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Quería dar la bienvenida tanto a los nuevos lectores como a los que ya conocisteis la historia en su momento. Tras un parón que tuve en el capítulo quince, me pasó algo que jamás creí que me iba a suceder. No sabía como iba a continuar la historia. Suelo escribir con mis sentimientos en la mano, y tal y como estaba –de triste- no podía escribir ni una sola palabra.
Después se me ocurrió rescribir todo lo que ya había escrito y actualizar mi nueva forma de presentar los fanfics (Recordad que antes escribía los nombres de los personajes y si pensaban o no antes de lo que decían).
Espero que os guste el nuevo capítulo, y que si queréis la versión antigua solo tenéis que pedírmela.

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El canto de la Sirena -

¡Hola! Los personajes de esta obra pertenecen a CLAMP ante todo y la historia me pertenece.

Espero que disfrutes y me escribas algún Review.

¡Opina! y ¡Disfruta!

Prólogo –

Hacía muchos años ya, siglos incluso desde la época de esplendor del mundo antiguo.

La civilización Griega era dueña de sus islas y todo marchaba en paz, el pueblo espartano luchaba bravamente y todos dirigían sus miradas respetuosas hacía los dioses.

Entre la infinidad de Dioses, los principales vivían en el Olimpo, y Zeus era el rey.

Todos los elementos tenían su dios, el fuego, el aire, la tierra y el agua.

En el agua reinaba Poseidón, el Dios del Mar, las ninfas del agua custodiaban el agua de diferentes lugares, algunas eran;

Las náyades, Creneas y Pegeas custodiaban las fuentes, las Potámides lo hacían en los ríos, las Limnades guardaban los ríos y estaban las que se encontraban más cerca de Poseidón, las Oceánidas.

Principalmente, las Oceánidas eran mujeres que tenían grandes alas con las que surcaban los cielos. Durante el rapto de Perséfone por culpa de Hades; Demeter, la diosa de la tierra y los cultivos, las vio culpables por no proteger a su hija Perséfone mientras jugaba aquella pradera y por esa razón las privó de su libertad. Les quitó sus alas y estas cayeron al mar, donde Zeus por mandato de Poseidón les regaló una cola de pez para que no murieran, así se convirtieron en las ninfas de los grandes mares.

Las nereidas, comúnmente llamadas sirenas, eran mujeres muy hermosas, de una gran voz, cada vez que cantaban los humanos se embelesaban y acababan muriendo ahogados o peor aún estrellados contra los acantilados. Por eso eran temidas.

Aunque había muchos otros mitos, el Dios Océano y su hermana Tetis, ambos hijos de Urano y Gea, tuvieron trescientas hijas, llamadas las Oceánidas. Por su padre Océano, Dóride, tuvo cincuenta hijas, las Nereidas.

Fuera como fuese, las nereidas campaban el mar a sus anchas y cuando los Dioses fueron condenados al olvido, estas sobrevivieron ocultas, custodiando a Poseidón que dormía como muchos otros Dioses.

Durante la edad media, las sirenas cometieron fallos, se dejaron ver y fueron muy conocidas, existieron mitos y leyendas sobre las sirenas pero jamás volvieron a aparecer.

Las sirenas, son seres inmortales que cuando se cansan de vivir, pueden permanecer aletargadas en la cámara de Poseidón, oculta en el lugar más remoto en alguno de los siete mares.

En las profundidades, erigen sus ciudades de coral, viviendo sin normas, ni guerras. En una paz continua e indefinida.

Los peligros del mar son igualmente terribles que para los humanos, los tiburones van tras de ellas, pero estos seres son más inteligentes que ellos y siempre acaban burlándolos.

Y aquí comienza nuestra historia…

El niño y la sirena –

...Por Hikari-sys...

Y Zarpó… él realmente no sabía que hacía en aquel lugar, se llamaba Shaoran Li y tenía siete años. Aquella mañana su madre le había despertado temprano porque había terminado de hacer las maletas y él soñoliento se encontró en un gran barco.

Mirando hacía el mar, veía los peces nadar en aquellas aguas perfectamente cristalinas, se encontraban con él sus cuatro hermanas mayores y su prima Meiling que tenía su misma edad.

– ¿Por qué estamos aquí, hermana?– preguntó el niño.

– Vamos a hacer un viaje a Japón, nuestra madre tiene que estar en una reunión de negocios muy importante – le contestó Fuan Len.

– Pero… ¿Por qué no nos quedamos con el señor Uei?

Preguntó mirando a los ojos marrones de su hermana, esta sonrió.

– Mamá quiere que conozcas mundo hermano, será mejor que dejes de quejarte – dijo riendo Tsue Fa.

– Bah… tonterías…

– Bueno ¿Quieres jugar con nosotras?– preguntó Tsue Fa.

– Después… quiero ver un tiburón.

Les dijo mientras se asomaba más por la borda en busca de un buen tiburón, parecía que solo le interesaba eso en aquel momento.

– ¿Sabías que los tiburones saben volar?– Le preguntó Fuan Len

– No… ¿Vuelan?

Le preguntó con la inocencia que le caracterizaba.

– Claro Shaoran ¿No lo sabías!

– No…– replicó asombrado.

– No seas mala Fuan Len, Shaoran los tiburones no vuelan – intervino una sonriente Tsue Fa.

– ¡Vaya lo estropeaste!

– ¡No engañes a nuestro hermano pequeño!

–Venga, no os peleéis – se metió Fu Tie calmando sus hermanas.

Se acercaron dos chicas, Fuei Mei, la última de las cuatro hermanas Li y Meiling su prima.

– ¿De verdad vuelan los tiburones?– preguntó algo asustadiza la más pequeña.

– ¡Claro!– contestó riéndose.

– No le hagas caso Meiling ¿Alguna vez has visto volar a los tiburones en el acuario?

– No…

– Entonces no temas, ¿Jugamos pues?

Fuei Mei tomó a la pequeña de la mano y tiró de ella con la intención de irse a un lugar más seguro para jugar tranquilas, pues su madre le había advertido que no jugaran cerca de la borda.

– ¿Las sirenas existen? – preguntó la pequeña inocentemente.

– Solo en los cuentos – le dijo cariñosamente.

– Que pena…

– Bah… tonterías…– Exclamó el niño.

Las cinco niñas se fueron a jugar, el niño fantaseó un poco más. Pensó que si los tiburones volaran como los pájaros, la humanidad estaría en peligro, pues jamás saciarían el hambre del depredador.

En las profundidades del mar, donde en aquel momento los avances técnicos de los humanos no podían llegar, a miles de kilómetros de la superficie, se erigía el shiromizu, el castillo del agua.

De grandes torres de coral blanco, y grandes grutas en la piedra era una maravilla del planeta que los humanos darían todo por descubrir.

Había grandes jardines de coral rojo y anémonas de todos los colores, los pececillos nadaban a sus anchas, y las sirenas jugaban ajenas a nuestro mundo más allá de la superficie.

Dóride, era quién mandaba allí, una Oceánida, la madre de las nereidas, la primera dama.

Entre todas las sirenitas que jugaban allí, había dos muy hermosas, una de ellas, tenía un cabello largo negro azabache, y era blanca como la luna, se decía que era hija de Atargatis, la Diosa de la Luna.

Los ojos de esta sirena, eran azules oscuros, casi violáceos y su cola era de color morada oscura. Su carácter es afable y muy tranquilo, cuando crecería sería sin duda una de las más bellas.

Esta sirena siempre acompañaba a otra de su misma edad mucho más traviesa que ella, una sirena muy activa quién decían que ella era hija de Nadeshico, la sirena predilecta de Dóride, ahora dormida.

La sirenita traviesa, tenía el pelo castaño y más corto que el de su amiga, sus ojos eran grandes y expresivos, de color verde brillante, y su cola es parecida a sus ojos, aguamarina.

Ambas jugaban en un arrecife cogiendo conchas, estaban vigiladas por otra sirena, esta se llamaba Kaho, aparentemente de unos treinta años de edad. Como sirena adulta, era una mujer muy bella. El cabello largo y liso hacían hondas en el agua, era pelirroja, su sonrisa misteriosa siempre estaba en sus labios, sus ojos expresivos eran marrones rojizos claros.

El color de su cola era de un rojo intenso. En su cuello, siempre llevaba una concha, aquella que siempre se da cuando una sirena es adulta y como la pequeña sirena de negros cabellos, podía ser una de las hijas de Atargatis por su piel pálida.

– Niñas, es mejor que vayamos ya al Shiromizu, va siendo hora de comer.

– Vale – dijo la pequeña de pelo negro.

– Kaho… ¿Qué hay allí arriba?– preguntó la más traviesa.

– El mundo de los humanos – le contestó.

– ¿Los humanos son como las estatuas que hay en el Shiromizu?

– Así es, pero están vivos como nosotras las sirenas.

– Ya veo… ¿Puedo subir a la superficie?

Preguntó la más traviesa de nuevo entre una risilla inocente. Su amiga reía también.

– Cuando cumplas la mayoría de edad a los diecisiete.

– ¿Será entonces cuando me den un nombre?

– Así es pequeña.

– ¿Cuántos años me faltan?– preguntó la pequeña.

– Once largos años en los que podrás jugar – Hizo una pausa y las miró atentamente, después continuó hablando – aunque cuando cumplas los once años podrás subir conmigo a la superficie durante la noche…

– ¡Pero eso es mucho tiempo!– se quejó la sirenita de ojos verde.

– Lo sé.

– Vamos tengo algo de hambre – se quejó la pelinegra.

– Está bien, vamos pequeña – le dijo a la de los ojos verdes.

– Yo ahora os alcanzaré, quiero jugar un poquito más…

– No puedo dejarte sola…– dijo ella seriamente.

– Por favor.

Los ojos de la pequeña conmovieron a la sirena adulta que resoplando y no muy convencida se rindió.

– Prométeme que no te expondrás al peligro – le hizo prometer.

– Te lo prometo – dijo con su más bella sonrisa.

– Vuelve cuando tengas hambre.

– Vale.

La pequeña sirena siguió recogiendo conchas y trocitos de coral en el acantilado, cantaba una melodía alegre mientras jugaba a solas.

– Once años… no puedo esperar tanto…– miró hacía arriba y le pareció ver una gran sombra negra en la superficie. La sirenita desvió la mirada hacía ambos lados buscando alguna señal de vida y como estaba sola decidió investigar por su cuenta.

Soltó las conchas y salió disparada hacia arriba, llegó hasta las aguas cristalinas de la superficie y decidió investigar desde esa posición. Se acercó a esa cosa tan grande y vio que era de un material que ellos no utilizaban. ¿Qué podría ser?

– Está frío y se mueve – se dijo.

El pequeño Shaoran miró hacía el horizonte, había montado en barcos, pero no tan grandes como lo era aquel, y encima el viaje se hacía tan lento…

De pronto escuchó un chapoteo, y miró hacía el agua, creyó ver un delfín y se sintió maravillado, veía perfectamente su cola verde ondular en el agua.

¡Un delfín! –Pensó para sí mismo – ¡Veo su cola verde! Aunque… los delfines no tienen la cola verde… un tiburón tampoco… ¿qué podrá ser?

La sirenita se sumergió un poco y miró hacía más arriba y le vio… vio a un ser humano, el primer ser humano que había visto en su corta vida.

Salió a la superficie para mirarle bien, el chico estaba atónito y ella estaba maravillada.

Shaoran no podía dejar de mirarla, no era un pez; Era una sirena, una sirena de verdad, mitad pez, mitad humano. Era más bonita que en los cuentos, no evitó sonreírle.

La pequeña sirena al ver que sonreía le devolvió la sonrisa y alzó una mano para saludarle, reía.

Shaoran reía también y saludaba con la mano, una voz por detrás le sorprendió.

– ¿Por qué ríes?– Preguntó curiosa.

– Por nada – Se apresuró a decir.

– ¿De verdad?– dijo mirando por la borda, pero allí no había nada.

El pequeño sintió por primera vez celos. Quería ser el único que pudiese ver a la sirena. Quería que su prima se fuese de allí y así volver a verla. Así que buscó una forma para quitársela de encima.

– sí… ¿Qué es lo que quieres pesada?

– Así que eso soy para ti, una pesada…– dijo bajando la cabeza.

Se arrepintió en cuanto vio la mirada triste y cabizbaja de su prima. Quería que se fuese de allí, pero no que se pusiese triste.

– Esto… lo siento de verdad… yo no…

– ¡Shaoran eres tonto!– exclamó empujándole fuertemente.

Shaoran se golpeó fuertemente contra la barandilla y esta se rompió, el chico perdió el equilibrio. Cuando Meiling se dio cuenta fue a agarrarle pero no pudo su mano se escurrió y este cayó por la borda.

Shaoran cayó quince metros, el impacto con el agua fue menor del esperado, pues cayó de pie y se cubrió como pudo la cabeza, perdió el conocimiento unos instantes.

La pequeña sirena que se había ocultado en el agua rápidamente en cuanto el niño giró su vista, se sintió aterrada cuando él cayó al agua con aquella violencia. No sabía si los humanos respiraban bajo el agua como ella, pero al ver como flotaba hacía las hélices del barco hizo que un escalofrío le recorriera el espinazo, aunque no supiera que iba a pasarle si llegaba allí.

Se apresuró tomando una corriente de agua para agarrarle del estómago y sacarle de aquel peligro, nadó hacía las profundidades y se asustó cuando el joven soltó una gran cantidad de aire, así que cambió la dirección y con toda la fuerza que le quedaba le emergió del agua.

Salieron diez metros tras el barco, colocó la cabeza del joven en su hombro y le zarandeó un poco.

Este tosió y escupió un poco de agua, y tomó varias bocanadas de aire, luego fijó su vista a la persona que le había salvado de una muerte segura, un par de ojos verdes y una sonrisa en los labios le dieron la bienvenida.

– Eres tú…– habló completamente debilitado.

La sirenita no comprendió el lenguaje del humano, pero igualmente sonrió, tenía una voz muy bonita y comprendía su sonrisa.

– ¿Cómo te llamas?– preguntó.

La sirenita le miró confundida.

– ¿Comprendes mi idioma? Yo… mi nombre es Shaoran Li – dijo él mirándola y señalándose el pecho.

– Shaoran…

El niño se sorprendió por la voz de la pequeña, tan dulce y melodiosa, aprendió rápido su nombre, se sonrojó débilmente.

– Gracias por salvarme.

La pequeña comprendió que al pronunciar aquel sonido el chico volvía a hablarle, le hacía gracia, por eso volvió a emitirlo.

– Shaoran…

– Así es ese es mi nombre… soy yo… ¿y tú?– la sirenita negó con la cabeza tristemente.

– ¿No tienes nombre?

– ¿Y tú?– le imitó la pequeña sonriente.

Shaoran comprendió que ella no le entendía ni una sola palabra, lo único que sabía era su nombre y no estaba seguro si sabía a lo que se refería.

Una voz potente llamó al joven, se divisaba a lo lejos un bote, con Uei llamándole.

– ¡Shaoran, Señoríto Shaoran!– gritó.

– Me buscan… tengo que marcharme…

– ¿Marcharme?

– Así es, debo irme y tú también deberías, no quiero que nadie sepa que existes… no quiero que estés en peligro sirenita…– expresó su deseo lo más dulce que pudo.

– Marchar, Shaoran… marchar – dijo algo triste.

La sirenita que no sabía el lenguaje del chico, comprendió que debían separarse y que quizás jamás podrían volverse a ver de nuevo.

De sus ojos brotaron lágrimas que se quedaron en sus lacrimales, Shaoran se las quitó y se zafó de los brazos de la pequeña. Comenzó a nadar un poco alejándose de ella, pero la sirenita le siguió.

No tardó en alcanzarle, puesto que nadando era mucho más rápida que él, ella gimió tomándole de sus ropas, el niño no comprendió el motivo así que dejó de nadar.

La sirenita colocó en el cuello su colgante, una caracola nacarada y se separó del niño.

Shaoran tristemente nadó unos metros alejándose de ella y se dirigió hasta el barco donde unos hombres saltaron por la borda y le subieron, rápidamente colocaron sobre él una manta. Este miraba fijamente el lugar donde se encontraba la niña que alzaba la mano despidiéndose y luego desapareció entre las profundidades mientras que él se desmayaba.

La sirenita llegó hasta el Shiromizu y allí recibió su castigo, nunca más saldría del palacio y estaría condenada a que su cuerpo permaneciese en coma durante dieciséis años mientras que su alma descansaría en la mente de su mejor amiga, que se ofreció como guardiana. Aprendería todo de golpe más tarde cuando la primera dama Dóride le pasara sus recuerdos.

Nunca más se volverían a ver. Nunca más sabrían del otro, para él todo pareció un hermoso sueño, pues horas después había despertado en su camarote durmiendo, se tocó el pecho para cerciorarse que no había sido un sueño, que era real, pero la caracola nacarada no se encontraba allí… no había sido real…

Claro porque las sirenas no existen…

¡Konnichiwa! Aquí te dejo la primera parte de mi fanfic, espero que te haya gustado.

¡Ya sabes! algún comentario, alguna crítica, peticiones etc.

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