Aviso legal: Esta es la creación de un fan para otros fans. Y en ningún modo debe entenderse este texto como un ataque contra los legítimos dueños de los derechos de copyright y la propiedad intelectual. Star Wars y todos los personajes y conceptos relacionados son propiedad de Lucasfilm Ltd. y George Lucas.

Nota del autor: Podría contradecir información sobre La Venganza de los Sith y las novelas Encuentro Oscuro y Laberinto de Maldad (entre otras). Como mínimo, la personalidad de Dooku de Serenno ha sufrido importantes alteraciones para ajustarse a las necesidades del guión.

Traidor Traicionado

I. Perdida de confianza.

–¿Qué te atribula, lord Tyranus? –preguntó una voz en un tono que exigía respuesta–. Percibo muchas dudas en tu mente.

Lentamente, como de mala gana, un hombre que había estado contemplando el drama del exterior se dio la vuelta para mirar cara a cara a quién le había interpelado. Su interlocutor estaba sentado sobre un gran trono metálico, al que estaba atado mediante grilletes. En semejante situación pocos hubieran sido capaces de dominar la conversación, pero es que Palpatine de Naboo era uno de esos pocos. De alguna manera difícil de describir, resultaba majestuoso e impresionante incluso en aquellos momentos, como si las cadenas fueran un detalle insignificante... Esa habilidad para impresionar bajo cualquier circunstancia le había ayudado mucho a la hora de convertirse en lo que era. Supremo Canciller de una República Galáctica, sumo gobernante de miles de destinos y muchas cosas más.

Dooku de Serenno, líder político de la Confederación de Sistemas Independientes, tenía el porte elegante de sus raíces aristocráticas, pero carecía del aura casi tangible que Palpatine producía sin esfuerzo alguno. Ocultando sus emociones con una estudiada pose y meticulosos movimientos, Dooku hincó la rodilla ante su maestro y bajó la cabeza, tratando de evitar la intensa mirada que tan a menudo había logrado arrancar sus más profundos secretos a los más oscuros recovecos de su alma. Al principio, trató de guardar silencio en busca de una explicación, pero una vez más sintió aquellos ojos tan penetrantes atravesar su cráneo y contra su voluntad empezó a hablar.

–Estoy cansado, maestro. No soy un jovenzuelo. No lo he sido desde hace mucho tiempo. La Muerte no tardará mucho tiempo en venir a buscarme y ella es un enemigo que ni siquiera el poder del lado oscuro puede desafiar. Durante muchos años la he sentido acercarse y no la temo. A lo que temo es al olvido. El recuerdo es la única inmortalidad a la que puedo aspirar. Y a veces siento temor –confesó el antiguo caballero Jedi con voz débil.

–De tus palabras parece deducirse que una parte de tu ser todavía se aferra al código de tu antigua Orden. Me decepcionas, lord Tyranus. Después de cuanto has visto, de cuanto has hecho, de haber comprobado la debilidad de la Orden Jedi sigues contaminado por su misticismo –respondió el maestro con patente desdén. Por dentro, lord Sidious solo sentía desprecio e ira. Por más que Tyranus hubiera sido un siervo útil, cuya vida terminaría en breve, el heredero de Darth Plagueis no podía sino sentir cólera ante la idea de que quién había sido su aprendiz y llevaba el titulo de Señor Oscuro del Sith, reconociera tamaña debilidad.

–No es mi pasado Jedi lo que me hace temer, maestro. La historia suele ser cruel con aquellos dispuestos a tomar las medidas necesarias para triunfar en lo que emprenden. La nuestra es una gran y noble causa, un Imperio del Hombre, libre de la contaminación animal que agarrota la República, pero los sacrificios que hemos tenido que realizar han sido grandes. Billones han perecido en esta guerra. Mundos enteros han ardido. Horrores inimaginables han sido liberados. A veces...

–No hables más, lord Tyranus. Pronto ambos recibiremos lo que nos hemos ganados. ¿Has olvidado todo lo que aprendiste de mí¿Has olvidado las palabras de Darth Bane hace mil años? No existe la paz, existe la furia. No existe el miedo, existe el poder. No existe la muerte, existe la inmortalidad. No existe la debilidad, existe el Lado Oscuro. Nuestro código. Las verdades fundamentales del universo. Tus palabras me repugnan. Tu debilidad me enfurece. Olvida las falsedades que tu antiguo maestro te inculco, pues ahora yo soy tu amo y señor. Escucha, Tyranus. Siente la Fuerza. Escucha su gloriosa canción. Deja que te fortalezca y que su fuego te purifique.

–Como ordenéis, mi señor –respondió Dooku. Y arrodillado en el suelo, siguió las instrucciones de Palpatine. Usando sus temores y odios como leña para el fuego del Lado Oscuro, dejó su mente en blanco y se abrió a la Fuerza.

A veces Palpatine había sugerido que la Fuerza no era dos reversos de la misma moneda. Que el uso de la misma dependía solo del individuo, aunque pocos tenían la fuerza de voluntad necesaria para dominarla. Tyranus tenía la secreta opinión de que al menos en eso, su maestro estaba equivocado. Recordaba a la perfección como había sentido la Fuerza en el templo Jedi, aunque no había vuelto a percibirla del mismo modo desde que empezó a recibir la sabiduría de los Sith. La suave y gentil corriente que recordaba no era como el torrente de veneno que era el Lado Oscuro. Usando el miedo y otras emociones para alcanzar la Fuerza, se obtenían poderes superiores a los alcanzados mediante la meditación y el esfuerzo incansable, pero a un alto precio. Era necesaria una férrea voluntad para no sucumbir, para no convertirse en un títere manejado por las pasiones más bajas, porque penetrar en el Lado Oscuro era sentir un poder ardiente, capaz de quemar a los incautos.

Y en aquellos momentos, el Lado Oscuro en torno a Coruscant ardía con violencia. Poco sorprendente, la verdad. La batalla en torno a la capital galáctica había durado ya muchas horas y las flotas Republicana y Separatista seguían luchando. Desesperación, miedo, odio. Las más profundas, las más genuinas emociones de toda forma de vida eran combustible. Y desde los millones de tripulantes de las naves de guerra hasta los billones acurrucados en el planeta bajo la protección de sus escudos, todas esas emociones fluían en gran abundancia. Dooku dudaba que incluso los más poderosos y experimentados maestros Jedi pudieran percibir algo en medio de tan asfixiante oscuridad.

Era adecuadamente irónico que casi toda la oscuridad procediera de las fuerzas Republicanas, los "defensores de la luz". Las naves Separatistas no tenían tripulaciones vivientes, como sus rivales, sino grandes computadores y droides. No importaba cuan perfecta fuera su imitación de inteligencia, pues las maquinas no eran seres vivos y por tanto no formaban parte de la Fuerza. Los protectores y protegidos de la Republica eran quienes debilitaban a los Jedi, más que cualquier arma o ardid urdido por lord Sidious. Durante un tiempo, Tyranus se dejó arrastrar por la Fuerza.

En su mente desfilaron veloces imágenes, tenues destellos de la lucha que se libraba a su alrededor. Solo unos pocos eran claros o duraderos. Vio las naves de ambos bandos, moviéndose en lentas orbitas a través del espacio, intercambiando disparos con potencia para devastar continentes enteros. Un capitán neimoidiano dando orden de embestir a un enemigo con su nave dañada. Un grupo de los legendarios mandalorianos liderando a una fuerza droide en el asalto a un gran destructor republicano. Un joven recluta humano secándose el sudor de la frente en alguna batería enemiga. En algunas de las visiones incluso creyó distinguir durante un instante fugaz el resplandor de espadas de luz. Finalmente, el desconcertante torbellino se detuvo y la imagen de dos cazas atravesando la batalla llenó la mente del conde.

Sin necesidad de acercarse, Tyranus supo al instante quienes eran los pilotos. Incluso desde una distancia de miles de kilómetros, la presencia en la Fuerza de los dos Jedi era inconfundible. El momento culminante, la verdadera razón detrás del ataque Separatista contra Coruscant se acercaba velozmente. El Sith se retiró de la Fuerza y regresó a su cuerpo, en la nave insignia de la Confederación.

–Los Jedi se aproximan.

–En efecto, aprendiz. Parece que al menos tus habilidades siguen estando bien afinadas. Las necesitarás –comentó Palpatine en tono despreocupado. Era evidente que, en su opinión, de no ser así Tyranus merecía cuanto pudiera sucederle–. Retírate y asegúrate de que todo este listo para la llegada de nuestros invitados. Esta es una jugada delicada en la que no hay lugar para el error.

Con una reverencia, Dooku obedeció la orden y dejó a Palpatine sólo en el mirador de la Mano Invisible. Sus estancias estaban cerca y ofrecían la oportunidad de seguir con comodidad el progreso de Skywalker y Kenobi. Un avance trabajoso que fatigaría a sus dos adversarios, mientras el descansaba y reunía fuerzas. Y aunque había alardeado ante Sidious de su capacidad para derrotar a ambos a la vez, lo cierto es que ambos eran jóvenes y él llevaba a cuestas el lastre de más de ochenta años.

Skywalker no era una gran amenaza. El joven era poderoso, con un potencial casi abrumador, pero como había quedado probado cuando habían cruzado espadas en Geonosis, tenía poco control. Kenobi era el más peligroso. Un magnífico ejemplar de Jedi. Diestro. Valeroso. Y con suficiente poder para derrotar a Darth Maul antes incluso de convertirse en caballero. Y aunque el anterior aprendiz de su amo había sido una bestia carente de sutileza, había sido una bestia lo bastante fuerte como para merecer el titulo de lord del Sith.

Era evidente que Maul había cometido el grave error de subestimar a su enemigo. Su sucesor no tenía la menor intención de repetir tamaño error, particularmente porque solo esperaba lo mejor del aprendiz de Qui-Gon: cualquier otra cosa del aprendiz de su aprendiz sería decepcionante. En cierto sentido, Dooku lamentaba la inminente muerte del joven Kenobi. Era una lástima tener que acabar con él y dejar a su indigno compañero con vida, pero así habían sido las ordenes de su amo: matar a Kenobi, abrir los ojos de Skywalker al verdadero poder de la Fuerza y fingir ser derrotado. Tres misiones, cada una más desagradable que la anterior.

Ya en sus habitaciones, rodeado por lo mejor del arte de cien mundos, Dooku amortiguó la luz con un gesto y se arrodilló en el centro de la habitación. Del mismo modo que cada señor del Sith desarrollaba su propio estilo de combate, todos seguían ritos distintos antes del mismo. El de Dooku contenía importantes influencias Jedi, tal y como Sidious había señalado burlón en alguna ocasión, y consistía en vaciarse de todo pensamiento, de toda duda. Eso permitía al conde hacerse uno con la Fuerza y convertía su espada de luz en una prolongación de su propio ser.

Con el arma sobre su regazo, Tyranus cerró los ojos. Acarició las líneas refinadas de su sable láser con la delicadeza de un amante, deteniéndose en las diminutas irregularidades causadas por años de uso... Lentamente y con una suavidad inusual en un Sith, su mente se fue vaciando de todo pensamiento. Hundiéndose lentamente en la Fuerza, sintió ser uno con su arma. Él era el arma. Una guadaña de luz carmesí que segaba las vidas de sus enemigos.

Sin embargo, aquella vez le resultaba difícil acceder al vacío que le protegía de sus propias emociones en la lucha. La forma en que iba a traicionar a la Confederación en breve no dejaba su mente. Algo le impedía acceder al vacío. ¿Qué podía ser? Despreciaba con todo su corazón a las alimañas con las que había tenido que colaborar durante los últimos años, por no mencionar a sus abominables sirvientes mecánicos o engendros biomecánicos como Grievous, un insulto a la Fuerza como había habido pocos. Además, la traición era la senda de los Sith.

Sus pensamientos se detuvieron en ese punto. Un intenso desasosiego le había invadido al formular esa última idea. Se permitió profundizar por ese camino, formular preguntas que no había hecho desde el comienzo de su entrenamiento. Siempre había dado por hecho que Palpatine despreciaba a los alienígenas tanto como él mismo. Que los veía como instrumentos para alcanzar un objetivo, poco mejores que animales en algunos aspectos y mucho peores en la mayoría. Si eso era así¿por qué su primer aprendiz había sido Maul? La orden Jedi no llegaba a todos los mundos de la galaxia y no hubiera sido imposible encontrar a un niño humano con potencial. En el peor de los casos, Palpatine hubiera podido localizar a algún antiguo miembro de la Orden, tal y como había hecho con Dooku. Pero no lo había hecho.

Una verdad que no había sabido ver empezó a dibujarse en su mente. ¿Cómo había podido estar tan ciego ante una mentira tan transparente? El engaño del que había sido objeto le enfurecía como nada lo había hecho antes y esa misma furia alimentaba el poder del Lado Oscuro. Y, entonces, en una llamarada de rabia convertida en poder, Dooku arrancó a la Fuerza una visión del futuro que le aguardaba.

El horror de lo que le fue revelado apagó al instante los fuegos de su ira. Supo con total y absoluta certidumbre que lo que había presenciado (su propia ejecución, el exterminio despiadado de toda la Orden Jedi, un Palpatine enloquecido absorbiendo toda vida en la galaxia...) podía convertirse en realidad si no lo evitaba de inmediato. Un temblor procedente de los alejados hangares le anunció la llegada de Kenobi y Skywalker. Tenía muy poco tiempo.

Abandonó sus aposentos a paso vivo y atravesó casi a la carrera los corredores que le separaban del mirador. Se permitió unos instantes de descanso antes de cruzar la puerta que le separaba de su blanco, para serenarse. Palpatine no debía sospechar nada hasta que fuera demasiado tarde. Abrió la puerta, atravesó la gran habitación y se arrodilló ante el gran enmarañador.

El canciller, que había estado absorto en sus planes, detectó al instante un cambio en el flujo de la Fuerza en torno a su aprendiz, pero no supo interpretarlo en un primer momento. Fuera lo que fuera, aquel cambio imprevisto podía representar un serio inconveniente en la conversión del joven Skywalker. Decidido a llegar al fondo del asunto y salvar la situación, Palpatine enarcó una ceja.

Pero antes de que pudiera preguntar nada, Tyranus hizo su jugada. El sable láser saltó a la mano del noble y se activó con un destello rojo. El ver la incredulidad y la sorpresa grabadas en los ojos de Sidious llenaron de satisfacción al conde en los instantes anteriores al golpe fatal…

Se agradecen toda clase de comentarios constructivos. Si hay suficientes lectores interesados, confió en mi capacidad para continuar esta historia…