LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

PRÓLOGO

A 15 mil kilómetros de Marte (6 de Junio, año 2315 d. C.)

La imponente armada de la Alianza Estelar —cincuenta mil naves de diferentes planetas y sistemas— hendía la negrura estrellada como un montón de cuchillos mientras avanzaba inexorablemente hacia el planeta Marte y la nube de Devastadores Estelares de Abbadón que lo rodeaba.

Los Devastadores Estelares eran enormes fortalezas de veinticinco kilómetros de largo en forma de platillo. No presentaban elementos decorativos, la parte superior era una enorme cúpula baja y curva, lisa salvo una depresión parecida a un cráter de un kilómetro y medio de ancho que se extendía por toda la parte frontal. De esta zona hueca salía una torre negra reluciente de aproximadamente el tamaño y la forma de un rascacielos. Era un rectángulo perfecto, a excepción de la pared trasera, que seguía la curva de la depresión. La torre era negra como el alquitrán húmedo. Unas irregularidades en su superficie sugerían la presencia de puertas o ventanas detrás de unas pantallas negras protectoras. Sistemas de armamento brotaban de cada hangar y escotilla.

Aún cuando la flota de la Alianza Estelar poseía una superioridad numérica evidente, los comandantes aliados sabían a la perfección que el poder bélico del enemigo era mucho mayor al de sus propias fuerzas. Por tal razón, el primer ataque sería llevado a cabo por las astronaves más grandes y poderosas de la escuadra; éstas eran enormes acorazados estelares fuertemente armados y con una longitud que alcanzaba los cinco kilómetros de largo.

El ejército de la Alianza estaba formado por cruceros, acorazados y destructores de diferentes puntos de la galaxia; de civilizaciones cuyo desarrollo social y tecnológico ya era grande mucho antes de que los terrestres pudieran viajar al espacio. Ninguno de estos mundos, empero, tenía la capacidad militar para pelear por sí solo contra el imperio de Abbadón, el cual ya había subyugado a miles de sistemas en su camino hacia la conquista de la galaxia. Por esta razón, entre otras tantas, muchos planetas se habían visto en la necesidad de unirse involuntariamente a la Alianza Estelar para sobrevivir. Sin embargo, era bien sabido que, en ciertas ocasiones, los gobernantes de los mundos aliados no estaban totalmente de acuerdo con las políticas de la Alianza Estelar. Los líderes de la Tierra era un claro ejemplo de ello.

En el hangar de uno de los cientos de destructores terrícolas que formaban parte de las fuerzas aliadas, el coronel Steve Lick de EE.UU. iba sentado con sus pilotos recién salidos de la academia de la Fuerza aérea. Con el rostro bien afeitado y una expresión de serenidad que muchos le envidiaban, Lick —como todo superviviente de muchas campañas militares— comprendía que en ese momento todos eran presas de la ley de la probabilidad. ¿Cuántos de ellos regresarían con vida a la Tierra después de la batalla?

—¿Cómo se encuentra el ánimo? —preguntó Lick a los pilotos mientras se limpiaba las manos con un pañuelo—. ¿Todo en calma?

—Estamos bien, coronel —masculló uno de ellos. Tenía una ligera expresión de malhumor en el rostro y los ojos anhelantes de un niño mimado—. Aunque algo preocupados por no saber a lo que vamos a enfrentarnos.

Lick echó un rápido vistazo hacia la ventana más cercana para contemplar el movimiento de las diferentes naves de combate. El ataque sobre los navíos imperiales estacionados en la órbita de Marte sería el último intento de las fuerzas de la Alianza Estelar para forzar a los abbadonitas a abandonar el sistema solar del gran Sol amarillo, cuya jurisdicción pertenecía legítimamente a la Tierra. Los Servicios de Inteligencia habían llegado a la conclusión de que la enorme estación espacial desde donde los invasores coordinaban sus ejércitos, había adoptado una posición fija y se había estacionado a quinientos kilómetros por detrás de Marte. A medida que el planeta rojo se desplazaba, la estación imperial Armagedón se movía con él, escondida siempre detrás de Marte como si fuera un escudo.

Antes de que el coronel pudiera decir algo más para animar a los pilotos de su escuadra, la puerta de acceso al hangar se abrió repentinamente para dar entrada a Carenth, un joven teniente originario del planeta Endoria que fungía como asesor militar al servicio de la Alianza. Los endorianos era una raza tradicionalmente pacifica y espiritual, pero su sociedad se había visto radicalmente dividida a causa de un conflicto interno. El planeta Endoria era dominado por un usurpador que se había apoderado del poder con apoyo de varios nobles y altos políticos del gobierno y ahora se había aliado al imperio de Abbadón con el único fin de poder participar en el nuevo orden.

—Coronel Lick —dijo el endoriano, haciendo un saludo militar que era totalmente diferente al usado por los militares de la Tierra—. Soy el teniente Carenth, asesor militar de la Alianza Estelar.

Lick dirigió una inclinación de la cabeza al endoriano y después devolvió el saludo.

—¿Sí, teniente? ¿Qué es lo que ocurre?

—En aproximadamente quince ciclos... —Carenth rectificó y volvió a empezar usando términos que los terrestres pudieran comprender—. En aproximadamente quince minutos estaremos dentro del rango de fuego de las naves enemigas. He estado recorriendo la nave hace unos momentos y me preocupa el estado de los combatientes. ¿Cómo se encuentran la moral entre sus pilotos?

El coronel dirigió una rápida mirada hacia sus angustiados pilotos y comprobó lo que ya sabía.

—Ellos están listos para el combate, aunque algo preocupados, teniente.

Carenth se abrió paso hasta los pilotos terrícolas y luego se sentó junto a uno de ellos.

—No se preocupen, todo saldrá bien. Nosotros los superamos en número —comentó sin conseguir llamar la atención de alguno—. Los endorianos que luchamos en la Alianza Estelar les damos nuestro agradecimiento por lo que están haciendo. Les aseguro que todo saldrá bien.

Nadie dijo nada, mucho menos lo miraron. Todos aquellos jóvenes estaban realmente nerviosos, por no decir atemorizados. Aquel iba a ser su primer vuelo en combate y lo harían en contra de un enemigo cuya fuerza era abrumadora. Algunos dudaban seriamente que la armada aliada pudiera salir victoriosa al final y por ello maldecían su destino; otros pensaban en sus seres queridos y sentían deseos de llorar.

El teniente Carenth dio un profundo suspiro y empezó a reflexionar sobre todo lo que podría ocurrir una vez que la batalla comenzara. Como un digno asesor de la Alianza Estelar sentía que era su deber reconfortar a aquellos hombres y mujeres que estaban a punto de arriesgar sus vidas en favor de la causa.

—Conozco una historia que quizás a algunos de ustedes les interese. Es una antigua leyenda —dijo de pronto—. Es un relato interesante y que aún guarda muchos misterios para los investigadores de mi mundo. Sí a alguno de ustedes le gustan los misterios, entonces quizás le agradará esta pequeña historia.

Algunos terrícolas lo miraron fugazmente. Al fin había conseguido llamar su atención.

—¿De qué se trata, teniente? —preguntó Lick algo intrigado.

Carenth esperó un momento más para dar tiempo a que todos lo escucharán y finalmente comenzó.

—Esta historia comienza en los principios del universo, en un mundo distante y paradisíaco conocido por los antiguos como Dilmun. Según la leyenda, en ese mundo existió una raza de seres pacíficos y llenos de sabiduría que se llamaron a sí mismos Titanes. Los antiguos sostienen que estos Titanes crearon la civilización más esplendorosa de la que se haya tenido noticia desde los principios del universo. Se dice que los pobladores de Dilmun no conocían el dolor, el cansancio, la enfermedad o la muerte —guardó silencio un momento y continuó—. A través de los ciclos estelares, es decir de los años, los Titanes dedicaron sus esfuerzos en tratar de alcanzar la sabiduría absoluta. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de ellos comprendieron que semejante tarea no iba a resultar nada fácil y algunos empezaron a creer que quizás sería imposible lograrlo... .

—¿Y qué hicieron entonces? —preguntó uno de los pilotos—. ¿Acaso se dieron por vencidos?

Carenth dejó escapar una leve sonrisa.

—Según cuenta la leyenda, un sacerdote, quizás el más sabio y respetado en todo Dilmun, acudió a un santuario en busca de una respuesta a este problema. Ahí, luego de orar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches, finalmente recibió una respuesta a sus plegarias —Carenth hizo una énfasis en este punto—. Un misterioso hombre, un emisario de la región de la luz, apareció ante él y le reveló la existencia de una tierra que se encontraba más allá del tiempo y el espacio. Tras conversar con aquel misterioso enviado, el sacerdote comprendió que solamente viajando hasta esa tierra de maravillas, los Titanes encontrarían las respuestas a todas sus preguntas. Por ello, el sacerdote le suplicó a su visitante que le revelara la manera en que los Titanes podrían llegar hasta aquel mundo místico de maravillas. El enviado se compadeció del viejo sacerdote y como respuesta le entregó doce joyas sagradas junto con las instrucciones necesarias para construir un artefacto que serviría para crear un puente entre ambos mundos. Luego de revelarle todo esto, el enviado de la luz desapareció para siempre.

Lick estaba ya inmerso en los hechos que el endoriano le describía. Como si visualizase las palabras que pronunciaba.

—Atraído por el relato del sacerdote —prosiguió Carenth—, el rey de Dilmun ordenó que se construyera el artefacto para viajar hasta aquella misteriosa tierra. Cuando la máquina finalmente fue terminada después de varios ciclos estelares, el sacerdote colocó las doce gemas en el artefacto y bautizó la máquina como "Portal Estelar". Según las palabras del sacerdote, las joyas servirían para crear una vibración mística que abriría una puerta entre ambos mundos. Una vez que todo estuvo listo, el monarca de Dilmun atravesó el Portal Estelar decidido a alcanzar los secretos de la existencia. Después de algunos días de incertidumbre, el soberano finalmente regresó a su mundo con una apariencia diferente; sus cabellos se habían vuelto blancos como la nieve y sus ropas brillaban como el mismo sol. Pero lo más importante era que al fin había logrado averiguar muchos de los misterios del universo, así como el conocimiento de un poder infinito conocido como el aureus. A partir de ese momento, el rey de Dilmun decidió crear una orden de guerreros a los que llamó Caelestis. La finalidad de estos guerreros sería defender el bien y la justicia conforme a las enseñanzas que el monarca había obtenido de su experiencia en aquella tierra. Con la sabiduría necesaria para regir el universo y el conocimiento del aureusde su parte, todo parecía indicar que las cosas marcharía bien para los Titanes, pero desgraciadamente esto no fue así... .

—¿Qué fue lo que ocurrió entonces? —preguntó uno de los terrícolas con las manos tensamente entrelazadas delante de sí.

Carenth exhaló profundamente antes de continuar.

—Sucedió que uno de los dos hijos del rey llamado Apolión quiso utilizar esta nueva sabiduría para el mal y la conquista. Su padre y su hermano Vidar no consintieron tales intenciones y esto provocó una terrible guerra que destruyó por completo aquella brillante civilización. Sin embargo, antes de que la destrucción acabara con toda la vida del planeta, uno de los Caelestis, tal vez el más joven y leal de todos ellos, fue llamado por el príncipe Vidar para cumplir una última misión. Para evitar que el conocimiento del universo cayera en manos equivocadas, se le ordenó huir del planeta llevando consigo el Portal Estelar y las doce gemas sagradas. De esta forma, en completa soledad y en contra de sus propios deseos, el noble guerrero Caelestis aceptó la encomienda de su príncipe y abandonó Dilmun para siempre. Según cuentan también, Vidar le entregó un cristal dorado donde se describía todo lo ocurrido en Dilmun, así como una advertencia sobre lo que podría llegar a suceder sí alguien se atrevía a usar nuevamente el Portal Estelar con intenciones malignas.

A pesar de su tan avanzada edad, Steve Lick jamás había visto a sus pilotos tan atentos a algo. Aquel extraño relato extraterrestre había dejado a todos los hombres y mujeres de su unidad un tanto incrédulos, pero, afortunadamente, también había logrado distraerlos de sus preocupaciones.

—¿Qué fue lo que sucedió finalmente con ese Caelestis? —preguntó uno de los pilotos más jóvenes—. ¿Adónde se fue después de todo lo que pasó en su mundo? ¿Acaso murió?

El oficial endoriano lanzó una rápida mirada hacia la ventana. Las distintas naves aliadas estaban tomando formación de combate. La batalla daría inicio en cualquier momento.

—Nadie lo sabe exactamente, pero se dice que se dedicó a vagar por el universo en busca de un lugar seguro donde poder vivir. Este relato nos fue dado a conocer gracias a Horus, el primer Caballero Celestial hace mil ciclos estelares.

Lick esperó a que Carenth volviera la vista hacia él para hablarle.

—Un Caballero Celestial, ¿eh? —murmuró en tono pensativo—. Me imagino que te refieres a esa orden de guerreros que trabajó para la Alianza Estelar durante años, ¿no es así? Me parece que en una ocasión conocí a uno de ellos, pero no recuerdo bien su nombre.

Carenth asintió levemente con la cabeza.

—Es correcto, coronel, de la misma forma que los Guerreros Caelestis cuidaron de la justicia en el planeta Dilmun, los Caballeros Celestiales guardaron el orden y la paz en los diferentes mundos que formaban parte de la Alianza —hizo una pausa y continuó hablando con cierta nostalgia—. Antes de estos tiempos tenebrosos, antes de las guerras entre imperios.

Nadie se había percatado del temblor en la mano del coronel Lick; los pilotos estaban escuchando atentamente los relatos que Carenth les contaba acerca de su planeta natal. Dando un leve suspiró, Lick dejó escapar algo de su nerviosismo.

—Hay algo que aún no entiendo perfectamente, endoriano —murmuró Lick, tratando de continuar con la conversación—. ¿Por qué la mitad de tu pueblo está peleando del lado de la Alianza Estelar y la otra con el maldito imperio de Abbadón?

Carenth miró a Lick fijamente. El militar terrestre había tocado uno de los temas más crudos y tristes de la larga historia del planeta Endoria. Dejando escapar un profundo suspiró, el oficial endoriano repuso con tristeza:

—Desde que era niño me he hecho la misma pregunta, coronel —Carenth bajó la mirada—. La Alianza Estelar comenzó a formarse gracias a los esfuerzo de varios lideres planetarios por unir a la galaxia en una federación. Entre estos líderes se encontraba el rey Lux, soberano de nuestro mundo Endoria. Sin embargo una alianza entre los distintos sistemas de la galaxia iba a constituir una amenaza para los planes de dominación que tenía N´astarith.

—¿Te refieres al maldito emperador de Abbadón? —preguntó Lick sin ocultar el enorme desprecio que sentía por aquel personaje—. El mismo bastardo que está detrás de esta asquerosa invasión.

Carenth prosiguió.

—Así es, N´astarith es el heredero de una dinastía de crueles gobernantes que sostienen que Abbadón está destinado a gobernar la galaxia por mandato divino. Gracias a los embajadores y agentes secretos de este imperio, muchos dignos delegados de la Alianza Estelar se corrompieron y escogieron trabajar en favor de los intereses de N´astarith y su imperio —hizo una pausa y continuó—. Para debilitar la unidad de la Alianza Estelar, los agentes de Abbadón promovieron incontables conflictos entre los mundos miembros. En los ciclos estelares que siguieron a la creación de la Alianza Estelar, se desató una serie de guerras que devastaron sistemas estelares enteros. Muchos pueblos cayeron o fueron conquistados. Para impedir que estas guerras se extendieran a lo largo de toda la galaxia, los Caballeros Celestiales intentaron mediar en las disputas, pero esta medida no tuvo el éxito deseado y la mayoría de ellos fueron asesinados por los Khans.

Uno de los pilotos se llevó la mano a la frente para limpiarse el sudor.

—¿Los Khans? —repitió él alzando una ceja—. ¿Quiénes son ellos? Me parece que he escuchado esa palabra en alguna parte.

—Son los guerreros de elite al servicio del imperio de Abbadón. Se dice que son capaces de destruir planetas enteros con sus asombrosos poderes y que no existe nadie que pueda derrotarlos. Ellos fueron quienes terminaron con todos los Caballeros Celestiales durante las guerras que sacudieron a la galaxia.

—¿Pero qué fue lo que sucedió en Endoria? —preguntó otro de los pilotos que no perdía detalle de la conversación—. ¿Cómo fue que el planeta que promovió la unidad de la galaxia se dividiera tan radicalmente?

Carenth prosiguió su relato.

—Aprovechando el caos que reinaba debido a las guerras, algunos nobles comenzaron a conspirar en secreto para apoderarse del gobierno de Endoria y así aliarse con Abbadón. Sin embargo, antes de hacer cualquier cosa, los traidores sabían perfectamente que antes debían eliminar a la reina y a los príncipes para evitar que alguno de ellos reclamara la corona en caso de que el rey llegara a morir o abdicara al trono. Un día, el transporte donde la familia real viajaba fue atacada por una banda de asesinos a sueldo. La reina y la princesa murieron en el altercado, pero no así el pequeño príncipe Saulo, quien fue salvado por un Caballero Celestial llamado Aristeo. Para proteger al único heredero del trono de Endoria y al mismo tiempo descubrir a los conspiradores, Aristeo mantuvo en secreto el hecho de que Saulo había sobrevivido al ataque. De esta forma, los nobles que conspiraban desde las sombras creyeron que todos los miembros de la familia real estaban muertos y continuaron con sus planes. Como el rey Lux también supuso que su familia había muerto, éste enfermó gravemente y cayó en una profunda depresión que aumentó el clima de ingobernabilidad en nuestro planeta. Fue en esos días de incertidumbre cuando una nave de procedencia alienígena llegó hasta nuestro mundo.

Aquella era la parte que Lick deseaba oír. Se acercó despacio mientras Carenth proseguía.

—En la nave venían dos jóvenes del planeta Tierra que buscaban de un lugar en donde refugiarse. —Apretó los puños con furia—. Ellos eran José Zeiva y Jesús Ferrer, quienes fueron acogidos por nuestro rey como sus huéspedes de honor. Desde un principio, los visitantes supieron ganarse la confianza del rey Lux y aprovechándose de esto, los nobles les convencieron para que los ayudaran a derrocar el gobierno. Una vez que Lux fue depuesto del trono mediante un ardid, los terrestres se proclamaron emperadores de Endoria y así fue como comenzó nuestra guerra civil. Con el paso del tiempo, José Zeiva y Jesús Ferrer crearon un ejército de androides con ayuda de los nobles traidores y poco tiempo después construyeron una enorme estación de batalla a la que llamaron Armagedón. Decididos a conquistar la galaxia y a formar un imperio, ambos emperadores invadieron y destruyeron muchos sistemas estelares que de hecho ya estaban devastados por las distintas guerras libradas entre ellos mismos. A consecuencia de todos estos terribles sucesos, la Alianza Estelar casi desapareció por completo y la galaxia quedó hundida en un terrible caos, un caos que N´astarith supo aprovechar muy bien a su favor. Finalmente, para aumentar sus fuerzas y al mismo tiempo protegerse de Abbadón, ambos emperadores establecieron una alianza con Francisco Ferrer, emperador del gran imperio de Megazoar.

Lick echó otro vistazo hacia la ventana. La batalla estaba a punto de comenzar.

—¿Te refieres al segundo imperio de importancia en la galaxia, verdad?

Carenth asintió.

—Sí, coronel. El imperio meganiano sólo es superado por el imperio de Abbadón. Hace mucho tiempo, el emperador Francisco Ferrer de Megazoar envió a uno de sus tres hijos al planeta Tierra para salvarlo de un conflicto religioso que tuvo lugar en su propio mundo. Para nuestra sorpresa, este hijo extraviado resultó ser Jesús Ferrer, quien había perdido la memoria mientras vivía en la Tierra y por consiguiente ignoraba su verdadera identidad y todo su pasado. Luego de la alianza entre Megazoar y Endoria, todo parecía indicar que un nuevo imperio surgiría de la unión de estos dos. Esta posibilidad hizo que estallara una nueva lucha entre endorianos y meganianos por el dominio absoluto. Aprovechando la gravedad de este conflicto, numerosos grupos de resistencia empezaron a brotar por todos los sistemas dominados y a unirse entre sí. Poco a poco, los mundos libres de la Alianza Estelar comenzaron a sumarse a la lucha. De esta forma, la Alianza Estelar empezó a cobrar fuerza de nuevo y rápidamente agrupó muchos planetas ansiosos de derrotar a los imperios que los asolaban. Luego de muchos sacrificios y luchas que cobraron la vida de miles de seres, las fuerzas aliadas lograron liberar sistemas estelares enteros. Estábamos a punto de derrotar a los opresores cuando los emperadores de Megazoar y Endoria cesaron los conflictos entre ellos mismos y se unieron con N´astarith, cambiando así el balance de la lucha.

Uno de los pilotos encendió un cigarrillo y echó una nerviosa mirada por la ventana.

—Sí, y desde entonces las malditas fuerzas imperiales han decidido conquistar toda la galaxia, incluyendo nuestro sistema solar y la Tierra —murmuró con desagrado—. ¿No es así, teniente?

Una sirena sonó en toda la nave. Había llegado la hora de que los pilotos abordarán sus cazas de combate y salieran al encuentro de las fuerzas abbadonitas. Lick fue el último en ponerse de pie. Una vez que todos sus pilotos tomaron sus cascos y se dirigieron velozmente hacia el muelle del inmenso destructor, el viejo coronel se volvió un momento hacia Carenth.

—Hay una cosa acerca de tu historia que ha llamado mi atención, Carenth. ¿Qué fue lo que ocurrió con el Portal Estelar? ¿Qué contenía ese cristal dorado?

El oficial endoriano dejó escapar una leve sonrisa.

—Sólo los Caballeros Celestiales podrían responder eso, coronel —hizo una pausa y miró la ventana un instante—. Aunque existen rumores de que en ese cristal se encuentra el testamento del rey de Dilmun, así como una profecía que afirma que algún día alguien logrará apoderarse del Portal Estelar y las doce gemas. El universo entero estará en peligro nuevamente, pero descuide ya que la misma leyenda también nos ofrece una esperanza.

Las sirenas continuaron sonando.

—¿Una esperanza, dices?

—Así es, coronel —respondió Carenth—. Según reza: "En los tiempos de oscuridad y cuando todo parezca perdido, numerosos guerreros venidos de tierras diferentes lucharán conjuntamente salvando a todos los mundos del fin...".

Lick se colocó el casco en la cabeza y se dirigió hacia la puerta de salida. Antes de salir, se volvió hacia el teniente endoriano para despedirlo con un saludo militar.

—Pues la verdad me alegro mucho que todo ese asunto del Portal Estelar y las doce gemas de Dilmun no sea más que una leyenda, muchacho. Nos vemos y buena suerte.

Una vez que el coronel salió de la habitación, Carenth se dirigió a la ventana de la habitación y clavó la mirada en la reluciente esfera roja de Marte. La batalla entre las fuerzas aliadas e imperiales finalmente había comenzado.

—Yo no estaría tan seguro, coronel —murmuró para sí—. Esta guerra está más relacionada con esa vieja leyenda de lo que usted o cualquier otro creería.

Aunque la mayor parte de las fuerzas aliadas que participaban en el ataque ya habían tomado acción en otras batallas, no estaban preparadas para enfrentar a un enemigo como el imperio de Abbadón. Una hora después de haberse iniciado la batalla, tres cuartas parte de toda la flota aliada habían sido destruidas sin que quedara ningún sobreviviente. Entre las miles de naves destruidas se encontraban el destructor terrestre donde Carenth viajaba y la escuadra del coronel Lick.

Continuará... .