Introducción.

Porque juzgar es fácil cuando miramos al de junto y pretendemos aconsejarle sobre las decisiones de su vida. Porque siempre vemos la viga y no la paja. Por eso y miles de razones más, quise soñar (Yume) con la posibilidad de un futuro distinto para Candice White Andrey y Terrence Granchester.

Empatía o estar en los zapatos del otro. Ésa es mi premisa. El hubiera no existe, pero sí el "podría ser". Nunca comprendí la decisión del Duque al dejar escapar a una extraordinaria mujer. Quizás ella tampoco lo entendió y mucho menos él. Tendría que estar en una situación similar donde alguien ofreciera su vida a cambio de la mía, para mirar si resulta tan sencillo abandonar esa deuda que no solicitamos contraer. Para ver si con la mano en la cintura nos damos la vuelta y decimos simplemente "gracias".

No lo sé a ciencia cierta, pero posiblemente bajo esta perspectiva, lo que no tuvo explicación en su momento, encuentre su sendero poco a poco hasta un nuevo final donde nadie decida el futuro del otro, ni lo juzgue por haber errado el camino, sino que esta vez, Candy y Terry decidan por y para los dos, habiendo vivido la misma experiencia.

Emera 2005

CAPITULO I

Detenerse

-… Y si alguno de ustedes conoce algún impedimento para que este matrimonio se lleve a cabo, que hable ahora o que calle para siempre…

Abrí la boca para gritar con todas mis fuerzas desde la parte trasera de la excelsa Catedral de San Patricio, pero nada salió de mi garganta. Cerré los ojos y tomé aire para intentarlo una vez más. Fue inútil, ningún sonido escapó de mis labios y las gotas de sudor comenzaron a rodar una a una por toda mi frente… ¡No lo hagas¡No lo hagas!... Lo tenía claro, detener esa boda, pero todo se perdía sin remedio en el más profundo e intolerable de mis silencios.

-Siendo así – prosiguió el sacerdote – por el poder que me confiere la Iglesia, los declaro…

¡No, por favor¡Yo quiero hablar!

Desesperada y luego de estrujarme la garganta, la cual sencillamente se negó a obedecerme, salté de mi asiento y corrí a través de la alfombra roja para llegar hasta el imponente atrio. Sin embargo, a cada paso que daba, la feliz pareja se alejaba lentamente sin percatarse de mí presencia. Los movimientos de mi cuerpo eran torpes y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano a la mitad del camino a causa de la insoportable sensación de estar corriendo sumergida en un lago.

-Marido…

¡Terry!

-Y mujer…

¡Detente!

-Puede besar a la novia…

Los recién casados se miraron con dulzura. Sentí un escalofrío recorrer cada poro de mi piel y me detuve petrificada a tan sólo un metro del altar. Observé entonces a Terry levantar el velo de su esposa y llegar hasta sus labios. Sorprendida, vi que el rostro de esa mujer no era el de Susana Marlowe. Enseguida, ahogué el único grito que pude articular y mi piel se tornó pálida cuando descubrí que era yo quien por alguna desquiciante razón estaba frente a Terry Granchester y me acababa de convertir en la compañera de toda su vida. Sacudí la cabeza sin comprender nada. ¿Cómo podía estar en dos partes al mismo tiempo, Devolví la vista al hombre que se inclinaba para besarme y a punto estuve de perder el sentido cuando Terry dejó de ser Terry para transformarse en... en… ¿Quién?

-Señoras y señores – finalizó el párroco con una sonrisa y extendiendo sus brazos hacia la multitud – les presento al señor y a la señora…

-¡Hey¡Enfermera!

Miré hacia la puerta principal, sobresaltada, al escuchar que alguien me llamaba con insistencia.

-¿Que hubieras hecho tú? – dijo una desconocida con severidad.

-¿Qué? – entrecerré los ojos y creí que las piernas no podrían sostenerme más.

-¡Sí, Candy¿Qué hubieras hecho tú? – repitió la joven.

Unos segundos después, dejé de sentir mi cuerpo y perdí el conocimiento.


NUEVA YORK
1916

-¡Susana!

-Mamá, tranquilízate, estoy bien…

-¡Estoy bien, estoy bien¡ - protestó mi madre – ¡Dios¿Por qué no me llamaste¿Tenías que hacer esto tú sola¿Te duele algo¿Cómo pasó?

Apreté los parpados abrumada por todas las interrogantes a las que debía contestar con premura. Además de soportar el dolor en la rodilla por el golpe, tenía que aguantar los gritos de mi madre, los cuales consideré particularmente odiosos esa mañana.

-Mamá, basta. – supliqué levantando mi brazo para evitar que se acercara – Yo puedo sola.

-¡Terrence!

-¡Mamá! – increpé furiosa dando un manotazo en el piso - ¡Dije que yo puedo sola!

-¿Qué pretendías hacer, Susana? – llegó hasta mí y sujetó mis hombros.

-Creo que es obvio – refuté con ironía – Ponerme de pie y servirme un vaso con agua¿Esta bien?

-¡No, no está bien! – me sacudió con molestia – ¡Mira lo que sucedió!

-¡Deja de gritar! – cubrí mis oídos – ¡Terry no esta y no quiero que nadie me ayude!

La fórmula de gritar más fuerte que ella funcionó. Mamá retrocedió unos pasos como si tocarme le quemara las manos y guardó silencio.

-Gracias – dije aliviada intentando ponerme de pie.

Me arrastré medio metro para coger la muleta de madera que voló hasta el pie de mi cama a razón de la caída y me apoyé en ella para volver al lecho sin el vaso con agua y con mi autoestima literalmente por los suelos.

-Lo ves – apunté con agudeza – no fue Terry, ni la enfermera ni tú, mamá. Fui yo quien se puso de pie… aunque fuera por unos segundos – añadí desilusionada.

-Sólo te lastimaste – dijo observándome y a la vez conteniendo las ganas de darme una tunda –. Sólo eso lograste.

-No – sonreí fugazmente – también hice que me diera más sed.

-Susana…

-Al menos hice la prueba – sonreí – Quizás mañana pueda caer más cerca de la mesa de centro.

-¿Te parece un chiste? – exclamó endureciendo las facciones.

-Me parece que estás perdiendo tu sentido del humor, mamá.

-¿Dónde está tu prometido? – inquirió caminando al ropero – ¿Se ha marchado ya?

-Sí – respondí tratando de adivinar lo que buscaba en mi armario.

-No me dijo nada. Sabe bien que tiene que avisarme para estar pendiente de lo que puedas necesitar en su ausencia.

-Cuando él no está, lo único que necesito es que vuelva pronto¿Puedes ayudarme en eso? – pregunté sarcástica - ¿Qué buscas?

-Cásense y asunto solucionado – dijo desdoblando un chal que luego colocó en mi mesita de noche – ¿Cuándo vamos a discutir la fecha de…?

-Mamá… - la interrumpí - no de nuevo.

-No me digas "mamá, no de nuevo", Susana. Tú lo amas, él te ama – dijo tan despreocupadamente, sentándose junto a mí –. No veo por qué no hablar de…

-Se conformó conmigo – objeté – es distinto.

-No hables así – pretendió consolarme, acariciándome la espalda – Tú no has dejado de ser una buena actriz ni tampoco una mujer por haber sufrido un accidente. Tú eres para él…

-Su premio de consolación – dije tirándome de espaldas sobre la cama – su segunda mejor opción.

-¡Susana!

-¿Qué! – la miré fijamente – Mamá si no te gusta lo que oyes, entonces…

-Cuida tus palabras – me advirtió incorporándose de la cama – que no hablas con una de tus amigas…

-Ya, déjame sola…

-Terrence eligió, no tú. Además… te ame o no – resolvió sirviéndome aquel vaso con agua que provocó todo esto – te lo debe.

-No me debe nada, mamá.

-Te debe la vida ¿Te parece poco?

-¡A ti te parece poco que me pague con la suya, por lo que veo! – repuse sentándome nuevamente – Lo que hace, lo hace por lástima, por mera compasión.

-No me digas que… - entornó sus ojos azules deseando leerme el pensamiento – ¿Estás pensando en deshacer el compromiso?

-No lo sé.

-¡Ni se te ocurra, Susana¿Qué harás así!

-¿Así? – inquirí boquiabierta por tan infame insinuación - ¿Así cómo?

-A-así… - respondió vacilante – con el… corazón roto… enamorada y…

-Sé perfectamente lo que quisiste decir, mamá. Así, inválida, inútil, sola y frustrada ¿no?

-Lo único que quiero, hija…

-…es lo mejor para mí?

-Te seguirá resultando un chiste – cruzó los brazos sobre su pecho – pero al final te darás cuenta que tuve razón…

-Mientras eso sucede¿Me dejas sola?

-Pero…

-Por favor… - le rogué, arrastrando las palabras.

Vi a mi madre azotar furiosa las manos contra su vestido y cruzar el umbral de la puerta murmurando algo parecido a "¡Que necia eres!". Yo también maldije por lo bajo y miré a través de la ventana con una extraña sensación en el estómago. Tal vez era verdad ¿Quién querría estar a mi lado para convertirse en mi lazarillo? Para cuidarme, para amarme, para compartir la cama. ¿Una mujer mutilada¿Quién se sometería a semejante tormento¿A quién podría yo obligar a eso?

-No quiero – sacudí la cabeza y mordí mi mano hecha un puño – no quiero estar sola, pero… irremediablemente acabaremos… - apreté los ojos con fuerza luchando contra mi propio llanto - … odiándonos.


PENNSYLVANIA

-El final de esta historia... el final de...

Rayé mi cuaderno por enésima vez. Por poco y rompo el único lápiz que me quedaba. Esa estrofa me estaba costando más trabajo de lo que pensaba. A mis pies, montones de hojas blancas tiradas sobre la alfombra evidenciaban el tiempo que llevaba tratando de avanzar en esa endemoniada letra.

-El final de esta historia... el final de...

-¡Richard! – oí que llamaron a la puerta.

-¡Richard no está! – respondí con un grito.

-¡Vamos Richard, abre!

... ¿Cuántas veces le he dicho que no me interrumpa!...

-¡Abre! Quiero mostrarte lo que acabo de escribir.

-¡No estoy!

-¡RICHARD!

Ignorarla, sí, era buena idea. Volví a mi guitarra y dejé que mi compañera de cuarto siguiera gritando hasta que se cansara y se fuera.

-El final de esta historia... enésima auto... (1)

-¡Richard¡Richard! - insistió Ruth sacudiendo la puerta - ¡Ábreme que no me iré!

Ignorarla, no, fue mala idea. Me tapé las orejas antes de explotar en cólera. Hice a un lado la guitarra y abrí la puerta de mi habitación jalando con rabia para después clavar la mirada en Ruth, quien enmudeció al verme.

-Hola Rich…ard – alcanzó a decir temerosamente, tragando con dificultad.

-Sólo dime cuántas... – gruñí.

-¿Cuántas qué?

-¿Cuántas veces te he dicho que no me molestes cuando estoy en medio de una composición!

-Oh, lo siento – sonrió traviesa – pero aprovechemos que ya abriste la puerta y déjame leerte mi más reciente creación...

Con descaro, su siempre descaro y desfachatez, Ruth se abrió paso hasta mi sillón favorito y se sentó cruzando las piernas para luego tomar aire y empezar a recitar.

"El rosal en su inquieto modo de florecer, va quemando la savia que alimenta su ser. ¡Fijaos en las rosas que caen del rosal: Tantas son que la planta morirá de este mal! El rosal no es adulto y su vida impaciente se consume al dar flores precipitadamente". (2)

Ruth dobló el papel dando por concluida su lectura, esperando mi reacción.

-¿Y bien? – inquirió expectante.

-¿Es todo?

-¿Querías más?

-No lo sé... ¿Hay más?

-No, no hay más – dijo molesta - ¿te gustó o no?

-Sí, sí me gustó – respondí con fastidio – ahora ¿Me darías oportunidad de seguir con lo mío?

-¡Egoísta! – brincó Ruth - ¡Solamente te pido un minuto de tu tiempo¡Uno¡Y lo único que haces es…¡Uggh!

"Llorar" era un verbo que Ruth había decido no incluir en su manual de vida. Alguna vez me lo dijo. Sin embargo, y de manera inesperada, la poetisa de veinticuatro años comenzó a llorar como un bebé.

-¿Ruth? – pregunté confundido – que... ¿Qué te pasa?

-¡Te odio! – me gritó en la cara.

-¿Qué tienes? – caminé hacia ella.

-¡No! – intenté acercarme pero me recibió con un empujón.

-¡Hey! Tranquila...

¿Quién eres y qué hiciste con mi mejor amiga? Quise preguntarle. Estaba petrificado. La mujer que conocía desde hacía diez años era apasionada, impulsiva y revolucionaria. No llorona. Algo no andaba bien o el mundo había amanecido de cabeza.

-No quise ser grosero – bajé la guardia – perdóname Al.

-¡No me llames así!

-Lo siento, Ruth – corregí rápidamente – perdóname, no quise herir tus sentimientos. El poema es hermoso.

-¡Vete al diablo¡Ni siquiera lo escuchaste!

La vi encaminarse furiosa hacia la puerta pero me interpuse en su camino abrazándola por la fuerza y ahogando el llanto de mi pequeña "Al" en el pecho.

-Tranquila – acaricié su espalda – tu no eres así. Dime qué te pasa.

-No sabes nada de mí… eres un bruto – dijo hundiendo su rostro en mi camisa.

-Sí, soy un bruto y una persona horrible. Soy todo lo que quieras pero dime qué te pasa.

-¿A ti que te puede importar?

-Ya, no seas chiquilla. Todo lo que te pase me importa.

-Pero no tanto como te importa esa tonta.

¿Esa... tonta?...

-¿Y puedo preguntar de quién hablas? – levanté su barbilla.

-¡Es tonta, insoportable y sabes bien a quién me refiero¡Mejor que no abra la boca porque no sabe decir más que estupideces! – vociferó sin miramientos – ¿Por qué tienes que irte¡Allá no te quieren!

... Ah... esa tonta...

-Ahora entiendo por qué estás así – sonreí triunfante.

Deshice el abrazo y acaricié su mejilla.

-¿Por qué no dices simplemente que me vas a extrañar¿Es necesario hacer un drama como éste?

-¿Yo¡Yo no te voy a extrañar! – me pegó un manotazo.

-¡Basta Ruth! – dije sujetando su muñeca antes de que lo intentara de nuevo – Estás hablando conmigo…

-¡No me había dado cuenta, genio! – dijo tratando de liberarse - ¿Quieres pelear?

-Tengo que ir – sujeté su otra mano, riéndome –. Me necesita. Por otro lado, es mi padre quien lo ordena. Únicamente permaneceré en Nueva York una corta temporada, después volveré.

-Promesas, promesas... – masculló incrédula – los hombres hablando de promesas…

-Voy a volver, bestia – dije mirándola a los ojos y acercándome a su rostro – tengo que volver para asegurarme que no hagas ninguna locura de las que acostumbras.

-¡Richard!

Ruth cerró los ojos y maldijo tres veces antes de recuperar la calma. Me observó en silencio conteniendo las ganas de patearme. Fue sencillo leerlo en su cara.

-Yo sí te voy a extrañar – le susurré al oído. Me fascinaba verla sonrojarse.

-Eso espero – gruñó quedamente.

-Tu turno.

-¿Mi turno de qué, animal?

-De decir "te voy a extrañar Richard"

-¡Ja!

-Dilo, bestia… - canturreé maliciosamente.

-¡No!

-¡Dilo!

-¡Oblígame!

-¿Ah, sí? – sonreí travieso – deseo concedido…

Y la besé. Sujeté su rostro con fuerza antes de que reaccionara. Sus dulces labios no alcanzaron a responderme. La solté poco después y cerré los ojos aguardando una sonora bofetada. Nunca llegó. Levanté los parpados lentamente y miré a mi mejor amiga, a mi primer amor con una lágrima atravesándole los labios.

-Escríbeme... – suspiró la poetisa a punto de sonreír.

-Siempre...


CHICAGO

-¿Un sueño?

-A mi me pareció más una pesadilla, Candy.

-Pues fue muy real – toqué mi frente – mire el resultado.

-Toma esto. Te quitará la jaqueca.

Estiré la mano para recibir la pastilla que el Doctor Martin me ofrecía junto con un vaso de agua. Una molesta punzada en la sien me obligó a mover el brazo aletargadamente y susurrar un leve quejido de dolor.

-Gracias.

-Albert querrá saber el origen de ese moretón en tu frente.

-Se morirá de risa cuando le diga que me caí de la silla por quedarme dormida – dije antes de poner la píldora en mi boca y beber de golpe toda el agua - ¿Podría no mencionarle nada, Doctor? Idearé algún pretexto.

-¿Cómo cuál? – dijo con interés un alto, rubio y atractivo joven vestido en jeans, recargado en la puerta del consultorio – Tendrá que ser algo muy bueno para poder engañar al anciano y decrépito "Tío abuelo William"…

Hice un mohín de vergüenza al verme descubierta por ese anciano decrépito al que no se le escapaba nada.

-Déjame verte – dijo caminando hacia mí – vaya, que buen golpe te has dado. ¿Cómo pasó?

-Se pegó con el recodo del escritorio y después cayó al suelo – explicó el Doctor Martín conteniendo la risa.

-¿Ah sí? – se arrodilló Albert a mi lado - ¿Qué soñabas, muchachito?

-No me llames así – le respondí tensando los labios - ¡Doctor Martin, no se ría!

-¡Entonces llamemos a la prensa! – dijo Albert – "Candice White de la acrobacia" no se cayó de un árbol, no se cayó al escabullirse por entre los techos de las casas ni tampoco se cayó al huir de su prometido al montarse en un caballo desbocado... Candice White se cayó de una silla.

Mi mejilla comenzó a temblar de coraje.

-¿Te diviertes… Albert?

-Mucho – prosiguió el hombre – pero ya es hora de irnos, el Doctor querrá cerrar la clínica e irse a descansar.

El médico asintió con la cabeza dado que su frasco de Ron se instaló en su boca y su capacidad de comunicación verbal quedó obstruida temporalmente.

-¡Doctor Martin! – rezongué – todavía es muy temprano.

Ni qué decir. El amable matasanos levantó los hombros con inocencia y suspiré derrotada.

-¿Vamos? – dijo Albert ofreciéndome su brazo.

Nos despedimos de nuestro amigo desde la puerta y caminamos sin prisa hasta el portón donde se estacionaba el auto que el heredero Andrey había comprado un par de meses atrás, cuando aún vivía conmigo, y que manejaba siempre que no estaba de humor para tolerar a choferes, guardaespaldas y agregados culturales que lo único que hacían era convertir su vida en una permanente "junta de negocios".

-No me dijiste qué soñabas – dijo Albert mirando su sombra en el adoquinado - ¿Tan malo era?

-Ya lo olvidé – contesté con ligereza - ¿Tú como estás?

-¿Yo cómo estoy? Bien, gracias por preguntar – me sonrió – Ya veo. Entonces soñabas con…

-Con nadie – increpé con una mueca en la cara –. Soñé que me caía de un árbol.

-Pues falta poco para que te caigas de mentirosa.

-Le atesté cientos de flechas envenenadas con la mirada y pellizqué su brazo, quedándome con las ganas de darle un puntapié.

-Hablando de mentiras, señor William ¿Cuál tuvo que inventar en esta ocasión para escaparse de la tía abuela?

-Veamos – rascó su barbilla – le dije que tenía una cita muy importante con una noble dama de sociedad.

-¿Y qué tal te fue?

-Regular. Me esta costando trabajo conversar con ella.

-Ooh – fingí demencia – ya veo...

-¿Me permites? – dijo Albert al llegar al auto y abrirme la portezuela del copiloto.

-Gracias, pero prefiero caminar.

-Candy... – replicó sorprendido - ¿Te has molestado conmigo?

-Nunca – le sonreí mitigando mi parca respuesta – pero explícame qué quisiste decir con eso de "huyó de su prometido en un caballo desbocado"

-Aah – comprendió Albert de inmediato – te refieres a cierto sobrino incómodo.

-Incómodo y molesto como una pulmonía – bufé como toro de rodeo –. La última vez que miré, ya no tenía "prometido".

-No lo tienes, pero Neil no se ha dado por vencido, Candy.

-No-es-mi-problema... – tarareé moviendo mi dedo índice – así que si no quieres tener a otro de tus sobrinos con un chichón en la cabeza, será mejor que le digas que se aleje… o lo alejaré yo de una patada.

-¿Qué puedo hacer yo contra el poder del amor? – dijo William con sarcasmo – además, si lo mandas al hospital… – me guiñó un ojo – le harías un favor al tenerte cerca.

-Ja… muy gracioso. ¿Le dirás o no?

-Hablaré con él por quinta vez, lo prometo – dijo con un gesto de su mano – ¿Ahora sí me permites? – insistió señalando hacia el interior de su automóvil.

-Que descanses – besé su mejilla – caminaré...

-Espera – dijo Albert sujetándome el brazo cuando pasé a su lado.

-¿Qué pasa?

-No tan rápido, vine a hablar contigo y no me iré hasta que me escuches.

-Me duele la cabeza – hice un puchero - ¿Otro día, sí?

-No – se cruzó de brazos – has estado evitando hablarme desde hace una semana, y mi paciencia, que es mucha, se agotó.

-Por favor – supliqué entrelazando las manos – si tú no dices que me viste, yo también lo negaré y te deberé una... No quiero tocar ese tema¿Sí?

-No.

-Por favor...

-No.

-¡Por favor!

-Me niego

-¡Te lo suplico!

-Absolutamente.

-¡Albert!

-¡Ie!

-¿Qué? – me reí.

-Ie... Aoi me enseñó esa palabra esta mañana – dijo Albert orgulloso – Y la respuesta sigue siendo no.

-¡Aoi-san¿Cómo esta?

-Muy bien, gracias.

-No la he visto últimamente.

-Es porque has estado huyendo de mí – insistió.

-No huyo de ti, no seas necio.

-¡No me digas necio!

-¿Qué tiene de malo decirle necio a un tipo necio?

-Candy...

-¡Cenemos los tres juntos! – sugerí dando un brinquito – así podré saludar a tu novia.

-Mi prometida – corrigió –. Esta bien, cenemos los tres y así podré hablar contigo aunque tenga que amarrarte a una silla... cosa que no me parece tan descabellada dada la tendencia que tienes a caerte de ellas.

-¡Albert! – manoteé disgustada - ¡Auch, mi cabeza!... y… ¿Qué es "Ie"?


NUEVA YORK

-¿Te duele?

-Un poco... ¡Agh! – me dolí, estrellando mi puño contra una mesa cercana - ¡Fíjate!

-Llorón – dijo Karen sonriendo de medio lado - ¿Ves lo que te pasa por estar pensando en mujeres?

-No molestes... ¡Auhh¿Podrías hacerlo con más cuidado?

-No, no puedo.

Karen anudó el último tramo de venda alrededor de mi rodilla con un tirón tan fuerte, que me hizo palidecer.

-¡Eso es venganza, Klaise!

-Llámalo justicia divina, Granchester. Apúrate a cambiarte que tenemos que volver al escenario en diez minutos.

-Olvida el favor de esta noche – dije aún adolorido.

-Increíble – dijo Karen con las manos en la cintura – además de todo, malagradecido.

-Pero indispensable para tus tonterías.

-Tú lo has dicho… eres un perfecto dolor en el…

-¿Se puede? – preguntó una voz familiar fuera del camerino.

-¡Adelante! – respondimos al unísono.

-¡Hey! Este es mi camerino – le recordé – yo digo quién puede pasar y quién no.

-¡Ouh cállate, Granchester¿Le vas a decir que no a Robert?

-¿Por qué no te vas a firmar autógrafos y nos dejas solos, Klaise?

-¿Por qué no te callas o te rompo la otra pierna?

-Ejemm… - carraspeó el director de la compañía, quien tenía rato presenciando nuestra enésima riña - ¿Interrumpo?

-No - hablamos en coro nuevamente.

-Karen… – gruñí.

-Granchester… – protestó Klaise.

-Puedo volver después – propuso Hathaway.

-No es preciso, Robert, ya me iba – dijo Karen recogiendo su mascada color escarlata – Otelo está de un humor… sugiérele que ya se case, a ver si al menos eso puede cambiarle el carácter.

Me incliné para escudriñar el horrendo vendaje de Karen hasta que la escuché decir esa idiotez. Levanté la vista de golpe al oír aquellas palabras que no solamente dejaron de ser divertidas, sino de mal gusto.

-Vete de una vez – dije molesto.

-Sí, sí… Te veo luego, Robert.

-En cinco minutos para ser exactos – dijo el director consultando su reloj.

-Que sean siete – pidió la actriz – tengo que empolvarme la nariz.

-Cinco Karen – resolvió Robert – ya has perdido mucho tiempo. ¿Te sientes mejor, Terry? – dijo mirando mi pierna.

-Mejor, gracias.

-¿Y yo qué? – demandó Karen – ¿Un "Gracias señorita Klaise" es mucho pedir?

-Pensé que ya se iba – concedí –… señorita Klaise.

-¡Grosero! – espetó Karen azotando la puerta.

Robert y yo intercambiamos miradas de resignación para terminar sonriendo.

-El doctor viene en camino.

-No es necesario, este… vendaje – dije con desconfianza – o lo que sea que haya hecho Karen, será suficiente.

-Prefiero que alguien más te revise. No necesito inconvenientes antes de la función.

-No los habrá, pero no es forzoso ningún médico. Ya te dije que estoy bien.

-Quizás venga acompañado de una linda enfermera. Cambia esa cara y espéralo aquí ¿Bien?

No, en realidad no estaba bien. Aquella frase se incrustó como una bala en mi pecho. Justamente por esa razón no quería médicos cerca. No deseaba evocar fantasmas. Acostumbrado a todo o nada en mi vida, si no podía tener lo que deseaba junto a mi, entonces no quería saber nada del asunto. Nada.

-Nos veremos mañana – dije descolgando mi abrigo del perchero – sólo necesito descansar.

-Pero… el médico…

-Dale saludos de mi parte.

-No me parece que…

-A mi sí. Hasta luego – concluí terminante, caminando hacia la puerta sin mirar a Robert y con una leve cojera en la pierna izquierda.

Tardé un poco más de lo acostumbrado en llegar hasta la parte trasera y abandonar el teatro por la salida del personal. No iba a quedarme a ser revisado en contra de mi voluntad por un "simple y estúpido" golpe ocasionado por una "simple y estúpida" distracción al husmear entre las gradas del último piso del foro. No debí buscar lo que no iba a encontrar. Infantil y necio, eso era y eso merecía por obcecado. Sin darme cuenta cómo, llegué hasta mi auto y tras encender el motor, pisé el acelerador a fondo.

-Otoño… - dije al observar las cobrizas hojas de los árboles del Parque Central.

No iba demasiado lejos. Pude haber caminado hasta mi casa pero el dolor en la pierna molestaba bastante. Manejé desde Broadway hasta Central Park West para detenerme al llegar a la calle 72. Estacioné frente al edificio donde aún vivía desde que llegué a la ciudad y apagué el motor.

Hoy, como ayer y anteayer, llegaría solo y dormiría solo en ese lúgubre sitio al que jamás podría nombrarle hogar. Suspiré pesado y bajé dando un portazo para finalmente entrar y subir calmosamente las escaleras.

-Gracioso… - sonreí apenas – ¡rómpete una pierna!… idiota.

¿Ves lo que te pasa por estar pensando en mujeres?

Desvié la mirada como si Karen estuviera a mis espaldas murmurando ese absurdo comentario. Saqué la llave de mi bolsillo y abrí la puerta. La señorita Klaise se había equivocado. Yo no pensaba en "mujeres"… pensaba sólo en una.

Hamlet, Otelo, Enrique Sexto – comencé a decir aceleradamente – Ricardo Tercero, El mercader de Venecia, Julio César

Fue en el invierno pasado cuando adquirí esa extraña costumbre. Nombrar de memoria las obras de Shakespeare para alejar de mi mente todo lo demás. Hubo ocasiones en que tenía suerte y lo conseguía; había otras en que terminaba maldiciendo mi vida y tragándome las lágrimas, sintiendo la garganta infectada de melancolía.

El Rey Lear, Macbeth - continué –, La tempestad, La fierecilla domada…

Al cabo del último título, que no hizo más que regresarme al principio, decidí terminar de una vez con ese molesto e inoportuno sentimiento. Quizás si lo hablaba en voz alta, lo ahuyentaría y me dejaría en paz.

-Quisiera – susurré lentamente al dejarme caer en mi cama – verte.

Podría, pensé siendo práctico, resolver dos problemas al instante. Uno, deshacerme del fardo atado a mi pierna, burdo intento de vendaje, siendo revisado por alguien que en verdad supiera lo que estaba haciendo, y dos…

-Y dos…

Revivir… y es que Terrence Greum Granchester, mi antiguo yo, murió una noche de invierno casi doce meses atrás, cuando enterró su corazón y su coraje bajo la espesa nieve neoyorquina.


CHICAGO

-Al menos piénsalo – dije secando la vajilla y esperando una respuesta, pero el sigilo de Candy no me dio buena espina.

Las facciones de la chica eran duras e inflexibles ¿Sería oportuno insistir sobre el asunto? Preferí guardar silencio y colocar en el escurridor el último plato seco.

-Candy… - me aventuré a decir después de un rato - ¿Lo… pensarás?

-No, Albert.

-Encorvé las cejas con azoro, temiendo que a continuación un vaso se estrellara en mi cabeza.

-Aoi nos acompañará – retomé serenamente – y conociéndola, tú y ella podrán… todos viviremos muy...

-¡No! - volvió a decir Candy sin mirarme – ¡No, es no!

Mi otrora enfermera plantó un gesto de molestia en su rostro. Entendí con su mueca que "este tirano sin sentimientos" no la iba a persuadir. Me permitiría hablar lo que quisiera, recitarle un discurso sobre lo correcto, lo propio, lo adecuado y lo pertinente. Ya luego me diría un par de verdades sin contemplaciones.

-¿Te puedo preguntar qué es tan malo? – dije cruzándome de brazos.

-¡No!

-¿No qué?

-Ambas. No me puedes preguntar y tampoco me mudaré.

-¿Desde cuando te volviste tan egoísta, Candy? – pregunté sin pensar.

-¿Egoísta? – exclamó incrédula – ojalá que no estés hablando en serio. Es imposible que me llames egoísta. ¿Cómo puedes¿Eres tú quien vivió conmigo y supiste por todo lo que tuve que pasar este último año o es que volviste a perder la memoria?

-¡La que perdió la memoria has sido tú! – le apunté con un dedo, amenazadoramente - ¿Quién estuvo a tu lado cuando más lo necesitabas¿No fue Archie? Supongo que ahora él no merece tu ayuda simplemente por una cuestión geográfica.

-¿Geográfica? – frunció Candy el entrecejo - ¿Es así de fácil para ti?

-Al menos no me parece tan complicado. Dijiste que todo estaba bien. Que lo habías superado.

-Te refieres a… - Candy se llevó las manos al rostro - ¿Quién está hablando de él?... es sobre mí ¡Sobre mí¡Aquí está mi vida, mi trabajo, mi hogar!

-Tu vida, hasta donde sé, apenas empieza. Tu trabajo se limita a atender rodillas raspadas, moretones y torceduras ¿No quieres volver a un hospital?

-¡Es que…!

-¡Y tu hogar! – dije perdiendo finalmente el control – ¿A esto le llamas hogar, mientes…

-¡Mentira o no, es lo que quiero, lo que tengo y lo que soy!

-¡Pues no es lo que yo quiero para ti, ni lo que sé que eres!

-¡Adelante entonces! – concedió Candy – ¡Dicte sus designios tío abuelo!

-¡Si así lo deseas!

-¡Perfecto! – dijo mordaz - ¡Pero la respuesta es y seguirá siendo no¡No!

A pesar de que Aoi, mi prometida, decidió mantenerse al margen de la acalorada discusión, la escuché caminar con sigilo rumbo a la cocina. No intervendría de no ser necesario, pero estaría lista para evitar que la cena de apenas una hora atrás, acabara en una revuelta familiar.

-Mira, hagamos una cosa… – dije conteniendo el coraje y los deseos de imponer mi autoridad.

-¡No quiero!

-¡Aún no he dicho nada!

-¡Cómo sea!

-¡Intransigente!

-¡Chantajista!

-¡Candice!

-¡William!

Llamarnos por nuestros nombres de pila no era exactamente un indicio alentador. La espinosa conversación adquiría matices de pleito declarado a medida que avanzaba. Nuestros rostros hirvieron incluso mucho antes que la tetera que calentaba agua sobre la estufa. Venturosamente para ambos, un referí que nos desviara a nuestras esquinas tuvo la fortuna de asomar la cabeza a través de las tiras de piedras transparentes que separaban la cocina del comedor.

-¿Daijoubu des ka? – preguntó una delgada voz femenina.

-Aoi-san – dijo Candy apurada, tratando de respirar con normalidad – perdona. Estamos… estamos bien.

-¿Albert-sama? – insistió la joven de cabello negro y corto hasta el cuello - ¿Daijoubu?

-Daijoubu, Aoi-san – le dije imitando a Candy – era solo un intercambio de opiniones.

-Candy-san, – repuso Aoi, poco convencida – tienes la cara roja.

-¿Ah?

-Roja – le repitió señalando sus propias mejillas - ¿No estarían discutiendo por lo mismo¿Ne?

Un no de Candy y un mío, dichos al unísono, la confundieron aún más. Aoi me conocía de pies a cabeza, tanto como para entender que discutíamos por lo mismo, pero que nos vendría mejor a todos, al menos por esa noche, abandonar la contienda.

-Llevaré un poco de té a la mesa – ofrecí exhalando con pesadez – adelántense.

Candy y Aoi aceptaron de buena gana y llegaron al comedor en silencio. Las alcancé poco después y ninguna de las dos supo qué decir para disipar la tensión en el ambiente.

-Candy-san – sujetó Aoi su mano – no vale la pena que esto nos lleve a una pelea.

-Lo sé – dijo Candy recargando la frente en su otra mano – lo sé pero…

-Y también sabes que no te lo pediríamos de no ser importante.

-Aoi-san…

-Tú eres en sí muy importante para cada miembro de esta familia, en especial para los chicos – le guiñó un ojo – y no tengo derecho a intervenir pero… escucha, los egoístas somos nosotros en solicitar tu compañía, yo sé. Así que no hagas caso de las palabras de Albert-sama cuando le brotan del estómago – dijo mirándome de reojo, con una sutil insinuación: "que no se te ocurra abrir la boca para interrumpirme."

-Pues… – dijo Candy – en realidad… casi nunca le hago caso, no importa de donde vengan sus palabras.

Ambas jóvenes rieron con desfachatez. ¡Se estaban burlando de mí¿O no?... Sigan, sigan… en esta ocasión son mayoría. A regañadientes decidí seguir callado. Aoi parecía ir por buen camino para convencerla. Tal vez intervenir nos retornaría a la primera página, y sus palabras ya casi nos habían llevado hasta el epílogo.

-Archie-dono sufre – retomó Aoi – y queremos ayudarlo. Albert-sama pensó que en compañía, su dolor puede molestar menos y sanar más rápido. No queremos sacrificar tu vida por la de él, sólo queremos tu mano. La mano que Archie-dono necesita que le extiendas.

-Daría mi vida por la de Archie, Aoi-san. El necio de tu prometido lo sabe – me miró retorciendo la boca – Pero ¿mudarme a Nueva York¿Por qué¿Por qué no puede Albert pedirle a Archie que vuelva a Chicago? No comprendo. En cambio soy yo la que recibe las órdenes.

-Orden no, Candy-san. Albert-sama no te ordena ayudar, te lo pide de manera no muy delicada – bromeó la mujer –.

Apunto estuve de abrir la boca pero Aoi se encargó de cerrármela con un pisotón debajo de la mesa.

-Es bueno ir a Nueva York, Candy-san – continuó mi futura esposa – Yo puedo seguir con mis estudios, Albert-sama con los asuntos de la familia y tú, volver a trabajar en un hospital.

-Estoy bien donde estoy.

-¿No quieres más?

-No necesito más.

-Me alegro por ti, Candy-san – le dijo incrédula – entonces no insistiré. Puedo ver que has llegado al final de tu vida antes que todos los demás.

-¿Qué? – dijo Candy, inquieta.

-No más sueños, no más camino que andar. ¿Eso es, Candy-san?

-No fue lo que dije... yo no quiero… no necesito…

-Te has perdido Candy-san – repuso Aoi seria, fría e incluso dando indicios de impaciencia – no estamos hablando de ti. ¿Te has escuchado? "yo no quiero, yo no necesito, yo, yo, yo…"

Candy miró para el otro lado. Supe que apretaba las manos debajo del mantel para contener su llanto. Parpadeé extrañado dándome cuenta justamente de eso: hacía mucho que Candy no lloraba frente a nadie, ni siquiera cuando estábamos solos y hablábamos de lo que la atormentaba noche tras noche durante sus pesadillas. Candy dejó de llorar al menos de cara a sus mejores amigos, y en cambio su carácter se volvía inestable, sus sentimientos impenetrables y su corazón, una caja hermética cerrada con llave.

-Estamos hablando de Archie-dono. ¿No quieres ayudar? De acuerdo, no insistiremos más. Pero no nos niegues tu ayuda por las razones equivocadas.

Era increíble. Aoi hablaba con tanta confianza y naturalidad, como si Candy fuera su hermana menor. La contemplé con orgullo. Sabía que no había podido encontrar a nadie mejor que a Aoi Li como mi esposa. En poco tiempo, quizás en tan solo semanas, se ganó el respeto y el corazón de casi todos los Andrey. Excepto por supuesto, de aquellos que no parecían tener ni corazón ni cerebro.

Volví la mirada a Candy cuando se puso de pie y la observé caminar hacia la ventana. Aoi y yo intercambiamos miradas. Tal vez habíamos ido demasiado lejos con nuestro plan. Tal vez empujamos exageradamente una idea que le estaba partiendo el corazón a esta dulce jovencita que fingía ser una pared de hierro donde todos podían descansar la cabeza y sentirse seguros, amados. Todos menos ella.

-¿Candy? – dije ligeramente preocupado - ¿Te sientes bien?

-Tú me dijiste que era momento de pensar en mí – habló finalmente –. Me pediste ser egoísta. ¿No es cierto?

Me mordí un labio sin saber qué contestar.

-Amo a Archie – prosiguió – es lo único que queda de mi pasado… de ese pasado. No quiero verlo sufrir, pero…

Candy se dio la vuelta con apenas un par de lágrimas palpitando dentro sus ojos verdes.

-¿Qué hago con mi corazón¿Cómo lo dejo fuera de mi maleta?

-Candy… - dije titubeante – pensé que…

-¿Estaba superado, verdad? – sonrió con infinita tristeza -. Sí, es bueno que lo pienses, es todavía mejor que yo lo piense así… pero, pero… - se llevó las manos al pecho - ¿Cómo hago para que él se lo crea? – señaló su corazón.

Era un imbécil. ¿A quién se le ocurre tanta tontería junta, sólo a mí. Candy se estaba cayendo a pedazos y yo creí que sería lo suficientemente fuerte para no necesitar de mí o de nadie. Aprendió a fingir tan bien. A vendernos la idea de su "imperturbable" corazón de acero. ¿Y qué tenía de malo abrazarla a cada momento y afirmarle que no estaba sola¿Qué me costaba? Debí aseverarle que no era una fracasada si no superaba rápidamente una pérdida tan injusta. Injusta y miserable. Ni siquiera se perdió el amor entre esos dos chiquillos, solamente se perdió la oportunidad. Se encadenaron a "lo decoroso" y se olvidaron de "lo correcto".

-Candy, perdóname – avancé hacia ella -. Candy, si no quieres…

-Si quiero – dijo con la respiración agitada – si quiero ayudarlo.

-¿Qué te pasa? – inquirí notando su dificultad para hablar.

-Archie y Annie estuvieron conmigo… y yo… es… creo que es…

-Candy-san – dijo Aoi preocupada, levantándose de su asiento.

-Candy ¿Qué tienes? – demandé buscando sus ojos.

-Es mi turno de ayudar… Albert… – me miró respirando más y más rápido – pero tengo… tengo tanto… mi-miedo…

-Vamos a tu cuarto – le pedí de inmediato – quiero que te recuestes.

-¡Tengo miedo! – exclamó liberándose de mí abrazo - ¿Eso querían oír¡Tengo miedo!

-Albert, un médico – dijo Aoi nerviosa.

-Candy, ven – extendí mi brazo al tiempo en que la vi recargarse pesadamente contra la pared.

-¿Estarán… con… conmigo, verdad? – dijo Candy con los ojos desorbitados, hablando como si no pudiera vernos.

-¿Qué tiene? – me preguntó Aoi.

-No lo sé – contesté desconcertado – pero no me gusta nada.

-Lo haré – agregó Candy abrazándose a su cuerpo – lo haré. Pero tengo que… que confesarte algo… Albert.

-¿Qué? – dije asustado. Su piel se había tornado blanca y sus labios habían perdido su color - ¿Qué es?

-Yo me… me… - farfulló para luego caer de rodillas al suelo.

-¡Candy! – corrí hacia ella - ¿Qué pasa?

-Esto es… es tan… tonto… - dijo con escasa claridad – yo me… me…

Aoi cogió el teléfono para marcar con urgencia a su padre, el médico de nuestra familia desde hacía poco. Candy sudaba y su voz se fue apagando hasta terminar en un fugaz susurro.

-¿Tú qué, Candy? – insistí presa del pánico. No sólo sus ojos eran similares a los de Pawna, ahora también lo era esa expresión en su rostro. La que vi en mi hermana cuando estaba a punto de morir.

-Yo… me… detengo…

Candy se inclinó hacia mí y cayó en mis brazos segundos después.

-¡Candy-san! – gritó Aoi cubriéndose la boca.

-Candy – murmuré acariciando su mejilla.

Mi valiente enfermera no había muerto, su pecho aún se movía con una débil respiración. Quedé paralizado y confundido, mirándola. ¿Se detenía?... Tendría que esperar a que su voluntad la regresara con nosotros para entenderlo, si es que acaso, Candy decidía volver. (3)

Continuará…


Notas:

Gracias por querer quedarse conmigo hasta el final. Gracias por leer y su opinión siempre será bienvenida: pido la oportunidad de dejar correr esta historia, de desarrollarse hasta que pueda diferenciarse de muchas otras dada la enorme cantidad de anécdotas que existen en el candymundo y que pueden ser similares. Creo que muchas historias podrán parecerse, la diferencia viene de quien las cuenta y cómo las cuenta. Asimismo, no pienso que se invente el hilo negro con cada fic, ya que al menos en los terryfics, todas queremos que estos dos cabezas duras se reencuentren. Este fic en especial tampoco pretende ostentar la verdad absoluta ni convertirse en el más original de todos. El asunto es simple y sencillo: Candy y Terry juntos. Y lo que quiero al final (y durante el trayecto, claro) es divertirme a su lado urdiendo otro plan malévolo para conseguirlo. Espero sea de su agrado. ¿Muchas dudas en este primer capítulo? Ruego un poco de paciencia, todo se irá esclareciendo a lo largo de la trama. Gracias y espero sus reviews para seguir adelante con la historia.

Referencias:

(1) Fragmento de la canción "Sin tu latido", de Luis Eduardo Aute.

(2) Poema "La inquietud del Rosal", de Alfonsina Storni.

(3) "Detenerse": concepto original adaptado del anime "Onegai Sensei" de Shizuru Hayashiya, 2002

Vocabulario:

Yume: Sueños

Ie: No

¿Daijoubu des ka¿Estás bien?

Daijoubu: Estoy bien (sin la terminación ka la palabra deja de ser interrogativa)

Ne¿Cierto¿Verdad?

Copyright:

Candy Candy y todos sus personajes no me pertenecen (sólo Terry en mis locos sueños), son propiedad de Misuki & Igarashi. La historia contada en este fic sí es de mi autoría con algunas adaptaciones y anotaciones externas propiamente señaladas.