es noticia de ellos no puedo contarlo, porque ya sabemos cómo son...

Sí, Rita tiene un cajón de su escritorio lleno de pergaminos con los trapos sucios de los merodeadores, y os aseguro que sus secretos son bastante vergonzosos: licantropía, animagia ilegal, algún que otro gatillazo... Y claro, mi amiga está frustrada porque si lo publicara, los merodeadores la descuartizarían y convertirían su vida en un infierno antes del mediodía. Después de comer, tendría que vérselas con el sinfín de enamoradas de esos chicos, que no soportan que se critique a sus ídolos. Y como postre, se enfrentaría a los enemigos declarados de los merodeadores, que no soportarían que una Hufflepuff consiguiera lo que ellos no han logrado en años.

Como habéis comprobado, Rita tiene razones de sobra para estar frustrada. Yo la miré comprensiva.

- Si quieres, no vamos.

- No, vamos –Rita se levantó con decisión–. Siempre es divertido ver a la prefecta perfecta poniéndoles los puntos sobre las íes. Además, es tu oportunidad de ver a tu amor imposible.

- Ja, ja. –yo desde luego no le vi la gracia. Aún así, me apresuré para no perderme el espectáculo.

Toda la escuela estaba allí, pero Anabell, mostrando la experiencia adquirida en busca de autógrafos en los estrenos de cine, había logrado abrirse paso a codazos hasta la primera fila. Rita y yo preferimos quedarnos más atrás pero subidas a un banco, obteniendo una vista insuperable del show.

¿De qué show hablo? Veréis, en el mundo muggle, las once y media es la hora a la que mi madre y sus otras amigas secretarias abandonan el puesto de trabajo, se acercan a la ventana y babean mirando al guapísimo, sexualísimo y desnudísimo (de cintura para arriba) limpiacristales del edificio de enfrente mientras bebe su Coca Cola light. En Hogwarts, las once y media es la hora en que los cuatro merodeadores se dedican a su deporte favorito: torturar a Severus Snape ante su círculo de admiradores.

¿Y quiénes son esas joyas de hombres para que se complazcan en torturar a un pobre chico indefenso? Mm, pues lo de indefenso lo debatiremos más adelante, de momento hablaremos de esas joyas de hombres.

Está bien, lo haremos por orden alfabético.

Sirius Black. Dieciocho años. Pelo negro azulado, lacio (por el que esta totalmente obsesionado), ojos grises y piel morena (no con ese asqueroso tono cetrino de la gente que apenas toma el sol), fuerte y sensual y... En resumen, no hay chica en la escuela que no quiera echarle el lazo, ya que además es miembro de una de las familias más influyentes del mundo mágico. A mí misma no me importaría tenerle en mi cama una noche o dos, ya que el principal defecto de este chico es que tiene un culo de muy mal asiento; precioso, pero de muy mal asiento. Aún no ha tenido una novia que le haya durado una semana. No, miento, Sidney fueron 8 días.

Remus Lupin. También dieciocho años. Pelo castaño y unos ojos dorados increíbles. Es, con mucho, el más sensible del grupo, cosa que tiene mérito sabiendo que es un licántropo. (Pobre Rita, saber eso y no poderlo contar.) Ay, pero es tan mono, tan guapo, tan... Sí, vale, estoy enamorada de él. Y sí, Rita, tiene razón: por su culpa ya no me interesa el sexo casual con un tío que no sea él. ¡Por favor, tiene que ser mío o me volveré loca!

Pero Rita tiene razón: solo le gustan las mujeres rubias, inteligentes, cultas, delgadas y de ojos azules que le suelen durar varios meses. Como Pearl White, su actual novia, que observa con una sonrisa complaciente cómo su novio y sus amigos hacen que el pobre Snape vomite flores. ¡Ya llegó la primavera!

Y por último, James Potter. Moreno, ojos castaños de largas pestañas que casi todas las chicas encuentran irresistibles. Inmejorable cuerpo, prueba de que el deporte debería ser obligatorio en nuestra escuela, al menos para los chicos. Siempre con esa sonrisa socarrona capaz de hacer que cualquier chica pierda el control y la ropa interior con sólo mostrarla. Ay, pero tiene dos defectos.

El primero: la arrogancia. Ah, santo Merlín, para bajarle los humos harían falta traer a Hogwarts varias dotaciones de bomberos. Cosa que estaría bien, porque esos profesionales están realmente buenos y algunas chicas estamos muy necesitadas... ¿Veis por qué no quería ser narradora? Me desconcentró con mucha facilidad (NB: jaajajajaja).

- ¡Finite Incantaten! –el segundo defecto de Potter acaba de pronunciar el encantamiento que ha terminado con la diversión de los merodeadores.

Lily Evans, el amor platónico del merodeador de ojos castaños desde... Siempre. Pelirroja, ojos verdes, piel de un blanco lechoso salpicada de pecas, cuerpo perfecto, apodada por Rita la prefecta perfecta.

Siempre va tan mona, con las tareas a punto, sin criticar ni meterse con nadie, siempre dispuesta a defender a los más débiles y a la Navidad y... ¿A quién pretendo engañar con mi tonillo irónico?.¡Es la chica que me gustaría ser de mayor! Admito que el hecho de que yo soy dos meses mayor que ella me dificulta un poco conseguir ese sueño.

No entiendo a las malas lenguas que la critican, bueno, sí, la envidian a muerte. No le perdonan que, siendo de origen muggle, sea más inteligente que todos ellos juntos. Pero es una chica majísima, una vez le pedí los apuntes de HM, y en vez de decirme:

- No haberte dormido en clase –como la idiota de Pearl.

Lily me contestó.

- Es que los tengo que pasar a limpio porque escribo muy deprisa y a veces no entiendo ni mi propia letra. ¿Por qué no vienes conmigo? Me ayudas a descifrarlo y lo que no entiendas te lo explico –y gracias a ella, saque un diez en los TIMOS de HM.

En fin, volviendo al presente, Rita aprovechó la puntualidad de la prefecta perfecta para volver a ajustar la hora de su reloj. (Lo llevaba bien, es que los merodeadores se habían adelantado).

- ¿Qué crees que estás haciendo Evans? –Black se volvió hacia ella molesto porque le hubieran estropeado la diversión. La pelirroja le lanzó una fría mirada esmeralda antes de avanzar directa hacia James.

- ¿Te divertías, Potter? –preguntó la prefecta con una engañosa dulzura.

- No estaba mal –admitió el aludido haciendo que su amigo Peter Pettigrew soltara una risita. (Ups, veis como soy una narradora desastrosa. ¡Me olvidé de un merodeador! Bueno, o de un amago de merodeador). Envalentonado por la risa que había provocado su chiste, Potter añadió–. Aunque me lo pasaría mejor en una cita contigo. Tú, yo, cava, fresas y el baño de los prefectos. ¿Qué te parece?

- Potter –la propuesta hizo enrojecer a la Gryffindor, pero no rompió su aura de aparente calma–. Tengo novio.

- ¿Y qué? Yo no soy celoso –Lupin, Black y hasta Snape soltaron una risita irónica ya que, de hecho, James Potter es, después de Otelo, la persona más celosa de la historia–. Bueno, un poco. Pero venga, acepta mi propuesta y te juro que no volveré a apuntar a Snape con mi varita nunca más.

- No necesito la intervención de una Sangre Sucia para que me ayude –siseó Snape con arrogancia. Demasiada, teniendo en cuenta que estaba en el suelo cubierto de flores rojas que él mismo había vomitado.

- ¡Cállate Snape! –aconsejaron cuatro Gryffindor a la vez.

- ¿Y vosotros qué miráis?.¡Largo u os quito mil puntos a cada uno! –oh, oh. El habitual ataque de nervios de Lily después de que Potter le pida salir. No engaña a nadie, todos sabemos que lo desea ardientemente y las amenazas a los testigos es una forma de desahogarse. Lo malo es que suele cumplir lo que amenaza.

El coro de curiosos se disipó rápidamente. Rita, Anabell y yo nos sentamos en el banco, fingiendo estar ahí desde el principio y sin perdernos detalle de la conversación.

- ¿Y tú, Lupin?.¡Por favor! Eres prefecto. Igual que Pearl. ¿A qué esperabais para detener esto? –en cuanto creyeron estar solos, Lily se encaró con mi licántropo favorito, que enseguida se puso hacer pucheros confiando en salir así del marrón–. Lupin, déjate de caritas que no soy una de tus fans unineuronales.

- Margot, lo estás haciendo –me advirtió Anabell por la comisura del labio.

- Mm –pregunté distraída ya que Lupin estaba irresistible en estos momentos.

- ¡Estás levitando! Piensa en algo desexcitante –miré abajo y me di cuenta que estaba a tres centímetros por encima del banco. ¿Qué puedo decir? Los poderes mágicos están íntimamente ligados a nuestras emociones. Hay quien cuando se enfada, revienta cristales. Yo cuando me excito, levito. Me puse a pensar en Austin Powers y enseguida me bajé.

- ¿Perdona? –se picó Pearl por la alusión de Lily a las enamoradas sin neuronas de Remus.

- No lo decía por ti, White –mm. ¿Seguro? Porque yo creo que sí. Al menos, yo sí lo hubiera dicho por ella–, el caso es que me estáis hartando: otro numerito más de esos y yo... yo... –Lily se interrumpió buscando una amenaza lo bastante fuerte y disuasoria.

- ¿Saldrás con James? –propuso Black burlón.

- ¡Sí!.¡Lo conseguí!.¡Sabía que este día llegaría! –se emocionó el aludido, alzando sus brazos al cielo como cuando el año pasado ganó la copa de Quidditch.

- No –negó Lily–. Se lo diré a Dumbledore –Dumbledore, el director de nuestra escuela. Muchos alumnos se hubieran impresionado con esa amenaza.

- Vale, díselo –pero Black y Potter se encogieron de hombros.

- Y dale recuerdos de nuestra parte –añadió Lupin burlón.

- Chicos, deberíamos dejar de hablar, no estamos solos –Pettigrew, ese gordo seboso, sin personalidad, que se va con Black y Potter para que le protejan de los otros matones, nos señaló con la cabeza.

Nosotras fingimos estar hablando de la influencia de la doctrina taotista en el cine de acción de Jackie Chan. Por hablar de algo.

Lily nos miró y pareció recordar algo, tal vez el verdadero motivo de porqué había ido al lago. Sin molestarse en despedirse, dio la espalda a sus compañeros y avanzó hacia nosotras.

- ¿Entonces la cita para cuándo, Evans? –preguntó Potter. La prefecta alzó una mano con el dedo medio levantado sin molestarse en mirarlo. Si lo hubiera hecho, habría visto a Potter fingiendo caerse de espaldas y gritar "Ah, la dama es cruel".

- Queens –Evans se plantó frente a mí. Oh, Merlín, como quisiera parecerme a ella. Toda una resplandeciente Nicole Kidman mientras yo sólo soy una patética Cristina Ricci.

- ¿Sí? –pregunté tratando de parecer calmada y deseando no ser la persona que la irascible prefecta había escogido para desahogarse.

- McGonagall me pidió que te recordara que esta tarde estás castigada. Habla con Hagrid, es el encargado de imponértelo –debí de palidecer al oírlo, porque Lily añadió–. Suerte –luego se fijó en Rita–. Oh, Skeeter, quería felicitarte, tu artículo sobre el abuso de poder de los prefectos ha sido genial. Sigue así.

Y antes de que Rita pudiera emocionarse porque alguien que no fuera de su familia, de sus amigas o el director hubiera leído el artículo, Lily hizo un gesto y se despidió.

- No puede ser tan perfecta, tiene que tener algún fallo –musitó Rita mientras observaba la llamativa cabellera pelirroja perderse de vista camino del castillo.

- Cuchicu, .¿estás bien? –por su parte, Anabell fue a interesarse por el estado de salud de su novio.

- Te he dicho mil veces que no me llames cuchicu –protestó Severus Snape, apartando con brusquedad a su novia. Pobre, estaba molesto. No porque los merodeadores le habían humillado de nuevo, aunque supongo que también influiría, sino porque ya no podía ver a su amor platónico, Lily Evans.

Rita tiene la teoría de que Snape sale con Anabell porque es pelirroja como Lily, y que trata de que nuestra amiga se parezca más y más a la prefecta perfecta. Eso también explica la rivalidad entre Potter y él. Ya sabéis, lo típico: la primavera llega al bosque y los jóvenes machos se disputan las hembras.

¿Por qué a mí no me pasarán esas cosas?

- Cuchicu,. ¿por qué has hecho desaparecer esas flores? Me podías haber regalado una. Nunca me regalas nada –ay, Anabell, eres mi amiga y te quiero, pero de verdad que no entiendo cómo puedes tener tan poco conocimiento–. Paul Wilson dice que el amor es una delicada planta y el agua con el que se riega son los regalos desinteresados –¡Y encima va y mete a Paul Wilson!

Por suerte, Snape se limitó a dedicarle una mirada desdeñosa antes de levantarse y volver a su mazmorra. Seguro que pasaría ahí toda la tarde de sábado planeando alguna absurda e irrealizable venganza contra los merodeadores.

- ¿Cuchicu? –trató, en vano, de llamarle Anabell. Luego suspiro y se volvió hacia nosotras–. No entiendo por qué me trata tan mal. A veces quisiera que se olvidara de sus pociones y pensara un poco más en mí.

Yo asentí, comprensiva, y la abracé. Rita nos miró desde una prudente distancia, ya que ella no es muy proclive a los gestos de cariño a los que los Hufflepuff somos tan aficionados. (¿Os gusta sobar y ser sobados?.¡Venid a Hufflepuff!.¿No es increíble? El sombrero seleccionador tiene un año para inventar la canción y no se le ocurren esos reclamos tan buenos.)

- Los hombres son basura –gruñó Rita al fin.

&·&·&

Una cosa hay que decir sobre Hogwarts, y es que hay mucho favoritismo. Por ejemplo, los merodeadores pueden maldecir a la persona que quieran los días que quieran a horas fijas y sólo recibirán una amenaza. Una servidora hace una crítica constructiva y totalmente bienintencionada sobre el vestuario de su profesora de transformaciones y es arrastrada a la tutela del guardabosques del colegio una tarde de sábado. ¡Si es que no hay justicia!

- ¿Y bien, Hagrid?.¿De qué se trata? –trato de sonar indiferente, pero la última vez que me castigaron con Hagrid, me tocó cuidar a un bicho feísimo al que le gustaban tanto mis manos que se las quiso comer. ¡El mito de que a los Hufflepuff nos gustan los animales! Aunque en mi caso no es un mito: me gustan los animales. Pero en los documentales de naturaleza y tras los barrotes del zoo...

- Tranquila, es que he comprado un cachorrito y creo que necesita un poco de influencia femenina para calmarse –Hagrid movía los dedos en círculos concéntricos en la actitud de alguien que oculta algo.

- ¿Qué clase de cachorrito? –pregunté desconfiada. Si me hubiera dicho ahí mismo la verdad, habría contestado que prefería fregar el baño de los chicos a la manera muggle y desnuda.

- O, es un perrito, pequeño. Muy mono. Sólo lo tienes que cuidar estar tarde mientras yo voy al bosque prohibido a ver a... Otra de mis mascotas –se referiría a su araña gigante. A Rita le encantaría publicarlo. Es decir, si lo supiera. Pero yo no creo que necesite conocer ese dato.

- Esta bien, cuidaré de tu cachorro –accedí, aunque tampoco tenía muchas opciones.

- Genial. Toma, Dumbledore me ha dado este libro. Está lleno de sabios consejos para manejar a los animales –y así fue como, de manos de Hagrid, me llegó el "Manual de la buena domadora de fieras". Bueno, en realidad se llamaba "Doma y Manejo de Fieras"–, es muy fácil y muy manso, se alimenta sólo de leche. Fluffy esta en el cobertizo.

¿Fluffy? Bueno, creo que no debía temer nada de un bicho llamado Fluffy. Antes de entrar al cobertizo efectúe una leída rápida del libro. Aquello iba a estar chupado.

1.- "Establece las relaciones de dominancia. Para ello, debes mantener fijos tus ojos en los del animal y no parpadear ni bajar la mirada. ¡Que sepa quién manda!"

Abrí el cobertizo, dispuesta a mirar a los ojos del cachorrito que pronto estaría bajo mi poder, y se me planteó el primer problema. ¿A qué ojos debía mirar¿A los de la primera cabeza?.¿A los de la segunda?. ¿O tal vez a los de la tercera?

El segundo problema es que Fluffy tenía hambre. Y o yo tengo pinta de vaca lechera, o ese bicho no se alimentaba de leche sino de carne humana.

En cuanto abrí la puerta se abalanzó sobre mí. Logré esquivarlo, pero juro que mis piernas jamás han sido tan ágiles en mi vida. Aunque eso sólo me sirvió para esquivar el primer ataque: Fluffy volvió a la carga y yo no sabía dónde meterme.

Por fortuna, no debió de considerarme un manjar especialmente apetitoso porque pasó de mí y se abalanzó sobre un grupo de rubias Ravenclaw, que estaban jugando a la pelota por aquella parte del lago. ¡Si es que todos son iguales!

- ¡Petrificus totalus! –justo cuando parecía que Fluffy iba a convertirse en Cujo, llegaron los merodeadores en misión de rescate. Claro, porque las victimas eran rubias, sino dejan que las devoren. Bueno, vale, admito que me he pasado. Si fuera cierta pelirroja, Potter la hubiera ayudado también.

- ¿Y esto de dónde salió? –Lupin observó al perro de tres cabezas que acababan de petrificar Black, Potter y él. Petigrew estaba desmayado de miedo por ahí.

- Es Fluffy –expliqué yo–, el cachorrito de Hagrid. Gracias por evitar que se me fuera muy lejos –y con lo que yo espero que fuera un movimiento de varita indiferente, hice aparecer al dichoso bicho de nuevo en el cobertizo. ¡Maldito Hagrid!

- ¿Con que Fluffy, eh? –repitió Potter con la mano en la barbilla, señal de que una idea diabólica estaba cruzando por su mente retorcida. Yo le miré, desconfiada, y traté de volver al cobertizo, pero él se me puso en medio.

- ¿Qué quieres, Potter? –suspiré con cansancio, cruzándome de brazos.

- Te doy mil galeones si me prestas a Fluffy una hora.

- ¿Qué? –de la sorpresa descrucé mis brazos.

- ¿Es poco? Te doy tres mil. ¡No! Espera ya entiendo –Potter casi rió–. Tú no eres de esas que te vendes por dinero. ¿Qué prefieres, una cita con Remus o con Sirius? Ellos están dispuestos.

- Habla por Sirius, yo tengo novia –replicó Lupin. ¡Maldita sea!

- Me parece que no sabes con quién estás hablando –le lancé lo que espero que fuera mi mejor mirada desdeñosa y traté de pasar.

- Te equivocas –pero Potter se interpuso en mi camino de nuevo–. Claro que sé con quién estoy hablando. Eres... Eres... ¡Sirius, ayúdame!

- Margot Queens. Dieciocho años, cumplidos el 19 de marzo. 1,55. 95–70–95. Origen muggle. Casa Hufflepuff, donde sus mejores amigas son Rita Skeeter y Anabell Bedford. Le gusta la piña colada, el tenis, los cómics de Mafalda y Asterix y las películas de Van Damme. Perdió la virginidad a los dieciséis, en un concierto de Bruce Springsting. ¿Con Aston Bedford?.¿Puede ser? –vale, lo admito, fue patético. Después del discurso de Black me quedé sin habla y lo que es peor, con la boca abierta. Pero es que era alucinante. No pensaba que supieran ni que existía y resulta que conocía mis medidas y cuándo y dónde perdí la virginidad.

- Vale, sí, sabes quién soy,. ¿pero para qué quieres a Fluffy?

- Es que me encantan los cachorros, son unos seres esponjosos y adorables y... No cuela. ¿No?

- No –confirmé.

- Vale, es para presentarle al novio de Evans. Estoy seguro de que se llevarán muy bien –una sonrisa de genio malvado brotó en la cara de Potter–. Y una vez que haya quitado a ese palurdo de en medio, Evans se verá irresistiblemente atraída hacia mí.

- Potter, la única manera de que Evans se sienta "irresistiblemente atraída hacia ti", es que te ates un imán a tus partes y logres que tus amigos le inserten a ella otro de signo contrario en las suyas –y esta vez sí que logré esquivar a ese merodeador insoportable y dirigirme hacia el cobertizo.

Una vez allí, me olvidé de los problemas que dan los hombres y me centré en el problema de manejar un cachorro de tres cabezas más grande que yo. De pronto tuve una inspiración y volví corriendo al lago. Allí seguían los merodeadores, a los que Potter echaba la bronca porque nunca habían tenido la genial idea de los imanes.

Nunca la tuvimos porque es una soberana estupidez –argumentó Lupin. Yo creo que estaba celoso de que no se le ocurriera a él. Es que mi lobito es un poco irascible, forma parte de su encanto.

- Ey, aquí vuelve mi pequeño genio –se alegró Potter al verme.

- Creo que me dijo algo más, pero yo pase y me dirigí a las chicas de la pelota. En un penoso intento de atraer la atención de los merodeadores se habían metido en el agua y, claro, me tocó zambullirme también e interceptar la pelota.

- ¿Me la dejáis? Gracias –y antes de que dijeran nada, había vuelto a salir del agua, empapada, con la maldita camiseta pegada y con la pelota.

- Mm, ya veo lo que me decías, Padfoot –comentó Potter al pasar yo entre ellos. Me parece que Black alzó las cejas en uno de sus gestos lascivos.

De nuevo los ignoré, entré en el cobertizo y puse mi plan en marcha. A una cabeza le di el biberón, a otra la entretuve con la pelota y con la que sobraba, me dediqué a establecer las relaciones de dominancia, clavando mis ojos azules en sus ojos amarillos y procurando no pestañear.

Al poco rato oí cuatro tipos de pasos distintos y voces ahogadas. No me giré a mirar, no podía romper el contacto visual.

- ¿Estás seguro de lo que haces? –era la voz de Lupin con un matiz incrédulo. Eso significaba que los merodeadores acababan de entrar en el cobertizo. ¿Por qué?

- Siempre –replicó Potter con arrogancia.

- James –Pettigrew sonaba inseguro (aunque yo creo que más bien era su tono de voz normal)–¿por qué está ahí plantada mirando fijamente a esa cosa? –Mm. Debía de estar escondido detrás de Black.

- Buena pregunta. Averigüémoslo –Potter avanzó y se sentó al lado mío, en el abrevadero volteado que estaba usando como banco. Le ignoré–. Eh, chica que perdió la virginidad en un concierto de El Jefe. ¿Qué haces?

- Potter... –empecé sin apartar los ojos de Fluffy.

- Llámame James.

- Potter –tuve cuidado de resaltar el apellido–, no es tu puto asunto.

- Vaya, pensaba que las Hufflepuff eran dulces, modositas y que jamás empleaban palabras malsonantes –Lupin parecía sorprendido de verdad. ¿Y él qué sabía? Sólo salía con Ravenclaws.

- ¿Y tú que sabrás? Sólo sales con Ravenclaws –¿Pero qué pasaba allí¿Es que Black me leía el pensamiento?–. Para que lo sepas, las Hufflepuff son impresionantes. ¿Cómo no van a serlo unas pibas que no saben decir no? –Black usó su tono de "lo sé porque me he tirado a todas las pibas de la escuela". Lo que es totalmente falso, porque a mí me saltó el turno. ¡Cabrón!

- Ese no fue el problema. ¿Verdad, Black? –se iba a enterar. Ellos no eran los únicos que sabían todo de todo el mundo–. Y para que lo sepas: no es tan común, no les pasa a todos los hombres y sí que tiene importancia.

- ¿Cómo? –los tres merodeadores se volvieron hacia su amigo, que debía de estar entrando en ebullición de pura furia.

- ¿Tuviste un gatillazo? –preguntó Potter burlón. Pettigrew soltó una risita burlona que se interrumpió a mitad, casi fijo que por una mirada asesina de Black.

- Ay, Sirius, impotencia. El primer paso hacia la vejez –apuntó Lupin con más mala leche aún que Potter.

- Bueno, Lupin al menos Black lo ha intentado. Tu aún no has tenido siquiera sexo oral con White –oí la carcajada de Black. Al menos había logrado calmarle, claro que a costa de enfurecer a Lupin. Y ni siquiera podía mirar lo guapo que se ponía cuando se enfadaba–. ¿Y qué haces que un sábado por la tarde no estás con tu chica sino en un cobertizo mirando cómo una loca de Hufflepuff trata de controlar a un perro de tres cabezas?

- Sí, es triste –se atrevió a decir Petigrew. Grave error, ratita presumida.

- No más que haber perdido la virginidad con una muñeca hinchable y pagando. Por cierto, debiste hacerle un funeral digno cuando se te pinchó, Pettigrew. Era lo menos que le debías.

- Tenías razón respecto a ella, Sirius –hubo algo en el tono de voz de Potter que no me gustó.

- Tetas, 10, don de gentes, menos 20.

- ¿Perdón? –me giré hacia Black con tal velocidad que fue un milagro que no me dislocara el cuello.

- Perdonada –replicó el muy cabrón, guiñándome un ojo.

- Bien, ahora que me prestas atención, volvamos al tema de Evans –Potter me tomó de la barbilla y me hizo mirarle a los ojos. ¡Los ojos! Mierda, acababa de descuidar a Fluffy. Pero no podía mirarlo: si bajaba la mirada, Potter ganaría aquel juego de dominancia y ese era un lujo que no me podía permitir.

- ¿Evans?.¿Cuándo hemos hablado tú y yo de Evans? –no aparté la mirada, pero sí la barbilla de sus manos.

- Hace diez minutos, en el lago –me explicó con tono paciente–. Necesito conquistarla de una vez. Se me acaba el tiempo y creo que mi fallo, hasta ahora, ha sido no contar con asesoría femenina. He decidido reclutarte. ¿Qué me dices?

- Supongo que pensaba que me pondría a dar saltos de alegría o algo así. Ahora que lo pienso, no sé por qué no lo hice, después de todo, muchas chicas matarían por ese honor, pero yo ladeé la cabeza, sin apartar mis ojos de los suyos, y pregunté.

- ¿Y qué sacaría yo de eso?

- Oh, ya te lo dije antes –¿la cita con Lupin?–, tres mil galeones –¿y no podía ser la cita con Lupin?–. Te vendrán bien si quieres montar tu Boutique de moda –¿Y cómo sabía él...? Ah, Black–. ¿Qué me dices?

No contesté. Me limité a mirarle de nuevo. Lo cierto es que no tenía ni idea de cómo podría ayudarle a conquistar a Evans, aunque por tres mil galeones, el premio gordo de la lotería, valía la pena intentarlo. (Aunque a veces el dinero no es lo más importante y prefería la cita con Lupin).

- Perdona, Queens, pero una de las cabezas esta mordiendo a la otra –me advirtió Lupin.

- Oh, no –me levanté y me dirigí a Fluffy, ya que la cabeza con la que había mantenido el duelo de dominancia se peleaba con la de la pelota por la pelota. Yo me metí en el lío tratando de separarlas–. Basta ya, eres una cabeza egoísta. Deja eso, es de la otra cabeza. ¡Suelta la pelota!

Me pareció oír cuatro risas masculinas antes de que la voz de Potter me anunciara.

- Tienes hasta el lunes para pensarlo.

- ¿No deberíamos ayudarla? –dudó Lupin preocupado. Ay, si es que era tan rico.

- No, es Hufflepuff. Se apañará –aseguró Potter convencido.

- ¡Ey! –protesté y me giré para mirarlos, pero sólo quedaba Black, que lanzó una mirada codiciosa hacia mis pechos, volvió a guiñarme el ojo y se largó detrás de sus compañeros.

¡El mito de la caballerosidad Gryffindor!

Hagrid llegó al anochecer, cuando yo ya había empezado a volverme loca y las tres cabezas se peleaban por la pelota.

- ¡Vaya, lo has cuidado muy bien! –yo le lancé una mirada asesina, pero el guardabosques no me miraba, ya que estaba rascando una de las cabezas. O al menos esa era la intención, ya que las tres cabezas giraron a la vez tratando de morderle.

- Sí, de nada –me despedí antes de que me pidiera ayuda para darle el biberón de nuevo.

Todo el mundo debía de estar en el Gran Comedor cenando, pero yo estaba demasiado agotada para tener hambre. Sólo podía pensar en una ducha para librarme de los microbios del agua del lago, mi pijama más ancho y mi confortable cama.

- Srta. Queens –pero la profesora McGonagall tenía otros planes–, el director desea verla –con un suspiro, seguí a la jefa de la casa de Gryffindor hasta el despacho de Dumbledore.

Lo lógico sería que la jefa de mi casa, la profesora Sprout, fuera la que se encargara de estas cosas, pero ella se pasaba la vida en el invernadero 3, cuidando de sus plantas favoritas, y había cedido el privilegio de los castigos de su casa a la jefa de los leones. Estoy segura de que la muy perra lo disfrutaba a tope.

Dumbledore me invitó a sentarme y yo tuve un mal presentimiento.

- He hablado con Hagrid –Oh, oh–. Por lo visto ha cuidado muy bien a Fluffy y está más manso que nunca –repito: oh, oh–, así que he decidido que lo va a cuidar todos los sábados por la tarde hasta que encuentre un método efectivo para tenerle tranquilo. ¿Alguna pregunta?

- Sí. ¿Esto es una venganza por aquella crítica constructiva y totalmente bienintencionada que hice sobre su túnica violeta? –Dumbledore se rió.

- Por supuesto que no, tengo una vida demasiado ocupada para ser rencoroso y vengativo –afirmó el director.

- Ya. Claro –por supuesto, no me creí ni media palabra. Lo que hace superiores a los Hufflepuff respecto al resto de las casas es que nosotros sí sabemos encajar las críticas.

Cansada, deprimida y condenada a pasar el resto de tardes de sábado de mi vida acompañada de un perro de tres cabezas, o al menos hasta que pudiera domarlo (lo que me llevaría toda mi vida), decidí irme a mi habitación a descansar.

Sin embargo, y gracias a Merlín, escuché a tiempo una voz conocida y pude ocultarme de su dueño. Desde detrás una armadura, vi pasar a mi ex, Match Toller, uno de los motivos por el que había renegado de los hombres.

No salí hasta que no estuve segura de que él estaba bien lejos. La verdad es que esquivarle no me resultaba nada fácil, ya que íbamos al mismo curso y a la misma casa, pero yo más o menos lo conseguía, y eso pese a las encerronas que me tendía Rita, que estaba obsesionada con que tenía que volver con él y olvidarme de Lupin.

Cosa absurda, por otra parte, ya que no rompí con Toller por mi obsesión por Lupin, sino que más bien mi obsesión con Lupin era consecuencia de mi ruptura con Toller.

Entonces:. ¿por qué rompí con Toller? Veréis. ¿Alguna vez habéis tenido un novio/a que se lleve mejor con tus amigos que contigo? Pues eso me pasaba con Toller: se llevaba mejor con Rita que conmigo, hasta el extremo de que a veces yo tenía la paranoia de que cuando estaba en la cama con él, él en verdad se lo estaba haciendo a Rita. En esa época no levité ni una sola vez. Fue entonces cuando yo empezaba a pensar que lo estaba haciendo con Lupin y al menos disfrutaba un poco, pero no lo suficiente como para aguantar.

Toller no llevó muy bien la ruptura y creo que sobornaba a Rita para que me animara a volver con él. Entre tanto, siempre que me lo cruzaba a solas en un pasillo, trataba de acorralarme y besarme, como para recordarme lo que me perdía, pero en vez de eso, me reafirmaba en mi decisión de no volver con él y en mi deseo de conseguir a Lupin.

Al fin logré llegar a mi cuarto, saludé a una Anabell mustia por haber pasado la tarde de sábado leyendo revistas atrasadas y me sumergi en mi anhelada ducha.

Fue esa misma noche cuando se me ocurrió la idea. A las tres de la mañana, mi estómago se acordó de que no había cenado. Al principio pensé en ignorarlo y esperar al desayuno,.¿quién sabe? Si adelgazaba, igual le resultaba atractiva a Lupin; de pronto, sentí una extraña comprensión por Potter: los dos obsesionados con personas que pasaban de nosotros.

Mi estómago volvió a reclamar alimento y yo decidí que aquello no me engordaría, ya que eran nutrientes que irían directos a mi cerebro y no a mis caderas. Con sigilo, me levanté y me fui a las cocinas. Allí siempre hay algún elfo doméstico de guardia, y el que había esa noche me preparó unos cuantos sándwiches.

Una vez saciada, y cuando estaba volviendo para mi cuarto, tuve un encuentro desafortunado.

- ¡Alto ahí, jovencita! –Filch, el irascible conserje Squib que odiaba a todos los alumnos. ¡Genial! Ahora me castigarían no sólo a domesticar a Fluffy, sino que también tendría que alimentar a las arañas de Hagrid o alguna otra de sus mascotas–. ¿Qué está haciendo aquí?

- Nada –sonreí nerviosa. Y de pronto... Me vino la inspiración: me acordé de los consejos para domesticar fieras y miré fijamente a los ojos del conserje.

Un minuto después, Filch no había podido resistir mi mirada y la había apartado. ¡Genial!.¡Yo era la que mandaba!.¡Viva la dominancia!

Supongo que por hoy puede olvidar este incidente y dejar que me largue de aquí –sugerí con tono cauteloso.

- Sí, puedo olvidarlo –confirmo Filch– ¡Ahora, largo de aquí!

Decidí hacerle caso y me alejé de él con una sonrisa triunfal. Vaya, vaya, puede que para amansar cachorros de tres cabezas no, pero para amansar humanos...

- Estás de coña –así reaccionó Rita cuando a la mañana siguiente le conté mi aventura con Filch–. Ese viejo amargado no dejaría irse de rositas a ningún alumno, por muy fijamente que le mirase.

- Pues te aseguro que eso fue lo que pasó –confieso que a veces era algo que no soportaba de Rita: su puta manía de creer que era la única persona que podía hacer descubrimientos increíbles. Decidí cambiar de táctica–. Tengo una teoría, a ver qué te parece. Siempre estamos diciendo que los hombres son...

- Basura –completó Rita con su tono rencoroso que le duraría hasta el jueves, cuando algún imprudente le pidiera una cita, mejorando su humor.

- Simples –maticé yo.

- Mi cuchicu no lo es –refunfuñó Anabell, inmersa en su cabreo de los domingos, después de que su novio pasara de ella el sábado–. Es complejo, malvado, retorcido... Es lo que le hace tan sexy –quiero a Anabell, pero a veces sus gustos para los hombres me preocupan.

El caso es que les atribuimos menos complejidad mental que a los perros, así que un manual para domesticar perros debería servir para amansar hombres.

- ¿Esa es tu teoría? –Rita me lanzó una de las miradas despectivas que, aún hoy, dedica a aquellos que le hacen perder el tiempo.

- Sí, lo es –confirmé yo, sintiéndome menos entusiasmada. Mucho menos aún cuando Rita bufó.

- Por favor, Margot, me has hecho perder un tiempo precioso. Tiempo que podía haber dedicado a investigar para mi nuevo y demoledor artículo –anunció Rita pomposamente.

- ¿Y que artículo es ese? –pregunté en tono desdeñoso, picada por su hiriente comentario.

- Voy a demostrar que Evans no tiene nada de perfecta. Destrozaré su fachada de niña bien aunque sea lo último que haga –confieso que me dejó sin habla. Más que nada, porque nunca he creído que lo de niña bien de Lily fuera una fachada.

- ¿Por qué? –Anabell la miró con sus vivaces ojos castaños, haciendo la pregunta que yo no me atrevía hacer.

- ¿Por qué no? –sí, a veces pienso que el sombrero se equivocó al no mandar a Rita a Slytherin. Luego recuerdo que, al igual que ellos, nosotros somos ambiciosos, pero por contra, llegamos a la cumbre después de habernos currado la escalada, no como ellos, que llegan arriba porque sus padres les compran el ascensor.

- Pero ella no nos ha hecho nada –protesté yo apasionadamente–. Olvida eso, Rita. ¿Por qué no mejor escribes un artículo sobre el método para domar a los chicos más indomables de Hogwarts?

- ¿Y quién lo documentará?.¿Tú, Margot?.¿O tal vez Anabell? –Rita nos miró burlona, tanto que Anabell y yo exclamamos a coro.

- ¡Sí! –provocando que ella soltara una carcajada.

- Pues nada, chicas, suerte –Rita nos mostró su sonrisa más burlona mientras salía por la puerta–, os hará falta.

- Margot...

- ¿Qué, Anabell?

- ¿Crees que podremos hacerlo? –preguntó Anabell con tono vacilante.

Yo seguí mirando la puerta por la que Rita y su maldita sonrisa de superioridad se habían ido... Se la haría tragar. ¡Oh, ya lo creo que sí!

- Anabell –sonreí, sintiendo cómo dentro de mí las dudas eran sustituidas por una seguridad a prueba de bombas–, vamos a hacerlo –¡Sí!.¡Lo admito! Desde que oí a Tom Cruise decir esa frase en Misión Imposible, me moría por poder utilizarla.

- ¿Pero cómo? –insistió Anabell, sin dejarse llevar por mi entusiasmo.

- Haciéndolo –repliqué como si eso lo explicara todo–. Empezaremos por Snape, tu esquivo cuchicu –los ojos de Anabell se abrieron de la sorpresa. Bueno, puede que también la cara de susto se debiera a que pensaba que estaba con una loca peligrosa en la habitación–. Y después iremos a por los merodeadores.

- Sí, claro. Buena idea –su tono me hizo sospechar que, en cuanto me descuidara, correría a por una camisa de fuerza y trataría de que me internaran en el área de desquiciados mentales de San Mungo. Mejor tenerla ocupada.

- Lo sé. Ahora léete esto –y le lancé el librillo de instrucciones–. Y preparate: este viernes, tú serás la parte dominante de la relación.

Anabell me dedicó la clase de sonrisa que se dedicaría a una loca armada para que soltara el cuchillo y empezó a leer.


¿Y qué os pareció el primer capi?

Bien, mal, un rollo patatero, he perdido mi precioso tiempo, me ha encantado... ¡Hablar o callar para siempre!

No va, fuera bromas. Ya os lo he dicho antes: el fict está escrito entero. Eso implica que mi velocidad al subirlo depende de vuestro interés en leerlo y no de mi inspiración del momento. Y por desgracia para vosotros, la única manera de medir el interés es el número de RR.

Tranquilas/os, que no voy a decir: "si no me dejáis 40 RR no actualizo". Aunque no lo creáis no me gusta decirlo, me siento como la McGonagall sin sexo y encima me llamáis chantajista. Así que para evitar esos extremos, ya sabéis que hacer.

Como dicen por ahí, "una historia con RR, es una historia feliz".

En serio, feliz año y felices Reyes.

Besotes.

Carla Grey.

Orgullosa Lupina. MOS. Hermana de Mya, Paula & Maru Malfoy. Tía de Azi Black. Paciente de Serenity. Hija política de Veronika. Emperatriz consorte de Alonning. Ahijada del hada madrina Noriko. Prima de Miss Molko e Inna. Miembro de las 15 de Mey. Amiga por correspondencia de una miembro de LODF. Pariente de Anvy Snape. Casi pariente de Libertad, la amiga de Mafalda. Chica del espejo de lujuria de Dreaming. Hermana Escorpio de Moony Gabriela. Musa de Mika Granger.