Disclaimer: Más quisiera, pero no son míos.

MIL Y UNA CARTAS

Como cada mañana, él descorrió las cortinas y la luz inundó la habitación. Narcisa se incorporó con dificultad y esperó a que Harry colocara unos cuantos almohadones más tras su dolorida espalda.

─ ¿Ha podido descansar bien esta noche? –le preguntó cariñosamente, también como cada mañana, mientras la besaba en la mejilla.

─ He podido dormir un poco más que ayer. –reconoció ella dedicándole una sufrida sonrisa.

Él colocó la bandeja con el desayuno sobre su regazo y le sirvió una taza de té. Después untó una tostada con mantequilla y extendió un poco de mermelada de albaricoque por encima. La deposito en la temblorosa mano de Narcisa, deformada por la artritis.

─ Sólo una. –dijo al ver el gesto de él disponiéndose a untar otra tostada.

Harry hizo un gesto de contrariedad.

─ Debería comer más, Narcisa. –la riñó con dulzura– Acuérdese de lo que dijo el medimago la última vez.

Ella se limitó a sonreír y extendió la mano que ya no podía abrir completamente y acarició con los dedos encogidos la mejilla del hombre sentado en la cama junto a ella.

─ ¿Qué hubiera hecho yo sin ti, Harry?

Él tomó la mano que, a pesar de todo, seguía conservando la blancura y la delicada suavidad que siempre había tenido y la besó con afecto.

─ ¿Qué hubiera hecho yo sin usted? –le respondió.

A pesar de que Harry había contratado los servicios de una enfermera para que la cuidara, era él quien cada mañana le subía el desayuno y mantenía con ella aquella primera charla del día, interesándose por su estado. También quien le daba el beso de buenas noches y la arropaba deseándole un buen descanso. Narcisa reconocía que cuando su yerno tenía que ausentarse debido a su trabajo, echaba en falta esas atenciones.

─ ¿Querrá salir hoy? –preguntó Harry– Hace un día magnífico. Tomar un poco el sol le sentará bien.

─ Veremos cuando me levante. –condicionó ella– Dile a Virginia que suba, por favor. Quisiera tomar un baño.

─ De acuerdo. –asintió él– Y acuérdese de que tal vez no regrese en un par de días. –le recordó– Así que no sufra.

Narcisa asintió con un poco de azoramiento. La última vez que Harry no había aparecido a la hora de cenar, ella había causado un pequeño revuelo en la central de aurores, preocupada por lo que pudiera haberle pasado. En realidad, siempre sufría por él. Cuando se iba cada mañana, no podía evitar elevar una plegaria para tenerle de vuelta sano y salvo a la hora de la cena.

Tras besar en la frente a la dama, Harry se levantó y se encaminó hacia la puerta. En el último momento se volvió hacia ella y le dirigió una de esas miradas que Narcisa había aprendido a reconocer. Las que decían siempre mucho más que sus palabras.

─ Él vendrá. –le dijo con una sonrisa confiada– Estoy seguro.

Y ella le sonrió de vuelta, deseando que cerrara la puerta cuanto antes para que no viera las lágrimas que tentaban ya sus ojos.

Últimamente pensaba mucho en su hijo. Siempre le tenía muy presente. Pero desde que su reloj interior había empezado a avisarla de que su tiempo se estaba acabando, volver a verle se había convertido en una obsesión. Habían pasado casi catorce años desde el día en Draco había abandonado Inglaterra con la promesa de volver durante las vacaciones de Navidad; después para las de verano. Dos años después, terminada su Maestría, la había escrito diciendo que seguramente iba a retrasar otra vez su regreso. Las cartas habían ido distanciándose en el tiempo. Hasta que ya no llegaron más que en Navidad, acompañando algún regalo para ella.

Narcisa dejó escapar un pequeño suspiro y olvidó el resto de la tostada en el plato. Harry siempre la reñía por no cuidarse lo suficiente, pero que importaba ya después de todo. Cerró los ojos y su mente viajó en el tiempo, a aquellos años en que su desesperación la había obligado a tomar decisiones de las que jamás se habría creído capaz.

Ella sabía que por aquel entonces Draco había pensado que su madre se había vuelto loca. Que el joven no había encontrado otra explicación a su extrema decisión. La caída del Señor Oscuro, el encarcelamiento de Lucius, el deshonor del apellido Malfoy… Todos hechos suficientes para trastornarla. Lo peor, la acusadora marca en el todavía demasiado joven antebrazo de su hijo. En aquellos duros momentos, Narcisa supo que haría cualquier cosa para que su único hijo no siguiera la estela de su padre y como él, acabara en Azkaban. Se arrastró, suplicó, perdió la dignidad que una dama de su posición jamás debió perder. Pero nada hubiera sido capaz de impedirle luchar con todos los medios a su alcance para que Draco no fuera juzgado y enviado a prisión. Ella misma había entregado la varita de su hijo para que el Ministerio hiciera las comprobaciones oportunas. Ningún maleficio, ninguna Maldición Imperdonable había salido de aquella varita más que los hechizos practicados durante las clases, en Hogwarts.

Sin embargo, para ellos no fue garantía suficiente de que no hubiera habido intención. De que simplemente al joven Malfoy no le hubiera dado tiempo a realizarlos porque la guerra había terminado demasiado rápido. Estaba marcado. Y eso para el Ministerio ya era indicio de una clara culpabilidad.

Y cuando Narcisa creyó que estaba todo perdido, cuando ya se había hundido en la desesperación de perder también a su hijo, llegó la ayuda de la forma más inesperada. De la mano de Albus Dumbledore, Director de Hogwarts y líder de la Orden del Fénix. Él había sido uno de los tantos a los que Narcisa había acudido durante aquellos desgraciados días. El Profesor Dumbledore la había citado en su despacho y le había dado esperanzas. Le había expresado su confianza de que Draco no era un mal chico, que solo había estado mal influenciado por los ideales de su padre y de su entorno y que no por ello debía perderse una vida joven, una mente brillante con un gran futuro por delante. Le dijo que hacia falta encontrar a alguien capaz de responder por Draco; alguien que inspirara el suficiente respeto como para alejar cualquier duda sobre la inocencia de su hijo. Alguien capaz de aceptar unir su nombre al suyo sin que nadie pudiera dudar de la legitimidad de esa decisión. Ella le había preguntado, angustiada, quién en esos difíciles momentos podría ser capaz de hacer algo así, cuando ser un Malfoy eran un valor a la baja. El Profesor Dumbledore había sonreído con confianza y le había dicho que en un par de días podría darle una respuesta.

Y la respuesta había sido más sorprendente de lo que jamás Narcisa hubiera esperado. Cuando pasados aquellos dos días había vuelto al despacho del Director de Hogwarts, era el mismísimo Salvador del mundo mágico en persona quien esperaba junto a él. Aturdida, le había preguntado porqué estaba dispuesto a sacrificarse por su hijo. El joven había respondido que se lo debía a su padrino. Que sabía que a pesar de su matrimonio con Lucius, Sirius y ella habían seguido en buena relación y que estaba seguro de que no le hubiera gustado verla en aquella situación. Sirius Black había dado su vida por él y lo mínimo era corresponderle ayudando a alguien tan querido para su padrino. Narcisa había aceptado sus argumentos, como habría aceptado que lo hacía porque la luna estaba en cuarto menguante o porque aquel día se había levantado de buen humor. Hubiera aceptado cualquier cosa con tal de sacar a Draco de aquel atolladero.

El matrimonio se había celebrado dos semanas después en contra de los deseos de Draco. Su hijo se había negado en redondo a aceptar aquel arreglo, pero su minoría de edad poco pudo oponer a su férrea voluntad de casarle con el Gryffindor. Fue inútil que le gritara que prefería Azkaban antes que a Potter; que el beso de un dementor hubiera sido una bendición en lugar de la vergüenza y la humillación de un Malfoy entregándose a quien siempre había sido su enemigo. Impotente, lleno de ira y de rabia, el día de la boda Draco había abofeteado a Harry justo antes de atravesar las puertas del Gran Comedor, casi haciéndole saltar las gafas. Y Harry le había devuelto el bofetón. De bien nacido es ser agradecido, le había dicho entre dientes el Gryffindor, para después tomarle con rudeza del brazo y entrar los dos bajo la expectante mirada de todos los asistentes. Ambos habían pronunciado sus votos ante el celebrante de la ceremonia, Albus Dumbledore y del Ministro de Magia en persona. Narcisa sabía que su hijo en ese momento la había odiado con toda su alma. Pero ella estaba convencida de que aceptando aquel trato había hecho lo correcto.

Tras el enlace, se había ofrecido un digno banquete a los invitados e incluso hubo algunos tímidos vítores para los novios. Ninguno de los cuales, recordó Narcisa, salió de los labios de quienes en ese momento imaginó que debían ser los amigos de Harry. Por la manera en que le miraban, comprendió que no aprobaban en absoluto aquella incomprensible y generosa decisión de su amigo. Granger, todavía tuvo la decencia de acercarse y darle un silencioso beso. Weasley se fue sin siquiera despedirse. La dolorida mirada de Harry siguiendo al pelirrojo mientras abandonaba el Gran Comedor, fue sólo una pequeña muestra de lo herido que se sintió el joven en aquel momento. Sin embargo, nunca lo mencionó.

Después se habían dirigido a su nuevo hogar. Todavía recordaba como se le había caído el alma a los pies al llegar a la vieja y lúgubre casona. Grimmauld Place ya no tenía nada que ver con la señorial mansión que ella había conocido en su infancia, cuando la frecuentaba con asiduidad. Estaba completamente dejada, polvorienta y deteriorada. En aquel momento, Harry se había mostrado bastante avergonzado de su herencia.

No está muy bien acondicionada. –había dicho dirigiéndose a ella en tono de disculpa– Hasta ahora, se ha utilizado únicamente como sede de la Orden del Fénix. Así que se arregló sólo lo imprescindible.

Tras unos segundos de incómodo silencio, en los que el joven había parecido completamente perdido, les había mirado a Draco y a ella con algo de resignación y había sugerido:

Estoy seguro de que Ud. Narcisa, podrá conseguir que esto se parezca lo más posible a un hogar. No se preocupe por el dinero. Sólo dígame lo que necesita.

Después les había mostrado sus habitaciones, donde ya estaban las escasa pertenencias que ella y su hijo habían logrado rescatar del saqueo a la mansión Malfoy. Al llegar frente a la suya, Narcisa había abrazado a Draco, esquivo con ella todavía y le había visto desaparecer con su pose erguida y desafiante, siguiendo a Harry por el corredor. Sabía que bajo esa fachada, su hijo se sentía inquieto por lo que pudiera pasar a partir de entonces. Que le humillaba que Potter pudiera reclamar esa noche el derecho que tenía sobre él. Y por primera vez, Narcisa se había sentido algo culpable. Pero al fin y al cabo, se dijo, tampoco ella amaba a Lucius cuando se casó con él.

A la mañana siguiente, un Draco francamente aliviado, le había confesado que había dormido solo.

Sólo te pido que no me avergüences. –le había dicho Harry– Estaremos en la mira del Ministerio durante algún tiempo. Hasta que se aseguren de que esto es un matrimonio y no una farsa. Tampoco te pido que hagas grandes demostraciones en público. De todas formas, viniendo de ti nadie se las iba a creer. Solo te ruego que actúes en consecuencia, para que ambos podamos salir con la suficiente dignidad de todo esto. Dentro de dos años, podrás pedirme el divorcio. Hasta entonces, simplemente finge que nos llevamos bien.

Las siguientes semanas habían pasado lentas para todos. Draco y Harry se evitaban. Desayunos, comidas y cenas solían transcurrir en silencio si ella no sacaba algún tema de conversación, que a duras penas era seguido por los otros dos. En aquellos momentos, el poder ocuparse de arreglar la antigua mansión de su familia, había sido un particular consuelo para ella. Harry no le había negado nada. Si ella decía cortinas nuevas, había cortinas nuevas. Si era cambiar los muebles del salón, ahí estaban al cabo de poco tiempo. El pasar de los días le había descubierto que en la intimidad, Harry era un joven tímido y bastante retraído, al que el título de héroe le venía demasiado grande. Rechazaba la mayoría de actos y festejos a los que era invitado, simplemente porque la gente le agobiaba y se mostraba inseguro a la hora de saber cómo debía comportarse en público. Sospechaba que otra de las razones era que su matrimonio con Draco le había restado bastantes simpatías, ya que ninguno de sus amigos había aparecido durante todo aquel tiempo por la casa.

Al cabo de unas semanas y visto el ambiente glacial que se respiraba en su hogar, Narcisa había tomado la decisión de hablar con Draco. Le había dicho que a su parecer Harry se estaba comportando como un caballero. Que se había esforzado en hacerles la vida lo más agradable posible mientras estuvieran allí cuando no tenía porque hacerlo. Que comprendía que para él Potter siempre había sido el chico a batir, el Gryffindor a quien humillar y derrotar. Tanto daba si era en una clase de duelo o en un partido de Quidditch. Por mencionar sólo lo más suave. Pero las cosas habían cambiado. Tal vez no era lo que ellos habían esperado, pero la victoria se había inclinado del otro lado. Además, Potter era un joven bastante atractivo. Quizás otro corte de pelo ayudaría a dominar aquel nido de pájaros que tenía en la cabeza. Y que tal vez sus modales tampoco fueran tan refinados como un Malfoy desearía. Pero que ella misma estaba dispuesta a instruirle para que no avergonzara a Draco, si era eso lo que preocupaba a su hijo. Draco había permanecido en silencio durante todo su discurso, con la mirada fija en sus manos. ¡Podía ser tan frío y hermético a veces!

Ya que debéis convivir al menos durante dos años¿por qué no le das una oportunidad, hijo? –se había atrevido a sugerir– Después de todo, no me parece que sea una persona… desagradable.

Entonces Draco había levantado la cabeza y la había mirado con expresión incrédula y furiosa.

Que a ti te esté dejando jugar a las casitas, gastándote su dinero, no quiere decir que yo tenga la menor intención de abrirme de piernas para ese imbécil.

Y había dejado la habitación dando un portazo.

Narcisa abandonó la cama ayudada por Virginia, quien ya había preparado el baño.

─ El Sr. Potter me ha dicho que hoy ha podido descansar mejor. –le dijo la sonriente enfermera– ¿Se ha tomado la poción?

─ ¿Cuál de las doscientas que me das al día? –preguntó ella con ironía.

Habían llegado al baño y Virginia la ayudó a desnudarse y a entrar en la bañera.

─ Volveré en quince minutos. –le dijo la enfermera sin perder el buen humor.

─ Mmmmm… tómate tu tiempo. –respondió ella con una sonrisa.

¡Se sentía tan bien rodeada de líquido! El agua estaba a la temperatura ideal, perfumada con sales de baño con fragancia a rosas. En la bañera sus huesos dolían mucho menos y su cuerpo se movía con más facilidad. Narcisa se relajó y dejó que su mente se perdiera nuevamente en sus recuerdos.

Había sido cuando el verano estaba tocando ya a su fin. Casi cuatro meses desde que Harry y Draco habían contraído matrimonio. Narcisa siempre había sabido que Draco tenía una mente privilegiada y un don especial para las pociones. Severus les había dicho a ella y a Lucius que el chico prometía y que si se aplicaba, podía sacarse perfectamente una Maestría en Pociones. Que llegado el momento, le daría cartas de recomendación para que estudiara en la mejor escuela que existía para lo que él consideraba un arte. Aunque, por supuesto, Lucius nunca lo tuvo en cuenta. Y Draco, liberado entonces de la carga de tener que servir al Señor Oscuro, había empezado a pensar muy seriamente en esa posibilidad. Pero antes, debía obtener el permiso de su esposo. Y eso era algo en lo que Narcisa no había estado dispuesta a ayudarle. Consideró que ya era hora de que su hijo depusiera la actitud afrentada que esgrimía a la menor ocasión y se diera cuenta de donde estaba y de dónde podría haber estado de no haber sido por Harry. Francamente, a ella el Gryffindor empezaba a parecerle un yerno con bastantes posibilidades.

Por aquel entonces, Grimmauld Place lucía ya como un hogar confortable y acogedor y quieras que no, el vivir en un lugar agradable había calmado también un poco los ánimos algo crispados de las primeras semanas. El comedor, después de ser redecorado de arriba abajo, se había convertido en una estancia alegre y cómoda, que parecía ayudar a fluir la conversación. Fue durante la comida de un domingo, cuando Draco por fin se había atrevido a sacar el tema.

Pot…Harry… –había rectificado rápidamente Draco al sentir la mirada de su madre sobre él.

El aludido había levantado la mirada de su plato, dejando entrever la sorpresa de verse interpelado directamente por su renuente esposo.

… quisiera hablar contigo sobre lo que me gustaría hacer. Me refiero a mi futuro profesional.

Oh,… ¿y qué te gustaría hacer? –había preguntado Harry muy dispuesto.

Bueno, Severus me ha dado una carta de recomendación para estudiar en Edimburgo. Pociones.–había aclarado seguidamente– Es un curso preparatorio para acceder después a los dos años de Maestría… en Viena.

¡Vaya! –había dicho Harry con cierto deje de admiración– Yo nunca fui muy bueno en pociones.

Eso ya lo sé. –no había podido evitar soltar Draco– Bueno, quiero decir que… bueno que tú…

Y Harry había sonreído ante la clara sensación que había tenido su hijo de acabar de meter la pata.

Soy negado, Draco. Lo reconozco. –pero añadió– Aunque tal vez tampoco tuve al Profesor más adecuado.

Draco había esbozado una sonrisa forzada y le había dirigido a ella una rápida y nerviosa mirada.

También yo voy a empezar mis estudios de carrera en septiembre.–les había descubierto entonces Harry– Así que me parece lógico que tu quieras empezar los tuyos.

¡Oh, querido! –había exclamado ella– ¿Y qué carrera has elegido?

Auror. –había respondido Harry con una pequeña mueca– También estaba cantado, supongo.

Y así había sido. Draco se había marchado a Edimburgo a primeros de septiembre y Harry a pesar de cursar sus estudios en Londres, apenas paraba por la casa. Y ella había tenido mucho tiempo para pensar. Y observar. Para darse cuenta de que, a pesar de que empezaba a gustarle la idea de que no fuera así, Draco y Harry no iban a llegar más lejos de esos dos años impuestos por el Ministerio. No había podido evitar comenzar a tomarle cariño al esposo de su hijo. Harry era siempre muy atento con ella. Incluso con Draco, a pesar de sus desaires. Fue por aquella época cuando empezó a tener la ligera sospecha de que tal vez, solo tal vez, a Harry su hijo no le era del todo indiferente. Pero su ilusión había muerto cuando Draco se había marchado finalmente a Viena para realizar la Maestría en Pociones. Y no había vuelto.

Sus pensamientos fueron bruscamente interrumpidos por la voz algo estridente de Virginia. Abandonó renuente su cómodo santuario de agua y se dejó secar y vestir por la enfermera.

─ Bien¿le apetece que demos un paseo, Sra. Malfoy? –preguntó Virginia.

─ Mmmm... creo que sí. –respondió ella cerrando los ojos y ladeando un poco la cabeza– Creo que hoy necesito airearme un poco.

─ Voy a buscar su chal. Creo que ayer se quedó en el salón.

Narcisa asintió y con paso lento salió de su habitación. Esperaría a Virginia al pie de la escalera, para que la ayudara a bajar. Al pasar por delante de la habitación de Harry, se dio cuenta de que la puerta estaba medio abierta. Sonrió al ver el desorden, que a pesar de los años, su dueño no había logrado corregir. Harry era desordenado por naturaleza. Aunque llevara a todos sus aurores más rectos que el palo de una escoba. A veces se sorprendía de cómo lograba aclararse con el desparrame de papeles que siempre había encima de la mesa de su despacho. ¡Pero pobre de quien moviera un solo papel! Como podía saberlo, seguía siendo un misterio para ella.

Entró y recorrió la estancia dejando que la añoranza la invadiera de nuevo. Draco siempre había sido tan ordenado, tan meticuloso con sus cosas. Cuidadoso, si. Hasta la exageración. Dejó escapar un suspiro, mientras distraídamente cerraba un cajón que Harry había dejado abierto. Pero se detuvo. Narcisa no era una persona curiosa. No más de lo necesario, al menos. Y por supuesto, incapaz de revolver entre pertenencias ajenas. Y no lo hubiera hecho. No hubiera vuelto a abrir jamás aquel cajón si aquellos legajos de cartas guardadas en él no hubiera llevado la dirección Grimmauld Place escrita con la pulcra y cuidada caligrafía de Draco. Todas a nombre de Harry Potter.

Tomó uno de los pliegos con mano temblorosa, sin poder creer que Harry le hubiera ocultado que había estado manteniendo correspondencia con Draco durante todos aquellos años. Cuando sabía lo que le dolía no tener otras noticias de su hijo que las escuetas misivas que solía mandarle en Navidad o por su cumpleaños. Dentro del cajón había unos diez legajos, unos más gruesos que otros, todos atados con una cinta roja. Recogió un poco la falda de su vestido, y los fue colocando en ella con gesto decidido. Después se dirigió otra vez a su habitación lo más rápido que sus piernas le permitieron. Una vez allí, los dejó caer sobre la cama y se sentó en el sillón que había junto a ella. Justo en el que se solía sentarse Harry cuando no se sentía con ánimos de levantarse y él subía a hacerle compañía.

─ ¿Está lista, Sra. Malfoy?

Virginia acababa de irrumpir en la habitación con el chal en la mano.

─ No me siento muy bien ahora, Virginia. ¿Qué tal si lo dejamos para mañana?

La enfermera le miró un poco sorprendida. Después al montón de cartas esparcido sobre la cama, pero no dijo nada.

─ Como quiera Sra. Malfoy. Vendré más tarde a darle su poción.

Y se retiró silenciosamente.

Los fajos de cartas parecían estar atados por fechas. Narcisa tomó el primero, que tenía apenas tres sobres y deshizo la cinta roja con nerviosismo. Cogió la primera carta y empezó a leer. Era muy corta.


Viena, 23 de septiembre de 2010
¡Deja de escribir, Potter! No necesito tu absurda compasión. Firma de una vez los pergaminos de este maldito divorcio y ¡olvídame!
Draco Malfoy

La siguiente no era mucho más extensa.
Viena, 25 de octubre de 2010
¿Acaso no sabes aceptar un no por respuesta? Deja ya de molestar de una vez, Potter. No te necesito. No necesito nada de ti. ¡Firma los malditos pergaminos y punto!
Draco Malfoy

La siguiente tenía fecha de pocas semanas antes de Navidad.
Viena, 2 de diciembre de 2010
Ya que pareces seguir empeñado en tocarme las narices y que por lo visto la razón de tu patética existencia sea la de querer ayudarme, he decidido que sí puedes hacer algo por mí. Hazle llegar la carta que acompaña a ésta a mi madre. Y cómprale algo bonito para Navidad. Y como me dijiste una vez, de bien nacido es ser agradecido. Por lo tanto, gracias.
Draco Malfoy

Al parecer Draco quería el divorcio y Harry, por alguna razón, se negaba a dárselo. Narcisa cogió el siguiente legajo. La primera carta ya llevaba fecha de febrero del año siguiente.
Viena, 2 de febrero de 2011
Bueno, ya es definitivo. Y ahora no me digas que ya me advertiste. Te agradeceré que pases por alto esa parte porque no podría soportarlo. Sigo esperando que firmes los pergaminos del divorcio, Potter. Me he cansado de decirte que todo esto no cambia nada.
Pero me temo que tengo que pedirte otro favor. Y ya te imaginarás que no me agrada tener que hacerlo. Pero no es para mí. Ya sabes que yo ni te necesito ni quiero nada de tí. Es por mi madre. Aun y cuando hayas firmado esos dichosos pergaminos (cosa que espero que algún día hagas) y ella deje de ser tu suegra, te agradeceré que cuides de mi madre hasta que yo pueda volver a hacerlo. Es todo lo que te pido. Bueno, eso y que jamás le menciones nada de todo esto. Sé que tú maldito código de honor no te permitirá dejarla desamparada.
Draco Malfoy

Narcisa siguió leyendo con ansiedad, tratando de adivinar por las contestaciones de su hijo, lo que Harry debió decirle en tantas cartas que al parecer le había escrito durante aquel tiempo. Tratando de entender porqué Draco no había vuelto. No había otra carta hasta el mes de junio.
Viena, 9 de junio de 2011
Hola Potter:
Ni siquiera sé porque te estoy contestando. Eres incansable escribiendo¿lo sabías? Menos cuando se trata de estampar tu firma en un simple pergamino. ¿Por qué no lo haces? No puedo entenderlo. En este momento no puedo ser más que un borrón en tu pulcro expediente de recién estrenado auror. Deshazte de mí cuanto antes, Potter. Acepta el único consejo que voy a darte como marido. Busca a alguien y vuelve a casarte o vive en eterna promiscuidad. Haz lo que te dé la gana. Sin embargo, te agradeceré unas líneas de vez en cuando, únicamente para saber de mi madre.
Draco Malfoy

La siguiente carta llevaba fecha de tres meses después. Y aunque seguía llamando a Harry por su apellido, Narcisa se dio cuenta de que el tono de la carta era distinto de las anteriores.
Viena, 20 de septiembre de 2011
Hola Potter:
Tienes razón. Hace casi un año y todavía sigo preguntándome como pude ser tan insensato. Cómo no lo vi venir. ¡Y pensar que soy el único que sigue aquí! Supongo que les era más fácil elegir al que llevaba la marca en su brazo. ¡Malditos, malditos sean¡ Maldito yo por mi maldita estupidez! Hay momentos en que creo que voy a volverme loco. Últimamente me siento algo descentrado. No me hagas caso. Es sólo que esto es cada vez más duro y me partiría la cara a mi mismo, si pudiera.
En fin, cambiemos de tema. Me alegra que mi madre siga bien. Te agradezco infinito que cuides de ella.
Atentamente,
Draco Malfoy

Ahora Narcisa ya estaba segura de que su hijo estaba en problemas. Todavía no sabía exactamente cuáles, pero la mención que hacía de la marca en su brazo le había erizado el vello de la nuca. Buscó la siguiente carta con una creciente inquietud. Esta vez Draco no había dejado pasar tanto tiempo.
Viena, 2 de octubre de 2011
Hola Harry:
Gracias por los libros. Me distraen bastante y me ayudan a no pensar. Supongo que habrás tenido que utilizar algunas influencias. Te lo agradezco.¿Te importaría utilizarlas también para conseguir más velas? Me estoy quemando la vista. En cuanto a mi madre, espero que sólo haya sido una simple gripe como dices y no me estés engañando. Seguro que ya está bien¿verdad? Estaré preocupado hasta que escribas nuevamente.
Atentamente,
Draco

Las siguientes cartas eran de fechas no muy distanciadas las unas de las otras. En todas ellas, Potter había pasado a ser Harry y su hijo firmaba simplemente como Draco. El tono agresivo de sus primeras cartas había dado paso a otro más resignado, cordial incluso, sin que por ello dejaran de tener un deje de amargor. El asunto del divorcio ya no se mencionaba en ninguna de ellas. En todos sus escritos Draco preguntaba por Narcisa y ella no pudo evitar derramar algunas lágrimas al darse cuenta de que equivocadamente a lo que había temido tantas veces, su hijo no la había olvidado. Por lo que había podido ir extrayendo de las respuestas de Draco hasta entonces, parecía que Harry le enviaba libros o papel, tinta y pluma para que pudiera seguir escribiendo; le contaba como iban las cosas en Inglaterra e incluso anécdotas divertidas sobre su propio trabajo. Y principalmente sobre ella. Narcisa se daba cuenta que en todas, a excepción de aquella carta de septiembre, Draco procuraba no dejar entrever cómo se sentía o cómo se encontraba. Ocultando lo que era vivir en lo que ella ya había adivinado era una prisión.

Llegó la hora de comer sin que Narcisa se diera cuenta del paso del tiempo. Rechazó bajar al comedor y como Harry no iba a comer en casa, pidió que le subieran el almuerzo a la habitación para poder seguir leyendo. Virginia no hizo comentario alguno, pero le tomó la tensión. La dama parecía excesivamente alterada. Apenas probando la comida, Narcisa siguió leyendo incansable, hasta llegar a una misiva fechada el 3 de enero de 2013, que le causó especial impresión.


Viena, 30 de septiembre de 2013
Querido Harry:
Creía morir cuando recibí tu carta. ¡Dioses! Casi dos meses sin saber de ti. Estuve a punto de volverme loco solo de pensar que te hubiera pasado cualquier cosa y yo nunca llegara a saberlo. No me mientas, por favor. ¿Seguro que estás bien? Me temo que no me lo has contando todo, maldito idiota. Has estado prácticamente dos meses sin escribirme cuando lo haces prácticamente cada semana. ¡Merlín! Vivo por esa carta. La anhelo y la suplico hasta un punto que no te puedes ni imaginar. Tus palabras son lo único que me mantiene cuerdo. Cuando la recibo, saber que a la semana siguiente llegará otra es lo único que me hace llegar a mi también. Durante todo este tiempo no sabes cuantas veces he releído las últimas que me habías enviado, tratando de adivinar que podía haber pasado. Si después de tres años ya te habrías cansado y decidido por fin olvidarte de mí. Te necesito, Harry. No me abandones.
Un abrazo,
Draco

El texto estaba algo borroso. Narcisa estaba segura de que quien la había escrito o quien la había recibido había derramado algunas lágrimas. Tal vez los dos. Como ella en ese momento. Recordaba perfectamente el hecho que había dado lugar a la inquietud que expresaba la carta de su hijo. Había sido durante una persecución. Dos potentes maleficios habían derribado a Harry de su escoba. La caída había sido mortal de necesidad. Sin embargo, los dioses protegían a ese chico. No había otra explicación. Estaba segura de que cuando Harry había escrito a Draco aquella carta, todavía estaba ingresado en el hospital mágico. Tal vez hubiera tardado dos meses en poder mandársela. Pero le había costado seis recuperarse completamente y volver al trabajo. Narcisa todavía recordaba lo aterrorizada que se había sentido de perderle también a él.

A las seis y media de la tarde tuvo que pedirle a Virginia que encendiera los candelabros, porque ya se estaba quedando sin luz para seguir leyendo. Los ojos le escocían y la espalda le dolía terriblemente. Pero quería acabar de leer, por si Harry llegaba antes de lo previsto. Después ya pensaría lo que iba a decirle. Todavía no había decidido si le abofetearía por haberle ocultado aquella correspondencia durante tantos años o le abrazaría por haber sido el apoyo de su hijo durante todo aquel tiempo.

El tono de las cartas de los siguientes años había pasado poco a poco de esa cordialidad distante, a uno mucho más próximo. El de dos amigos entre los cuales existía cierta complicidad. Draco había recuperado en sus escritos la ironía que siempre le había caracterizado.


Viena, 15 de julio de 2017
Querido Harry:
¡Enhorabuena! Así que ya eres el jefe. No pueden negarle nada al Niño que Vivió¿verdad? Lo que me sorprende es que hayan tardado tanto. De todas formas, me imagino cómo debían ser los demás candidatos para que finalmente se hayan quedado contigo... Supongo que la placa de Jefe de Aurores en tu uniforme debe quedar muy elegante. También a mí me hubiera gustado poder estar allí para poder verte hacer el ridículo pronunciando lo que probablemente fue el discurso de aceptación más patético de la historia. ¿Tartamudeaste? Seguro que sí. Espero que al menos no avergonzaras demasiado a mi madre.
Ahora en serio. Me alegro mucho, Harry. Te lo mereces. Y me siento muy orgulloso de ti.
Un abrazo,
Draco

Viena, 30 de agosto de 2017
Hoy me han trasladado. Las celdas del primer piso son mucho menos húmedas y más "agradables". Después de siete años, ver un tímido rayo de sol entrando por la pequeña claraboya en la parte superior del muro ha sido como... bueno, no tengo palabras para describirlo. Gracias, gracias, gracias. Sé que has tenido mucho que ver en ello. Me lo ha chivado el guarda que me ha acompañado. No parece un mal tipo. Y por alguna extraña razón, le caigo bien. Incluso me ha ayudado a colocar mis escasas pertenencias con sorprendente amabilidad. Ya sabes, los libros, tus cartas... Algo ha mencionado sobre que su hijo había conseguido ingresar en Hogwarts este curso que viene. ¿Qué has hecho Potter¿No crees que todavía es demasiado pronto para ir sobornando a la gente? Todo el mundo sabe que hay que esperar un tiempo prudencial cuando se accede a un cargo importante antes de empezar a mangonear. Me pregunto que le habrás prometido al Alcaide...
No te sulfures, que te conozco. Sabes que estoy bromeando. ¿Cómo iba a ser un Gryffindor como tú capaz de caer tan bajo?
Un fuerte abrazo,
Draco

Viena, 7 de septiembre de 2017
¿Qué es eso de que piensas venir por mi cumpleaños? No y rotundamente no. No te atrevas a aparecer, Potter. ¿Es que tu nuevo cargo se te ha subido a la cabeza? Escribirnos es una cosa, pero ¿vernos? No, Harry. No, no y no. No quiero que me veas. Me importa un bledo que a hora pueda recibir visitas. No las quiero. ¿Acaso no puede entrar eso en tu dura cabezota¿Por qué quieres humillarme obligándome a soportar tu presencia? No oses venir, porque me negaré a verte. Quedas advertido.
Draco

Viena, 30 de septiembre de 2017
TE ODIO. No sabes cuanto. Tenías que salirte con la tuya¿verdad? No podías respetar mis deseos. Tenías que restregarme por la cara que todavía soy tu marido y tienes derecho a verme si te da la gana. Te aseguro que de no ser por los grilletes te hubiera arreado un buen puñetazo, Gryffindor idiota. Quiero el divorcio, Potter. ¡Y lo quiero ya!
Draco

Narcisa buscó el vaso de agua en la mesilla y bebió varios sorbos. Estaba segura de que aquello no podía ser más que una pataleta de su hijo. Sino, no habría tanta correspondencia todavía por leer. Con esa esperanza, tomó la siguiente misiva.
Viena, 17 de diciembre de 2017
Hola Harry:
Si, estoy más calmado. CASI se me ha pasado el enfado. No te he respondido durante todo este tiempo, porque lo único que se me ocurrían eran insultos. A cuál más creativo, créeme.
En realidad, tenía miedo, lo reconozco. Miedo a que me vieras tal como soy ahora y me despreciaras. De que eso me humillara todavía más de lo que ya me siento. Vergüenza porque tu gesto no sirvió de nada. Ya ves, he acabado en prisión de todas formas. Mortificado porque te lo debo todo. Te casaste conmigo por salvarme de un destino que seguramente merecía. Pagaste los estudios de una carrera que jamás podré ejercer. Cuidas de mi madre como si fuera la tuya propia y te preocupas por mí, a pesar de todo.
Dices que me amas. ¿Cómo puedes decir tal cosa, Harry¿Cómo puedes amar a alguien que siempre te despreció y que jamás te agradeció tu ayuda¿A alguien que seguramente te hubiera matado si hubiera podido? Y más después de haberme visto. Estas loco, Potter. Mucho más que yo, créeme. Sé de lo que hablo.
Si, es cierto que nuestra relación ha mejorado mucho a lo largo de estos años. Pero¿no se te ha ocurrido pensar que es por pura necesidad¿Por puro egoísmo¿Porqué dependo de ti para no enloquecer y acabar colgándome en mi propia celda? Si tuviera algo con que hacerlo, claro. ¡Dioses¿Por qué tienes que ser tan malditamente Gryffindor?
En fin, ven a verme antes de Navidad si te apetece. Creo que podré soportarlo. De todas formas¿está en mi mano evitarlo? Como siempre, yo si estoy en las tuyas.
Draco

Por lo que se desprendía de las siguientes cartas, a partir de ese momento Harry le había visitado cada tres meses, tal como permitía el régimen de visitas. Y esos encuentros, por lo visto, habían sido cada vez más intensos, dentro de la poca privacidad que debía permitirles la celda de una prisión. Narcisa se sintió en esos momentos avergonzada por estar leyendo sentimientos tan íntimos de su hijo. Cómo por fin había liberado su corazón y se lo había entregado a Harry. Cómo le amaba y le deseaba. Cómo ansiaba sus visitas para poder sentir sus labios otra vez devorando los suyos. Abrazarle, acabar en su mano mientras jadeaba contra su hombro, protegido por el cuerpo de su esposo de miradas indiscretas. ¿Tenía en realidad derecho a leer toda esa explosión de sentimientos que habían tardado ocho años en salir?

La cena se había enfriado en el plato sin que ella le prestara la menor atención. No, no se había equivocado cuando una vez había intuido que Draco no le era indiferente a Harry. Su yerno había sido paciente y perseverante, no se había rendido en ningún momento. Y por fin había conseguido lo que parecía imposible. El amor de Draco. Narcisa sentía ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. De gritar y de hundirse a la vez en el silencio de una satisfacción tan íntima como reconfortante. Se amaban. Draco y Harry se amaban. Estrujó contra su pecho la carta que en ese momento tenía entre las manos y sus labios esbozaron la sonrisa más radiante que había asomado en ellos en mucho tiempo. ¡Dioses¡Si tan solo pudiera volver a ver a Draco antes de que aquella penosa enfermedad se la llevara! Todo lo que pedía era abrazar a su hijo y podría morir en paz. De repente, las palabras de Harry aquella mañana volaron a su memoria. Él vendrá, había dicho. Y ella no había prestado demasiada atención a la sonrisa que adornó sus labios en aquel momento, porque la sola referencia a Draco la entristecía y la hacía llorar. Pero Harry llevaba semanas diciéndole que su hijo volvería de un momento a otro. Que estaba seguro de ello. También ahora recordaba la sonrisa que acompañó a sus palabras. Llena, brillante, feliz. Torpemente, sus manos rebuscaron entre el montón de legajos que todavía le quedaban por leer hasta encontrar el del presente año. Fue directamente al último sobre y extrajo el pergamino con gesto nervioso.


Viena, 20 de agosto de 2020
Hola amor:
Apenas puedo creer que dentro de poco ni nada ni nadie volverá a separarme de ti. Cuento los días con impaciencia, sintiendo que pasan todavía más despacio que estos diez jodidos años. ¿Por qué no pueden dar de una vez una fecha? Esto sería más llevadero si supiera que será la semana próxima o dentro de dos. No importa. Sólo necesito saber cuándo. Después de tantos años podré sobrevivir a la idea de tener que permanecer unas cuantas semanas más entre estas cuatro paredes.
¿Has comprado todo lo que te pedí? Quiero tener buen aspecto cuando mi madre me vea. Estoy preocupado por ella, Harry. Entiendo que no quieras decirle nada concreto, por si las cosas se torcieran. Ha sucedido otras veces, ya me lo dijiste. Y en su estado de salud, no sería bueno tenerla con el alma en vilo. Pero¿no será peor verme aparecer de repente, el día que decidan por fin abrir la puerta de esta maldita celda? Tengo tantas ganas de verla, Harry, de abrazarla y decirle cuanto la quiero. Sólo espero que sea capaz de perdonarme no haber sido el hijo que ella seguramente esperaba.
No puedo evitar sentirme muy nervioso, amor. Y el saber que tampoco a ti podré volver a verte hasta el momento que vengas a buscarme, también me mortifica.. ¡Te necesito tanto! Cuando por fin estemos juntos, jamás podrás volver a librarte de mí, supongo que ya lo sabes. Así que espero que te lo hayas pensado bien, Gryffindor testarudo.
Te amo, Harry. Y no veo el momento de volver a abrazarte.
Besos,
Draco

Cuando Narcisa levantó su anegada mirada, Harry estaba en el umbral de la puerta de su habitación, observándola. Eran las tres de la mañana. Caminó hacia ella y se arrodillo a su lado, tomando sus manos temblorosas entre las suyas.

─ Las encontró. –dijo suavemente.

Ella asintió.

─ Empiezo a sospechar que era lo que tu querías. –insinuó Narcisa, más que convencida de ello.

Harry sonrió y besó su mano.

─ ¿Por qué? –preguntó ella– ¿Qué hizo?

─ Sólo pecar de orgullo y de no saber elegir a sus amigos. –respondió Harry– Elaboró algunas pociones prohibidas. –aclaró seguidamente– Dinero fácil que pensó que le independizaría de mí y podría recuperar la autoestima que según él, yo había hecho añicos. Pero le salió mal. Porque les atraparon. Tener la marca tenebrosa en su brazo tampoco le ayudó mucho. Sus mal llamados amigos, se libraron con facilidad. Y todo el peso de la justicia cayó sólo sobre él. Porque era el único que estaba marcado.

Narcisa dejó escapar un pequeño sollozo y maldijo en silencio a Lucius y el día que se había llevado a Draco para, según él, hacerle un hombre.

─ Hicimos lo que pudimos. –siguió hablando Harry– Pero era tan cabezota, que cuando nos enteramos, ya era demasiado tarde. De todas formas, el Profesor Dumbledore, el Profesor Snape, incluso el Ministro intercedieron para que la condena no fuera perpetua. Lograron que la redujeron a quince años. –Harry dejó escapar un suspiro y añadió con sarcasmo– Todo el asunto se silenció, porque al fin y al cabo todavía era el esposo del Salvador del mundo mágico y según Fudge, no podían dejar que afectara a mi estupenda imagen de héroe.

Narcisa miró el montón de sobres esparcidos por encima de su cama.

─ Pero han pasado solo diez...

Harry sonrió.

─ Lo sé. Es lo que tiene tener ser el marido de Harry Potter y del Jefe de Aurores a la vez. –volvió a sonreír y esta vez su mirada tenía un brillo de picardía– Han accedido a la extradición, bajo libertad vigilada porque nadie se ha atrevido a poner en duda que, durante los cinco años que restan, Draco estará bajo mi más estrecha vigilancia, que haré de él un hombre de bien y no elaborará una sola poción ni siquiera en sueños. –Harry dejó escapar un pequeño suspiro– Tal vez después pueda volver a recuperar su licencia, con algunas restricciones... pero no es seguro.

Narcisa miró al hombre arrodillado frente a ella con un profundo cariño. Con el agradecimiento que solo una madre es capaz de sentir por quien sabe que ama a su hijo incluidos sus defectos y a pesar de todos sus errores. Por haberse mantenido firme y no haber firmado jamás los pergaminos del divorcio; ahora estaba segura de que Draco no había sido el único que le había presionado para hacerlo. Por haber luchado por el puesto que ahora ocupaba, sacrificando tanto en el camino, seguramente consciente de que un día le permitiría conseguir traer a Draco a su lado.

─ ¿Cuando...?

─ Está aquí. –la interrumpió Harry suavemente.

Narcisa sintió que por unos momentos su corazón se detenía. Después recordó los temores de Draco en su última carta e intentó sobreponerse. No iba a dejar que un inoportuno vahído o una repentina subida de tensión arruinara aquel esperado y precioso momento.

─ Está muy nervioso. –musitó Harry bajando la voz.

Y ella a punto de sufrir un ataque de ansiedad si no podía estrecharle pronto entre sus brazos.

─ Ayúdame a levantarme, por favor. –pidió.

Y Harry la sostuvo con firmeza, como había hecho durante todos aquellos años, mientras veía a su hijo dirigirse hacia ella con paso vacilante, para acabar corriendo a perderse entre los brazos que ella le extendía.

Un Jefe de Aurores no llora, se dijo Harry parpadeando con fuerza. Alguien tenía que seguir manteniendo el ánimo en medio de aquel mar de lágrimas, se ordenó a si mismo mientras veía a Draco llorar como un niño en brazos de su madre.
Pero también él estaba nervioso y su corazón temblaba de anhelo. Después de casi catorce años, por fin Draco compartiría con él algo más que el techo de aquella antigua casa. Compartiría su habitación y su lecho. Podría amarle como él siempre había soñado y deseado. Como se había propuesto que haría desde aquel día que, escondido bajo su capa de invisibilidad en el compartimiento de los Slytherins, en el tren que les llevaba a Hogwarts, supo que quería ocupar el lugar de Pansy y ser él quien acogiera a Draco en su regazo. Para el resto de su vida.